Hipersensibilidad electromagnética

“Mujeres ‘burka’ españolas”: ‘El Mundo’ alimenta la histeria electromagnética

Ángela Jaén se suicidó en su casa de Pinto (Madrid) el 28 de noviembre. Tenía 65 años y se quitó la vida porque no podía aguantar más el sufrimiento que, según ella, le causaban las ondas de radiofrecuencia. “El velo de metal que llevaba mi madre le ayudaba, lo malo es que la pobre ya se había contaminado demasiado, debido a la antena de telefonía que tenía a 60 metros de su piso. Sufría unas convulsiones espantosas, su cuerpo se había convertido en una pila”, contaba el domingo en El Mundo uno de sus hijos, Ángel Martin. El terrible suceso servía de pretexto para hacer una apología periodística de la histeria electromagnética, basada en declaraciones de afectadas y opiniones de un vendedor de remedios y de un investigador cuyo prestigio científico es más que cuestionable.

Reportaje sobre afectadas de 'hipersensibilidad electromagnética' publicado por 'El Mundo'.“Mujeres ‘burka’ españolas” parte del suicidio de Ángela Jaén para sacar a la luz “el drama diario y desconocido de varias docenas de españolas afectadas de muerte por las ondas electromagnéticas”. El autor asume que hay en nuestros país unos 300.000 electrosensibles -no sabemos de dónde saca la cifra-, personas con alergia a “las ondas que vomitan las antenas de telefonía, los móviles, los teléfonos inalámbricos y la redes Wi-Fi”. Al exponerse a ellas, estos individuos -en su mayoría, mujeres- sufren dolores de cabeza, mareos, insomnio, eczemas, vómitos… “Las redes inalámbricas de Internet o los repetidores de móviles cercanos nos abrasan”, declara una afectada. Y el periodista, Paco Rego, toma partido por el bando erróneo, el de unas mujeres cuyo padecimiento es indudablemente real, aunque la causa no sea la que ellas creen y El Mundo abandera.

La hipersensibilidad electromagnética es un supuesto mal que hace que algunas personas padezcan una gran variedad de síntomas debidos, según ellas, a la exposición a las ondas de telefonía y de instalaciones inalámbricas, líneas de alta tensión… Sin embargo, un metaanálisis titulado “Electromagnetic hypersensitivity: a systematic review of provocation studies” (Hipersensibilidad electromagnética: una revisión sistemática de los estudios de provocación), publicado en 2005 en Psychosomatic Medicine, revista de la Sociedad Americana de Medicina Psicosomática, examinó 31 estudios hechos a 725 afectados de hipersensibilidad electromagnética y descubrió que 24 trabajos no daban ninguna prueba de la existencia de la patología y que, de los 7 aparentemente restantes, los resultados de 3 se debían a errores estadísticos, los de otros 2 eran mutuamente incompatibles y los de 2 no habían podido ser replicados, algo básico en ciencia. Los autores determinaron que la presunta enfermedad “no está relacionada con la presencia de campos electromagnéticos”, aunque quienes dicen padecerla sufran efectos muy reales cuyas causas tendrían un origen psicosomático.

Es la misma conclusión a la que llega un documento de la Organización Mundial de la Salud de junio de 2011, según el cual nadie ha conseguido probar “que la exposición a campos de radiofrecuencia de nivel inferior a los que provocan el calentamiento de los tejidos tenga efectos perjudiciales para la salud” ni “que exista una relación causal entre la exposición a campos electromagnéticos y ciertos síntomas notificados por los propios pacientes, fenómeno conocido como hipersensibilidad electromagnética“.

Testimonios de afectados; nada más

En el reportaje de El Mundo no se cita ninguna de estas fuentes ni, por supuesto, se presenta ningún estudio que confirme los dañinos efectos de las emisiones de radiofrecuencia porque, simplemente, no los hay. Sus dos páginas se dedican a contar lo que sostienen las afectadas -cuyo drama nadie niega- y quienes se lucran vendiéndoles todo tipo de remedios. Lo más cerca de la ciencia que se aproxima el texto es cuando cita al “investigador Dominique Belpomme, de la Universidad París-Descartes, una de las voces más autorizadas en radiaciones”, de quien se dice que el 14 de junio en Roma sentenció que “los campos electromagnéticos provocan importantes efectos en el cerebro, alteran la comunicación entre las neuronas del sistema nervioso y modifican la sangre”.

Lamentablemente, Belpomme no sólo no es “una de las voces más autorizadas en radiaciones”, sino que además, según revelaba en mayo de 2011 el blog Ministry of Truth, tontea con la pseudociencia hasta el extremo de ser un activista contra la fluoración del agua potable e invitado de honor en congresos de medicina ayurvédica. Que ostente la presidencia de la Asociación para la Investigación y Tratamientos contra el Cancer (Artac) tampoco es algo a destacar, dado que esa entidad fue creada por él y es una plataforma para la promoción de sus ideas, creencias y persona. Dar crédito a Artac tiene todas las pintas de ser como hacerlo a la World Association for Cancer Research (WACR), que, a pesar de lo que pueda parecer por el nombre, es una organización pseudocientífica española presidida por José Antonio Campoy, un periodista para quien el cáncer puede ser un mecanismo de defensa del cuerpo, que defiende que el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) no es el causante del sida y que publicó un libro con sus entrevistas a un extraterrestre.

Si se despoja del burka al reportaje dominical de El Mundo, no queda nada. Sólo declaraciones de afectadas, sobrecogedoras, pero que no demuestran que su padecimiento tenga una causa orgánica y, mucho menos, que ésta sean las ondas de radiofrecuencia. Lo dije hace tiempo y lo repito. La hipersensibilidad electromagnética existe únicamente en la medida en que hay gente que cree que la sufre, como pasa con las posesiones demoniacas, y se aprovechan de ella pseudocientíficos y vendedores de productos inútiles. Estos últimos hacen su agosto gracias a la ingenuidad de las víctimas y, también, al periodismo irresponsable y alarmista que, ante una afirmación extraordinaria, cae rendido en brazos del charlatán de turno que le da titulares increíbles y nunca consulta con científicos de verdad porque la historia se iría abajo. Dejar a los electrosensibles en manos de supuestos expertos en ese mal es como abandonar a alguien que se cree poseído por el Diablo ante el crucifijo de un exorcista.

La Muestra de Cine de Medio Ambiente de Vitoria fomenta la histeria electromagnética y la anticiencia

El Centro de Estudios Ambientales (CEA), un organismo dependiente del Ayuntamiento de Vitoria, ha programado dentro de la Muestra de Cine de Medio Ambiente de la capital alavesa la proyección el 28 de noviembre de un documental realizado por los promotores del pánico electromagnético en España. La cinta La red nociva, dirigida por Ariel Achútegui Suárez, es una producción de Vealia TV, empresa que forma parte de un entramado de entidades con sede social en el 6º derecha del número 36 de la calle Príncipe de Vergara, en Madrid. Ese grupo de sociedades y fundaciones se dedica, entre otras cosas, a fomentar la histeria electromagnética, vender servicios de asesoría legal a presuntos afectados por las ondas de radiofrecuencia y comercializar todo tipo de artilugios de protección ante una amenaza, en realidad, inexistente.

El documental es un producto contra el programa Escuela 2.0, iniciativa puesta en marcha por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero que persigue la implantación de las tecnologías de la información en las aulas mediante redes Wi-Fi, y cuya variante vasca es el programa Eskola 2.0. Todas las pruebas se reducen a testimonios de presuntos expertos, sindicalistas, políticos, supuestos afectados y dos médicos que los tratan. Así, entre los primeros, destacan José Miguel Rodríguez, de la Fundación para la Salud Geoambiental -una de las firmas del entramado del que forma parte Vealia TV-, Agustín Bocos, que se presenta como abogado ambientalista, y Miguel Solans, un médico de atención primaria al que graban delante de una cristalera con especialidades como acupuntura y homeopatía. Los sindicalistas hablan sin conocimiento de causa, e Izquierda Unida hace una demostración de populismo y analfabetismo anticientífico. Únicamente, un representante del PSOE da una visión realista del estado de la cuestión.

José Miguel Rodríguez, de la Fundación para la Salud Geoambiental, en 'La red nociva'.“Es como si todos nuestros niños estuvieran dentro de un gran horno microondas, con una intensidad, lógicamente, inferior. Pero, considerando también que están en un proceso de desarrollo neurológico, la afectación es mayor que en las personas mayores”, dice el médico de atención primaria, quien sostiene que ha habido un aumento de patologías infantiles directamente relacionadas con la exposición a las fondas de radiofrecuencia. Algo falso, porque nadie ha demostrado que las emisiones Wi-Fi tengan efecto orgánico alguno. Pero eso no importa cuando de lo que se trata es de sembrar el pánico, como hace Joaquim Fernández-Sola, médico del hospital Clínico de Barcelona que trata a pacientes de las inexistentes hipersensibilidad electromagnética y química, enfermedades tan reales como las posesiones demoniacas.

En La red nociva no habla ni un científico. Ni uno. Y, por supuesto, los participantes no presentan ni una prueba de lo que afirman. ¿Por qué? Porque, sencillamente, no pueden. Y es que, después de miles de estudios y varias décadas, no hay ninguna prueba de que el miedo a las ondas de radiofrecuencia tenga más base real que el anterior a que los hornos microondas provocaran cáncer. Todo lo que dicen en este documental los supuestos expertos, médicos y afectados son mentiras, medias verdades y creencias en beneficio del negocio del miedo. Hay gente que cree estar físicamente enferma por la exposición a emisiones Wi-Fi y ondas de telefonía, pero todas las pruebas apuntan a que sus males tienen un origen mental y como tal tienen que tratarse. ¿Que hay médicos que los atienden como si sus mal tuviera un origen orgánico? Lógico. Puede que también estén confundidos. O que no. Como apuntaba en 2007 años Pepe Cervera, “las enfermedades se pueden inventar, y una vez inventadas siempre hay quien acaba por sugestionarse hasta enfermar y quien se beneficia de curarlas”.

Flaco favor hace el CEA al programar este despropósito dentro de la Muestra de Cine y medio Ambiente de Vitoria. La red nociva es un producto equiparable a esos documentales en los que se sostiene que el VIH no es la causa del sida, que las plantas piensan o que los atentados del 11-S se planificaron dentro del Gobierno de Estados Unidos. Como alternativa a este disparate conspiranoico y anticientífico, les dejo aquí el capítulo de Escépticos titulado “¿Las ondas del mal?”, en el que, por cierto, hablan científicos:

‘La Sexta noticias’ alimenta la quimiofobia y la histeria electromagnética, otra vez

Se coge un congreso pseudocientífico organizado por entidades que venden remedios a males inexistentes, se entrevista a un par de supuestos expertos y a un par de pobres afectados, y el resultado es una pieza sobre sensibilidad química múltiple (SQM) e hipersensibilidad electromagnética que ejemplifica el peor periodismo gilipollas, el más irresponsable y sensacionalista. La presentadora advierte al espectador de que “la gran mayoría de estudios dice que eso (las sustancias químicas de síntesis y las ondas de los móviles y la Wi-Fi) no nos afecta”, y el redactor apunta al final que “los críticos con estos trastornos dicen que todo está en la mente”; pero toda la pieza está confeccionada en sentido contrario. Ocurrió el sábado en La Sexta noticias y me enteré gracias a Félix Moreno Gómez. No es algo nuevo. Ya cansa. Pero no por eso hay que dejar de denunciar la desinformación campante en algunos medios cuando se habla de este tipo de patologías.

Detrás del denominado VI Congreso Internacional de Medicina Ambiental, celebrado en Madrid el pasado fin de semana, no hay instituciones científicas, sino organizaciones que se dedican al negocio de asesorar a presuntos afectados, defenderles legalmente, hacer auditorias medioambientales y venderles todo tipo de cachivaches frente a una amenaza inexistente, además de clínicas alternativas con sus correspondientes tratamientos mágicos. Así, por ejemplo, la estrella de las jornadas fue el médico estadounidense William Rea, a quien tanto Europa Press como La Sexta presentaron como pionero de la medicina ambiental y de quien dijeron que ha tratado a más de 30.000 pacientes.

Lo que no contó ninguno de esos medios es que, ay, en 2007 la Junta Médica de Texas acusó a Rea de utilizar tests pseudocientíficos, hacer diagnósticos erróneos, practicar tratamientos “irracionales”, no informar a sus pacientes de que lo que hace no está probado y ejercer especialidades para las que no está preparado, tal como indica Stephen Barrett. Encima, el reportaje sostiene que la lucha contra la química de síntesis y el electromagnetismo recuerda la vivida contra el tabaco, como si los peligros de este hábito los hubiesen descubierto charlatanes como Rea y no científicos de verdad como los que no consulta La Sexta. Y, por supuesto, da por bueno que en España hay unos 300.000 afectados por SQM e hipersensibilidad electromagnética, cifra inventada por quienes rentabilidad estas dos nuevas enfermedades con origen, según ellos, en el maldito progreso, en la despiadada industria química y en las voraces operadoras telefónicas.

Mi momento preferido es cuando la presentadora del informativo limita la emisión de ondas de mal a los móviles y las redes Wi-Fi. ¿Por qué no incluye las de la televisión?, ¿qué las excluye de ser nocivas para la salud? Lo dije hace unos meses y lo repito: el quid de la cuestión en el asunto del miedo electromagnético y la quimiofobia es el mismo que en el caso de cualquier otra conspiranoia, que algunos ganan mucho dinero explotando la credulidad popular y que los periodistas, a veces, abdicamos de nuestro deber, traicionamos al público y hacemos publicidad a estos vendemotos por ignorancia, pereza o conseguir un titular llamativo. Todos los ensayos clínicos apuntan a que la SQM y la hipersensibilidad electromagnética son dolencias de origen psicosomático. Esta pieza de La Sexta noticias es un trabajo al servicio de quienes se inventan enfermedades para luego vender curas inexistentes a las mismas, y explotan el dolor de personas que sufren de verdad, como las dos mujeres que ofrecen sus testimonios. Periodismo irresponsable a más no poder.

Reiki contra la sensibilidad química múltiple, un remedio mágico contra un mal imaginario, en La 2

Mujer que cree padecer SQM se somete a reiki en la Escuela del Bienestar. Foto: TVE:

Todavía no me había recuperado de la visión de Javier Arenas Power Balance en alto durante el mitín de cierre de campaña de las elecciones andaluzas, cuando he presenciado en La 2, a primera hora de la tarde, un quimiofóbico reportaje en El Escarabajo Verde. Este espacio se presenta como un programa de “documentales sobre medio ambiente, sostenibilidad, naturaleza”; pero, por lo que he visto, está en realidad dedicado a fomentar la ecolatría y el alarmismo anticientífico. Hoy, han hablado de cómo la exposición a sustancias químicas de síntesis provoca en algunas personas una amplia variedad de síntomas: dolores de cabeza y articulares, problemas respiratorios, náuseas, fatiga… Es lo que se llama el síndrome de sensibilidad química múltiple (SQM).

“¿Conoce a alguien que se siente fatal al oler perfumes, gasolina, insecticidas o productos de limpieza? En España, 300.000 personas padecen sensibilidad química múltiple (SQM). Y ni la Sanidad pública la trata ni los médicos la conocen”, puede leerse en la presentación de esta entrega de El Escarabajo Verde. El programa, que pueden ver aquí, da por hecho que la SQM “la provocan el progreso tecnológico y la industrialización descontrolada en que vivimos”, y que poco menos que hay una conspiración para que la Sanidad pública no cubra su tratamiento. Los autores del reportaje sostienen, en contra de toda la evidencia científica, que es una enfermedad que “se contrae por exposiciones a insecticidas, herbicidas o productos de limpieza”, y que no es una patología mental. Sin embargo, los ensayos clínicos apuntan a que la SQM es una dolencia de origen psicosomático, al igual que la denominada hipersensibilidad electromagnética y las posesiones demoniacas.

Ecobola e imposición de manos

En El Escarabajo Verde, han dado hoy la espalda el veredicto de la ciencia para presentar al espectador sólo testimonios de afectadas, de médicos que las tratan en sus consultas privadas, y de centros donde las pacientes se someten a terapias energéticas como el reiki y les recomiendan el uso de la ecobola para lavar la ropa. Visiten ustedes la web de la denominada Escuela del Bienestar, alabada en el reportaje, y comprueben cómo ese centro ofrece una variedad de pseudoterapias para tratar a esta gente que incluyen la osteopatía energética celular; el reiki; el zen; la terapia reconectiva; la meditación; la terapia Homa… Los reporteros del programa, tan naturales ellos, dan por buenas todas esas chifladuras y la palabra de las enfermas. No dudo de que esas mujeres lo estén pasando mal; pero no hay ninguna prueba de que su calvario tenga un origen orgánico. Todo lo contrario.

Al igual que ocurre con la hipersensibilidad electromagnética, las pruebas científicas apuntan a que la SQM existe únicamente en la medida en que hay gente que cree que lo sufre. Y, obviamente, en cuanto hay quien cree que padece una patología, hay quien asegura paliarla. ¡Siempre habrá alguien dispuesto a ganarse la vida inventándose tratamientos para enfermedades inexistentes! Como en el caso del pánico electromagnético, también los expertos en la SQM optan por hacer negocio antes que por publicar investigaciones en revistas científicas. El momento más alucinante de este anticientífico y sensacionalista reportaje -titulado “SQM, la agresión invisible”- está al final, cuando las cámaras muestran a enfermas sometiéndose a reiki, imposición de manos, en la Escuela del Bienestar en Montcada i Reixac (Barcelona). Está claro: el mejor tratamiento para un mal imaginario es la magia.

Las pruebas de doble ciego han demostrado que los pacientes con sensibilidad química múltiple reaccionan igual ante placebo que ante los supuestos agentes químicos que les causarían el mal. O, lo que es lo mismo, que no hay una causa orgánica detrás del síndrome. Ronald Gots, un especialista que ha revisado los historiales de más de un centenar de enfermos, describe la SQM como la etiqueta puesta a gente que no se siente bien por una variedad de razones y que comparte la creencia de que la culpa es de su sensibilidad a los productos químicos, según recoge Stephen Barrett, experto en la crítica de las pseudomedicinas. Gots añade: “La SQM desafía cualquier clasificación como enfermedad. No tiene características consistentes ni una causa uniforme, ni características mensurables u objetivas. Existe porque el paciente cree en ella y hay un médico que confirma esa creencia”. Barrett, por su parte, recuerda que la minoría de médicos que cree en la SQM se corresponde con los llamados ecológicos o expertos en medicina ambiental, profesionales cuyas prácticas se sitúan en los límites de la medicina, cuando no son abiertamente pseudocientíficas.

Hace una semana, ETB hacía apología de la antivacunación; hoy, TVE la hace de una enfermedad inexistente y de quienes tratan a los no-enfermos. Para llorar.