Arthur Conan Doyle y sus espíritus contra Harry Houdini

'Sherlock Holmes contra Houdini'.Uno de los episodios más fascinantes de la historia del espiritismo es el de la amistad de Arthur Conan Doyle y Harry Houdini. El primero fue un creyente desde su juventud, si bien no alardeó abiertamente de su fe hasta después de la Primera Guerra Mundial, momento a partir del cual fue el principal apóstol del espiritismo. El segundo, que en sus inicios incluyó la mediumnidad en sus espectáculos, pasó a la denuncia activa de la comunicación con los muertos después del fallecimiento de su adorada madre, pérdida que le hizo ver a los fradulentos intermediarios con el Más Allá como unos individuos de extrema crueldad que se aprovechan del dolor ajeno.
El novelista y el mago se admiraban mutuamente a pesar de sus posturas irreconciliables sobre la comunicación con los muertos. Se conocieron en persona en abril de 1920 y, durante unos años, mantuvieron una intensa relación, plasmada en correspondencia privada y, también, en cartas y declaraciones que se cruzaban en la prensa de la época con el espiritismo como telón de fondo. Ninguno consiguió convencer al otro de que estaba confundido: Doyle recibía demasiado consuelo del Más Allá como para cuestionar su realidad; Houdini sabía demasiado de trucos como para que los médiums se la dieran con queso.
El libro Sherlock Holmes contra Houdini explora esa peculiar relación a partir de tres textos del novelista, procedentes de su obras La Nueva Revelación (1918) y El mensaje vital (1919), y el capítulo que el ilusionista dedicó a su amigo en A magician among the spirits (Un mago entre los espíritus, 1924). La recopilación no defrauda, como es lógico teniendo en cuenta a los protagonistas y la historia, y la edición está muy cuidada. Sólo echo en falta una entre las muchas imágenes que acompañan al texto: la foto de las dos familias en la playa de Atlantic City, el 17 de junio de 1922, horas antes de que la segunda esposa del novelista, la médium Jean Leckie, intentara poner en contacto al mago con su madre muerta. Una sesión espiritista que acabó con la amistad entre dos genios.
Doyle, Arthur Conan; y Houdini, Harry [2014]: Sherlock Holmes contra Houdini. Arthur Conan Doyle, Houdini y el mundo de los espíritus. Prologado por Charles Taylor. Traducción de Raquel Duato y Eduardo Fonseca. La Felguera Editores (Col. “Zodiaco Negro”). Madrid. 235 páginas.

Arthur Conan Doyle: el campeón del espiritismo

Información de 'The New York Times' sobre la presentación por Doyle de una película protagonizada por dinosaurios ante la Asociación de Magos de Estados Unidos.«Los dinosaurios retozan en el cine para Doyle. El espiritista desconcierta a magos de fama mundial con imágenes de bestias prehistóricas», rezaba un titular de The New York Times del sábado 3 de junio de 1922. El padre de Sherlock Holmes había asombrado la noche anterior a los asistentes al encuentro anual de la Sociedad de Magos de Estados Unidos, presidida por Harry Houdini, con una película de «monstruos de hace millones de años» jugando, apareándose y matándose. «Sean esas imágenes una broma del famoso autor y campeón del espiritismo a los magos o auténticas como sus fotos de hadas es algo que no se reveló», apuntaba el diario.
El espiritismo nació en 1848 en Hydesville (Nueva York, EE UU) cuando dos niñas de 11 y 14 años, Kate y Maggie Fox, empezaron a recibir mensajes del Más Allá en forma de golpes, que en realidad hacían con una manzana atada a un cordón y con los nudillos de los dedos de los pies para tomar el pelo a su madre. Se hicieron famosas y pronto tuvieron competencia. A mediados de la década de 1850, había en EE UU unos 40.000 médiums, intermediarios entre este mundo y el de los muertos que celebraban sesiones en gabinetes a oscuras donde las mesas se movían, se materializaba ectoplasma y los espíritus consolaban a los vivos. En 1860, en una sociedad con una altísima mortalidad infantil, superaban el millón y medio los estadounidenses fieles del nuevo credo, que ya se había extendido por Europa.
De familia católica y médico, Arthur Conan Doyle (1859-1930) se adhirió a la naciente religión cuando todavía no era un escritor de éxito. Había leído sendas obras del juez y legislador estadounidense John Edmonds y del naturalista inglés Alfred Russel Wallace, ambos devotos espiritistas, y le habían convencido. «Después de sopesar la evidencia, no podía dudar más de la existencia de los fenómenos [mediúmnicos] de lo que podía dudar de la de leones en África, a pesar de que he estado en ese continente y nunca he tenido oportunidad de ver uno», escribía en una carta a la revista espiritista Light el 2 de julio de 1887.
Una médium por esposa
Doyle ha asistido días antes a una sesión espiritista y dice estar «absolutamente seguro de que la inteligencia puede existir al margen del cuerpo». En noviembre de ese mismo año, llega a las librerías Estudio en escarlata, la primera novela de Sherlock Holmes, el detective racional por excelencia. El escritor participa en incontables sesiones mediúmnicas e investiga fenómenos extraños como miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica (SPR), la primera organización parapsicológica del mundo. Pero mantiene sus creencias en un discreto segundo plano durante más de treinta años, hasta que una sucesión de muertes le lleva a sacarlas a la luz. En 1918, fallece su hijo Kingsley, al que sigue en 1919 su hermano Inner y, poco después, dos cuñados y dos sobrinos. El espiritismo vive un boom a consecuencia de la Primera Guerra Mundial y sus más de 16 millones de muertos, y Doyle se convierte en su principal apóstol.
Casado en segundas nupcias con la médium Jean Leckie en 1907, un año después del fallecimiento de su primera esposa por tuberculosis, el ya famoso escritor expone su credo en dos opúsculos: La Nueva Revelación (1918) y El mensaje vital (1919). Confiesa que en su juventud había sido «un ferviente deísta», convencido de que la muerte es el final de todo. «Tal era mi estado de espíritu cuando los fenómenos espiritistas atrajeron mi atención. Siempre había considerado este tema perfectamente absurdo; había leído sobre el desenmascaramiento de los médiums falsarios y me preguntaba cómo podía prestar fe un hombre sensato a semejantes cosas», dice en La Nueva Revelación. Él, que «consideraba el espiritismo como una vulgar ilusión de los ignorantes», cambia de opinión tras comprobar que «hombres cuyos nombres constituían un galardón en las ciencias» -como Wallace, el químico William Crookes y el astrónomo Camille Flammarion- creen en la vida después de la muerte.
Arthur Conan Doyle con un espíritu, hacia 1922.Otros sabios, como el naturalista Charles Darwin y el neurocientífico español Santiago Ramón y Cajal, no comparten ese entusiasmo. «Pena da pensar que, en los absurdos de la moderna brujería, hayan caído hombres de ciencia como Crookes y Richet, y filósofos como Krause y William James. Yo confieso, un poco avergonzado, mi irreductible escepticismo», dice el Nobel aragonés en Charlas de café. Pensamientos, anécdotas y confidencias (1920).
Ramón y Cajal asiste a exhibiciones mediúmnicas y le sorprende lo que ve: «Lo admirable en aquellas sesiones no eran los sujetos, sino la increíble ingenuidad de los asistentes, que tomaban cual manifestaciones sobrenaturales ciertos fenómenos nerviosos (autosugestión sobre todo) de los médiums, o la mera coincidencia de hechos, o los efectos del hábito mental, o, en fin, los fáciles y conocidos ardides del cumberlandismo, tan exhibido después en los teatros», sentencia en Historia de mi labor científica (1905).
Doyle participa en sesiones de mesas parlantes, un fenómeno que hizo furor en EE UU y Europa Occidental en la segunda mitad del siglo XIX. Consistía en que un grupo de personas se sentaba alrededor de una mesa con las manos apoyadas en ella y se concentraba para que se tambaleara o girara en un sentido determinado, después de establecer un código de comunicación con el supuesto espíritu. En la década de 1890, por ese medio, un espíritu femenino cuenta al novelista y a dos mujeres que le acompañan que Marte está habitado por una especie mucho más avanzada que la nuestra y que los canales son artificiales. En aquella época, los canales marcianos eran tan reales para mucha gente como el de Suez, abierto en 1869, y el de Panamá, que se había empezado a construir en 1880. Hoy sabemos que nunca existieron más que en la mente de quienes los querían ver.
El escritor y el mago
«Sir Arthur cree de verdad. En su gran mente, no hay ninguna duda», admite su amigo Harry Houdini (1874-1926) en su libro A magician among the spirits (Un mago entre los espíritus, 1924). El novelista atribuye algunas proezas del mago húngaro-estadounidense a que tiene poderes paranormales, algo que Houdini niega. «Sería difícil determinar cuándo fue la primera vez que sir Arthur Conan Doyle y yo hablamos sobre espiritismo, pero, desde esa primera charla hasta ahora, nunca hemos estado de acuerdo». A pesar de sus discrepancias, se admiran mutuamente, aunque eso no impide que se enfrenten en la Prensa a través de cartas al director en las cuales Doyle defiende su fe y su amigo americano la ataca. Para el escritor, el espiritismo es una religión compatible con todas las demás, pero con mayores pruebas a favor de su realidad; para el maestro de la ilusión, un engaño.
Houdini fue el mago más famoso de su tiempo. Al principio de su carrera, como parte de su repertorio, actuó como médium. «En aquel tiempo, apreciaba el hecho de que sorprendía a mis clientes y, aunque era consciente de que les engañaba, no veía ni entendía la gravedad de trivializar tal sentimiento sagrado [el duelo] y el resultado funesto que inevitablemente seguía. Para mí, era una broma». Al morir su madre el 17 de julio de 1913 mientras él estaba de gira por Europa, fue tal el dolor que le invadió que se sintió culpable de haber simulado en sus inicios hablar con los muertos: «Me di cuenta de que rayaba lo criminal». Hasta entonces, no había visto en ninguna sesión espiritista nada que desafiara a la razón; pero creía en la existencia de un ser superior y de otra vida después de la muerte, e idolatraba a su madre. Y fue de médium en médium intentando conectar con ella. En vano. Sólo descubrió los trucos con los que engañan a la gente y cómo ésta se engaña a sí misma.
Arthur Conan Doyle y Harry Houdini con sus respectivas esposas y los hijos del escritor, en la playa de Atlantic City el 17 de junio de 1922.
Doyle y Houdini se conocieron en abril de 1920, cuando el ilusionista actuaba en Brighton (Reino Unido). Dos años después, durante la gira americana que le llevó a intervenir ante los miembros Sociedad de Magos de Estados Unidos, el escritor y su esposa invitaron al matrimonio Houdini a visitarles en Atlantic City. El 17 de junio de 1922, tras pasar las dos familias el día en la playa, Jean Leckie, el novelista y el mago se sentaron alrededor de una mesa en la habitación de los Doyle del hotel Ambassador. Ella iba a invocar a un espíritu.
La sesión empezó con una plegaria del escritor, tras la cual a la médium «las manos le temblaban y golpeaban la mesa, le vibraba la voz y pidió a los espíritus que le dieran un mensaje». La mujer escribió un mensaje de la madre de Houdini, repleto de frases cariñosas y tranquilizadoras. «Estaba dispuesto a creer, incluso quería creer», reconocía años después el mago. No pudo. Su madre se había comunicado con él en inglés, cuando nunca lo había hablado ni leído; había garabateado una cruz al principio del mensaje, cuando era judía; y, además, no había hecho ninguna referencia a que aquel día era su  cumpleaños.
El incidente marca el principio del fin de la amistad de Doyle y Houdini. Para el mago, Jean Leckie no es diferente de los otros dotados de poderes paranormales que ha desenmascarado. El novelista admite que los intermediarios con el mundo espiritual hacen trampas, pero sólo a veces. «Muchos médiums -como Eusapia Palladino– han podido incurrir en fraude cuando les faltaban sus facultades, mientras que en otros momentos no puede ponerse en duda la autenticidad de su talento», escribe. Que cazaran a un médium haciendo trampas no implica que las hiciera siempre, a ojos del inocente Doyle.
Encuentro con las hadas
Un hada hace una ofrenda a Elsie Wright en el bosque de Cottingley.El padre de Sherlock Holmes tenía poderosas razones para creer. Frente a quienes desde la teología consideraban el espiritismo algo demoniaco, replicaba: «Es difícil admitir que quienes expresan semejantes opiniones hayan tenido alguna vez una experiencia personal de los efectos consoladores y verdaderamente elevados de estas comunicaciones sobre aquellos a quienes benefician». Consuelo es la palabra que explicaba entonces, y ahora, el éxito de los médiums.
La otra vida del escritor no era el Cielo cristiano, pero casi. «El Más Allá es un mundo dominado por la simpatía. Sólo se reúnen en él aquellos a quienes ésta une. El marido intratable y la esposa frívola no están presentes ni dominan esa inocente sociedad. Todo allí es paz y ternura. Es la larga cura de reposo después de la tensión nerviosa de la vida terrestre y antes de los nuevos acontecimientos futuros. La existencia es sencilla y familiar». Doyle predica este credo en 1920 y 1921 en un viaje por Australia y Nueva Zelanda, en 1922 y 1923 por EE UU y Canadá, y en 1928 por África.
Cuando el escritor le dice que ha sacrificado muchas cosas por la divulgación de su fe, el escapista es tajante: «En mi opinión, no es ningún sacrificio convencer a la gente que ha sufrido recientemente una pérdida de la posibilidad y realidad de comunicarse con sus seres queridos. Para mí, los pobres seguidores que sufren y buscan con ansia un alivio a ese dolor del corazón que sigue al deceso de un ser querido son el sacrificio«.
La ingenuidad del creador de Sherlock Holmes no conoce límites. Cree en las hadas y, cuando Elsie Wright y su prima Frances Griffiths, de 16 y 10 años, respectivamente, se fotografían con varias en el bosque inglés de Cottingley, dedica al fenómeno un libro entusiasta, El misterio de las hadas (1920). «Habrá cada vez más cámaras fotográficas. Aparecerán otros casos bien autentificados. Estos pequeños seres que parecen vivir a nuestro lado, que no se distinguen de nosotros más que por una ligera diferencia de vibración, nos resultarán familiares», escribe. En 1983, ya ancianas, las protagonistas, confiesan que los seres del bosque eran siluetas de hadas que una había copiado del Princess Mary’s gift book (1914) -libro que incluye un relato de Doyle-, que habían recortado, reforzado con cartón y sujetado a la vegetación y al suelo con agujas para el pelo.
Después de sorprender a Houdini y sus colegas en Nueva York con las primeras imágenes de la película El mundo perdido presentándolas como si fueran de origen psíquico, Doyle funda una editorial dedicada a lo esotérico, The Psychic Press, abre una librería paranormal en Londres, The psychic bookstore, y en 1927 publica su gran obra sobre la comunicación con los muertos, El espiritismo. Su historia. Sus doctrinas. Sus hechos. Houdini no la lee; muere un año antes y pasa a la historia como el más grande de los magos y la bestia negra de los espiritistas.

John Nevil Maskelyne, el mago de la era victoriana que desenmascaraba médiums

John Nevil Maskelyne.El primer mago que se dedicó a desenmascarar médiums fue John Nevil Maskelyne (1839-1917). «Si nos preguntaran «¿Qué ha probado la investigación respecto al espiritismo?», honestamente sólo podríamos responder: «Que es un fraude, una falsedad, una locura y nada más»», sentenciaba en su libro The supernatural? (¿Lo sobrenatural?, 1892), firmado conjuntamente con el psiquiatra Lionel A. Weatherly. «No existe, ni nunca ha existido, un médium de ninguna clase que no haya usado trucos o engaños», concluía después de décadas de investigación el que, con el tiempo, sería el patriarca de una famosa estirpe de ilusionistas.
Nacido en Cheltenham (Reino Unido) en 1839, John Nevil Maskelyne tenía 9 años cuando, en Estados Unidos, Kate y Maggie Fox empezaron a simular que contactaban con los espíritus. Las niñas atribuían a mensajes del Más Allá los chasquidos que hacían, en realidad, con los dedos de los pies. Cuarenta años después de su debut como médium, Maggie confesaba el fraude el 21 de octubre de 1888 en la Academia de Música de Nueva York, donde denunció el espiritismo como «la más enfermiza de las supersticiones y la blasfemia más malvada que ha conocido el mundo”. Ya era tarde para frenar el avance del nuevo credo: llenaba los bolsillos de decenas de miles de pícaros.
La conjura de los magos

Maskelyne se topó con el espiritismo cuando, ya en la veintena, trabajaba como aprendiz en un taller de relojería de Cheltenham donde cultivaba otra de sus grandes pasiones, la de los ingenios mecánicos. Fabricante de varios autómatas, fue un importante inventor en la Inglaterra victoriana. A él se debe, por ejemplo, la cerradura de los baños públicos de Londres que sólo se abría si se metía un penique por una ranura.
Jasper Maskelyne, su nieto y también ilusionista, cuenta en White magic: the story of Maskelynes (Magia blanca: la historia de los Maskelyne, 1936) que un día entró en el taller un hombre con pelo largo y barba que llevaba a reparar un raro aparato. «Le explicó con cierto detalle [a Maskelyne] que se había roto un muelle y que quería que lo cambiara, pero desvió hábilmente cualquier pregunta sobre su finalidad». Cuando regresó a por la máquina, el misterioso individuo trató de comprar el silencio del muchacho con medio soberano de oro, pero el joven, que creía tener delante a un ladrón de casas, «rechazó amablemente el soborno».
Maskelyne formaba parte de un grupo de aficionados a la magia. Dos días después de su segundo encuentro con el enigmático personaje, en una de las reuniones, uno de sus amigos informó de que un espiritista estadounidense estaba actuando en Devinzes y hacía que las «manos invisibles» de los muertos respondieran a las preguntas de los vivos mediante golpes en una mesa. La descripción física del médium se correspondía con la del visitante del taller, y el aprendiz de relojero dedujo que el aparato que había arreglado permitía que alguien golpeara a hurtadillas la mesa sin que la audiencia se diera cuenta. Se lo contó a sus amigos y, aquella noche, los jóvenes magos se conjuraron: denunciarían públicamente a todos los médiums que emplearan trucos.
Los hermanos Davenport

Como Devinzes estaba lejos para ellos, decidieron esperar a que algún espiritista recalara por Cheltenham. Entretanto, Maskelyne empezó a ofrecer espectáculos de magia con su amigo George Albert Cooke, quien sería su socio hasta su muerte en 1905. A principios de 1865, corrió el rumor de que iban a visitar la ciudad dos médiums estadounidenses, los hermanos Ira Erastus y William Henry Davenport. Los lugareños pidieron entonces a los jóvenes magos que, para preservar el buen nombre de Cheltenham, se unieran al comité que iba a controlar que los espiritistas realmente hicieran lo que decían hacer y no recurrieran a trucos. Maskelyne y sus amigos aceptaron el reto.
Los Davenport actuaron en Cheltenham el 7 de marzo de 1865. «Era una demostración rutinaria de los hermanos dentro de su gira provincial. Sin embargo, tuvo una influencia indirecta en la escena mágica de la Inglaterra victoriana mayor que ninguna otra actuación de ese siglo», sentencia Geoffrey Lamb en Victorian magic (Magia victoriana, 1976). En su espectáculo, los médiums se metían en un armario de tres puertas, sentados frente a frente, y atados entre sí y de pies y manos con una cuerda. Uno de ellos estaba tras la puerta izquierda; el otro, tras la derecha; y, detrás de la central, había una guitarra, una trompeta, un violín, una pandereta y dos campanas. Cuando se cerraban las puertas y las luces se apagaban, empezaban a sonar los instrumentos y, cuando la luz volvía y se abría el armario, los Davenport seguían atados.
Los hermanos Davenport, en el armario que utilizaban en su espectáculo espiritista.
Maskelyne acudió a la actuación de los médiums «con la mente abierta; estaba dispuesto a admitir que la comunicación con los muertos era real. Pero no estaba dispuesto a dejar pasar ningún truco que pudiera descubrir, porque el espiritismo estaba atrayendo a muchísima gente infeliz que había perdido a sus seres queridos y estaba predispuesta a la credulidad cuando los Davenport y su amigo expresbiteriano [J.B. Ferguson, el cómplice de los médiums] les ofrecían elocuencia y el sonido de campanas a cambio de una cara entrada», explica Jasper Maskelyne.
Una «pequeña sorpresa»
La representación comenzó como era habitual. Ferguson explicó a la audiencia que los espíritus temen la luz y sólo pueden comunicarse en la oscuridad. Después, los Davenport fueron atados entre sí, de pies y manos, y a la bancada; y los nudos examinados por el comité de ciudadanos, que también inspeccionó el armario. Se apagaron las luces y se corrieron las cortinas para evitar que un rayo de luz incomodara a los espíritus que harían sonar los instrumentos y, como había ocurrido en otras ocasiones, en un momento determinado lanzarían algún instrumento fuera del armario por la puerta central. Pero Maskelyne, quien estaba cerca del escenario, tenía un plan.
«Esperaba una pequeña sorpresa que había planeado con la ayuda de otro miembro de nuestro club de magia. Cuando creí que la puerta central se iba a abrir, golpeé el suelo con un pie. A mi señal, un amigo hizo que la cortina que cegaba una de las ventanas se corriera un poco, dejando entrar un lanzazo del sol de la tarde justo cuando la puerta central se abría y los instrumentos empezaban a volar hacia afuera. En la luz, vi claramente a Ira Davenport lanzar los instrumentos fuera del armario», recordaría después el mago. Maskelyne pidió inmediatamente que se encendieran las luces, Ferguson intentó convencerle de que arreglaran las cosas en privado. No lo consiguió. Se hizo la luz, y los Davenport estaban sentados en el armario atados de pies y manos, pero el joven mago se levantó y dijo a sus paisanos: «Señoras y caballeros, he descubierto cómo hacen el truco».
Ira Davenport y Harry Houdini, el 5 de julio de 1911.Maskelyne explicó a sus conciudadanos que se trataba de una cuestión de destreza y se comprometió a reproducir los efectos de los médiums después del oportuno entrenamiento. Tres meses más tarde, el 19 de junio de 1865, él y Cooke replicaron todos los prodigios de los Davenport y exhibieron algunos más ¡a plena luz del día y sin la ayuda de los espíritus! «Tanto se pareció la representación a la original que los espiritistas no tuvieron otra alternativa que referirse a nosotros como los médiums más poderosos, algo que era para ellos más rentable que negar la ayuda de los espíritus», recordaba en 1892 el ilusionista. En 1911, Harry Houdini visitó a Ira Davenport en Maysville (Nueva York), y éste le confesó que su espectáculo se basaba en trucos y le explicó cuál era el método que empleaban él y su hermano para liberarse de las ataduras y, después, volvérselas a poner rápidamente. Lo cuenta Houdini en su libro A magician among the spirits (Un mago entre los espíritus, 1924).
Cuestión de dinero y cerebro
En 1883 y 1884, Maskelyne ofreció en el Salón Egipcio de Piccadilly, en Londres, más de 200 representaciones en las que reproducía y explicaba cada truco mediúmnico. Los Davenport fueron sólo los primeros embaucadores que cazó. Hasta su muerte, desenmascaró a innumerables médiums y, además, creó escuela: Houdini y James Randi recogerían su testigo, sucesivamente, en la lucha contra el engaño paranormal.
«He hecho lo mismo que Houdini y Maskelyne. Lo mismo. Hace poco, recibí en California una gran distinción del Castillo Mágico, una muy famosa fraternidad de magos. Me galardonaron por mi trayectoria profesional. Fue en un gran teatro de Los Ángeles lleno de ilusionistas. Al agradecer el premio, aproveché la oportunidad para recordar que la Sociedad de Magos Americanos, de la que fue presidente Harry Houdini, y la Hermandad Internacional de Magos tuvieron en su momento sendos comités dedicados a la lucha contra el ocultismo en los medios», me contaba hace un año Randi.
De Randi han dicho desde las filas de la credulidad que tiene superpoderes. Nada nuevo. «J.N. [Maskelyne] era constantemente acusado, a menudo por personas que deberían haber tenido más inteligencia, de ser capaz de descubrir los trucos de los médiums y de otros, como demostró en el caso de los Davenport, simplemente porque estaba aliado con el Padre del Engaño», escribe su nieto en White magic: the story of Maskelynes. El mago de la era victoriana que desenmascaraba médiums resumía el principio básico doctrinal del «gigantesco engaño» del espiritismo en que «aquéllos que tienen mucho dinero y nada de cerebro están hechos para aquéllos que tienen mucho cerebro y nada de dinero». Una sentencia que podría aplicarse, en general, al gran negocio de la pseudociencia y la superstición.