Sábana santa

‘¡Vaya Timo!’: tres libros escépticos y dos decepciones

El mito de los ovnis está en coma y al borde de la muerte desde hace lustros. Los extraterrestres ya han hecho todo lo que podían hacer: desde sobrevolar ciudades y asustar a campesinos solitarios hasta participar en complots y experimentar con humanos. No queda sitio para la sorpresa. Por eso, totalmente agotado, hace tiempo que el mito no tiene apenas hueco en las estanterías de librerías y grandes almacenes. De ahí que cuando el escéptico catalán Juan Soler me regaló hace unas semanas los tres primeros libros de una nueva colección de la Editorial Laetoli, dejara para el final Los ovnis ¡vaya timo!, obra de Ricardo Campo. Me interesaba a priori más los otros dos: lo que Ernesto Carmena contara en El creacionismo ¡vaya timo! y Félix Ares, en La sábana santa ¡vaya timo! La lectura de los tres ensayos inaugurales de la colección ¡Vaya timo! ha puesto en evidencia lo erróneo de mi apriorística opinión: por diferentes razones, tanto la obra de Carmena como la de Ares resultan fallidas, y es la de Campo la única que realmente responde a lo anunciado por el editor.

'El creacionismo ¡vaya timo!', de Ernesto Carmena.El creacionismo ¡vaya timo! es decepcionante no por su contenido, sino por su forma. Es una lástima que el biólogo Ernesto Carmena haya desperdiciado la oportunidad de poner al alcance de mucha gente una crítica razonada del creacionismo. Porque este libro es un alegato en el que los buenos argumentos -que los hay, y muy buenos- quedan sepultados bajo el insulto y el desprecio continuado que muestra el autor hacia sus destinatarios. No entiendo que una obra lleve el subtítulo de Carta a un crédulo y esté salpicada de insultos a ese crédulo. El discurso de Carmena remonta el vuelo, y tiene momentos brillantes, cuando deja de lado el lenguaje tabernario o de discusión característico de los grupos de noticias de Internet, pero se desploma durante gran parte del ensayo porque el autor escribe desde la superioridad y califica a los creyentes creacionistas, entre otras lindezas, de “palurdos”, “zoquetes”, “merluzos”, “zoquetes ignorantes”, “cenutrios”, “IDiots” y “listillos”.

Llamarle a alguien palurdo y merluzo no es la mejor manera de atraerlo hacia el bando de uno. Lo más triste es que Carmena sabe que ese discurso abiertamente hostil y despectivo no lleva a ninguna parte. Así, cuando habla de Duane Gish, un creacionista acostumbrado a los debates públicos, el autor dice: “Gish es un vendedor nato. El tipo sube al estrado seguro de sí mismo, sonríe, habla relajadamente y hace simpáticos chistes a costa de su rival (sólo los justos: la humillación resulta contraproducente)”. Entonces, ¿por qué recurre él a la humillación como estrategia? Ese grave error hiere a mi juicio de muerte la obra y, a ojos de algunos lectores, convertirá a los creacionistas en unos tipos simpáticos víctimas de un escéptico faltón. Estos nuevos libros escépticos tienen como público objetivo “ese crédulo que llevamos dentro”, según Javier Armentia, director de la colección ¡Vaya Timo! La duda que me queda tras leer el trabajo de Carmena es si el autor ha entendido que lo que se pretende con la colección es que ese crédulo dé el salto a razonar y no el salto al cuello del autor que corresponda.

Una obra desfasada

'La sábana santa ¡vaya timo!', de Félix Ares.Tampoco el libro de Félix Ares, ex director del museo de la ciencia de San Sebastián, responde a mis expectativas. Como en el caso anterior, me había hecho a la idea de que iba a encontrarme con una obra sobre el sudario de Turín imprescindible en la biblioteca de alguien interesado por el tema. No es así. Casi todo en La sábana santa ¡vaya timo! es viejo, sabido. Lo que, por ejemplo, se cuenta respecto al análisis del carbono 14 y los polénes de Max Frei ya lo explicaron hace tiempo muy bien Lynn Picknett y Clive Prince en El enigma de la sábana santa (1994). Eso no sería un factor en contra del libro, si no fuera porque pasa por alto inexplicablemente algunos de los más recientes hallazgos en torno al sudario de Turín y la fiebre novelesca que rodea a la reliquia, que ha dado lugar a grandes éxitos de ventas como La hermandad de la sábana santa (2004), de Julia Navarro. No busquen en la obra de Ares explicaciones al descubrimiento en la tela de una segunda cara por parte de Giulio Fanti y Roberto Maggiolo, ni a la afirmación de Ray Rogers de que las muestras analizadas por el radiocarbono no eran representativas de la reliquia –desmontada por Joe Nickell-; ni siquiera a la idea de que Leonardo fabricó el sudario de Turín.

La mayor parte de La sábana santa ¡vaya timo! fue redactada hace más de un decenio y hay fragmentos que se remontan a la segunda mitad de los años 80, cuando Ares, Jesús Martínez y quien esto escribe perpetramos un manuscrito, titulado El fraude lo paranormal, al que el tiempo ha hecho justicia sumiéndolo en el olvido. Aquel libro contenía información interesante, pero, entre otros defectos, la redacción y el enfoque dejaban bastante que desear. En 1995, Ares firmó con el pseudónimo de Dr. Fabián Respighi una obra corta titulada La sábana santa para torpes, escrita por un torpe, deudora en gran parte de la anterior y que distribuyó gratis. Lo que ha publicado ahora Laetoli es poco más que una revisión de ambos textos, con capítulos enteros copiados de ellos. Y eso es un lastre para La sábana santa ¡vaya timo! porque ninguno de los dos trabajos anteriores tenía la suficiente entidad como para convertirse en libro y hace tiempo se habían quedado anticuados. Ares podía haber aprovechado la información útil contenida en El fraude lo paranormal y La sábana santa para torpes… para emprender la redacción de una obra desde el folio en blanco -libre de ataduras- y prestar una mayor atención a las noticias ocurridas en los últimos años. No lo ha hecho y, de ahí, mi decepción. Echo en falta todo eso, fotografías de la reliquia que faciliten la lectura y la comprensión de lo que el autor explica y también una referencia en las recomendaciones bibliográficas: la de Inquest on the shroud of Turin (1983), de Joe Nickell, el mejor libro sobre este enigma.

Viaje a Ovnilandia

'Los ovnis ¡vaya timo!', de Ricardo Carmpo.El mejor de los tres primeros títulos de la colección ¡Vaya Timo! es el que menos me esperaba, el dedicado al mito de los platillos volantes. Mi desconfianza no era hacia el autor, de cuyo carácter concienzudo a la hora de redactar y examinar un original puedo dar fe, sino hacia la posibilidad de leer algo que aportara alguna novedad respecto al fenómeno ovni. Campo ha conseguido lo segundo. Ha escrito un texto intelectualmente sólido que no se entretiene innecesariamente en el recorrido habitual por la casuística, sino que rasca en los pilares del mito y le enseña al lector que son de barro. Filósofo interesado en los platillos volantes desde hace casi veinte años, ha concebido su trabajo como una carta a su hijo después de haber detectado, entre sus lecturas, “revistas sobre asuntos extraños, misteriosos, enigmáticos“. Es una misiva escrita desde la tranquilidad y con una capacidad pedagógica enviadiable, en la que el autor hace una magnífica disección de todos los actores que intervienen en el hecho ufológico.

Un buen amigo me ha dicho que echa en falta en el libro de Campo la casuística clásica. Es cierto. Si usted busca el típico libro que comience con la observación de Kenneth Arnold en junio de 1947 y acabe con los ovnis de México de hace un año, no es ésta la obra que quiere. En Los ovnis ¡vaya timo!, los casos son los ejemplos utilizados por el autor para ilustrar usos, abusos, costumbres y vicios de Ovnilandia. No es la única obra que puede escribirse sobre el mito -el propio Campo tiene otra: Luces en los cielos-, pero ofrece las claves para entender una creencia que ha sido para algunos un gran negocio: habla del secreto oficial, de las alertas ovni, de la falacia del residuo, de la lógica que manejan los ufólogos de feria, de sus trampas… Y, cuando la acaba de leer, uno concluye que realmente ha merecido la pena hacerlo.

Los libros de ¡Vaya Timo! son baratos -cuestan 10 euros cada uno-, con buena encuadernación y diseño, y portadas atractivas. Si leen el dedicado a los ovnis, les aseguro que no les defraudará. Sobre el centrado en el creacionismo, la abundancia de insultos resulta molesta y me lleva a compartir el juicio formulado en El blog de evolutionibus: “Éste era un libro necesario en español en nuestras librerías, pero no creo que sea el que todos esperábamos”. Y el de la sábana santa es un ensayo viejo que se deja demasiadas cosas en el tintero, además de que en el apartado histórico es conveniente tener en cuenta las puntualizaciones del historiador José Luis Calvo. Mi recomendación personal es que los lean y lleguen a sus propias conclusiones, que es lo que siempre hay que intentar hacer. Además, si compran estos títulos estarán contribuyendo económicamente al sostenimiento del movimiento escéptico, porque la colección está editada por Laetoli en colaboración con ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, entidad a la que en las portadas y dentro de estos libros se le ha caído el ARP del nombre. ¡Y eso sí que es un misterio! ¿O no?


Los libros

Carmena, Ernesto [2006]: El creacionismo ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. “¡Vaya Timo!”, Nº 1). Pamplona. 152 páginas.

Campo, Ricardo [2006]: Los ovnis ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. “¡Vaya Timo!”, Nº 2). Pamplona. 135 páginas.

Ares, Félix [2006]: La sábana santa ¡vaya timo! Editorial Laetoli (Col. “¡Vaya Timo!”, Nº 3). Pamplona. 135 páginas.

Leonardo y la sábana santa: una historia de moda

Autorretrato de Leonardo da Vinci.Galileo Galilei (1564-1642) es “el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos”, dejó escrito Isaac Asimov en 1977 en su corolario. El padre de la astronomía es un fetiche para los vendedores de misterios, quienes argumentan que, como ellos, Galileo también fue un incomprendido por decir aquello de que la Tierra gira alrededor del Sol. Lo que siempre se les olvida a ufólogos, parapsicólogos e historiadores alternativos es que el sabio de Pisa no fue condenado por parte de la ciencia, sino de la religión; que las inquisiciones son promovidas por quienes creen, no por quienes no creen.

Los tiempos cambian y los comodines de los mercaderes de lo oculto también. De un tiempo a esta parte, y sobre todo tras el sorprendente -¡porque la novela es mala de narices!- éxito de El código Da Vinci, le ha tocado el turno a Leonardo da Vinci (1452-1519), el genio del Renacimiento al que debemos obras de arte como La Última Cena y La Gioconda, estudios de anatomía y un gran número de inventos que sólo lo fueron sobre el papel. Los charlatanes de este comienzo de siglo siguen proclamándose galileos, pero es Leonardo el personaje que ahora reina en las portadas de las revistas esotéricas y de los ensayos y novelas dedicados a explotar conspiraciones que nunca existieron, como la del Priorato de Sión y la descendencia secreta de Jesús y María Magdalena.

Portada del número 212 de 'ForteanTimes'.Para muestra, el último número de la revista británica Fortean Times, publicación que debe su nombre a Charles Fort (1874-1932). Periodista estadounidense, Fort dedicó treinta años a recopilar noticias de hechos extraños -desde lluvias de ranas hasta apariciones fantasmales- que reunió en 40.000 fichas guardadas en cajas de zapatos. Fortean Times se presenta este mes en su portada con una recreación de La Última Cena presidida por un Jesús al que acompañan a la mesa Pablo Picasso, Charles de Gaulle, Rudolf Hess, Orson Welles, Pierre Plantard de Saint-Clair -el inventor del Priorato de Sión- y un Leonardo que estrangula -y no me extraña- a Dan Brown. Además de defender a estas alturas la historicidad del Priorato de Sión, el reportaje de portada, obra de Lynn Picknett y Clive Prince, reivindica una de esas historias con la que el moderno esoterismo ha vinculado al genio de Vinci y que, de ser cierta, supondría un duro revés para la Iglesia católica y buena parte de la comunidad creyente.

Las fuentes de una ‘teoría’

Picknett y Prince son dos escritores de libros esotéricos que están haciendo su agosto gracias al éxito de El Código da Vinci y que han protagonizado un cameo en la película homónima. De uno de sus libros –La revelación de los templarios (1997)-, Brown bebió hasta reventar, y eso les ha devuelto a la actualidad y ha hecho que se reediten sus obras. Una de las que aún no ha reaparecido en las librerías españolas es El enigma de la sábana santa. La revelación de una verdad escandalosa (1994), que acaba de reeditarse en el Reino Unido bajo el más comercial título de Turin Shroud: how Leonardo da Vinci fooled History. Como ya habrán adivinado, en este libro, los autores vinculan a Leonardo con la falsa reliquia más famosa de la cristiandad: sostienen no sólo que la fabricó, sino también que él es el retratado. Cómo surgió esta tesis -con perdón-, tiene su miga.

Los autores de El enigma de la sábana santa asumieron, a principios de los años 90, que todo lo contado en El enigma sagrado (1982) es cierto. Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln decían en su libro, un bestseller esotérico de la época que ha sido la principal fuente de Brown, que Leonardo fue uno de los grandes maestres del Priorato de Sión, guardianes del secreto de la estirpe de Jesús y María Magdalena. Picknett y Prince se apoyaron sobre esos cimientos para levantar su edificio argumental, que cobró vuelo gracias a un comunicante misterioso, un tal Giovanni que seguramente nunca ha existido y que en una serie de cartas les habría informado de la participación del genio en el montaje del sudario de Turín.

'El enigma sagrado', de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, es la obra que está detrás de la 'fiebre da Vinci'.Pero la auténtica revelación no fue la de Giovanni, sino que se produjo de una manera mucho más acorde con los tiempos actuales, en los que una modelo o un futbolista pueden ser líderes de opinión y un país paralizarse por la agonía y muerte de una folclórica. Picknett se sorprendió en una tienda de Londres al darse de bruces con una postal con un retrato de Leonardo que al final no era tal, sino una reproducción del rostro del hombre de la sábana santa. ¡Y se hizo la luz! La escritora corrió a ver a su socio, quien inmediatamente comprendió la trascendencia del hallazgo. Ambos fueron conscientes de que precisaban de una confirmación independiente y autorizada. “Necesitábamos alguna corroboración por parte de alguna persona desconectada por completo y sin ninguna preocupación por el mundo del sudario”, dicen en el libro.

La fortuna quiso que, por aquella época, Picknett colaborara en una revista femenina. No, no sean mal pensados: no fue a la redacción a preguntar a las periodistas quién era el hombre de la postal. Lo que hizo fue mucho más inteligente. ¿Que por qué digo que fue más inteligente? Porque muy posiblemente ninguna redactora -ni redactor, que en la ineptitud tampoco somos distintos un sexo de otro- de una revista femenina hubiera identificado a principios de los años 90 a Leonardo da Vinci en uno de sus autorretratos. Picknett cogió la postal del hombre de la sábana y un retrato de Leonardo, y se metió ¡en el vestuario de las modelos que preparaban una sesión fotográfica! “La respuesta fue instantánea y gratificante en extremo”, recuerda en El enigma de la sábana santa. De las quince interrogadas, trece respondieron que las dos imágenes correspondían al mismo hombre, una pasaba del tema y otra reconocía al personaje de la sábana porque era católica.

Picknett y Prince ya tenían la prueba definitiva: ¡el dictamen de un grupo de modelos confirmaba que el hombre de la sábana santa es en realidad Leonardo da Vinci! Coincidirán con ellos y conmigo en que, si algún gremio sabe de trapos, es el de las modelos. A partir de ese momento, intentaron explicar cómo y por qué fabricó Leonardo la reliquia. Y demostraron, a su manera, que el artista pudo hacerla recurriendo a algo que hoy nos es muy familiar y en lo que es un maestro Mauricio-José Schwarz, coordinador de esta mesa redonda. Sí; me refiero a la fotografía. Leonardo, argumentan, describió algo muy parecido a la cámara oscura en uno de sus escritos reunidos en el Codex Atlanticus y pudo identificar y aprender a usar las sustancias químicas sensibles a la luz necesarias para fijar imágenes en un soporte. Pudo o no pudo.

Los motivos del genio

El rostro de la sábana santa.¿Y por qué hizo la sábana? “Puede haber una razón sencilla: Giovanni dijo que Leonardo había sido encargado por el propio papa para que preparase otro santo sudario mejor, con el que atraer a las multitudes. También dijo, sin embargo, que no fue Leonardo el primer elegido para ello y que otros, como Miguel Ángel (1575-1564), habían declinado el encargo. No sabemos si esa historia es o no cierta; pero por aquel tiempo las historias de corrupción de la Iglesia eran un lugar común”, argumentan los autores. Falazmente, porque la existencia de corrupción en el Vaticano no confirma en sí misma la historia del santo sudario. De todo esto, concluyen que Leonardo hizo la sábana y que, encima, al autorretratarse consiguió que millones de personas -incluido el papa Juan Pablo II- acabaran venerando su imagen como la de un dios durante siglos. Picknett y Prince presentan en su libro una réplica de la sábana santa hecha a partir de material de la época de Leonardo y mediante la impresión fotográfica, pero eso no demuestra nada. También podían haber construido un planeador de madera, hacerlo volar y decir que Leonado consiguió tal logro, cuando los primeros que lo hicieron fueron los hermanos Wilbur y Orville Wright hace poco más de cien años.

El descubrimiento de Picknett y Prince se basa en pruebas circunstanciales, tal como ellos mismos admiten en el último número de Fortean Times, donde, sin embargo, se mantienen en sus trece. Siguen sosteniendo que Leonardo fabricó la sábana santa y, para ello, presentan una nueva prueba: se trata de la comparación del rostro del hombre de la sábana con el del Salvator Mundi, un Jesús pintado por el artista en 1513. Casan perfectamente, sostienen. Y añaden que eso, unido a que el Jesús de Leonardo también encaja con otro pintado en 1935 por Ariel Aggemian inspirándose en el rostro de la sábana, confirma que el genio del Renacimiento está detrás del sudario de Turín. Ustedes seguro que sospechan ya otra cosa, que es posible que Leonardo -como Aggemian- se inspirara en la falsa reliquia, ya famosa en su época, a la hora de pintar un retrato de Jesús. Nuestros agudos investigadores dan carpetazo a esa posibilidad diciendo que, si Leonardo hubiera visitado la sábana, habría constancia de ello. ¿Desde cuándo la ausencia de prueba es prueba de ausencia?

Comparación entre el rostro de la sábana y el 'Salvator Mundi' de Leonardo.El análisis del carbono 14 dejó claro, hace dieciocho años, que la sábana de Turín data en del siglo XIV, así que no pudo envolver el cuerpo de Jesús. Las pruebas hechas en tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza dataron “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”. Ese resultado se publicó en la revista Nature, en febrero de 1989 y hasta hoy nadie ha demostrado que sea erróneo. Pero eso da igual a los sindonólogos y a los vendedores de misterios. Los primeros han llegado a inventarse declaraciones de un premio Nobel para desacreditar las pruebas de 1988; las afirmaciones de los segundos se cuentan por mentiras. Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES) en 1989, dijo entonces que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”.

Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que realizaron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada. El problema, ay, es que Libby había muerto nueve años antes, cuando nadie contemplaba la posibilidad de que la Iglesia permitiera ese tipo de prueba destructiva. A no ser, claro, que los miembros del CES supieran de la opinión del científico en una sesión de espiritismo.

Picknett y Prince admiten que no hay ninguna prueba histórica de la existencia de la sábana santa antes de 1350, cuando aparece en la localidad francesa de Lirey, y que el veredicto del carbono 14 deja claro que la reliquia fue fabricada en la Edad Media. Que Leonardo no naciera hasta 1452 es un problema menor para su tesis porque los tres laboratorios implicados en el análisis del radiocarbono apuntaron que, con un 99,9% de fiabilidad, la sábana fue confeccionada entre 1000 y 1500. Esa ampliación del paraguas temporal cubre la hipótesis Leonardo, aunque de forma insuficiente, ya que se trata sólo de una posibilidad, apunta a un posible cambiazo de la tela no documentado y a un complot vaticano del que tampoco hay ninguna prueba. Así pues, ¿qué tenemos para defender la idea de que Leonardo es el artífice del sudario de Turín? Un montón de pruebas circunstanciales; nada.

La tontería cátara

No quiero acabar sin dedicar atención a otro reciente gran éxito editorial basado en la tergiversación de la figura de Leonardo: La cena secreta, obra del ufólogo -ahora metido a novelista- Javier Sierra. No les voy a reventar la novela. Allá ustedes si quieren leerla. Les voy a demostrar sólo cómo Sierra es tan fiable cuando habla de Leonardo como cuando defiende que en Roswell se estrelló un platillo volante en 1947, cuando da crédito a una fraudulenta autopsia a un extraterrestre y cuando sostiene que el transistor es un invento basado en tecnología alienígena.

'La Última Cena', de Leonardo da Vinci.

Afirma el novelista que nuestro protagonista fue el último cátaro. Los cátaros creían el universo estaba compuesto por dos mundos en conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material obra del Diablo, y no creían en Jesús como la divinidad encarnada. “Los cátaros, por ejemplo, pensaban que Jesús era un hombre, no un Dios y aquí aparece como hombre -dice Sierra refiriéndose a La Última Cena-; los cátaros no comían carne y en el cuadro no aparece el típico cordero; ellos no tenían sacramentos y por eso no aparece el Cáliz; a Leonardo en tres cuartas partes de su vida nunca se le conoció pareja y los cátaros rechazaban las relaciones sexuales; los cátaros, al igual que Da Vinci, siempre vestían de blanco; los cátaros rechazaban la cruz como símbolo del cristianismo y el artista nunca pintó una cruz, una cosa muy rara en la época. Hay muchas pistas de que Leonardo perteneció a esta herejía y de que la obra que pintó en la sede de los dominicos en Milán fue la burla pictórica más gigantesca de todos los tiempos”.

Vayamos por partes. Cuando Sierra dice que, en La Última Cena, Jesús aparece como hombre y no como Dios da como principal argumento la carencia de halo, elemento que está ausente en muchas obras de Leonardo. ¡A ver si va a tener razón y va a ser el de Vinci un hereje…! “¿Es sorprendente que en el cuadro no existan los típicos halos de santidad? Pues, si es así, hay un montón de misterios en el mundo de la pintura porque, por ejemplo, en La Última Cena de Lovaina, obra de Bouts -anterior en algunos años a la pintura de Leonardo-, ya no aparecen. Sencillamente, en este momento se asiste a un intento de aproximar las representaciones de escenas religiosas al espectador y Leonardo se suma a esta corriente”, explica José Luis Calvo. El historiador palentino indica en un interesantísimo texto que hay halos en la segunda versión de La Virgen de las rocas porque en este cuadro intervino otra mano; pero que, para encontrarlos en Leonardo, “tendríamos que retrotraernos a las obras juveniles”.

El famoso San Juan Bautista, de Leonardo, con rasgos andróginos y el cayado en forma de cruz.No es éste el único detalle que pasa por alto Sierra, quien rivaliza en rigor con Dan Brown. Que no aparezca carne en La Última Cena es algo circunstancial; pero que no se vean restos del sacramento de la eucaristía no. No hay cáliz, no hay Santo Grial, porque el cuadro pretende captar no el momento de la instauración de la eucaristía, sino el del Evangelio de Juan en el que Jesús anuncia a los apóstoles que uno de ellos le va a traicionar. En ese evangelio, no hay ninguna referencia a la eucaristía, a diferencia de los otros tres canónicos. Que a Leonardo no se le conociera pareja y vistiera de blanco significa bien poco, y es mentira que nunca en su vida pintó una cruz. Sin ir más lejos, en una de sus últimas obras, el San Juan Bautista, el profeta lleva una cruz.

Cuando son reales, las pruebas de Sierra son tan circunstanciales como las de Picknett y Prince. Si éstos olvidan cuando les conviene que la sábana santa era ya famosa a mediados del siglo XIV, cien años antes del nacimiento de Leonardo, aquél pasa por alto que el último prefecto cátaro, Guillaume Bélibaste, murió a principios del siglo XIV, dos siglos y medio antes del natalicio del autor de La Última Cena. Son detalles que podrían fastidiar un negocio que precisa de montones de pruebas circunstanciales para ocultar que no hay ninguna que realmente merezca ser considerada como tal.

Leonardo fue un genio con sus luces y sus sombras, como todo ser humano. Y su personalidad y obra tuvieron tan poco que ver con lo que venden los traficantes de misterios como Nostradamus con la caída de las Torres Gemelas y con una profetizada victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania.

Intervención en la mesa redonda Recuperando a Da Vinci, una perspectiva escéptica, celebrada el 12 de julio de 2006 dentro de la XIX Semana Negra de Gijón.

Un crítico de televisión metido a sindonólogo

Fredric Brown (1906-1972) es uno de los grandes maestros del misterio y la ciencia ficción. Me acordé de él cuando Iker Jiménez engatusó el domingo en Cuatro a su audiencia con la idea de que sería posible clonar a Jesús a partir de los restos de ADN contenidos en la sábana santa y el sudario de Oviedo. Contó, para ello, con la complicidad de un médico forense y la de los siempre dispuestos miembros del Centro Español de Sindonología (CES), una organización de creyentes para la que la reliquia de Turín envolvió el cuerpo de Jesús, aunque date del siglo XIV. Brown tiene un magnífico cuento breve titulado “J.C.” -incluido en Lo mejor de Fredric Brown (1977), antología dirigida por Robert Bloch-, en el que un individuo concebido por partenogénesis-fecundación de un óvulo sin intervención de una célula masculina- empieza a actuar de forma extraña cuando llega a la veintena, convirtiendo agua en ginebra para martinis y haciendo esquí acuático sin esquís porque con fe no los necesita. El problema es que el peculiar personaje es sólo el primer humano creado por ese sistema y, cuando empieza a obrar portentos, ya hay muchos hijos de la partenogénesis por el mundo. “En la historia sólo había habido un nacimiento virginal antes de entonces -recuerda el narrador-. Ahora, cincuenta millones de niños nacidos virginalmente estaban creciendo. Al cabo de otros diez años serían cincuenta millones de… J.C.”.

El cuento de Brown es divertido, como todos los suyos, y es ficción; pero Jiménez y la tripulación de su nave del misterio -en la que hay desde plagiarios hasta quienes atribuyen a científicos cosas que nunca han dicho- quieren que nos traguemos como una realidad la posible clonación de Jesús, para lo cual insisten, sin mostrar ninguna prueba que invalide el concluyente análisis del carbono 14, en la autenticidad de la falsa reliquia de Turín. La tela Oviedo nunca ha sido objeto de un examen científico y merece tanto crédito como los varios santos prepucios de Jesús que no ascendieron con él al Cielo tras la Resurrección. Ésa es la realidad y el rigor que impera en Cuarto milenio. Lo que se hace en ese programa de Cuatro -la cadena de televisión que iba a ser diferente y para ello ha recuperado el estilo de Fernando Jiménez del Oso– es mentir y tergiversar sistemáticamente, porque ésa es la esencia del negocio esotérico.

Hoy leo en la columna diaria del crítico de televisión José Javier Esparza, colaborador de El Correo y de otros diarios, que le ha molestado la última tontería de Jiménez, pero no porque suponga una nueva muestra de desvergüenza charlatanesca, sino porque “con las cosas de comer no se juega”. Entiendo que la cosa de comer a la que se refiere es la religión, que supongo que para él debe estar libre de toda crítica, aunque para mí no sea así. Reivindica Esparza que no se frivolice con “este tipo de asuntos, sobre materias especialmente sensibles”, ya que, a su juicio, “es una forma como cualquier otra de tocar las narices del respetable”. No dice nada, sino todo lo contrario, acerca de la soberana tocada de narices que supone hacer colar como auténtica una reliquia que hasta la Iglesia admite que se manufacturó en el siglo XIV. Al contrario, Esparza sostiene que “las investigaciones más recientes rectifican las penúltimas pruebas del carbono 14 y vuelven a datar la pieza en el siglo I” y añade que él lo contó hace un mes en el programa La buena vida de Punto Radio. ¿En qué revista científica se han publicado esos sorprendentes resultados? En Nature, donde se dieron a conocer los del análisis del carbono 14, no ha sido; ni tampoco en Science ni en ninguna otra publicación de referencia.

El sindonólogo José Javier Esparza no dice dónde se ha hecho artículo esa revelación, aunque a buen seguro que se tratará de una publicación tan rigurosa como ésas en las que colabora habitualmente Iker Jiménez. A eso añade el crítico, en un insuperable ejercicio de candidez, que en Cuarto milenio participó anteayer el “muy serio equipo de investigación del Centro Español de Sindonología”. Tan serio es ese grupo que en 1989 su entonces presidente, Celestino Cano, desacreditó públicamente los resultados del análisis del radiocarbono aludiendo a unas declaraciones que e inventó y atribuyó al descubridor del método del carbono 14. ¿Que por qué sabemos que fueron inventadas? Porque Willard F. Libby (1908-1980), el químico que desarrolló esa prueba y recibió por ello el Nobel, murió en 1980 y, por tanto, es imposible que nueve años después pudiera pronunciarse sobre cómo se había aplicado su test a la sábana santa. O eso o estamos ante un milagro de los que tanto gustan a los sindonólogos y que les llevan a lanzar hipótesis descabelladas en cuanto les ponen un micrófono por delante o les dejan escribir cuatro líneas.

Y es que la fe es ciega y ante ella las pruebas no valen. En el caso de la sábana santa, ya lo adelantó el microanalista forense Walter McCrone, quien analizó hace más de veinte añosel sudario de Turín como miembro del Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP) y no encontró ni una gota de sangre. “Tengo buenas y malas noticias -dijo en el congreso en el que presentó su trabajo-. Las malas son que el sudario es una pintura. Las buenas, que nadie me cree”. La reacción fue inmediata por parte del STURP: se expulsó del grupo a McCrone, el científico más prestigioso en su campo. Otros especialistas que han examinado después la reliquia han llegado a la misma conclusión: no hay ningún rastro de sangre. Al final, el STURP admitió que las manchas de sangre de la sábana están formadas por óxido de hierro, un componente de pigmentos artísticos, aunque últimamente ha vuelto a apostar por la sangre y, por lo leído, ha cautivado a un crítico de televisión, José Javier Esparza. Lástima que los científicos no se hayan dado cuenta todavía de lo errados que están y que en las redacciones de las revistas importantes sigan en la inopia. ¿Para cuándo el milagro?

La sabana santa… ¡Vaya timo!

El rostro de la sábana santa.Como el turrón a la mesa en Navidad, todos los años por estas fechas vuelve la sábana santa a hacerse un hueco en los medios de comunicación. Durante la pasada Semana Santa, José Manuel Fernández-Figares, catedrático de Biología Celular de la Universidad de Málaga y miembro del Centro Español de Sindonología (CES), decía que el reto al que ahora se enfrenta la ciencia es explicar cómo se formó la imagen del lienzo y afirmaba que se sabe que “surgió del cuerpo un tipo de energía que no se conoce, de muy alta intensidad, pero muy corta duración”. Hoy, un grupo de destacados sindonólogos está reunido en Valencia para “analizar los últimos descubrimientos en torno a la reliquia”, según un despacho de la agencia Europa Press. El encuentro se celebra en la Universidad Católica de Valencia y la información a los medios de comunicación la ha facilitado el Arzobispado, por si alguien tuviera alguna duda acerca de quién está detrás de todo.

La prueba del carbono 14 dejó claro, hace dieciocho años, que el sudario de Turín data en del siglo XIV, así que difícilmente pudo envolver el cuerpo de Jesús en su sepulcro. Los análisis hechos en tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza dataron “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”. Ese resultado se publicó en la revista Nature en febrero de 1989 y hasta hoy nadie ha demostrado que sea erróneo. Pero eso da igual a los sindonólogos y a los vendedores de misterios. Los primeros han llegado a inventarse declaraciones de un premio Nobel para desacreditar las pruebas de 1988; las afirmaciones de los segundos se cuentan por mentiras.

Celestino Cano, presidente del CES en 1989, dijo entonces que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”. Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que realizaron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada. El problema, ay, es que Libby había muerto nueve años antes, cuando nadie contemplaba la posibilidad de que la Iglesia permitiera ese tipo de prueba destructiva. A no ser, claro, que los miembros del CES supieran de la opinión del científico gracias a una sesión de espiritismo.

A primeros de abril pasado, Fernández-Figares, también del CES, le vendió a la agencia Efe la idea de que “no hay absolutamente ningún trabajo científico serio en el que se pueda uno apoyar para decir que es falsa” y de que “todos los estudios actuales indican que la sábana es del siglo I”. ¿Acaso el de Nature y los trabajos del microanalista forense Walter McCrone, que descartó la presencia de sangre en la tela, no fueron serios? No, lo que pasa es que no dieron los resultados deseados por la comunidad de creyentes, que sigue dejando caer cada dos por tres la mentira de que hace treinta años la NASA examinó la presunta reliquia, patraña que explotó durante años Juan José Benítez.

La verdad es que, aunque tanta mentira cansa, no hay que dejar pasar ni una. Porque el timo de la sábana santa es tan evidente como el del Lignum Crucis y otras reliquias que están ahí y forman parte del cristianismo folclórico tan del gusto de algunos. Por cierto, si quieren ver varios trozos de madera de la cruz de Jesús -que debió de ser la más grande del mundo, dada la cantidad de astillas que quedan- pueden contemplarlos en el Santuario de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca, adonde llegó recientemente un pedazo procedente de Jerusalén. Al acto de entrega de la reliquia en Jerusalén por parte del custodio de los Santos Lugares, Perbattista Pizzabala, acudió nada más y nada menos que el cónsul de España en la ciudad. Una prueba más de lo serio del asunto.

La segunda cara de la sábana santa: creer para ver

Una joven toca, en febrero de 2003, la valla de una playa de Sydney que, vista a distancia y desde un ángulo determinado, semejaba una figura de la Virgen.“Sí, y si miras desde un poco más cerca, en la esquina superior derecha, puedes ver al Pato Donald… y ahí, a la izquierda, a Mickey Mouse”. Esto decía David Sox, ex secretario de la Sociedad Británica del Sudario de Turín, que comentó un sindonólogo cuando, hace años, el padre Francis Filas presentó una foto de la sábana santa en la que decía ver una moneda romana sobre uno de los ojos de la figura. Lo recuerda Joe Nickell en Inquest on the shroud of Turin (1983), un libro imprescindible para quien quiera profundizar en la historia de la falsa reliquia. En septiembre de 2001, hubo muchos que vieron al diablo en la humareda que salía de una de las Torres Gemelas heridas de muerte por el fanatismo religioso y, en febrero de 2003, muchos católicos australianos hincaron las rodillas en una playa de Sydney ante una valla que, vista desde un ángulo determinado, parecía la silueta de una figura de la Virgen.

Giulio Fanti y Roberto Maggiolo, del Departamento de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Padua, han anunciado en el Journal of Optics A: Pure and Applied Optics -revista del Instituto de Física de Londres– que han identificado un rostro y unas manos cruzadas débilmente impresionados en el reverso de la sábana santa. El artículo se titula “La doble superficialidad de la imagen frontal del sudario de Turín” y de él se ha hecho eco en sus páginas de Ciencia el diario El Mundo, que recientemente nos descubrió que una niña saudí llora piedras -una primicia de la agencia Efe- y otra rusa tiene visión de rayos X. Comparado con esas proezas infantiles, lo de los científicos italianos apenas tiene un pase. Es más de lo mismo que vienen contando los sindonólogos desde hace más de treinta años, una mezcla de mentiras -¿se acuerdan de cuando Juan José Benítez decía cada dos por tres que la NASA había estudiado la tela, algo que nunca ocurrió?- e investigaciones como las de Filas. En este caso, todo indica que Fanti y Maggiolo han caído en la misma ilusión del niño que ve animales en las nubes.

La parte trasera del lienzo de Turín permaneció oculta por una tela desde el incendio de Chambéry (Francia) de 1532 hasta 2002, cuando el parche cosido originalmente por unas monjas fue sustituido y se sacaron las fotografías que ahora se han tratado digitalmente. Los autores recuerdan que “muchos” consideran la pieza de lino “el sudario en el que fue envuelto Jesús de Nazareth antes de ser depositado en una tumba en Palestina hace unos 2.000 años”, pero en el artículo se pasa por alto que el análisis del carbono 14 fechó en 1988 su confección entre 1260 y 1390. Lo cierto es que Fanti y Maggiolo niegan la validez de esa prueba y lo decían en la versión original del texto, según me ha contado el primero de ellos. “Un gran número de científicos -argumentaban en un párrafo suprimido por orden de los revisores- cree que la toma de muestras y la fiabilidad de la datación por radiocarbono no son satisfactorias, porque la tela sufrió muchas vicisitudes (incendios, reparaciones, agua, exposición al humo de las velas, a la respiración de los visitantes)”. Y añadían que “algunos investigadores han revelado que la muestra de 1988 no es representativa del sudario de Turín”, sino que “tiene características físicas y químicas diferentes de la parte principal de la tela”. Al artículo de Nature en el que se dieron a conocer los resultados del carbono 14, contraponían un texto publicado por Ray Rogers en Internet en 2002.

Fanti me ha explicado, en comunicación personal, que “hay muchos signos que indican que la tela es muy antigua”: la textura del lino, la presencia de almidón en el hilo y un tipo de cosido muy parecido a uno existente en Massada (Israel) hace 2.000 años, entre otros. El sindonólogo italiano considera posible que se sometiera al carbono 14 parte de un parche medieval, hecho que -recuerda- apuntó en su día Rogers, químico del Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP). “Antes de hacer un nuevo análisis del radiocarbono, deberíamos saber si posibles factores ambientales pueden causar efectos no despreciables en la muestra a examinar”, puntualiza el profesor de la Universidad de Padua, quien se sintió interesado por la sábana a los doce años, está involucrado en su estudio desde mediados de los 90 y defiende su autenticidad. “En una buena investigación, los aspectos religiosos deben separarse de los científicos y yo intento seguir esa directriz. Desde el punto de vista religioso, aunque el sudario no sea considerado una reliquia por la Iglesia católica, estoy convencido de que es la mortaja de Jesucristo. Puedo decirlo después de la experiencia trascendente que tuve al observar directamente el sudario durante un total de diez minutos. En algunas ocasiones que vi directamente la sábana santa, percibí un particular sentido del silencio y del infinito muy diferente a lo que siento cuando miro una buena fotografía del sudario”.

La cara conocida de la sábana de Turín y la nueva 'encontrada' en el reverso. Foto: 'Journal of Optics A: Pure an Applied Optics'.

El investigador asegura haber encontrado en el reverso de la síndone un rostro “y quizás unas manos”. “No se trata de la estampa de otro hombre; es el mismo Hombre -en mayúscula en el original- el que ha causado las dos impresiones”. Después de, por comparación, intentar dar en la parte trasera con detalles anatómicos presentes en la figura conocida, los científicos identifican “en el reverso la nariz, los ojos, el pelo, la barba y el bigote en el lugar, la forma, la posición y la escala correspondientes a esos detalles en el frente”, a pesar de lo cual niegan que su origen sea que la pintura traspasó la tela. En su apoyo, esgrimen estudios de sindonólogos que han defendido desde 1980 que la impresión no penetra en el lienzo. “No hay ninguna imagen en medio de la tela”, mantiene Fanti, quien no puede explicar científicamente cómo se habría formado la figura y abraza la posibilidad de un “estallido de energía” durante la Resurrección como el defendido por su colega John Jackson. “¿Por qué no suponer que un fenómeno particular, descrito en los Evangelios durante la mañana de Pascua, pudo ser el responsable de la formación de la imagen?”. Ni aún así consigue, no obstante, explicar cómo se habría impreso la imagen sólo superficialmente en el anverso y el reverso, y mucho menos las anomalías que presenta la figura y que apuntan al fraude.

“Las conclusiones van más allá de la técnica. Parten de que tiene que haber una cara como la conocida y la encuentran. ¿Por qué sólo algunas partes de la cara y no todas? ¿Por qué la cara y no los hombros? ¿Por qué las manos se ven peor?”, se pregunta un experto español en procesado de imágenes que prefiere permanecer en el anonimato. Todo apunta a que los autores han descubierto en la sábana santa lo que quieren ver. Han comparado la parte posterior de la sábana con la anterior, buscando en esta última formas que recordasen el rostro de la primera, hasta que las manchas, en su opinión, han casado. “Está claro desde el principio que quieren encontrar algo. Y, si quieres, siempre lo encuentras. Si yo quisiera encontrar en esa foto el rostro de un mandril o de un león, lo encontraría”, apunta el profesor universitario español. Este especialista admite que las herramientas informáticas empleadas por Fanti y Maggiolo para limpiar la imagen son apropiadas -“Se pueden emplear esas técnicas u otras para conseguir un mejor nivel señal-ruido”-, pero discrepa de la metodología seguida a la hora de identificar un rostro en la parte posterior de la sábana santa. “Un coeficiente de correlación mayor que 0,6 hace la correspondencia entre las dos imágenes aceptable”, escriben los sindonólogos en el artículo. “¿Por qué 0,6? ¿Por qué no 0,7 ó 0,8?”. Quizá porque exigir un mayor coeficiente de correlación -1 sería la correspondencia total y 0 la disparidad absoluta- haría desaparecer algunos de los rasgos del nuevo rostro. ¿Qué ve el lego? Pues, nada. Ni forzando la imaginación al máximo. Hace falta que los investigadores contorneen los presuntos rasgos de la segunda cara de la sábana santa para verla. Hasta Giusepe Ghiberti, de la comisión diocesana de Turín que custodia la tela, ha restado importancia al trabajo de Fanti y Maggiolo: “Es el ojo humano, por un efecto fisiológico de la visión, el que tiende a ver esa imagen que en realidad no existe”.

La nueva cara con líneas dibujadas por los autores que ayudan a verla. Foto: 'Journal of Optics A: Pure an Applied Optics'.La mayoría de las citas bibliográficas -dieciséis de veinticinco- corresponden, además, a publicaciones sindonológicas o de la Iglesia, así como a comunicaciones personales, y los escasos artículos aparecidos en revistas científicas están firmados por partidarios de la autentiticidad de la reliquia. “Todas las referencias son sobre la sábana santa. Echo en falta artículos sobre el procesado de imágenes. La argumentación científica del artículo se centra en el empleo de técnicas de procesado digital de imágenes, aplicadas al reconocimiento biométrico de personas. Por ello, resulta un poco extraño que no se hagan referencias a artículos publicados en revistas de prestigio en este campo, que permitirían una adecuada validación y justificación de los métodos de procesado utilizados”, destaca el experto consultado. Tampoco hay ni un artículo crítico entre los consultados por Fanti y Maggiolo, el primero de los cuales afirma que “existen muchas pruebas a favor de la autenticidad del sudario, pero ninguna incuestionable quizás porque Dios quiere que todo el mundo piense y actúe según su libre voluntad”. Entonces, ¿para qué buscar la prueba definitiva? Porque siempre cabe la posibilidad de que el artífice del sudario de Turín fuera el genial Leonardo da Vinci, extremo al que han apuntado como una “curiosa teoría” algunos periodistas para los cuales el autor de La Gioconda pudo pintar la sábana santa que apareció en Lirey en 1350. ¡Qué importa que Leonardo naciera en 1452!