El triángulo de las mentiras

Los aviones del 'Vuelo 19' vuelven a volar sobre el Atlántico en la serie 'The triangle'.El misterio del triángulo de las Bermudas se ha reanimado esta semana con el estreno en Canal Plus de The triangle, una teleserie ideada por Bryan Singer, el director de X Men, y Dean Devlin, coproductor de Stargate e Independence Day. The triangle es un producto bien hecho y divertido, aunque, para los aficionados a la ciencia ficción, la explicación al enigma elegida por los guionistas resulte obvia casi desde el principio.
El punto de partida de la historia concebida por Singer y Devlin es un clásico paranormal contemporáneo: que en aguas del Atlántico -en la región delimitada por Puerto Rico, Florida y Bermudas- se han esfumado cientos de barcos y aviones misteriosamente. Hay en la serie referencias a las desapariciones del Cyclops y del famoso Vuelo 19, enigmáticas sólo en la mente de Charles Berlitz y compañía, porque el bibliotecario Lawrence David Kusche hace tiempo que las explicó en sus obras El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado (1975) y The disappearance of Flight 19 (1980). En el segundo libro, demostró que fue un cúmulo de infortunios lo que llevó a la muerte, el 5 de diciembre de 1945, a la tripulación de una patrulla de aviones torpederos mientras volaba sobre el mar para adiestrarse en la orientación sin instrumental ni referencias.
«Es ficción», dirán algunos sobre The triangle. Tendrán razón; pero no está de más recordar que lo que se presenta en la serie como verdad histórica no lo es, que la leyenda del triángulo de las Bermudas es un invento y que lo que sostiene, por ejemplo, Iker Jiménez en la revista de Digital + es, simple y llanamente, mentira. Recuerda el director de Cuarto milenio en la guía mensual de la plataforma de televisión de pago que el mito alcanzó su clímax con la publicación de El triángulo de las Bermudas, obra que dice que Charles Berlitz escribió en 1975, algo prodigioso porque el libro se publicó en 1974. «Ahí comienza todo, con una recopilación de las desapariciones, hundimientos y, sobre todo, la falta de datos en torno a aviones y barcos que se habían esfumado sin dejar rastro», dice.
Lo que no cuenta Jiménez es que, un año después de ponerse a la venta el libro de Berlitz, Kusche -entonces bibliotecario de la Universidad de Arizona- dio carpetazo al asunto. El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado es un catálogo de las trapacerías de Berlitz, que incluyen barcos inventados -como el inexistente Stavenger al que hace desaparecer en 1931-, otros cuyo naufragio situó cerca las Bermudas cuando sucedió en el Pacífico -como el Freya en 1902- o en el Atlántico Norte -como el Raifuku Maru en 1925-, navíos que en realidad fueron hundidos en acciones de guerra -como el Proteus y el Nereus en 1941-, algunos víctimas de tormentas -como el Cotopaxi en 1925 y el Sandra en 1950-…
'El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado', de Lawrence David Kusche.«La leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad», concluyó Kusche en una obra cuya vigencia es la misma que hace más de tres decenios. Jiménez, sin embargo, no les dice nada esto a los lectores de la revista de Digital +. Sería desmontar un enigma y eso no es propio de quien vive desde hace años de explotar misterios inexistentes. Por eso, el director de Cuarto milenio sentencia que «la falta de respuesta hundió al propio tema (se refiere al enigma del triángulo de las Bermudas). Pero, sin embargo, hay que reconocer que nadie pudo poner en claro lo que sucedió realmente. Descubrirlo, tanto tiempo después, sigue siendo el gran desafío».
En la misma onda, está su colega Bruno Cardeñosa, ufólogo reconvertido a conspiranoico después de los atentados del 11-S. Este periodista es autor de una antología del disparate paleoantropológico, titulada El código secreto (2001), en la que sostiene que «los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución» y «aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens«. Puro diseño inteligente, vamos. Cardeñosa es capaz de ver un fantasma en donde hay una figura de cartón en la película Tres hombres y un bebé (1987) y mantiene que «el enigma del triángulo de las Bermudas está vivo, diría que más vivo que nunca. Todas las explicaciones que han propuesto algunos escépticos se han demostrado como vulgares cuando no sencillamente estúpidas». No es que desconozca el libro de Kusche, es que, sencillamente, tampoco está por la labor de matar la gallina de los huevos de oro en un negocio de lo paranormal en el que el prestigio se labra a golpe de tontería.
Descubrir lo que no pasa ni ha pasado nunca en esa zona del Atlántico es tan difícil -diga lo que digan los misteriólogos– como abrir el libro de Kusche y pararse a pensar unos minutos en que la región maldita registra un gran tráfico aéreo y marítimo. ¿De la desaparición de cuántos aviones de línea, de los cientos que vuelan sobre el triángulo de las Bermudas a diario, tiene usted, lector, un recuerdo directo? Quizá de ninguno, a pesar de la gran atención que prestan los medios a los accidentes aéreos y naufragios. Ése es el auténtico misterio, cómo mucha gente bien informada que nunca ha tenido noticia por la prensa, la radio y la televisión de algo terrible ocurrido en esa región es, sin embargo, seducida por las patrañas del charlatán de turno.
A mí me encantaría navegar por el triángulo de las Bermudas. Si pudiera, lo haría este próximo verano en un minicrucero programado por James Randi, el ilusionista que desenmascaró a Uri Geller. El mago emitirá a cada participante en el viaje turístico un certificado en el que quedará constancia de que el intrépido viajero ha atravesado el triángulo de las Bermudas y no le ha pasado nada. Es lo que hacen cada día miles de personas; lo que ocurre es que no son conscientes de ello. Recuérdelo la próxima vez que le inviten a subirse a la nave del misterio.

‘La Voz de Galicia’ naufraga en el triángulo de las Bermudas

Reportaje de 'La Voz de Galicia' que da pábulo a la leyenda del triángulo de las Bermudas.

Como el 5 de diciembre de 1945 fue el día en el que desaparecieron en el Atlántico cinco torpederos estadounidenses -el llamado Vuelo 19– y un hidroavión que salió en su búsqueda, cada año algún medio de comunicación resucita por estas fechas la historia del triángulo de las Bermudas. Esta leyenda prefabricada fue desmontada hace tres decenios por Lawrence David Kusche en su libro El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado (1975), pero hay periodistas que siguen empeñados en hacerse eco de las mentiras que en su día popularizó el fallecido Charles Berlitz. Es lo que hicieron ayer en La Voz de Galicia, según ha alertado Vicente Prieto en la lista de socios del Círculo Escéptico. El veterano diario coruñés ha naufragado en aguas del triángulo de las Bermudas a causa de esa ignorancia tan común entre los periodistas al escribir y hablar sobre lo paranormal; una ignorancia de la que no se libran ni las grandes estrellas de la radio y la televisión.Cuando examinó el caso del Freya, un carguero cuya desaparición en 1902 Berlitz situaba en la misteriosa región, Kusche, bibliotecario de la Universidad de Arizona, descubrió que el barco había naufragado en el Pacífico y durante un maremoto. Averiguó también que ningún avión Globemaster estadounidense se había accidentado en la zona en 1950, como afirmaba el autor de El triángulo de las Bermudas, aunque un aparato de ese tipo sí había explotadp en vuelo, pero en 1951 y a 900 kilómetros al sudeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido. Y así un caso tras otro. «Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían casí una certeza», ironiza Kusche en su obra, en la que prueba también que el vendedor de misterios se inventó desapariciones de barcos que nunca existieroN.
«La leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado -dice Kusche-. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad». Berlitz no era más que un embaucador y que su única virtud, tal como ha indicado James Randi, es que era «capaz de afirmar sus falsedades en treinta idiomas». «El tan comentado triángulo de las Bermudas no es tal punto de desapariciones misteriosas, sino un simple montaje publicitario que radica en el interés de ciertas empresas editoriales por vender libros. Un camelo», decía en 1979 el comandante Jacques Cousteau, quien tenía cierta experiencia en la exploración marina. Claro que, para el autor del reportaje de La Voz de Galicia, «el misterio, 60 años después, continúa».
De cara a próximos aniversarios del suceso, tomen nota: el Vuelo 19 desapareció por que era una misión de entrenamiento sin más instrumentos que el reloj y la brújula, y los tripulantes de la patrulla se desorientaron. El modelo de hidroavión que salió en su rescate, el Martin Mariner, era conocido como el tanque de gasolina volante por su propensión a estallar en vuelo. Aquel día, media hora después del despegue de este aparato, la tripulación de un navío militar vio, justo en el lugar donde se suponía que tenía que encontrarse el hidroavión, un avión incendiarse en el aire y caer al agua. Respecto al resto de presuntas tragedias que engrosan la leyenda, el periodista Mauricio-José Schwarz me ha indicado que, según recoge la Wikipedia, la aseguradora londinense Lloyd’s no considera el triángulo de las Bermudas más peligroso para la navegación que cualquier otra zona del mar.
El único enigma que queda sin resolver a raíz de este reportaje es por qué hay que dejar de lado el rigor cuando se informa del triángulo de las Bermudas, los platillos volantes, la sábana santa e historias por el estilo. ¿Será por que el misterio, si se aplica un mínimo sentido crítico, se esfuma?

El hombre que volvió del limbo de lo perdido

Luis Roldán fue el primer afortunado en regresar del limbo de lo perdido. El ex director de la Guardia Civil se esfumó en aguas del Caribe a mediados de agosto de 1994, pero reapareció en Laos a comienzos de 1995. «Sólo cometió un fallo en su fuga: intentar alcanzar la costa de Florida surcando el triángulo de las Bermudas». Así se explicaba en otoño de 1994 el hombre que hizo saltar la liebre, Bartholomew Forbes, un ilustre desconocido al que Noticias del Mundo presentaba como colaborador del Pentágono y experto estudioso del misterio del triángulo de las Bermudas [López, 1994]. Forbes, un individuo cuya inexistencia está fuera de toda duda, aseguraba en el semanario sensacionalista que Roldán podía «haber dado un salto temporal» y que el Ministerio de Interior español, una vez informado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), había ordenado abandonar la búsqueda del fugado.Toda la historia era, obviamente, una gran mentira urdida por los responsables de Noticias del Mundo -un periódico plagado de niñas que resucitan animales, hombres que viven con hachas clavadas en el cráneo, mujeres que comen por la nariz y otras lindezas- para llamar la atención de los lectores; una gran mentira similar a las que han convertido el triángulo de las Bermudas en un jugoso negocio para escritores sin escrúpulos y editores sin vergüenza.
Las desapariciones misteriosas han sido uno de los más rentables enigmas de las últimas décadas, como bien sabía el fallecido Charles Berlitz, que vendió más de 18 millones de ejemplares de El triángulo de las Bermudas (1974), desembarcó en España a mediados de los años 70 de la mano del periodista José María Iñigo, al igual que el ilusionista israelí Uri Geller, y fue el mayor publicista de la zona.»Ante la falta de una explicación lógica y aceptable» para las desapariciones que se suceden en tan enigmática región, Berlitz proponía dos teorías: que los ovnis hayan estado «secuestrando aviones y barcos durante varias generaciones» o que todo se deba a una «antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona» [Berlitz, 1974 y 1977]. El único misterio inexplicable del triángulo de las Bermudas es que Berlitz fuera considerado por algunos un «veterano y prestigioso investigador de lo insólito» [Benítez, 1985], cuando en realidad no era más que un avispado embaucador. Sus obras, llenas de burdos errores y provechosas mentiras, demuestran que no ha hecho un estudio serio en la vida y que su única virtud fue que quizá era «capaz de afirmar sus falsedades en treinta idiomas» [Randi, 1982].
«La leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado -dice tajante Lawrence David Kusche-. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad» [Kusche, 1975]. A mediados de los años 70, Kusche, bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto de aviación, se propuso averiguar qué había de cierto en los grandes titulares de las revistas paranormales y los éxitos de ventas editoriales de Berlitz y compañía. Lo que descubrió fue sorprendente: «No existe ninguna teoría que resuelva el misterio».
El elástico triángulo de las Bermudas
El capitán Marino Barberán y el teniente Joaquín Collar hicieron historia en junio de 1933. Cruzaron el Atlántico entre Sevilla y Cuba en un sesquiplano, el Cuatro Vientos, y batieron la marca de vuelo directo sobre el mar, al cubrir 7.320 kilómetros en poco más de 40 horas. Por desgracia, pocos días después desaparecieron cuando viajaban entre La Habana y Ciudad de México. «La meteorología era normal y los vientos favorables; no obstante, al pasar por Villahermosa apareció una abundante nubosidad, ante lo cual decidieron emprender vuelo directo de México. Pero jamás llegaron a su destino». Los amantes del misterio no sólo descartan que la tormenta fuera la causa directa del siniestro, ya que se trataba de «dos expertos aviadores», sino que dicen sentir escalofríos «al comprobar que la zona de la desaparición se halla junto al vértice suroccidental del triángulo de las Bermudas» [Pérez, 1989].
Aunque el autor de tal advertencia reconoce que «puede pensarse» que el sesquiplano de Barberán y Collar fue afectado por la tormenta y se estrelló, opta por achacar la desaparición de los aviadores a un lugar próximo a los límites del limbo de lo perdido. El problema es que miente. Basta acudir a un atlas para comprobar que la localidad mexicana de Villahermosa no «se halla junto al vértice suroccidental del triángulo de las Bermudas», sino ¡a cerca de 1.600 kilómetros de la costa de Florida, donde se encuentra el pretendido vértice! El avión seguía la ruta La Habana-Yucatán-Villahermosa-Veracruz-Ciudad de México y, cuando se esfumó, se encontraba a la misma distancia de la zona crepuscular que París de Cádiz. No cabe pensar, por lo tanto, en influencias triangulares ni cosas por el estilo.
El caso del Cuatro Vientos tiene tanta consistencia como el del carguero alemán Freya, que, cuando «se dirigía desde Manzanillo, Cuba, hacia varios puertos de Chile en octubre de 1902, apareció a la deriva y sin tripulación navegando fuertemente inclinado hacia un costado. Las páginas de su calendario de viaje habían sido arrancadas hasta el 4 de octubre» [Berlitz, 1974]. Charles Berlitz reconoce que en aquella época se registró en México un violento terremoto, que pudo provocar el accidente, pero incluye en Sin rastro (1977) el incidente del Freya como uno de los misterios del triángulo de las Bermudas. El problema es que el imaginativo autor confunde la localidad mexicana de Manzanillo, situada en la costa del Pacífico, con otra cubana del mismo nombre. En realidad, el Freya partió el 3 de octubre de un puerto del Pacífico y no de uno del Caribe -¡suspenso en geografía para Berlitz!-; al día siguiente, se vio sacudido por un maremoto ocasionado por los «fuertes terremotos que azotaron el área de Acapulco y Chilpanzingo» [Kusche, 1975], y fue hallado cerca de Mazatlán, también en el Pacífico, según consta en los registros de la compañía Lloyd’s. ¿Dónde está el misterio?
El Freya no desapareció en aguas del triángulo de las Bermudas, como tampoco lo hizo un avión Globemaster de las Fuerza Aérea estadounidense medio siglo después. Según la leyenda, la aeronave se perdió en marzo de 1950 «en el extremo norte del triángulo de las Bermudas durante un vuelo hacia Irlanda» [Berlitz, 1974]. La verdad es que ningún Globemaster se esfumó en esa fecha, aunque sí hubo uno que sufrió un accidente justo un año después, cuando volaba entre Gander, en Terranova, y Gran Bretaña. Es posible que Berlitz se confundiera de fechas; pero, aún así, el accidente tuvo lugar a unos 900 kilómetros al suroeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido, y restos encontrados en el mar revelaron que el avión había explotado en vuelo.
Las desapariciones del Cuatro Vientos, el Freya y el Globemaster son sólo algunas de las muchas que se localizan en el triángulo de las Bermudas, aunque no ocurrieron en tal región. Tras estudiar 33 incidentes registrados entre 1840 y 1973, Kusche llegó en 1975 a la conclusión de que la mayoría de los siniestros había sucedido en realidad fuera de la misteriosa zona. «Ya es difícil -dice- considerar una zona imaginaria en plena mar, pero esto no pasa de ser una nadería cuando descubrimos que en esa zona se pretenden situar naufragios que pudieron producirse ¡a cientos de kilómetros al Este o al Oeste de la localización adelantada por Charles Berlitz!» [Lleget y Kusche, 1979]. Y eso cuando los barcos y aviones no han sido fruto exclusivo de la imaginación de los fabricantes de paradojas.
El barco que nunca existió
No siempre es posible seguir la pista a los protagonistas de los incidentes a los que Berlitz y otros recurren para dar solidez a su tesis de que la zona delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas es una especie de agujero espacio-temporal que desafía al ser humano. Hay ocasiones en las que no hay manera de dar con la fuente en la que han bebido los autores o de identificar el barco o avión siniestrado. Kusche se encontró entre la espada y la pared cuando abrió una investigación para determinar las causas de la desaparición del Stavenger, un carguero noruego que, con una tripulación de 43 personas, se esfumó en octubre de 1931 cuando navegaba en las inmediaciones de la isla del Gato, en Bahamas. Hasta aquí, la leyenda.
Kusche advierte que «la pérdida de un buque, con 43 hombres a bordo, no puede pasarse por alto fácilmente» [Kusche, 1975]. Sin embargo, ni The New York Times ni The Times ni la Lloyd’s tienen información alguna sobre la desaparición del Stavenger. Un portavoz del Museo Marítimo de Oslo aseguró que no existía ningún barco noruego con tal nombre que hubiese naufragado en 1931 y que tampoco se había borrado de la lista oficial aquel año ni los dos siguientes ningún navío llamado Stavanger, con a, como la ciudad noruega. Posteriormente, el bibliotecario fue informado de que un barco denominado Stavanger, construido en 1925, había sido destruido en 1955, por lo que no podía tratarse del desaparecido. Kusche sospecha que, como en octubre de 1931 hubo varias tormentas en la zona de Bahamas, «pudiera ser que un buque llamado Stavanger se encontrara en dificultades en una de estas perturbaciones y que informes incompletos o una investigación incompleta llevaran a la conclusión de que se hubiera hundido».
Tampoco sería de extrañar, sin embargo, que todo el relato fuera una mera invención de los partidarios del triángulo de las Bermudas, que con el paso del tiempo, como ocurre habitualmente en la parapsicología o la ufología, habría cobrado carta de autenticidad. Si un investigador confunde el Atlántico con el Pacífico y sitúa en el triángulo de las Bermudas naufragios que han ocurrido a miles de kilómetros de distancia, por qué va a molestarse en comprobar un rumor antes de incorporarlo a la lista de misterios sin resolver. Como indica Kusche, la credibilidad de Berlitz «es tan baja que virtualmente es inexistente. Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían casi una certeza. Dice cosas que simplemente no son ciertas. Deja de lado el material que contradice su misterio. Un vendedor de bienes raíces que operara de esa manera terminaría en la cárcel» [Randi, 1982].
Pero el autor de El triángulo de las Bermudas no es el único espabilado que se ha aprovechado durante años de la ingenuidad del público. La lista es muy larga, aunque merece especial mención John Wallace Spencer, que está convencido de que los responsables de las desapariciones «tienen que ser seres extraterrestres, a bordo de ovnis» y afirma «que las historias verdaderas son de por sí suficientemente misteriosas como para no tener que recurrir a sensacionalismos» [Spencer, 1975]. Sin embargo, no duda en echar mano del amarillismo más descarado a la hora de rodear de misterio la desaparición de un avión cisterna KB-50, con nueve hombres a bordo, el 8 de enero de 1962. El aparato, de la Fuerza Aérea estadounidense, se esfumó cuando viajaba entre Virginia (EE UU) y las Azores. Había despegado del aeródromo de Langley a las 11.17 horas y la última comunicación desde el avión se registró después del mediodía, cuando el aparato se encontraba a unos 400 kilómetros al este de cabo Charles, en pleno océano Atlántico. El piloto «no insinuó tener ningún problema» [Kusche, 1975]. Sin embargo, según Spencer, la voz de alarma se dio cuando no se estableció el contacto por radio hacia las 14.00 horas, lo que es sencillamente falso.
Los equipos de búsqueda no se pusieron en marcha hasta pasadas las 19.00 horas, cuando estaba prevista la llegada del KB-50 a las Azores. Los aviones de rescate vieron una mancha de aceite en el mar a unos 480 kilómetros al este de Norfolk; pero, como no se halló ningún otro resto, no se puede saber si procedía del aparato siniestrado. Lo único que se puede asegurar es que estaba a unos 80 kilómetros más allá de la última posición dada. Dos aviones participaron en la búsqueda nocturna hasta primeras horas del día siguiente, cuando empezó la operación de rastreo a gran escala. El retraso en el inicio de las tareas de búsqueda -comenzaron casi dieciocho horas después de que se perdió la pista al KB-50- fue lo que impidió en su día explicar el accidente. El aparato cayó al mar; pero fuera del triángulo de las Bermudas, a más de 700 kilómetros del límite norte de la misteriosa región.
El misterio de la ‘patrulla perdida’
Seis aviones y veintisiete hombres -los integrantes del famoso Vuelo 19 y la tripulación de uno de los aparatos de rescate- desaparecieron en las inmediaciones de la península de Florida el 5 de diciembre de 1945. El incidente, uno de los pilares de la leyenda, estuvo a punto de perder todo misterio en mayo de 1991, cuando Robert Cervoni, director de la firma Scientific Search Project, anunció que el barco de exploración Deep See había hallado los restos de cinco TBM Avenger a unos 18 kilómetros al noroeste de Fort Lauderdale. «Nos pareció increíble. De pronto, nos invadió un grado de excitación elevadísimo», recordaba Cervoni [Fermoselle, 1991]. A pesar de que todo parecía indicar que se trataba de los aviones torpederos desaparecidos en 1945, posteriores investigaciones permitieron precisar que los aparatos no pertenecían al Vuelo 19. Los modelos no coincidían y los números de matrícula no correspondían a los del escuadrón perdido.
Cinco aviones torpederos TBM Avenger partieron a las 14.10 horas del 5 de diciembre de 1945 de la base aeronaval de Fort Lauderdale, en Florida. Los aviones, con una tripulación total de catorce hombres, iban a participar en un vuelo de entrenamiento sobre el mar para el adiestramiento de los pilotos en orientación sin instrumental y sin puntos de referencia. Debían volar 198 kilómetros al este, 117 kilómetros al norte y otros 193 kilómetros hacia el sudoeste, hasta Fort Lauderdale. Los problemas surgieron una hora y media después del despegue, cuando el comandante de la escuadrilla, el teniente Charles Taylor, creyó que se habían perdido «después del último giro» y que su brújula no funcionaba debidamente [Errigo, 1975]. La conversación entre el jefe de la escuadrilla y sus pilotos fue detectada por el teniente Robert Cox, un instructor de vuelo que poco después perdió comunicación con Taylor. El Vuelo 19 «debía hallarse sobre las islas Bimini o las Bahamas» mientras que Cox estaba a unos 65 kilómetros al sur de Fort Lauderdale [Kusche, 1975].
El reloj es un instrumento imprescindible en un vuelo de entrenamiento a ciegas. Sin embargo, ninguno de los cinco TBM Avenger estaba equipado con reloj y existe la duda de si el propio Taylor llevaba uno de pulsera, ya que su familia recibió después uno entre sus efectos personales. Si el comandante ignoraba cuánto tiempo llevaba volando en un rumbo determinado, es comprensible que en un algún momento se sintiera perdido. Su desorientación llegó a tal punto que, en la segunda mitad del primer tramo -cuando la brújula, según él, comenzó a fallar-, pensó que se estaban equivocando, tomó el mando, volvió a lo que creía que era la posición correcta y acabó por no saber si se hallaba al este o al oeste de Florida. A las 16.45 horas, Port Everglades conectó con Taylor y le pidió que cambiara la radio a la frecuencia de emergencia. El líder del Vuelo 19 no lo hizo y, poco a poco, perdieron las comunicaciones con las estaciones de tierra en un canal, por otra parte, plagado de interferencias de emisoras cubanas y ruidos parásitos.
El informe oficial, que ocupa más de 400 páginas, revela que pasaron más de cuatro horas desde la primera llamada de socorro hasta que los aviones cayeron al mar. «La parte más trágica del incidente -señala Kusche- es que, cuando el teniente Taylor dio el primer parte de su situación, se encontraba, según su declaración posterior, sobrevolando los arrecifes del norte de las Bahamas. ¡El Vuelo 19 se hallaba casi en rumbo correcto cuando los pilotos decidieron que se habían perdido!». Horas más tarde, los operadores de tierra escucharon por radio como alguno de los pilotos decía: «¡Maldición, si al menos pudiéramos volar hacia el oeste, llegaríamos a casa!». Ninguno llegó a casa porque ninguno abandonó la formación por disciplina. Se perdieron definitivamente pasadas las 19.00 horas, cuando se les acabó el combustible, al caer «en algún lugar entre el este de Estados Unidos y el norte de las Bahamas». Los TBM Avenger, recuerda el sagaz Berlitz, «estaban en condiciones de posarse suavemente sobre las aguas y, en todo caso, podían mantenerse noventa segundos a flote» [Berlitz, 1974]. Pero es que las condiciones meteorológicas no eran idílicas, como el autor de El triángulo de las Bermudas quiere hacer ver, sino bastante malas, «con vientos fuertes y un mar muy alborotado», lo que tampoco favorecía la supervivencia en caso de amerizaje de emergencia.
Fue entonces cuando partió en su búsqueda un hidroavión Martin Mariner con trece tripulantes. Y también se esfumó, aunque no sin dejar rastro. La leyenda une ambos incidentes -la desaparición de los cinco aviones y la del aparato de rescate- y dice que los seis aparatos desaparecieron sin más ni más. La realidad es muy diferente. El Martin Mariner despegó de la base aeronaval de Banana River hacia las 19.27 horas, media hora después de la última conexión con el Vuelo 19. Veintitrés minutos más tarde, según el informe oficial, «el capitán del SS Gained Mills declaró que un avión se incendió en el aire e inmediatamente cayó al agua y explotó, y que manchas de aceite y escombros habían sido vistos por miembros de la tripulación» [Kusche, 1975]. Curiosamente, la explosión tuvo lugar en el punto en el que tenía que encontrarse en aquel momento el Martin Mariner, un aparato al que los pilotos llamaban tanque de gasolina volante. Sin embargo, Alejandro Vignati, un explotador del misterio, califica de «sorprendente» la desaparición del Martin Mariner [Vignati, 1975].
Más asombroso resulta que el lamentable cúmulo de coincidencias que convirtió el 5 de diciembre de 1945 en una jornada aciaga para la aviación haya sido tergiversado hasta tal punto que mucha gente crea que fueron los extraterrestres los que secuestraron a los veintisiete tripulantes de los seis aviones militares. Parte de culpa tiene Steven Spielberg. Al comienzo de Encuentros en la tercera fase (1977), el ufólogo encarnado por François Truffaut encuentra en el desierto mexicano de Sonora los cinco TBM Avenger del Vuelo 19 en perfecto estado de conservación; al final de la película, Charles Taylor y sus compañeros salen de un multicolor platillo volante estacionado en la torre del Diablo. Así soluciona el Rey Midas de Hollywood uno de los mayores misterios del siglo XX, recurriendo a otro misterio inexplicado, los platillos volantes.
En el fondo del mar…
Los partidarios del triángulo de las Bermudas recurren siempre a otros supuestos enigmas para explicar el misterio. Muestran especial preferencia por visitantes extraterrestres y restos de la desaparecida Atlántida; aunque también salen habitualmente al escenario vórtices magnéticos, civilizaciones intraterrestres, agujeros espacio-temporales… John Wallace Spencer aboga por los secuestros alienígenas; Charles Berlitz, por una explicación atlante, y Jean Prachan une los ovnis y el continente desaparecido en una sola teoría. ¿Qué hay de verdad en tan sorprendentes afirmaciones? Nada.
Spencer, miembro del crédulo Comité Nacional para la Investigación de los Fenómenos Aéreos (NICAP), afirma que «los extraterrestres no pueden ser clasificados como amigos ni como enemigos, sino como algo muy distinto: como científicos que llevan a cabo un experimento» [Spencer, 1975]. En su opinión, los visitantes han elegido el triángulo de las Bermudas como zona de operaciones «por ser la más frecuentada del mundo tanto por tierra como por mar. Si mi teoría es correcta, lo científicos extraterrestres están llevando a cabo continuos experimentos con los seres humanos y sus máquinas». La idea es llamativa; pero tan carente de fundamento como la que dice que los extraterrestres vienen a la Tierra de caza para llenar de comida las despensas de los platillos volantes.
¿Qué necesidad tienen los alienígenas de exponerse en continuas expediciones de caza? ¿No resultaría más fácil crear granjas de seres humanos para satisfacer las supuestas necesidades gastronómicas o de animales de laboratorio? El hecho de que los visitantes estelares hayan tenido que convertir el triángulo de las Bermudas en coto de caza es una muestra más de la escasa imaginación y la falta de lógica que imperan entre ciertos escritores sin escrúpulos, que hacen cualquier cosa con tal de rentabilizar la credulidad del público.
Berlitz no recurre a los marcianos. Prefiere resucitar un viejo mito de la humanidad, la Atlántida. Según él, la existencia de un gran complejo de energía submarino es la causa de las misteriosas desapariciones que se registran en la región desde siempre. Obviamente, la idea -como todas las de Berlitz- no es original de él, sino de Edgar Cayce, un pretendido dotado que entre 1924 y 1944 maravilló a todos los ingenuos de la época. Maestro de escuela, diagnosticaba enfermedades a distancia, recetaba curas por carta, realizaba descripciones de vidas anteriores y se atrevía hasta a dárselas de profeta. «Las curas de Cayce -escribe James Randi– eran muy graciosas», consistían casi siempre en conocidos remedios caseros como el caldo de carne, y sus fracasos como vidente fueron «notables» [Randi, 1982].
La Atlántida, según Cayce, desapareció debido al empleo indebido de las fuerzas de la naturaleza, que se tomó la revancha y borró el continente del mapa. «El hombre produjo las fuerzas destructivas… que, combinadas con las propiedades naturales de los gases, de fuerzas existentes en la naturaleza y en su forma natural, causaron la peor de las erupciones en las profundidades de la Tierra en lento proceso de enfriamiento, y esa porción [de la Atlántida] que ahora se halla cercana a lo que podríamos llamar el mar de los Sargazos desapareció bajo el océano…» [Berlitz, 1974]. El vidente describió lo que sus admiradores identifican con el láser, el máser y la energía nuclear, y habló de la existencia de un «gran cristal» atlante productor de energía en el lecho marino cerca de las Bahamas.
Charles Berlitz, que da crédito a todo tipo de sandeces, cree que es posible que en la región haya «grandes complejos de energía, antiguas máquinas o fuentes energéticas de una civilización anterior, que yacen en el fondo del océano» y que «incluso ahora podrían ser ocasionalmente accionadas por aviones que, al sobrevolarlas, crean torbellinos magnéticos y provocan perturbaciones magnéticas y electrónicas» [Berlitz, 1974]. Por si fuera poco, mantiene además que se ha cumplido una de las últimas profecías de Edgar Cayce, que anunció que parte de la Atlántida resurgiría de las aguas a finales de los años 60.
Una apuesta de 10.000 dólares
«Poseidia -dijo Cayce en 1940- estará entre las primeras porciones de la Atlántida que vuelvan a resurgir…, según espero, en 1968, 1969… pero no más lejos» [Berlitz, 1977]. Nada de eso pasó; pero Berlitz se basta y se sobra para tergiversar la realidad y adaptarla a la profecía. Y así se refiere al descubrimiento en 1968 de una calzada submarina cerca de las islas Bimini como si fuera evidencia de algo más que de su ignorancia. La prueba, situada a unos 8 metros bajo la superficie, es «un par de filas semirregulares paralelas a la costa, separadas por unos 20 metros y consistentes en unos bloques casi rectangulares de dimensiones muy variadas, que miden de 2 a 6 metros» [Randi, 1982]. En realidad, se trata de un ejemplo de lo que los geólogos conocen como rocas de playa, una estructura formada por granos de arena que han sufrido un proceso natural de cementación. La prueba del carbono 14 a la que se han sometido restos orgánicos incrustados en la roca ha revelado que la carretera tiene sólo unos 2.200 años, cuando la Atlántida, según los creyentes, se hundió en el mar hace más de diez milenios. Al ser de origen natural, se han encontrado otras calzadas submarinas en lugares como Australia, demasiado lejos del triángulo de las Bermudas.
Los fabricantes de enigmas no se conformaron con encontrar una carretera y en 1977 realizaron otro «sensacional descubrimiento», hallaron una pirámide de 143 metros de altura sumergida en el triángulo de las Bermudas. ¡Ya no faltaba nada! En la región había bases extraterrestres, misteriosas fuentes de energía, ruinas atlantes y hasta una gigantesca pirámide. El problema es que el espectacular monumento siguió el mismo camino que las calzadas submarinas. Aunque Berlitz disponía de un registro de sonar en el que se observaba una estructura piramidal de gran altura, cuando en 1978 Kusche apostó 10.000 dólares a que no existía ninguna evidencia de la existencia de la pirámide, el investigador dio la callada por respuesta.
Y es que la gráfica de sonar también tenía truco. La pirámide descubierta por el capitán Don Henry es de las «siluetas que pueden encontrarse a menudo en los registros de sonar», según Bob Heinmiller, del Instituto Tecnológico de Massachussetts. «La forma de una pirámide -explica Randi- puede obtenerse simplemente al encontrar una pequeña pendiente en el sonar», ya que la componente vertical de la gráfica es muy exagerada porque lo que se pretende es hacerse a la idea de la profundidad a la que está el lecho marino. «En el diagrama mostrado por Berlitz, la supuesta pirámide puede representar un terreno sumergido con una suave pendiente de 2 ó 3 grados. Para tener una idea de la verdadera inclinación representada, imagínese una regla de 30 centímetros sobre la parte superior de una mesa con ocho monedas apiladas debajo de un extremo. Don Henry pasó con su barco por encima de eso, en miniatura, para obtener el registro que vendió a Berlitz» [Randi, 1982].
Escapes de gas submarinos
Richard McIver comenzó a interesarse por el triángulo de las Bermudas en 1963, tras leer un artículo en la revista Argosy. Treinta años después, cree que la clave del misterio se encuentra en el fondo del mar, más concretamente, en el subsuelo oceánico. Geoquímico vinculado a la industria petrolífera, conoce los problemas que ocasionaban los hidratos gaseosos -el gas congelado- en perforaciones y oleoductos. Sólo las reservas mundiales de metano en estado de hidrato se estiman actualmente en unos 1016 metros cúbicos, muchos de los cuales se encuentran bajo el subsuelo marino.
El origen del metano submarino está vinculado a la descomposición de animales y plantas. El gas se cristaliza, debido a la presión y a la baja temperatura, y queda atrapado entre los estratos. Hay depósitos de hidratos en todos los océanos del planeta, incluida la región del triángulo de las Bermudas, y bajo ellos se encuentra metano en estado gaseoso. Los escapes de gas a alta presión han provocado numerosos accidentes en barcos perforadores y plataformas petrolíferas. «Cuando el gas entra en contacto con el agua que hay bajo la plataforma, puede tener consecuencias funestas» [Simmons, 1992]. Las estructuras pierden gran parte de su capacidad de mantenerse a flote y pueden llegar hasta a volcar.
Larry Kuhlman, de Neal Adams Firefighter Inc., ha presenciado gran número de accidentes de este tipo. «Las plataformas se hunden por dos razones: una es la reducción del peso específico del agua debido a la presencia de gas, y la otra es que el agua sube de nivel, llega hasta la cubierta y se introduce en los sistemas de conducción interna. El gas asciende hasta la superficie muy deprisa y, en algunos casos, las plataformas se hunden en cuestión de minutos», advierte. Los trabajadores que se lanzan al agua gasificada intentando salvarse descubren que se hunden, que ni con chaleco salvavidas flotan. «Es como saltar desde un avión en vuelo sin paracaídas», indica un superviviente.
La perforación del subsuelo es la manera más habitual de liberar este enorme poder destructivo de la naturaleza; pero no la única. Los corrimientos de tierra submarinos pueden sacar a la luz depósitos de gas, que, liberado en grandes cantidades, desencadenará una catástrofe localizada. Si no hay tráfico marítimo, todo quedará en una mera anécdota; si un barco navega por las inmediaciones, casi con toda seguridad acabará en el fondo del mar. Experimentos llevados a cabo en el Instituto de Ciencias Oceanográficas de Gran Bretaña han revelado qué ocurre a una embarcación que navega en una mezcla de gas y agua. La piscina permanece tranquila hasta que se produce el escape gaseoso. Entonces, el agua se convierte en un auténtico infierno blanco, la turbulencia atrapa al navío y éste se hunde. Esto es lo que, según Richard McIver, ocurre en el triángulo de las Bermudas: los sedimentos se rompen, el gas queda libre y, en su camino hacia la superficie, se traga los barcos.
Quienes han presenciado bajo las aguas del mar Caspio escapes de gas aseguran que, en ocasiones, la erupción es tan violenta que puede llegar a haber «una columna de gas rodeada de agua, lo que da la impresión de que el mar está hirviendo» [Simmons, 1992]. La descripción, desde luego, se asemeja mucho a la última visión que la leyenda atribuye a algunas de las víctimas del triángulo de las Bermudas. Sin embargo, ¿cómo puede afectar un escape de gas a un avión? McIver se atreve a dar una respuesta. Mantiene que bastaría una chispa del motor para provocar una explosión en un avión que se adentrara en una nube de metano provocada por un escape submarino.
La hipótesis del geoquímico es atractiva y está basada en hechos reales: más de 40 plataformas y barcos perforadores se han hundido en todo el mundo debido a escapes de gas. Sin embargo, considerar esta teoría como la explicación a todas las desapariciones acaecidas en el triángulo de las Bermudas es casi tan grotesco como decir que todos platillos volantes son producto de confusiones con el planeta Venus. Cabe la posibilidad de que algunos siniestros tengan su origen en escapes masivos de gas metano, pero no hay que olvidar que la mayoría de los casos que sustentan el misterio tiene una explicación bastante más prosaica.
La opinión de los hombres del mar
«Podemos afirmar categóricamente que las desapariciones [del triángulo de las Bermudas] se deben normalmente a condiciones meteorológicas severas» afirma Norman Hooke, de la compañía de seguros Lloyd’s, que añade que «si se comprueba con detalle» cada uno de los misteriosos incidentes que han conformado la leyenda, se verá que no han ocurrido como dicen Berlitz y compañía. La experiencia ya la hizo Lawrence David Kusche, que llegó a la conclusión de que los estudiosos de lo paranormal no investigan los casos en las fuentes, aderezan los incidentes con imaginativos detalles, localizan las desapariciones donde les viene en gana y hasta ocultan información que podría explicar el accidente.
Los guardacostas, los hombres que más tiempo pasan en aguas del triángulo maldito, no han visto hombrecillos verdes en la zona. Respecto a las víctimas de la región, el comandante James Howe cree que «se trata de gente que se mete en problemas debido a las condiciones meteorológicas o por no estar preparados» [Simmons, 1992]. Los expertos en lo paranormal ignoran las manifestaciones de la Lloyd’s y de la Guardia Costera de Estados Unidos. Ya en su primer libro sobre la misteriosa zona, el propio Berlitz recogía la opinión de los guardacostas. «Según nuestra experiencia -aseguraba en 1974 un portavoz del servicio de vigilancia- las fuerzas combinadas de la naturaleza y el carácter impredecible del ser humano pueden superar, muchas veces al año, las más ambiciosas narraciones de ciencia ficción…» [Berlitz, 1974]. Veinte años después, todavía hay quien cree que puede navegar entre Miami y Bahamas con «un mapa de carreteras o un mapa dibujado en una servilleta», indica Howe.
Bajo el agua, la opinión es aún más contundente. El comandante Jacques Cousteau no tenía ninguna duda. «El tan comentado triángulo de las Bermudas no es tal punto de desapariciones misteriosas -decía-, sino un simple montaje publicitario que radica en el interés de ciertas empresas editoriales por vender libros. Un camelo» [Semana, 1979]. El explorador submarino no vacilaba en calificar el misterio de «leyenda prefabricada». No le faltaba razón.

Notas

Benítez, Juan José [1985]: «Platón -sin saberlo- describió América». El Correo Español-El Pueblo Vasco (Bilbao), 14 de Enero.
Berlitz, Charles [1974]: El triángulo de las Bermudas [The Bermuda triangle]. Trad. de José Cayuela. Editorial Plaza & Janés (Col. «Los Jet», Nº 7). Barcelona 1982. 254 páginas.
Berlitz, Charles [1977]: Sin rastro [Without trace]. Con la colaboración de J. Manson Valentine. Trad. de Traductores Diorki. Mundo Actual de Ediciones. Barcelona 1978. 243 páginas.
Errigo, Angela [1979]: «El triángulo de las Bermudas». En Pick, Christopher (Ed.): Misterios del mundo [Mysteries of the world]. Prologado por Ian Wilson. Trad. de Carmen López Velasco. Editorial Eléxpuru. Bilbao 1980. 146-157.
Fermoselle, Ángel F. [1991]: «Otra vez el triángulo de las Bermudas». El Mundo (Madrid), 18 de Mayo.
Kusche, Lawrence David [1975]: El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado [The Bermuda triangle mystery – solved]. Trad. de Carme Collell. Ediciones Sagitario. Barcelona 1977. 320 páginas.
Lleget, Màrius; y Kusche, Lawrence David [1979]: «El triángulo de las Bermudas desmontado punto por punto». Algo (Barcelona), Nº 338 (Febrero), 90-102.
López, Jesús [1994]: «Luis Roldán desapareció en el triángulo de las Bermudas». Noticias del Mundo (Madrid), Nº 7 (7 de Noviembre), 3.
Pérez, Alberto [1989]: «Llevados por el viento». Más Allá (Madrid), Nº 8 (Octubre), 30-41.
Randi, James [1982]: Fraudes paranormales. Fenómenos ocultos, percepción extrasensorial y otros engaños [Flim-flam! Psychics, Esp, unicorns and other delusions]. Prologado por Isaac Asimov. Trad. de Alejandro G. Tiscornia. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona 1994. XVI + 347.
Semana [1979]: «El comandante Cousteau tira con bala: «¡El pretendido misterio del triángulo de las Bermudas es un camelo!»». Semana (Madrid), Nº (9 de Junio).
Simmons, John [1992]: The Bermuda triangle. Geofilms. Producido por Martine Benoit y John Simmons. Guión de John Simmons. Música de Tony Royden. Narradora: Juliet Stevenson. Duración: 50 minutos.
Spencer, John Wallace [1975]: El limbo de lo perdido. Casos actuales de misterios marinos [Limbo of the lost today]. Trad. de Consuelo González Castresana. Editorial Plaza & Janés (Col. «Realismo Fantástico», Nº 81). Barcelona 1980. 240 páginas.
Vignati, Alejandro [1975]: El triángulo mortal de las Bermudas. Editorial ATE. Barcelona. 303 páginas.

Muere a los 90 años Charles Berlitz, autor de ‘El triángulo de las Bermudas’

Charles Berlitz (Nueva York, 1913) murió el 18 de diciembre en Tamarac (Florida, EE UU) a los 90 años. Lingüista -era nieto del fundador de las academias de idiomas Berlitz-, entró en el mundo del misterio a finales de los años 60 del siglo pasado y alcanzó renombre mundial en 1974 con la publicación de El triángulo de las Bermudas. Escribió libros sobre el arca de Noé y la Atlántida, y firmó con William Moore dos obras: El experimento Filadelfia (1979) y El incidente (1980), que resucitó el misterio de Roswell y marcó el inicio de la fiebre de los platillos volantes estrellados, fenómeno en el que hasta entonces nadie había creído ni siquiera dentro del mundo ufológico. Hábil relaciones públicas, sus trabajos están repletos de afirmaciones asombrosas sin la menor base, como demuestra su obra más popular.
Charles Berlitz.El triángulo de las Bermudas debe su nombre a Vincent Gaddis, un divulgador de lo paranormal que bautizó así a la región del Atlántico delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas en la revista Argosy en 1964. Pero si hay un autor al que la opinión pública vincula con esa zona, ése es Charles Berlitz, cuyas obras El triángulo de las Bermudas y Sin rastro han vendido decenas de millones de ejemplares en todo el mundo desde 1974. Berlitz sostenía que las desapariciones en la región se deben bien a que los extraterrestres han estado «secuestrando aviones y barcos durante varias generaciones», bien a una «antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona». Otros autores hablan de civilizaciones intraterrestres, vórtices magnéticos o agujeros espaciotemporales. Pero lo importante es que todos parten de una misma base: la facilidad con que se esfuman barcos y aviones en esa parte del Atlántico.
La realidad es mucho más misteriosa que todo eso, como descubrió Lawrence Kusche hace más de veinte años. Bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto de aviación, Kusche se propuso averiguar qué había de cierto en los llamativos titulares de las revistas esotéricas y en los éxitos de ventas de Berlitz y compañía. Su conclusión fue sorprendente: «No existe ninguna teoría que resuelva el misterio». Cuando examinó el caso del Freya, un carguero cuya desaparición en 1902 Berlitz situaba en el triángulo de Bermudas, descubrió que el barco había naufragado en el Pacífico y durante un maremoto. Averiguó también que ningún Globemaster estadounidense se accidentó en la región en 1950, como afirmaba el autor de El triángulo de las Bermudas, aunque un aparato de ese tipo sí explotó en vuelo, pero en 1951 y a 900 kilómetros al sudeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido. Y así un caso tras otro.
«Podemos afirmar categóricamente que las desapariciones se deben normalmente a condiciones meteorológicas severas», ha mantenido siempre la Lloyd’s. Del medio centenar largo de casos enigmáticos que Kusche desmontaba en 1975 en su libro El misterio de triángulo de las Bermudas solucionado, se deduce que no hay ninguna explicación para todos los sucesos y sí una para cada uno, y que Berlitz no merece ningún crédito. «Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían caí una certeza», ironiza Kusche, quien comprobó en su día que, por ejemplo, el Stavenger, un barco con 43 tripulantes que habría desaparecido en 1931 en Bahamas, nunca existió. Así es muy fácil que se esfumara.
En su libro Flim-flam! Psychic, ESP, unicorns and other delusions (1982), el ilusionista James Randi acusa a Berlitz de falsear datos conscientemente. «Tengo entendido que Berlitz habla unos treinta idiomas, once de ellos con fluidez. Quizá sea capaz de afirmar sus falsedades en los treinta idiomas», dice el prestigioso escéptico. Por escrito, las mentiras del autor estadounidense se han divulgado en muchos más idiomas y siempre con el marchamo de no ficción.

Los periodistas y las falsas ciencias

Sinopsis: Los profesionales de la comunicación han creado falsos misterios como los de los platillos volantes, el triángulo de las Bermudas y la sábana santa. La pseudociencia todavía se fomenta hoy en día en la prensa, la radio y la televisión, con grave prejuicio en algunos casos para la salud de los ciudadanos y llegándose en el último de los casos a vulnerar la legalidad vigente. El periodista, que tiene como objetivo dar una información veraz, no puede eludir su responsabilidad y debe tomar partido por la denuncia de la estafa cultural y, en algunos casos, económica que conlleva la anticiencia.Palabras clave: Pseudociencia. Medios de comunicación. Prensa. Radio. Televisión. Ética publicitaria. Ética periodística.
1. Los periodistas como creadores de mitos
«Si los platillos volantes son reales en un sentido físico, los periódicos habrán hecho un magnífico trabajo cubriendo la historia, aunque las explicaciones se hayan echado en falta. Si los platillos volantes son totalmente inexistentes, los periódicos habrán, por lo menos, explotado una buena historia hasta el límite» [1]. Medio siglo después de que un estudiante de periodismo de la Universidad de California, DeWayne B. Johnson, pusiera a los medios de comunicación en el ojo del huracán de la naciente ufología, podemos decir, sin lugar a dudas, que éstos no han desempeñado el papel de héroe, sino el de villano. Porque los platillos volantes nunca han surcado los cielos de la Tierra ni se han posado en nuestros campos; los extraterrestres jamás han secuestrado a inocentes almas solitarias ni sus naves se han estrellado contra la superficie de nuestro planeta.
Desde 1947, se han dedicado miles de libros y de artículos, de horas de radio y de televisión, a ahondar en la realidad del que ha sido denominado por sus seguidores el misterio número uno de la ciencia moderna. Sin embargo, no se ha aportado ni una sola prueba que avale la realidad de las supuestas visitas de seres extraterrestres. Esto no quiere decir que los ovnis, como ingenios alienígenas, no existan. Existen, pero únicamente sobre el papel y en la imaginación popular, y han dado lugar a una de las creencias con mayor arraigo social de la segunda mitad del siglo XX. Por eso, la clave del misterio no se esconde en la inmensidad del espacio, sino en lo más íntimo del ser humano, en el contexto histórico en el que aparecieron por primera vez los platillos volantes y en la necesidad de los medios de comunicación, y por extensión de los periodistas, de noticias extraordinarias.
Ya a finales de los años 30, década en la que había cobrado un enorme auge en Estados Unidos la ciencia ficción de la mano de las revistas pulp -denominadas así por estar confeccionadas con papel de ínfima calidad-, gran parte de la sociedad norteamericana consideraba factible un contacto inminente con seres de otros mundos. Quien sacó a la luz esa creencia íntima fue Orson Welles, que el 30 de octubre de 1938 convirtió en víctimas de una invasión marciana a 1,2 millones de personas, según estimaciones del Instituto Americano de Opinión Pública. Los efectos de su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, la novela de Herbert G. Wells, demostraron que el público podía llegar a vivir una ficticia guerra interplanetaria -«Me asomé por la ventana y vi una luz verdosa que creí que procedía del monstruo», «Creí sentir olor a gas y oleadas de calor»- como si estuviera teniendo lugar en realidad [2]. Once años antes de la aparición en Estados Unidos de los primeros platillos volantes, Welles había dejado claro que no hacía falta que nada extraño apareciera en los cielos para que la gente lo viera.
Tras la Segunda Guerra Mundial, tras las explosiones de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos se sumió en una paranoia anticomunista, que derivó en la célebre caza de brujas del senador McCarthy, y en el temor a que la Unión Soviética lanzase un devastador ataque nuclear. La sociedad estadounidense fue inmediatamente consciente de que el monstruo que había liberado -el poder destructivo del átomo- podía volverse contra ella misma. «Se construyeron refugios atómicos en cada comunidad americana, y se exigió a las escuelas públicas que los alumnos practicaran simulacros de ataques. Es en este escenario en el que tienen lugar las observaciones de platillos volantes de 1947», recuerdan el sociólogo Robert Bartholomew, de la Universidad James Cook (Australia), y el psicólogo George S. Howard, de la Universidad de Notre Dame (EE UU) [3].
El término platillo volante fue acuñado el 24 de junio de 1947. Kenneth Arnold, un vendedor de equipos de extinción de incendios, volaba a los mandos de su avioneta en el Estado de Washington cuando vio nueve objetos en formación sobre el monte Rainier. «Se desplazaban como platillos saltando sobre el agua», recordaría después. En un primer momento, Arnold temió que se tratara de ingenios soviéticos e intentó informar al FBI; pero la oficina de Pendleton (Oregon) estaba cerrada, así que acabó contando la historia al corresponsal de la Associated Press. El despacho que emitió al agencia de prensa, que llegó a 150 diarios del país, comenzaba: «Nueve objetos brillantes con forma de platillo volando ‘a increíble velocidad’ a 10.000 pies de altitud han sido observados hoy por Kenneth Arnold…». El reportero tomó la descripción del vuelo de los ovnis por la de su forma y la gente empezó a ver, primero en EE UU y después en el resto del mundo, platillos volantes [4]. No hubo, sin embargo, observaciones de objetos con forma de bumerán, que era la que tenían los ovnis del monte Rainier, según el propio Arnold.
La irrealidad periodística venció a la realidad en el caso fundacional del mito de los platillos volantes y de la pseudociencia de la ufología, al igual que en el de otras creencias contemporáneas. Por poner sólo dos ejemplos, ahí están el triángulo de las Bermudas y el sudario de Turín.
El mito del triángulo de las Bermudas tiene también su origen en un despacho de prensa de AP, en el que el periodista E.V.W. Jones hablaba, el 16 de septiembre de 1950, de la misteriosa desaparición de barcos y aviones «sin dejar rastro» en una región del Atlántico cuyos vértices serían Florida, las islas Bermudas y Puerto Rico [5]. Aunque la zona fue bautizada como triángulo de las Bermudas en 1964 por Vincent H. Gaddis, realmente no saltó a la fama hasta mediados de los años 70 y, poco después, un bibliotecario estadounidense publicaba un libro en el que demostraba que «la leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad» [6].
El sensacionalismo y la reiteración en la mentira periodística han caracterizado, asimismo, la venta a la opinión pública del misterio del sudario de Turín, la tela en la que habría quedado impresa la imagen de Jesucristo tras su muerte. «Científicos y técnicos de la NASA -después de tres años de estudio- han aportado datos suficientes como para deducir que Cristo resucitó», escribía el periodista navarro Juan José Benítez en 1978 [7]. A pesar de las numerosas evidencias que apuntaban desde un principio al origen medieval de la presunta reliquia, no fue hasta un decenio después, con motivo de la datación de la tela en el siglo XIV por medio del radiocarbono, cuando los medios de comunicación españoles se hicieron eco de las pruebas en contra de la autenticidad de la sábana santa. Entonces, Benítez y el jesuita Jorge Loring -los dos principales popularizadores en España del supuesto enigma de la sábana santa- admitieron por primera vez que no era cierto que la NASA hubiera estudiado alguna vez la pieza de lino. Aún así, hoy en día, el mito persiste y algunos medios de comunicación de ideario católico hacen caso omiso de la evidencia acumulada desde hace veinte años y presentan a sus lectores la tela depositada en la catedral de Turín como prueba científica de la resurrección de Jesucristo, siempre a partir de estudios que carecen del mínimo rigor y que no han sido publicados en revistas científicas. Como contrapartida, esos mismos medios ignoran sistemáticamente que el veredicto científico sobre la fecha en la que se confeccionó la falsa reliquia fue publicado en la revista Nature en 1989 y, desde entonces, ninguna publicación científica se ha hecho eco de críticas argumentadas en contra de la metodología seguida por los investigadores y de unos resultados según lo cuales la tela fue fabricada entre 1260 y 1390 (± 10 años).
2. La falsa ciencia en los medios
La pseudociencia, como hemos visto, ha nacido en ocasiones en los propios medios de comunicación de masas y de la mano de periodistas. Pero el papel de las empresas y de los profesionales de la información no se ha limitado tan sólo a dar el empujón inicial a algunos de los mitos que imperan en la sociedad actual, sino que también les ha llevado a adoptar otros y darles amplia publicidad. La prensa, la radio y la televisión españolas -como las de otros países- han fomentado, y fomentan, la superstición y el pensamiento mágico, cada tipo de medio con sus peculiaridades.
2.1. Prensa
Los misterios paranormales vivieron, a mediados de los años 70, un auténtico boom en nuestra prensa diaria, que ya había sido bastante receptiva a ellos en la última etapa del franquismo. Durante la Transición, ufólogos, parapsicólogos, astrólogos y una amplia pléyade de cultivadores de lo esotérico encontraron en los diarios, sin excepción, el lugar idóneo para hacer publicidad de sus libros y consultas. Por fortuna, esas supersticiones han desaparecido paulatinamente de las páginas de los periódicos, a mi entender, por tres razones: que la repetición de un mismo tipo de suceso -por ejemplo, la observación de luces en el cielo- sin que se vaya más allá hace que éste deje de ser noticia, los tintes cada vez más delirantes de algunas de estas pseudodisciplinas -pueden ir desde la comunicación con los muertos a través del ordenador hasta conspiraciones que nada tienen que envidiar a las de Expediente X-, y la incorporación a las redacciones de los medios de periodistas especializados que saben diferenciar el grano de la paja, la auténtica ciencia de la ciencia-basura.
Dejando a un lado el caso particular de la astrología -que comentaremos más adelante-, la pseudociencia más descarada sólo aparece ahora en los principales periódicos a título anecdótico -a través, sobre todo, de entrevistas-, cuando sirve a la ideología del medio -es el caso de una información recientemente publicada a toda página en La Razón bajo el título de «La ciencia confirma la veracidad de algunas experiencias místicas y apariciones marianas» [8]- o cuando responde a los intereses profesionales de ciertos médicos sin escrúpulos o totalmente anticientíficos. Éste último caso es el más grave y evidente desde hace unos años.
La incorporación de la información médica a los periódicos ha ido acompañada, en muchas ocasiones, de la entrada en sus páginas de lo que se ha dado en llamar medicinas alternativas: acupuntura, homeopatía, iridología, cromoterapia, naturoterapia, magnetoterapia, etcétera. Se trata de métodos de diagnóstico y tratamiento cuya validez no ha sido demostrada científicamente, pero que mueven enormes cantidades de dinero y ofrecen una lucrativa salida profesional a numerosos licenciados en Medicina que no han aprobado el MIR. La homeopatía es, sin lugar a dudas, la pseudomedicina que ha conseguido hacerse con una mayor credibilidad entre el público gracias, sobre todo, a la laxitud científica de los colegios profesionales -han primado, en el caso de ésta y otras pseudomedicinas, los intereses de sus asociados sobre la salud de la comunidad-, a la presión de la poderosa industria farmacéutica, a unas instituciones universitarias que, irresponsablemente, se han dejado y se dejan llevar por modas [9], y a unos medios de comunicación que le han hecho la publicidad gratuita.
La homeopatía se basa en que «nos podemos curar con las mismas sustancias que producen la enfermedad», algo que, tal como explicaba hace unos años el divulgador científico Manuel Toharia, «no pasaba de ser una teoría relativamente interesante a finales del siglo XVIII, pero que hoy día ha sido ampliamente superada por los avances científicos» [10]. Pretende sanar a los pacientes mediante la administración de compuestos en los que el supuesto principio activo se ha diluido sucesivamente en un disolvente hasta no quedar en la solución ni una molécula del pretendido medicamento. Un producto homeopático tiene, por consiguiente, tanto poder curativo como un vaso de agua, e incluso menos. Sin embargo, los homeópatas afirman que las propiedades de la sustancia activa inicial acaban contagiándose al disolvente, algo mágico que choca frontalmente con lo que ellos mismos -la mayoría, médicos- han estudiado en la Universidad.
A pesar de todo esto, la homeopatía goza de una enorme popularidad y puede acabar dentro del sistema sanitario público si se escamotea a la sociedad el debate que sería exigible. Por un lado, cientos de médicos que no han logrado un puesto en la sanidad pública recurren a su práctica para hacerse un hueco en el mercado, aunque ello conlleve hacer tábula rasa de lo que han aprendido durante la carrera. Por otro, la industria farmacéutica coloca en los despachos de farmacia multitud de compuestos homeopáticos a los que, merced a una legislación condescendiente, no se exige como al resto de los medicamentos capacidad de curar, sino, simplemente, que no dañen la salud. Y, en medio, el consumidor, que confía en médicos y farmacéuticos, hace uso de una pseudomedicina sin base científica ni poder curativo demostrado. Todo ello con la complicidad de una clase política que está dispuesta a franquear a la homeopatía la financiación pública.
En 1999, el PSA-PSOE, basándose en la demanda popular de las llamadas medicinas alternativas, propuso en el Parlamento andaluz que éstas sean financiadas por el Servicio Andaluz de Salud para «hacer normal» en la Sanidad pública «lo que es normal en la calle y en la sociedad». Y, en Cataluña, donde la industria farmacéutica tiene un gran peso, todos los partidos apoyan la legalización de estas prácticas. Sin que haya estudios que avalen su efectividad, la acupuntura y la homeopatía pueden entrar en nuestro sistema sanitario por la puerta de atrás. Nuestros políticos ya están en ello. ¿Y nuestros científicos? ¿Qué dicen? ¿Van a tomar cartas en el asunto, exigir pruebas concluyentes sobre su efectividad y prestar un servicio a la sociedad o van a eludir sus responsabilidades? ¿Por qué la prensa no entra a investigar cómo es posible que, tras sucesivos medicamentazos, algunas Adiministraciones estén planteándose financiar medicamentos de nula efectividad? Los medios, en este caso, están prestando un muy flaco favor a la sociedad que dicen servir.
El de la astrología en la prensa es un caso aparte. Disimulada en las páginas de ocio o de pasatiempos, aparece a diario en casi todos los periódicos -la única excepción es El País– en forma de horóscopo, como si fuera algo inocuo. Puede que lo sea para mucha gente, que una mayoría de la población se tome a risa las perogrulladas que pueblan las columnas astrológicas, que sea consciente de la estupidez que conlleva dividir a los 6.000 millones de seres humanos en doce grupos -signos del Zodíaco-, que no haga depender de tales vaguedades ni de los astrólogos decisiones más o menos importantes… Pero lo cierto es que hay un sector de la población para el que el horóscopo funciona de guía, que lo lee con fe y que hasta puede tomar decisiones importantes para su vida de acuerdo con las indicaciones de las estrellas. Evidentemente, los medios pueden escudarse tras el parapeto de que se trata de un mero pasatiempo, pero eso no es, a mi juicio, más que una manera de justificar el hecho de que, como los horóscopos tienen su público, prefieren evitar problemas y seguir fomentando una superstición.
Desde mediados de los años 80, algunos diarios estadounidenses incluyen junto al horóscopo esta advertencia: «Las siguientes predicciones se deben leer solamente como entretenimiento. Estas predicciones no tienen bases fundamentadas en ningún hecho científico». Aquí, 250 astrónomos reclamaron en 1990 a los periódicos españoles que siguieran el ejemplo de sus colegas del otro lado del Atlántico. Basta echar una ojeada a la prensa para comprobar que esa reclamación cayó en saco roto y que los mismos medios que repiten cada dos por tres estar preocupados por mantener la credibilidad, al mismo tiempo, dan cabida en sus páginas a supercherías manifiestas como el horóscopo.
2.2. Radio
La radio constituye un mundo aparte en lo que respecta a la explotación comercial de la pseudociencia, en tanto en cuanto ésta toma muchas veces la forma de información cuando se trata en realidad de publicidad pagada, y los profesionales que realizan los programas dedicados a lo paranormal no dudan en mezclar ciencia y pseudociencia, para otorgar a la segunda el crédito que ante la opinión pública tiene la primera.
Resulta habitual encontrarse en algunas emisoras radiofónicas magazines en los que se inserta, periódicamente, un espacio con un presunto especialista de la salud que habla de la homeopatía, el poder anticancerígeno del cartílago de tiburón y un largo etcétera de hechos no demostrados o, en algunas ocasiones, refutados por la ciencia. Esas entrevistas suelen correr a cargo de un profesional de prestigio de la cadena radiofónica y, en el transcurso de las mismas, se recomienda reiteradamente algún tipo de producto del que el entrevistado es -¡qué casualidad!- fabricante, distribuidor o vendedor. Ocurrió esto hace años con todos los ingenios caseros que pretendían imantar el agua y ahora se centra en el mundo de la salud.
La publicidad disfrazada cuestiona muy seriamente la ética de los profesionales del periodismo que se avienen a practicarla. Estos informadores ponen su credibilidad al servicio de productos más que cuestionables sin advertir, en ningún momento, de que les pagan por cantar sus excelencias. Están, por consiguiente, engañando al público desde el mismo momento en el que le venden publicidad como si fuera información objetiva, como si tuviera el mismo valor que lo que dicen una vez que ha acabado el espacio pagado. Este mal de la radio es fácil de detectar y demuestra la ausencia de ética de unos profesionales y unas empresas a las que el afán de lucro lleva a disfrazar la publicidad de producto informativo.
La otra particularidad de la pseudociencia en la radio hunde sus raíces en las revistas esotéricas. Su origen se remonta a Planète, una publicación creada en los años 60 por Louis Pawels y Jacques Bergier para rentabilizar el éxito editorial de El retorno de los brujos. Planète -y sus versiones hispanas Planeta (Argentina) y Horizonte (España)- incluía en sus páginas textos sobre la Atlántida o los platillos volantes junto a otros sobre astronomía o el origen de la Humanidad. Ciencia y pseudociencia compartían un mismo envoltorio, lo que, sin duda, otorgaba a la segunda un barniz del que carecería de ir sola. Pues bien, este modo de vender misterios, que practican desde hace años las revistas esotéricas españolas, se ha trasladado a la radio de la mano de divulgadores pseudocientíficos con experiencia en cabeceras de quiosco como Más Allá, Año Cero, Enigmas y Karma.7, por citar sólo las cuatro más conocidas.
La radio española ha contado en las tres últimas décadas con programas dedicados al misterio; pero los de ahora se diferencian por el hecho de que, en ellos, el último descubrimiento publicado en Nature o Science se alterna con el último delirio sobre el chupacabras o una máquina capaz de fotografiar el pasado. Todo, al mismo nivel de credibilidad. Todo, comentado por los mismos periodistas, que no dudan en mentir o tergiversar la realidad para mayor gloria del misterio de turno. Estamos ante individuos que lo que buscan es vender enigmas y recurren a lo más sorprendente de la ciencia para dar, a lo que de verdad les interesa, una pátina de credibilidad. No se trata de profesionales de la información científica, sino de la información pseudocientífica.
Desgraciadamente, no resulta extraño topar en esos espacios destinados al fomento de la pseudociencia con científicos que hablan de los últimos avances en su especialidad. Supongo que estas personas ignoran para lo que sirve su intervención en un programa de este tipo: para equiparar ciencia con ciencia-basura y que, tras una entrevista con un astrónomo sobre posibilidades de vida extraterrestre, el fabricante de paradojas [11] emplee las palabras del entrevistado, que ya no está presente, para respaldar el origen alienígena de los ovnis o la existencia de vestigios arqueológicos que demuestran que la Tierra fue visitada por extraterrestres en un pasado remoto. Los científicos deberían estar obligados a divulgar y, por eso, sería injusto criticar a los que lo hacen. Cabe reclamarles, no obstante, que eviten aparecer en programas y revistas esotéricas, porque, con su presencia en estos medios, contagian de seriedad a asuntos que carecen de ella.
2.3. Televisión
La televisión es caso aparte. Tras dos décadas en las que se han sucedido los espacios dedicados al misterio, de los que fue pionero Fernando Jiménez del Oso, en la actualidad, la pseudociencia tiene una presencia escasa en las parrillas de las cadenas españolas. Sin embargo, como en la pequeña pantalla todo es cuestión de modas, no sería de extrañar que en los próximos años surgiera una oleada de espacios como la que se registró a comienzos de los 90 con Rappel, Félix Gracia y Andrés Aberasturi, entre otros. La pseudociencia vive sus horas más bajas en la televisión como resaca de la moda de los debates-espectáculo en los que, frente a los científicos y escépticos, compartían bando los chiflados más delirantes con los divulgadores pseudocientíficos que hoy dirigen buena parte de las revistas y los programas especializados.
Lo paranormal ha quedado reducido en la televisión española de finales del segundo milenio casi exclusivamente a las apariciones de los adivinadores en las cadenas locales y a la publicidad de los consultorios telefónicos astrológicos. Para cualquiera que haya tenido oportunidad de ver a alguna echadora de cartas de las que proliferan en el sector televisivol local, resulta evidente que nos encontramos ante un subproducto que sólo puede engañar a quienes ya han sido engañados. Y lo mismo podría decirse respecto a los coloristas anuncios de Aramis Fuster, Victoria Pino y Octavio Aceves. Pero lo cierto es que fomentan la superstición, que son un engaño, porque ni es posible ver el futuro -¿cómo se explica que los astrólogos trabajen y no vivan retirados en una isla del caribe tras haberse llevado un premio millonario de un juego de azar?- ni quienes atienden las llamadas de los ingenuos que pican el cebo de los consultorios astrológicos telefónicos son especialistas en nada.
La publicidad de los brujos en la pequeña pantalla tendría sus días contados si se aplicara la legalidad vigente. La Ley General de Publicidad prohíbe en España todo anuncio que «induce o puede inducir a error a sus destinatarios, pudiendo afectar a su comportamiento económico», y la directiva europea sobre televisión sin fronteras, aprobada por el Parlamento español en 1999, establece que «son ilícitas la publicidad y la televenta que inciten a la violencia o a comportamientos antisociales, que apelen al miedo o a la superstición o que puedan fomentar abusos, imprudencias, negligencias o conductas agresivas». No debería haber, pues, hueco en ninguna televisión de la Unión Europea para los anuncios de los adivinadores, pero basta ver los canales privados y locales españoles para comprobar que una cosa es la ley y otra la realidad. La Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC) anunció en agosto de 2000 que iba a denunciar esta situación ilegal ante el Ministerio de Fomento. Sin embargo, no se ha hecho efectiva tal denuncia, y los brujos se asoman a diario a miles de hogares para apelar al miedo y a la superstición y llenarse los bolsillos.
3. El desenmascaramiento de la anticiencia
Ante esta situación, ¿qué debe hacer el periodista, sea cual sea el medio en el que desarrolla su labor? La directriz a seguir la marcaron los 550 profesionales de la información, educadores y científicos que participaron en el I Congreso sobre Comunicación Social de la Ciencia, que se celebró en Granada en marzo de 1999. Una de las principales conclusiones de dicho encuentro fue que «es urgente incrementar la cultura científica de la población. La información científica es una fecundísima semilla para el desarrollo social, económico y político de los pueblos. Como se ha repetido a lo largo del congreso, el conocimiento debe ser considerado de enorme valor estratégico. La complicidad entre los científicos y el resto de los ciudadanos es una excepcional celebración de la democracia. Pero es que además esa nueva cultura contribuiría a frenar las supercherías disfrazadas de ciencia, aumentaría la capacidad crítica de los ciudadanos, derribaría miedos y supersticiones, haría a los seres humanos más libres y más audaces. Los enemigos a batir por la ciencia son los mismos que los de la filosofía, el arte o la literatura, esto es, la incultura, el oscurantismo, la barbarie, la miseria, la explotación humana».
No queda hueco, por lo tanto, para posiciones intermedias. O se está del lado de la ciencia, de la cultura, o se está del lado de la anticiencia, de la incultura y la superstición. El periodista tiene como obligación informar verazmente al público y sacar a la luz estafas y engaños, y la pseudociencia es una estafa intelectual y, a veces, económica. Por ello, ante la explotación de la credulidad y la ignorancia de los ciudadanos, el profesional de la información no puede ser imparcial, debe tomar partido por la defensa de la razón frente a la sinrazón y no medir por el mismo rasero las manifestaciones de quien, por ejemplo, afirma que nuestro destino está escrito en los estrellas que las de un astrofísico. No cabe ofrecer una perspectiva intermedia. La objetividad y la profesionalidad, en este caso, pasan por colocarse claramente de uno de los lados y ejercer de desenmascaradores de la pseudociencia.
Sin embargo, la anticiencia, dejando a un lado sus más burdas expresiones, puede llegar a grados de sutilidad que dificulten su identificación para los no conocedores de ese submundo. Al igual que hay que ser extremadamente cautos a la hora de dar noticia de nuevos tratamientos para enfermedades hoy por hoy incurables, como el sida y el alzhéimer, para no sembrar falsas esperanzas entre los afectados, hay que ser prudentes a la hora de valorar en su justa medida noticias presuntamente científicas que llegan a los medios a diario y que carecen de base real. De ahí que sea necesario que todo profesional de la información conozca algunas herramientas básicas y a quién dirigirse en caso de duda sobre el auténtico carácter de algunas afirmaciones.
El lego tiene muchas de esas herramientas ya a su disposición en Internet, en forma de webs de organizaciones escépticas con sólida reputación, como el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) -creado hace un cuarto de siglo por Isaac Asimov y Carl Sagan, entre otros- o la española ARP – Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -de la que forman parte pensadores y divulgadores como Mario Bunge, Fernando Savater y Manuel Toharia-, que pueden servir de punto de partida de cualquier búsqueda de información. En el caso español, ARP cuenta con un teléfono en el que atender las solicitudes de información de los profesionales y del público, e indicar quiénes pueden ser los especialistas más apropiados para aclarar cada caso.
Obviamente, eso, que sería lo deseable en el caso de todos los profesionales, resulta poco menos que imposible para aquéllos que, aunque ello conlleve sacrificar la verdad al negocio, han convertido la divulgación de lo paranormal en un modo de vida o carecen de escrúpulos para poner su imagen y su voz al servicio de la anticiencia. Ante estos casos, muestra evidente de la falta de ética profesional que caracteriza a una parte de la profesión periodística, poco se puede hacer.

Referencias

[1] Johnson, DeWayne B. Flying saucers over Los Angeles. The ufo craze of the 50’s. 1ª ed. Kempton: Adventures Unlimited Press, 1998; 280 pp. (El manuscrito original data de 1950, pero no fue publicado hasta su hallazgo por parte del ufólogo Kenn Thomas cinco décadas después.)
[2] Cantril, Hadley. La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico. Trad. de Carlos Reyles. 1ª ed. en español. Madrid: Revista de Occidente, 1942; 237 pp.
[3] Bartholomew, Robert E., y Howard, George S. Ufos & alien contacts. Two centuries of mystery. 1ª ed. Buffalo: Prometheus Books, 1998; 408 pp.
[4] Empleamos indistintamente en el texto platillo volante y ovni -en su origen un acrónimo que significa Objeto Volante No Identificado-, dado que ambas expresiones se consideran popularmente sinónimo de nave extraterrestre.
[5] Kusche, Lawrence David. The disappearance of Flight 19. 1ª ed. Nueva York: Harper & Row, 1980; 213 pp.
[6] Kusche, Lawrence David. El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado. Trad. de Carme Collell. 1ª ed. en español. Barcelona: Ediciones Sagitario, 1977; 320 pp.
[7] Benítez, Juan José. «Cristo resucitó. Sensacionales descubrimientos de la NASA». Mundo Desconocido, nº 20, febrero 1978; pp. 11-18.
[8] Rosal, Alex. «La ciencia confirma la veracidad de algunas experiencias místicas y apariciones marianas». La Razón, 18 de noviembre de 2000.
[9] La Universidad del País Vasco ha avalado y destinado fondos públicos a la organización de cursos de posgrado sobre homeopatía, a pesar de las bases anticientíficas de esta pseudomedicina.
[10] Toharia, Manuel. «Homeopatía y curanderismo». Diario 16. 22 de noviembre de 1992.
[11] Carl Sagan acuñó la denominación fabricantes de paradojas en su libro Cerebro de Broca (1974) para referirse a los ufólogos, parapsicólogos, adivinos, etcétera. La última obra que concluyó en vida el astrofísico, El mundo y sus demonios, es, sin duda, uno de los más preclaros textos sobre ciencia y pseudociencia publicados hasta la fecha.
Publicado originalmente en Mediatika. Cuadernos de Medios de Comunicación, revista editada por la Sociedad de Estudios Vascos.