Planeta encantado

Un estudio de animación vasco creó la base lunar de ‘Planeta encantado’ por encargo de Benítez

Ni se grabó en el Mar de la Tranquilidad en julio de 1969, ni está protagonizada por Neil Armstrong y Buzz Aldrin, ni ha salido de ningún archivo secreto de la NASA. La película presentada en Televisión Española (TVE) por Juan José Benítez, como prueba de que los astronautas estadounidenses descubrieron una base extraterrestre en ruinas en la Luna, es obra de un estudio de animación vasco. Se rodó en Irún (Guipúzcoa) en 2001 en las instalaciones de Dibulitoon Studio SL, donde también se crearon los moais volantes y la nave y los extraterrestres de Los Villares (Jaén). Las imágenes de la falsa edificación lunar, al igual que las de las estatuas voladoras pascuenses y la de la aparición alienígena andaluza, fueron encargadas a Dibulitoon Studio SL por Benítez, según ha podido saber Magonia. La diferencia estriba en que, en el episodio titulado Mirlo rojo, el director de Planeta encantado encajó la animación lunar como si de un documento real se tratara, incluida la más que engañosa sobreimpresión de la leyenda “Imágenes inéditas”. Dibulitoon Studio es la productora de El ladrón de sueños, nominada en 2001 al Goya a la Mejor Película de Animación.

Un inexistente espía de la CIA reveló a Benítez el hallazgo de una base extraterrestre en la Luna

Neil Armstrong y Buzz Aldrin se encontraron en 1969 en la Luna con una base alienígena de miles de años de antigüedad, dice Juan José Benítez en Mirlo rojo. La prueba es una filmación de catorce minutos, de la que el ufólogo ha presentado en Televisión Española (TVE) varios segundos en primicia mundial. Sinceramente, he visto desde hace años juegos de ordenador con texturas más creíbles que las de la presunta Luna y las supuestas ruinas de Benítez, y ¿qué me dicen de los movimientos en baja gravedad del pretendido astronauta? Lo de Planeta encantado sería para tomárselo a broma si no fuera porque la serie la programa una televisión pública -es decir, hemos pagado los derechos de emisión entre todos los españoles- y se presenta como documental, no como ficción. Ha habido momentos ridículos -como cuando los moais volaban en la isla de Pascua desde la cantera en la que fueron tallados hasta sus altares-, pero tratar de vender una tosca recreación informática por una escena real a un público acostumbrado a los prodigios de Industrial Light & Magic y Weta Digital supera todos los listones.

Una frase aparece varias veces sobreimpresionada en Mirlo rojo. Dice: “Por razones de seguridad, algunos nombres y datos han sido cambiados”. Queda bien, da un aire de intriga al documental, pero ¿a la seguridad de quién se refiere? No creo que sea a la de quien Benítez dice que le contó la historia de las ruinas lunares -“un alto militar norteamericano”- porque está ya enterrado en el cementerio de Arlington, en Washington. Y lo curioso es que no hay nadie más involucrado en la trama, además del periodista navarro. Creo que Benítez guarda en secreto sus fuentes sobre el gran secreto del proyecto Apollo por lo cómico del caso. Quien le contó por primera vez que en la Luna se descubrieron ruinas extraterrestres y se destruyeron con bombas atómicas fue el peruano Carlos Paz Wells, que a mediados de los años 70 aseguraba tener encuentros con seres de otros mundos.

“Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación. Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano”, afirma el contactado en Ovnis: SOS a la Humanidad, la obra que Benítez dedicó en 1975 a las andanzas de los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI). En ese libro, puede leerse una ficticia versión de un diálogo entre los astronautas del Apollo 11 y Houston muy parecida a la que el ufólogo sitúa en el Mar de la Tranquilidad, donde los expedicionarios humanos habrían visto platillos volantes. Pero el chivatazo del bombardeo de los edificios alienígenas lunares no se lo dieron a Benítez únicamente los extraterrestres, vía Paz Wells.

“Durante años he combatido a quienes decían haber visto o tener contacto con naves de otros mundos. Sometido a la disciplina que se exige a cualquier agente secreto y a mis propias convicciones trataba de destruir lo que consideraba patrañas, embustes y acciones de gente sin escrúpulos o de comportamiento demencial. La experiencia me ha demostrado que el equivocado era yo y cuantos tratan de desprestigiar algo natural y positivo. No estamos solos en el cosmos, el planeta Tierra está siendo visitado por extraterrestres que, además, descansan y se estacionan en bases ignoradas en su mayoría”. Con esta confesión en su presentación, llegaba en 1979 a las librerías españolas Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O’Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, en aquel entonces un joven de veintiún años, para un premio literario. En la historia, mezclaba hechos reales con tramas conspiranoicas al estilo de Expediente X.

“Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas… De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera. A la vista de la información recopilada, inventaba la historia con argumentos cómo: “La noticia que se dio al público por la prensa fue… cuando lo que realmente ocurrió fue…”. Siguiendo esta línea, no reparé en gastos: relaté historias inverosímiles, como la de colocar un ovni en medio de una explosión nuclear en Siberia o hacer que el protagonista asesinara a varios ufólogos por acercarse demasiado a la verdad, y cualquier otro tipo de hazañas que los ufólogos suspiran vivir. Toda la trama, una vez argumentada, cumplió con los objetivos propios de una novela. Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates. Ya se sabe que la fe mueve montañas…”, recordaba Esteban en 1996 en La Alternativa Racional, revista de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Con Bases de ovnis en la Tierra sucedió lo mismo que con La delegación (1973), de Rainer Erler, y Alternativa 3, de Leslie Watkins, David Ambrose y Christopher Miles: algunos ufólogos tomaron la ficción por realidad. Benítez, Bruno Cardeñosa y Francisco Padrón fueron tres de los que demostraron su perspicacia y rigor. Los dos primeros mantuvieron reuniones en persona con Esteban creyendo que hablaban con un agente de la CIA, y el joven decidió seguirles el juego para ver en qué acababa todo. Terminó con algunas de sus inventadas historias publicadas por los expertos en periódicos, revistas esotéricas y libros sobre platillos volantes.

Afirma Benítez en Mirlo rojo que “Estados Unidos usó armas tácticas y nucleares” para destruir unas ruinas extraterrestres en la Luna. Esteban revelaba, como Douglas O’Brien, en 1979: “Según los servicios secretos se descubrieron cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna. En el año 1975 se procedió a realizar un bombardeo táctico”. En su novela, también hablaba los llamados Fenómenos Lunares Transitorios (LTP), vinculándolos a la actividad alienígena; de cómo los rusos habían detectado, con sus primeras sondas, la existencia de estructuras artificiales en el satélite; y de cómo se destruyeron tras los alunizajes. La realidad es mucho más sorprendente que la ficción hecha película lunar por Benítez: “Escribí el libro con unos diecinueve años, por lo que, de ser una novela autobiográfica… ¡entré en los servicios secretos estadounidenses con ocho años!”, suele ironizar Esteban. Ni el autor de Caballo de Troya ni Cardeñosa ni Padrón pusieron reparos a creer que la CIA cuenta con espías infantiles. Cosas de los ufológos profesionales.

El resto de los ingredientes de este guiso conspiranoico -que ignoró hasta John F. Kennedy, según Benítez- no superaría una mínima inspección por parte de las autoridades sanitarias. El elemento principal son los platillos volantes, de cuyo origen extraterrestre habrían estado al tanto EE UU y la Unión Soviética desde el primer momento. Los ovnis dan cuerpo a un plato cuya base son los LTP, los extraños fenómenos de corta duración -bolas y llamaradas de luz, cambios de color y brillo de la superficie…- vistos en la Luna durante los últimos siglos, achacables muchos de ellos -como los que atañen al cráter Linné– a observaciones hechas al límite de la resolución de los telescopios y del ojo. La NASA hizo en 1968 un catálogo de LTP y la ciencia, de momento, carece de explicación para algunas de las cosas observadas. Benítez toma la parte por el todo y, como siempre, se agarra a que algo carezca de explicación para meter por medio a los extraterrestres, cuando lo cierto es que los marcianos no solucionan nada.

Los LTP y los platillos volantes son los pilares de un decorado que es como un castillo de naipes y al que, para dar consistencia, el ufólogo suma el informe Brookings. Presenta como algo excepcional que unos expertos alertaran, a principios de los años 60, del impacto que podría tener para nuestra civilización el hallazgo de “artefactos alienígenas abandonados en la Luna y otros mundos”. En ese documento, sostiene el director de Planeta encantado, “se anima a la NASA a ocultar información y eso fue lo que hicieron”. La ingenuidad de muchos científicos y no científicos respecto al contacto con extraterrestres era enorme hace cuarenta años: Stanley Kubrick intentó, sin éxito, suscribir una póliza de seguros con Lloyd’s para el caso de que el encuentro tuviera lugar antes del estreno de su película 2001, una odisea del espacio. Ese ambiente venía bien a la NASA para conseguir fondos para la exploración espacial. Lo que Benítez oculta es que el contenido del informe Brookings fue y es público. Seguramente, estamos ante uno de esos datos cambiados en el documental “por razones de seguridad”, las mismas por las cuales no se dice que las fuentes de información del novelista -¿cómo puede creerse alguien que un militar estadounidense de alto rango recurra a un reportero español sin ninguna credibilidad, teniendo a su alcance a quienes destaparon el escándalo Watergate?- son un contactado y un inexistente espía de la CIA. Como ha apuntado más de un escéptico, a veces da pena que TVE no haya emitido Planeta encantado en horario de máxima audiencia: Benítez se basta y se sobra para desenmascararse a sí mismo.

Benítez confunde Prehistoria con Historia y niega la escritura al Egipto de los faraones

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.“Nadie en su sano juicio, y con un mínimo de información, puede aceptar que esta maravilla arquitectónica fuera obra de unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”, dice Juan José Benítez, delante de la pirámide de Keops, en la undécima entrega de Planeta encantado. El ufólogo afirma, en Escribamos de nuevo la Historia, que los egipcios no pudieron levantar la única maravilla de la Antigüedad que ha llegado hasta nuestros días porque, “hace 4.600 años, el valle del Nilo despertaba al periodo Neolítico”. Los habitantes de la región, explica, “se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”. Analfabetos y primitivos. Así eran los egipcios de mediados del tercer milenio antes de Cristo (aC), según Benítez.

Se vuelve a confundir el autor de Caballo de Troya, como cuando sentó a Jesús en el Coliseo romano. En el episodio titulado Mensaje enterrado, Benítez dio un traspié de 50 años; ahora, la metedura de pata es de 3.000 años. El Egipto que describe no se corresponde con el del reinado de Keops (2551-2528 aC), sino con el de mediados del sexto milenio aC, cuando se fecha el comienzo del Neolítico en la región. Hace 4.600 años, Egipto era ya un Estado, unificado bajo un rey-dios -el faraón-, con una compleja organización política y social, y que utilizaba la escritura desde 500 años antes, como poco. Más le hubiera valido al imaginativo autor destinar una mínima parte de los 8 millones de euros que ha costado Planeta encantado a consultar enciclopedias o libros de texto. Así, habría aprendido que los más antiguos ejemplos de escritura jeroglífica que conocemos se remontan a 3100 aC y, por tanto, es falso que los contructores de la Gran Pirámide fueran “unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”. Así, habría aprendido que, para entonces, ya se habían hecho en Egipto grandes obras de canalización y riego, y se había redactado el primer tratado de cirugía, entre otras cosas.

Benítez no cuenta en esta entrega de la serie nada que sitúe la Gran Pirámide -“una construcción incomprensible, un desafío a la razón, una obra que provoca vértigo”- en su contexto histórico y social. Se desprende de su relato que apareció en la meseta de Gizeh de buenas a primeras, sin precedentes, como algo aislado. La tumba de Keops es la pirámide más monumental, pero hay muchas antes. Se trata de la obra funeraria cumbre de un proceso que empieza con el enterramiento bajo un montón de tierra, arena o piedras; prosigue con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; asciende hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra de la Pirámide Escalonada de Saqqarah; se empieza a convertir en auténtica pirámide en la inclinada de Esnefru, cuyo ángulo se corrigió sobre la marcha para evitar el derrumbe; y culmina con la de Keops, la más grande jamás construida. El ufólogo no explica nada de esto, de tal manera que da la impresión de que, de repente, un loco se propuso levantar un edificio de dimensiones colosales en Egipto ¡en plena Edad de Piedra!, no olvidemos el detalle. Pasa por alto la existencia la Pirámide Escalonada de Djoser (2630-2611 aC), un edificio impresionante construido cien años antes que la tumba de Keops, y de otras posteriores porque implican una evolución de métodos y estilos constructivos incómoda para su tesis.

El periodista nos da los números de la Gran Pirámide -siempre apabullantes- y concluye que no pudo construirse durante el reinado de Keops, porque ello habría requerido colocar en su sitio 357 bloques de piedra cada doce horas, uno “cada dos minutos”. “La célebre teoría de las rampas no termina de convencer a quienes hemos tenido el privilegio de pisar la meseta de Gizeh”, dice Benítez, quien no da nombres de esos supuestos expertos que comulgan con sus ideas. Egiptólogos como Mark Lehner, que ha pisado Gizeh muchas veces desde que en 1972 llegó al país de los faraones contagiado por las ideas del vidente Edgar Cayce, discrepan del ufólogo. En su recomendable libro Todo sobre las pirámides (1997), Lehner calcula que los trabajadores -no, esclavos- tuvieron que poner en la Gran PIrámide “la pasmosa cantidad de 230 metros cúbicos de piedra al día, un ritmo de un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Recuerda que Herodoto escribió que el edificio se hizo en 20 años con la participación de 100.000 hombres, pero indica que “es posible -y más creíble- que se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando turnos de tres meses, más que al número total en Gizeh en un momento dado”. El historiador, uno de los más grandes expertos en el Egipto antiguo, cree que el personal permanente podía rondar los 25.000 individuos. “Aunque esto signifique un gran asentamiento, también refuerza la idea de que las pirámides son monumentos humanos, totalmente posibles para los egipcios de la IV Dinastia”, asegura. Todo lo contrario de lo que Benítez mantiene.

El escenario pintado por el novelista incluye, además de un ambiente prehistórico de cosecha propia, a los dioses y semidioses de la lista de soberanos egipcios del Papiro de Turín -por cuya realidad histórica aboga-; la fechación de la Esfinge por el geólogo Robert Schoch hace 10.500 años basándose en que la erosión de la roca sólo la ha podido producir agua de lluvia; la interpretación de un grabado en un huevo de avestruz de hace 7.000 años como una representación de las pirámides de Gizeh y el Nilo; y la idea del ingeniero Robert Bauval de que las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos son un reflejo terrestre de las estrellas del cinturón de Orión tal como estaban hace 12.500 años y, por tanto, datan de entonces. La hipótesis de Schoch ha sido refutada por prácticamente todos los expertos que han examinado sus datos; el intérprete del grabado en el huevo de avestruz es Manuel José Delgado, una aficionado a la egiptología cuyo “mayor interés reside en demostrar que los antiguos egipcios no pudieron construir algunos monumentos de su país por la tecnología aplicada, por los conocimientos anacrónicos que encierran y por el significado de un saber capaz de manejar energías, de tan sutil naturaleza, que sólo los que son capaces de traspasar sus limitaciones pueden descubrir esos centros de poder reservados a los grandes iniciados”; y Bauval es un autor desacreditado, una especie de Erich von Däniken de la egiptología que pone y quita monumentos en el mapa a la caza de constelaciones.

Juan José Benítez yerra en la situación histórica -hablar de Neolítico en la época de Keops es como datar la conquista de la Luna en tiempos de Julio César-, ignora el desarrollo cultural, político y social que llevó desde los túmulos hasta la Gran Pirámide y echa mano sólo de expertos a su medida porque lo que persigue es lo de siempre: vendernos a extraterrestres como autores de lo que es una obra humana. “Ha llegado el momento de ser valiente -dice al final de Escribamos de nuevo la Historia-. Para mí, hace 9.000 ó 10.000 años, quizá más, alguien no humano descendió en el gran jardín, en el Sahara azul, y puso en marcha una gran cultura, una civilización intuida en una lengua, una religión y unas costumbres comunes. Esos seres, esos dioses de cabeza redonda pintados en Tassili, podían proceder de Orión. Y ellos, o sus descendientes, levantaron estas magníficas e imposibles construcciones”, sentencia Benítez. Con el altavoz de Televisión Española (TVE), atribuye una vez más a seres de otros mundos los logros de una civilización no europea. En 2002, la BBC produjo Así se hizo la Gran Pirámide, un magnífico documental que en España emitió Canal Plus en el que se explica cómo los antiguos egipcios construyeron el edificio. Por desgracia, TVE no es la BBC y, al emitir Planeta encantado, respalda la Historia inventada de Benítez, que no desafía a la “arqueología ortodoxa” -como sostiene el ufólogo-, sino a la verdad, el sentido común y las pruebas acumuladas durante siglos, además de insultar a nuestros antepasados.

A ‘Planeta encantado’ se le funden los plomos

La travesía del desierto de Juan José Benítez acaba como empezó: con una burda trampa. Si en El anillo de plata el ufólogo se inventa una historia según la cual, el 16 de julio de 1996, encontró una joya en el fondo del mar Rojo grabada con los mismos signos –IOI o “palo-cero-palo”, en palabras de Benítez- que aparecían en un ovni que aterrizó aquel día en Los Villares (Jaén), el ciclo se cierra en Sahara rojo con una imagen de esos signos en un monumento funerario etrusco. Bueno, eso es lo que quiere hacer creer el director de Planeta encantado al espectador, porque en realidad se ve lo que parece un cero y poco más, ya que, de repente, la piedra bien iluminada deja de estarlo. ¿La razón?

Evidente, que no hay “palo-cero-palo” en la tumba etrusca y sólo oscureciendo la escena se puede engañar al público. Si han grabado el documental en vídeo, podrán comprobar que la inscripción de la pieza del museo italiano no es lo que el autor de Caballo de Troya vende. Ésa es la clave de que, en una serie cuya producción ha costado 8 millones de euros, se fundan los plomos en el momento cumbre. El final de Sahara rojo, la tercera de las entregas dedicadas al inventado misterio de IOI, está precedido, además, por otro de esos momentos ridículos a los que nos ha acostumbrado la serie que emite Televisión Española (TVE). Me refiero a cuando Benítez, quien debería recibir clases de actuación, pone cara de ido para simular una irresistible atracción por la obra en la que luego encontrará el grabado. “Al penetrar en el museo etrusco de la ciudad de Tarquinia, algo extraño y superior a mí me empujó con fuerza hacia uno de los sepulcros”. Sinceramente, da risa.

La conclusión que saca el escritor navarro de su aventura africana es tan espectacular como falsa. Pasan cerca de veinte minutos del último tedioso documental de la trilogía sahariana antes de que el novelador se meta en faena. Tras contarnos que a los bereberes los sacaron del salvajismo seres extraterrestres, ahora pretende convencernos de que el éxodo de ese pueblo, cuando el Sahara se desertizó, está en el origen de los guanches, los vascos, los iberos y los etruscos. Para ello juega con las fechas y los datos a su antojo, ningunea la opinión de los historiadores -¿se han fijado en que la única voz en toda la serie es la del fabricante de misterios?- y da a meras coincidencias valor probatorio. Así, fecha el éxodo de los “desahuciados” del Sahara hace unos 4.000 años y nos muestra en un mapa cuáles fueron los caminos que, según él, siguieron. ¿Qué ocurrió en los más de 1.000 años que pasan desde que salen de África hasta que aparecen los etruscos? ¿Dónde estuvieron los iberos durante 1.500 años? ¿Y los guanches durante casi 2.000? Poco le importa a Benítez que los primeros vestigios de esas culturas daten del siglo IX, V y I antes de nuestra era, respectivamente.

La visión que tiene el ufólogo de la cultura guanche es de una ingenuidad de parvulario. Los indígenas canarios -protagonistas de la mayor parte de este episodio- son los perfectos buenos salvajes. Parecen salidos de un cuento infantil: se trata de “gentes alegres y festivas, amantes de toda suerte de deportes y desafíos”; con una capacidad craneal media de 1.557 centímetros cúbicos, lo que “presupone un importante desarrollo mental”; “una magnífica cultura”; “una raza espléndida y singular diezmada por los españoles” que traslada a las islas “los secretos y costumbres heredados de aquellos encuentros con los cabezas redondas -se refiere a los extraterrestres- en el corazón del paraíso sahariano”… Una admiración que el novelista extiende a los iberos, quienes se asentaron en territorios “ocupados por primitivos y toscos cazadores”, a los etruscos y a los vascos. El objetivo último es presentar a estos pueblos -de origen desconocido, en alguno de los casos- como herederos de alienígenas y portadores de una cultura superior.

Admite Benítez que los historiadores no comparten sus ideas. Si bien nadie niega un origen sahariano a los guanches, la imagen idílica que da de ellos el ufólogo es tan falsa como la historia del hallazgo del anillo y como casi todo lo sorprendente de Planeta encantado. Que dos pueblos distantes tengan entre sus tradiciones la adivinación del futuro, no puede extrañar a nadie, como que entierren a sus muertos acompañados de ajuar o símbolos tan comunes como el palo y el cero se den en tipos de escritura distantes geográficamente. El periodista no es capaz de citar a un historiador de prestigio que apoye sus dislates: lo que dice es producto de su investigación, la misma que le lleva a asegurar que Jesús estuvo en el Coliseo romano en una época en la que, en realidad, el edificio no existía. Para el fabricante de misterios, el mensaje del anillo, la piedra de Los Villares y la inscripción etrusca es el siguiente: “Escribamos de nuevo la Historia”. Para mí, es otro distinto: programas como éste demuestran lo fácil que es engañar a la población, y la necesidad de una comunidad científica comprometida, que no se recluya en su torre de marfil. Doctores tiene la Historia y que casi todos permanezcan en silencio ante tanto disparate sufragado con dinero público dice bien poco a su favor. Se quejan cuando los políticos tergiversan el pasado por votos, pero callan cuando centenares de miles de personas se ven expuestos semanalmente al cáncer de la pseudociencia en TVE.

Seres del espacio “dieron el primer aliento civilizador” a los bereberes

Casi dos horas de documental le ha llevado a Juan José Benítez llegar a la conclusión que muchos intuíamos desde las primeras escenas de El anillo de plata: que los atrasados bereberes le deben todo a los extraterrestres, quienes, “sin duda, les dieron el primer aliento civilizador”. Otra vez recurre a los marcianos el autor de Caballo de Troya para explicar los, para él, inexplicables avances de nuestros antepasados. Antes, el ufólogo intenta maquillar su carcajeante propuesta, hablándonos de un pasado en el cual el Sahara fue un vergel, algo que no ha sabido Benítez gracias a las revelaciones de los marcianos ni a las confidencias que dice que le hace el mismo Dios, sino a la ciencia oficial que habitualmente desprecia. En el noveno episodio de Planeta encantado, nada de lo que afirma el fabricante de misterios sobre el Sahara azul es nuevo; lo único de su cosecha son los alienígenas y su intervención en la historia humana.

Hay tanta ilógica en el razonar del director de la serie que emite Televisión Española (TVE) que resulta difícil entender cómo alguien puede tomarle en serio. Sahara azul es continuación de la anterior entrega y arranca con Benítez enseñando a sus guías de Tassili la piedra que, según Dionisio Ávila, le tiraron unos extraterrestres que estaban a pie de su nave en Los Villares (Jaén), el 16 de julio de 1996. Entre los signos del pedrusco, hay un IOI -“palo-cero-palo”- que coincide con el grabado de un anillo de plata -con nueve palos y otros tantos ceros: IOIOIOIOIOIOIOIOIO– que Benítez asegura haber encontrado en aguas del mar Rojo el mismo día de la aparición del ovni en Andalucía. A partir de ahí, unos expertos cuya identidad no se facilita leen en el anillo las coordenadas de Tassili, a donde monta el periodista navarro una expedición acompañado de su esposa y su hijo fotógrafo, quienes forman parte del equipo de la producción. Y ahí empieza la segunda parte de este viaje previsible, con los guías argelinos diciéndole al ufólogo que en el IOI de la piedra reconocen signos del bereben antiguo. Dada la vulgaridad de los signos –palo y cero aparecen en casi todas las lenguas-, el testimonio de los tuareg sólo demuestra la ingenuidad de Benítez.

Decepcionado por la incapacidad de sus guías para descifrar el mensaje de la piedra -“Una cosa es hablar bereber y otra muy distinta, traducirlo”-, el escritor especula sobre el origen de la lengua tamazight, como se llama en realidad. Los lingüistas no lo tienen del todo claro y aprovecha eso para doblar la Historia a la medida de sus extraterrestres. Cita por el apellido a unos expertos que mantienen que el bereber -oral y escrito- surgió hace entre 8.000 y 10.000 años, y, sin mostrar ninguna de las pruebas “abrumadoras” que asegura tener, sentencia que hay que reescribir la Historia: el bereber es la lengua escrita más antigua, más de 4.000 años antes que la primera escritura cuneiforme de Mesopotamia. Estamos ante un bombazo similar al de las visitas de extraterrestres en platillos volantes, de las cuales Benítez también dice poseer pruebas desde hace casi treinta años. No pierdan el tiempo buscando por ahí algo que corrobore la sorprendente afirmación sobre la escritura bereber porque los primeros textos en ese idioma datan del siglo II antes de nuestra era, aunque eso poco importe al novelista.

Benítez mantiene que la aparición del bereber coincide con la de la ganadería y la agricultura en los pueblos del norte de África y ello le da pie para predicar su buena nueva, una realidad ante la que “es posible que la ciencia sonría burlona”. “Ésta es mi teoría. Hace unos 9.000 años, una o varias civilizaciones no humanas tomaron el centro del jardín del corazón del Sahara como base de operaciones y prendieron la mecha de una nueva Humanidad”, sentencia el ufólogo. Saca a relucir su “instinto” y “larga experiencia como investigador” -los mismos que le llevaron a tomar en Bilbao el canto de un sapo por el sonido de una nave de otro mundo- para argumentar que los marcianos retratados en las pinturas de Tassili hicieron experimentos genéticos para mejorar las razas. A eso se deberían, según él, los animales fantásticos del arte prehistórico de la región, que reflejarían intentos fallidos de crear animales domésticos en el laboratorio. En su delirio, el novelista compara el perfil de un túmulo funerario con el platillo volante fotografiado el 7 de mayo de 1952 en Barra da Tijuca, Brasil. Para el director de Planeta encantado, la escritura bereber antigua, la de la piedra de Los Villares y la del anillo que sólo se cree él que encontró en aguas del mar Rojo “tienen un mismo origen: los gigantes de Tassili”. Lo que no nos cuenta es el final de toda esa historia ya excesivamente alargada en la que los hermanos mayores cósmicos sacan de su ignorancia a los habitantes del norte de África. Se lo reserva para una próxima entrega, ya que ésta acaba con un frustrante “Continuará…”.