El yeti es telépata, dice un criptozoólogo que la BBC presenta como científico y dirige un instituto inexistente

El yeti no sólo existe, sino que además es telépata… y tímido. «Sienten (estos homínidos) la intensidad con la que las personas les quieren ver, por lo que se esconden o desaparecen del lugar», ha declarado Igor Burtsev a BBC Mundo. El cazador de monstruos ha añadido que a los yetis «no les gusta ser vistos o fotografiados y viven en lugares remotos, lejos de las personas». Me ha alertado de la noticia Óscar Álvarez Gila, profesor de Historia de América de la Universidad del País Vasco (UPV), a quien ha sorprendido que la BBC dé cancha a tan delirante historia. La información dice, entre otras cosas, que una expedición liderada por Burtsev, a quien se presenta como científico y director del Centro Internacional de Hominología, «ha encontrado pruebas que muestran la existencia del yeti en un 95%». «Lo del porcentaje no lo entiendo -dice Álvarez Gila-. ¿Qué diferencia hay entre, pongamos, un 95% y un 92%?». Ni idea.
El yeti dibujado por Hergé para 'Tintín en el Tíbet'Burtsev asegura que él y sus colaboradores han descubierto en una cueva de la región de Kémerovo, en Siberia, restos del Abominable Hombre de las Nieves. «Han encontrado sus huellas, su supuesta cama y varios elementos con los que el yeti marca su territorio», han informado las autoridades locales. Para el criptozoólogo, el yeti es el eslabón perdido entre los neandertales y los humanos modernos, nosotros. Vale. ¿Y yo me lo creo? Pues, no. Por empezar por el final, situar a un ser del que no se sabe si existe en nuestro árbol genealógico es un triple mortal sin red, una bobada para conseguir que los periodistas que no saben nada de ciencia la repitan. Hace diez años, el vendedor de misterios español Bruno Cardeñosa ya afirmaba, en su libro El código secreto (2001), que los abominables hombres de Rusia y Asia Central serían neandertales, al igual que algunas poblaciones de homínidos de Marruecos; Homo erectus serían “los hombres salvajes de algunas islas asiáticas”; Australopithecus, los monstruos humanoides africanos; y Gigantopithecus, el yeti y otros. ¿Pruebas de la existencia de todos esos seres? Las mismas que presenta Burtsev del yeti: ninguna.
Toda la historia del homínido siberiano huele a truco turístico de las autoridades locales, aprovechándose de los chiflados de turno y del ansia de titulares de los medios. Me pasa como a Álvarez Gila, quien lo primero que ha hecho es comprobar las credenciales del cazador de monstruos, cuyo Centro Internacional de Hominología (CIH) es el equivalente criptozoológico de los grupos ufológicos con nombres rimbombantes de los años 60 y 70, ya que está formado sólo por él y un colega, Dmitri Bayanov. Ambos, además, no tienen credenciales académicas ni publicación seria alguna. Burtsev es, a los 71 años, candidato de ciencias históricas, un título intermedio entre la licenciatura y el doctorado, y en los medios se presenta como director del Instituto del Yeti de la Universidad Estatal de Kemerovo. Esa universidad existe, pero no hay en su web ni rastro de Burtsev ni de su instituto fantasma. Es más, la revista Wired puntualizaba en marzo que la institución universitaria había indicado que estudiar yetis no está entre los campos de interés de sus científicos. Una manera elegante de desmarcarse de Burtsev y su instituto fantasma.
Mentiras dentro de mentiras, dentro de mentiras. Y la BBC se hace eco de algunas de ellas como si fueran algo más, apostando, una vez más, por la equidistancia entre ciencia y anticiencia. «¿Cómo es que el periodista no ha tirado la noticia al cubo de la basura?», se preguntaba ayer Álvarez Gila.

James Stewart y la mano del yeti

Ilustración: Iker Ayestarán.«Si mi padre estuviera vivo y le preguntaras si cree en la existencia del yeti, probablemente te diría que sí», me explicaba hace unas semanas la antropóloga estadounidense Kelly Stewart, experta en los gorilas de montaña. Sus progenitores, el actor James Stewart y su esposa, Gloria McLean, participaron en un extraordinario episodio tras los pasos del abominable hombre de las nieves. La aventura, de película, ocurrió a finales de los años 50, en la edad dorada de las expediciones al Himalaya, cuando el Gobierno nepalí otorgaba licencias de caza a quienes quisieran capturar al homínido a un precio de 400 libras por ejemplar.
«Fue en esa época cuando los cuentos populares se apoderaron de la imaginación del público en Occidente y cuando, sospecho, el folclore empezó a degenerar en falso folclore», apunta el primatólogo John Napier en su libro Bigfoot, the yeti and sasquatch in myth and reality (Mito y realidad del bigfoot, el yeti y el sasquatch, 1973). Fueron los años en los que montañeros y exploradores fotografiaron huellas de enormes pies en la nieve del Himalaya y creyeron que los monjes budistas guardaban reliquias de un ser para ellos escurridizo. Uno de esos aventureros fue Tom Slick, un heredero texano obsesionado con el yeti.
Slick, cuyo padre había hecho fortuna con el petróleo, organizó en 1959 una expedición a Nepal para cazar al homínido y concluyó que la prueba definitiva de su existencia podía ser una mano que guardaban los monjes del monasterio de Pangboche. Pero los lamas no querían saber nada de ceder la reliquia para un estudio científico, ante lo cual Peter Byrne, su hombre de confianza, dio el cambiazo al pulgar y la falange proximal del índice por huesos humanos. Byrne pasó los restos de Nepal a India sin problemas; pero temía que los hubiera al sacarlos de este segundo país. Ahí entró en escena el matrimonio Stewart.
Encuentro en Calcuta
El actor estaba en India de viaje con su esposa y era amigo de Kirk Johnson, empresario petrolero y copatrocinador de la expedición de Slick. Byrne se encontró con él en el Grand Hotel de Calcuta y le dio los huesos para que los llevara a Reino Unido, ya que presumía que los agentes de aduanas no iban a molestar a una estrella de Hollywood. Acertó. Los restos del yeti volaron a Londres entre la ropa interior de la mujer del actor, según cuenta en el cazador de monstruos Loren Coleman, quien rescató esta historia del olvido en los años 80 mientras preparaba una biografía de Slick.
Los análisis de los restos de la mano de Pangboche realizados en 1960 y en 1991 por dos criptozoólogos -buscadores de seres legendarios- apuntan a que son parecidos a huesos humanos, pero no son humanos. Nada concluyente. Otras reliquias del yeti han resultado ser huesos de leopardo, piel de oso… Kelly Stewart carece de pruebas de que la historia ocurriera como han contado en sendos libros Byrne y Coleman, aunque añade que su «falta de información» no implica que no sucediera. «Me imagino a mi padre haciendo algo así», admite. Coleman asegura, por su parte, que tiene una carta del actor, fechada el 18 de junio de 1989, confirmando los hechos.

¿Existe Nessie?

Robot que una cadena de televisión británica sumergió en el lago Ness y que hubo gente que tomó por el monstruo. Foto: Channel Five.

Hay miedo en el lago Ness. No a un ataque del monstruo, sino a que haya muerto. Desde enero hasta el 30 de septiembre, se le ha visto nada más que dos veces, y en 2006 sacó sólo en tres ocasiones su corpachón fuera del agua ante testigos. «Nessie y sus crías están bien», declaraba Gary Campbell, presidente del Club de Fans del Monstruo del Lago Ness, a The Mail on Sunday hace unas semanas. Pero en las Tierras Altas escocesas están preocupados, y con razón: los turistas que persiguen al más famoso de los monstruos dejan unos 8,5 millones de euros anuales.
«Nessie ha sido visto miles de veces», asegura Eduardo Angulo. Biólogo de la Universidad del País Vasco y miembro del Círculo Escéptico, acaba de publicar Monstruos (451 Editores), una aproximación científica a la criptozoología. Esta disciplina, definida por el zoólogo Bernard Heuvelmans en 1955, estudia los animales desconocidos para la ciencia, pero presentes en las tradiciones populares. «Los criptozoólogos buscan algo que no existe basándose en algo que existe: las leyendas. Intentan demostrar que las leyendas son reales. Hasta hay un pequeño grupo de ellos que busca dragones».
Muy viejo y solitario
La leyenda de Nessie se remonta al siglo VI. Tras haber matado la bestia a un hombre, san Columba, introductor del cristianismo en la región, habría navegado por el lago al encuentro del monstruo para exigirle que cesara en sus ataques. Le salió bien: no se tienen noticias de ningún otro percance similar. La primera aparición de Nessie debidamente documentada data de 1871, pero los avistamientos sólo se multiplican a partir de los años 30 del siglo pasado, tras la construcción de la carretera que discurre por la orilla oeste del lago. En 1934, se tomó la más famosa de las imágenes, una foto en blanco y negro en la que se ve un largo cuello, coronado por una cabeza de serpiente, que emerge de las aguas. Fue una de las mejores pruebas de la existencia de Nessie durante sesenta años, pero en 1993 Chris Spurling confesó que, a petición de su padrastro, él -entonces un niño- modeló la figura y la puso sobre una base de madera para que el conjunto fuera fotografiado. Ninguna de las posteriores imágenes de la bestia ha sido concluyente.
La famosa, y fraudulenta, foto de Nessie de 1934.Estaríamos, de ser cierta la leyenda, ante un monstruo de longevidad matusalénica, ya que muchos criptozoólogos lo presentan como un plesiosaurio. Con cuatro aletas, cuello largo y cabeza pequeña, este reptil acuático pesaba de 10 a 20 toneladas, fue contemporáneo de los dinosaurios y se extinguió con ellos hace 65 millones de años. «Pero el lago Ness estuvo congelado durante un largo periodo de tiempo hasta hace 12.000 años», indica Angulo. ¿Dónde vivió el monstruo hasta entonces? Admitamos que, cuando los hielos retrocedieron al final de la última glaciación, entró al lago desde el mar, pero ¿qué come?, ¿es sólo un animal muy, muy viejo?, ¿hay una población de Nessies en la masa de agua dulce más grande de las islas Británicas?
Es imposible que Nessie tenga miles de años. Así que hay que pensar en que lo que vive en Escocia es una familia de monstruos. «Para que una población de animales de ese tipo resulte viable, debe haber un mínimo de treinta individuos», explica Angulo. Treinta carnívoros de entre 15 y 20 metros de longitud comen lo suyo. Sin embargo, en el lago Ness no hay alimento suficiente. «Es una masa de agua estrecha y muy profunda. Tiene poca superficie que reciba la luz solar suficiente para el desarrollo del fitoplancton, las algas microscópicas que están en la base de la pirámide alimenticia. Así que también hay poco zooplancton, animales microscópicos que se alimentan del fitoplancton y que son a su vez comidos por otros más grandes. Los pocos animales grandes que hay son, a su vez, insuficientes para sostener a Nessie y su familia».
Extensa parentela
El biólogo bibaíno Edardo Angulo. Foto: Mitxel Atrio.Una población continuada de plesiosaurios durante milenios habría producido, además, gran número de rastros y restos en forma de osamentas. Nada de eso se ha encontrado nunca en el lago Ness, cuyo tímido inquilino se aparece cada vez menos precisamente ahora que las cámaras fotográficas abundan. Los criptozoólogos no cejan, sin embargo, en su empeño y periódicamente organizan proyectos de rastreo del lago por sonar, en los que cualquier cosa es interpretada como la bestia. Robert Rines, un cazador de monstruos, es famoso por una serie de fotografías subacuáticas tomadas en 1972 y 1975 en las cuales se intuía una especie de plesiosaurio. Las imágenes habían sido retocadas y, además, en 1987 la cámara de vídeo de un minisubmarino comprobó que una de ellas era de un tronco caído al fondo del lago.
Nessie es escocés, pero tiene parientes por todo el mundo. «Su familia está extendida por los cinco continentes. Hay más de 200 lagos con monstruo», señala Angulo. El más famoso es Nahuelito, habitante del lago Nahuel Huapi, en Argentina; pero también están Champi, el monstruo del lago Champlain (EEUU-Canadá) y Ogopogo, en la Columbia Británica (Canadá). Aunque la palma se la llevan en Suecia, donde hay casi una treintena de lagos con monstruo. En todos esos sitios se repite la misma historia: hay pocas fotos y borrosas, y ninguna prueba física. Lo contrario de lo que pasa con el otro gran icono de la criptozoología, el hombre salvaje que habita el Himalaya.

Monstruos cercanos

Huellas del yeti descubiertas en el Himalaya por Eric Shipton y Michael Ward en 1951.De Nessie hay fotos malas y ninguna prueba física. Todo lo contrario ocurre con el más famoso de los homínidos con los que, según algunos, compartimos la Tierra: el yeti. «Las leyendas de hombres salvajes -como la del Basajaun vasco- son propias de regiones boscosas. La gente del Himalaya sitúa al yeti en los bosques. Hemos sido los occidentales los que lo hemos llevado a las cumbres nevadas», asegura Eduardo Angulo.
Las pruebas del yeti se reducen a rastros de huellas y fragmentos de piel guardados en monasterios tibetanos. El más famoso de los primeros es el descubierto por Eric Shipton y Michael Ward en 1951, una de cuyas fotos fue subastada recientemente en Christie’s por casi 5.000 euros. «En 1977 y tras años de decepcionante búsqueda, Ward dijo que seguramente las huellas correspondían a un nativo del Himalaya, descalzo y resistente al frío, con alguna deformación congénita o adquirida en los dedos de los pies», explica el biólogo bilbaíno, que recuerda que en los años 50 un experto del Museo Británico las achacó al mono langur, típico de la región. El alpinista Reinhold Messner, que vio al yeti en 1986, cree que el abominable hombre de las nieves no es tal. «Todas las pruebas apuntan a una especie de oso pardo de hábitos nocturnos», sostiene.
Los cueros cabelludos atesorados en lamaserías no corresponden, sin embargo, a plantígrados. Edmund Hillary, el escalador británico que conquistó el Everest, consiguió en 1960 que le dejaran una de esas piezas durante seis semanas. Un análisis hecho en Bélgica concluyó que se trataba de piel del cuello de una cabra del Himalaya. Últimamente, los criptozoólogos recurren a los estudios genéticos de los restos biológicos de los hombres salvajes y, aunque muchos análisis de ADN han sido anunciados, de pocos se han publicado los resultados. «No se suelen dar a conocer porque prueban que no hay nada extraordinario», apunta Angulo.
Bosques de Norteamérica
El bigfoot en un fotograma de la famosa película de Patterson y Gimlin.El pariente norteamericano del yeti, conocido como bigfoot -para el hombre blanco- o sasquatch -para los indígenas-, no ha corrido mejor suerte. Los criptozoólogos han visto en los últimos años cómo las pruebas más sólidas a favor de su existencia se desmoronaban. Al igual que con el yeti, los restos atribuibles al hombre salvaje de Norteamérica son escasos, cuando tenían que abundar si existiera una población de homínidos. Se reducen casi siempre a huellas, la primera de las cuales fue encontrada en agosto de 1958 en el condado californiano de Humboldt, cerca de la maquinaria utilizada para las obras de una carretera.
Hace cinco años, John Aumann, uno de los obreros, reveló que su jefe, Ray Wallace, había creado las huellas para meter el miedo en el cuerpo a los gamberros que de noche destrozaban sus útiles de trabajo. Un sobrino del empresario guarda todavía las plantillas de madera que ató su tío a la suela de las botas para dar vida al bigfoot. Poco después, en 2004, se supo quién se había disfrazado de hombre-mono para la famosa película rodada por los vaqueros Roger Patterson y Bob Gimlin en 1967 en Bluff Creek, California. La piel del monstruo ocultaba a Bob Heironimus, un trabajador de Pepsi.
Para colmo, un análisis de ADN de un mechón atribuido al homínido, hecho por científicos de la Universidad de Alberta (Canadá), demostró en julio de 2005 que el bigfoot tiene cuernos: el pelo era en realidad a un bisonte americano.

Pruebas monstruosas

La masa gelatinosa. Apareció en junio de 2003 en una playa cercana a Puerto Montt, en Chile. Se dijo que se trataba de restos del imaginario pulpo gigante. Las pruebas de ADN demostraron que eran restos de un cachalote.
Fotograma del vídeo de la pantera fantasma grabado en Vizcaya en 2003. Sin referencias, bien puede tratarse de un gato. Foto: 'El Correo'.La pantera fantasma. Fue vista en Vizcaya en 2003, y un ertzaina disparó contra ella en Gorliz en 2005. Los alien big cats (grandes gatos extraños) son un fenómeno británico de cuya realidad hay tantas pruebas como de la de Nessie.
La foto del cirujano. Sacada en 1934, es la más famosa de las fotos de Nessie. Ha sido utilizada frecuentemente como prueba de su existencia. Se trata, en realidad, de una figura modelada por un niño y colocada sobre una tabla.
La película del bigfoot. Los vaqueros Roger Patterson y Bob Gimlin grabaron en 1967 una película en la que se ve a un homínido huir de la cámara en California. A finales de los años 60, las sospechas apuntaban a John Chambers, ganador de un Oscar de maquillaje por El planeta de los simios. Expertos estudiaron un caminar que parecía demasido humano y vieron cremalleras en la piel, pero no fue hasta 2004 cuando se supo quién era el bigfoot: Bob Hieronimous, un embotellador de Pepsi al que los autores de la cinta prometieron 1.000 dólares que nunca pagaron.
Publicado originalmente en el diario El Correo.

Providencial huella del yeti

El guía nepalí Tul Bahadur Rai y Joshua Gates, con la presunta huella del yeti. Foto: AFP.

Hay cosas que a estas alturas de la vida uno no se cree -lo siento-, como el reciente hallazgo de huellas del yeti cerca del Everest. Es como si me pidieran que creyera que una expedición liderada por Iker Jiménez ha encontrado en uno de sus viajes la prueba definitiva de alguno de esos misterios misteriosos a los que tanto jugo saca. Juan José Benítez ya lo intentó, en la primera entrega de Planeta encantado, con el irrisorio desenterramiento de una piedra de Ica, la prueba de que el hombre convivió con los dinosaurios. Pues, bien, con las nuevas huellas del hombre de las nieves me pasa lo mismo que con el hallazgo arqueológico del ufólogo navarro. Y es que los autores del descubrimiento no son un grupo de exploradores de Nepal y Estados Unidos -como se ha contado en algunos medios-, sino el equipo de Destination truth, un programa de SciFi Channel dedicado a viajes por el mundo a la caza de enigmas. Es decir, una especie de Planeta encantado. El presentador es Joshua Gates, ha participado en un reality show de la televisión estadounidense y desde hace tiempo se gana la vida como intrépido explorador cazamisterios.
La presunta pisada mide 33 centímetros, corresponde -aparentemente- a un pie de cinco dedos y fue descubierta el miércoles pasado en un valle rocoso a 2.800 metros de altitud. Según el presentador televisivo, era una huella fresca, dejada menos de 24 horas antes. Por lo visto en las fotos, la han encontrado en un terreno pedregoso y la han extraído de él. Desgraciadamente, no se ha hecho pública ninguna imagen de la pisada sobre el terreno, algo que ayudaría a determinar si se trata de una huella real o sólo de algo que lo parece, una pareidolia. «No creo que sea de un oso. Para nosotros, es un misterio», ha dicho Gates, quien descarta que estemos ante un fraude. No todos lo tienen tan claro. Ang Tshering Sherpa, presidente de la asociación nepalí de alpinistas, cree las pisadas «pueden ser de un oso himalayo», según un despacho de Efe. En cualquier caso, a Gates le viene mejor que sean del yeti. Y ya sólo eso hace que el providencial hallazgo huela a chamusquina.