La carga de la prueba

«Afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias». La máxima del filósofo escocés David Hume va como anillo al dedo a Buscando misterios (Ediciones El Libro Rojo, 2004). Marisol y José Antonio Roldán exponen en las páginas de este libro una sucesión de hechos extraordinarios en cuyo apoyo no presentan pruebas igualmente extraordinarias. Ése es el meollo de la cuestión para cualquiera que sin prejuicios se interese por los llamados fenómenos paranormales: no hay nada que demuestre que nos visitan extraterrestres, que hay vida después de la vida, que algunas personas son capaces de ver el futuro, que existen casas encantadas… Casi todo eso y mucho más está en este libro, pero más porque sus autores quieren creer en el misterio -es algo que nunca han ocultado y esa sinceridad les honra- que porque el misterio realmente exista ahí fuera.
Marisol y José Antonio Roldán quieren creer. Pero con eso no basta para hacer ciencia y avanzar en el conocimiento del Universo. La existencia de algo hay que demostrarla. La prueba la tiene que presentar quien sostiene que una cosa existe y en Buscando misterios, como en todos los demás libros sobre lo paranormal que se han publicado desde que el mundo es mundo, no hay nada sólido a lo que agarrarse, sólo testimonios, ya sean de terceras personas o de los autores. Y un testimonio únicamente prueba que el protagonista cree haber vivido algo, no que lo haya vivido. Falta la prueba objetiva, ésa que algunos fabricantes de misterios -no buscadores- se inventan un mes sí y otro también en las revistas del ramo cuando, si realmente la tuvieran, pasarían a la Historia, con mayúscula.
Los hechos de los que dan cuenta los hermanos Roldán en este libro pueden tener explicaciones convencionales muy variadas, desde el fraude hasta la errónea percepción de los hechos por parte de los testigos, pasando por la casualidad y el fenómeno natural. La explicación paranormal, por la que reconocen su inclinación los autores, no está demostrada en ninguno de los casos. Además, que no se consiga explicar algo no conlleva que su origen sea extraordinario. Un crimen inexplicado no tiene por qué ser inexplicable y, al igual que no se recurre a vampiros y hombres lobo para solucionar crímenes no resueltos, tampoco hay que echar mano de fenómenos extraordinarios para buscar respuestas a la medida de sucesos que nos parecen misteriosos.
«Concéntrate en las pruebas; ellas nunca mienten», suele recordar a sus subalternos el forense Virgil Grissom, protagonista de la serie CSI. Quien mantiene que detrás de un suceso extraño hay un episodio de comunicación telepática deberá demostrar primero que la telepatía existe y después que se ha dado en esa ocasión concreta. Lamentablemente, esa hipótesis tiene cimientos muy frágiles. La telepatía es una facultad que nadie ha probado -aunque nos vendría muy bien para eludir los abultados recibos de las compañías telefónicas- y, por tanto, recurrir a ella para explicar otra cosa es levantar un castillo en el aire. Lo mismo sucede si achacamos los ruidos de una casa a fantasmas, unas luces que se vean en el cielo a naves extraterrestres o una sucesión de accidentes a una maldición.
Después de más de un cuarto de siglo estudiando lo paranormal, no he encontrado ninguna prueba de que exista algo que merezca tal calificativo y la he buscado. Soy escéptico. Estoy en las antípodas de los hermanos Roldán, a pesar de lo cual se han arriesgado a pedirme un prólogo sincero a su obra. Marisol y José Antonio son jóvenes y confían en que haya algún tipo de caldero al final del arco iris. «Las personas buscan un milagro con tanta fuerza que consiguen ver lo que quieren ver», dice el agente Fox Mulder en un episodio de Expediente X. Sin pruebas, hay fe, la misma que tuvieron nuestros antepasados en la existencia de dragones, brujas y hadas. La ciencia es otra cosa.
Publicado originalmente como prólogo a Buscando misterios.