Carl Sagan y lo innecesario de la divinidad

Se cumplen hoy diez años de la prematura muerte de Carl Sagan (1934-1996), astrofísico, escéptico y maestro de la divulgación de la ciencia y del pensamiento crítico. Su serie Cosmos fue para muchos de los que la vimos, a principios de los años 80, algo sorprendente, inesperado y apasionante. «El Cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez. Nuestras contemplaciones más tibias del Cosmos nos conmueven: un escalofrío recorre nuestro espinazo, la voz se nos quiebra, hay una sensación débil, como la de un recuerdo lejano, o la de caer desde lo alto. Sabemos que nos estamos acercando al mayor de los misterios», decía al comienzo del primer episodio. Era el paso inicial de una aventura de trece capítulos, rebosante de ciencia y humanismo.
Cada uno de los seguidores de Cosmos tiene sus momentos preferidos. El fragmento que traigo aquí hoy, a modo de homenaje, me impactó profundamente por su simplicidad y contundencia, tanto en la versión televisiva como en la literaria, que varía ligeramente. Y viene como anillo al dedo en un momento en el que la intransigencia religiosa intenta que quienes no tenemos necesidad de creer en seres superiores comulguemos una vez más con ruedas de molino. Escuchen y lean a Sagan. No creo que haga falta decirlo más claro:

Si el cuadro general de un universo en expansión y de un Big Bang es correcto, tenemos que enfrentarnos con preguntas aún más difíciles. ¿Cómo eran las condiciones en la época del Big Bang? ¿Qué sucedió antes? Había un diminuto universo carente de toda materia y luego la materia se creó repentinamente de la nada? ¿Cómo sucede una cosa asi? Es corriente en muchas culturas responder que Dios creó el universo de la nada. Pero esto no hace más que aplazar la cuestión. Si queremos continuar valientemente con el tema, la pregunta siguiente que debemos formular es evidentemente de dónde viene Dios. Y, si decidimos que esta pregunta no tiene contestación, ¿por qué no nos ahorramos un paso y decidimos que el origen del universo tampoco tiene respuesta? O, si decidimos que Dios siempre ha existido, ¿por qué no nos ahorramos un paso y concluimos diciendo que el universo siempre ha existido?

La primera vez que escuché este razonamiento por boca de Carl Sagan me sorprendió por su lógica aplastante. Un cuarto de siglo después de su emisión, sigue teniendo la misma fuerza y su difusión sigue siendo vital, sobre todo en una España donde la Iglesia católica quiere imponernos a todos sus puntos de vista y quiere apropiarse de la ética, como se apropió en su día de mitos ajenos hasta para su festividad más importante, la Navidad, que no es sino la adaptación cristiana de rituales romanos y egipcios que festejaban el solsticio de Invierno.

Reeditado ‘El mundo y sus demonios’

Si hay para mí una obra básica sobre el pensamiento mágico y su impacto en la sociedad contemporánea, es El mundo y sus demonios, de Carl Sagan. No sé cuántos ejemplares del libro he regalado, ni cuántas veces lo he recomendado. Después de varios años en los que ha sido difícil de encontrar, ha vuelto a las librerías, lo cual es una magnífica noticia en ese cuasi desierto que es la producción literaria escéptica en español. El autor de Cosmos sabía, y tenía ganas y capacidad de comunicar. Nadie niega que cometiera errores -¿quién no lo hace?-; pero entre sus aciertos destaca haber conectado con el público y haber sido un divulgador comprometido que siempre plantó cara a la irracionalidad. Hasta el final.
Sagan habla en El mundo y sus demonios de todo: de la Atlántida, de las posesiones demoniacas, de la hipnosis, de los círculos de los sembrados, de la curación por la fe, del espiritismo, de la parapsicología, de la cara de Marte, de los ovnis… y del escepticismo, de su pasión por la ciencia y del peligro que supone la superstición para la democracia. Es un libro denso y magníficamente escrito, repleto de sólidos argumentos y de breves razonamientos que cuestionan la solidez de la lógica de los fabricantes de misterios.
«La idea de que Mr. Spock pueda ser un cruce entre ser humano y una forma de vida de evolución independiente en el planeta Vulcano es genéticamente mucho menos probable que cruzar con éxito un hombre y una alcachofa. La idea, sin embargo, sirve de precedente en la cultura popular a los híbridos extraterrestres-humanos que más tarde se convirtieron en una componente central de la historia de la abducción por extraterrestres», explica Sagan. Me acordé de estas frases al escuchar algo parecido de boca del astrofísico cuando hace poco pasaba a DVD viejas grabaciones sobre ciencia y pseudociencia. La sentencia es lapidaria: demuestra la estupidez de los experimentos de hibridación entre humanos y extraterrestres que tan queridos son al sector más alienado de la ufología, y es un ejemplo que entiende cualquiera.
A veces, no hacen falta largos discursos sobre los problemas del viaje interplanetario o el extraño fenómeno que lleva a los marcianos a aterrizar siempre en lugares apartados, bastan dos frases bien razonadas para poner en evidencia lo disparatado de algunos presupuestos ufológicos. Y lo mismo ocurre con otras creencias que Carl Sagan desenmascara en este libro, una de esas joyas que no puede faltar en la biblioteca de ningún escéptico.
Sagan, Carl [1995]: El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad [The demon-haunted world]. Trad. de Dolors Udina. Editorial Planeta. Barcelona 2005. 493 páginas. 29 euros.

Carl Sagan, un escéptico militante

«Muere creador de serie científica Cosmos«. El 20 de diciembre de 1996, esas seis palabras aparecieron en la pantalla de mi ordenador como encabezamiento de un breve despacho de agencia, un texto de once líneas en el que se destacaba la faceta divulgadora de Carl Sagan. Mi primera reacción fue de resistencia a creer la noticia. Pero, como siempre, la realidad se acabó imponiendo: sucesivas notas de agencia confirmaron, a lo largo de aquella tarde, el fallecimiento del autor de Cosmos. Como muchos, aunque no tuve el placer de conocer personalmente a Sagan, le echo en falta desde entonces.
Han pasado ocho años desde que el cáncer acabó con la vida del científico que más ha hecho por acercar la ciencia al hombre de la calle, y su legado sigue tan vigente como cuando TVE emitió Cosmos por primera vez. Entonces adolescente, seguí la serie de principio a fin, la volví a ver cada vez que la repusieron y acabé comprándomela en vídeo. En los últimos veinte años, se han rodado numerosas series de divulgación científica, pero, si la memoria colectiva tiene una grabada a fuego, es la del sonriente astrofísico que montaba en bicicleta, caminaba por el interior de la biblioteca de Alejandría, recorría el Universo en una cuasi-todopoderosa nave espacial, y hablaba de lo divino y lo humano.
Cosmos fue un éxito de público en todos los países en los que se emitió, gracias a la capacidad de Sagan de transmitir su pasión por la ciencia, por el conocimiento, de una forma comprensible y atractiva. Lo hacía todo tan fácil que conseguía que hasta los que éramos de letras puras y duras nos sintiéramos partícipes de la aventura de la ciencia, y quisiéramos saber más. Todavía me acuerdo de cómo una profesora de Geografía de la Universidad de Deusto destacaba en las aulas el carácter pedagógico de Cosmos y nos la recomendaba ver. Si ella hubiera practicado con el ejemplo que nos ofrecía, sus clases no hubieran resultado tediosas e incomprensibles.
Pero Sagan fue mucho más que Cosmos, que, si algo provocó, fue que los libros del astrofísico se tradujesen al español con inusitada rapidez y que -supongo que gracias en parte al tirón de su imagen televisiva- se vendiesen como rosquillas, hasta el punto de que el basado en la serie llegó a aparecer en fascículos. Muchos de los que seguimos atónitos los trece episodios de la serie, acabamos leyendo otras obras del autor, desde la primera hasta su testamento vital, Miles de millones, en el que asoma el Sagan más comprometido. Porque Sagan divulgaba ciencia, pero también tomaba partido en cuestiones sociales que iban desde la superpoblación hasta la lucha contra fundamentalismos de todo tipo.
Contagió a mucha gente su entusiasmo por la búsqueda de inteligencia extraterrestre y por la exploración espacial, o su temor a que los demonios nucleares se liberaran, pero también hizo algo a lo que que no se ha dado la suficiente importancia: fue un firme opositor de quienes, en El cerebro de Broca, bautizó como fabricantes de paradojas. Sagan ya había mantenido duros enfrentamientos con los paladines de la anticiencia cuando, hace veintiocho años, se sumó a las filas de lo que era un tímido movimiento: el escepticismo organizado ante el progresivo avance de la pseudociencia. Junto a Isaac Asimov y Martin Gardner, entre otros, fue uno de los fundadores del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), organización a la que apoyó siempre que se le necesitaba, según me confesó Paul Kurtz, el presidente del CSICOP, hace unos años.
Si se hicieron en vida dos críticas a Sagan, éstas fueron que simplificaba la ciencia en demasía y que todo lo que flotaba alrededor de él era negocio. Respecto a lo primero, ahora que tras su muerte todo el mundo alaba su trabajo en Cosmos, no está de más recordar que, en su época, algunos censuraron su manera de divulgar, que consideraban simplista en exceso. Sagan, por fortuna, nunca hizo caso a sus críticos y siguió acercando la ciencia a la población en general, consciente de que sólo una ciudadanía informada podía apoyar la investigación científica y orgulloso de su papel de intermediario.
Si simplificar algo para que la gente lo entienda no es malo, tampoco lo es ganar dinero con la divulgación. Sagan lo ganó y controlaba la publicación de sus artículos en otros países hasta el extremo de exigir ver antes las maquetas. Pero hacía excepciones. Así, por ejemplo, su militancia escéptica se anteponía al negocio no sólo cuando se trataba de apoyar el trabajo del CSICOP, sino también cuando se le pedía ayuda desde fuera de Estados Unidos. A mediados de los años 80, tuve oportunidad de comprobarlo. Pedí, sin mucha fe, el permiso para publicar, en la revista de los escépticos españoles, el artículo de Sagan que aparece en este número de Astronomía Digital. La respuesta del divulgador no se hizo esperar: nos autorizó, a cambio de recibir una copia de la revista para su archivo. Ése fue el Sagan que, además del de la televisión y los libros, conocí indirectamente, un hombre comprometido con sus principios que podía pedir el dinero que quisiera por sus trabajos, pero que, llegado el momento, no dudaba en respaldar iniciativas de las que no iba a sacar nada.
Carl Sagan hubiera cumplido hoy 70 años.
Publicado originalmente en Astronomía Digital.