¿Hasta dónde llegó el pánico a los marcianos?

Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Los marcianos invadieron la Tierra el 30 de octubre de 1938 con un éxito desigual. Alrededor de 1,7 millones de estadounidenses creyeron en el desembarco alienígena y, de ellos, 1,2 millones «se asustaron o fueron perturbados», según el equipo de la Universidad de Princeton, dirigido por Hadley Cantril, que analizó meses después el impacto de la emisión radiofónica de La guerra de los mundos. Sin embargo, a finales de los años 90, Robert E. Bartholomew, sociólogo de la Universidad James Cook, concluyó que el pánico no tuvo tanta extensión.
La dramatización de La guerra de los mundos escenificada por Orson Welles y el Mercury Theatre para la CBS se ha considerado tradicionalmente uno de los hitos de la historia de la comunicación de masas, la demostración del gran poder que en 1938 tenía la radio. La habilidad de un director y unos guionistas, unas convincentes interpretaciones y unos -hoy, primitivos- efectos especiales habrían hecho que centenares de miles de norteamericanos tomaran una sesión de radioteatro por la transmisión en directo de una invasión extraterrestre.
La guerra de los mundos de Orson Welles era una adaptación de la novela homónima de Herbert G. Wells publicada en 1898, en la que también se basa la película de Steven Spielberg que se estrena hoy en todo el mundo. El original cuenta la historia de un ataque marciano en la Inglaterra victoriana y describe a los invasores como unos seres de «extraño aspecto», con «boca en forma de V» y babeante, tentáculos que no paran de moverse, respiración dificultosa, movimientos lentos y «ojos inmensos». «Todo esto me produjo una sensación parecida a la náusea», advierte el personaje del narrador. Los alienígenas avanzan por la campiña sembrando la destrucción con su rayo ardiente.
'La invasión desde Marte', de Hadley Cantril.La versión radiofónica trasladó la acción a Grovers Mill (Nueva Jersey, Estados Unidos). Allí aterrizaba la primera nave marciana y se abría ante los ojos de Carl Phillips, cuya intervención interrumpía un concierto de Ramón Raquello y su orquesta en el hotel Park Plaza de Nueva York. «Un cuerpo con una giba sale fuera del pozo. Puedo ver un pequeño rayo de luz reflejado en un espejo -indicaba el reportero-. ¿Qué es esto? Algo así como un chorro de fuego sale de ese espejo dirigiéndose hacia los hombres que avanzan. ¿Los golpea! ¿Dios mío, los convierte en llamas!». Poco después, en medio de explosiones, el micrófono del periodista enmudecía y, desde el estudio, un locutor decía: «No nos es posible continuar nuestra radiotransmisión desde Grovers Mill».
«Un enemigo formidable»
Durante el programa, entraron en antena militares, científicos y hasta el secretario de Estado, quien reconocía «la gravedad de la situación» y pedía a los ciudadanos que conservaran la calma y colaboraran con las autoridades para hacer frente a «un enemigo formidable». «Mientras tanto, conservando nuestra fe en Dios, cada uno de nosotros debe continuar cumpliendo con sus deberes, de suerte que nos sea posible oponer a ese enemigo destructor una nación unida, valiente y consagrada a conservar la supremacía humana en esta tierra».
Al final, Orson Welles se despedía recordando que todo había sido una broma de la noche de Halloween. «Hasta la vista a todo el mundo y recuerden, por favor, durante un día o algo así, la lección terrible que aprendieron esta noche. Ese invasor globular, reluciente, que apareció haciendo muecas en las salas de sus casas, es sólo un habitante de la imaginación; y, si llega a sonar el timbre de su puerta y no ven a nadie allí, no crean que fue un marciano… fue el genio travieso que aparece la víspera de Todos los Santos», decía antes de que se anunciara para el domingo siguiente la dramatización de tres novelas cortas.
'La guerra de los mundos' de Orson Welles, en la primera página de 'The New York Times'.«Radioyentes aterrorizados toman una obra de teatro bélica como algo real», rezaba el 31 de octubre el titular principal de The New York Times, que destacaba que muchas personas habían intentado huir del gas marciano, y que la emisora de radio y la Policía habían resultado desbordadas por las llamadas telefónicas. Un escenario apocalíptico que confirmó el estudio de los expertos de la Universidad de Princeton, a cuyos autores hubo gente que declaró haber visto las llamas del campo de la batalla, olido el gas y oído el ruido de los disparos.
Los sociólogos apuntan hoy al poder de los medios no como el causante de la histeria de masas por la retransmisión del ataque, sino como el creador del mito de que una gran parte de la población se tomó en serio la invasión alienígena. Al eco de los medios, se unió en la creación de la leyenda un trabajo científico cuyas conclusiones se antojan ahora alejadas de la realidad. «Existe un creciente consenso entre los sociólogos acerca de que la extensión del pánico, tal como la describió Cantril, fue enormemente exagerada», señala Bartholomew, quien admite, no obstante, que «hay pocas dudas de que muchos americanos resultaron verdaderamente asustados», hasta el punto de emprender la huida del peligro, especialmente en Nueva Jersey y Nueva York.
Los marcianos aterrorizaron a muchos oyentes; pero no a 1,2 millones, sino posiblemente a miles. El equipo de Cantril sólo entrevistó para su trabajo -publicado en forma de libro como The invasion from Mars (1940)- a 135 personas, pocas para extrapolar la cifra apuntada, y escogió los testimonios más coloristas. Y las llamadas a la Policía fueron numerosas, pero muchos telefonearon únicamente para preguntar si lo que escuchaban por la radio era real. Aún así, Welles y el Mercury Theatre demostraron en 1938 que no hace falta que los marcianos existan para que la gente los vea.

Una historia que Welles consideraba aburrida

Mucha gente creyó en La guerra de los mundos por cómo fue presentada. A pesar de los cuatro anuncios que se emitieron durante la obra diciendo que se trataba de un relato de ficción, el formato de programa de variedades interrumpido por conexiones en directo otorgó al relato una gran credibilidad.
Orson Welles temía días antes que la audiencia de la CBS se aburriera ante una «historia tan improbable», que encima sucedía en la lejana Inglaterra. Así que lo primero que hicieron fue cambiar de escenario: los marcianos invadirían Estados Unidos. Faltaban seis días. Howard Koch, que luego fue uno de los guionistas de Casablanca, decidió el lugar del aterrizaje extraterrestre dejando caer a ciegas un lápiz sobre un mapa de Nueva Jersey. Y los nombres reales de poblaciones, calles y edificios -unidos a los ficticios de militares, miembros del Gobierno y científicos- acabaron de hacer creíble la narración. El equipo preparó los efectos especiales e hicieron historia aquella víspera de Halloween.
Publicado originalmente en el diario El Correo.

Obsesión marciana

Millones de españoles vieron, el 13 de febrero de 1983, cómo algo se movía bajo las arenas de Marte junto a una nave espacial humana que había aterrizado en el planeta rojo en 1962. Eran los tiempos de la televisión única y, en el segundo canal de Televisión Española (TVE), Fernando Jiménez del Oso emitía aquel domingo un extraño documental dentro de La Puerta del Misterio. Se titulaba Alternativa 3. Con formato de reportaje de investigación, contaba una historia inquietante, salpimentada con declaraciones de científicos y astronautas. Ante una inminente catástrofe medioambiental, Estados Unidos y la Unión Soviética planeaban evacuar a un grupo de elegidos a Marte, mundo que el hombre había pisado en 1962 y en el cual se había encontrado vida. Los miles de personas que desaparecían cada año en la Tierra eran secuestradas para trabajar como esclavas en la cara oculta de la Luna.
Alternativa 3 ha sido uno de los últimos síntomas de una pasión marciana que se desató cuando Percival Lowell creyó ver en el mundo vecino una red de canales. De una acomodada familia de Nueva Inglaterra (EE UU), el astrónomo aficionado levantó en 1894 un observatorio en Flagstaff (Arizona) y dedicó quince años a cartografiar el planeta. Creía que sus habitantes luchaban por la supervivencia en un Marte que agonizaba -como la Tierra de Alternativa 3– y habían construido las acequias para transportar el agua de los polos al resto de su mundo. Lowell popularizó la idea de la moribunda civilización alienígena en tres libros: Mars (1895), Mars and its canals (1906) y Mars as the abode of life (1908).
La civilización
Percival Lowell, en 1900, mirando por su telescopio de 24 pulgadas.«La obsesión por Marte nace con las primeras observaciones telescópicas del siglo XIX, cuando se ven nubes amarillas, casquetes polares y manchas que sufren cambios estacionales», explica Agustín Sánchez Lavega, planetólogo de la Universidad del País Vasco. Las manchas cambiantes se interpretaron como vegetación -«en realidad, se trataba de movimientos de arena»- y el planeta rojo fue tomando la apariencia de un hermano pequeño de la Tierra, con un periodo rotacional similar -el día tiene 37 minutos más que el terrestre- y una inclinación del eje muy parecida. «Ahí se empezó a cimentar la mitología marciana», indica el astrofísico vasco.
El público de finales del siglo XIX sabía de las maravillas de la ingeniería. El canal de Suez se había inaugurado en 1869, el de Corinto en 1893 y las obras del de Panamá habían empezado en 1880, y le resultaba verosímil que una cultura más avanzada acometiera un proyecto de dimensiones planetarias. Sin embargo, la mayoría de los astrónomos rechazaba la existencia de los canales marcianos. No los veía. Ahora, sabemos que nacieron de la búsqueda, por parte del cerebro humano, de patrones donde no los hay. En este caso, en las manchas estacionales de Marte.
Lowell estaba convencido de que había gigantescas conducciones de agua a cielo abierto y, por eso, las veía. Como apunta Carl Sagan en Cosmos (1980), las acequias marcianas fueron obra de una inteligencia, pero estaba a este lado del telescopio de 24 pulgadas. «De la historia de los canales -imposibles de fotografiar con el instrumental de entonces-, lo que parece que se llegó a ver es Valles Marineris, una fractura geológica de 4.000 kilómetros de longitud y hasta 7 de profundidad», puntualiza Sánchez Lavega. Valles Marineris es un accidente geográfico del tamaño de Estados Unidos.
La invasión
Los marcianos llegaron a la Tierra en La guerra de los mundos (1897), de Herbert G. Wells. Los trípodes alienígenas del novelista inglés no tenían nada que ver con los pacíficos ingenieros de Percival Lowell: protagonizaron la primera invasión extraterrestre de la Historia, que Hollywood recientemente ha recreado en Independence day (1996) y Señales (2002). «Wells estaba al día de las noticias sobre Marte y los canales», señala el crítico y escritor de ciencia ficción Miquel Barceló. Cuarenta años más tarde, millones de norteamericanos sobrevivieron a la invasión cuando Orson Welles y el Mercury Theatre radiaron, el 30 de octubre de 1938, una dramatización de La guerra de los mundos.
Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Marte era, a principios del siglo pasado, el hogar de una civilización con la que se intentaba establecer contacto. El físico serbio Nikola Tesla anunció en 1901 que su detector de Colorado Springs había captado señales de radio cuyo origen podía estar en Venus o Marte y, en los años 20, el italiano Guglielmo Marconi, inventor de la radio, dijo haber recibido emisiones del planeta rojo. El convencimiento era tal que el Ejército de EE UU montó una operación de escucha durante el verano de 1924 en coincidencia con el momento de mayor proximidad de Marte desde 1804. No se pretendía mandar un mensaje -los emisores de la época no eran lo suficientemente potentes-, sino captarlo. No hubo éxito.
La primera sonda que sobrevoló el planeta, la Mariner 4 de la NASA, descubrió en 1965 un mundo muerto. Las veintiún fotografías que transmitió a la Tierra retrataban un Marte desértico, repleto de cráteres y de lo que parecían cauces secos. No fluía el agua, ni parecía que hubiera canales ni vida inteligente, y los seguidores de los platillos volantes -que habían irrumpido en escena en 1947 y a los que algunos atribuían origen marciano- tuvieron que llevar la base de los visitantes más lejos. «Es la Mariner 9, en 1971, la que manda por fin imágenes que borran los canales de Lowell», recuerda Sánchez Lavega. La información enviada por las naves robot acaba con unos mitos, pero surgen otros.
Las ruinas
La cara de Marte fotografiada por la 'Viking 1' en 1976 y por la 'Mars Global Surveyor' en 2001. Fotos: NASA.Una fotografía hecha por el orbitador de la Viking 1 ha sido, durante más de un cuarto de siglo, esgrimida como la mejor prueba de la existencia de una antigua civilización marciana. Tomada desde 1.873 kilómetros de altura el 25 de julio de 1976, en la imagen se ve lo que parece un rostro humano en Cydonia. Está en una región en la que parece que también hay pirámides y otras ruinas. La esfinge fue fotografiada el 8 de abril de 2001 por la Mars Global Surveyor’, cuya cámara es más potente que la del Viking 1, y el misterio se esfumó: allí no hay más que una meseta. «Lo de la cara y las pirámides es lo mismo que lo de los canales», concluye Sánchez Lavega.
Hay quienes hoy en día identifican, en las imágenes tomadas en 1997 por la Mars Pathfinder en Ares Vallis, animales, columnas, grabados, máscaras… La NASA estaría ocultando información. El principal promotor de esta idea es el escritor Richard Hoagland, quien considera la cara de Cydonia parte de un gran complejo arquitectónico. Curiosamente, la agencia espacial estadounidense ha puesto todas esas fotos en Internet -nunca las ha escondido- y únicamente Hoagland y sus seguidores ven en ellas cosas raras.
«Por supuesto, Alternativa 3 -el documental de televisión y el libro- fue una broma, una farsa», admitió Nick Austin, responsable de Sphere Books que contrató en 1977 la edición del libro, en la revista Fortean Times hace cuatro años. En un extenso reportaje, desvelaba cómo el espacio iba a emitirse el 1 de abril de 1977 -Día de los Inocentes en el mundo anglosajón-, pero tuvo que posponerse, identificaba a los actores y se sorprendía de que haya quien crea que en la historia hay algo cierto, como mantienen algunos ufólogos. «La idea de una conspiración podía haberme atraído a los 15 años, pero no ahora. ¿Cómo se consigue que tanta gente guarde silencio? Las conspiraciones de ese tipo se deben a las visiones de cuatro iluminados y de cuatro aprovechados», sentencia Barceló.

Ufólogos en el planeta rojo

Kenneth Arnold, un hombre de negocios estadounidense, vio en junio de 1947 nueve objetos que no supo identificar cuando volaba en su avioneta en el estado de Washington. Habían aparecido los platillos volantes y Marte fue pronto señalado como su origen. El primer humano que aseguró haber hablado con un tripulante de esas naves fue George Adamski, un cocinero de un puesto de hamburguesas de monte Palomar. Ocurrió en 1952 y su interlocutor se llamaba Orthon. Las fotos de tapas de aspiradora hechas por Adamski todavía se incluyen en los libros sobre ovnis como correspondientes a naves alienígenas.
El ufólogo gallego Óscar Rey Brea dijo en 1954 que había descubierto una correlación entre las apariciones de platillos volantes y las épocas de mayor proximidad de Marte y la Tierra. Esta teoría fue asumida por el catalán Antonio Ribera y otros aficionados a los ovnis para los cuales los marcianos viajaban a nuestro planeta cuando ambos mundos se encontraban cercanos, una vez cada veintiséis meses. Tras la llegada a Marte de las primeras sondas, los extraterrestres se trasladaron hasta donde nadie ha llegado jamás.
LOS MÁS GAMBERROS. Los marcianos de Tim Burton no dejaron títere con cabeza.

Pequeños hombres verdes

Los violentos invasores de Herbert. G. Wells se transmutaron a mediados del siglo XX en las víctimas de las Crónicas marcianas (1950), de Ray Bradbury, en las cuales los habitantes del planeta rojo sucumben ante la llegada del hombre. «La de Bradbury es una obra poética sobre el trato con el diferente», indica Miquel Barceló, experto en ciencia ficción y catedrático de Informática de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC).
Edgar Rice Burroughs, el padre de Tarzán, escribió varias novelas ambientadas en el planeta rojo. En Una princesa de Marte (1911), habla de «los hombres verdes de Marte». Se asume habitualmente que ése es el origen de los pequeños hombres verdes que, en la cultura popular, se identifican con los extraterrestres por excelencia y, en la ciencia ficción, con los más molestos alienígenas.
En Marciano, vete a casa (1955), una novela de Fredric Brown, mil millones de chismosos y gamberros visitantes aparecen de repente en nuestro planeta para hacer judiadas a todo aquél que se cruza en su camino. Son pequeños hombres verdes, como los protagonistas de Mars attacks (1996), película que sirve a Tim Burton para hacer una despiadada crítica de la sociedad estadounidense, ridiculizando como pocas veces a los inquilinos de la Casa Blanca.

Marte humano

El hombre se ha adaptado a Marte con diferentes estrategias: en Homo plus (1977), de Frederik Pohl, transforma su cuerpo para sobrevivir; en la trilogía Marte rojo (1993), Marte verde (1994) y Marte azul (1996), Kim Stanley Robinson cambia el planeta; y, en Marte se mueve (1993), máquinas moleculares ayudan al ser humano a sobrevivir en un entorno hostil. «Mucha gente ha puesto historias en Marte en estos últimos años», dice Barceló, para quien Misión a Marte (2000), de Brian de Palma, es una película «muy digna».
El planetólogo Agustín Sánchez Lavega cree que la exploración intensiva de Marte llevará décadas. Sin embargo, algunos de los enigmas científicos puede que empiecen a resolverse pronto gracias a misiones como la europea Mars Express, que llega al mundo vecino mañana. «La ciencia ficción tendrá que llevarse la frontera a otra parte», advierte Barceló. Habrá otros planetas, pero no serán Marte.
Publicado originalmente en el diario El Correo.