CSICOP

Un periodista incrédulo, entre la élite científica

Kendrick Frazier. Foto: CSICOP.El periodista científico estadounidense Kendrick Frazier ha sido elegido miembro de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), sociedad editora de la revista Science y uno de los más selectos clubes científicos del mundo. Me he enterado leyendo el último número de The Skeptical Inquirer, la revista del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), y me he llevado una gran alegría.

Conocí a Frazier -Ken, para los amigos- hace ocho años en Heidelberg (Alemania) durante la celebración del Segundo Congreso Escéptico Mundial, al que acudí como invitado de Paul Kurtz, profesor de Filosofía de la Universidad del Estado de Nueva York y presidente del CSICOP. La primera noche, cené con el periodista y su encantadora esposa Ruth en el restaurante del hotel en el que nos alojábamos. Era mi debut en un encuentro internacional de esas características y el matrimonio Frazier me trató desde que nos presentaron con una gran cordialidad, como si nos conociéramos de toda la vida, algo que después he comprobado que es común a muchos escépticos. Durante aquella velada, hablamos de periodismo, de pensamiento crítico y de su trabajo en Albuquerque (Nuevo México), donde viven y desde donde Frazier dirige la más prestigiosa revista escéptica del mundo. Al cierre de aquel congreso, compartí con el físico ruso Sergei Kapitza, el escritor británico Michael Hutchinson, Kurtz y Frazier una mesa redonda en la que reflexionamos sobre la pseudociencia en nuestros respectivos países.

Miembro del CSICOP, Kendrick Frazier es desde hace veinte años integrante de la directiva de los Laboratorios Nacionales Sandía y, desde hace ocho, responsable de Sandia Lab News, labores que ha compaginado con la dirección de The Skeptical Inquirer, una publicación bimestral imprescindible para los interesados en el análisis crítico de lo paranormal al frente de la que está desde 1977. Antes, había trabajado en la revista Science News. Sus artículos se han publicado en las principales revistas de divulgación y ha escrito ocho libros –Our turbulent Sun, The violent face of Nature y People of Chaco, entre otros-, además de haber coordinado la edición de cinco volúmenes de selecciones de artículos de The Skeptical Inquirer.

Su elección como miembro de la AAAS muestra la importancia que los líderes de la comunidad científica estadounidense dan al papel de un periodista comprometido en la lucha contra lo irracional, de un profesional que ha dedicado casi treinta años a hacer frente al avance de la superstición en nuestra sociedad. “Si, cuando vas a comprar un coche usado, das un puntapié a los neumáticos y pides a un mecánico que le eche un vistazo, ¿por qué no echas una mirada escéptica a la opinión de alguien antes de comprarla?”, suele decir el galardonado, que ingresará oficialmente en la AAAS el 18 de febrero, durante el encuentro anual de la organización en San Luis.

Congratulations, Ken!

“La eutanasia debe ser una opción elegida libremente”, dice Paul Kurtz

La actualidad, a veces, juega muy buenas pasadas. El último número de Pensar, la revista en español del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), incluye una reflexión sobre la eutanasia, a cargo del filósofo Paul Kurtz, que ha llegado a los lectores españoles cuando el derecho a una muerte digna vuelve a estar en boca de todos. Una mujer confesó hace unos días que en 1998 ayudó a morir al tetrapléjico gallego Ramón Sampedro, cuya peripecia vital ha llevado al cine Alejandro Amenábar en una película, Mar adentro, que ha entrado en la carrera de los Oscar. Es posible que el éxito del filme protagonizado por Javier Bardem estuviera en la mente de Alejandro J. Borgo cuando planificó el quinto número de Pensar (oficialmente, el primer número del segundo volumen); pero lo primero no. Fuera cual fuera la idea original, el periodista ha conseguido que la revista vuelva a parecer pegada a la actualidad.

“El cuerpo de una persona, sus posesiones, creencias, valores, acciones y conducta son zonas donde la sociedad no debería entrometerse sin una buena razón”, dice en su artículo Kurtz, presidente del CSICOP, para quien “la eutanasia debe ser una opción elegida libremente” y “la verdadera pregunta no es si deberíamos dejar morir a una persona, sino si deberíamos permitir que se la mantenga viva”. Se refiere el autor, en la última sentencia, a quienes la ciencia actual mantiene vivos contra su voluntad. La reflexión de Kurtz puede que a algunos les parezca fuera de lugar en Pensar, pero encaja perfectamente tanto con los objetivos de la revista como con el humanismo militante del filósofo estadounidense, quien es un firme defensor de la experimentación con células embrionarias, por ejemplo.

Portada del número 5 de la revista ‘Pensar’.El principal artículo de la portada, obra de la periodista Mariana Comolli, expone los mitos que rodean a la sangre y lo que en realidad puede saberse de su análisis. “La ciencia demuestra que la sangre es la llave para conocer, detectar y combatir una importante cantidad de enfermedades que sufre el hombre, pero las terapias naturales no se quedan atrás y tienen sus propias teorías al respecto”, advierte la autora. Teorías disparatadas basadas en la superstición y en la ignorancia, como se deduce de unos ejemplos que llevarían a la risa si no fuera porque lo que está en juego es la salud.

Carcajadas es lo que da el lector con la historia del esqueleto alienígena de Walter H. Andrus Jr.,fundador del MUFON, una de las organizaciones ufológicas más famosas de Estados Unidos. Luis R. González Manso, de la Fundación Anomalía, narra “una de las historias más esperpénticas de la ufología norteamericana, ya de por sí bastante desquiciada”. Al otro lado del Atlántico, cuando uno ve la foto de Andrus en pantalón corto, con el esqueleto de un pequeño ser que considera extraterrestre y lee que por el medio andaba un paleontólogo bromista que publicó un libro de fósiles de criaturas míticas -hadas, duendes…-, se siente ante el remedo yanqui del ufólogo del anillo IOI o de cualquiera de esos misteriólogos que no se quitan el chaleco de Coronel Tapioca ni en la playa ni para pasar la fregona a una casa en Bélmez.

Además de las secciones habituales, Borgo da un repaso a lo que fue el Quinto Congreso Escéptico Mundial, celebrado en Abano Terme (Italia) en octubre. Una fructífera reunión en todos los aspectos, que nos sirvió a algunos para estrechar lazos con colegas de otros países y abrir interesantes líneas de colaboración. El director de ‘Pensar’ y yo tuvimos, además, la oportunidad de intervenir y de compartir mesa y mantel con buena parte de la plana mayor del escepticismo internacional, aunque la mejor noticia fue la confirmación de la futura apertura en Argentina de una delegación del Centro para la Investigación (CfI), organización que también cuenta en España desde hace tres meses con una dirección postal en Bilbao.

Pensar es una publicación trimestral del CSICOP, tiene 28 páginas y cuesta 12 dólares por un año y 20 por dos. Pueden suscribirse a través de Internet o del correo convencional, usando en el primero de los casos la tarjeta de crédito y en el segundo, además, el giro postal. Los residentes en España pueden hacerlo mediante un ingreso bancario en euros. Los números atrasados pueden conseguirse por los mismos medios.

Suscríbase a la revista ‘Pensar’ en España mediante un ingreso bancario

Suscribirse en España a Pensar, la revista iberoamericana para la ciencia y la razón editada por el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), es ahora muy sencillo. La única publicación escéptica concebida para la comunidad hispanoamericana tiene periodicidad trimestral y cuesta sólo $12 por un año (cuatro números) y $20 por dos. Después de convertir los dólares en euros, se tiene que sumar 1 euro a la cantidad a ingresar, para cubrir gastos de gestión. Hay que hacer el ingreso en la cuenta bancaria 0065-0019-61-0001081779, a nombre de Luis Alfonso Gámez, y mandar una copia del resguardo de la operación a:
Centro para la Investigación de España
Apartado 3078
48080 Bilbao

Enigmas al descubierto

Un grupo de intelectuales estadounidenses creó en 1976 el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP). Liderado por el filósofo Paul Kurtz, lo integraban, entre otros, Isaac Asimov, Carl Sagan y Martin Gardner. Les preocupaba el avance de la superstición y reivindicaban una máxima de David Hume: “Afirmaciones extraordinarias exigen pruebas extraordinarias”. El CSICOP tiene hoy entre sus miembros varios premios Nobel, filósofos como Mario Bunge, y divulgadores como John Allen Paulos y Steven Pinker. Y en The Skeptical Inquirer, su revista, se han desenmascarado mitos como los de Uri Geller, el triángulo de las Bermudas, la Atlántida y los ovnis.

La entidad lanzó hace un año Pensar, una revista en español dedicada a “informar, investigar y fomentar el juicio crítico en todas aquellas áreas que resultan misteriosas y atractivas, con el objeto de conocer cuánto hay de verdad y cuánto de fantasía”. Está dirigida por el periodista argentino Alejandro J. Borgo y, en sus cuatro primeros números, ha diseccionado enigmas como los de la sábana santa y las líneas de Nazca, y mitos como el de que usamos el 10% del cerebro. La mayoría de los artículos son originales; a veces, se traduce alguno de la revista hermana de lengua inglesa. En el mundo de lo paranormal, Pensar, subtitulada revista iberoamericana para la ciencia y la razón, explica lo aparentemente inexplicable.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Carl Sagan, un escéptico militante

“Muere creador de serie científica Cosmos“. El 20 de diciembre de 1996, esas seis palabras aparecieron en la pantalla de mi ordenador como encabezamiento de un breve despacho de agencia, un texto de once líneas en el que se destacaba la faceta divulgadora de Carl Sagan. Mi primera reacción fue de resistencia a creer la noticia. Pero, como siempre, la realidad se acabó imponiendo: sucesivas notas de agencia confirmaron, a lo largo de aquella tarde, el fallecimiento del autor de Cosmos. Como muchos, aunque no tuve el placer de conocer personalmente a Sagan, le echo en falta desde entonces.

Han pasado ocho años desde que el cáncer acabó con la vida del científico que más ha hecho por acercar la ciencia al hombre de la calle, y su legado sigue tan vigente como cuando TVE emitió Cosmos por primera vez. Entonces adolescente, seguí la serie de principio a fin, la volví a ver cada vez que la repusieron y acabé comprándomela en vídeo. En los últimos veinte años, se han rodado numerosas series de divulgación científica, pero, si la memoria colectiva tiene una grabada a fuego, es la del sonriente astrofísico que montaba en bicicleta, caminaba por el interior de la biblioteca de Alejandría, recorría el Universo en una cuasi-todopoderosa nave espacial, y hablaba de lo divino y lo humano.

Cosmos fue un éxito de público en todos los países en los que se emitió, gracias a la capacidad de Sagan de transmitir su pasión por la ciencia, por el conocimiento, de una forma comprensible y atractiva. Lo hacía todo tan fácil que conseguía que hasta los que éramos de letras puras y duras nos sintiéramos partícipes de la aventura de la ciencia, y quisiéramos saber más. Todavía me acuerdo de cómo una profesora de Geografía de la Universidad de Deusto destacaba en las aulas el carácter pedagógico de Cosmos y nos la recomendaba ver. Si ella hubiera practicado con el ejemplo que nos ofrecía, sus clases no hubieran resultado tediosas e incomprensibles.

Pero Sagan fue mucho más que Cosmos, que, si algo provocó, fue que los libros del astrofísico se tradujesen al español con inusitada rapidez y que -supongo que gracias en parte al tirón de su imagen televisiva- se vendiesen como rosquillas, hasta el punto de que el basado en la serie llegó a aparecer en fascículos. Muchos de los que seguimos atónitos los trece episodios de la serie, acabamos leyendo otras obras del autor, desde la primera hasta su testamento vital, Miles de millones, en el que asoma el Sagan más comprometido. Porque Sagan divulgaba ciencia, pero también tomaba partido en cuestiones sociales que iban desde la superpoblación hasta la lucha contra fundamentalismos de todo tipo.

Contagió a mucha gente su entusiasmo por la búsqueda de inteligencia extraterrestre y por la exploración espacial, o su temor a que los demonios nucleares se liberaran, pero también hizo algo a lo que que no se ha dado la suficiente importancia: fue un firme opositor de quienes, en El cerebro de Broca, bautizó como fabricantes de paradojas. Sagan ya había mantenido duros enfrentamientos con los paladines de la anticiencia cuando, hace veintiocho años, se sumó a las filas de lo que era un tímido movimiento: el escepticismo organizado ante el progresivo avance de la pseudociencia. Junto a Isaac Asimov y Martin Gardner, entre otros, fue uno de los fundadores del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), organización a la que apoyó siempre que se le necesitaba, según me confesó Paul Kurtz, el presidente del CSICOP, hace unos años.

Si se hicieron en vida dos críticas a Sagan, éstas fueron que simplificaba la ciencia en demasía y que todo lo que flotaba alrededor de él era negocio. Respecto a lo primero, ahora que tras su muerte todo el mundo alaba su trabajo en Cosmos, no está de más recordar que, en su época, algunos censuraron su manera de divulgar, que consideraban simplista en exceso. Sagan, por fortuna, nunca hizo caso a sus críticos y siguió acercando la ciencia a la población en general, consciente de que sólo una ciudadanía informada podía apoyar la investigación científica y orgulloso de su papel de intermediario.

Si simplificar algo para que la gente lo entienda no es malo, tampoco lo es ganar dinero con la divulgación. Sagan lo ganó y controlaba la publicación de sus artículos en otros países hasta el extremo de exigir ver antes las maquetas. Pero hacía excepciones. Así, por ejemplo, su militancia escéptica se anteponía al negocio no sólo cuando se trataba de apoyar el trabajo del CSICOP, sino también cuando se le pedía ayuda desde fuera de Estados Unidos. A mediados de los años 80, tuve oportunidad de comprobarlo. Pedí, sin mucha fe, el permiso para publicar, en la revista de los escépticos españoles, el artículo de Sagan que aparece en este número de Astronomía Digital. La respuesta del divulgador no se hizo esperar: nos autorizó, a cambio de recibir una copia de la revista para su archivo. Ése fue el Sagan que, además del de la televisión y los libros, conocí indirectamente, un hombre comprometido con sus principios que podía pedir el dinero que quisiera por sus trabajos, pero que, llegado el momento, no dudaba en respaldar iniciativas de las que no iba a sacar nada.

Carl Sagan hubiera cumplido hoy 70 años.

Publicado originalmente en Astronomía Digital.