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El Gobierno vasco blinda centros escolares ante las ondas de telefonía. ¿Y los cascos antiabducciones?

El Departamento de Educación del Gobierno vasco va a blindar el instituto de Solokoetxe, en Bilbao, frente a las emisiones de unas antenas de telefonía próximas, informa hoy El Correo. Aunque las mediciones demuestran que la radiación está por debajo de los límites legales, el Ejecutivo autónomo considera que la mejor respuesta a la preocupación de los padres por los efectos para la salud de sus hijos de las ondas de radiofrecuencia es “colocar vinilos en las ventanas del centro” y “una rejilla metalizada para proteger el patio, donde se han detectado los mayores picos de radiación”. No sé si esos blindajes servirán para algo, pero sí que van a tirar a la basura dinero público que podía destinarse a otros fines.

Los hijos del personaje interpretado por Mel Gibson se protegen de los alienígenas con cascos de papel de aluminio, en 'Señales', la película de M. Night Shyamalan.Si a un colectivo de padres le inquieta la posibilidad de que extraterrestres secuestren a sus hijos en el colegio, ¿se optará porque los escolares lleven gorros de papel de aluminio? Si otro grupo -o el mismo, que las creencias irracionales muchas veces no van solas- teme las posesiones demoniacas, ¿habrá que llenar los centros escolares de pilas de agua bendita y (más) crucifijos? Suena ridículo, ¿verdad? Pues algo así es lo que propone el equipo de Cristina Uriarte, consejera de Educación y química, en los casos del instituto de Solokoetxe y de la ikastola Ibaiondo, de Vitoria. Y lo hace en contra de la evidencia científica, sobre la que podía haber pedido un dictamen a físicos, biólogos y médicos de la Universidad del País Vasco, de la cual procede la consejera y que depende de su departamento.

Educación fomenta con estas medidas el analfabetismo científico y la histeria electromagnética. Porque, resumiendo, no hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia; no existe ningún mecanismo biológico conocido por el cual las emisiones de un móvil puedan provocar mutaciones en el ADN; los epidemiólogos no han detectado en las últimas décadas ningún aumento de los cánceres cerebrales vinculado al incremento del uso del móvil y la Wi-Fi; y la creciente tecnofobia en la comunidad escolar está siendo fomentada desde un entramado de entidades que hace negocio con la extensión del pánico electromagnético, asesorando a los presuntos afectados, defendiéndolos legalmente y vendiéndoles todo tipo de inútiles cachivaches. Hay cosas que todo responsable público debería tener claras al hablar, tomar medidas y legislar respecto a las emisiones electromagnéticas y sus efectos. Y, sobre todo, ha de saber que los hechos científicos no cambian por lo que opinen los ciudadanos de a pie, ni los políticos, ni nadie.

Es tan irracional blindar un centro escolar contra las ondas de telefonía como atar a los niños a los pupitres para que no salgan volando porque un grupo de padres no crea en la fuerza de la gravedad. La decisión de la consejera Uriarte respecto a la ikastola Ibaiondo y el instituto de Solokoetxe no sólo va contra el sentido común y el conocimiento científico -algo inquietante desde un departamento de Educación-, sino que, además, transmite a la población la idea de que las ondas de telefonía suponen un riesgo para la salud, cuando no es así. Lo lógico hubiera sido facilitar a los colectivos de padres información veraz frente a las tergiversaciones y manipulaciones de la que suelen recibir de las muy activas asociaciones tecnófobas. Pero, no, el Departamento de Educación del Gobierno vasco ha optado por esconder la cabeza bajo tierra en vez de enfrentarse al problema; algo que no hacen ni las avestruces.

Lo que todo periodista debería tener claro al hablar del peligro de las ondas de telefonía y de Wi-Fi

Hay en España un entramado de entidades que explotan el pánico electromagnético. Forman parte de él Geosanix, la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano y la Fundación para la Salud Geoambiental, entre otras. Obsesionadas con que las ondas de radiofrecuencia provocan terribles enfermedades, en contra de todas las pruebas científicas, comparten sede en el 6º derecha del número 36 de la madrileña calle Príncipe de Vergara. Como si fueran una hidra, juntas, pero a la vez separadas, fomentan el miedo electromagnético y hacen negocio de él: venden artilugios para frenar las ondas y ofrecen asesorías legales y medioambientales a quienes se consideran afectados por patologías como la hipersensibilidad electromagnética, tan real como las posesiones demoniacas. Lamentablemente, cuentan, a la hora de extender la histeria, con la colaboración de periodistas que ignoran cómo funciona la ciencia, que lo más cerca que han estado de un científico ha sido viendo Frankenstein y que están abiertos a dar por buena cualquier afirmación extraordinaria sin reclamar las pertinentes pruebas. Un ejemplo de ello es el reportaje titulado “¿El Wi-Fi perjudica la salud?”, que hoy publica La Vanguardia.

La autora, Raquel Quelart, sostiene que “diversos especialistas y algunas asociaciones ciudadanas han empezado a exigir más precaución con el uso del Wi-Fi y las nuevas tecnologías”; que la puesta en marcha del programa Escuela 2.0 “motivó a algunos padres a crear la plataforma Escuela Sin Wi-Fi”; que, según los expertos, “la normativa es muy permisiva”; que ningún estudio ha encontrado relación alguna entre ondas de telefonía y cáncer, pero que deben hacerse más investigaciones; que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha incluido las emisiones de radiofrecuencia “como posible carcinógeno para los humanos (Grupo 2B)”; y acaba con una serie de recomendaciones de sus expertos para minimizar los posibles efectos de la exposición a estas radiaciones, dadas “las incógnitas” que existen al respecto.

Reportaje sobre el peligro de la Wi-Fi publicado en 'La Vanguardia'.

No es la primera vez que un gran medio español cae en las redes de los promotores del pánico electromagnético. En marzo, la revista SModa, que se distribuye los sábados con el diario El País, publicó un reportaje titulado  “¿Dormir con el móvil en la mesilla de noche? No, no, no”, con un largo subtítulo no menos inquietante: “La contaminación invisible de móviles y redes WiFi puede dejarte en vela. Numerosos estudios relacionan una prolongada exposición a radiaciones con el agotamiento de los sistemas de autorregulación de los seres vivos”. El texto se basaba en información procedente del entramado conspiranoico de la calle Príncipe de Vergara. De hecho, la única voz que se escuchaba en todo el reportaje era la del zahorí Fernando Pérez -que se suele hacer llamar geobiólogo porque queda como más serio-, presidente de Geosanix. Hoy, en La Vanguardia, la autoridad es otro zahorí, “Joan Carles, López, experto en geobiología y radiaciones del hábitat”, que tacha la normativa actual sobre las emisiones electromagnéticas de “muy permisiva.

Hay cosas que todo periodista español debería tener claras al hablar de emisiones electromagnéticas y sus efectos:

1. No hay que dar ningún crédito a una información cuya fuente sean Geosanix, la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano, la Fundación para la Salud Geoambiental o cualquier otra sociedad de su órbita. Estas entidades son organizaciones pseudocientíficas que fomentan histerias interesadamente, ya sean contra las ondas de radiofrecuencia o contra productos químicos inocuos. Inventarse una enfermedad, convencer a la gente de que la tiene, o puede tener, y venderle un remedio inútil puede ser un magnífico negocio.

2. Escuela Sin Wi-Fi no es una plataforma independiente, y mucho menos una iniciativa de “algunos padres”, sino una creación de la Fundación Vivo Sano. El núcleo duro de Escuela Sin Wi-Fi lo componen esa entidad y sus organizaciones hermanas del número 36 de la calle Príncipe de Vergara. La plataforma alardea en su web de contar con el apoyo de grupos de zahorís y ecologistas, y entre las organizaciones que la respaldan están Plural 21 y la World Association for Cancer Research (WACR). La primera niega que el VIH cause el sida, defiende que lo mejor para curarse del cáncer es dejar que la enfermedad evolucione sin tratamiento alguno, está contra los transgénicos, y aboga por el uso del agua de mar como alimento y medicina, entre otros disparates. La WACR es una entidad anticientífica impulsada desde la revista Discovery DSalud, publicación que comparte las ideas de Plural 21 respecto al sida y el cáncer.

3. Un geobiólogo no es un científico; sino un brujo. Geobiología es la denominación mediante la cual el zahorísmo o radiestesia pretende hacerse pasar por ciencia ante los legos. Lo cierto es que sus practicantes carecen de formación y titulación científica. No son ni biólogos ni geólogos. Son zahorís que han sustituido las varillas de madera de sus antepasados por máquinas que hacen ping, como en su día los astrólogos empezaron a vender horóscopos confeccionados por ordenador. Consultar a un geobiólogo sobre los riesgos de las emisiones electromagnéticas es como pedir asesoría a un quiromántico sobre un problema de salud. Un geobiólogo es un zahorí cuyo negocio se basa en la extensión del pánico electromagnético, y todo reportaje en el que el guía sea uno de estos personajes es pura pseudociencia.

4. No hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada. “Los resultados de estas investigaciones epidemiológicas (se refieren a las de los últimos veinte años) son muy consistentes y tranquilizadores, y han llevado a la OMS y al Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos a decir que no hay evidencia concluyente o consistente de que la radiación no ionizante emitida por los teléfonos celulares esté asociada con un mayor riesgo de cáncer”, sentenciaban en julio de 2011 John D. Boice y Robert E. Tarone, del Instituto Internacional de Epidemiología de Estados Unidos, en un editorial en el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo.

5. No hay ninguna prueba de que la hipersensiblidad electromagnética exista fuera de la cabeza de los enfermos y de los intereses de quienes hacen negocio del miedo. La OMS -que ha redactado varios esclarecedores documentos sobre campos electromagnéticos y salud pública– admitió en diciembre de 2005 que hay personas que dicen sufrir problemas de salud por su exposición a los campos electromagnéticos y que los síntomas son no específicos (enrojecimientos de la piel, sensación de quemazón, fatiga, palpitaciones, náuseas…), aunque pueden llegar a resultar discapacitantes. Pero concluyó que “no hay bases científicas para vincular la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos”. Los expertos de verdad -no los geobiólogos- consideran, a partir de las pruebas, que la hipersensiblidad electromagnética es una patología de origen psicosomático.

6. No existe ningún mecanismo biológico conocido por el cual las emisiones de un móvil puedan provocar mutaciones en el ADN. “El riesgo para la salud es cero o lo más parecido a cero. Son tan peligrosas como escuchar la radio. No hay ningún estudio publicado en una revista científica en el que se haya demostrado algún efecto nocivo. Si lo hubiera, sería de premio Nobel. Significaría que toda la física del siglo XX está confundida y, entonces, ¿cómo se explica que el hombre haya llegado a la Luna y los aviones sigan volando y no se caigan?», suele preguntarse el biofísico vasco Félix Goñi, premio Euskadi de Investigación 2002. Ténganlo presente.

7. La ondas de telefonía son para la IARC tan cancerígenas como el café. Es verdad que la IARC catalogó en mayo de 2011 las radiaciones del teléfono móvil “como posiblemente cancerígenas para humanos”; pero también lo es que, en la comunidad científica, nadie se explica las razones de esa decisión cuando los propios autores del estudio reconocían que se basaban en pruebas limitadas e inadecuadas. La decisión de la IARC fue política y nunca ha habido pruebas científicas que la sustenten, como quedó demostrado cuando publicaron el correspondiente informe en la revista The Lancet Oncology. En nuestro país, el entonces secretario general de Sanidad, José Martínez; la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC); el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), Emilio Alba, y el presidente de la Fundación Instituto Valenciano de Oncología (IVO), Antonio Llombart, no dieron crédito alguno a ese dictamen desde el principio. Ni lo dan ahora. En el grupo de carcinogenicidad 2B, en el que la IARC ha incluido las ondas de telefonía, también está el café.

8. Muchos científicos -físicos y biólogos- prefieren no hablar con periodistas sobre ondas de telefonía y cáncer por miedo a los antiantenas. La razón es que esos colectivos antiantenas son muy hostiles y no dudan en amenazar, incluso mediante anónimos en el buzón, a quien defiende posturas científicas frente al alarmismo. Si un periodista quiere hablar sobre este tema con algún investigador, lo mejor es que se ponga en contacto con el departamento de Prensa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Si lo desea, también puede recurrir al Círculo Escéptico, algunos de cuyos socios y colaboradores son destacados investigadores y divulgadores.

9. El entramado de entidades que explotan el pánico electromagnético cuenta con algunos científicos aislados que apoyan sus puntos de vista, como José Luis Bardasano, de la Universidad de Alcalá de Henares, y Joaquim Fernández-Solà, del hospital Clínic de Barcelona. Al igual que la presencia de un geobiólogo, la intervención de Bardasano o de Fernández-Solà en un reportaje lo despoja de toda credibilidad científica.

10. Los epidemiólogos tenían que haber detectado hace tiempo un  aumento de los cánceres cerebrales vinculado al incremento del uso del móvil y la Wi-Fi si las ondas de radiofrecuencia fueran tan nocivas como mantienen los promotores del pánico electromagnético. Además, debería haber numerosos artículos en la literatura científica sobre pruebas del peligro de las ondas y el mecanismo biológico por el que alterarían el ADN. Si alguien le habla del aumento de ciertas patologías y de los efectos nocivos de las ondas de telefonía y de Wi-Fi, pídale los artículos en los que se basa para sostener eso y, si es necesario, recurra a un experto en la materia para que los examine.

Cada maestrillo tiene su librillo, pero creo que este decálogo podría evitar algunos disgustos, ¿no?

El Defensor del Pueblo vasco cuestiona la inocuidad de la Wi-Fi y alimenta la histeria electromagnética

Un informe del Ararteko contra de la obligatoridad de que los ordenadores de las escuelas vascas se conecten a Internet por Wi-Fi, y no puedan hacerlo por cable, va a alimentar la histeria electromagnética en Euskadi. Eskola 2.0 es una iniciativa del Gobierno vasco, puesta en marcha durante el mandato de Patxi López, que pretende introducir las tecnologías de la información en las aulas mediante el uso de portátiles y redes WiFi. Algunos colectivos antiantenas, apoyados por los sindicatos como ELA, LAB y ESK, se movilizaron contra el proyecto desde el principio por tecnofobia, y ahora Iñigo Lamarca, el Defensor del Pueblo vasco, les da en parte la razón, haciendo caso omiso a la realidad científica.

Considera el Ararteko, en un informe del 4 de abril, que “los riesgos por los efectos para la salud humana de la exposición a largo plazo, incluso a bajos niveles de exposición, de los campos electromagnéticos de radiofrecuencia, entre las que incluye las redes inalámbricas, es un debate social y científico que continúa abierto en la actualidad”. Ante eso, recomienda al Departamento de Educación que se reduzcan los niveles de emisiones en los centros escolares que utilicen Wi-Fi y se permita, como alternativa, el cableado de las aulas. El problema es que, como en otras ocasiones en las que alguien sostiene algo parecido, Lamarca es incapaz de presentar una sola prueba que apoye sus afirmaciones.

El debate social sobre los riesgos para la salud de las ondas de radiofrecuencia puede estar abierto; pero eso no significa nada de por sí. También hay gente que cuestiona la teoría de la evolución, y eso no la invalida. Es más, no la invalidaría ni que la cuestionara todo el mundo. Por mucha gente que dudara de la Ley de la Gravedad, ésta tampoco dejaría de ser real y quien saltara desde un quinto piso seguiría haciéndose papilla contra el asfalto. Aunque todos nos volviéramos de repente geocentristas, la Tierra no sería el centro del Universo. Y, por mucho que los negacionistas del sida griten, la causa de esa patología es el VIH. Cuando hablamos de hechos, no importan las opiniones y creencias.

Una sola fuente científica y de dudoso valor

Iñigo Lamarca. Foto: Rafa Gutierrez.Ignoro, por otra parte, a qué fuentes científicas ha recurrido el Ararteko para documentarse de cara a la elaboración de su informe. En las quince páginas que lo componen, cita varias resoluciones de diversos organismos políticos y ¡una sola entidad científica! “Otra referencia que sirve para ilustrar la importancia del debate es el criterio de la International Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), que ha clasificado los campos magnéticos de radiofrecuencias (móviles, WI-FI, etc.), como posibles cancerígenos para humanos (Grupo 2B)”, escribe Lamarca tras destacar que, “como ejemplo significativo [de la preocupación de los científicos] podemos mencionar las previsiones recogidas en la Agenda de investigación de la OMS para los campos electromagnéticos de 2010. Este documento mantiene la necesidad de continuar investigando los efectos sobre la salud en especial para niños y niñas expuestos a los campos electromagnéticos de radiofrecuencia, entre las que incluye las redes inalámbricas”.

¿Ha leído Lamarca el artículo científico en el que basaron su dictamen los sabios de la IARC? Se titula “Carciogenicity of radiofrequency electromagnetic fields” (Carcinogenicidad de los campos electromagnéticos generados por radiofrecuencias), se publicó en julio de 2011 en la revista The Lancet Oncology y los autores no presentan ninguna prueba que avale la inclusión de las ondas de radiofrecuencia. Nada raro. Ya la nota de prensa que había sacado un mes antes la IARC apuntaba en ese sentido.  Los científicos consultados venían a decir que el uso del móvil “podría suponer algún riesgo” de contraer glioma (tumor maligno cerebral) y neuroma acústico (tumor benigno del oído), y que las pruebas eran “lo suficientemente sólidas” como para incluir el uso de teléfonos celulares en el grupo 2B de la clasificación de carcinógenos de la OMS, pero ellos mismos reconocían que esas pruebas eran extremadamente frágiles:

“Las pruebas fueron revisadas críticamente y en general evaluadas como limitadas entre los usuarios de teléfonos celulares para el glioma y el neuroma acústico, e inadecuadas para llegar a conclusiones para otros tipos de cánceres. La pruebas de las exposiciones ocupacionales y ambientales antes mencionadas se consideraron igualmente inadecuadas. El Grupo de Trabajo no cuantificó el riesgo; sin embargo, un estudio del uso pasado de teléfono celular (hasta el año 2004), mostró un 40% más de riesgo para los gliomas entre los grandes usuarios de la categoría más alta (promedio reportado: 30 minutos diarios durante un período de 10 años).”

Las cursivas no son mías, sino del documento original. A pie de página, se explican dos términos clave (las negritas tampoco son mías):

Pruebas limitadas de carcinogenicidad: se ha observado una asociación positiva entre la exposición al agente y el cáncer, para la cual el Grupo de Trabajo considera creíble una interpretación causal, aunque no puede descartar con seguridad razonable el azar, el sesgo o la confusión.

Pruebas inadecuadas de carcinogenicidad: los estudios disponibles son de insuficiente calidad, consistencia o potencia estadística como para permitir llegar a una conclusión respecto a la presencia o ausencia de una asociación causal entre la exposición y el cáncer, o no hay datos disponibles sobre el cáncer en los seres humanos.”

Y, con esas pruebas limitadas e inadecuadas, se incluyeron las ondas de radiofrecuencia en el grupo de carcinogenicidad 2B de la OMS, como bien recuerda el Ararteko, a quien se le olvida destacar que en ese grupo también está el café. Por cierto, numerosos investigadores y sociedades científicas apuntaron en su día que la decisión de la IARC carecía de fundamento científico, algo de lo que Lamarca tampoco parece haberse enterado. En España, el secretario general de Sanidad, José Martínez; la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC); el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), Emilio Alba, y el presidente de la Fundación Instituto Valenciano de Oncología (IVO), Antonio Llombart, coincidieron en que lo que decían los autores del informe de la IARC no estaba demostrado.

El consenso científico sigue siendo, a día de hoy, que no hay ninguna prueba de que las ondas de radiofrecuencia resulten nocivas para la salud. No sólo no hay ningún estudio que confirme tal posibilidad, sino que desde junio de 2011 se han publicado varios que la descartan. Por citar sólo uno, en julio de 2011 -sólo un mes después del artículo de The Lancet Oncology-, los autores de un estudio cuyas conclusiones se publicaron en el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo, concluían que los niños y adolescentes que usan el teléfono móvil habitualmente no corren un mayor riesgo de sufrir un cáncer cerebral que los que no lo hacen.

Se mire por dónde se mire, el dictamen del Ararteko sobre las redes Wi-Fi en las escuelas es un despropósito basado en informes de organismos políticos y no en pruebas científicas. ¿Por qué Lamarca no ha recurrido a científicos expertos para informarse debidamente del estado de la cuestión? Cierto es que el defensor del Pueblo Vasco no dice, en ningún momento, que las emisiones de radiofrecuencia sean un peligro, pero su inquietante falta de argumentos sólidos alimenta la histeria electromagnética. “Hay que partir del hecho que las redes Wi-Fi generan campos electromagnéticos de radiofrecuencia en unos niveles bajos en los que no ha quedado acreditado que puedan afectar a la salud de las personas”, asegura. Sin embargo, opta por no mojarse y justificar su equidistancia con que no hay consenso científico -¡falso!- y el debate social está ahí. Sí, señor Lamarca, como el debate creacionismo-evolucionismo.

Ah, ¿sabe que negacionistas del sida apoyan al lobby antiantenas en su intento de meter en los colegios españoles el miedo a la Wi-Fi?

La Muestra de Cine de Medio Ambiente de Vitoria fomenta la histeria electromagnética y la anticiencia

El Centro de Estudios Ambientales (CEA), un organismo dependiente del Ayuntamiento de Vitoria, ha programado dentro de la Muestra de Cine de Medio Ambiente de la capital alavesa la proyección el 28 de noviembre de un documental realizado por los promotores del pánico electromagnético en España. La cinta La red nociva, dirigida por Ariel Achútegui Suárez, es una producción de Vealia TV, empresa que forma parte de un entramado de entidades con sede social en el 6º derecha del número 36 de la calle Príncipe de Vergara, en Madrid. Ese grupo de sociedades y fundaciones se dedica, entre otras cosas, a fomentar la histeria electromagnética, vender servicios de asesoría legal a presuntos afectados por las ondas de radiofrecuencia y comercializar todo tipo de artilugios de protección ante una amenaza, en realidad, inexistente.

El documental es un producto contra el programa Escuela 2.0, iniciativa puesta en marcha por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero que persigue la implantación de las tecnologías de la información en las aulas mediante redes Wi-Fi, y cuya variante vasca es el programa Eskola 2.0. Todas las pruebas se reducen a testimonios de presuntos expertos, sindicalistas, políticos, supuestos afectados y dos médicos que los tratan. Así, entre los primeros, destacan José Miguel Rodríguez, de la Fundación para la Salud Geoambiental -una de las firmas del entramado del que forma parte Vealia TV-, Agustín Bocos, que se presenta como abogado ambientalista, y Miguel Solans, un médico de atención primaria al que graban delante de una cristalera con especialidades como acupuntura y homeopatía. Los sindicalistas hablan sin conocimiento de causa, e Izquierda Unida hace una demostración de populismo y analfabetismo anticientífico. Únicamente, un representante del PSOE da una visión realista del estado de la cuestión.

José Miguel Rodríguez, de la Fundación para la Salud Geoambiental, en 'La red nociva'.“Es como si todos nuestros niños estuvieran dentro de un gran horno microondas, con una intensidad, lógicamente, inferior. Pero, considerando también que están en un proceso de desarrollo neurológico, la afectación es mayor que en las personas mayores”, dice el médico de atención primaria, quien sostiene que ha habido un aumento de patologías infantiles directamente relacionadas con la exposición a las fondas de radiofrecuencia. Algo falso, porque nadie ha demostrado que las emisiones Wi-Fi tengan efecto orgánico alguno. Pero eso no importa cuando de lo que se trata es de sembrar el pánico, como hace Joaquim Fernández-Sola, médico del hospital Clínico de Barcelona que trata a pacientes de las inexistentes hipersensibilidad electromagnética y química, enfermedades tan reales como las posesiones demoniacas.

En La red nociva no habla ni un científico. Ni uno. Y, por supuesto, los participantes no presentan ni una prueba de lo que afirman. ¿Por qué? Porque, sencillamente, no pueden. Y es que, después de miles de estudios y varias décadas, no hay ninguna prueba de que el miedo a las ondas de radiofrecuencia tenga más base real que el anterior a que los hornos microondas provocaran cáncer. Todo lo que dicen en este documental los supuestos expertos, médicos y afectados son mentiras, medias verdades y creencias en beneficio del negocio del miedo. Hay gente que cree estar físicamente enferma por la exposición a emisiones Wi-Fi y ondas de telefonía, pero todas las pruebas apuntan a que sus males tienen un origen mental y como tal tienen que tratarse. ¿Que hay médicos que los atienden como si sus mal tuviera un origen orgánico? Lógico. Puede que también estén confundidos. O que no. Como apuntaba en 2007 años Pepe Cervera, “las enfermedades se pueden inventar, y una vez inventadas siempre hay quien acaba por sugestionarse hasta enfermar y quien se beneficia de curarlas”.

Flaco favor hace el CEA al programar este despropósito dentro de la Muestra de Cine y medio Ambiente de Vitoria. La red nociva es un producto equiparable a esos documentales en los que se sostiene que el VIH no es la causa del sida, que las plantas piensan o que los atentados del 11-S se planificaron dentro del Gobierno de Estados Unidos. Como alternativa a este disparate conspiranoico y anticientífico, les dejo aquí el capítulo de Escépticos titulado “¿Las ondas del mal?”, en el que, por cierto, hablan científicos: