Extraterrestres

El extraterrestre de ojos almendrados de la tumba de Ptah-Hotep que es en realidad una flor de loto

El gris de la mastaba de Path-Hotep, tal como se presenta en algunas webs esotéricas.No sabía nada del extraterrestre de la tumba de Ptah-Hotep, en Saqqarah (Egipto), hasta que Juan José Sánchez Arreseigor lo sacó a relucir en la charla que dio en el marco de la jornada de la TerBi (Asociación Vasca de Ciencia-Ficción, Fantasía y Terror) del sábado. “En un relieve de la tumba de Ptah-Hotep, algunos ven una especie de alienígena de ojos avellanados; pero no es nada más que un jarrón con sus hojas”, explicaba el historiador bilbaíno al tiempo que mostraba la foto que pueden ver a la derecha. No dudé en ningún momento de lo que contaba Sánchez Arreseigor en su charla “El Egipto oculto; nada que ocultar” -los piramidiotas son capaces de cualquier cosa-, pero lo borroso de la imagen hizo que me lanzara inmediatamente a Google a buscar otras en las que se viera mejor la decoración de la tumba. Encontrar una me costó lo que se tarda en leer esta frase.

El jarrón con la flor de loto que puede verse en guías turísticas.“¡Las implicaciones del descubrimiento de este fresco que incluye un extraterrestre son enormes y podría tratarse de una de las pistas más importantes de la intervención alienígena en la Antigüedad!”, dice el autor de una web paranormal. Para él, “esta pintura podría explicar por qué los egipcios parecían estar tan avanzados técnicamente y cómo fueron capaces de construir las pirámides con tanta precisión”. Y, en la web Lo Inexplicable, se presenta la imagen borrosa con el siguiente texto: “Parecido a un Alienigena actual, pero en un mural egipcio situado en la tumba de Ptah-Hotep que data de hace mas de 2300 años. ¿Casualidad?”. Vamos, que les ayudaron seres de otros mundos, como sostiene Juan José Benítez. Mi rápida búsqueda por la web no sólo confirmaba lo que había apuntado Sánchez Arreseigor -como es lógico-, sino que, además, dejaba claro que los amigos de lo oculto no se habían molestado en buscar una foto decente de los relieves policromados -que no frescos- de la mastaba de Ptah-Hotep. ¡Para qué si ya tenían su extraterrestre borroso! La imagen en buena resolución, procedente de un libro que se vende por todo Egipto a los turistas, demuestra que los ojos del alienígena corrresponden a hojas de una flor de loto y que parte de la cabeza y el cuerpo son el jarrón y la mesa o soporte sobre la que se encuentra éste.

Es un burdo misterio menor, pero un buen ejemplo de la tergiversación de los hechos habitual entre quienes llenan nuestro pasado y presente de enigmas del tres al cuarto. Cuando ya tenía abocetadas estas líneas a partir de lo contado por el historiador bilbaíno y mi búsqueda de imágenes en Internet, me he encontrado con que Larry Orcutt y Lalo Márquez ya desmontaron hace años la historia del gris de la tumba de Ptah-Hotep, administrador y visir de Dyedkara-Isesi, faraón de la V Dinastía.

Muere a los 93 años Bill Bequette, el periodista que inventó los platillos volantes

Bill Bequette, el periodista que inventó los platillos volantes, murió el 24 de abril en su casa de Kennewick (Washington) a los 93 años, según ha informado la prensa local. Bequette trabajaba en el diario East Oregonian, de Pendleton (Oregon), cuando, el 24 de junio de 1947, Kenneth Arnold protagonizó el avistamiento con el que nació el mito de los platillos volantes y fue el autor del teletipo que difundió la noticia por todo Estados Unidos.

Arnold iba su avioneta de Chehalis a Yakima cuando, a las 15 horas, vio, en las inmediaciones del monte Rainier, nueve objetos extraños que volaban a gran velocidad. Cuando aterrizó en Pendleton, intentó alertar de lo que había visto al FBI, dado que temía que se tratara de algún tipo de ingenio militar soviético, pero la oficina local estaba cerrada, así que acabó en la redacción del East Oregonian. Allí contó lo que había visto a dos periodistas, Nolan Skiff y Bill Bequette. El primero escribió una información apresuradamente, y el segundo la editó y encajó en la portada del periódico del día siguiente.

Los platillos no eran tales

Kenneth Arnold posa junto a su avioneta poco después de haber visto nueve ovnis cerca del monte Rainier. Foto: AP.El segundo párrafo del texto de la primera página del East Oregonian del 25 de junio de 1947 comenzaba diciendo: “Él [Arnold] dijo haber visto a las 15 horas de ayer nueve aeronaves con forma de platillo que volaban en formación, muy brillantes -como si fueran de níquel- y volando a inmensa velocidad”. Nada más acabar con la información Bequette preparó otra versión para la agencia AP, que empezaba: “Nueve objetos brillantes con forma de platillo volando «a increíble velocidad» a 10.000 pies de altura han sido vistos hoy por Kenneth Arnold, de Boise (Idaho), piloto que ha dicho que no puede aventurarse a decir qué eran”. El problema es que los objetos no tenían forma de platillo.

Arnold había dicho a Bequette y Skiff que los objetos que había visto volaban a gran velocidad “erráticos, como un platillo si lo lanzas sobre el agua”, y el primero había asumido que tenían forma de platillo, tal como se die en la información del East Oregonian y el teletipo de AP. Pero los platillos no eran tales; tenían en realidad forma de bumerán. Sin embargo, la confusión entre la forma del vuelo y la de los objetos hizo fortuna y los cielos del mundo se llenaron de platillos volantes.

La expresión platillo volante no aparece tal cual en las dos primeras informaciones redactadas por Bequette, pero eso no significa que él no sea, en última instancia, el creador del término. Es el periodista del East Oregonian quien atribuye a los objetos vistos por Arnold la forma que no tienen y usa la palabra platillo para describirlos. Algo que tiene forma de platillo y vuela es un platillo volante, como acabaron llamándose poco después. El periodismo puso la primera piedra del mito ufológico con el bautizo erróneo de los extraños objetos que habían alarmado a un hombre de negocios de Boise.

Un año después, Bequette entró a trabajar en la redacción del Tri-City Herald, diario de Kennewick en el que hasta 1985 formó a jóvenes redactores, escribió editoriales y, entre otras cosas, consiguió que, como los hombres, las mujeres periodistas recibieran un sueldo según sus méritos.

Las caras y las firmas de Kate Middleton y Guillermo de Inglaterra revelan sus personalidades, según ‘El Mundo’

Apartado grafológico del 'especial' del diario 'El Mundo' dedicado a la boda real inglesa.

Echo en falta la astrología, la quiromancia y otras ciencias ocultas en el especial que El Mundo ha dedicado a la boda de Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton, de cuya existencia me ha alertado Jorge Louzao Penalva. Y es que el diario madrileño dedica sendos apartados de ese especial al análisis de la personalidad de los novios a partir de sus caras y de sus firmas. Los autores de la sarta de perogrulladas de rigor sobre los contrayentes son dos expertos, José Guillermo Pastor y Manuel Gallardo Vicente, de un centro madrileño que mezcla el peritaje caligráfico con las anticientíficas grafología y morfopsicología, que es como se llaman la prácticas que pretenden deducir la personalidad de los rasgos de la escritura y de la cara, respectivamente.

Puestos a hacer tonterías, hubiera sido más innovador por parte del diario de Pedro J. Ramírez recurrir al culomántico Ulf Buck, vidente ciego alemán que se gana la vida palpando las líneas de culos ajenos, aunque dudo de que los novios se hubieran prestado al juego. Bromas aparte, en nada se diferencian la astrología, la quiromancia y la culomancia de la grafología y la morfopsicología. Las cinco tienen el mismo fundamento científico: ninguno. Los grafólogos dicen sinsentidos como que la forma en que Franco, Hitler, Mussolini, Pinochet y Stalin escribían la letra efe revela su crueldad. Y los morfopsicólogos creen que una boca pequeña demuestra que alguien es ahorrador y una nariz carnosa implica capacidad de afecto. En ambos casos, aciertan cuando analizan la letra y la cara de personajes conocidos por ellos, pero nunca han demostrado ser capaces de lo mismo cuando no conocen al personaje cuya personalidad tienen que deducir de la escritura o los rasgos faciales.

El vidente alemán Ulf Buck, en plena faena. Foto: Reuters.Lo que los dos expertos han visto en las caras reales inglesas y sus firmas es la habitual sarta de obviedades, como puede comprobar cualquiera: él “es un hombre satisfecho y orgulloso de su categoría social”, “una persona paciente y con un gran sentido diplomático”, “puede llegar a mostrarse distante, frío e incluso rudo”…; ella “acostumbra a economizar sus esfuerzos utilizando para ellos su ingenio”, “posee una capacidad de comunicación excelente”, es “luchadora y valiente, posee una gran resistencia y fortaleza frente a los problemas”. Todo tan halagador que da la sensación de que estamos ante la pareja perfecta. Esa actitud es comprensible entre los videntes de las diferentes especialidades cuando están cara a cara con el cliente -nunca le dirán que no asciende en el trabajo porque es un vago o que su mujer le ha dejado porque no hay quien le aguante, ya que el objetivo es que pague y que vuelva a la consulta. En este caso, tanto halago puede deberse a esa, para mí incomprensible, devoción hacia la monarquía de algunos plebeyos -brujos incluidos- o al deseo de satisfacer al cliente, en este caso, el diario El Mundo.

En España, cuando nacieron las dos hijas de los Príncipes de Asturias, el peloteo llevó a la agencia Efe a consultar a astrólogos que cubrieron de halagos a las infantas Leonor y Sofía. Y recordaba, en su día, que la menor era Tauro y compartía signo con Salvador Dalí, Juan Pablo II, William Shakespeare y Leonardo da Vinci, pero no decía que también lo fueron el pedófilo y caníbal Albert Hamilton Fish y Herman Webster Mudgett, autor confeso de veintisiete asesinatos. ¡Y es que no hay nada como saber elegir! Por cierto que, dos años antes, el consabido cúmulo astrológico de generalidades sobre la infanta Leonor pasó por alto que comparte signo zodiacal -Escorpio- con indeseables como Charles Manson, el asesino de Sharon Tate, y Coral Eugene Watts, que mató a decenas de mujeres en Estados Unidos. Obviamente, compartir el signo con alguien no implica nada y sólo se hace como una muestra más de adulación al poderoso, o al cliente.

¿Invitados extraterrestres?

Las bodas principescas nunca me han interesado. A fin de cuentas, en esta parte del mundo los reyes reinan, pero, por fortuna, hace tiempo que no gobiernan. Por eso, me imagino que, de existir alienígenas y estar observándonos, un enlace real como el inglés les resultaría todavía menos atractivo que a mí. Lo que ya es decir. El único posible interés sería el antropológico: ver cómo millones de personas siguen apasionadas la unión de dos privilegiados. Claro que puedo estar confundido, y los extraterrestres ser unos marujos de cuidado, fans de Belén Esteban y otros monstruos televisivos. Porque George Filer, militar retirado estadounidense que dirige el Centro OVNI Nacional, sostiene que “las naves parecen tener interés en cualquier cosa importante. Se las ha visto recientemente sobre Libia y cerca del tsunami japonés”. Y, por eso, espera que los visitantes se manifiesten el 29 de abril sobre la abadía de Westminster durante la boda de Guillermo de Inglaterra y Kate Middleton. A mí, equiparar un festejo principesco con catástrofes como la de Japón y la guerra de Libia me parece una broma de mal gusto.

Proponen buscar indicios de minería de asteroides como pista de la existencia de extraterrestres

Misión minera en un asteroide que se aproxima a la Tierra. Ilustración: Denise Watt/NASA.

Dos astrónomos proponen, en un artículo aceptado en el International Journal of Astrobiology, buscar indicios de minería en asteroides de otros sistemas planetarios dentro de la estrategia de búsqueda de inteligencia extraterrestre. Duncan Forgan, de la Universidad de Edimburgo, y Martin Elvis, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, parten del supuesto de que llega un momento en el que una civilización avanzada tiene que empezar a explotar los asteroides de su sistema para obtener recursos minerales de los que ya se han agotado las reservas en su planeta, y que podríamos detectar indicios de esa actividad.

Los autores afirman que hay tres tipos de alteraciones provocadas por la minería de astroides que podrían verse desde la Tierra: el desequilibrio químico producido en el disco de materia que rodea una estrella por la extracción de unos elementos concretos, el debido a la destrucción de los asteroides más grandes para su explotación y el térmico causado por el polvo generado por la actividad minera. “El análisis de meteoritos sugiere que existen grandes cantidades de oro, platino y otros metales preciosos en los asteroides del Sistema Solar, además de de otros elementos como hierro, níquel, magnesio y silicio”, explican en su artículo, titulado “Extrasolar asteroid mining as forensic evidence for extraterrestrial intelligence” (Minería extrasolar de asteroides como prueba forense de la inteligencia extraterrestre). Se calcula que la riqueza mineral contenida en los cuerpos del Cinturón de Asteroides, situado entre Marte y Júpiter, es el equivalente a 100.000 millones de dólares para cada ser humano. En su libro Mining the sky, John S. Lewis, profesor de ciencias planetarias de la Universidad de Arizona, dice que un asteroide de un kilómetro de diámetro podría contener 30 millones de toneladas de níquel, 1,5 millones de toneladas de cobalto y 7.500 toneladas de platino. Sólo este último tendría un valor de 150.000 millones de dólares. ¡Y puede haber un millón de asteroides de este tamaño en el Sistema solar!

La minería de asteroides es una empresa cara y compleja, pero el ser humano tendrá que lanzarse a ella en un futuro cercano, ya que, por ejemplo, las reservas terrestres de platino se agotarán en el próximo siglo. Forgan y Elvis creen que cualquier civilización tecnológica como la nuestra se verá en un momento obligada a emprender este tipo de actividad, quizá mediante robots, que los primeros blancos serán los objetos más grandes y que se extraerán determinados elementos. “Los extraterrestres que tengan motivos económicos similares a los nuestros encontrarán deseables los proyectos de minería extraplanetaria según se vayan agotando los recursos de su mundo” y esa actividad prolongada en el tiempo provocará una reducción del número de grandes objetos, un cambio significativo en la proporción esperable de elementos y gran cantidad de polvo. Cada una de esas alteraciones, por separado, podría resultar explicable por causas naturales, dicen, pero, si se dan varias o todas a la vez, es posible que se deban a inteligencias alienígenas y, por tanto, debería considerarse como una primera pista de la existencia de otra civilización. Una pista, añaden,que la presencia de biomarcadores en un planeta determinado, porque estos sólo indican vida, no inteligencia.

La auténtica batalla de Los Ángeles

Dos meses y medio después del bombardeo de Pearl Harbor, a las 2.15 horas del 25 de febrero de 1942, los radares militares de Los Ángeles detectaron un tráfico no identificado sobre el Pacífico a unos 220 kilómetros al oeste de la ciudad. La inteligencia naval había avisado del riesgo de un inminente ataque japonés, había habido una falsa alarma horas antes y, en la tarde del 23 de febrero, un submarino japonés había cañoneado un campo petrolífero cercano a Santa Bárbara. Así que se alertó a las baterías antiaéreas y a los pilotos del 4º Comando de Interceptores -ningún avión llegó a despegar-, mientras los radares seguían al objeto, que volaba hacia Los Ángeles.

Cuando, seis minutos después del primer contacto, el intruso se encontraba a pocos kilómetros de la costa, las autoridades militares ordenaron un apagón en la ciudad y sus alrededores. Y, a las 3.16 horas, los cañones de la 37ª Brigada de Artillería Costera abrieron fuego contra el objeto no identificado. En total, dispararon 1.400 proyectiles durante una hora. Ninguno dio en el blanco. A las 7.21 horas, se levantó la alerta con varios edificios dañados por el fuego amigo, tres muertos en accidentes de tráfico y otros tres de ataque al corazón.

Versiones contradictorias

"El Ejército dice que la alarma fue real", titulaba a toda plana 'Los Angeles Times'.“El Ejército dice que la alarma fue real”, titulaba a toda plana Los Angeles Times al día siguiente. Como otros diarios, pedía explicaciones a las autoridades. Y es que no estaba claro lo que había pasado: “En dos declaraciones oficiales, emitidas mientras el secretario de Marina (Frank) Knox atribuía en Washington la actividad a una falsa alarma y a la tensión nerviosa, el Mando (de Defensa Occidental del Ejército) confirmaba y reconfirmaba en San Francisco la presencia de aviones no identificados en el sur de California”, se leía en la primera página del diario angelino.

El general George Marshall, jefe del Estado Mayor del Ejército, creía que el incidente había sido causado por aviones comerciales empleados por el enemigo para extender el pánico entre la población. Al final, el secretario de Guerra, Henry L. Stimson, concluyó que entre uno y cinco aparatos japoneses habían sobrevolado Los Ángeles procedentes de aeródromos secretos de California o México, o de submarinos. La discrepancia entre Marina y Ejército llevó a los principales medios de comunicación a despacharse a gusto.

The Washington Post apuntaba el 27 de febrero que la teoría del Ejército lo explicaba todo, “excepto de dónde venían los aviones, a dónde se dirigían y por qué no se mandaron cazas estadounidenses en su persecución”. Un día después, The New York Times hurgaba en la herida: “Si las baterías antiaéreas dispararon sobre nada, como sostiene el secretario Knox, es un signo de cara incompetencia y de nerviosismo. Si dispararon contra aviones, algunos que volaban tan bajo como 2.700 metros, como mantiene el secretario Stimson, ¿por qué fueron totalmente ineficaces? ¿Por qué no se mandaron aviones estadounidenses a perseguirlos o identificarlos? ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido un ataque aéreo de verdad?”.

“Sinfonía de ruido y color”

El coronel de artillería John Murphy fue testigo de la batalla. Los disparos le despertaron cuando dormía en un hotel a cuya azotea subió para ver qué pasaba. “Era una hermosa noche de luna, pero la magnificencia de la Luna quedaba eclipsada por el brillante resplandor de los cañones de 90 milímetros y de 3 pulgadas escupiendo fuego a los cielos, los fogonazos y el ruido de los proyectiles explotando, la delicados trazos rojos y verdes de los obuses de 40 y 50 milímetros arqueándose perezosamente a través de los cielos, y la incandescencia brillante de los reflectores, de aquí para allá, arriba y abajo”, recordaba en 1949 en el Antiaircraft Journal.

Vio lo mismo que decenas de miles de civiles. “¡Una bella imagen, un gran espectáculo! ¿Pero a qué estaban disparando?”, se preguntaba retóricamente el militar en la revista de la artillería siete años después. Para él, estaba claro: “La imaginación podría fácilmente haber revelado muchas formas en el cielo en medio de esa extraña sinfonía de ruido y color. Pero la fría objetividad no descubrió en el cielo ningún avión de cualquier tipo, amigo o enemigo. Y, de repente, se hizo el silencio y sólo la luz de la Luna aliviaba el sombrío panorama de una ciudad totalmente a oscuras”. Cuando llegó al cuartel de la 37ª Brigada de Artillería Costera, “nadie sabía exactamente lo que había ocurrido”.

Junto con el general Jacob Fickel y el coronel Samuel Kepner, Murphy entrevistó a 60 testigos civiles y militares para intentar esclarecer los hechos. Los resultados fueron sorprendentes: la mitad había visto aviones; la otra mitad, nada. Un piloto “describió diez aparatos en formación de V”. Un artillero, “muchos aviones”; su compañero, ninguno. La conclusión de los investigadores fue que todo había comenzado cuando alguien creyó ver un globo -“Por supuesto, visualizó un zepelín japonés o alemán”- y, “una vez que empezó el fuego, la imaginación creó todo tipo de objetivos en el cielo y todos se sumaron al combate”. El objeto no identificado que provocó la alarma fue, según Fickel, Kepner y Murphy, un globo meteorológico lanzado por los propios militares poco antes, dictamen en el que coincidieron en 1983 expertos de la Oficina de Historia de la Fuerza Aérea, que también destacaban cómo los japoneses habían negado tras la guerra haber llevado a cabo una incursión aérea aquella noche en la región de Los Ángeles.

La mejor prueba de la presencia de algo extraño sobre California aquella noche es una foto publicada por Los Angeles Times en la que la luz de los proyectores parece confluir en un objeto entre las descargas antiaéreas. Sin embargo, en otra instantánea en la que las luces de los focos no confluyen, sólo se ven en el cielo las detonaciones y los haces de los reflectores. Además, Scott Harrison, fotógrafo del periódico angelino, ha descubierto recientemente que la imagen con el objeto está tan retocada -con algunos haces remarcados con pintura blanca y otros borrados para que quedara bien en el diario-, que, “con los estándares actuales, no se habría publicado”.

La famosa imagen del 'objeto' iluminado por los reflectores y entre detonaciones. Foto: 'Los Angeles Times'.

Platillos volantes
La película Invasión a la Tierra (Battle: Los Angeles), que se estrena el próximo viernes en España, toma este episodio bélico como punto de partida de un ataque alienígena a escala planetaria. Lo que, en la ficción hollywoodiense, ocurrió el 25 de febrero de 1942 es que naves extraterrestres sobrevolaron la ciudad californiana para preparar una posterior invasión. “Decidimos que todas las apariciones anteriores de ovnis, incluyendo la de aquella noche, eran misiones de reconocimiento… Preparaban el terreno para la invasión de fuerzas desconocidas”, explica el productor Ori Marmur.

Nadie hace 69 años pensó que la alerta estuviera relacionada con extraterrestres porque, entre otras cosas, los primeros platillos volantes no se vieron en los cielos de Estados Unidos hasta junio de 1947. La batalla de Los Ángeles se incorporó al folclore ovni en la segunda mitad de los años 60, pero su ascenso al Olimpo de los avistamientos masivos de posibles naves de otros mundos no llegó hasta 1987 en la revista Fate. A partir de ese momento, los ufólogos más chiflados -los mismos que sostienen que en una base secreta de Nevada hay cadáveres de alienígenas y que somos víctimas de experimentos de hibridación- se apropiaron del suceso, minimizando el contexto histórico e ignorando, como otras muchas veces, que estaba explicado desde casi el día después.

Aquella noche de la Segunda Guerra Mundial en la que un globo meteorológico disparó todas las alarmas en el sur de California hubo, no obstante, mucha gente con motivos para alegrarse. “Los habitantes de Los Ángeles tuvieron que sentirse muy felices. Tenían confirmación visual y sonora de que estaban bien protegidos. ¡Y los artilleros antiaéreos estaban felices! Habían disparado más proyectiles que los que les habrían autorizado en diez años de prácticas en tiempo de paz”, escribía el coronel Murphy en 1949. Y todo porque los nervios llevaron a un artillero a abrir fuego precipitadamente.

Helicópteros militares, en la costa de California durante el ataque alienígena de 'Invasión a la Tierra'. Foto: Sony Pictures.


Submarinos japoneses en la costa californiana

Siete submarinos japoneses habían empezado a patrullar la costa pacífica de Norteamérica tras el bombardeo de Pearl Harbor, del 7 de diciembre de 1941, que metió a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. A última hora de la tarde del 23 de febrero de 1942, uno de ellos cañoneó el campo petrolífero de Ellwood, cerca de Santa Bárbara (California). Este ataque, protagonizado por el sumergible I-17 del comandante Kozo Nishino, y la batalla de Los Ángeles sirvieron de inspiración a Steven Spielberg para su comedia 1941 (1979), en la cual John Belushi interpreta a un piloto de caza que persigue aviones japoneses por todos lados.

El bombardeo de Ellwood se saldó con la destrucción de una torre de perforación, una sala de bombas y una pasarela. Fue un incidente menor. Sin embargo, sirvió de pretexto para el internamiento de los estadounidenses de origen japonés, puso en alerta a los militares y llevó a la costa occidental de EE UU el miedo a un inminente ataque que acabaría provocando, a la noche siguiente, la batalla de Los Ángeles. Después de la madrugada del 25 de febrero, los submarinos japoneses siguieron atacando barcos y bombardeando instalaciones costeras.