Atlántida

El legado de los Picapiedra

Javier Cabrera Darquea fue el heredero de los Picapiedra, el guardián del “más revolucionario y antiquísimo mensaje de que tenemos noticia” [Benítez, 1975]. El texto está grabado en más de 15.000 piedras de diversos tamaños que el médico peruano tenía apiladas en tres habitaciones del centro-museo de Ica, como pomposamente llamaba a su casa. Los cantos rodados de Cabrera son el único vestigio de un pasado remoto en el que el hombre cazaba dinosaurios, realizaba complejas operaciones quirúrgicas, surcaba los cielos a bordo de aves antediluvianas y escrutaba el firmamento a través de telescopios. Las piedras de Ica son, para algunos, el “más importante descubrimiento de esta humanidad”. Su propietario estaba convencido de que demuestran que la Tierra albergó una avanzada civilización en el Mesozoico.

Todo empezó en 1966, cuando el médico recibió de un amigo “una pequeña piedra de color, en la que aparecía un extraño pájaro”. El pisapapeles atrajo la atención de Cabrera, quien llegó a la conclusión de que el ave era un pterosaurio, representante de un grupo de reptiles voladores extinguido hace 65 millones de años. Preguntó a su amigo dónde había conseguido el pedrusco y éste le dijo que los grababan los campesinos de Ocucaje, un poblado próximo a Ica. Intrigado, consiguió dar poco después con los indígenas que vendían los cantos grabados y empezó a comprar todas las piedras que ponían ante sus ojos. Descubrió que los guijarros que le proporcionaba masivamente Basilio Uchuya podían ordenarse en series.

Una civilización tecnológica en el Mesozoico

Nueve años después, la biblioteca lítica estaba compuesta por cerca de 11.000 ejemplares, que constituían “la más estremecedora, rotunda y completa prueba de la existencia de otra civilización que pobló el planeta” en la época de los dinosaurios [Benítez, 1975]. Entonces, apareció en escena Juan José Benítez, reportero del rotativo bilbaíno La Gaceta del Norte. El periodista se sintió cautivado por Cabrera y por unas piedras que demostraban unos conocimientos “que han hecho palidecer nuestra soberbia civilización”. Así, aprendió que de los huevos de dinosaurio salían larvas, que luego sufrían una metamorfosis -cual gusano de seda- y se convertían en tiranosaurios, brontosaurios o triceratops. Así, se sintió maravillado por los conocimientos médicos de los terrestres antediluvianos, capaces de realizar trasplantes de corazón, riñón, pulmón, hígado… y hasta cerebro. Así, supo que la desaparición de los lagartos terribles había sido causada por los hombres gliptolíticos -como llamaba Cabrera a los productores de piedras- y el choque contra nuestro planeta de dos de sus tres satélites, que provocó a su vez el hundimiento de Atlántida. Así, se enteró de que aquella civilización no sólo conocía la aviación, sino también de que había abandonado la Tierra en dirección a las Pléyades poco antes del cataclismo. Y el intrépido reportero volvió a España dispuesto a difundir a los cuatro vientos lo que con el tiempo se convertiría en uno de sus misterios favoritos.

Los hombres gliptolíticos eran, según los grabados, pequeños seres cabezones de largas narices, que sólo vestían taparrabos y cubrían sus cráneos con tocados de plumas. A pesar de ser capaces de realizar complicadas intervenciones quirúrgicas, los cirujanos mesozoicos ni usaban guantes ni cubrían sus rostros con mascarillas. Exploraban el cielo con telescopios, volaban a bordo de pájaros mecánicos y viajaban a otros planetas; pero, cuando declararon la guerra a los dinosaurios, lo hicieron sólo armados con primitivas lanzas y cuchillos. Su civilización fue planetaria y construyó las pirámides de Egipto “para captar la energía electromagnética”, explicaba Cabrera. Los egipcios, aseguraba el médico, “carecían de los necesarios medios técnicos para mover y levantar una gran obra como la pirámide de Keops” [Benítez, 1975]. Sin embargo, ni en las pirámides aparecen enanos con tocados de plumas ni se han encontrado piedras similares a las de Ica en ningún otro rincón del planeta.

Fernando Jiménez del Oso cree que “hasta lo aparentemente absurdo puede ser realidad, y las piedras de Ica son una buena prueba de ello” [Jiménez del Oso, 1989a]. El visionario psiquiatra es capaz de justificar lo injustificable, hasta el uso de hachas y puñales en la caza de dinosaurios. “Tal aparente incongruencia -dice- puede explicarse de varias formas; entre otras, la muy simple de que una cultura que evoluciona en lo técnico no ha de recorrer forzosamente el mismo camino que otra, en tanto que los descubrimientos más significativos suelen deberse a la casualidad. De igual manera, también podría estarse aludiendo a un deporte o a un rito, tan discrónico como pueda ser hoy matar toros con un estoque cuando se dispone de ametralladoras” [Jiménez del Oso, 1989b; 23]. El fabricante de misterios pasa por alto que Cabrera describe la masiva matanza de dinosaurios como una guerra a muerte entre humanos y reptiles, en la que lo lógico hubiera sido que el hombre gliptolítico hubiera utilizado potentes armas y no cuchillos, hachas y lanzas.

La Tierra mesozoica del médico peruano no tiene nada que ver con la de la geología. El mundo de Javier Cabrera incluye Atlántida y Lemuria, y la consiguiente catástrofe planetaria. En el caso de las piedras de Ica, el cataclismo se produce al chocar contra el planeta dos de sus tres lunas. Benítez ha reivindicado la figura de Cabrera como precursor de la teoría científica según la cual la caída de un meteorito provocó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años [Benítez, 1994]. El escritor afirma que el coleccionista de piedras se anticipó en años a Luis y Walter Álvarez, pero eso es mentira (1). El novelista mezcla churras con merinas para confundir a sus lectores y dar credibilidad a los disparates de Cabrera, quien dice que la caída de dos lunas –nunca de un meteorito- “contribuyó a la anulación del mecanismo reproductor de los reptiles”. En lo único en lo que es precursor el médico es en llevarse la leyenda de Atlántida hasta la época de los dinosaurios y en poblar la Tierra de enanos narigudos, cuya avanzada civilización tampoco lo debía de ser tanto cuando dejó su mensaje toscamente plasmado en piedras.

Curiosamente, los guijarros con grabados más realistas son los que hacen referencia a los logros médicos de la civilización mesozoica. “Tal realismo en el dibujo de órganos como el corazón -dice Javier Sierra, director de la revista Más Allá-, no volveremos a encontrarlo en ninguna de las demás piedras, lo que ha hecho que no pocos sospechen que, puesto que Cabrera es médico, fuera él mismo quien mandara tallar esa serie desconcertante volcando en ella sus propias ideas” [Sierra, 1994]. Según comprobó el ufólogo turolense en marzo de 1994, hace unos diez años comenzaron a aparecer cantos rodados en los que se advierte de la promiscuidad homosexual como factor de riesgo a la hora de contraer enfermedades, como el sida, que debilitan el sistema inmunológico.

Grabados por encargo

“Entre los huaqueros de los alrededores de Lima (2), se dice que si le informas de tu profesión al médico de Ica, se excusará durante quince minutos y podrás escuchar el ruido de su torno de dentista en una habitación trasera antes de que regrese de las profundidades de su museo con una piedra tallada, que, por una extraña y en cierto modo artificial coincidencia, presenta un dibujo de alguien de un distante pasado ejerciendo tu profesión” [Randi, 1982]. La ironía de James Randi refleja lo que los arqueólogos saben desde hace años, que los indígenas del poblado de Ocucaje se sacan un dinero vendiendo a Cabrera y a los turistas piedras grabadas por ellos mismos.

Basilio Uchuya, Pedro Huamán, Aparicio Aparcana e Irma Gutiérrez, entre otros, han reconocido en repetidas ocasiones ser los fabricantes de los guijarros. Uchuya confesó en 1975 que llevaba diez años grabando piedras para Cabrera y aseguró que copiaba los motivos de revistas ilustradas. En aquel entonces, ni siquiera suscitó suspicacias en Benítez el hecho de que el campesino tuviera en su choza más de una veintena de pedruscos “idénticos a muchos de los que había visto pocas horas antes en el museo de Javier Cabrera”. Lo único que le sorprendió es que no hubiera ninguna piedra de gran volumen. El reportero estaba convencido de que los habitantes de Ocucaje no podían haber hecho las piedras y, una vez más, estaba equivocado.

Varios españoles viajaron hasta el desierto peruano a finales de los años 70 para estudiar las piedras de Ica. Uno de los que regresaron de Perú con guijarros entre su equipaje fue Félix Ares, informático y actual presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico. A cambio de unas cuantas monedas, Uchuya graba desde hace años en pedruscos los motivos -dinosaurios, incluidos- que le piden los turistas, como pudo comprobar el propio Erich von Däniken. Sin embargo, el imaginativo hostelero suizo prefirió creer a Cabrera porque “las revistas publican fotografías de cosas reales, que existen. Pero los complicados motivos que presentan las piedras auténticas de Cabrera no responden a ninguna realidad fotografiable de este mundo” [Däniken, 1977]. Lo que no explica Däniken es por qué el ciclo biológico de los dinosaurios del médico peruano no tiene nada que ver con la realidad, cuál es la razón de que la ausencia de reptiles “no repertoriados por la ciencia o típicamente sudamericanos” [Pereda, 1995], y por qué los mapas del mundo son aberrantes y no se ha encontrado ningún otro vestigio de la civilización mesozoica. Ares, por su parte, conoció en Perú a uno de los principales suministradores de piedras de Cabrera, quien le dijo que los motivos los copiaba de revistas y que el médico limeño lo sabía.

Los falsificadores del pasado cifran entre 25.000 y 50.000 el número de piedras grabadas, aunque las únicas que se conocen son las que forman parte de la colección de Cabrera. “Lo cierto -dice Javier Sierra- es que al visitante ocasional apenas se le muestran unos pocos cientos” de piezas y la mayoría es, “contrariamente a lo que muchos todavía creen, de pequeño tamaño, fácilmente manejable y con un labrado que apenas supone problema alguno para cualquiera de los artistas locales” [Sierra, 1994]. De hecho, la industria lítica de Ocucaje proporciona a los modestos campesinos un sobresueldo desde hace casi 40 años. Javier Cabrera y su ilusoria civilización mesozoica son una sustanciosa fuente de ingresos.

Piedras auténticas y piedras falsas

“Sólo conozco una piedra grabada que puede ser auténtica. El resto, todos esos miles y miles, son falsas”, apuntaba en 1974 Roger Ravínez, portavoz entonces del Instituto Nacional de Cultura de Perú [Benítez, 1975]. Seguro de que la historia de los cantos rodados mesozoicos era un cuento chino y de que “Cabrera deliraba”, el arqueólogo basaba su veredicto en un estudio del estilo de los grabados y en “microfotografías de las incisiones”. Juan José Benítez achacaba la actitud del experto al dogmatismo de la ciencia oficial, ya que Santiago Agurto, ex-rector de la Universidad de Ingeniería de Lima, había encontrado en 1962 dos guijarros grabados en sendas tumbas precolombinas de Ocucaje. El sensacionalista autor presentaba estos hallazgos como revolucionarios -“un punto clave en pro de la autenticidad de las piedras de Ica”- y censuraba la “funesta costumbre” de la arqueología de asociar los útiles encontrados en una tumba a los restos humanos de la misma. Volvía a meter la pata.

Para el periodista navarro, los guijarros labrados de Agurto eran la prueba definitiva de la autenticidad de la biblioteca lítica. Nada más lejos de la verdad. Estos dos cantos rodados se encontraron en tumbas, no provienen de los campesinos de Ocucaje, y muy posiblemente son auténticos, pero eso no quiere decir nada. Los motivos reflejados en estas dos rocas se corresponden con los típicos de culturas prehispánicas. No hay dinosaurios ni intervenciones quirúrgicas ni viajes espaciales; hay una flor estilizada y un pájaro. Así pues, en Ica existen guijarros grabados auténticos, con motivos característicos de las culturas locales, y otros falsos, plagados de seres antediluvianos.

Cabrera asienta su espectacular colección sobre una primera piedra, la que le regaló Félix Llosa en 1966. El guijarro pudo haber sido obra de Basilio Uchuya o un auténtico resto arqueológico. En este último caso, la desbordante imaginación del médico se habría encargado de convertir al ave en pterosaurio. Convencido de un hallazgo histórico, Cabrera habría acudido a los campesinos de Ocucaje para dar con nuevas piedras que confirmaran sus sospechas. A cambio de dinero, Uchuya y compañía las habrían grabado y habrían hecho realidad los sueños del médico. La evidencia a favor del fraude es tal que la posibilidad de engaño ha sido apuntada hasta por los representantes de la ufología más crédula [Sierra, 1994]. Así se explica, además, que Cabrera nunca dijera dónde está el yacimiento en el que hay más de un millón de cantos labrados. La razón es muy simple, tal depósito no existe.

En la segunda mitad de los años 70, las piedras de Ica dieron fama a Javier Cabrera dentro del submundo de lo paranormal, pero acabaron con su credibilidad profesional y arruinaron su vida familiar. Sus disparates le hicieron objeto del desprecio de los científicos y de las chanzas de la prensa, lo que le acarreó “desprestigio, burlas y soledad. Ica -explica Fernando Jiménez del Oso- es una pequeña ciudad provinciana y no podía quedar sin castigo el que uno de sus hasta entonces más eminentes ciudadanos fuera tema de portada en los diarios nacionales por motivos tan poco dignos de encomio. [En 1978,] su esposa le había abandonado, sus pacientes buscaron otro médico menos famoso y los hijos habían iniciado su particular diáspora. Me habló de ello con los ojos húmedos de la impotencia, tan indignado por aquel trato injusto como pudiera estarlo en su día Galileo” [Jiménez del Oso, 1989b]. No podía faltar la referencia al físico y astrónomo italiano, “ya que -como decía el difunto Isaac Asimov- es el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos” [Asimov, 1979].

Incisiones de hace dos días

El médico peruano repitió hasta la saciedad hasta su muerte, en diciembre de 2001, que tenía un informe científico de la Universidad de Bonn, que ratifica la autenticidad de las piedras. Sin embargo, el único que lo ha visto es Juan José Benítez porque Cabrera “nunca lo enseña” [Sierra, 1994]. Según recoge el periodista en Existió otra humanidad (1975), los expertos alemanes descubrieron una pátina de oxidación natural que cubría “la totalidad de la piedra” y que los grabados no eran recientes. Naturalmente, no sólo se ignora si Cabrera envió a Bonn guijarros con dinosaurios o auténticos restos arqueológicos prehispánicos, sino que tampoco existe ninguna prueba de que tal análisis se haya efectuado alguna vez. Por si fuera poco, todos los exámenes científicos realizados a espaldas de Javier Cabrera han dado resultados negativos.

Cuando un equipo de la BBC visitó Ica con la intención de filmar algunas escenas para el documental The case of the ancient astronauts, el médico no les permitió rodar en el centro-museo ni quiso hablar sobre los controvertidos cantos rodados. Sin embargo, les regaló lo que él calificó de genuino guijarro de millones de años de antigüedad. Poco después, la roca era analizada en el Instituto de Ciencias Geológicas de Londres, cuyos técnicos llegaron a la conclusión de que “los aguzados y relativamente limpios bordes de las incisiones son notables, una característica que no puede preservarse durante mucho tiempo de la erosión en condiciones normales”. Los expertos británicos añadieron que el labrado de la imagen se había realizado “con posterioridad” al proceso de oxidación que había vuelto la roca de color marrón [Story, 1980]. El pedrusco podía ser mesozoico; pero los grabados eran recientes. El equipo de televisión no se sorprendió ante el fiasco, ya que sabía de la actividad artística de Basilio Uchuya. En Ocucaje, el campesino había enseñado a los periodistas británicos una foto del almacén de piedras de Cabrera con una dedicatoria, en la que el médico le agradecía su condición de proveedor de piedras.

Más recientemente, “dos exámenes realizados en España en 1993 y 1994 sobre algunas muestras importadas desde Perú han dado resultados negativos, mostrando que [las piedras] fueron elaboradas con lijas, sierras y ácidos. Pero ¿por quién y para qué?”, se preguntan todavía algunos [Sierra, 1994]. El propio Cabrera reconocía en 1974 que los campesinos de Ocucaje habían comenzado “a fabricar algunas de esas grabaciones. Pero puedo asegurarte -decía a Benítez- que no pasarán de 20 ó 40. Y todas ellas están en manos de personas conocidas. En todas, además, se adivina inmediatamente que el grabado es falso” [Benítez, 1975]. El método del médico para detectar las piedras auténticas era tan sencillo como destructivo: tiraba el guijarro al aire y, si se rompía en mil y un pedazos, es que era auténtico. Cómo había llegado a esa conclusión, nadie lo sabe.

No importa que los textos de la biblioteca lítica de Ica sean inconsistentes y disparatados, que no se hayan encontrado restos similares en ningún otro lugar del planeta, que los campesinos de Ocucaje fabriquen guijarros grabados a cambio de dinero, que los análisis científicos hayan sacado a la luz las falsificaciones… Para los vendedores de misterios, las piedras de Ica siguen siendo uno de sus enigmas favoritos; para los arqueólogos y paleontólogos, son “falsificaciones bastante evidentes”, cuya errónea interpretación da lugar a “auténticas barbaridades”, como convertir al hombre en coetáneo de los dinosaurios, cuando nos separan 60 millones de años.

El misterio de Acámbaro

Treinta años antes que Cabrera, un comerciante alemán cayó en las garras de los espabilados campesinos de la localidad mexicana de Acámbaro. Waldemar Julsrud reunió entre 1945 y 1952 más de 30.000 misteriosas figuras de arcilla. Aunque algunas correspondían a culturas prehispánicas, había otras con fantásticos y grotescos animales: cuadrúpedos con cuello y cabeza de pájaro, bípedos con cráneo de lagarto y cresta dorsal, serpientes con patas y cuernos, y un largo etcétera de seres imposibles.

No se sabe a ciencia cierta cómo llegaron las primeras figuras a manos del coleccionista. En uno de los escasos reportajes escritos sobre el tema, Jiménez del Oso advierte que existen dos versiones acerca del descubrimiento de las piezas de arcilla, ocurrido en 1945. Según una de ellas, Julsrud encontró varias figuras que habían quedado al descubierto por la lluvia en el cerro del Toro; según la otra, las halló cuando excavaba en las proximidades de su casa. Entonces -y aquí concuerdan las diferentes versiones-, pidió al albañil Odilón Tinajero y a otros vecinos de Acámbaro que, a cambio de uno o dos pesos por ejemplar, le facilitasen todas las piezas arqueológicas que encontraran. Y el comerciante se hizo con más de 30.000 estatuillas de barro, “amén de otro tipo de objetos, como puntas de flecha, figuras de la cultura chupicuaro, máscaras, piedras de jade, pipas de barro y algún que otro resto fósil” [Jiménez del Oso, 1993].

El arqueólogo Antonio Pompa sospecha que los campesinos “tomaron el pelo” a Julsrud, un ignorante en historia precolombina. Cree que las primeras figuras sí eran auténticas, pero “las demás las hicieron los alfareros”. Jiménez del Oso, sin embargo, no es capaz de ver la diferencia entre los grotescos seres salidos de la imaginación de los campesinos y las obras de la cultura local; pero ¿qué rigor se le puede exigir a alguien que cree que un cuadrúpedo con cabeza de pájaro y un ser de largas patas que repta sobre su panza “parecen sacados de un libro de paleontología”? [Jiménez del Oso, 1993]. Cuando se mete a historiador, el psiquiatra se hace eco de todo tipo de disparates, desde las teorías del propietario de las figuras hasta las de un supuesto experto ruso. Para Julsrud, los autores de las imágenes fueron los atlantes; para el historiador ruso, “cabe la posibilidad de que en aquella parte de América los saurios del Mesozoico hubieran pervivido hasta el punto de que el hombre llegara a reconocerlos”. Sólo hay dos inconvenientes: ni la mítica Atlántida existió, ni los primeros hombres americanos compartieron hace 13.000 años su espacio vital con dinosaurios.

Aunque es evidente que en Acámbaro no hay nada que pueda turbar a los historiadores, Jiménez del Oso y sus seguidores se han dedicado a dar crédito a “figuras de las más altas cotas de aberración paleontológica, monstruos de apariencia quimérica, construcciones irrealizables, referencias de visitas extraterrestres a nuestro planeta y hasta aparentes informes cósmicos” [Delgado, 1994]. Haciendo gala de una aparente seriedad, se presentan como honrados investigadores que no se explican quién moldeó las figuras, por qué y cuándo. El móvil del engaño perpetrado por los indígenas fue el mismo que en Ica, el dinero que también anima a los autores sin escrúpulos a dar crédito a todo tipo de disparates.

¿Paseó el hombre con los dinosaurios?

Tanto Benítez como Jiménez del Oso -los dos vendedores de fantasía más representativos del mundillo pseudocientífico español- apuntan en sus trabajos la existencia de vestigios paleontológicos que confirman que una Raquel Welch prehistórica, vestida con biquini de piel, pudo despertar el apetito de los dinosaurios hace 65 millones de años. El psiquiatra decía en 1989 haber encontrado restos humanos en estratos mesozoicos del desierto de Ocucaje. A pesar de que él mismo advertía que habían “pasado mucho años” desde su época universitaria como para ser tajante, no dudaba en anunciar a bombo y platillo que, “hombre o prehomínido, aquella criatura, situada en ese lugar y en ese tiempo, es tan desestabilizadora para la paleontología actual que obliga a escribir de nuevo la historia del pasado remoto del planeta” [Jiménez del Oso; 1989]. Tal alarde de inmodestia obliga a preguntarse cómo es que, años después, el barbudo estudioso sigue sin recibir el premio Nobel o pasar a los libros de paleontología. ¿No será que estamos ante otra mentira económicamente rentable?

Erich von Däniken afirma que la teoría de Darwin “ha cegado a generaciones enteras de paleontólogos y antropólogos” [Däniken, 1977]. El autor suizo coincide con Benítez en que existen huellas de pies humanos junto a rastros de dinosaurios en estratos de más de 70 millones de años de antigüedad. Así, el novelista navarro calificaba en 1975 de “trascendental” el descubrimiento, en la localidad soriana de Navalsaz, de una pisada humana petrificada junto a otras de lagartos terribles, “otro testimonio de la convivencia entre el hombre y los dinosaurios” [Benítez, 1975]. La ciencia, sin embargo, ha prestado poca atención a este tipo de aseveraciones. Los especialistas las consideran simples estupideces, confiesa Eustoquio Molina, paleontólogo de la Universidad de Zaragoza preocupado por el auge de la pseudociencia [Molina, 1995].

El lecho del río Paluxy, en Texas (EE UU), es punto de referencia obligado cuando se habla de una humanidad como la plasmada en los dibujos animados de Hanna y Barbera. Allí, “hay cientos de pisadas de saurios de diversas especies. Entre ellas y junto a ellas, aparecen siempre numerosas pisadas de pies humanos de gran tamaño” [Däniken, 1977]. El autor de Recuerdos del futuro (1968) asegura que para hallar la totalidad de las huellas sólo hubo que guiarse “por el sentido de la marcha del dinosaurio, así como la del hombre en seguimiento del mismo”. Las pisadas humanas se corresponden, según el astroarqueólogo (3), con las huellas de seres gigantescos y echan por tierra la teoría de la evolución. Däniken añade, además, que existen vestigios similares en Kentucky, donde en monte Vernon las huellas reproducen “a la perfección unos pies humanos”, y en Utah, donde la suela de un zapato aplasta un trilobites en un estrato de hace 500 millones de años.

Zapatillas de tenis precámbricas

Los hallazgos de Däniken son, sin embargo, bastante menos revolucionarios que los de la ciencia oficial. William F. Tanner, geólogo de la Universidad de Florida, anunció en un congreso de paleontología en 1984 que se habían encontrado dos huellas de zapatillas de tenis en estratos precámbricos, correspondientes a hace 2.700 millones de años, situados en la bahía del Hudson, en Canadá. El científico, lejos de proclamar a gritos el derribo de la teoría de la evolución, se molestó en estudiar las pruebas sobre el terreno. Se trata de dos huellas paralelas de apariencia humana, que distan 20 centímetros. En los alrededores, no existe ningún otro rastro y las punteras de los zapatos, curiosamente, apuntan en sentidos opuestos. Además, las imágenes son planas, están muy claramente delimitadas y sobresalen del suelo, igual que otras circulares, ovales y de diferentes formas que Tanner había encontrado en rocas del Pérmico de Nevada y Nuevo México. “Algunas son lo suficientemente grandes y tienen la forma precisa para parecer suelas de zapatos. Pero basta una inspección informal para ver que tienen que tener otro origen” [Tanner, 1984].

Estas siluetas son de un material más resistente que el circundante, lo que explica la menor erosión, que se adentra en la roca hasta una profundidad equivalente a la de su diámetro superficial. “Una explicación razonable -apunta Tanner- es que hayan sido hechas por una fuga de agua durante la compactación y cementación temprana”. El experto estadounidense aboga por un origen geológico para los zapatos de tenis antediluvianos, así que no es nada extraño que pueda haber incrustado un trilobites en uno de ellos. Claro que siempre cabe la posibilidad de que el hombre de aquella época fuera descalzo por la vida y eso es lo que sostiene Däniken en el caso del lecho del Paluxy, un terreno cretácico de hace 100 millones de años.

El astroarqueólogo ve en el río seco de Texas -“estuve allí y tuve ocasión de contemplar ese extraordinario descubrimiento paleontológico” [Däniken, 1977]- un hombre tras un dinosaurio; pero es mentira. No hay un rastro humano, sino unas supuestas pisadas que no son tales ni responden a ningún orden, cosa que sí hacen las de los dinosaurios. Tanner las llama siluetas con forma de pie. Tienen entre 12 y 44 centímetros de largo y en algunos casos son consecuencia de la erosión en un terreno compuesto por materiales de diversa dureza. En el lecho del Paluxy, hay centenares de agujeros producto de la erosión, pero los buscadores de misterios sólo se quedan con los que parecen un pie humano. Aún así, explica el geólogo, entre las seleccionadas, hay huellas humanas de todos los tamaños y formas, pero no hay dedos ni empeines dibujados en la roca. Las pisadas que no se deben a procesos erosivos “fueron producidas por dinosaurios carnívoros que dejaron una gran impresión metatarsal” [Lockley, 1993]. El paleontólogo aficionado Glen Kuban demostró en 1989, cuando era un estudiante de biología de fe creacionista (4), que algunos de los pies del río Paluxy son en realidad parte de la planta de tres dedos de un dinosaurio. “Algunas pretendidas huellas humanas de Glen Rose -explica- no se distinguen de huellas metatarsales de dinosaurios, cuyas impresiones digitales han desaparecido rellenadas por el barro, a causa de la erosión o debido a otros factores. Otras depresiones alargadas de Glen Rose incluyen figuras producto de la erosión y posibles marcas de colas, algunas de las cuales también han sido confundidas con huellas humanas” [Kuban, 1989].

La paleontología y la arqueología han prestado escasa atención a los supuestos vestigios y pisadas humanas de hace más de 65 millones de años. No en vano, los primeros homínidos aparecieron en Africa oriental hace unos 3 millones de años. A pesar de eso, algunos científicos se han molestado en bucear en el proceloso mar de la charlatanería para poner las cosas en su sitio. Lamentablemente, también hay quien predica la estupidez en la propia universidad cuando intenta sentar cátedra en materias que no propias son de su especialidad. En 1981, el autor tuvo oportunidad de conocer a uno de estos últimos. Cuando estudiaba en la Universidad de Deusto, un profesor de Historia del Arte zanjó un debate sobre las piedras de Ica apelando a su amistad con Javier Cabrera. El educador, un jesuita de avanzada edad, hizo oídos sordos a los argumentos contrarios a la existencia del hombre gliptolítico y no se atrevió a desautorizar al médico peruano ante los alumnos, muchos de los cuales se dedican ahora a la enseñanza y puede que crean que el hombre convivió con los dinosaurios.

 


Notas

(1) En 1956, M.W. de Laubenfels propuso en el Journal of Paleontology la posibilidad de un impacto meteorítico como causa de la extinción de los dinosaurios. Como no hay extraterrestres de por medio, Benítez ignora al paleontólogo de la Universidad de Oregon y hace un encendido elogio del sacamuelas peruano.

(2) En Perú y Ecuador, se llama huaquero al individuo que excava en los cementerios precolombinos para extraer el contenido de las tumbas y venderlo a turistas o coleccionistas.

(3) La astroarqueología es la pseudociencia que propugna la existencia de visitas extraterrestres en la antigüedad. Las pruebas del encuentro entre alienígenas y seres humanos se hallarían diseminadas por todo el planeta en forma de libros sagrados, objetos enigmáticos y monumentos grandiosos. El más famoso de los astroarqueólogos es Erich von Däniken.

(4) Los creacionistas consideran que la historia del hombre está escrita en la Biblia y rechazan la teoría de la evolución. Durante más de 40 años, las huellas impresas en el lecho del río Paluxy a su paso por Glen Rose fueron uno de los argumentos favoritos de los fundamentalistas evangélicos estadounidenses hasta que Glen Kuban, también creacionista, investigó el fenómeno sin dejar que sus creencias influyeran en el trabajo científico.


Bibliografía

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Benítez, Juan José [1975]: Existió otra humanidad. Editorial Plaza & Janés (Col. “Otros Mundos”). Barcelona. 250 páginas.

Benítez, Juan José [1994]: Mis enigmas favoritos. Editorial Plaza & Janés (Col. “Los Jet”, Nº 238-8). Barcelona. 311 páginas.

Däniken, Erich von [1977]: La respuesta de los dioses [Beweise]. Trad. de J.A. Bravo. Ediciones Martínez Roca (Col. “Fontana Fantástica”). Barcelona 1978. 411 páginas.

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Kuban, Glen Jay [1989]: “Elongate dinosaur tracks”. En Gillette, David D.; y Lockley, Martin G. (Eds.): Dinosaur tracks and traces. Cambridge University Press. Cambridge. XVIII + 454 páginas.

Lockley, Martin G. [1991]: Siguiendo las huellas de los dinosaurios [Tracking dinosaurs]. Trad. de Joaquín Moratalla. Prologado por José Luis Sanz. Editorial McGraw-Hill (Serie “Divulgación Científica”). Madrid 1993. XV + 342 páginas.

Molina, Eustoquio [1995]: Comunicación personal a Luis Alfonso Gámez. Zaragoza. 23 de Enero.

Pereda, Xabier [1995]: Comunicación personal a Luis Alfonso Gámez. París. 13 de Marzo.

Randi, James [1982]: Fraudes paranormales. Fenómenos ocultos, percepción extrasensorial y otros engaños [Flim-flam! Psychics, Esp, unicorns and other delusions]. Prologado por Isaac Asimov. Trad. de Alejandro G. Tiscornia. Tikal Ediciones (Col. “Eleusis”). Gerona 1994. XVI + 347.

Sierra, Javier [1994]: “Las piedras grabadas de Ica: un enigma a debate”. Más Allá (Madrid), Monográfico Nº 10 (Septiembre), 102-104.

Story, Ronald D. [1980]: Guardians of the Universe? Book Club Associates. Londres. 207 páginas.

Tanner, William F. [1984]: “Human and not-so-human footprint images on the rocks”. En Walker, Kenneth R. (Ed.): The evolution-creation controversy. Perspectives on religion, philosophy, science and education. Sociedad Paleontológica (“Publicación Especial”, Nº 1). Tennessee. 117-133.

Publicado originalmente en La Alternativa Racional, revista editada por ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.

Los periodistas y las falsas ciencias

Sinopsis: Los profesionales de la comunicación han creado falsos misterios como los de los platillos volantes, el triángulo de las Bermudas y la sábana santa. La pseudociencia todavía se fomenta hoy en día en la prensa, la radio y la televisión, con grave prejuicio en algunos casos para la salud de los ciudadanos y llegándose en el último de los casos a vulnerar la legalidad vigente. El periodista, que tiene como objetivo dar una información veraz, no puede eludir su responsabilidad y debe tomar partido por la denuncia de la estafa cultural y, en algunos casos, económica que conlleva la anticiencia.Palabras clave: Pseudociencia. Medios de comunicación. Prensa. Radio. Televisión. Ética publicitaria. Ética periodística.

1. Los periodistas como creadores de mitos

“Si los platillos volantes son reales en un sentido físico, los periódicos habrán hecho un magnífico trabajo cubriendo la historia, aunque las explicaciones se hayan echado en falta. Si los platillos volantes son totalmente inexistentes, los periódicos habrán, por lo menos, explotado una buena historia hasta el límite” [1]. Medio siglo después de que un estudiante de periodismo de la Universidad de California, DeWayne B. Johnson, pusiera a los medios de comunicación en el ojo del huracán de la naciente ufología, podemos decir, sin lugar a dudas, que éstos no han desempeñado el papel de héroe, sino el de villano. Porque los platillos volantes nunca han surcado los cielos de la Tierra ni se han posado en nuestros campos; los extraterrestres jamás han secuestrado a inocentes almas solitarias ni sus naves se han estrellado contra la superficie de nuestro planeta.

Desde 1947, se han dedicado miles de libros y de artículos, de horas de radio y de televisión, a ahondar en la realidad del que ha sido denominado por sus seguidores el misterio número uno de la ciencia moderna. Sin embargo, no se ha aportado ni una sola prueba que avale la realidad de las supuestas visitas de seres extraterrestres. Esto no quiere decir que los ovnis, como ingenios alienígenas, no existan. Existen, pero únicamente sobre el papel y en la imaginación popular, y han dado lugar a una de las creencias con mayor arraigo social de la segunda mitad del siglo XX. Por eso, la clave del misterio no se esconde en la inmensidad del espacio, sino en lo más íntimo del ser humano, en el contexto histórico en el que aparecieron por primera vez los platillos volantes y en la necesidad de los medios de comunicación, y por extensión de los periodistas, de noticias extraordinarias.

Ya a finales de los años 30, década en la que había cobrado un enorme auge en Estados Unidos la ciencia ficción de la mano de las revistas pulp -denominadas así por estar confeccionadas con papel de ínfima calidad-, gran parte de la sociedad norteamericana consideraba factible un contacto inminente con seres de otros mundos. Quien sacó a la luz esa creencia íntima fue Orson Welles, que el 30 de octubre de 1938 convirtió en víctimas de una invasión marciana a 1,2 millones de personas, según estimaciones del Instituto Americano de Opinión Pública. Los efectos de su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, la novela de Herbert G. Wells, demostraron que el público podía llegar a vivir una ficticia guerra interplanetaria -“Me asomé por la ventana y vi una luz verdosa que creí que procedía del monstruo”, “Creí sentir olor a gas y oleadas de calor”- como si estuviera teniendo lugar en realidad [2]. Once años antes de la aparición en Estados Unidos de los primeros platillos volantes, Welles había dejado claro que no hacía falta que nada extraño apareciera en los cielos para que la gente lo viera.

Tras la Segunda Guerra Mundial, tras las explosiones de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos se sumió en una paranoia anticomunista, que derivó en la célebre caza de brujas del senador McCarthy, y en el temor a que la Unión Soviética lanzase un devastador ataque nuclear. La sociedad estadounidense fue inmediatamente consciente de que el monstruo que había liberado -el poder destructivo del átomo- podía volverse contra ella misma. “Se construyeron refugios atómicos en cada comunidad americana, y se exigió a las escuelas públicas que los alumnos practicaran simulacros de ataques. Es en este escenario en el que tienen lugar las observaciones de platillos volantes de 1947”, recuerdan el sociólogo Robert Bartholomew, de la Universidad James Cook (Australia), y el psicólogo George S. Howard, de la Universidad de Notre Dame (EE UU) [3].

El término platillo volante fue acuñado el 24 de junio de 1947. Kenneth Arnold, un vendedor de equipos de extinción de incendios, volaba a los mandos de su avioneta en el Estado de Washington cuando vio nueve objetos en formación sobre el monte Rainier. “Se desplazaban como platillos saltando sobre el agua”, recordaría después. En un primer momento, Arnold temió que se tratara de ingenios soviéticos e intentó informar al FBI; pero la oficina de Pendleton (Oregon) estaba cerrada, así que acabó contando la historia al corresponsal de la Associated Press. El despacho que emitió al agencia de prensa, que llegó a 150 diarios del país, comenzaba: “Nueve objetos brillantes con forma de platillo volando ‘a increíble velocidad’ a 10.000 pies de altitud han sido observados hoy por Kenneth Arnold…”. El reportero tomó la descripción del vuelo de los ovnis por la de su forma y la gente empezó a ver, primero en EE UU y después en el resto del mundo, platillos volantes [4]. No hubo, sin embargo, observaciones de objetos con forma de bumerán, que era la que tenían los ovnis del monte Rainier, según el propio Arnold.

La irrealidad periodística venció a la realidad en el caso fundacional del mito de los platillos volantes y de la pseudociencia de la ufología, al igual que en el de otras creencias contemporáneas. Por poner sólo dos ejemplos, ahí están el triángulo de las Bermudas y el sudario de Turín.

El mito del triángulo de las Bermudas tiene también su origen en un despacho de prensa de AP, en el que el periodista E.V.W. Jones hablaba, el 16 de septiembre de 1950, de la misteriosa desaparición de barcos y aviones “sin dejar rastro” en una región del Atlántico cuyos vértices serían Florida, las islas Bermudas y Puerto Rico [5]. Aunque la zona fue bautizada como triángulo de las Bermudas en 1964 por Vincent H. Gaddis, realmente no saltó a la fama hasta mediados de los años 70 y, poco después, un bibliotecario estadounidense publicaba un libro en el que demostraba que “la leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad” [6].

El sensacionalismo y la reiteración en la mentira periodística han caracterizado, asimismo, la venta a la opinión pública del misterio del sudario de Turín, la tela en la que habría quedado impresa la imagen de Jesucristo tras su muerte. “Científicos y técnicos de la NASA -después de tres años de estudio- han aportado datos suficientes como para deducir que Cristo resucitó”, escribía el periodista navarro Juan José Benítez en 1978 [7]. A pesar de las numerosas evidencias que apuntaban desde un principio al origen medieval de la presunta reliquia, no fue hasta un decenio después, con motivo de la datación de la tela en el siglo XIV por medio del radiocarbono, cuando los medios de comunicación españoles se hicieron eco de las pruebas en contra de la autenticidad de la sábana santa. Entonces, Benítez y el jesuita Jorge Loring -los dos principales popularizadores en España del supuesto enigma de la sábana santa- admitieron por primera vez que no era cierto que la NASA hubiera estudiado alguna vez la pieza de lino. Aún así, hoy en día, el mito persiste y algunos medios de comunicación de ideario católico hacen caso omiso de la evidencia acumulada desde hace veinte años y presentan a sus lectores la tela depositada en la catedral de Turín como prueba científica de la resurrección de Jesucristo, siempre a partir de estudios que carecen del mínimo rigor y que no han sido publicados en revistas científicas. Como contrapartida, esos mismos medios ignoran sistemáticamente que el veredicto científico sobre la fecha en la que se confeccionó la falsa reliquia fue publicado en la revista Nature en 1989 y, desde entonces, ninguna publicación científica se ha hecho eco de críticas argumentadas en contra de la metodología seguida por los investigadores y de unos resultados según lo cuales la tela fue fabricada entre 1260 y 1390 (± 10 años).

2. La falsa ciencia en los medios

La pseudociencia, como hemos visto, ha nacido en ocasiones en los propios medios de comunicación de masas y de la mano de periodistas. Pero el papel de las empresas y de los profesionales de la información no se ha limitado tan sólo a dar el empujón inicial a algunos de los mitos que imperan en la sociedad actual, sino que también les ha llevado a adoptar otros y darles amplia publicidad. La prensa, la radio y la televisión españolas -como las de otros países- han fomentado, y fomentan, la superstición y el pensamiento mágico, cada tipo de medio con sus peculiaridades.

2.1. Prensa

Los misterios paranormales vivieron, a mediados de los años 70, un auténtico boom en nuestra prensa diaria, que ya había sido bastante receptiva a ellos en la última etapa del franquismo. Durante la Transición, ufólogos, parapsicólogos, astrólogos y una amplia pléyade de cultivadores de lo esotérico encontraron en los diarios, sin excepción, el lugar idóneo para hacer publicidad de sus libros y consultas. Por fortuna, esas supersticiones han desaparecido paulatinamente de las páginas de los periódicos, a mi entender, por tres razones: que la repetición de un mismo tipo de suceso -por ejemplo, la observación de luces en el cielo- sin que se vaya más allá hace que éste deje de ser noticia, los tintes cada vez más delirantes de algunas de estas pseudodisciplinas -pueden ir desde la comunicación con los muertos a través del ordenador hasta conspiraciones que nada tienen que envidiar a las de Expediente X-, y la incorporación a las redacciones de los medios de periodistas especializados que saben diferenciar el grano de la paja, la auténtica ciencia de la ciencia-basura.

Dejando a un lado el caso particular de la astrología -que comentaremos más adelante-, la pseudociencia más descarada sólo aparece ahora en los principales periódicos a título anecdótico -a través, sobre todo, de entrevistas-, cuando sirve a la ideología del medio -es el caso de una información recientemente publicada a toda página en La Razón bajo el título de “La ciencia confirma la veracidad de algunas experiencias místicas y apariciones marianas” [8]- o cuando responde a los intereses profesionales de ciertos médicos sin escrúpulos o totalmente anticientíficos. Éste último caso es el más grave y evidente desde hace unos años.

La incorporación de la información médica a los periódicos ha ido acompañada, en muchas ocasiones, de la entrada en sus páginas de lo que se ha dado en llamar medicinas alternativas: acupuntura, homeopatía, iridología, cromoterapia, naturoterapia, magnetoterapia, etcétera. Se trata de métodos de diagnóstico y tratamiento cuya validez no ha sido demostrada científicamente, pero que mueven enormes cantidades de dinero y ofrecen una lucrativa salida profesional a numerosos licenciados en Medicina que no han aprobado el MIR. La homeopatía es, sin lugar a dudas, la pseudomedicina que ha conseguido hacerse con una mayor credibilidad entre el público gracias, sobre todo, a la laxitud científica de los colegios profesionales -han primado, en el caso de ésta y otras pseudomedicinas, los intereses de sus asociados sobre la salud de la comunidad-, a la presión de la poderosa industria farmacéutica, a unas instituciones universitarias que, irresponsablemente, se han dejado y se dejan llevar por modas [9], y a unos medios de comunicación que le han hecho la publicidad gratuita.

La homeopatía se basa en que “nos podemos curar con las mismas sustancias que producen la enfermedad”, algo que, tal como explicaba hace unos años el divulgador científico Manuel Toharia, “no pasaba de ser una teoría relativamente interesante a finales del siglo XVIII, pero que hoy día ha sido ampliamente superada por los avances científicos” [10]. Pretende sanar a los pacientes mediante la administración de compuestos en los que el supuesto principio activo se ha diluido sucesivamente en un disolvente hasta no quedar en la solución ni una molécula del pretendido medicamento. Un producto homeopático tiene, por consiguiente, tanto poder curativo como un vaso de agua, e incluso menos. Sin embargo, los homeópatas afirman que las propiedades de la sustancia activa inicial acaban contagiándose al disolvente, algo mágico que choca frontalmente con lo que ellos mismos -la mayoría, médicos- han estudiado en la Universidad.

A pesar de todo esto, la homeopatía goza de una enorme popularidad y puede acabar dentro del sistema sanitario público si se escamotea a la sociedad el debate que sería exigible. Por un lado, cientos de médicos que no han logrado un puesto en la sanidad pública recurren a su práctica para hacerse un hueco en el mercado, aunque ello conlleve hacer tábula rasa de lo que han aprendido durante la carrera. Por otro, la industria farmacéutica coloca en los despachos de farmacia multitud de compuestos homeopáticos a los que, merced a una legislación condescendiente, no se exige como al resto de los medicamentos capacidad de curar, sino, simplemente, que no dañen la salud. Y, en medio, el consumidor, que confía en médicos y farmacéuticos, hace uso de una pseudomedicina sin base científica ni poder curativo demostrado. Todo ello con la complicidad de una clase política que está dispuesta a franquear a la homeopatía la financiación pública.

En 1999, el PSA-PSOE, basándose en la demanda popular de las llamadas medicinas alternativas, propuso en el Parlamento andaluz que éstas sean financiadas por el Servicio Andaluz de Salud para “hacer normal” en la Sanidad pública “lo que es normal en la calle y en la sociedad”. Y, en Cataluña, donde la industria farmacéutica tiene un gran peso, todos los partidos apoyan la legalización de estas prácticas. Sin que haya estudios que avalen su efectividad, la acupuntura y la homeopatía pueden entrar en nuestro sistema sanitario por la puerta de atrás. Nuestros políticos ya están en ello. ¿Y nuestros científicos? ¿Qué dicen? ¿Van a tomar cartas en el asunto, exigir pruebas concluyentes sobre su efectividad y prestar un servicio a la sociedad o van a eludir sus responsabilidades? ¿Por qué la prensa no entra a investigar cómo es posible que, tras sucesivos medicamentazos, algunas Adiministraciones estén planteándose financiar medicamentos de nula efectividad? Los medios, en este caso, están prestando un muy flaco favor a la sociedad que dicen servir.

El de la astrología en la prensa es un caso aparte. Disimulada en las páginas de ocio o de pasatiempos, aparece a diario en casi todos los periódicos -la única excepción es El País– en forma de horóscopo, como si fuera algo inocuo. Puede que lo sea para mucha gente, que una mayoría de la población se tome a risa las perogrulladas que pueblan las columnas astrológicas, que sea consciente de la estupidez que conlleva dividir a los 6.000 millones de seres humanos en doce grupos -signos del Zodíaco-, que no haga depender de tales vaguedades ni de los astrólogos decisiones más o menos importantes… Pero lo cierto es que hay un sector de la población para el que el horóscopo funciona de guía, que lo lee con fe y que hasta puede tomar decisiones importantes para su vida de acuerdo con las indicaciones de las estrellas. Evidentemente, los medios pueden escudarse tras el parapeto de que se trata de un mero pasatiempo, pero eso no es, a mi juicio, más que una manera de justificar el hecho de que, como los horóscopos tienen su público, prefieren evitar problemas y seguir fomentando una superstición.

Desde mediados de los años 80, algunos diarios estadounidenses incluyen junto al horóscopo esta advertencia: “Las siguientes predicciones se deben leer solamente como entretenimiento. Estas predicciones no tienen bases fundamentadas en ningún hecho científico”. Aquí, 250 astrónomos reclamaron en 1990 a los periódicos españoles que siguieran el ejemplo de sus colegas del otro lado del Atlántico. Basta echar una ojeada a la prensa para comprobar que esa reclamación cayó en saco roto y que los mismos medios que repiten cada dos por tres estar preocupados por mantener la credibilidad, al mismo tiempo, dan cabida en sus páginas a supercherías manifiestas como el horóscopo.

2.2. Radio

La radio constituye un mundo aparte en lo que respecta a la explotación comercial de la pseudociencia, en tanto en cuanto ésta toma muchas veces la forma de información cuando se trata en realidad de publicidad pagada, y los profesionales que realizan los programas dedicados a lo paranormal no dudan en mezclar ciencia y pseudociencia, para otorgar a la segunda el crédito que ante la opinión pública tiene la primera.

Resulta habitual encontrarse en algunas emisoras radiofónicas magazines en los que se inserta, periódicamente, un espacio con un presunto especialista de la salud que habla de la homeopatía, el poder anticancerígeno del cartílago de tiburón y un largo etcétera de hechos no demostrados o, en algunas ocasiones, refutados por la ciencia. Esas entrevistas suelen correr a cargo de un profesional de prestigio de la cadena radiofónica y, en el transcurso de las mismas, se recomienda reiteradamente algún tipo de producto del que el entrevistado es -¡qué casualidad!- fabricante, distribuidor o vendedor. Ocurrió esto hace años con todos los ingenios caseros que pretendían imantar el agua y ahora se centra en el mundo de la salud.

La publicidad disfrazada cuestiona muy seriamente la ética de los profesionales del periodismo que se avienen a practicarla. Estos informadores ponen su credibilidad al servicio de productos más que cuestionables sin advertir, en ningún momento, de que les pagan por cantar sus excelencias. Están, por consiguiente, engañando al público desde el mismo momento en el que le venden publicidad como si fuera información objetiva, como si tuviera el mismo valor que lo que dicen una vez que ha acabado el espacio pagado. Este mal de la radio es fácil de detectar y demuestra la ausencia de ética de unos profesionales y unas empresas a las que el afán de lucro lleva a disfrazar la publicidad de producto informativo.

La otra particularidad de la pseudociencia en la radio hunde sus raíces en las revistas esotéricas. Su origen se remonta a Planète, una publicación creada en los años 60 por Louis Pawels y Jacques Bergier para rentabilizar el éxito editorial de El retorno de los brujos. Planète -y sus versiones hispanas Planeta (Argentina) y Horizonte (España)- incluía en sus páginas textos sobre la Atlántida o los platillos volantes junto a otros sobre astronomía o el origen de la Humanidad. Ciencia y pseudociencia compartían un mismo envoltorio, lo que, sin duda, otorgaba a la segunda un barniz del que carecería de ir sola. Pues bien, este modo de vender misterios, que practican desde hace años las revistas esotéricas españolas, se ha trasladado a la radio de la mano de divulgadores pseudocientíficos con experiencia en cabeceras de quiosco como Más Allá, Año Cero, Enigmas y Karma.7, por citar sólo las cuatro más conocidas.

La radio española ha contado en las tres últimas décadas con programas dedicados al misterio; pero los de ahora se diferencian por el hecho de que, en ellos, el último descubrimiento publicado en Nature o Science se alterna con el último delirio sobre el chupacabras o una máquina capaz de fotografiar el pasado. Todo, al mismo nivel de credibilidad. Todo, comentado por los mismos periodistas, que no dudan en mentir o tergiversar la realidad para mayor gloria del misterio de turno. Estamos ante individuos que lo que buscan es vender enigmas y recurren a lo más sorprendente de la ciencia para dar, a lo que de verdad les interesa, una pátina de credibilidad. No se trata de profesionales de la información científica, sino de la información pseudocientífica.

Desgraciadamente, no resulta extraño topar en esos espacios destinados al fomento de la pseudociencia con científicos que hablan de los últimos avances en su especialidad. Supongo que estas personas ignoran para lo que sirve su intervención en un programa de este tipo: para equiparar ciencia con ciencia-basura y que, tras una entrevista con un astrónomo sobre posibilidades de vida extraterrestre, el fabricante de paradojas [11] emplee las palabras del entrevistado, que ya no está presente, para respaldar el origen alienígena de los ovnis o la existencia de vestigios arqueológicos que demuestran que la Tierra fue visitada por extraterrestres en un pasado remoto. Los científicos deberían estar obligados a divulgar y, por eso, sería injusto criticar a los que lo hacen. Cabe reclamarles, no obstante, que eviten aparecer en programas y revistas esotéricas, porque, con su presencia en estos medios, contagian de seriedad a asuntos que carecen de ella.

2.3. Televisión

La televisión es caso aparte. Tras dos décadas en las que se han sucedido los espacios dedicados al misterio, de los que fue pionero Fernando Jiménez del Oso, en la actualidad, la pseudociencia tiene una presencia escasa en las parrillas de las cadenas españolas. Sin embargo, como en la pequeña pantalla todo es cuestión de modas, no sería de extrañar que en los próximos años surgiera una oleada de espacios como la que se registró a comienzos de los 90 con Rappel, Félix Gracia y Andrés Aberasturi, entre otros. La pseudociencia vive sus horas más bajas en la televisión como resaca de la moda de los debates-espectáculo en los que, frente a los científicos y escépticos, compartían bando los chiflados más delirantes con los divulgadores pseudocientíficos que hoy dirigen buena parte de las revistas y los programas especializados.

Lo paranormal ha quedado reducido en la televisión española de finales del segundo milenio casi exclusivamente a las apariciones de los adivinadores en las cadenas locales y a la publicidad de los consultorios telefónicos astrológicos. Para cualquiera que haya tenido oportunidad de ver a alguna echadora de cartas de las que proliferan en el sector televisivol local, resulta evidente que nos encontramos ante un subproducto que sólo puede engañar a quienes ya han sido engañados. Y lo mismo podría decirse respecto a los coloristas anuncios de Aramis Fuster, Victoria Pino y Octavio Aceves. Pero lo cierto es que fomentan la superstición, que son un engaño, porque ni es posible ver el futuro -¿cómo se explica que los astrólogos trabajen y no vivan retirados en una isla del caribe tras haberse llevado un premio millonario de un juego de azar?- ni quienes atienden las llamadas de los ingenuos que pican el cebo de los consultorios astrológicos telefónicos son especialistas en nada.

La publicidad de los brujos en la pequeña pantalla tendría sus días contados si se aplicara la legalidad vigente. La Ley General de Publicidad prohíbe en España todo anuncio que “induce o puede inducir a error a sus destinatarios, pudiendo afectar a su comportamiento económico”, y la directiva europea sobre televisión sin fronteras, aprobada por el Parlamento español en 1999, establece que “son ilícitas la publicidad y la televenta que inciten a la violencia o a comportamientos antisociales, que apelen al miedo o a la superstición o que puedan fomentar abusos, imprudencias, negligencias o conductas agresivas”. No debería haber, pues, hueco en ninguna televisión de la Unión Europea para los anuncios de los adivinadores, pero basta ver los canales privados y locales españoles para comprobar que una cosa es la ley y otra la realidad. La Asociación de Usuarios de la Comunicación (AUC) anunció en agosto de 2000 que iba a denunciar esta situación ilegal ante el Ministerio de Fomento. Sin embargo, no se ha hecho efectiva tal denuncia, y los brujos se asoman a diario a miles de hogares para apelar al miedo y a la superstición y llenarse los bolsillos.

3. El desenmascaramiento de la anticiencia

Ante esta situación, ¿qué debe hacer el periodista, sea cual sea el medio en el que desarrolla su labor? La directriz a seguir la marcaron los 550 profesionales de la información, educadores y científicos que participaron en el I Congreso sobre Comunicación Social de la Ciencia, que se celebró en Granada en marzo de 1999. Una de las principales conclusiones de dicho encuentro fue que “es urgente incrementar la cultura científica de la población. La información científica es una fecundísima semilla para el desarrollo social, económico y político de los pueblos. Como se ha repetido a lo largo del congreso, el conocimiento debe ser considerado de enorme valor estratégico. La complicidad entre los científicos y el resto de los ciudadanos es una excepcional celebración de la democracia. Pero es que además esa nueva cultura contribuiría a frenar las supercherías disfrazadas de ciencia, aumentaría la capacidad crítica de los ciudadanos, derribaría miedos y supersticiones, haría a los seres humanos más libres y más audaces. Los enemigos a batir por la ciencia son los mismos que los de la filosofía, el arte o la literatura, esto es, la incultura, el oscurantismo, la barbarie, la miseria, la explotación humana”.

No queda hueco, por lo tanto, para posiciones intermedias. O se está del lado de la ciencia, de la cultura, o se está del lado de la anticiencia, de la incultura y la superstición. El periodista tiene como obligación informar verazmente al público y sacar a la luz estafas y engaños, y la pseudociencia es una estafa intelectual y, a veces, económica. Por ello, ante la explotación de la credulidad y la ignorancia de los ciudadanos, el profesional de la información no puede ser imparcial, debe tomar partido por la defensa de la razón frente a la sinrazón y no medir por el mismo rasero las manifestaciones de quien, por ejemplo, afirma que nuestro destino está escrito en los estrellas que las de un astrofísico. No cabe ofrecer una perspectiva intermedia. La objetividad y la profesionalidad, en este caso, pasan por colocarse claramente de uno de los lados y ejercer de desenmascaradores de la pseudociencia.

Sin embargo, la anticiencia, dejando a un lado sus más burdas expresiones, puede llegar a grados de sutilidad que dificulten su identificación para los no conocedores de ese submundo. Al igual que hay que ser extremadamente cautos a la hora de dar noticia de nuevos tratamientos para enfermedades hoy por hoy incurables, como el sida y el alzhéimer, para no sembrar falsas esperanzas entre los afectados, hay que ser prudentes a la hora de valorar en su justa medida noticias presuntamente científicas que llegan a los medios a diario y que carecen de base real. De ahí que sea necesario que todo profesional de la información conozca algunas herramientas básicas y a quién dirigirse en caso de duda sobre el auténtico carácter de algunas afirmaciones.

El lego tiene muchas de esas herramientas ya a su disposición en Internet, en forma de webs de organizaciones escépticas con sólida reputación, como el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP) -creado hace un cuarto de siglo por Isaac Asimov y Carl Sagan, entre otros- o la española ARP – Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico -de la que forman parte pensadores y divulgadores como Mario Bunge, Fernando Savater y Manuel Toharia-, que pueden servir de punto de partida de cualquier búsqueda de información. En el caso español, ARP cuenta con un teléfono en el que atender las solicitudes de información de los profesionales y del público, e indicar quiénes pueden ser los especialistas más apropiados para aclarar cada caso.

Obviamente, eso, que sería lo deseable en el caso de todos los profesionales, resulta poco menos que imposible para aquéllos que, aunque ello conlleve sacrificar la verdad al negocio, han convertido la divulgación de lo paranormal en un modo de vida o carecen de escrúpulos para poner su imagen y su voz al servicio de la anticiencia. Ante estos casos, muestra evidente de la falta de ética profesional que caracteriza a una parte de la profesión periodística, poco se puede hacer.


Referencias

[1] Johnson, DeWayne B. Flying saucers over Los Angeles. The ufo craze of the 50’s. 1ª ed. Kempton: Adventures Unlimited Press, 1998; 280 pp. (El manuscrito original data de 1950, pero no fue publicado hasta su hallazgo por parte del ufólogo Kenn Thomas cinco décadas después.)

[2] Cantril, Hadley. La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico. Trad. de Carlos Reyles. 1ª ed. en español. Madrid: Revista de Occidente, 1942; 237 pp.

[3] Bartholomew, Robert E., y Howard, George S. Ufos & alien contacts. Two centuries of mystery. 1ª ed. Buffalo: Prometheus Books, 1998; 408 pp.

[4] Empleamos indistintamente en el texto platillo volante y ovni -en su origen un acrónimo que significa Objeto Volante No Identificado-, dado que ambas expresiones se consideran popularmente sinónimo de nave extraterrestre.

[5] Kusche, Lawrence David. The disappearance of Flight 19. 1ª ed. Nueva York: Harper & Row, 1980; 213 pp.

[6] Kusche, Lawrence David. El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado. Trad. de Carme Collell. 1ª ed. en español. Barcelona: Ediciones Sagitario, 1977; 320 pp.

[7] Benítez, Juan José. “Cristo resucitó. Sensacionales descubrimientos de la NASA”. Mundo Desconocido, nº 20, febrero 1978; pp. 11-18.

[8] Rosal, Alex. “La ciencia confirma la veracidad de algunas experiencias místicas y apariciones marianas”. La Razón, 18 de noviembre de 2000.

[9] La Universidad del País Vasco ha avalado y destinado fondos públicos a la organización de cursos de posgrado sobre homeopatía, a pesar de las bases anticientíficas de esta pseudomedicina.

[10] Toharia, Manuel. “Homeopatía y curanderismo”. Diario 16. 22 de noviembre de 1992.

[11] Carl Sagan acuñó la denominación fabricantes de paradojas en su libro Cerebro de Broca (1974) para referirse a los ufólogos, parapsicólogos, adivinos, etcétera. La última obra que concluyó en vida el astrofísico, El mundo y sus demonios, es, sin duda, uno de los más preclaros textos sobre ciencia y pseudociencia publicados hasta la fecha.

Publicado originalmente en Mediatika. Cuadernos de Medios de Comunicación, revista editada por la Sociedad de Estudios Vascos.