Teoría de la evolución

Nueva edición de ‘El origen de las especies’, prologada por Francisco J. Ayala

Edición de 'El origen de las especies', prologada por Francisco J. Ayala.“El origen evolutivo de los organismos es hoy una conclusión científica establecida con un grado de certeza comparable a otros conceptos científicos ciertos, tales como la redondez de la Tierra, la revolución de los planetas alrededor del Sol o la composición molecular de la materia. Este grado de certeza, que va más allá de toda duda razonable, es lo que señalan los biólogos cuando afirman que la evolución es un hecho“, dice Francisco J. Ayala en su prólogo a una nueva edición de El origen de las especies, de Charles Darwin, que acaba de llegar a las librerías. El biólogo de origen español, que celebró en Bilbao el bicentenario del nacimiento del naturalista inglés y el sesquicentenario de la publicación de esta obra, recuerda que “los evolucionistas actuales no se ocupan ya de demostrar el hecho de la evolución, pero sí de la historia y las causas de la evolución”, de las que aún quedan detalles por aclarar.

Charles Darwin [1859]: El origen de las especies por medio de la selección natural [On the origin of species by means of natural selection]. Prologado por Francisco J. Ayala. Traducido por Antonio de Zulueta. Alianza Editorial. Madrid 2009. 539 páginas.

Vídeo de la conferencia de Francisco J. Ayala sobre Darwin y el ‘diseño inteligente’

El biólogo Francisco J. Ayala habló el 12 de febrero en Bilbao de Darwin y el ‘diseño inteligente’: creacionismo, cristianismo y evolución, dentro de los actos de las jornadas organizadas por el Círculo Escéptico, el diario El Correo, la Universidad del País Vasco, el Ayuntamiento de Bilbao, el Centro para la Investigación, la Unidad de Biofísica de la UPV y el CSIC, y el CIC bioGUNE, con motivo del bicentenario del nacimiento de Charles Darwin. Aquí tienen el vídeo de la conferencia, por cortesía de la UPV.

La gran idea de Darwin

Los dos sinsontes capturados por Darwin en las Galápagos en septiembre de 1835. Foto: Museo de Historia Natural de Londres.

Dos pajarillos disecados panza arriba dan la bienvenida al visitante de la muestra con que el Museo de Historia Natural de Londres conmemora el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin (1809-1882). Son sinsontes. Los recogió el naturalista inglés en las Galápagos en septiembre de 1835: uno, en la isla de San Cristóbal; otro, a unos 100 kilómetros, en la de Floreana. Sus diferencias de una isla a otra le hicieron cuestionarse la estabilidad de las especies y, años después, formular la teoría de la evolución mediante la selección natural en El origen de las especies(1859). “Lo fantástico de estos dos pájaros es que la gente puede ver por sí misma las diferencias cruciales que Darwin descubrió”, dice Jo Cooper, especialista en aves de la institución.

La exhibición Darwin: Big Idea (Darwin: la gran idea), abierta hasta el 19 de abril en Londres y que después viajará a Cleveland (EE UU), es la más grande jamás montada sobre el científico que nos destronó como reyes de la Creación. Reúne artefactos y especímenes muchos de los cuales nunca se habían expuesto, como los sinsontes, comunes en las Galápagos cuando las exploró Darwin, pero ahora en peligro de extinción. Se exponen fotografías y cartas que muestran tanto al científico como al joven enamorado, fósiles y ejemplares disecados capturados por el naturalista, su pistola y su pico de geólogo, una recreación de su estudio de Down House, ejemplares de las palomas que crió, pequeños cuadernos de notas, una página manuscrita de El origen de las especies

Muestras de la fauna de las Galápagos. Foto: Museo de Historia Natural de Londres.No sólo uno ve a veces lo mismo que Darwin durante su viaje del Beagle –las diferencias entre los picos de los pinzones, por ejemplo–, sino que también se da cuenta de la gran capacidad de observación y meticulosidad del científico que revolucionó nuestro modo de ver el mundo. Cuando emprendió su travesía, la opinión dominante era que la Tierra tenía unos pocos miles de años y que todos los seres habían sido creados tal cual, que no habían cambiado con el tiempo. No en vano, a mediados del siglo XVII, el clérigo anglicano James Ussher, primado de Irlanda, había calculado, a partir de la Biblia, que Dios había creado el mundo a las 21 horas del domingo 23 de octubre de 4004 antes de Cristo (aC). Darwin destruyó esa piadosa visión de nuestros orígenes, algo que nunca le han perdonado los sectores religiosos más integristas.

De la certeza a la duda

El joven que embarcó en el Beagle en 1831 iba para clérigo. A su regreso cinco años después, era otro hombre. Durante su periplo, había arraigado en él la semilla de la duda, que le llevó a concluir que la del Antiguo Testamento es una “versión manifiestamente falsa de la historia del mundo” y que “todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas”, según dejó escrito en fragmentos de su Autobiografía (1887) censurados por su viuda y uno de sus hijos. La exposición londinense empieza con el viaje trascendental, sigue con su trabajo y vida familiar ya en casa, y concluye explicando cómo su gran idea, que todos los seres vivos hemos evolucionado a partir de ancestros comunes, es uno de los pilares de la ciencia y está en la base de la biología y la medicina.

Recreación del estudio del naturalista en Down House, dodne ecribió 'El origen de las especies'. Foto: Museo de Historia Natural de Londres.“Se trata de una extraordinaria colección de reliquias y especímenes que nos acerca al gran hombre y su familia. Podemos sentirnos como si exploráramos las Galápagos nosotros mismos”, indica Alex Gaffikin, del Museo de Historia Natural londinense. Vivos están Charlie, una iguana verde sudamericana, y una rana cornuda argentina, a las cuales acompañan reproducciones de iguanas terrestres y marinas de las Galápagos, de ñandús o avestruces americanas, de perezosos y de armadillos gigantes, así como un trozo de madera fósil recogido por Darwin y el cráneo de un Toxodon plantensis, un gran mamífero extinguido hace cerca de 10.000 años, por el cual el naturalista pagó 18 peniques a un granjero uruguayo.

El científico desarrolló la teoría de la evolución mediante selección natural en su hogar de Down House, en Kent, rodeado de sus hijos -tuvo diez, dos de los cuales murieron en la infancia- y mientras continuaba experimentando con animales y plantas. Un montaje en vídeo a gran escala permite al visitante pasear junto a Darwin por los alrededores de la casa, recrear unas caminatas en las que maduró la idea que ya estaba presente, años antes, en el primer árbol de la vida conocido. El boceto, dibujado hacia 1837 en un cuadernillo, apunta a que unas especies proceden de otras al igual que los individuos en un árbol genealógico. El parentesco entre todos los seres vivos es patente en los esqueletos de mamíferos, reptiles y aves expuestos en una gran urna, cerca de donde las manos de una ballena y de un murciélago dejan claro que las apariencias engañan, que, aunque somos especiales, no somos nada más que otro producto de “leyes fijas”. Y nada menos.

Publicado originalmente en Territorios.

Darwin sin censuras

'Autobiografía', de Charles Darwin.Supe de la nueva edición sin censuras de la Autobiografía de Charles Darwin a través de Julio Arrieta y, en cuanto pude, pasé por una librería y me compré el volumen de Laetoli, una nueva traducción prologada por el biólogo Martí Domínguez. Autobiografía es un texto indispensable para conocer al hombre que está detrás de la idea de la evolución mediante selección natural. Su centenar de páginas muestra no sólo el Darwin humano, sino también los prejuicios de su familia a través de los fragmentos eliminados de la edición original, que figuran en ésta en negrita. De muy amena lectura, es evidente que el autor, además de un apasionado de la ciencia, es amante de su esposa e hijos, devoto de su padre y muy crítico con la religión.

Los fragmentos antirreligiosos y aquéllos en los cuales terceras personas no quedan del todo bien fueron objeto de una depuración que tergiversó la obra hasta el punto de hacer desaparecer nada menos que a Thomas Henry Huxley, “un amigo amabilísimo”, “un hombre espléndido” que “ha trabajado de manera excelente por el bien de la Humanidad”, en palabras eliminadas del original. El Darwin edulcorado por la censura familiar tiene poco que ver con el pensador que considera que en la segunda mitad de su vida nada ha habido “más importante que la difusión del escepticismo o el racionalismo”, que “todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas” y que el cristianismo “es una doctrina detestable” por condenar al castigo eterno a los que no creen, entre quienes el naturalista incluye a su padre, su hermano y casi todos sus mejores amigos.

Charles Darwin [1887]: Autobiografía [Autobiography]. Prologado por Martí Domínguez. Trad. de José Luis Gil Aristu. Editorial Laetoli (Col. “Las Dos Culturas”, Nº 12). Pamplona 2008. 129 páginas.

La extinción de los rinogrados

Algunos narigudos.

Supe de la existencia de los narigudos o rinogrados a finales de los años 90 a través de los paleontólogos Xabier Pereda Suberbiola y Nathalie Bardet. Les había pedido un artículo sobre criptozoología para El Escéptico, revista cuya dirección llevaba entonces, y ellos me enviaron algo mucho más interesante: una reflexión sobre “las manifestaciónes excéntricas de las ciencias naturales” titulada ‘El arca de Noé de los seres extraordinarios’, en la que hablaban de esos curiosos animales.

Los narigudos fueron descubiertos en las islas Ayayay, en los Mares del Sur, en 1941. Pocos años después, una prueba atómica destruyó el archipiélago y provocó la masiva extinción de estos animales, endémicos de las Ayayay, según el biólogo alemán Harald Stümpke, quien publicó en 1958 Bau un leben der rhinogradentia. La obra estaba dedicada a la descripción de 138 especies de rinogrados o narigudos, animales que “se caracterizan, como su nombre indica, por un desarrollo particular de la nariz. Ésta puede ser simple o múltiple y desempeña diversas funciones. El nasario es el órgano de locomoción de los rinogrados, de tal modo que las otras extremidades han perdido esta función”, escribían Pereda Suberbiola y Bardet hace unos diez años. Pequeños y peludos, estos mamíferos se habían adaptado a los diferentes hábitats del aislado archipiélago: los había voladores y saltadores, que se hacían pasar por plantas para capturar a sus presas… Demasiado bonito para ser cierto.

'Bau un leben der rhinograentia', de Harald Stümpke.Los simpáticos y estrafalarios animalitos habían sido en realidad inventados por el biólogo alemán Gërolf Steiner, quien fue catedrático de Zoología de la Universidad de Karlsruhe entre 1962 y 1973, y que habría sido el auténtico autor del libro, para “ayudar a sus alumnos a comprender los mecanismos de la evolución biológica”. Para ello, había ideado un ecosistema apropiado para el desarrollo de los rinogrados, un archipiélago aislado del estilo de las Hawai y las Galápagos. Lo advertía en el prólogo de la edición francesa de 1962 el biólogo Pierre-Paul Grassé: “El libro de Harald Stümpke no sólo aporta hechos nuevos, insospechados, sino que invita al hombre de ciencia a reflexionar sobre las causas de la diversificación de los seres vivos sobre nuestro planeta, el motor de la evolución. La parabiología se muestra con todo su esplendor. En conclusión, amigo biólogo, acuérdate de que los hechos mejor descritos no son siempre los más ciertos”. En algunas webs atribuyen, de hecho, la autoría de la broma a Grasse, en detrimento de Steiner, extremo que no ha sido demostrado. Mi edición alemana del libro de Stümpke está fechada en 1962, el mismo año que se publicó la versión francesa, e incluye entre los artículos de investigación citados varios publicados entre 1948 y 1954 por J. Bromeante de Burlas y Tonterías en el Boletín del Intituto Darwin de Ayayay.

Las palabras del prólogo francés de Grasse fueron lamentablemente reproducidas hace un año en un interesante reportaje sobre fraudes científicos publicado en El País Semanal, donde se dice que el científico francés expresó en el prólogo a la obra de Stümpke “su admiración por el trabajo al presentar «hechos nuevos, insospechados», que además «invitaban al hombre de ciencia a reflexionar sobre las causas de la diversificación de los seres vivos sobre nuestro planeta…»”. El escamoteado final del juicio de Grasse hace que parezca que éste se tragó la historia de los rinogrados, cuando no fue así. Además, el de los narigudos no fue un fraude científico, aunque algunos lo hayan querido hacer pasar como tal, sino de un bonito ejercicio de biología fantástica. Me acordé de él durante la conferencia de Francisco J. Ayala en Bilbao, con motivo del 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin, y he creído que en un año tan especial los seres imaginados por Gërolf Steiner merecían un poco de atención en esta web.