Erich von Däniken

La tumba del faraón

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.La Gran Pirámide es la más antigua de las Siete Maravillas del Mundo y la única que ha llegado hasta nuestros días. Se levanta en la meseta de Giza, a las afueras de El Cairo, dentro de un complejo funerario vigilado por una gigantesca esfinge. No es única -hay decenas de pirámides en Egipto y sólo en Giza existen once-, pero sí la más grande: de base cuadrada, con 230 metros de lado, fue durante 3.800 años el edificio más alto del mundo. Sus 146,6 metros originales -ahora mide 138,8- fueron el techo de la arquitectura hasta que en el siglo XIV los superó la catedral de Lincoln (Reino Unido).

Considerada por los historiadores la tumba del faraón Keops, que reinó entre 2551 y 2528 antes de Cristo (aC), hay autores que sostienen, sin embargo, que no fue obra de los antiguos egipcios. “Se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”, argumenta Juan José Benítez en su serie Planeta encantado. Resulta ciertamente difícil de creer que “gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura” construyeran un edificio tan complejo, con pocos centímetros de diferencia entre sus lados, milímetros de desviación respecto a la horizontal y sus caras orientadas casi perfectamente hacia los puntos cardinales.

Ayuda atlante

“La pirámide de Keops tiene esta particularidad, entre otras muchas: su altura en metros multiplicada por mil millones equivale a la distancia Tierra-Sol, es decir, 149,5 millones de kilómetros”, destaca Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). Quienes como el autor suizo mantienen que no la hicieron por sus medios los súbditos del faraón de la IV Dinastía, apuntan a la ayuda de seres de otros mundos y atlantes que les habrían transmitido los conocimientos para acometer la empresa. Una de esas técnicas sería la del ablandamiento de la piedra, que habría ahorrado la extracción y posterior transporte de los más de 2 millones de bloques de unas 2,5 toneladas que se calculan para la Gran Pirámide.

Los piramidólogos dicen que, sin naves extraterrestres, máquinas atlantes o técnicas como la del ablandamiento de la piedra, los antiguos egipcios no podían levantar el edificio. “La tecnología aplicada en esa construcción es tan increíble que sería imposible realizarla con la que utilizamos en la actualidad, y mucho menos con las herramientas de madera y de cobre que existen en el Museo de El Cairo provenientes de la IV Dinastía”, sentencia Manuel José Delgado, un habitual de las revistas esotéricas españolas para quien la Gran Pirámide “ni fue una tumba ni fue construida por Keops”. ¿Qué fue entonces?

Hubo en los años 70 del siglo pasado una fiebre piramidológica, como consecuencia de la publicación de El poder mágico de las pirámides (1974), de Max Toth y Greg Nielsen. El libro incluía una pequeña pirámide roja de cartón -a escala de la Keops- para ponerla debajo de la cama y descansar mejor, meter cuchillas de afeitar en su interior y que duraran más tiempo afiladas o usarla para incrementar la potencia sexual. “Sin duda alguna, los próximos años han de aportar un gran avance en la recuperación de la sabiduría extensiva e intensiva de las pirámides”, auguraban Toth y Nielsen a mediados de los años 70. El tiempo ha pasado y ahora se venden casas piramidales con el mismo fundamento con que se quitan méritos a los humanos de otras épocas.

Una gran potencia

El Egipto de Keops no era el país atrasado que describe Benítez. Era un Estado con una compleja organización política, económica y social, que conocía la escritura desde hacía siglos. Los habitantes del valle del Nilo disfrutaban hace 4.600 años de grandes obras de canalización y riego, y habían redactado el primer tratado de cirugía. La Gran Pirámide fue la obra cumbre de un largo proceso que había empezado siglos antes con los enterramientos bajo un montón de tierra, arena o piedras; continuado con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; ascendido hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra en la Pirámide Escalonada de Saqqarah; y culminado con la de Keops.

El egiptólogo Mark Lehner calcula que los trabajadores -no esclavos- que construyeron la Gran Pirámide tuvieron que poner “un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Herodoto (484-425 aC) escribió que se levantó en 20 años con 100.000 hombres. Lehner piensa que “es posible -y más creíble- que (el geógrafo e historiador griego) se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando en turnos de tres meses, más que al número total en Giza en un momento dado”. Los arqueólogos saben de qué canteras salían los bloques, cómo se trabajaban y cómo se transportaban. Bastaba con el ingenio humano y la tecnología de la época, aunque sí había algo extraordinario: la planificación de todo, desde las cuadrillas en Giza y las canteras hasta el transporte de las piedras, pasando por el suministro de alimentos para los trabajadores, la organización de los almacenes… Un esfuerzo gigantesco para garantizar la vida eterna al faraón.

Ningún estudio ha demostrado, por el contrario, que las piedras de la pirámide de Keops sean artificiales, que platillos volantes las colocaran en su sitio o que echaran una mano a los antiguos egipcios los supervivientes de una civilización desaparecida que pasaban por allí. El poder mágico de las pirámides de Toth y Nielsen sigue siendo, treinta años después, tan esquivo para la ciencia como el monstruo del lago Ness. Y, para encontrar una relación entre cualquier dimensión de un objeto y la distancia de la Tierra al Sol, sólo hay que elegir el dato apropiado: un bolígrafo Bic mide 15 centímetros, la billonésima parte de los 150 millones de kilómetros que nos separan de nuestra estrella. ¿Significa esa mágica relación que es un artilugio extraterrestre?


El libro

Todo sobre las pirámides (2007): Magnífica obra de divulgación del egiptólogo Mark Lehner. Puede complementarse con el documental Así se hizo la Gran Pirámide (2002), de la BBC, que recrea cómo los egipcios levantaron el monumento.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

En busca de la Atlántida

Hipotética recreación de la Atlántida. Autora: Leire Fernández.

Todo el mundo sabe dónde está la Atlántida: en el fondo del mar. Allí la mandó Zeus, después de que sus habitantes se corrompieran e intentaran someter por las armas al resto del mundo. Porque, aunque popularmente la atlante suele ser presentada como una civilización idílica, no es precisamente eso lo que de ella nos ha transmitido Platón en sus diálogos Timeo y Critias. Estos dos textos del filósofo ateniense, que vivió entre los siglos V y IV antes de Cristo (aC), son las referencias más antiguas al continente desaparecido, en las que se han basado todos los que después han hablado de la civilización atlante.

Cuenta Platón que hace unos 11.000 años existía más allá de las Columnas de Hércules -el Estrecho de Gibraltar- una isla más grande que el norte de África y Asia Menor juntas. Era el hogar de una avanzada civilización y debía su nombre a Atlas, rey de la isla y primogénito del dios Poseidón y la humana Cleto. Tierra de promisión, era un paraíso en el que abundaban las materias primas, y las fachadas de los edificios estaban cubiertas de metales preciosos. Los atlantes navegaban por todos los mares y fueron pacíficos hasta que se corrompieron, intentaron conquistar el mundo y acabaron chocando con los atenienses, quienes, solos, les derrotaron y liberaron a la Humanidad. Zeus hundió entonces la isla Atlántida en el mar como castigo a la impiedad de sus habitantes.

En mitad del océano

La Atlántida obsesiona a mucha gente casi 2.500 años después de Platón. Se calcula que se han publicado más de 25.000 libros sobre el continente perdido, en el cual algunos sitúan el origen de los indios norteamericanos, los vascos… La interpretación clásica del texto platónico localiza la isla en el Atlántico. Es por lo que apostó en 1882 en su libro Atlantis: the antediluvian world (Atlántida, el mundo antediluviano) el congresista estadounidense Ignatius Donnelly quien sentó las bases de la moderna atlantología. Mucho antes que Erich von Däniken y Charles Berlitz, leyó literalmente al filósofo griego, dijo que el desaparecido continente había estado en mitad del Atlántico y dejó escrito que fue allí donde el ser humano se civilizó.

Donnelly hizo escuela y, a pesar de que se han propuesto decenas de posibles ubicaciones de la Atlántida -desde la Antártida hasta Groenlandia, pasando por los Andes y Canarias-, situarla entre Europa y América es lo más habitual. La existencia de pirámides a ambas orillas del océano se explicaría, así, porque los supervivientes de la ira de Zeus habrían llegado hasta Egipto y Mesoamérica, y transmitido a los indígenas la sabiduría para levantar esos edificios. A primera vista, parece posible que el océano se haya tragado una isla del tamaño que dice Platón; pero hay un inconveniente insalvable: hasta un niño sabe que, por mucho que lo intentemos, en un rompecabezas de 100 piezas, la 101 no entrará jamás. Y eso es lo que pasa con la Atlántida, que no cabe en la Tierra.

Animación de la evolución de los continentes.La corteza de nuestro planeta es un rompecabezas de piezas que flotan sobre roca fundida. Las placas que forman los continentes y los fondos oceánicos crecen por lugares como la cordillera volcánica del centro del Atlántico, lo que hace que Europa se aleje de Norteamérica entre 1,8 y 2,5 centímetros anuales; se reducen donde se encuentran y una se hunde por debajo de otra o chocan entre sí para formar cordilleras como la del Himalaya; y acumulan tensión en puntos de encuentro donde provocan terremotos, como ocurre en California con la falla de San Andrés. Los continentes que existen son los que siempre ha habido, si bien se mueven y hubo un tiempo en que eran uno solo, llamado Pangea. No hay agujeros, espacio libre en el que en un pasado remoto cupiera una isla continente.

La gloria de Atenas

Los atlantólogos pasan por alto, además, que hace 11.000 años no había en el mundo ningún imperio. Sólo existían grupos de cazadores recolectores como los pintores de la cueva de Altamira. No había nada parecido al imperio de la Atlántida ni a Atenas porque todavía no había ciudades. Por eso los historiadores leen el relato del filósofo como una ficción moralizante en la que, ensalzando a su ciudad natal, se inventa un poder que conquista el Mediterráneo hasta que topa con los atenienses. En el fondo, como ha apuntado el arqueólogo Ken Feder, de la Universidad Central del Estado de Connecticut, es la misma historia que la de La guerra de las galaxias, pues ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en un sitio muy, muy lejano, y está protagonizada por un malvado imperio que sucumbe ante un puñado de humanos libres abandonados a su suerte.

Es posible, no obstante, que haya algo de verdad en la historia de Platón. No hay que descartar, aunque probarlo sea imposible, que el filósofo se apropiara de hechos históricos reales para elaborar el relato de la Atlántida. Así, en 373 aC, pocas décadas antes de que escribiese los dos diálogos, hubo una importante ciudad del Peloponeso que se hundió en las aguas de la noche a la mañana. Se llamaba Helike, era la capital de la Liga Aquea y desapareció en una laguna tras un terremoto, en una catástrofe que se achacó a la ira de Poseidón. Sus restos se encontraron en 2001.

La estructura anillada de la capital de la Atlántida -en la cual se alternan canales de agua y masas de tierra hasta la isla central, donde está el templo a Poseidón- recuerda la de los núcleos urbanos de la cultura de Tartessos, desarrollada entre los siglos VIII y VI aC al suroeste de la Península Ibérica, más allá de las Columnas de Hércules. ¿Y el conflicto bélico entre atlantes y atenienses? Podría tratarse de una reedición de las Guerras Médicas (498-479 aC). Ocurridas en vida del filósofo, enfrentaron al poderoso Imperio Persa con los griegos y, en batallas como la de Maratón, los atenienses frenaron a las tropas invasoras, como luego harían con el imperio atlante en la obra de Platón.


El libro

En busca de la Atlántida (1998): Richard Ellis es el autor de este magnífico libro sobre el mítico continente cuya existencia ha persistido como una creencia durante más de dos milenios sin formar parte de ningún credo religioso.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Descifran la máquina de Antiquitera

Esquema de engranajes de la máquina de Antiquitera. Foto: AMRP.

“No hay otro instrumento como éste. Nada comparable aparece en los textos científicos y literarios antiguos. Por el contrario, de lo que sabemos de la ciencia y la tecnología de la época helenística, habría que deducir que un dispositivo así no pudo existir”, escribió el físico e historiador de la ciencia británico Derek J. de Solla Price en la revista Scientific American en 1959. Tras años de estudio, creía que el artefacto de la Antigüedad conocido como la máquina de Antiquitera era un calendario astronómico, “el venerable progenitor de la actual plétora de aparatos científicos”. Investigadores británicos, griegos y estadounidenses anuncian hoy en Nature que han descifrado sus secretos: es una calculadora astronómica, aunque mucho más complicada de lo que De Solla Price sospechaba.

Lugar del hallazgo de la máquina de Antiquitera. Gráfico: G. de las Heras y J.M. Benítez.Una tormenta desvió de su ruta un barco griego de pescadores de esponjas poco antes de la Pascua de 1900. Llegaron a la pequeña isla de Antiquitera -a medio camino entre el Peloponeso y Creta- y, cuando se sumergieron, encontraron a 61 metros de profundidad los restos de un barco romano que había naufragado hacia 65 antes de Cristo (aC). Durante año y medio, pioneros de la arqueología submarina sacaron del pecio esculturas de mármol y bronce, ánforas y multitud de pequeños objetos. Cuando examinaba los restos en 1902, Valerios Stais, director del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, descubrió una masa de madera y bronce que parecía un artefacto de engranajes. Era una pieza de la máquina de Antiquitera.

Tecnología del siglo XXI

El aparato es un mecanismo de bronce y madera del tamaño de una caja de zapatos: 31,5 centímetros de longitud, 19 de anchura y 10 de grosor. Originalmente, el sistema de ruedas dentadas estaba protegido por una caja de madera, hoy casi totalmente perdida. Esa caja tenía una puerta frontal y otra trasera, “con inscripciones astronómicas que cubrían la mayor parte del exterior del mecanismo”, explican Michael Edmunds, astrofísico de la Universidad de Cardiff, y sus colaboradores en Nature. Hasta nosotros han llegado 82 fragmentos del aparato, cinco de los cuales incluyen parte de las tapas con las instrucciones.

Todas las piezas de la máquina de Antiquitera. Foto: AMRP.Edmunds y su equipo han examinado los restos con los más modernos sistemas de exploración. En otoño de 2005, trasladaron maquinaria de grandes dimensiones hasta la capital griega, dada la fragilidad y el valor de las piezas, que se guardan en una urna con condiciones controladas. Expertos de Hewlett-Packard tomaron imágenes digitales de los trozos de metal y madera, que después fueron examinados con un escáner de rayos X de alta resolución de la compañía británica X-Tek Systems, de 8 toneladas de peso. Las dos empresas forman parte del Proyecto de Investigación del Mecanismo de Antiquitera (AMRP), junto con las universidades de Cardiff, Atenas y Aristóteles de Tesalónica, y el Museo Arqueológico Nacional de Atenas, donde está el artefacto.

La tecnología del siglo XXI ha permitido ver mejor el estilo de letra de las inscripciones, común entre 150 y 100 aC. Además, ahora es legible el doble de texto que en la época de De Solla Price y eso, junto con el número de dientes de las ruedas, ha ayudado a determinar para qué servía la máquina. El dial frontal se utilizaba para conocer “la posición del Sol y la Luna en el Zodíaco, y un calendario correspondiente de 365 días que podía ajustarse para los años bisiestos”. Los dos diales traseros indicaban el tiempo según dos ciclos astronómicos: el de Calipo -de 76 años y 940 lunaciones- y el de Saros -de 18 años y 223 lunaciones-, usado para predecir eclipses solares y lunares. Además, los autores creen, por las inscripciones, que pudo haber engranajes -hoy perdidos- para vaticinar el movimiento de los planetas.

“Astronomía exacta”

Dial frontal de la máquina de Antiquitera, con sus engranajes correspondientes. Abajo, diales traseros, con sus engranajes. Recreación: AMRP.Los científicos del AMRP han identificado entre los restos del mecanismo un total de 30 ruedas dentadas hechas a mano y creen que la máquina original tuvo otras siete, mientras de De Solla Price propuso en su día una reconstrucción de 29 ruedas, con otras dos hipotéticas. El historiador de la ciencia François Charette, de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich, afirma que el nuevo modelo es “muy seductor y convincente en todos sus detalles”, y que obliga a abandonar el de De Solla Price. “Este dispositivo es extraordinario, único en su género. El diseño es bello, y su astronomía exacta”, dice Edmunds. “Quien lo hiciera lo hizo extraordinariamente bien”.

“Los calendarios eran importantes en las sociedades antiguas para establecer las actividades agrícolas y las fechas de los festivales religiosos. Los eclipses y los movimientos de los planetas tenían a menudo interpretaciones proféticas, mientras que la tranquila regularidad de los ciclos astronómicos debe de haber sido filosóficamente atractiva en un mundo violento e incierto”, explican los autores, entre los que hay astrofísicos, matemáticos, filólogos y arqueólogos, que asisten hoy y mañana en Atenas a un congreso internacional sobre la máquina de Antiquitera. El aparato es tan complicado que no hay otro equiparable hasta que aparecen los primeros relojes mecánicos, ya bien entrada la Edad Media. “Plantea la cuestión de qué más hicieron los griegos de la época. Por su importancia histórica y su rareza, lo considero más valioso que la Mona Lisa“, sentencia Edmunds, cuyo equipo planea ahora hacer un modelo informático de la máquina y, con el tiempo, uno real.

¿La construyó Hiparco de Nicea?

Un investigador prepara una de las piezas para la exploración. Foto: AMRP.Michael Edmunds y sus colaboradores apuntan en Nature la posible identidad del diseñador de la máquina de Antiquitera. Creen que pudo tratarse del considerado primer astrónomo científico, Hiparco de Nicea o de Rodas (190-120 aC). Matemático y geógrafo, además de astrónomo, vivió en la época en la que fue construido el mecanismo y en Rodas, donde murió y de donde se cree que partió el barco romano que lo transportaba.

Hiparco fue uno de los grandes genios de la Antigüedad. Sucedió a Eratóstenes en la dirección de la Biblioteca de Alejandría y sus hallazgos revolucionaron la astronomía. Elaboró un catálogo de 850 estrellas, clasificadas según su brillo aparente, tal como se hace en la actualidad; midió el año con un error de 6,5 minutos; descubrió la precesión de los equinoccios; calculó la distancia de la Tierra a la Luna con mucha precisión; y -lo más importante en el caso de la máquina de Antiquitera- desarrolló una teoría que explicaba las irregularidades del movimiento de la Luna por el cielo debidas a su órbita elíptica.

“Encontramos una plasmación mecánica de esta teoría (sobre el movimiento de la Luna) en el engranaje del mecanismo, lo que revela un grado inesperado de sofisticación técnica para esa época”, indican los autores. La máquina podría ser, según ellos, la plasmación física de algunos de los hallazgos de Hiparco de Nicea, ciudad a la que apuntan como puerto de salida las ánforas y monedas recuperadas del pecio de Antiquitera.

Otro invento de los dioses astronautas

“¿De qué benévolos astronautas recibieron nuestros antepasados este sorprendente regalo?”, se preguntaba Erich von Däniken sobre la máquina de Antiquitera en 1973, en su libro El mensaje de los dioses. El escritor suizo hizo fortuna en los años 70 y 80 presentando como misterios atribuibles a visitantes extraterrestres numerosos vestigios arqueológicos de todo el mundo.

El astrofísico Michael Edmunds. Foto: AMRP.Treinta años después, el ufólogo español Bruno Cardeñosa considera, en su libro 100 enigmas del mundo, que el mecanismo de Antiquitera es “un ejemplo perfecto que viene a quebrar una verdad impuesta: hace 2.000 años no existía la tecnología para confeccionarlo y aún no se habían alcanzado los conocimientos que se derivan de su perfección a la hora de calcular movimientos de astros”.

El astrofísico Michael Edmunds, líder del equipo de investigadores que ha examinado el mecanismo, indicó ayer a este periódico que considera “desafortunadas” tanto la explicación extraterrestre como cualquier otra que hurte el logro a los antiguos griegos. “Estamos seguros de que fue hecha por los griegos. La astronomía que hay en la máquina es completamente compatible con la del periodo en el que se construyó (entre 150 y 100 aC). ¡Lo que esto demuestra es que la tecnología griega era entonces realmente avanzada! Y eso no es un misterio, ¡es interesante!”.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

SciFi Channel prepara una miniserie basada en las ideas de Erich von Däniken

Me acabo de enterar, a través de la bitácora de la Tertulia Literaria Fantástica de Bilbao, de que SciFi Channel prepara una miniserie de seis horas basada en las ideas del escritor suizo Erich von Däniken, quien propugna que los extraterrestres visitaron la Tierra en la Antigüedad e influyeron en las grandes culturas del pasado y cuyo parque temático de Suiza se encuentra en una difícil situación financiera. La serie se titulará Chariots of the gods, como tradujeron en el mundo anglosajón el libro Recuerdos del futuro (1968), y será producida por Irwin Winkler y escrita por John Whelpley. Arrancará con la historia de un soldado que encuentra un artefacto que demuestra que los alienígenas han interferido en el desarrollo genético humano. SciFi Channel, que podrá verse en España desde el 1 de junio en Digital +, ya estrenó en abril The triangle, miniserie sobre las desapariciones del triángulo de las Bermudas de la que hemos hablamos aquí y que se repone en la actualidad en la plataforma de pago de Sogecable.

La bancarrota de los dioses

EN LA RUINA. Erich von Däniken, en la zona del parque donde está la réplica de Stonehenge. Foto: AP.Los dioses se han olvidado de Erich von Däniken (Zofingen, 1935). El ex hostelero suizo se hizo millonario con la idea de que los dioses y los seres fantásticos de los libros sagrados y las leyendas de la Antigüedad fueron visitantes de otros mundos. Desde la publicación de Recuerdos del futuro en 1968, ha vendido más de 60 millones de libros, pero ahora los marcianos parecen haberle dado la espalda: su último proyecto, un parque temático que explota el filón alienígena, necesita urgentemente 2,5 millones de euros para mantenerse a flote.

Däniken se convirtió en los años 70 en el principal profeta de una Prehistoria e Historia Antigua alternativas donde todo avance y gran obra humana se debían a la intervención de extraterrestres a los que nuestros antepasados tomaron por dioses. Aparecían en el Antiguo Testamento en forma de ángeles, destruían Sodoma y Gomorra con bombas nucleares, ayudaban a los egipcios a levantar las pirámides, los indios peruanos construían las pistas de Nazca para que aterrizaran sus naves, los supervivientes de un naufragio espacial enseñaban a los habitantes de la isla de Pascua a esculpir sus famosas estatuas…

Escribir en la cárcel

La idea no era nueva. La habían formulado ya Louis Pauwels y Jacques Bergier, en El retorno de los brujos (1960), y, sobre todo, Robert Charroux, en varias obras anteriores a 1968 de las que Daniken copió ejemplos de misterios inexplicables. Al final, todos vendieron más libros y se beneficiaron del éxito de Recuerdos del futuro, cuya continuación escribió el suizo en la cárcel, donde pasó una temporada -fue condenado a tres años y medio- por malversación de fondos, falsificación de documentos y evasión de impuestos.

De vuelta a la calle, siguió escribiendo y vendiendo libros como rosquillas durante los años 70 y buena parte de los 80. Y, a finales del siglo pasado, se embarcó en su proyecto más ambicioso: crear en Interlaken, en el corazón turístico de los Alpes suizos, un parque temático de 100.000 metros cuadrados dedicado a los dioses astronautas. Consiguió de inversores privados los 53 millones de euros necesarios para construirlo, además del patrocinio de firmas como Coca-Cola, Sony y Fujitsu-Siemens. Cuando abrió sus puertas en mayo de 2003, el Parque del Misterio esperaba 500.000 visitantes anuales; cuatro meses después, había recibido más de 200.000 y se especulaba con una posible ampliación. Las acciones llegaron a cotizar en 2004 a casi 13 euros, pero, ahora, con los visitantes bajo mínimos, están a sólo 1,6.

Dänikenlandia es una Las Vegas paranormal, con réplicas de la pirámide de Keops y del Castillo de Chichen Itzá, entre otros monumentos, y unos omnipresentes extraterrestres que ayudaron en el pasado al hombre -preferentemente, al no europeo- a desarrollarse. “Es un Chernóbil cultural”, ha dicho Antoine Wasserfallen, de la Academia Suiza de Ciencias Técnicas, en referencia a las ideas de su compatriota, desmontadas piedra a piedra por los historiadores y que se basan en tergiversaciones y falsificaciones.

La compañía que explota el parque ha pedido a la Justicia protección frente a sus acreedores hasta que los accionistas se pronuncien en mayo sobre una posible reestructuración. Mientras tanto, el autor de El oro de los dioses (1972) puede mirar al cielo con la esperanza de que los dioses hagan como en sus libros y desciendan con una solución a sus problemas.

Publicado originalmente en el diario El Correo.