Hipersensibilidad electromagnética

Sensibilidad química múltiple: una etiqueta alarmista para una enfermedad que no existe

Hay personas que dicen que las sustancias químicas sintéticas les ponen enfermas. No las tóxicas, sino cualquier sustancia a nivel muy por debajo del considerado seguro. Sufren tanto que llegan a tener que aislarse del plástico, de los colorantes, de las fibras sintéticas… Del mundo artificial. Padecen, según algunos médicos, un mal consecuencia de la vida moderna: la sensibilidad química múltiple (SQM). La identificó en los años 50 el alergólogo estadounidense Theron G. Randolph, quien en 1965 fundó lo que hoy es la Academia Estadounidense de Medicina Ambiental. De vez en cuando, la dramática historia de uno de estos enfermos salta a los medios, como un aviso del futuro que nos espera. ¿O no?

Reportaje de 'El Mundo', sobre Elvira Roda, afectada de sensibilidad química múltiple.El diario El Mundo contaba ayer el calvario de Elvira Roda, de 38 años y que hace diez “cayó aquejada de sensibilidad química múltiple (SQM) mientras trabajaba como diseñadora en el Instituto de Tecnología Cerámica de Castellón, coincidiendo con una desratización que se hizo con los empleados dentro”. La joven estuvo internada varios meses en un centro de salud ambiental de Dallas (EE UU) y, en 2008, Francisco Hernando, El Pocero, la trasladó a España en su avión privado, “higienizado para la ocasión”. Vive ahora en un búnker, minimizando el contacto con todo aquello que pueda provocarle una crisis, episodios que se caracterizan, en su caso, por “fotofobia, taquicardias, sequedad glandular, fibromialgia, espasmos pulmonares, estragos en los sistemas inmunológico y digestivo”. Y gasta 4.000 euros mensuales en una medicación “sin conservantes ni colorantes” que le traen de Andorra. Un auténtico drama; aunque la enfermedad no exista como tal. Porque la SQM no ha sido claramente definida, no se ha propuesto ningún mecanismo creíble que la provoque, ni ha habido un solo caso demostrado científicamente. Lo único que hay es un variado conjunto de síntomas que paciente y supuestos expertos identifican como causados por el mal.

“Muchas personas con diagnóstico de SQM sufren mucho y son muy difíciles de tratar. Las investigaciones bien diseñadas sugieren que la mayoría de ellos tienen un desorden psicosomático por el que desarrollan múltiples síntomas en respuesta al estrés. Si esto es cierto -y creo que lo es- los pacientes de la ecología clínica corren el riesgo de diagnósticos erróneos, malos tratamientos, explotación financiera y retrasos de la atención médica y psiquiátrica. Además, las compañías de seguros, los empleadores, otros contribuyentes y, en definitiva, todos los ciudadanos se ven asediados por dudosas afirmaciones de invalidez y daños. Para proteger al público, las juntas estatales de licencias [médicas] deberían analizar las actividades de los ecólogos clínicos y decidir si la calidad general de su cuidado es suficiente para que se mantengan en la práctica médica”, resume Stephen Barrett, experto en pseudomedicinas y pseudoterapias. No es una opinión aislada, sino la mayoritaria en la comunidad científica. Y es que, sesenta años después de haber sido supuestamente identificada por Randolph como una nueva enfermedad, hay las mismas pruebas que entonces de la realidad de la SQM: ninguna.

La mejor terapia, no creer

Los estudios científicamente controlados han revelado que quienes creen padecer SQM sufren los mismos síntomas ante sustancias químicas sintetizadas en el laboratorio que ante placebos. Así, tras revisar 37 estudios, J. Das-Munshi, G.J. Rubin y S. Wessely, del Instituto de Psiquiatría de Londres, concluyeron en 2006 que los pacientes reaccionan ante las sustancias químicas “cuando pueden discernir las diferencias entre las sustancias activas y simuladas, lo que sugiere que el mecanismo de acción no es específico de la propia química y podría estar relacionado con las expectativas y creencias previas”. El origen de la enfermedad estaría en la mente de los enfermos, como pasa en el caso de la llamada hipersensibilidad electromagnética, otro inexistente mal de la sociedad moderna cuyo tratamiento ya han convertido en negocio algunos.

“El fenómeno de la sensibilidad química múltiple es una manifestación peculiar de nuestra tecnofóbica y quimiofóbica sociedad. La han rechazado como enfermedad orgánica la Academia Estadounidense de Alergia e Inmunología, la Asociación Médica Estadounidense, la Asociación Médica de California, el Colegio Estadounidense de Médicos y la Sociedad Internacional de Toxicología y Farmacología”, escribió el químico, toxicólogo y farmacólogo Ronald E. Gots en la revista Clinical Toxicology en 1995. Tampoco la Organización Mundial de la Salud la reconoce como una enfermedad. Para Gots, quien ha examinado las historias clínicas de decenas de afectados, la SQM es “una etiqueta para las personas que no se sienten bien por una variedad de razones y que comparten la creencia de que la culpable de su mal es la sensibilidad química”. Y añade: “Existe [la enfermedad] porque el paciente lo cree y un médico valida esa creencia”. Si usted no cree en la SQM, que es una especie de alergia al mundo artificial que nos permite vivir más y mejor que nuestros antepasados, no la sufrirá.

Los que refuerzan la creencia en esta no-enfermedad suelen ser ecólogos clínicos y médicos ambientalistas, especilidades ambas tan reconocidas como la de reikiólogo, y también periodistas atraídos por las erróneamente denominadas historias de interés humano, que se han convertido en el cajón de sastre para todo tipo de tecnofobias. Si usted quiere formarse su propia opinión sobre la SQM, puede empezar por la Wikipedia, pero evite la versión española, donde la información sobre muchas supercherías y charlatanes roza el compadreo, y consulte la versión inglesa, mucho más completa y rigurosa.

Lo que todo periodista debería tener claro al hablar del peligro de las ondas de telefonía y de Wi-Fi

Hay en España un entramado de entidades que explotan el pánico electromagnético. Forman parte de él Geosanix, la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano y la Fundación para la Salud Geoambiental, entre otras. Obsesionadas con que las ondas de radiofrecuencia provocan terribles enfermedades, en contra de todas las pruebas científicas, comparten sede en el 6º derecha del número 36 de la madrileña calle Príncipe de Vergara. Como si fueran una hidra, juntas, pero a la vez separadas, fomentan el miedo electromagnético y hacen negocio de él: venden artilugios para frenar las ondas y ofrecen asesorías legales y medioambientales a quienes se consideran afectados por patologías como la hipersensibilidad electromagnética, tan real como las posesiones demoniacas. Lamentablemente, cuentan, a la hora de extender la histeria, con la colaboración de periodistas que ignoran cómo funciona la ciencia, que lo más cerca que han estado de un científico ha sido viendo Frankenstein y que están abiertos a dar por buena cualquier afirmación extraordinaria sin reclamar las pertinentes pruebas. Un ejemplo de ello es el reportaje titulado “¿El Wi-Fi perjudica la salud?”, que hoy publica La Vanguardia.

La autora, Raquel Quelart, sostiene que “diversos especialistas y algunas asociaciones ciudadanas han empezado a exigir más precaución con el uso del Wi-Fi y las nuevas tecnologías”; que la puesta en marcha del programa Escuela 2.0 “motivó a algunos padres a crear la plataforma Escuela Sin Wi-Fi”; que, según los expertos, “la normativa es muy permisiva”; que ningún estudio ha encontrado relación alguna entre ondas de telefonía y cáncer, pero que deben hacerse más investigaciones; que la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha incluido las emisiones de radiofrecuencia “como posible carcinógeno para los humanos (Grupo 2B)”; y acaba con una serie de recomendaciones de sus expertos para minimizar los posibles efectos de la exposición a estas radiaciones, dadas “las incógnitas” que existen al respecto.

Reportaje sobre el peligro de la Wi-Fi publicado en 'La Vanguardia'.

No es la primera vez que un gran medio español cae en las redes de los promotores del pánico electromagnético. En marzo, la revista SModa, que se distribuye los sábados con el diario El País, publicó un reportaje titulado  “¿Dormir con el móvil en la mesilla de noche? No, no, no”, con un largo subtítulo no menos inquietante: “La contaminación invisible de móviles y redes WiFi puede dejarte en vela. Numerosos estudios relacionan una prolongada exposición a radiaciones con el agotamiento de los sistemas de autorregulación de los seres vivos”. El texto se basaba en información procedente del entramado conspiranoico de la calle Príncipe de Vergara. De hecho, la única voz que se escuchaba en todo el reportaje era la del zahorí Fernando Pérez -que se suele hacer llamar geobiólogo porque queda como más serio-, presidente de Geosanix. Hoy, en La Vanguardia, la autoridad es otro zahorí, “Joan Carles, López, experto en geobiología y radiaciones del hábitat”, que tacha la normativa actual sobre las emisiones electromagnéticas de “muy permisiva.

Hay cosas que todo periodista español debería tener claras al hablar de emisiones electromagnéticas y sus efectos:

1. No hay que dar ningún crédito a una información cuya fuente sean Geosanix, la Organización para la Defensa de la Salud, la Fundación Vivo Sano, la Fundación para la Salud Geoambiental o cualquier otra sociedad de su órbita. Estas entidades son organizaciones pseudocientíficas que fomentan histerias interesadamente, ya sean contra las ondas de radiofrecuencia o contra productos químicos inocuos. Inventarse una enfermedad, convencer a la gente de que la tiene, o puede tener, y venderle un remedio inútil puede ser un magnífico negocio.

2. Escuela Sin Wi-Fi no es una plataforma independiente, y mucho menos una iniciativa de “algunos padres”, sino una creación de la Fundación Vivo Sano. El núcleo duro de Escuela Sin Wi-Fi lo componen esa entidad y sus organizaciones hermanas del número 36 de la calle Príncipe de Vergara. La plataforma alardea en su web de contar con el apoyo de grupos de zahorís y ecologistas, y entre las organizaciones que la respaldan están Plural 21 y la World Association for Cancer Research (WACR). La primera niega que el VIH cause el sida, defiende que lo mejor para curarse del cáncer es dejar que la enfermedad evolucione sin tratamiento alguno, está contra los transgénicos, y aboga por el uso del agua de mar como alimento y medicina, entre otros disparates. La WACR es una entidad anticientífica impulsada desde la revista Discovery DSalud, publicación que comparte las ideas de Plural 21 respecto al sida y el cáncer.

3. Un geobiólogo no es un científico; sino un brujo. Geobiología es la denominación mediante la cual el zahorísmo o radiestesia pretende hacerse pasar por ciencia ante los legos. Lo cierto es que sus practicantes carecen de formación y titulación científica. No son ni biólogos ni geólogos. Son zahorís que han sustituido las varillas de madera de sus antepasados por máquinas que hacen ping, como en su día los astrólogos empezaron a vender horóscopos confeccionados por ordenador. Consultar a un geobiólogo sobre los riesgos de las emisiones electromagnéticas es como pedir asesoría a un quiromántico sobre un problema de salud. Un geobiólogo es un zahorí cuyo negocio se basa en la extensión del pánico electromagnético, y todo reportaje en el que el guía sea uno de estos personajes es pura pseudociencia.

4. No hay ninguna prueba de que las ondas de telefonía provoquen cáncer ni ninguna otra dolencia. Ése es el consenso científico, que se basa no en acuerdos subjetivos, como el político, sino en la evidencia teórica y experimental acumulada. “Los resultados de estas investigaciones epidemiológicas (se refieren a las de los últimos veinte años) son muy consistentes y tranquilizadores, y han llevado a la OMS y al Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos a decir que no hay evidencia concluyente o consistente de que la radiación no ionizante emitida por los teléfonos celulares esté asociada con un mayor riesgo de cáncer”, sentenciaban en julio de 2011 John D. Boice y Robert E. Tarone, del Instituto Internacional de Epidemiología de Estados Unidos, en un editorial en el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo.

5. No hay ninguna prueba de que la hipersensiblidad electromagnética exista fuera de la cabeza de los enfermos y de los intereses de quienes hacen negocio del miedo. La OMS -que ha redactado varios esclarecedores documentos sobre campos electromagnéticos y salud pública– admitió en diciembre de 2005 que hay personas que dicen sufrir problemas de salud por su exposición a los campos electromagnéticos y que los síntomas son no específicos (enrojecimientos de la piel, sensación de quemazón, fatiga, palpitaciones, náuseas…), aunque pueden llegar a resultar discapacitantes. Pero concluyó que “no hay bases científicas para vincular la hipersensibilidad electromagnética con la exposición a los campos electromagnéticos”. Los expertos de verdad -no los geobiólogos- consideran, a partir de las pruebas, que la hipersensiblidad electromagnética es una patología de origen psicosomático.

6. No existe ningún mecanismo biológico conocido por el cual las emisiones de un móvil puedan provocar mutaciones en el ADN. “El riesgo para la salud es cero o lo más parecido a cero. Son tan peligrosas como escuchar la radio. No hay ningún estudio publicado en una revista científica en el que se haya demostrado algún efecto nocivo. Si lo hubiera, sería de premio Nobel. Significaría que toda la física del siglo XX está confundida y, entonces, ¿cómo se explica que el hombre haya llegado a la Luna y los aviones sigan volando y no se caigan?», suele preguntarse el biofísico vasco Félix Goñi, premio Euskadi de Investigación 2002. Ténganlo presente.

7. La ondas de telefonía son para la IARC tan cancerígenas como el café. Es verdad que la IARC catalogó en mayo de 2011 las radiaciones del teléfono móvil “como posiblemente cancerígenas para humanos”; pero también lo es que, en la comunidad científica, nadie se explica las razones de esa decisión cuando los propios autores del estudio reconocían que se basaban en pruebas limitadas e inadecuadas. La decisión de la IARC fue política y nunca ha habido pruebas científicas que la sustenten, como quedó demostrado cuando publicaron el correspondiente informe en la revista The Lancet Oncology. En nuestro país, el entonces secretario general de Sanidad, José Martínez; la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC); el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), Emilio Alba, y el presidente de la Fundación Instituto Valenciano de Oncología (IVO), Antonio Llombart, no dieron crédito alguno a ese dictamen desde el principio. Ni lo dan ahora. En el grupo de carcinogenicidad 2B, en el que la IARC ha incluido las ondas de telefonía, también está el café.

8. Muchos científicos -físicos y biólogos- prefieren no hablar con periodistas sobre ondas de telefonía y cáncer por miedo a los antiantenas. La razón es que esos colectivos antiantenas son muy hostiles y no dudan en amenazar, incluso mediante anónimos en el buzón, a quien defiende posturas científicas frente al alarmismo. Si un periodista quiere hablar sobre este tema con algún investigador, lo mejor es que se ponga en contacto con el departamento de Prensa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Si lo desea, también puede recurrir al Círculo Escéptico, algunos de cuyos socios y colaboradores son destacados investigadores y divulgadores.

9. El entramado de entidades que explotan el pánico electromagnético cuenta con algunos científicos aislados que apoyan sus puntos de vista, como José Luis Bardasano, de la Universidad de Alcalá de Henares, y Joaquim Fernández-Solà, del hospital Clínic de Barcelona. Al igual que la presencia de un geobiólogo, la intervención de Bardasano o de Fernández-Solà en un reportaje lo despoja de toda credibilidad científica.

10. Los epidemiólogos tenían que haber detectado hace tiempo un  aumento de los cánceres cerebrales vinculado al incremento del uso del móvil y la Wi-Fi si las ondas de radiofrecuencia fueran tan nocivas como mantienen los promotores del pánico electromagnético. Además, debería haber numerosos artículos en la literatura científica sobre pruebas del peligro de las ondas y el mecanismo biológico por el que alterarían el ADN. Si alguien le habla del aumento de ciertas patologías y de los efectos nocivos de las ondas de telefonía y de Wi-Fi, pídale los artículos en los que se basa para sostener eso y, si es necesario, recurra a un experto en la materia para que los examine.

Cada maestrillo tiene su librillo, pero creo que este decálogo podría evitar algunos disgustos, ¿no?

‘La buena onda’: sale a la venta una biblia para los antiantenas, antiWi-Fi y antitorres de alta tensión

“Del mismo modo que acudimos al médico para hacernos chequeos periódicos y cuidar nuestra salud, deberíamos tomar conciencia de cómo puede afectarnos dormir sobre una corriente de agua. En La buena onda, Pere León nos da las claves para crear espacios saludables y disfrutar de una vida sana y feliz”. Estas dos frases encabezan el dossier de prensa que Grijalbo acaba de remitir de un libro que saldrá a la venta en unos días y que tiene todos los boletos para convertirse en la biblia de los antiantenas, antiWi-Fi y antitorres de alta tensión, y expandir aún más el pánico electromagnético.

El arquitecto de interiores y radiestesista Pere León.Pere León, autor de La buena onda, es arquitecto de interiores -decorador- y geobiólogo. Aunque lo parezca por el nombre, la geobiología de León no es ninguna ciencia, sino el viejo zahorismo o radiestesia rebautizado para venderse mejor. De hecho, él dice haberse formado en la Asociación de Estudios Geobiológicos (GEA), cuyos miembros abogan por el uso de la radiestesia -con varillas o péndulo- para “evaluar fenómenos como la calidad biótica de un lugar o la influencia de alteraciones de origen físico como las corrientes de agua, las redes telúricas, las fallas, etcétera” y “otras alteraciones menos conocidas, como las llamadas memorias de las paredes, susceptibles igualmente de afectar a la salud”. “En definitiva, a través de la radiestesia se podrá determinar qué lugares garantizan mejor el desarrollo armónico de la vida”, sentencian. El zahorismo, la radiestesia, la geobiología o como se llame en un futuro no es sino un arte adivinatoria, brujería.

El recién estrenado escritor dice que la disciplina que cultiva “estudia las relaciones entre los seres vivos y los diferentes tipos de ondas a los que estamos sometidos: las naturales (corrientes de agua, ondas magnéticas) y las artificiales (torres de alta tensión, routers-WiFi, móviles, inalámbricos, antenas de telefonía etcétera). El geobiólogo es quien detecta las geopatías, alteraciones energéticas de un lugar que pueden dar lugar a problemas de salud de las personas que trabajan o habitan en él”. Por supuesto, las geopatías son un cuento chino; pero eso es lo de menos cuando de lo que se trata es de hacer caja. Y León, claro, rentabiliza tanta mala onda a través de su estudio Habitatsalut: “Somos un equipo de arquitectos geobiólogos dedicados a crear espacios saludables. Solucionamos radiaciones perjudiciales para la salud de casas y oficinas, y ayudamos a las personas a vivir en un ambiente sano”.

'La buena onda', de Pere León.Cuenta que descubrió la geobiología cuando se mudó de casa, y él, su esposa y sus dos hijos empezaron a dormir mal. “Nos levantábamos agotados, con la sensación de no haber descansado. Después de visitar varios médicos, alguien nos recomendó un geobiólogo, que vino a estudiarnos las radiaciones. Con unas medidas correctivas muy sencillas, resolvimos el problema y volvimos a descansar”. Según la publicidad de la editorial, todo lo que tuvieron que hacer fue cambiar la orientación de las camas para que se obrara el milagro. León dice que no es alarmista y añade, acto seguido, que puede recomendarnos “algunas medidas preventivas para evitar males mayores como la lipoatrofia, la electrosensibilidad, sin olvidar una mayor predisposición al cáncer”. Ahí queda eso.

Ojalá me confunda, pero, visto el entusiasmo mediático por los promotores de la histeria antiondas, este decorador geobiólogo lleva camino de convertirse en el mesías español de esa paranoia tecnófoba, en competencia con los responsables del entramado de Geosanix. Como éstos, Habitatsalut tiene su decálogo de “consejos para convivir con las radiaciones en casa”, que incluyen medidas como no poner radiodespertadores en la mesilla, no usar materiales sintéticos en el dormitorio, caminar descalzo un rato antes de acostarse y otras tonterías. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Las enfermedades causadas por los parques eólicos tienen un origen psicológico

Los problemas de salud atribuidos por algunos colectivos a los parques eólicos son de origen psicogénico, según un estudio dirigido por Simon Chapman, profesor de Salud Pública de la Universidad de Sydney. Este investigador y sus colaboradores han examinado todas las reclamaciones hechas ante las compañías explotadoras de las 49 instalaciones de ese tipo existentes en Australia y concluido que su presunto impacto en la salud se debe a la actividad de los grupos que se oponen a ellas y a su eco en los medios de comunicación, que han colaborado en la difusión de esta nueva histeria. Se trataría, por tanto, de una enfermedad comunicada que se propaga gracias al efecto nocebo, la reacción negativa del paciente ante una sustancia inocua que considera dañina.

Los autores explican cómo se ha extendido por la Australia rural e Internet la idea de que la exposición a los aerogeneradores puede resultar perjudicial para la salud, “a menudo con floridas alegaciones”. Un ejemplo de ello es un hoja informativa que exhibe en su web la Plataforma Europea contra los Parques Eólicos. “Cualquier persona que viva a una distancia inferior o igual a 6 kilómetros de un parque eólico debería ser avisada de las consecuencias que puede tener para su salud y calidad de vida”, sentencia en ella Nina Pierpont, pediatra, esposa de un activista contra los aerogeneradores y autora del libro Wind turbine syndrome. A report on a natural experiment (El síndrome de los aerogeneradores. Un informe sobre un experimento natural).

Aerogeneradores en Estinnes, Bélgica.

Los impulsores de este síndrome sostienen que los parques eólicos producen un amplio abanico de males. Chris Back, senador liberal australiano, aseguraba hace menos de un año en su web que estas instalaciones pueden provocar presión en el oído, vértigo,  náuseas, mareos, dolores de cabeza, jaquecas, visión borrosa, taquicardia, irritabilidad, déficits cognitivos varios, incluidos problemas con la aritmética mental, dificultades para encontrar las palabras y la planificación de actividades específicas, déficit de memoria a corto plazo…, así como el agravamiento de patologías crónicas como la  diabetes, la hipertensión y los desórdenes autoinmunes. Aterrador, ¿verdad? Sólo hay un pero: al igual que en el caso de otras muestras de tecnofobia -como la llamada hipersensibilidad electromagnética-, las pruebas científicas no han confirmado ninguno de esos efectos. En realidad, “la evidencia de que el ruido y los infrasonidos de las turbinas causan problemas de salud es pobre”, indica Chapman, quien recuerda lo importante que es dar un nombre aparentemente científico a una enfermedad de cara a su propagación de boca a oído.

El estudio australiano revela que, de los 49 parques eólicos del país, 31 no han recibido ninguna queja, que sólo 120 individuos -uno de cada 272 habitantes a menos de 5 kilómetros- dicen sufrir algún problema de salud y que el 68% de ellos vive en zonas donde los grupos antimolinos han sido muy activos. “La inmensa mayoría (82%) de las quejas sobre ruido y salud comenzó después de 2009 cuando los grupos contra los parques eólicos empezaron a incluir las preocupaciones sanitarias entre sus argumentos. En años anteriores, las quejas relacionadas con el ruido y la salud eran algo raro a pesar de que los parques eólicos con turbinas grandes y pequeñas llevaban funcionando tiempo”. De hecho, los primeros aerogeneradores se pusieron en marcha en Australia en 1993.

El negocio del miedo, las mentiras de Geosanix y el periodismo gilipollas

El miedo a las ondas electromagnéticas ha dado en España origen a un negocio basado en la mentira e impulsado por el periodismo más irresponsable y científicamente analfabeto. El último ejemplo de este maridaje lo podemos ver en la web de la revista SModa, que se distribuye los sábados con el diario El País. Es un reportaje con un título alarmante, “¿Dormir con el móvil en la mesilla de noche? No, no, no”, y un largo subtítulo no menos inquietante: “La contaminación invisible de móviles y redes WiFi puede dejarte en vela. Numerosos estudios relacionan una prolongada exposición a radiaciones con el agotamiento de los sistemas de autorregulación de los seres vivos”.

Reportaje alarmista sobre el peligro de las ondas de radiofrecuencia publiocado en la web de 'SModa'.

Todo en esta pieza periodística -de la que me han alertado varias personas por Twitter, Facebook y el correo electrónico- es tan llamativo como falso. Estamos ante una muestra paradigmática de periodismo gilipollas, ése que da cualquier tontería por cierta -desde las capacidades adivinatorias del pulpo Paul hasta las posesiones demoniacas- y no hace ninguna comprobación porque la realidad nunca ha de estropear una buena historia. De ahí que lo que sostiene la autora, Natalia Martín Cantero, no se base en ninguna fuente fiable, sino en una sucesión de afirmaciones anticientíficas procedentes de Geosanix, empresa que se dedica a inventarse riesgos ambientales y vender soluciones en forma de asesoría y artilugios de protección. De hecho, la única voz que se escucha en todo el reportaje es la del zahorí Fernando Pérez -que se suele hacer llamar geobiólogo porque queda como más serio-, presidente de Geosanix.

“Numerosos estudios” que son sólo uno

“Numerosos estudios relacionan una prolongada exposición a radiaciones diversas con el agotamiento de los sistemas de autorregulación de los seres vivos. Entre los síntomas más comunes en una primera fase se encuentra la dificultad para conciliar el sueño o dolores de cabeza”, escribe mi colega. Y enlaza “numerosos estudios” con la web del Informe Bioinitiative, una de las citas recurrentes de las asociaciones antiantenas. Según las conclusiones ese estudio, habría pruebas de que la exposición a las ondas de radiofrecuencia favorece diversos tipos de cáncer y hasta el autismo, y, durante el embarazo, predispone a la hiperactividad de la futura criatura.

Si ya es engañoso hablar de “numerosos estudios” y citar sólo uno, más lo es que éste no se haya publicado en ninguna revista con revisión por pares, que sus autores lo colgaran en Internet y que, cuando ha sido sometido a análisis por otros expertos, se ha derrumbado como un castillo de naipes. El Consejo de Salud de Holanda, el Centro Australiano para la Investigación de los Bioefectos de la Radiofrecuencia (ACRBR), el grupo de análisis de los efectos de los campos electromagnéticos de la Comisión Europea, el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE), la Oficina Alemana de Protección contra la Radiación, y la Agencia Francesa para la Seguridad de la Salud Ambiental y Ocupacional coinciden en que el Informe Bionitiative no cumple los mínimos requisitos científicos y en que no hay pruebas que apoyen lo que dice.

La autora del reportaje de SModa podía haberse enterado de eso simplemente consultando la entrada correspondiente de la Wikipedia. Algo más habría tenido que profundizar, pero no mucho, para comprobar que el consenso científico es el contrario a lo que ella sostiene. “Los resultados de estas investigaciones epidemiológicas (se refieren a las de los últimos veinte años) son muy consistentes y tranquilizadores, y han llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y al Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos a decir que no hay evidencia concluyente o consistente de que la radiación no ionizante emitida por los teléfonos celulares esté asociada con un mayor riesgo de cáncer”, sentenciaban en julio de 2011 John D. Boice y Robert E. Tarone, del Instituto Internacional de Epidemiología de EE UU, en un editorial en el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo. Resumiendo: no hay ningún estudio que haya demostrado nocividad alguna en las ondas de radiofrecuencia.

El Journal of the National Cancer Institute daba a conocer en ese mismo número los resultados del primer estudio epidemiológico sobre móviles y cáncer cerebral en niños, según los cuales los pequeños que usan el celular habitualmente no corren un mayor riesgo de sufrir un tumor que los que no lo hacen. Boice y Tarone añadían en su artículo que la inclusión por la OMS de los teléfonos móviles entre los posibles agentes cancerígenos -citada en el reportaje de SModa como prueba de su peligrosidad- se había basado en pruebas limitadas e inadecuadas. Y ésta tampoco es una opinión aislada, porque la decisión de los expertos de la Agencia Internacional de Investigaciones contra el Cáncer (IARC), dependiente de la OMS, fue política y nunca ha habido pruebas científicas que la sustenten, como quedó demostrado cuando publicaron el correspondiente informe en la revista The Lancet Oncology. En nuestro país, el entonces secretario general de Sanidad, José Martínez; la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC); el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), Emilio Alba, y el presidente de la Fundación Instituto Valenciano de Oncología (IVO), Antonio Llombart, no dieron crédito alguno a ese dictamen.

¿Recomendaciones? No, tonterías

“Si se trata de poner límites, hay que comenzar por el dormitorio, el espacio donde pasamos más tiempo. La precaución más básica es desenchufar el router y apagar el móvil que mucha gente tiene por costumbre dejar en la mesilla de noche. Otras recomendaciones menos conocidas pero igualmente importantes son evitar colocar en la pared contigua un electrodoméstico ya que, aún estando apagado, emite radiaciones que traspasan la pared. Tampoco es conveniente poner a cargar el móvil cerca de la cama, ni usar un radiodespertador”, escribe la periodista al dictado de Geosanix. Esas recomendaciones -como todas las demás que hace- son, simple y llanamente, tonterías copiadas por la autora de la web de Geosanix, como descubrió ayer la bióloga y escéptica Adela Torres.

Supongo que en Geosanix estarán encantados con esta publicidad gratuita. Ellos y otras firmas y fundaciones del entramado que explota el miedo electromagnético hacen negocio asesorando a los presuntos afectados, defendiéndoles legalmente y vendiéndoles todo tipo de inútiles cachivaches para protegerles de una amenaza que sólo existe en sus mentes. Y, si algo demuestra su web, es cómo hay medios que, por incultura o sensacionalismo, les siguen el juego. Es cierto, como dice Fernando Pérez, que “existe una gran desinformación al respecto” de las ondas electromagnéticas y la salud. Habla con conocimiento de causa: él y sus socios  son la fuente de esa desinformación.