La estela de Houdini

Como dice Margaret Matheson (Sigourney Weaver) en Luces rojas, la película de Rodrigo Cortés, hay dos clases de dotados: los que creen tener algún poder psíquico y los que creen que no podemos detectar sus trucos. A eso se reduce el misterio de lo paranormal desde Nina Kulagina hasta Anne Germain: a la simulación, al autoengaño y al engaño.
Desde que nacieron el espiritismo y la parapsicología en el siglo XIX, ha habido quienes han abordado esos fenómenos con un sano escepticismo. Uno de los primeros fue Harry Houdini. El famoso mago dedicó buena parte de su vida a desenmascarar a los médiums y presuntos dotados que se cruzaban en su camino. Ni uno fue capaz de colarle sus trucos como poderes sobrenaturales.
Décadas después, el gran James Randi puso en evidencia a Uri Geller, que no en vano fue ilusionista de sala de fiestas en Israel antes que dotado. Ya un anciano encantador, Randi es todavía capaz de duplicar cualquier truco de Geller y de hacer cosas mucho más sorprendentes.
Dársela con queso al lego y al científico es muy fácil para el Simon Silver (Robert De Niro) de turno. Engañar a un ilusionista, no. Doblar cucharas, adivinar dibujos metidos en sobres, simular ver el futuro o hablar con los muertos está al alcance de cualquiera con el suficiente entrenamiento… y sin poderes.
No conozco ningún aparente fenómeno paranormal que no pueda replicar un ilusionista, ni a ningún dotado que haya dejado a Randi u otro mago con la boca abierta. La única diferencia entre un ilusionista y un dotado es que el segundo dice que no usa trucos. Es mentira.

Argamasilla, el español con visión de rayos X

Ilustración: Iker Ayestarán.Antes que Superman, hubo un noble español con visión de rayos X. Se llamaba Joaquín María Argamasilla de la Cerda y Elio, y viajó a Nueva York en los años 20 del siglo pasado para demostrar sus poderes ante el ilusionista Harry Houdini. «Ha venido a este país a convencer a los científicos de que puede ver a través del oro, la plata, el cobre y otros metales, e hizo su primera demostración antes de una reunión ayer en el hotel Pennsylvania», decía el 7 de mayo de 1924 The New York Times en su tercera página. Houdini no creía que el español, de 19 años, tuviera «visión supranormal».
Joaquín Argamasilla nació en Madrid el 4 de abril de 1905 y murió en 1985. Cuando se revelaron sus habilidades sobrenaturales, su padre, el décimo marqués de Santa Cara, presidía la Sociedad Española de Estudios Metapsíquicos, que era como se llamaba entonces a la parapsicología. Según Houdini, el joven llegó a Estados Unidos con cartas de presentación del Nobel de Medicina francés Charles Richet -quien había acuñado el término metapsíquica-, del investigador psíquico galo Gustav Geley y de destacados científicos españoles que aseguraban que Argamasilla «había superado todas las pruebas y había demostrado concluyentemente a su satisfacción que podía leer a través de metal».
Tras la muerte de su madre en 1913, el mago estadounidense se había volcado en el desenmascaramiento de médiums y dotados de poderes paranormales. Acudía a sesiones espiritistas y a actuaciones de psíquicos para descubrir los trucos con los que engañaban a la gente. Houdini narra sus peripecias en ese mundillo en libros como Miracle mongers and their methods (Los traficantes de milagros y sus métodos, 1920) y A magician among the spirits (Un mago entre los espíritus, 1924). Esa afición, que luego han seguido otros ilusionistas, acabó con la amistad que le unía a Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes y devoto del espiritismo.
Mirando por la rendija
Las habilidades de Argamasilla, quien con el tiempo se convertiría en undécimo marqués de Santa Cara y director general de Cinematografía y Teatro (1952-1955), se limitaban a acertar con los ojos vendados la hora que marcaban las manecillas de un reloj de bolsillo con tapa y lo escrito en un papel metido en una caja de metal. Decía que su visión de rayos X funcionaba siempre que el metal no estuviera pintado.
El joven salía de la habitación, los experimentadores metían un papel en la caja o movían las agujas del reloj, el psíquico regresaba, se vendaba los ojos, tomaba la caja o el reloj entre las manos y adivinaba lo escrito o la hora. Fue un fenómeno hasta que Houdini se puso manos a la obra. Sabía que uno puede vendarse los ojos de tal modo que siga viendo -es un arte que dominan los magos- y pilló a Argamasilla abriendo subrepticiamente la tapa de un reloj y echando una mirada dentro sin que nadie se enterara. Comprobó, además, que el truco de la caja sólo le salía si lo hacía con dos de su propiedad que le permitían echar un vistazo al interior por la holgura del cierre. Houdini explicó las artimañas del noble psíquico español en un librito y acabó con su carrera paranormal.
Publicado originalmente en el diario El Correo.