Pirámides

La tumba del faraón

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.La Gran Pirámide es la más antigua de las Siete Maravillas del Mundo y la única que ha llegado hasta nuestros días. Se levanta en la meseta de Giza, a las afueras de El Cairo, dentro de un complejo funerario vigilado por una gigantesca esfinge. No es única -hay decenas de pirámides en Egipto y sólo en Giza existen once-, pero sí la más grande: de base cuadrada, con 230 metros de lado, fue durante 3.800 años el edificio más alto del mundo. Sus 146,6 metros originales -ahora mide 138,8- fueron el techo de la arquitectura hasta que en el siglo XIV los superó la catedral de Lincoln (Reino Unido).

Considerada por los historiadores la tumba del faraón Keops, que reinó entre 2551 y 2528 antes de Cristo (aC), hay autores que sostienen, sin embargo, que no fue obra de los antiguos egipcios. “Se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”, argumenta Juan José Benítez en su serie Planeta encantado. Resulta ciertamente difícil de creer que “gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura” construyeran un edificio tan complejo, con pocos centímetros de diferencia entre sus lados, milímetros de desviación respecto a la horizontal y sus caras orientadas casi perfectamente hacia los puntos cardinales.

Ayuda atlante

“La pirámide de Keops tiene esta particularidad, entre otras muchas: su altura en metros multiplicada por mil millones equivale a la distancia Tierra-Sol, es decir, 149,5 millones de kilómetros”, destaca Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). Quienes como el autor suizo mantienen que no la hicieron por sus medios los súbditos del faraón de la IV Dinastía, apuntan a la ayuda de seres de otros mundos y atlantes que les habrían transmitido los conocimientos para acometer la empresa. Una de esas técnicas sería la del ablandamiento de la piedra, que habría ahorrado la extracción y posterior transporte de los más de 2 millones de bloques de unas 2,5 toneladas que se calculan para la Gran Pirámide.

Los piramidólogos dicen que, sin naves extraterrestres, máquinas atlantes o técnicas como la del ablandamiento de la piedra, los antiguos egipcios no podían levantar el edificio. “La tecnología aplicada en esa construcción es tan increíble que sería imposible realizarla con la que utilizamos en la actualidad, y mucho menos con las herramientas de madera y de cobre que existen en el Museo de El Cairo provenientes de la IV Dinastía”, sentencia Manuel José Delgado, un habitual de las revistas esotéricas españolas para quien la Gran Pirámide “ni fue una tumba ni fue construida por Keops”. ¿Qué fue entonces?

Hubo en los años 70 del siglo pasado una fiebre piramidológica, como consecuencia de la publicación de El poder mágico de las pirámides (1974), de Max Toth y Greg Nielsen. El libro incluía una pequeña pirámide roja de cartón -a escala de la Keops- para ponerla debajo de la cama y descansar mejor, meter cuchillas de afeitar en su interior y que duraran más tiempo afiladas o usarla para incrementar la potencia sexual. “Sin duda alguna, los próximos años han de aportar un gran avance en la recuperación de la sabiduría extensiva e intensiva de las pirámides”, auguraban Toth y Nielsen a mediados de los años 70. El tiempo ha pasado y ahora se venden casas piramidales con el mismo fundamento con que se quitan méritos a los humanos de otras épocas.

Una gran potencia

El Egipto de Keops no era el país atrasado que describe Benítez. Era un Estado con una compleja organización política, económica y social, que conocía la escritura desde hacía siglos. Los habitantes del valle del Nilo disfrutaban hace 4.600 años de grandes obras de canalización y riego, y habían redactado el primer tratado de cirugía. La Gran Pirámide fue la obra cumbre de un largo proceso que había empezado siglos antes con los enterramientos bajo un montón de tierra, arena o piedras; continuado con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; ascendido hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra en la Pirámide Escalonada de Saqqarah; y culminado con la de Keops.

El egiptólogo Mark Lehner calcula que los trabajadores -no esclavos- que construyeron la Gran Pirámide tuvieron que poner “un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Herodoto (484-425 aC) escribió que se levantó en 20 años con 100.000 hombres. Lehner piensa que “es posible -y más creíble- que (el geógrafo e historiador griego) se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando en turnos de tres meses, más que al número total en Giza en un momento dado”. Los arqueólogos saben de qué canteras salían los bloques, cómo se trabajaban y cómo se transportaban. Bastaba con el ingenio humano y la tecnología de la época, aunque sí había algo extraordinario: la planificación de todo, desde las cuadrillas en Giza y las canteras hasta el transporte de las piedras, pasando por el suministro de alimentos para los trabajadores, la organización de los almacenes… Un esfuerzo gigantesco para garantizar la vida eterna al faraón.

Ningún estudio ha demostrado, por el contrario, que las piedras de la pirámide de Keops sean artificiales, que platillos volantes las colocaran en su sitio o que echaran una mano a los antiguos egipcios los supervivientes de una civilización desaparecida que pasaban por allí. El poder mágico de las pirámides de Toth y Nielsen sigue siendo, treinta años después, tan esquivo para la ciencia como el monstruo del lago Ness. Y, para encontrar una relación entre cualquier dimensión de un objeto y la distancia de la Tierra al Sol, sólo hay que elegir el dato apropiado: un bolígrafo Bic mide 15 centímetros, la billonésima parte de los 150 millones de kilómetros que nos separan de nuestra estrella. ¿Significa esa mágica relación que es un artilugio extraterrestre?


El libro

Todo sobre las pirámides (2007): Magnífica obra de divulgación del egiptólogo Mark Lehner. Puede complementarse con el documental Así se hizo la Gran Pirámide (2002), de la BBC, que recrea cómo los egipcios levantaron el monumento.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Pirámides en Canarias

Estructuras del Parque Etnográfüco de las Pirámides de Güímar. Foto: Luisa Idoate.

El explorador noruego Thor Heyerdahl descubrió en 1990 el nexo entre las pirámides egipcias y las americanas. Estaba en Güímar, un pueblo de la costa oriental de Tenerife. Era un conjunto de seis estructuras escalonadas, hechas con roca volcánica, que habían pasado desapercibidas para la ciencia hasta poco tiempo antes. Las habían descubierto en 1987 los miembros de la Confederación Internacional Atlántida, un grupo canario de aficionados a lo paranormal, y enseguida habían llamado la atención de los medios de comunicación. Fue así, por la prensa, como Heyerdahl se enteró de la existencia de las pirámides de Güímar.

“Siempre he mantenido que la civilización viajó de Oriente a Occidente, transportada por las corrientes marinas y los vientos alisios”, explicaba el aventurero en 1999, tres años antes de su muerte. Heyerdahl era difusionista: creía que cada cosa se ha inventado sólo una vez en la Historia y después el conocimiento se ha irradiado desde el lugar del hallazgo al resto del mundo. Eso supone que, si hay pirámides a una y otra orilla del Atlántico, es porque la idea y la tecnología para levantarlas se le ocurrió a alguien en uno de los dos sitios y luego viajó hasta el otro. Las pirámides de Güímar, a medio camino, confirmaban, para el aventurero nórdico, esa visión de la evolución de las culturas.

Guanches en América

Heyerdahl organizó durante el siglo pasado varias expediciones para demostrar la posibilidad de contactos transoceánicos en la Antigüedad. Veía los mares como las autopistas por las cuales se había difundido el conocimiento a bordo de embarcaciones como la Kon-Tiki, una balsa de juncos con la que cubrió en 1947 los 7.000 kilómetros que separan Perú del archipiélago polinesio de Tuamotu. Cincuenta años después, las estructuras de Tenerife -que para los lugareños son majanos, meros montones de piedras- le llevaron a pensar que los navegantes que habían cruzado el Atlántico desde Eurasia con el conocimiento necesario para construir ese tipo de edificios pudieron no ser egipcios, sino guanches.

En su aventura canaria, tuvo el apoyo de su amigo el naviero Fred Olsen, cuyos ferries conectan el archipiélago. El multimillonario noruego financió en 1991 unas excavaciones en la plaza central del complejo, que ocupa en total unos 3.000 metros cuadrados. Las dirigieron los arqueólogos María de la Cruz Jiménez y Juan Francisco Navarro, de la Universidad de La Laguna, y no encontraron restos anteriores al siglo XIX. “La excavación arqueológica es contundente en el sentido de ubicarlas (las pirámides) en el siglo pasado”, concluyeron. Los científicos creían que las estructuras eran simples amontonamientos de piedras hechos por los campesinos para liberar suelo cultivable.

Heyerdahl, sin embargo, sostuvo hasta su muerte otra cosa: “Seguramente, bajo ellas se encuentran tumbas guanches”. El ingeniero egipcio Robert Bauval, quien visitó Tenerife en 2001, creía también que las edificaciones habían sido antiguos lugares de culto con conexiones astronómicas. Esta última explicación se agarraba, seguramente, a los estudios de Antonio Aparicio, Juan Antonio Belmonte y César Esteban. Estos tres investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias y la Universidad de La Laguna habían constatado a principios de los años 90 que el conjunto arquitectónico está orientado astronómicamente; aunque en ningún momento habían achacado las edificaciones ni a guanches, ni a atlantes, ni a nada parecido.

Orientación masónica

Bauval y otros autores sostienen que las pirámides de la meseta de Giza se construyeron hace 10.500 años. La misma edad se atribuye a las estructuras canarias en el Parque Etnográfico de las Pirámides de Güímar, que abrió sus puertas en 1998 por iniciativa de Olsen y Heyerdahl. Un vídeo explica al visitante que la pirámide surgió como estructura hace 10.000 años, simultáneamente, en Egipto, América y otros lugares, lo que demostraría una conexión transoceánica en la Prehistoria. Pero es que las pirámides egipcias, que eran tumbas, se remontan a hace sólo unos 4.500 años y las más antiguas americanas, que eran templos, a poco más de 2.000.

Quien únicamente las conoce de oídas puede pensar, además, en las estructuras de Güímar como equiparables a las levantadas por egipcios y mayas. La palabra pirámide evoca imágenes de construcciones gigantescas en el desierto y en mitad de la selva mesoamericana, colosales edificaciones de decenas de metros de alto formadas por grandes bloques de piedra. Frente a eso, el majano más grande de Tenerife mide 50 metros de largo por 16 de ancho, 5 metros de altura y está hecho de roca volcánica sin trabajar. Estructuras similares existen en isla Mauricio, otro archipiélago volcánico, y no se han achacado nunca a desconocidos contactos culturales en la Antigüedad, entre otras cosas porque ningún ser humano vivió allí antes de 1598.

No hacen falta ni atlantes, ni alienígenas, ni egipcios de viaje a América para explicar el origen de las pirámides de Güímar. Son amontonamientos de piedras hechos en el siglo XIX para limpiar un terreno y dedicarlo al cultivo de cochinilla, algo parecido a lo que han hecho los campesinos de isla Mauricio para la caña de azúcar, tal como explican los astrofísicos Antonio Aparicio y César Esteban en su libro Las pirámides de Güímar. Mito y realidad (2005), la única aproximación seria a la historia de los majanos. Lo que no está claro es el por qué de la orientación astronómica del complejo. Aparicio y Esteban sostienen que se debe a que en el siglo XIX el propietario de la finca, el masón Antonio Díaz Flores, habría orientado las estructuras para dotarlas de un significado simbólico ligado a la masonería.


El libro

Las pirámides de Güímar. Mito y realidad (2005): Los astrofísicos Antonio aparicio y César Esteban sacan a la luz la verdadera historia de este presunto misterio canario.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Las pirámides de Güímar, en Punto Radio Bilbao

Almudena Cacho y yo hablamos el 18 de junio en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, de las piramides De Güímar, en la trigésimo cuarta entrega de la temporada 2007-2008 del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al escepticismo.

Benítez confunde Prehistoria con Historia y niega la escritura al Egipto de los faraones

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.“Nadie en su sano juicio, y con un mínimo de información, puede aceptar que esta maravilla arquitectónica fuera obra de unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”, dice Juan José Benítez, delante de la pirámide de Keops, en la undécima entrega de Planeta encantado. El ufólogo afirma, en Escribamos de nuevo la Historia, que los egipcios no pudieron levantar la única maravilla de la Antigüedad que ha llegado hasta nuestros días porque, “hace 4.600 años, el valle del Nilo despertaba al periodo Neolítico”. Los habitantes de la región, explica, “se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”. Analfabetos y primitivos. Así eran los egipcios de mediados del tercer milenio antes de Cristo (aC), según Benítez.

Se vuelve a confundir el autor de Caballo de Troya, como cuando sentó a Jesús en el Coliseo romano. En el episodio titulado Mensaje enterrado, Benítez dio un traspié de 50 años; ahora, la metedura de pata es de 3.000 años. El Egipto que describe no se corresponde con el del reinado de Keops (2551-2528 aC), sino con el de mediados del sexto milenio aC, cuando se fecha el comienzo del Neolítico en la región. Hace 4.600 años, Egipto era ya un Estado, unificado bajo un rey-dios -el faraón-, con una compleja organización política y social, y que utilizaba la escritura desde 500 años antes, como poco. Más le hubiera valido al imaginativo autor destinar una mínima parte de los 8 millones de euros que ha costado Planeta encantado a consultar enciclopedias o libros de texto. Así, habría aprendido que los más antiguos ejemplos de escritura jeroglífica que conocemos se remontan a 3100 aC y, por tanto, es falso que los contructores de la Gran Pirámide fueran “unas gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura”. Así, habría aprendido que, para entonces, ya se habían hecho en Egipto grandes obras de canalización y riego, y se había redactado el primer tratado de cirugía, entre otras cosas.

Benítez no cuenta en esta entrega de la serie nada que sitúe la Gran Pirámide -“una construcción incomprensible, un desafío a la razón, una obra que provoca vértigo”- en su contexto histórico y social. Se desprende de su relato que apareció en la meseta de Gizeh de buenas a primeras, sin precedentes, como algo aislado. La tumba de Keops es la pirámide más monumental, pero hay muchas antes. Se trata de la obra funeraria cumbre de un proceso que empieza con el enterramiento bajo un montón de tierra, arena o piedras; prosigue con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; asciende hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra de la Pirámide Escalonada de Saqqarah; se empieza a convertir en auténtica pirámide en la inclinada de Esnefru, cuyo ángulo se corrigió sobre la marcha para evitar el derrumbe; y culmina con la de Keops, la más grande jamás construida. El ufólogo no explica nada de esto, de tal manera que da la impresión de que, de repente, un loco se propuso levantar un edificio de dimensiones colosales en Egipto ¡en plena Edad de Piedra!, no olvidemos el detalle. Pasa por alto la existencia la Pirámide Escalonada de Djoser (2630-2611 aC), un edificio impresionante construido cien años antes que la tumba de Keops, y de otras posteriores porque implican una evolución de métodos y estilos constructivos incómoda para su tesis.

El periodista nos da los números de la Gran Pirámide -siempre apabullantes- y concluye que no pudo construirse durante el reinado de Keops, porque ello habría requerido colocar en su sitio 357 bloques de piedra cada doce horas, uno “cada dos minutos”. “La célebre teoría de las rampas no termina de convencer a quienes hemos tenido el privilegio de pisar la meseta de Gizeh”, dice Benítez, quien no da nombres de esos supuestos expertos que comulgan con sus ideas. Egiptólogos como Mark Lehner, que ha pisado Gizeh muchas veces desde que en 1972 llegó al país de los faraones contagiado por las ideas del vidente Edgar Cayce, discrepan del ufólogo. En su recomendable libro Todo sobre las pirámides (1997), Lehner calcula que los trabajadores -no, esclavos- tuvieron que poner en la Gran PIrámide “la pasmosa cantidad de 230 metros cúbicos de piedra al día, un ritmo de un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Recuerda que Herodoto escribió que el edificio se hizo en 20 años con la participación de 100.000 hombres, pero indica que “es posible -y más creíble- que se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando turnos de tres meses, más que al número total en Gizeh en un momento dado”. El historiador, uno de los más grandes expertos en el Egipto antiguo, cree que el personal permanente podía rondar los 25.000 individuos. “Aunque esto signifique un gran asentamiento, también refuerza la idea de que las pirámides son monumentos humanos, totalmente posibles para los egipcios de la IV Dinastia”, asegura. Todo lo contrario de lo que Benítez mantiene.

El escenario pintado por el novelista incluye, además de un ambiente prehistórico de cosecha propia, a los dioses y semidioses de la lista de soberanos egipcios del Papiro de Turín -por cuya realidad histórica aboga-; la fechación de la Esfinge por el geólogo Robert Schoch hace 10.500 años basándose en que la erosión de la roca sólo la ha podido producir agua de lluvia; la interpretación de un grabado en un huevo de avestruz de hace 7.000 años como una representación de las pirámides de Gizeh y el Nilo; y la idea del ingeniero Robert Bauval de que las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos son un reflejo terrestre de las estrellas del cinturón de Orión tal como estaban hace 12.500 años y, por tanto, datan de entonces. La hipótesis de Schoch ha sido refutada por prácticamente todos los expertos que han examinado sus datos; el intérprete del grabado en el huevo de avestruz es Manuel José Delgado, una aficionado a la egiptología cuyo “mayor interés reside en demostrar que los antiguos egipcios no pudieron construir algunos monumentos de su país por la tecnología aplicada, por los conocimientos anacrónicos que encierran y por el significado de un saber capaz de manejar energías, de tan sutil naturaleza, que sólo los que son capaces de traspasar sus limitaciones pueden descubrir esos centros de poder reservados a los grandes iniciados”; y Bauval es un autor desacreditado, una especie de Erich von Däniken de la egiptología que pone y quita monumentos en el mapa a la caza de constelaciones.

Juan José Benítez yerra en la situación histórica -hablar de Neolítico en la época de Keops es como datar la conquista de la Luna en tiempos de Julio César-, ignora el desarrollo cultural, político y social que llevó desde los túmulos hasta la Gran Pirámide y echa mano sólo de expertos a su medida porque lo que persigue es lo de siempre: vendernos a extraterrestres como autores de lo que es una obra humana. “Ha llegado el momento de ser valiente -dice al final de Escribamos de nuevo la Historia-. Para mí, hace 9.000 ó 10.000 años, quizá más, alguien no humano descendió en el gran jardín, en el Sahara azul, y puso en marcha una gran cultura, una civilización intuida en una lengua, una religión y unas costumbres comunes. Esos seres, esos dioses de cabeza redonda pintados en Tassili, podían proceder de Orión. Y ellos, o sus descendientes, levantaron estas magníficas e imposibles construcciones”, sentencia Benítez. Con el altavoz de Televisión Española (TVE), atribuye una vez más a seres de otros mundos los logros de una civilización no europea. En 2002, la BBC produjo Así se hizo la Gran Pirámide, un magnífico documental que en España emitió Canal Plus en el que se explica cómo los antiguos egipcios construyeron el edificio. Por desgracia, TVE no es la BBC y, al emitir Planeta encantado, respalda la Historia inventada de Benítez, que no desafía a la “arqueología ortodoxa” -como sostiene el ufólogo-, sino a la verdad, el sentido común y las pruebas acumuladas durante siglos, además de insultar a nuestros antepasados.