Adiós al premio del millón de dólares de James Randi

El mago James Randi.Me enteré a través de la web de Fortean Times el lunes de la semana pasada y la verdad es que es una pena: el ilusionista y escéptico James Randi ha anunciado en Swift, su boletín electrónico semanal, que el reto de premiar con un millón de dólares a quien demuestre que tiene poderes paranormales acabará el 6 de marzo de 2010. La razón es que la Fundación Educativa James Randi (JREF), que tiene ese dinero «muy conservadoramente invertido», quiere hacer con él cosas que sirvan a sus objetivos y no dejarlo paralizado a la espera de que aparezca un mirlo blanco. Es lógico; pero una pena.
Como muchos otros, conozco el premio de Randi desde su nacimiento hace diez años y, además, me involucré activamente en una versión anterior en la que escépticos de todo el mundo nos comprometíamos por escrito con Randi a aportar cada uno un mínimo de 1.000 dólares a un fondo común. Siempre pensé que era la apuesta más segura que había hecho en mi vida. Los diez años del posterior Reto del millón de dolares de la JREF me lo han confirmado. La anunciada suspensión del premio es una pena porque durante el tiempo que se ha ofrecido ha demostrado con su mera existencia la falsedad de quienes dicen tener poderes paranormales.
A partir del 6 de marzo de 2010, no podremos animar al embaucador de turno a que pruebe sus afirmaciones extraordinarias a cambio de un millón de dólares o, si no, se calle. Pero tambien es verdad que para entonces habrán pasado doce años con ese dinero a disposición de los dotados que el mundo habitan sin que ninguno de ellos se lo haya ganado, y que todavía podremos retar a los charlatanes a aspirar a ese millón durante otros dos años. Me apuesto 1.000 dólares a que ninguno se lo lleva.

Los cazadores de mitos y la ciencia

Jamie Hyneman y Adam Savage son dos tipos divertidos. Desde octubre de 2003, se dedican en Discovery Channel -canal 62 de Digital +- a poner a prueba leyendas urbanas y comprobar si son ciertas o falsas. Cazadores de mitoses una de esas delicias que parecen abocadas a ser ignoradas por los programadores de los canales generalistas. Lo tiene todo para pasar un buen rato. Es un espacio de bricolage y de destrucción, salpicado con los razonamientos de sus protagonistas, profesionales del campo de los efectos espciales que idean artilugios y situaciones de lo más variadas para ver qué hay de cierto en esas historias que mucha gente da como ciertas no se sabe muy bien por qué. ¿Es posible que…? es la pregunta que plantean al inicio de cada episodio y a la que acabarán respondiendo sí o no, según las pruebas.
Estos dos simpáticos excéntricos -que participaron, por cierto, en el último de los encuentros escépticos organizado por el ilusionista James Randi– tienen un desgraciado compañero, Buster, al que someten a todo tipo de torturas. No se asusten. Buster es un muñeco que lo mismo viaja en un ascensor en caída libre que sale catapultado por los aires o se ve envuelto en llamas. Porque, como decía el martes John Schwartz en The New York Times, lo de los cazadores de mitos es hacer que las cosas exploten, ardan, choquen… Schwartz se pregunta en el reportaje si el espacio es el mejor programa de ciencia que hay en la televisión. Para mí, si no lo es, está muy cerca. Hyneman y Savage parten en cada episodio de verdades admitidas y las comprueban experimentalmente en procesos regidos por la lógica, la imaginación y el ingenio. Al final, hay mitos que desmontan y otros, los menos, que resultan no serlo. Así, han comprobado si un niño puede salir volando colgado de globos cargados de gas, si se puede reflotar un barco con pelotas de ping pong, si la voz humana puede romper el cristal, si es posible herir a alguien lanzándole un naipe… Su éxito radica en que todo el proceso de cada experimento es divertido y, como dice Hyneman en The New York Times, en que «no tienen ninguna pretensión de enseñar ciencia». Lo cierto es que lo hacen y de un modo magistral.

La doblez del doblador de cucharas

«Recuerdo que hizo algún tipo de maniobra mental que dio como resultado una cuchara doblada. Sin embargo, que me leyera la mente y otras cosas que él dice que tuvieron lugar, simplemente, no es verdad». Quien habla es Henry Kissinger; de quien habla es de Uri Geller. A mediados de los 80, el supuesto psíquico afirmaba haber puesto sus poderes al servicio de la CIA y haber hallado, contratado por multinacionales, importantes reservas minerales. Al igual que el ex secretario de Estado norteamericano, la CIA y directivos de Pemex y de la sudafricana Anglovaal Corporation negaron cualquier relación con el dotado. Su carrera como asesor psíquico era tan ficticia como sus poderes.
Geller tuvo en su desembarco en España en 1975 mejor suerte que en Estados Unidos y eso le ha rodeado en nuestro país de un halo de misterio. Mientras que ante José María Íñigo hizo alarde de todas sus habilidades -desde doblar cucharas hasta poner en marcha relojes-, cuando su anfitrión televisivo fue Johnny Carson no dio una. «Fallé delante de 40 millones de personas», admite. Se estrelló con todo el equipo en el Tonight Show de la NBC por la sencilla razón de que Carson, ilusionista aficionado, le sometió a un estricto control para evitar cualquier truco. Porque eso es lo que hace Geller: usa cucharas preparadas; lee el movimiento del extremo superior del lápiz con el que dibuja otra persona lo que va él a adivinar telepáticamente; mueve una brújula con un imán escondido; distrae a su interlocutor y dobla una llave contra la pata de una silla… Y la gente pica. No en vano, como indica el escéptico Martin Gardner, «Geller tiene una abrumadora ventaja sobre cualquier mago: actúa como psíquico».
De hecho, Geller huye de los ilusionistas desde que en 1973 hizo una demostración de sus dotes en la redacción de Time sin saber que actuaba ante James Randi. El mago duplicó sus poderes, «demostrando -según Leon Jaroff, redactor de la revista- que sólo eran necesarias unas manos rápidas y psicología». Pero ni eso, ni que empezara su carrera como ilusionista en salas de fiestas israelíes, ni que en 1974 confesara que recurría a la magia a veces «con objeto de aumentar la fama y el dinero», o que su agente Yasha Katz reconociera en 1978 que empleaba trucos y cómplices para sacar adelante sus actuaciones, mina la fe de quienes, como en 1976 Arthur Koestler, mantienen que «Uri presenta desde luego un 25% de fraude y otro 25% de showman, pero el 50% restante es auténtico».
Publicado originalmente en Muy Especial.