Leyendas urbanas

Prensa y revistas científicas crearon el mito de que el humo del tabaco es 23 veces más tóxico en el coche

La creencia de que fumar en el coche es 23 veces más tóxico para los acompañantes que hacerlo en otros entornos cerrados carece de fundamento a pesar de que la han repetido desde 1998 numerosos medios, revistas científicas y organizaciones antitabaco, revela en su último número el Canadian Medical Association Journal (CMAJ). Dos investigadores australianos han revisado la bibliografía científica y comprobado que el dato no está basado en los resultados de ningún estudio, sino en una nota de prensa. “En una búsqueda exhaustiva de la literatura relevante, no hemos podido localizar ninguna fuente científica para esta comparación. Dado que la prohibición de fumar en los coches está ganando fuerza a escala internacional, el uso de este dato a favor del control del tabaco en los medios de comunicación presenta posibles problemas de credibilidad”, advierten Ross MacKenzie y Becky Freeman, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Sydney y autores del trabajo. Aseguran que existen suficientes pruebas de los riesgos del tabaco en los coches para los fumadores pasivos como para no tener que recurrir a un dato sin base real a la hora de impulsar prohibiciones.

Cuando en 2008 hacía un estudio sobre una campaña lanzada en Australia para legislar contra fumar en los coches, Freeman se encontró con que muchos medios de comunicación argumentaban que el humo de segunda mano “es 23 veces más tóxico en un vehículo que en casa”, por lo reducido del espacio. Los autores se pusieron entonces a buscar la fuente del dato y descubrieron que era una nota de prensa emitida en noviembre de 1997 por una organización antitabaco de Colorado que, a su vez, citaba como origen de la cifra un estudio científico de 1992 que, en realidad, no incluye el dato de que el humo de cigarrillos sea dentro de un coche “23 veces más tóxico”. El dato de la nota de prensa impactó a la senadora Dorothy Rupert, que se basó en él en enero de 1998 para apoyar una posible prohibición en Colorado de fumar en coches con niños. “Ella se enteró que fumar es 23 veces más tóxico dentro de un vehículo que en una casa y 8,5 veces más tóxico que en un avión, por la reducción de espacio”, escribió un periodista el 10 de enero The Rocky Mountain News, un diario de Denver.

Poco después, un editorial de la revista Tobacco Control citaba la anécdota y, como fuente, al periódico de Denver: “Después de enterarse de que fumar en un vehículo es de 23 veces más tóxico que en una casa y 8,5 veces más tóxico que en una aeronave debido al menor espacio, la senadora de Colorado Dorothy Rupert (demócrata de Boulder) presentó un proyecto de ley para imponer una multa de 56 dólares a los adultos que fumen en vehículos donde viajen menores de 16 años”. A partir de ahí, la mentira siguió repitiéndose hasta convertirse en una verdad asumida por muchas revistas y organizaciones científicas. En 2003, la recogió la revista Nicotine and Tobacco Research; en 2004 se dio por verdad en un informe de la Asociación Médica de Ontario; en 2005 la usó el ministro de Sanidad de la Columbia Británica y se hicieron eco de ella numerosos medios; y desde entonces la han repetido organizaciones antitabaco, medios de Europa y Estados Unidos, entidades como la Asociación Médica Australiana y la Fundación Europea del Pulmón, y revistas como el European Respiratory Journal (2009).

Los autores llaman la atención sobre el hecho de que el uso de ese falso dato puede ser empleado como munición por quienes se oponen al control del tabaco y piden que se deje de utilizar como argumento de los riesgos para los fumadores pasivos. Añaden, además, que hay suficientes pruebas de que fumar en el coche conlleva, aun con las ventanillas abiertas, un aumento de las partículas en suspensión por encima de las concentraciones máximas recomendadas por la Agencia para la Protección del Medio Ambiente (EPA) de EE UU y, por tanto, es un entorno perjudicial para la salud.

‘CSI: NY’ investiga la leyenda del triángulo del Empire State

Fotograma del episodio de 'CSI: NY' en el que se cita el triángulo del Empire State.

Los alrededores del Empire State registran un misterioso apagón electrónico: los coches se paran, los semáforos se apagan, las radios y los móviles dejan de funcionar, un chalado va gritando por la calle que oye frecuencias y un guarda jurado muere en extrañas circunstancias dentro de un furgón blindado. Así arranca El triángulo, décimo episodio de la quinta temporada de CSI: NY, en el cual el equipo de investigadores dirigido por Mac Taylor (Gary Sinise) se enfrenta a la leyenda sobre el entorno del famoso rascacielos neoyorquino. Al final -no sigan leyendo quienes no hayan visto el capítulo-, la muerte del agente de seguridad por la explosión de su marcapasos y todos los demás hechos extraordinarios se deben al uso de un arma experimental por unos ladrones de bancos. Algo casi tan sorprendente e improbable, todo hay que decirlo, como la existencia del triángulo del Empire State. El golpe a la leyenda se da cuando, a más de 380 metros sobre Manhattan, Taylor, Danny Messer (Carmine Giovinazzo) y Sheldon Hawkes (Hill Harper) miden las emisiones de las antenas trasladadas al edificio después del 11-S y, tras no registrar nada anormal, el primero dice: “Somos culpables de crear una leyenda urbana, pero este edificio no es culpable de asesinato”. Y así CSI: NY no abandona el mundo real, con todas las licencias obvias que se tiene que tomar una serie, claro.

Cada vez es más común que algunos productos de ficción, como parte de la trama, desmonten leyendas urbanas o creencias sobrenaturales. Lo han hecho, que me acuerde ahora, en Mentes criminales, con los crímenes satánicos; en New Amsterdam, con la falsa memoria; en Boston legal, con la cienciología y la religión en general; y en El mentalista, con los dotados de poderes paranormales, al gual que en Psych. Es cierto que son más las series que giran en torno a lo paranormal desde un punto de vista crédulo, pero casi todas esas producciones coinciden en situarse abiertamente al margen de la realidad, desde Expediente X hasta Fringe, pasando por Entre fantasmas, Médium

Iker Jiménez y el crononauta que nunca existió

Un joven arrollado por el tren en Santiago de Compostela en mayo de 1988 se acaba de llevar por delante otro trozo de la credibilidad de Iker Jiménez, el periodista de lo extraño que se tragó la historia del cosmonauta fantasma y ha proclamado repetidamente que la aldea de Ochate fue un pueblo maldito. Jiménez especulaba hace nueve años, en su libro Enigmas sin resolver (1999), con la idea de que la víctima fuera un viajero en el tiempo, “un individuo que había surgido de la nada, apareciendo repentinamente en la caja de la vía sin que nadie lo hubiera visto rondando por el lugar”. Ahora, la Policía ha descubierto -no está claro si gracias al ADN o a las huellas dactilares- que los restos del llamado Caminante de Boisaca corresponden a Óscar Ortega, un joven de 22 años desaparecido en la primavera de 1988.

“La de Óscar Ortega es una historia real que, sin embargo, ha servido para nutrir la imaginación de medios de comunicación y fabricantes de misterios paranormales”, destaca hoy Estela Eiré en El Correo Gallego. La muerte del Caminante de Boisaca ha sido durante años fruto de disparatadas especulaciones por parte del misteriólogo de Cuatro, quien acostumbra a teñir de paranormalidad la crónica negra cuando no tiene un suceso sobrenatural con el que poner caras de asombro.

Ficha de Óscar Ortega en la asociaicón Inter-SOS.

Según la versión más extendida, hacia las 23 horas del 5 de mayo de 1988, el expreso Ría Altas circulaba por las proximidades de Santiago de Compostela, con destino a Madrid cuando al tomar una curva el maquinista vio cómo aparecía de la nada una silueta humana sobre las vías. El individuo caminaba de espaldas al tren, agitando los brazos. El conductor hizo sonar las señales acústicas, pero el viandante no se apartó y, justo antes de ser arrollado, volvió la cabeza hacia el tren. El cuerpo, partido por el abdomen, quedó sobre las vías. Correspondía a un varón sin documentación y con más de 16.000 pesetas en los bolsillos. Desfigurado, ha permanecido sin identificar hasta ahora.

El caso de Rudolph Fentz

En Enigmas sin resolver, Jiménez sentencia que, a la hora de explicar el suceso, “las hipótesis lógicas fallan en su totalidad”, así que él se inclina por una “aventurada”: “El salto en el tiempo y el espacio, ya que no son pocos los sucesos que se cuentan de personas aparecidas repentinamente en un lugar sin saber ni de dónde ni cómo han llegado allí. Un ejemplo clave y muy bien documentado de esa posibilidad lo encarna el suceso protagonizado en el verano de 1950 por el comerciante norteamericano Rudolf Fenz”. Resumiendo, un hombre fue víctima de un atropello mortal en la Quinta Avenida neoyorquina en junio de 1950. Su atuendo parecía sacado del siglo XIX, llevaba moneda que ya no estaba en circulación y tarjetas de visita a nombre de Rudolf Fenz o Rudolph Fentz, dependiendo de la versión de la historia.

Al final, la Policía descubrió que alguien del mismo nombre había desaparecido misteriosamente en 1876. “Todas las personas presentes en el accidente aseguraron que aquel individuo fue atropellado repentinamente, surgiendo casi instantáneamente bajo el automóvil, sin dar tiempo a reaccionar al conductor”, escribe Jiménez. A partir de ahí, él y otros vendedores de misterios han presentado el atropello neoyorquino de 1950 como una prueba de la presencia de viajeros temporales entre nosotros. Lo han hecho con tanto fundamento como en el caso del Caminante de Boisaca porque el origen de la historia de Fentz está en un cuento de ciencia ficción de Jack Finney, el autor de la famosa novela Los ladrones de cuerpos (1955). Según averiguó en su día el estudioso de lo paranormal Chris Aubeck, un editor sin escrúpulos e interesado en el esoterismo publicó en 1953 un relato del accidentado viajero temporal de Finney sin permiso y haciéndolo pasar por la narración de un hecho real. A partir de ahí, la leyenda cobró visos de realidad entre los aficionados a lo oculto del Viejo Continente. Ésa es la realidad del suceso de 1950, un caso “muy bien documentado”, en palabras de Jiménez.

Él y su equipo de Cuarto milenio demostraron hace un par de años en Cuatro que no ponen límite a la imaginación cuando de lo que se trata es de engordar un misterio como sea. Vean, si no, como el forense de guardia del programa, José Cabrera, especula con que El Caminante de Boisaca fuera un deficiente psíquico que hubiera vivido encerrado durante años: “Todo esto (dice respecto al retrato robot) da la sensación de que es un retraso mental congénito”. Óscar Ortega estaba preparando unas oposiciones a la Seguridad Social cuando desapareció. Un día, salió de su casa de Castelldefels y dejó a su madre una nota en la que le decía que se iba de vacaciones. Nunca le volvió a ver. Se convirtió en uno más de los 14.000 desaparecidos de los que hay constancia en España y, para su desgracia y la de su familia, en objetivo indirecto de los fabricantes de misterios.

‘Cuarto milenio’ se enfrenta a posibles demandas por convertir en criminal de guerra a un ingeniero alemán

El abogado canario Juan Carlos Winter va a emprender acciones legales contra los periodistas Eric Frattini e Iker Jiménez y la cadena Cuatro después de que, en el programa Cuarto milenio, el primero acusara a su padre de haber sido carcelero en los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau. Me enteré a través de Héctor Fajardo y Alfonso Ferrer, quienes dieron la noticia en Crónicas del Misterio el viernes tras localizar y hablar con Juan Carlos Winter. Gracias a ellos, he podido conversar hoy por teléfono con el abogado canario, quien se ha reafirmado en lo declarado a Crónicas del Misterio respecto a la falsedad de las afirmaciones de Frattini.

Cuarto milenio dedicó gran parte de su entrega del 6 de abril a los nazis refugiados en España tras la Segunda Guerra Mundial. Los tertulianos fueron cuatro colaboradores habituales del programa, incluido un Frattini a quien Jiménez presentó como un erudito en la materia. En un momento determinado, Frattini citó a Gustav Winter -de quien se vio una foto en pantalla-, y dijo que había sido carcelero en los Auschwitz-Birkenau y después se había retirado a vivir en Fuerteventura en una casa de la península de Jandía que ahora, según el periodista, es “un hotel o una residencia de ancianos”. Ningún contertulio le corrigió, a pesar de tratarse de expertos, según Jiménez. “Seguramente, demandaré a todo el mundo, a Eric Frattini, a Iker Jiménez, al programa, a la cadena… Voy a demandar a todos a no ser que me inviten al programa a dar mi versión de los hechos y hagan una rectificación pública. Todo lo que han dicho es mentira”, advierte Juan Carlos Winter.

Gustav Winter nació en 1893 en Alemania y llegó en 1912 a nuestro país, donde acabó sus estudios de Ingeniería. A partir de ese momento, participó en la construcción de centrales eléctricas por toda España, incluidas las islas Canarias, que pisó por primera vez en 1926 y donde murió en 1971. Pronto descubrió la peninsula de Jandía, en Fuerteventura, donde se instaló a comienzos de los años 30. “Mi padre ayudó a hacer las primeras centrales eléctricas de España y en Fuerteventura hizo mucha obra social. Cuando yo era pequeñito, a comienzos de los años 60, hizo en la parte trasera de nuestra casa de Morro Jable un comedor infantil en el que que comían todos los niños del pueblo a diario. Comían unos 300 niños por turnos. Todo, pagado por mi padre”, recuerda Juan Carlos Winter, quien añade que su madre había sido enfermera durante la Guerra Civil en Madrid y en Fuerteventura atendía a los lugareños, curándoles y haciendo las veces de comadrona.

Refugio de submarinos

Después de la Segunda Guerra Mundial, se extendión la leyenda de que la casa citada por Frattini había sido edificada por Winter como refugio para las tripulaciones de los submarinos alemanes mientras éstos se reparaban, y de que túneles secretos comunicaban el inmueble y la playa extremos ambos negados por el hijo del ngeniero. “El mar es tan bravo en la zona de Cofete, donde está la casa, que no es la más apropiada para una base de submarinos”. Además, hay un incómodo inconveniente temporal a tan peliculero escenario: el edificio se empezó a levantar en 1946.

La leyenda, sin embargo, “se ha ido alimentando con el tiempo, sobre todo tras la publicación del libro Fuerteventura, de Alberto Vázquez Figueroa. Vázquez Figueroa, en su novela ambientada en los años de la Segunda Guerra Mundial, sitúa en la isla majorera unas instalaciones secretas alemanas, a las que llegarían los submarinos a través de una cueva y que, a la postre, constituirían una zona de descanso para las tripulaciones, cuando no, una suerte de burdel donde se celebraban fiestas hasta altas horas de la madrugada”, escribía Alfonso Ferrer en septiembre en Crónicas del Misterio. “En Cuarto milenio, dijeron que la casa es una residencia o un hotel, cuando no se llegó a terminar, nunca vivió nadie y esta en ruinas. Es una invención de principio a fin”, sentencia el abogado canario.

Asegura que “está muy bien documentado” que su padre pasó toda la Segunda guerra Mundial en España. Ante el hartazgo por los rumores que desde hace años vinculaban a Gustav Winter con la Alemania hitleriana, sus familiares pidieron “hace diez o doce años” un certificado al respecto al Centro Simon Wiesenthal. Esta organización tiene registrados a todos los criminales de guerra nazis y, según el abogado canario, ha certificado que su padre “no hizo el servicio militar en Alemania ni existe la más mínima sospecha de colaboración con los nazis”.

Juan Carlos Winter era hasta ahora espectador habitual del magacín esotérico de Cuatro porque “pensaba que había un minimo de rigor. Ahora me pregunto si en todo lo demás que dicen no habrá la misma falta de rigor que en el caso de mi padre”. Basta recordar los casos del cosmonauta fantasma, la leyenda de Ochate y la conexión Lincoln-Kennedy para poner en su justo término la credibilidad de Cuarto milenio, aunque seguramente ninguno de esos episodios se incluya en la colección de DVD que vende cada lunes El País.