Cara de Marte

La obsesión marciana, en Punto Radio Bilbao

Almudena Cacho y yo hablamos el 21 y 28 de enero en Protagonistas Bizkaia, en Punto Radio Bilbao, de la obsesión marciana, en la decimoquinta y decimosexta entregas del espacio que la emisora de Vocento dedica semanalmente al pensamiento crítico.

La obsesión marciana, a examen el martes en Bilbao

Marte.El planeta rojo nos obsesiona desde hace más de un siglo. Primero, fueron los canales; luego, los marcianos invasores y mesiánicos; más tarde, la conspiración de Alternativa 3; después, el descubrimiento de un mundo desolado con extrañas formaciones de apariencia artificial; hace poco, el hallazgo de pruebas de un pasado con agua líquida… De todo esto y mucho más hablaré el martes, a partir de las 19.30 horas, en Marte, la obsesión roja, la segunda de las conferencias programadas por AlhondigaBilbao con motivo del Año Internacional de la Astronomía. Una gran carpa instalada en la plaza Indautxu de la capital vizcaína acogerá hasta el día 18 la exposición Across the Universe, una conferencia diaria, talleres, debates y un planetario. Quien se acerque a la carpa podrá explorar el Universo primitivo, el cielo de Bilbao, Marte, los orígenes y la alimentacion en el espacio, de la mano de Ana Achúcarro, Jesús Ibañez, Luis Alfonso Gámez, Manu Arregi, Álvaro de Rújula, Juan Luis Mañes, Agustín Sánchez Lavega, Ricardo Amils, Mariano Moles, Jorge Ruiz, Ignacio Martínez y Ricardo Pérez. Ya saben, si quieren, donde nos vemos. El programa merece la pena.

Pasión marciana

Marte.Marte nos obsesiona desde que en el siglo XIX el astrónomo aficionado Percival Lowell lo cartografió desde el observatorio de Flagstaff (Arizona), que fundó en 1894. Miembro de una acaudalada familia estadounidense, se había sentido atraído por el planeta rojo tras saber de la existencia de las líneas descubiertas en su superficie por Giovanni Schiaparelli en 1877. El científico italiano había visto lo que consideraba vías de agua naturales. Lowell las convirtió en un producto del ingenio marciano: después de quince años de observaciones, concluyó que eran canales artificiales, una obra de ingeniería a escala planetaria para luchar contra la desertización.

El Marte decimonónico estaba sediento. Agonizaba, y una red de acequias que transportaba el agua almacenada en los polos hasta las regiones ecuatoriales era la solución a la que habían recurrido sus habitantes para sobrevivir. Lowell popularizó la idea en tres libros: Mars (1895), Mars and its canals (1906) y Mars as the abode of life (1908). Escribía artículos, daba conferencias… “Era el Carl Sagan de su tiempo”, dice Robert Mills, director del Observatorio Lowell. La crítica situación que vivían los habitantes de Marte caló hasta el punto de que protagonizaron la primera invasión extraterrestre, la de La guerra de los mundos (1898) de Herbert George Wells.

El ataque

Los marcianos siguieron siendo una amenaza mucho tiempo después de la publicación de la novela de Wells. El 31 de octubre de 1938, sus ansias de conquista les llevaron hasta la primera página de The New York Times. La noche anterior, un joven Orson Welles había escenificado La guerra de los mundos para la CBS en una sesión de radioteatro con formato de docudrama: científicos, políticos, periodistas y gente de la calle vivían en directo el ataque por parte de “espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables”. Miles de personas tomaron la ficción por una invasión marciana, especialmente en Nueva Jersey y Nueva York, y hasta creyeron oír los disparos y ver las llamas del campo de batalla.

'La guerra de los mundos' de Orson Welles, en la primera página de 'The New York Times'.

Aún no habían aparecido en los cielos los primeros platillos volantes -lo hicieron en junio de 1947-, pero la opinión pública estadounidense ya consideraba posible la llegada de seres de otros mundos. Después de ver los restos de Hiroshima tras la primera bomba atómica, el escritor soviético de ciencia ficción Alexander Kazantsev planteó en 1946, en un cuento, que el objeto que había explotado en Tunguska en 1908, y arrasado 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, no había sido ni un cometa ni un asteroide, sino una nave espacial accidentada. Los visitantes procedían del planeta rojo de Lowell y habían venido a recoger agua del lago Baikal para paliar la sed de sus congéneres.

Los canales y la visión de Marte como hogar de una civilización agonizante fueron destruidos por las primeras sondas espaciales que sobrevolaron el planeta. La Mariner 4 envió a la Tierra en 1965 veintiún fotos de un mundo desértico, muerto. Las conducciones de agua habían sido una creación del cerebro humano, como los animales en las nubes. Cuando nuestros emisarios mecánicos llegaron al planeta rojo, se fueron al garete también las ensoñaciones de los ufólogos que -como los españoles Eduardo Buelta, Manuel Pedrajo, Óscar Rey Brea y Antonio Ribera– habían situado en Marte el origen de los platillos volantes. Pero pronto volvió a rodear el planeta un halo de misterio.

Giza en los cielos

El orbitador de una de las sondas Viking -los primeros ingenios humanos que pisaron la roja arena marciana- fotografió en julio de 1976 unas extrañas formaciones en la región de Cydonia: parecían una cara que miraba al cielo, unas pirámides y otras construcciones. Robert Bauval y Graham Hancock, herederos intelectuales de Erich von Däniken, propusieron en 1998 que se trataba del equivalente alienígena a las edificaciones de la meseta de Giza (Egipto). “Cuanto más detenidamente se examina, más evidente resulta que realmente podría tratarse de un conjunto de enormes monumentos en ruinas sobre la superficie de Marte”.

La cara de piedra de Cydonia tal como la vio el orbitador del 'Viking1' en 1976. Foto: NASA.La foto, tomada desde 1.873 kilómetros de altura, fue durante un cuarto de siglo esgrimida por algunos ufólogos como la prueba de que la NASA ocultaba la existencia de vida inteligente extraterrestre. Los científicos decían, sin embargo, que se trataba de meros accidentes orográficos. “Esas figuras merecen mayor atención con mayor resolución. Seguramente, unas fotos mucho más detalladas de la cara resolverán dudas acerca de la simetría y ayudarán a esclarecer el debate entre geología y escultura monumental”, auguró Carl Sagan en El mundo y sus demonios (1995). Esas imágenes las consiguió en 2001 la Mars Global Surveyor y dejaron a Marte sin cara y sin pirámides. Había pasado lo mismo que con los canales, pero con una diferencia.

“Mientras que quienes vieron los canales eran generalmente astrónomos profesionales, los que vieron la cara eran vividores, oportunistas que querían hacer dinero con la credulidad de la gente. La cara y las pirámides de Marte son inventos. En realidad, son restos de una superficie plana que se erosionó, que quedaron ahí con formas diversas y en los que, según la iluminación, uno puede ver cualquier cosa”, explica el planetólogo español Francisco Anguita. Hay, no obstante, quienes persisten en su deseo de ver lo que no hay. Richard Hoagland, un escritor que consideraba Cydonia un gran complejo arquitectónico, ve ahora animales, columnas, grabados y máscaras en imágenes tomadas por la Mars Pathfinder en 1997. Y, en enero, otros expertos encontraron una sirenita sentada en una roca en una panorámica del todoterreno Spirit, prueba indiscutible de que en Marte hubo en un pasado mares. ¿O no?


El libro

Historia de Marte. Mito, exploración, futuro (1998): Diez años después de su publicación, este libro del planetólogo español Francisco Anguita sigue siendo la mejor obra de divulgación publicada en nuestro país sobre el planeta rojo. Indispensable.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

“La cara y las pirámides de Marte son un invento de oportunistas”

Francisco Anguita examina una roca en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco. Foto: Mireyia López.

Francisco Anguita es el hombre de Marte en España, el científico que más sabe del planeta rojo. Geólogo planetario, ha hablado en Bilbao sobre lo que el hombre del siglo XXI busca en el mundo vecino y lo que ha encontrado hasta ahora, en un acto organizado por la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.

-¿Por qué nos obsesiona Marte?

-Viene de lejos. Viene de que es el mundo vecino y de que, claramente, no es una estrella. Venus está más cerca y, sin embargo, siempre ha sido considerado una estrella por lo brillante que es. Marte es otra cosa. Además, el color ayuda mucho.

-¿Que sea rojo?

-A los antiguos les tuvo que llamar muchísimo la atención. Es el color de la sangre, del hierro…

-La actual obsesión marciana arranca a finales del siglo XIX, ¿no?

-Sí. Algunos astrónomos creyeron ver canales, veían cosas reales junto con otras que se imaginaban, como los canales artificiales. Y se empezó a hablar de marcianos. La fiebre de los canales prendió en la imaginación popular porque, mientras aquí habíamos construido el de Suez, había gente por ahí que hacía cosas de envergadura planetaria. Desde entonces, los marcianos, esos bichos verdes y con trompetilla, han reinado en el imaginario popular.

Expectación y desilusión

-En cuanto lo sobrevolaron las primeras naves humanas, Marte pasó, sin embargo, de ser un mundo vivo a ser un mundo muerto.

-Durante 40 años, Marte ha estado fluctuando entre la desilusión y la expectación. Con la Mariner 4, que en 1965 no fotografió más que cráteres, parecía que era otra Luna. Las expectativas de décadas se derrumbaron. Pero, luego, en las siguientes misiones se descubrieron los volcanes gigantes y Valles Marineris -un sistema de cañones que tiene 4.500 kilómetros de longitud-, se vio que hay cauces secos que fueron excavados por el agua…

-¿Sin ninguna duda?

-Eso no lo discute ya nadie e implica que Marte es un mundo cuyo clima fluctúa entre dos extremos: uno ultrafrío y seco, como el actual, y otro fresco y húmedo. Nuestro planeta también tiene dos climas básicos -el de glaciación y el de invernadero- entre los que fluctúa.

-Desaparecieron los canales artificales, pero el hombre de finales del siglo XX volvió a ver en Marte lo que deseaba, una esfinge en una foto tomada por la Viking 1 en 1976.

-Sí, pero, mientras que quienes vieron los canales eran generalmente astrónomos profesionales, los que vieron la cara eran vividores, oportunistas que querían hacer dinero con la credulidad de la gente. Se trata de algo mucho más moderno y…

-Menos ingenuo.

-Claro. Ya no es que los científicos se engañen sobre lo que creen ver, sino que el oportunista -una criatura que ha existido siempre y está en alza en esta sociedad- hace negocio con la credulidad de la gente. La cara y las pirámides de Marte son inventos. En realidad, son lo que los geólogos llamamos montes isla.

-¿Testigos?

-Cerros testigos. Son restos de una superficie plana que se erosionó, que quedaron ahí con formas diversas y en los que, según la iluminación, uno puede ver cualquier cosa. Y eso fue convertido por algunos en negocio. La NASA volvió a hacer fotografías de la cara con la Mars Global Surveyor> en 2001…

-Y la esfinge y las pirámides se esfumaron.

-Sí, pero surgió otro mito, según el cual ocho puntos alineados entre los mil que hay allí delimitan un polígono imposible por azar. El reducto de lo irracional siempre va a estar ahí y hay que combatirlo, aunque no podamos acabar con él.

-Bajando al Marte real y hablando de microorganismos, ¿hay vida?

-Si hablamos de vida actual, la probabilidad podría ser del 1%; si hablamos de vida fósil, la elevaría hasta el 10%. No estoy seguro, pero es razonable esperar la existencia de vida fósil. ¿Por qué? Pues, porque en el momento en que surge la vida en la Tierra, la condiciones de Marte son muy parecidas.

-Está hablando de hace unos…

-Por redondear, entre 3.500 y 4.000 millones de años. En Marte corrían entonces los ríos que daba gusto verlos, había muy probablemente un pequeño océano en el que desembocaban y un campo magnético que hacía de paraguas contra las radiaciones inonizadas. Nos podemos plantear: si la vida apareció en la Tierra, ¿por qué no en Marte? La verdad es que no sabemos si basta con que se den unas condiciones determinadas para que surja la vida o si ésta es un fenómeno muy improbable.

-Que además necesita tiempo.

-Sí. El problema para la vida actual en Marte es que ese clima favorable ha durado poco, aunque se haya repetido en el tiempo. En cualquier caso, seguro que un microbiólogo que se dedica a la astrobiología, a la búsqueda de vida en otros mundos, dirá que los extremófilos -microorganismos que viven en ambientes extremos- van a aguantar 1.000 millones de años de un clima imposible bajo el suelo. En Marte hay volcanes que, si no están activos, lo han estado hasta hace sólo 5 ó 10 millones de años y, por tanto, seguro que hay regiones calientes en la corteza en las que el agua puede estar líquida y puede haber ahí vida. ¡Por qué no!

Misión tripulada

El planetólogo madrileño Francisco Anguita en el campus de Leioa. Foto: Mireyia López.-¿Cuándo se resolverá el enigma de la vida en Marte?

-¡Pronto! A mediados de la década próxima, podríamos saber si hay o ha habido vida. La fecha clave será alrededor de 2015, cuando muy probablemente se envíe una misión que traerá muestras a la Tierra. Esto significará contar con 90 ó 100 rocas bien seleccionadas que nos cuenten la historia del clima y, si la hubo, de la vida. Lo que pasa es que, si no aparecen rastros de vida en esas piedras, no podremos descartar que exista o haya existido.

-Para eso, habría que explorar hasta el último rincón del planeta, ¿no?

-Efectivamente. De hecho, si hay vida actual, será subterránea y para un sondeo en profundidad hay que mandar seres humanos.

-¿Cuándo pisaremos Marte?

-Yo no sé si lo veré. Una misión tripulada tiene que ser, por su coste, una iniciativa multinacional. Precisa de un cierto clima político y que definamos prioridades. Hay gente que dice que sería un disparate económico porque absorbería tantos recursos que nos impediría arreglar un poquito este planeta, cosa que hace mucha falta. Creen que es algo que se debería hacer después de resolver los problemas perentorios y, por eso, igual no se puede hacer nunca.

-¿No hay dinero para hacerlo todo?

-Es que el desembolso es tremendo. No sólo es que una misión tripulada costaría lo mismo que cien robóticas, es que no tiene sentido ir a Marte una vez y dejarlo. Hay que establecer una base permanente, como se ha hecho en la Antártida. La cuestión tecnológica no es un gran problema, pero la económica…


EL PERSONAJE

Francisco Anguita (Madrid, 1944) es doctor en Ciencias Geológicas y profesor de Geología Planetaria de la Universidad Complutense de Madrid. Ha participado en dos misiones científicas a la Antártida para estudiar la actividad volcánica y recuperar meteoritos, y es autor de dos libros fundamentales para entender dos mundos: Historia de Marte. Mito, exploración, futuro (1998) y Biografía de la Tierra: historia de un planeta singular (2002).

Publicado originalmente en el diario El Correo.