Proyecto Apollo

Aluniza como puedas

Millones de personas no se creen que Neil Armstrong, Buzz Aldrin y otros diez hombres pisaron la Luna entre 1969 y 1972. El ingeniero espacial y escritor James E. Oberg calcula que en Estados Unidos hay un 10% de incrédulos y, hace dos años, una encuesta entre universitarios del país revelaba que el 27% duda seriamente de que las cosas ocurrieran como las cuenta la NASA. Para toda esa gente, los alunizajes se rodaron en un estudio de cine porque las imágenes son demasiado nítidas, no se ven las estrellas, las banderas ondean y, si de verdad el hombre hubiera llegado a la Luna, habría seguido viajando al satélite.

Resulta chocante, ciertamente, que hoy tengamos problemas para que un puñado de hombres vuelvan sanos y salvos de la Estación Espacial Internacional, cuando se encuentra a sólo 400 kilómetros de altura, una milésima parte de la distancia de la Tierra a la Luna. ¿Cómo se explica que el transbordador espacial corra peligro de desintegrarse durante la reentrada en la atmósfera y que con ninguna cápsula Apollo pasara algo parecido? Muy sencillamente, responden los incrédulos: el proyecto Apollo fue un montaje, y las naves caían al Pacífico, en realidad, desde un avión.

Cielo sin estrellas

La teoría de la conspiración fue formulada en 1974 por Bill Kaysing en su libro We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna). Empleado de Rocketdyne, la firma que desarrolló los motores del cohete Saturno 5, decía que la farsa empezó a urdirse cuando la NASA se convenció de que no iba a poder poner a un hombre en el satélite antes de que acabara la década de los 60, en contra de lo anunciado por John F. Kennedy ante el Congreso de EE UU el 25 de mayo de 1961. El engaño había culminado con la simulación de los seis alunizajes en unas instalaciones cercanas a Las Vegas. El autor de We never went to the Moon sostiene que hubo quien intentó contar la verdad y lo pagó con la vida, como Virgil Grissom.

La bandera no ondea; cuelga de una varilla bajo la Tierra. Las estrellas, al igual que en una noche terrestre, no brillan lo suficiente como para impresionar el negativo.Cuando el astronauta a quien debe su nombre el más popular de los forenses descubrió lo que se tramaba en los pasillos de Washington, decidió hacerlo público. Por eso murió, junto a Edward White y Roger Chaffee, en el incendio del Apollo 1 en la torre de despegue el 27 de enero de 1967. Otros siete astronautas que fallecieron en accidentes de tráfico y aviación entran también dentro del grupo de víctimas mortales de la conspiración. Para Kaysing y sus partidarios, las pruebas de que todo fue un montaje están en los miles de fotos tomadas en el satélite, en cuyo cielo no se ve ni una estrella -“¿Estrellas? ¿Dónde están las estrellas?”, se pregunta en su libro una y otra vez- y en donde la bandera estadounidense ondea, algo imposible en un mundo sin atmósfera.

Santiago Camacho, uno de los miembros del equipo de Cuarto milenio, ha sido uno de los principales promotores en España del fraude de los alunizajes. En su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), sostiene que Maria Blyzinsky, del Observatorio de Greenwich (Reino Unido), no se traga la historia de la NASA por la falta de estrellas en las fotos. En Greenwich dicen lo contrario. “La cita es falsa. Maria no sabe de dónde ha salido; pero no representa de ningún modo la postura oficial del observatorio ni su punto de vista personal. El personal del Real Observatorio de Greenwich dedica mucho tiempo a refutar afirmaciones de los promotores del fraude lunar y de otros pseudocientíficos”, indicó a este periódico hace tres años Robert Massey, astrónomo jefe del centro.

Silencio en masa

La conspiración lunar es fácil de desmontar. Para empezar, hay un par de argumentos demoledores que nada tienen que ver con la ciencia: el del silencio ruso y el de la falta de pruebas. ¿Cómo es que los soviéticos no denunciaron el engaño? ¿Es posible que el departamento de efectos especiales de la Casa Blanca engañara al Kremlin y en Moscú optaran por callarse y no denunciar las malas artes de los capitalistas? Además, en pleno apogeo del programa Apollo, la NASA tuvo en nómina a 35.000 personas, y otras 400.000 trabajaban en empresas y universidades contratadas, demasiada gente a mantener callada en un país donde sale a la luz hasta lo que el presidente hace con una becaria en el Despacho Oval.

Armstrong y Aldrin, en el momento de poner la bandera. Foto: NASA.Aunque en las fotos parezca lo contrario, ninguna bandera ondea en la Luna: todas cuelgan de una varilla horizontal que parte del extremo superior del mástil. Que el cielo no esté salpicado de estrellas se debe a lo mismo por lo cual no se ven durante la transmisión nocturna de un partido de fútbol. Las cámaras estaban programadas con un tiempo de exposición muy corto para que las fotos no se velaran debido a la intensa luz del Sol y su reflejo en la superficie lunar; el brillo de las estrellas era, por el contrario, demasiado débil para impresionar la película. No se ven, de hecho, estrellas en las imágenes de ninguna misión tripulada de la Historia.

Los astronautas trajeron 382 kilos de piedras lunares que geólogos de todo el mundo han autentificado como tales, y dejaron en el satélite espejos láser que se han utilizado para medir la distancia entre los dos mundos mediante rayos láser. Por si eso no fuera bastante, a pesar de cómo lo presentan algunos autores, Kaysing no sólo nunca fue empleado de la NASA, sino que tampoco tuvo nada que ver con el proyecto Apollo. Es cierto que trabajó en la compañía Rocketdyne, pero como bibliotecario, porque era licenciado en Filología Inglesa. Además, dejó la empresa en 1963, antes de que se implicara en la conquista de la Luna, que fue una costosa carrera militar que se abandonó una vez que hubo un ganador y el perdedor admitió el resultado. Las cápsulas Apollo eran de un solo uso y por eso, aunque más primitivas, eran más seguras a la hora de la reentrada que los actuales transbordadores, y algunos astronautas murieron en los años 60 en accidentes de aviación porque eran pilotos de pruebas.


El docudrama

Operation Lune (2002): Película con formato de documental en la que Henry Kissinger, Christiane Kubrick -viuda del cineasta- y Donald Rumsfeld afirman que los alunizajes fueron un montaje. Es una broma del canal Arte francés. A la venta, en inglés y francés.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

La polémica de los alunizajes, en Bergara

¿Llegó el hombre a la Luna? Cada vez hay más gente que duda de la autenticidad de la gran gesta espacial, entre otras razones, porque cada vez hay menos personas que vivieron aquella aventura en directo en julio de 1969. Mañana, hablaré de la creencia en el fraude de los alunizajes, su fundamento y realidad, y examinaré las pruebas de la conspiración en la Casa de Cultura de Bergara (Guipúzcoa) a partir de las 19 horas. El acto ha sido organizado por Ilatargi Astronomia Taldea. Si quieren ir, están invitados.

La polémica de los alunizajes, en Oñati

Anuncio de la charla '¿Llegó el hombre a la Luna?', de Luis Alfonso Gámez.

¿Llegó el hombre a la Luna? Es la pregunta que, casi cuarenta años después de la gesta estadounidense, se hace mucha gente quizás, entre otras razones, porque cada vez hay menos personas que vivieron aquella aventura en directo en julio de 1969. El próximo jueves, hablaré de la creencia en el fraude de los alunizajes, su fundamento y realidad, y examinaré las pruebas de la conspiración en la Casa de Cultura de Oñati (Guipúzcoa) a partir de las 19 horas. El acto ha sido organizado por Ilatargi Astronomia Elkartea, con la colaboracion del Ayuntamiento de Oñati, dentro de las fiestas patronales. Si quieren ir, están invitados.

Antena 3 TV dice que el hombre no llegó a la Luna

No lo pude grabar; pero lo vi y lo reflejan en la web de Antena 3 TV. La cadena privada dedicó ayer casi dos minutos de sus informativos de la tarde y la noche a defender la posibilidad de que el hombre no haya pisado la Luna. Si ustedes creían que ese tipo de tonterías estaban sólo al alcance de los conspiranoicos, estaban confundidos. Como yo. No pensaba que la escasez de noticias agosteña -¿se han fijado como, desde que se apagaron los fuegos de Galicia y Oriente Próximo se tranquilizó un poco, hay informativos de televisión que no informan de nada?- iba a dar para tanto y eso que me lo advirtió un compañero de El Correo nada más anunciar la NASA que no sabe dónde están exactamente las cintas de video originales del primer alunizaje y que las está buscando.

Pues bien, en Antena 3 TV, siguiendo la estela del maestro del periodismo de imbestigación, cogieron el sábado y se montaron una película de casi dos minutos tan espectacular como engañosa sobre las cintas extraviadas por la NASA y el descenso de Neil Armstrong y Buzz Aldrin en el Mar de la Tranquilidad. Por ver, vimos hasta la estúpida encuesta callejera de rigor en la que se pide a la gente que opine, aunque la mayoría no tenga ni idea sobre lo que está opinando, ni falta que hace. A eso, le llaman ahora algunos periodismo ciudadano y es una de las muestras más evidentes de la falta de rigor del periodismo actual. Porque no todas las opiniones valen lo mismo. No es lo mismo que un biólogo se pronuncie sobre los posibles efectos para el organismo de los teléfonos móviles que el que lo haga sea el primer viandante que pasa por delante de la cámara, pero hoy en día algunos medios dan más valor al segundo que al primero.

“Han pasado ya 37 años y la llegada del hombre a la Luna sigue rodeada de misterios. Aunque fueron millones de personas quienes vieron en directo la gesta espacial, cobra fuerza la versión de los más incrédulos, que llegaron a decir que todo era un montaje grabado en un escenario. A ello, ha ayudado el sorprendente anuncio de la NASA: algunas de las cintas originales de ese histórico momento han desaparecido”, decía ayer Miriam Sánchez, presentadora de los informativos de fin de semana de Antena 3 TV, antes de dar pie a un corto reportaje conspiranoico con imágenes de archivo. Dos periodistas de la casa, Fernando Matey y Juan Rubiales, firman en la web de la cadena un texto muy parecido al que leyó un locutor: “Investigadores y periodistas comenzaron a hacerse preguntas, especialmente sobre el foco de luz que se reflejaba en el casco de Amstrong, por qué se movía la bandera americana si en la luna (sic) no había viento, por qué no se veía en el cielo ninguna estrella. Quizá por ello muchos siguen pensando que aquello fue un montaje de Hollywood grabado en el desierto del Mojabe (sic)”. Todas esas incógnitas llevan años respondidas.

¿No les impresiona? A mí, sí. A mí me deja sin habla que todavía haya gente que se pregunte por qué no se ven la estrellas en el cielo lunar, que haya periodistas que escriban y digan cosas sin pensar, y se limiten a repetir como loros lo que han oído o leído a alguien. Ignoran los autores de esta información que el ridículo origen de la conspiración lunar es un libro titulado We never went to the Moon (Nunca fuimos a la Luna), que su autor publicó en fotocopias por su cuenta en 1974 y cuyo principal argumento es que las estrellas no aparecen en las fotos tomadas por los astronautas en la Luna. La razón la sabe cualquiera, aunque no el personal de los informativos de Antena 3 TV: si en la Tierra se saca una foto a alguien de noche al aire libre, el protagonista sale, pero el brillo de las estrellas es demasiado débil como para impresionar la película. Pues eso mismo pasó en la Luna. ¡Ah!, también se olvidan los periodistas de esa cadena de los 382 kilos de piedras lunares -imposibles de imitar- que trajeron los astronautas y cuya autenticidad han confirmado geólogos de todo el mundo, y de los espejos que dejaron allí arriba para medir la distancia entre la Tierra y su satélite. Ciertamente, es algo superfluo cuando de lo que se trata es de vender conspiraciones.

Sé algo que ustedes no saben

Sé algo que ustedes no saben. Tengo información de una conspiración de alcance mundial y algunos de sus protagonistas están en esta sala (1). Me ha costado casi veinte años darme cuenta. Dos décadas en las que he interpretado el papel de tonto útil, de colaboracionista, por ignorancia. Ahora, sólo espero que lo que les voy a contar sirva para que la gente conozca la verdad y para que otros como yo -que creen de buena fe en lo que hacen, a pesar de encontrarse en el bando equivocado- se den cuenta del engaño. Muchos de ustedes se encuentran en la misma situación que yo hasta hace poco; otros, los menos, son conscientes de lo que hacen, son algunos de los ideólogos y estrategas de la conspiración que voy a denunciar.

Todos conocen la historia oficial del moderno movimiento escéptico. Nació en la primavera de 1976 en Buffalo (Estados Unidos), a instancias de Paul Kurtz, profesor de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York y organizador de un encuentro sobre Los nuevos irracionalismos: la anticiencia y la pseudociencia. En aquella conferencia, se presentó el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), entre cuyos fundadores estaban Isaac Asimov, Martin Gardner, Philip J. Klass, James Randi y Carl Sagan. Tres décadas después de aquel encuentro, el CSICOP -considerado por algunos la Policía de la Ciencia- es el más poderoso de una red mundial de grupos creadores de opinión que se extiende desde Japón hasta el Reino Unido, desde Canadá hasta Argentina, desde Egipto hasta Sudáfrica… ¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿Acaso es creíble que algo surgido de la nada y por iniciativa de un simple profesor universitario extienda sus tentáculos por el mundo de esa manera y atraiga a destacados científicos y pensadores que colaboran en sus proyectos por amor al arte?

Se entiende mejor todo si uno se para a pensar sobre los orígenes del CSICOP. ¿Creen que es accidental que esta organización naciera en Estados Unidos y que participaran en su creación personajes como Klass y Sagan? ¡Abran los ojos! ¡Piensen un poco! Klass fue durante décadas un destacado periodista de Aviation Week & Space Technology que estaba al tanto de los principales avances aeronáuticos de Estados Unidos y al que, desde mucho antes de su implicación en las actividades del CSICOP, se relacionaba con la CIA por su tendencia a explicar prosaicamente las observaciones de ovnis. ¿Y Sagan? ¿Qué les voy a contar a ustedes de este influyente astrofísico que no sepan? No sólo tuvo la sospechosa fortuna de que la televisión pública estadounidense, la PBS, emitiera en 1980 su serie Cosmos, con la que saltó a la fama en todo el mundo, sino que además mantuvo siempre -incluidas las épocas de mayor tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética- fluidas relaciones con sus colegas del otro lado del Telón de Acero.

Señoras y caballeros, el CSICOP es una tapadera, un instrumento creado para abortar cualquier progreso del conocimiento científico que pueda cuestionar el orden establecido. Lo venía sospechando desde hace tiempo y me lo confirmó hace poco una fuente que no puedo identificar. Esa persona me llamó la atención sobre lo que les estoy diciendo y luego me pidió que escribiera el nombre del CSICOP al revés, POCISC, porque ahí se escondía su auténtica denominación: Plan of Censorship and Infiltration in the Scientific Community (Plan de Censura e Infiltración en la Comunidad Científica). Uno lo ve claro si echa una ojeada a la lista de miembros del CSICOP: hay destacados representantes de todos los campos de la ciencia, que actúan como caballos de Troya en sus respectivas disciplinas para desacreditar cualquier idea innovadora que vaya contra el dogma. Y lo mismo sucede con el resto de las llamadas organizaciones escépticas. Todas ellas forman parte de una estructura que tiene como objetivo mantener el statu quo y evitar que la opinión pública sea consciente del enorme potencial de lo paranormal, una trama que me acabo de inventar y que no aguantaría el mínimo análisis crítico, tal como sucede con todas las conspiraciones en las que están de por medio los platillos volantes y lo que en general etiquetamos como enigmas, así como con algunas ideadas extravagantes formuladas a partir de hechos reales.

Toda teoría de la conspiración descansa en la idea de que una o varias personas o entidades maquinan en secreto, y generalmente al margen de la ley, para alcanzar unos fines. En la historia reciente, hay numerosos ejemplos de conspiraciones demostradas, como el intento de asesinato de Adolf Hitler del 20 de julio de 1944, la manipulación del tabaco por parte de la industria para hacer los cigarrillos más adictivos, el caso Watergate, la implicación de la CIA en el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, la guerra sucia contra el terrorismo vasco alentada por el Gobierno español entre 1984 y 1986, el hundimiento del Rainbow Warrior por los servicios secretos franceses… Seguro que cada uno de ustedes puede hacer una lista de hechos recientes relacionados con una conspiración. Hasta los Gobiernos democráticos sujetos a un más ferreo control popular recurren al secreto para actuar fuera de ley y a espaldas de sus ciudadanos, escudándose en la denominada seguridad nacional. Y, en ocasiones, alimentan la idea de una conspiración ficticia, como cuando la CIA aprovechó la fiebre por los platillos volantes para camuflar como naves extraterrestres aviones espía como el U-2 y el SR-71, aparatos que -según los expertos de la agencia de inteligencia- llegaron a suponer en su época cerca de la mitad de los ovnis vistos en el país.

Las conspiraciones reales son la base de otras, indignas de crédito, en las que están implicados los extraterrestres, los templarios, el Opus Dei, la NASA, la trilateral, los jesuitas, los judíos y un largo etcétera de colectivos reales e imaginarios. Hay quien cree que todas las conspiraciones demostradas y por demostrar tienen el mismo fundamento, que -como los Gobiernos, las multinacionales y algunos colectivos han hecho a veces cosas ilegales para lograr sus objetivos- prácticamente todo lo que sucede en el mundo -desde la elección de papa hasta el tsunami del Índico de diciembre de 2004- responde a intereses ocultos. Como hay quien quiere creer, hay quien fabrica el producto a la medida de ese consumidor. Así, entre las cenizas de las Torres Gemelas, surgieron todo tipo de tramas que apuntaban a que la planificación de los atentados había corrido a cargo no del terrorismo islámico, sino del presidente de Estados Unidos, que habría implicado en los ataques al Pentágono. Se han publicado en esa línea varios libros en los que no se aporta ni una prueba de tan extraordinaria afirmación y se nos quiere hacer creer, por ejemplo, que ningún avión se estrelló aquel día contra el cuartel general del Ejército de Estados Unidos; pero no se nos explica qué pasó entonces con los 64 pasajeros y tripulantes del Vuelo 77 de American Airlines.

El escritor que asumió en España como propias las disparatadas ideas del francés Thierry Meyssan, autor de La gran impostura (2002), es Bruno Cardeñosa, un ufólogo metido desde entonces en el negocio conspiranoico. Un mes después de los atentados del 11-M, Cardeñosa firmó un libro de “investigación periodística” en el que sostiene “que los atentados de Madrid están enmarcados dentro de un plan internacional que apunta directamente a Estados Unidos, cuyos gobernantes han resultado beneficiados por lo ocurrido en Madrid”. No sé para qué pierden el tiempo los servicios secretos, la Policía y los jueces de medio mundo investigando el entramado del terrorismo internacional cuando un perseguidor de platillos volantes da él solito con la verdad en unos días.

Cuando se une a fenómenos traumáticos y en ella se implica a gobernantes o grupos de poder, la conspiración es un buen negocio para el periodismo basura y, además, puede llegar a tener un efecto tranquilizador sobre la población. Hay asesinos de masas que viven camuflados entre nosotros, pueden haberse educado en nuestras escuelas y ser seguidores del mismo club de fútbol que nosotros; en nada se diferencian exteriormente de quienes estamos aquí hasta que actúan. Ante esa amenaza oculta -cuyos hechos resultan difícilmente comprensibles para una mente sana-, el periodismo basura identifica a los culpables -poco importa que no lo sean- de desgracias como la de las Torres Gemelas con personajes, colectivos y países con mala imagen entre los destinatarios del mensaje. Es más fácil -y, por supuesto, más rentable- achacar en el mundo árabe las 270.000 muertes del maremoto del Índico a pruebas secretas de armas hechas por Israel, Estados Unidos e India que admitir que la Tierra es un planeta vivo y que, ante lo imprevisible de algunos fenómenos, lo que falló hace un año fueron los sistemas de alarma y de protección civil de los países afectados.

Según la teoría de la conspiración, el mundo está dividido en tres clases de personas: los que manejan los hilos, la masa ignorante y los valientes que lo revelan todo. En esta sala, los conspiradores son Joe Nickell, Benjamin Radford, Alejandro J. Borgo -director de la revista Pensar– y las otras figuras destacadas del movimiento escéptico. La mayor parte de ustedes ignoraban lo que los primeros persiguen hasta que yo -el arrepentido de turno que ha visto la luz cual Pablo de Tarso- se lo he contado hace unos minutos. Lo que pasa es que tampoco les he dado muchas pruebas, ¿verdad? Digamos que difícilmente convencería de la verosimilitud de mi teoría a un jurado, porque lo que he hecho es reunir un conjunto de pruebas circunstanciales basadas en interpretaciones mías y he dejado de lado todo aquello que no casaba con mi historia. Siguiendo ese principio, puede demostrarse cualquier cosa. Así, podía haber dicho que las siglas de Alternativa Racional a las Pseudociencias (ARP) -asociación cuyos estatutos redacté en 1986- ocultaban en realidad a la Asociación para la Represión del Pensamiento, pero hubiera sido tirar piedras contra mi propio tejado porque me hubiera situado en el mismo corazón de la conspiración, y -que quede claro- yo soy el bueno en esta historia. Como contrapartida a su fácil elaboración, este tipo de montajes no aguanta la mínima reflexión. Veamos un ejemplo.

Prácticamente un tercio de la población estadounidense duda de que Neil Armstrong, Buzz Aldrin y otros diez hombres pisaran la Luna entre 1969 y 1972. Para esas personas, los seis alunizajes del proyecto Apollo fueron rodados en un estudio cinematográfico porque las imágenes son demasiado nítidas, en ellas no se ven las estrellas y, si hubiera sido realidad, se habría vuelto al satélite hace tiempo. Sin embargo, casi cuarenta años después, lo que tenemos es problemas para que unos astronautas vuelvan sanos y salvos de la Estación Espacial Internacional (ISS), que se encuentra a 400 kilómetros de altura, una milésima parte de la distancia que separa la Tierra de la Luna. ¿Cómo se explica en 2005 que el transbordador espacial pueda desintegrarse durante la maniobra de reentrada en la atmósfera terrestre y que con ninguna de las cápsulas del proyecto Apollo pasara algo parecido hace más de treinta años? Muy sencillamente: el proyecto Apollo fue un montaje de principio a fin y las naves se dejaban caer desde un avión a gran altura sobre el Pacífico como parte de una escenografía ideada nada menos que por Stanley Kubrick.

La conspiración lunar es, por desgracia para sus promotores, fácil de desmontar. Para empezar, hay un argumento, que nada tiene que ver con la ciencia, que resulta demoledor: ¿cómo es que los soviéticos no denunciaron el engaño?, ¿es posible que el departamento de efectos especiales de la Casa Blanca engañara al Kremlin? Existen numerosas incongruencias en el discurso conspiranoico sobre las misiones Apollo y pruebas -en forma de rocas, de espejos dejados en la Luna, de grabaciones y de partes de naves que se quedaron allí- que demuestran la realidad de los alunizajes. Sin embargo, una exposición mediocre y sesgada -como la de Bill Kaysing en We never went to the Moon (1974) o la mía del comienzo de esta charla- puede llevar a la gente a olvidarse de la realidad y dar crédito a la ficción. Como ocurre habitualmente cuando hablamos de fenómenos paranormales, en las conspiraciones, el infiltrado arrepentido no suele haber trabajado en donde dice que lo ha hecho. Así, Kaysing no sólo nunca fue empleado de la NASA, sino que no tuvo nada que ver con el proyecto Apollo. Es cierto que trabajó en la compañía Rocketdine, la firma que desarrolló los motores del Saturno 5, pero como bibliotecario y, además, abandonó la empresa en 1963, antes de que se implicara en la conquista de la Luna. Un caso aún más descarado es el del periodista español Santiago Camacho, quien sostiene, en su libro 20 grandes conspiraciones de la Historia (2003), que Maria Blyzinsky, del Observatorio de Greenwich, no se explica por qué no se ven las estrellas en ninguna foto lunar. Cuando leí la primera vez las declaraciones de la astrónoma, pensé que se trataba un personaje inventado. No es así. Maria Blyzinsky existe y trabaja en el Observatorio de Greenwich. Ahora bien, jamás ha dicho lo que afirma Camacho y considera un disparate la teoría de la conspiración.

¿Qué podemos concluir de todo esto? Que hay conspiraciones y conspiradores, sin duda, y que los ha habido siempre; pero que no hay ninguna prueba -más bien todo lo contrario- de que tramas del estilo de la de El código Da Vinci -una novela que pretende hacer pasar por históricos hechos que nunca han ocurrido-, We never went to the Moon, La gran impostura y El incidente (1980) tengan la mínima base real. Lo razonable no es ni negar que hay conspiraciones ni afirmar que vivimos en un mundo regido por ellas. Nos guste o no, las hay; pero eso no significa que tengamos que creer que todo lo que nos cuentan y lo que nos pasa es producto de contubernios. Claro que es más fácil y psicológicamente tranquilizador culpar, por ejemplo, de nuestro estancamiento profesional a un malvado colega que a nuestra incapacidad o falta de entrega. Con las grandes conspiraciones -ésas que ocultan secretos impensables y en las que participan decenas de miles y hasta centenares de miles de personas sin que ninguna sea capaz de filtrar la menor prueba-, basta en la mayoría de los casos con aplicar el sentido común para derribar el castillo de naipes. Quizá sea eso en lo que tengamos que centrarnos los escépticos de cara al gran público porque, simplemente, puede ser lo más efectivo.

(1) Intervención del autor en la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Pensamiento Crítico, celebrada en Buenos Aires (Argentina) en septiembre de 2005.