Fanatismo

¡Que salgan todos los dioses de la escuela pública!

Estamos de enhoramala: la escuela pública vasca se abrirá en septiembre no sólo en la fe católica, sino también en las evangelista, islámica y judía. Dentro de poco, las paredes de los centros educativos de Euskadi estarán tan llenas de símbolos religiosos que no habrá hueco para la pizarra. Es lo que tiene haber hecho de la escuela durante décadas un centro de adoctrinamiento religioso, no haber preservado en la Transición la educación pública de la catequesis obligatoria tan del gusto de la Dictadura. No se hizo entonces y ahora, ante el crecimiento de fieles de otras confesiones, nuestros gobernantes meten a más dioses en las aulas, en vez de echar a todos de ese espacio reservado a la formación y educación de los futuros ciudadanos.Bastan unos pocos escolares -80, según la información que ha trascendido- para que la Administración vasca considere que ha de garantizar el adoctrinamiento en una religión determinada en la escuela. Así que dentro de poco tendremos a niños adorando a Tom Cruise que estás en los Cielos, porque para eso la cienciología ha sido reconocida como religión en este país de nuestros dolores. Claro que también podemos animarnos otros y dar sendos empujoncitos legales a la religión Jedi y a la del Monstruo de Espagueti Volador. ¿Qué no les parecen serias? ¿Por qué? Únicamente porque son más recientes, me temo, ya que los principios de estos dos credosson tan creíbles como los que ahora se van a enseñar en las escuelas vascas y, encima, no se han cobrado miles de vidas en evangelizaciones masivas ni guerras santas.

Hay una solución mejor, mucho mejor que la divina inflación educativa: separar de una vez Iglesia y Estado. Que cada uno crea en lo que sea, pero que ninguna creencia invada la escuela pública, la casa de todos… Que los centros religiosos adoctrinen a los escolares en el credo que quieran, siempre y cuando esté dentro de la ley, y que la catequesis se imparta fuera del horario lectivo. Que cada uno tenga en su casa el dios que quiera, pero que no haya ninguno en la de todos. Posiblemente, esto disguste a parte de la jerarquía católica aún más que la pérdida del monopolio espiritual ejercido durante décadas y finiquitado con la muerte de Franco. Es su problema. No hay que impedir a nadie que crea en lo que quiera, pero la escuela es de todos y ahí no han de tener cabida doctrinas partidistas, ni políticas ni religiosas.

Iglesia por un lado; Estado, por otro

Sacar la religión de la escuela, como primer paso en la separación real de Iglesia y Estado, debería ser una prioridad para los colectivos ateos y laicos, un porcentaje nada desdeñable de la población: el Estudio Fundación BBVA sobre Actitudes Sociales de los Españoles reveló en 2007 que un 23,4% dice no pertenecer a ninguna religión. Aunque desacertada en el enfoque y mal planificada, la campaña atea en los autobuses de varias ciudades españolas está teniendo el efecto previsible: el cabreo generalizado de la jerarquía católica y nuestros paisanos más integristas ante la demostración de que se puede vivir sin dios tan ricamente. Se han quitado la careta.

Durante las últimas semanas, se han leído en la prensa tonterías como que “el bus ateo contamina el aire antes de circular”, pero la mayor la ha dicho hoy Antonio María Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal, para quien la libertad de expresión “ha de ser tutelada” y “los medios públicos no deberían ser utilizados para socavar derechos fundamentales, tampoco el de los creyentes a no ser heridos y ofendidos en sus convicciones”. La tutela de la libertad de expresión que reclama el jefe de los obispos es propia de los regímenes totalitarios y las convicciones religiosas no han de gozar de inmunidad crítica.

En una sociedad democrática, nada debe estar libre de crítica, ni ésta ha de supeditarse a una posible reacción violenta por parte del criticado. “Abogamos por la universalidad de la libertad de expresión, de tal modo que el espíritu crítico pueda ejercerse en todos los continentes, contra todos los abusos y todos los dogmas”, decían los autores del manifiesto Juntos contra el nuevo totalitarismo. Rouco Varela puede tutelar la libertad de expresión de sus feligreses, si éstos le dejan; pero que no se meta con la del resto. Porque un clérigo, por muy alto que esté en el escalafón vaticano, no tiene ningún derecho a inmiscuirse en las decisiones de quienes no reconocemos en él ninguna autoridad, ni celestial ni terrenal. Y que recuerde, cuando aboga por las mordazas, que, según una resolución de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, “no puede haber una sociedad democrática sin el derecho fundamental a la libertad de expresión” y ésta incluye “el debate abierto sobre la religión y las creencias”. Todas.

Los principios de la cienciología y la imposición religiosa

El abogado Alan Shore, al que da vida James Spader en la serie Boston legal, suele defender causas aparentemente perdidas con argumentos políticamente muy incorrectos. Acostumbra a decir las cosas con toda su crudeza. Así, cuando en el episodio ‘Whose god is it anyway?’ (¿De quién es ese dios?) representa a un colega que ha despedido de su firma a un abogado por ser cienciólogo, Shore deja a las claras lo ridículo de los principios del credo inventado por el escritor de ciencia ficción L. Ron Hubbard.

Reducidos a la literalidad, los principios de cualquier religión son tan poco defendibles desde la razón como los de la cienciología, ya se trate de reencarnaciones, inundaciones planetarias, concepciones virginales, gigantescos harenes en el Más Allá… En el alegato final del caso citado, Shore aboga por la desacralización de la religión en Estados Unidos, por defender que cada uno sea libre de creer en lo que quiera, de adorar al dios que le dé la gana; pero que nadie tenga derecho ni a imponer a los demás su divinidad ni a causarles daño alguno en su nombre.

Mientras tanto, en nuestro querido país, los funerales de Estado siguen imponiendo el dios cristiano a todos -recuerden el accidente de aviación de Barajas y el 11-M- y en algunos tanatorios -no sé si en todos- la sala para despedir públicamente al difunto no sólo se llama capilla, sino que además los símbolos cristianos forman parte de su decoración permanente, aunque la ceremonia sea laica. ¡Viva la imposición religiosa!

Transgénicos del diablo

El Gobierno vasco acordó el 27 de febrero declarar Euskadi zona libre de transgénicos. El Ejecutivo de Juan José Ibarretxe dijo hace casi dos meses que las plantas genéticamente modificadas amenazan “gravemente” al sector agroalimentario vasco porque su existencia supone un riesgo para “los métodos de cultivo tradicionales y ecológicos”. Ahí queda eso. A nuestros políticos les da igual lo que digan los científicos. Da la impresión de que les preocupa más lo que vociferan quienes ocultan a la gente que llevamos jugando con genes desde hace milenios, que los productos de la agricultura tradicional ¡son transgénicos! Y da igual que el Gobierno sea autonómico o central.

El Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, al que hay que agradecer que haya dado luz verde a la experimentación con embriones y la clonación terapéutica abominadas por el Gobierno de José María Aznar, prefiere a los ecólatras antes que a los científicos cuando se trata de transgénicos. Los transgénicos tienen mala prensa, aunque estén todos los días en nuestra mesa, estuvieran en la de nuestros abuelos y vayan a estar en la de nuestros hijos por mucha declaración buenrollistaque se haga. Parece que es más seguro jugar con genes al azar, como han hecho desde siempre los agricultores, que realizar sólo los cambios necesarios y ninguno más, como hacen los biotecnólogos.

La Prensa apenas se ha hecho eco -en El Correo publicamos la noticia el martes- de que 120 científicos españoles han suscrito un manifiesto, cuya firma ha coordinado la Asociación Española de Bioempresas (Asebio), a favor del uso de los transgénicos. En contra del alarmismo del Gobierno vasco -me apostaría lo que fuera a que ni un biólogo de prestigio respalda su postura-, los expertos destacan que, “tras once años de empleo extensivo en países desarrollados (y nueve años en España), sin un solo efecto adverso sobre las personas o el medio ambiente que sea achacable a la moderna modificación genética, la Unión Europea ha establecido un riguroso proceso de autorizaciones paso a paso y caso por caso, basado en el principio de precaución, y aplicado con criterios científicos, transparencia y trazabilidad”.

Miedo a la innovación

Los firmantes –Margarita Salas, Pilar Carbonero, Juan Carlos Izpisua y Santiago Grisolía, entre otros- recuerdan que “la modificación genética de plantas es una realidad tan antigua como la agricultura” y advierten de que nos estamos jugando “el derecho a progresar” de nuestra agricultura. “A pesar de que las autoridades españolas reconocen en nuestro país importantes problemas medioambientales como falta de agua, erosión del suelo, o aumentos en las emisiones de CO2 muy superiores a los comprometidos en el Protocolo de Kioto, no están favoreciendo con sus decisiones la aprobación y empleo de las variedades mejoradas con la tecnología más moderna. Lo cual no solamente envía una señal de alarma a las entidades que invierten en I+D+i en este campo, sino que contribuye a aumentar el impacto sobre el medio ambiente de cada unidad de alimento o biocombustible producido”, dicen.

La incógnita es si el Gobierno central, al que va dirigido el mensaje, hará algo pronto o continuará atemorizado por los ecólatras, como el Ejecutivo de Aznar lo estuvo por los integristas cristianos respecto a la experimentación con embriones, en un país en el que siempre hay en algún sitio elecciones a la vuelta de la esquina. Aunque autocitarse sea feo, les invito a que relean la entrevista que hice en junio del año pasado a la ingeniera agrónoma y bioquímica Pilar Carbonero. Ya dije entonces en esta página que “hablar a favor de los transgénicos es políticamente incorrecto en una sociedad con doble personalidad respecto a la tecnología: es incapaz de renunciar a ella, pero teme casi toda innovación”. Y recordé como “lo de los transgénicos no es nada nuevo en ningún sentido: como reacción popular, entra dentro de lo visto con otros avances recientes; como avance, es tan antiguo como la agricultura, a pesar de que los que se oponen a los transgénicos prefieran ocultárselo a sus seguidores, porque hemos estado mezclando genes de plantas desde que empezamos a cultivar la tierra”.

El problema no sólo es que nuestros políticos no sepan de historia ni de biología, es que además no quieren saberlo. Estaría bien que en el publicitado Año de la Ciencia empezaran a dejarse guiar por pruebas, en vez de por miedos infundados. Por cierto, ¿están también contra la insulina transgénica que se inyectan desde hace años sin problemas los diabéticos de medio mundo, toda España incluida?

La religión, ¿la raíz de todo mal?

En cuanto Mauricio-José Schwarz, periodista y miembro del Círculo Escéptico, me avisó de que estaban en Internet los documentales Root of all evil? The God delusion (¿La raíz de todo mal? La ilusión Dios) y Root of all evil? The virus of faith (¿La raíz de todo mal? El virus de la fe), del biólogo Richard Dawkins, decidí verlos y enlazarlos desde Magonia. Merecen la pena. Son una muestra de televisión valiente, comprometida, humanista. Todo lo contrario a lo habitual. (Quizá por eso, ojalá me confunda, tardaremos en verlos en España; si es que los vemos.) Ya la primera frase de Dawkins es una declaración de principios: “Hay asesinos en todo el mundo que quieren matarnos a usted y a mí, y a sí mismos, motivados por lo que ellos consideran el más alto de los ideales”. El biólogo reconoce, seguidamente, la importancia en la situación mundial actual de conflictos políticos como los de Palestina e Irak, y empieza su disección de la religión, cuya conclusión resume la sentencia de Steven Weinberg, pronunciada en una conferencia sobre el diseño inteligente en 1999, que recuerda al final del segundo documental: “Con o sin religión, la gente buena seguirá haciendo el bien y la gente mala seguirá haciendo el mal; pero para que la gente buena haga el mal hace falta la religión”.

Quien no domine el inglés que no se asuste, la pronunciación de Dawkins es envidiable y ayuda mucho a los que mantenemos una relación de amor-odio con la lengua de Shakespeare. Estoy de acuerdo con prácticamente todo lo que dice el biólogo y escéptico en este documental. Es verdad que pienso que las versiones más moderadas de religiosidad reportan tranquilidad psicológica a mucha gente, para la que la fe es la muleta necesaria para aguantar el sinsentido trascendental de nuestra existencia; pero no creo que esa razón justifique el fomento de la religión entre las nuevas generaciones. El título de los documentales –Root of all evil? (¿La raíz de todo mal?)- fue una imposición de Channel 4 para crear polémica, al que Dawkins consiguió añadirle la interrogación, ya que considera ridículo achacar todo mal a una cosa concreta. Así es. Hay otras causas del mal, pero que la religión no sea la única no significa que tengamos que olvidarnos de ella.

El adoctrinamiento religioso a que se somete a niños de todos los credos es, para mí, uno de los grandes lastres de nuestra sociedad. Crea individuos educados en el terror, como bien sabe la mayoría de quienes han padecido una educación religiosa. Por eso me ha encantado que Dawkins dedique una parte importante de su exposición a la expansión del virus de la fe entre los más pequeños, algo que en nuestro país cuenta con el visto bueno casi general. En España, los dirigentes políticos de todos los partidos que han gobernado en el todo y las partes han dejado, en los últimos treinta años, el sistema educativo en manos de la Iglesia católica. No han tenido el coraje de crear una auténtica escuela laica y romper con la herencia de la dictadura bajo palio. Al contrario, la oferta religiosa en la escuela pública del todo y las partes se va a ver completada poco a poco con la de otros credos con demanda social para, se dice, garantizar la libertad de culto.

Libertad religiosa y catequesis

Nuestros políticos confunden la libertad religiosa y de culto -consagrada, y nunca mejor dicho, en el artículo 16 de la Constitución española- con una presunta obligación del Estado de atender las necesidades formativas de los diferentes credos. Papá Estado ha convertido así las aulas de la escuela pública en sacristías a tiempo parcial y que a nadie se le ocurra cuestionarlo porque será automáticamente tildado de intolerante. Y el descaro de la jerarquía eclesiática española llega al extremo de pretender imponer qué se debe enseñar a los niños para educarlos como ciudadanos libres en una sociedad democrática y tolerante.

La cesión más reciente del Estado laico español hacia la religión ha consistido en meter el islam en clase, cuando no había que haber introducido el Corán en la escuela pública, sino sacado la Biblia de ella. Porque la enseñanza pública no ha de servir a ningún credo, como ocurre en España. El adoctrinamiento en la fe y los crucifijos no tenemos que pagarlos todos, ni tampoco ha de sustraerse dinero público del fondo común para financiar organizaciones de cualquier confesión, como pasa con la declaración de la renta. La religión -sea la católica, la musulmana o cualquier otra- debe financiarla quien la profesa y su enseñanza también. Es tan injusto que se utilice la educación pública para el adoctrinamiento religioso como que se emplee para el partidista. La escuela tiene que formar personas libres y tolerantes, no creyentes infectados por el virus de la fe. Si los padres quieren inyectar a sus hijos una creencia, que lo hagan con su dinero y con sus medios; pero que no nos obliguen a los demás a ser cómplices de ese adoctrinamiento en lo irracional.

Por todo esto, me parece necesario y muy sano que alguien diga las cosas como lo hace Richard Dawkins en estos documentales, olvidándose del aborrecible lenguaje políticamente correcto tan del gusto del progresismo de pacotilla. Es hora y media de televisión de la mejor dividida en dos piezas -empiecen por la de arriba-, así que, si quieren, siéntense cómodamente a disfrutar. Están en su casa.

Un brindis por la Europa de la Ilustración

El filósofo ilustrado François Marie Arouet, Voltaire (1694-1778).La libertad de expresión “no debe restringirse más para responder a la creciente sensibilidad de algunos grupos religiosos”, dice una resolución aprobada ayer por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa. El texto -aprobado por 98 votos a favor, 7 en contra y 3 abstenciones- “reafirma que no puede haber una sociedad democrática sin el derecho fundamental a la libertad de expresión” y que ésta incluye “el debate abierto sobre la religión y las creencias”. Después de la reacción fanática que siguió en el mundo islámico a la publicación de unas caricaturas sobre Mahoma por el diario danés Jyllands-Posten y del intento de censura vaticana a la película El código Da Vinci, el Consejo de Europa sentencia que “el debate, la sátira, el humor y la expresión artística deben disfrutar de un alto grado de libertad de expresión y el recurso a la exageración no ha de ser visto como una provocación”.

El texto, titulado Libertad de expresión y respeto de las creencias religiosas, se alinea con las tesis de quienes mantuvimos desde el principio que el derecho a la libertad de expresión es irrenunciable y que incluye el derecho a equivocarse y ofender. “En una sociedad democrática, las comunidades religiosas pueden defenderse contra la crítica y el ridículo según la legislación y las normas de los derechos humanos”, dice. No hay lugar, por tanto, ni siquiera para la censura que tan deseosas están de imponer algunas confesiones en Occidente.

El Consejo de Europa, integrado por 46 países y 800 millones de europeos, se pronuncia, además, contra la creación de legislaciones antiblasfemia como las que todavía existen en muchos países. “Las leyes contra la blasfemia y la crítica de las prácticas y dogmas religiosos han tenido a menudo un impacto negativo sobre el progreso social y científico. Esta situación empezó a cambiar con la Ilustración”, recuerdan los autores, en lo que es una reivindicación de los valores de la civilización occidental frente al fanatismo religioso. La resolución recuerda que la libertad religiosa es un derecho fundamental -que por cierto se respeta en las sociedades laicas y no en las teocráticas-, y que el fomento del odio hacia cualquier grupo religioso es intolerable y debe ser perseguido por los Estados.

Frente a los políticos que, tras el escándalo de las caricaturas, actuaron como unos cobardes y estaban dispuestos a traficar con un derecho fundamental para calmar a los islamistas incendiarios, ha vencido la Europa ilustrada, la que se encuentra en la raíz de nuestra civilización: no hay nada, creencias incluidas, que esté libre de crítica ni de mofa. Europa ha apostado por la libertad y contra la teocracia. Hoy hay motivos en el Viejo Continente para un brindis.