El hombre que volvió del limbo de lo perdido

Luis Roldán fue el primer afortunado en regresar del limbo de lo perdido. El ex director de la Guardia Civil se esfumó en aguas del Caribe a mediados de agosto de 1994, pero reapareció en Laos a comienzos de 1995. «Sólo cometió un fallo en su fuga: intentar alcanzar la costa de Florida surcando el triángulo de las Bermudas». Así se explicaba en otoño de 1994 el hombre que hizo saltar la liebre, Bartholomew Forbes, un ilustre desconocido al que Noticias del Mundo presentaba como colaborador del Pentágono y experto estudioso del misterio del triángulo de las Bermudas [López, 1994]. Forbes, un individuo cuya inexistencia está fuera de toda duda, aseguraba en el semanario sensacionalista que Roldán podía «haber dado un salto temporal» y que el Ministerio de Interior español, una vez informado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), había ordenado abandonar la búsqueda del fugado.Toda la historia era, obviamente, una gran mentira urdida por los responsables de Noticias del Mundo -un periódico plagado de niñas que resucitan animales, hombres que viven con hachas clavadas en el cráneo, mujeres que comen por la nariz y otras lindezas- para llamar la atención de los lectores; una gran mentira similar a las que han convertido el triángulo de las Bermudas en un jugoso negocio para escritores sin escrúpulos y editores sin vergüenza.
Las desapariciones misteriosas han sido uno de los más rentables enigmas de las últimas décadas, como bien sabía el fallecido Charles Berlitz, que vendió más de 18 millones de ejemplares de El triángulo de las Bermudas (1974), desembarcó en España a mediados de los años 70 de la mano del periodista José María Iñigo, al igual que el ilusionista israelí Uri Geller, y fue el mayor publicista de la zona.»Ante la falta de una explicación lógica y aceptable» para las desapariciones que se suceden en tan enigmática región, Berlitz proponía dos teorías: que los ovnis hayan estado «secuestrando aviones y barcos durante varias generaciones» o que todo se deba a una «antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona» [Berlitz, 1974 y 1977]. El único misterio inexplicable del triángulo de las Bermudas es que Berlitz fuera considerado por algunos un «veterano y prestigioso investigador de lo insólito» [Benítez, 1985], cuando en realidad no era más que un avispado embaucador. Sus obras, llenas de burdos errores y provechosas mentiras, demuestran que no ha hecho un estudio serio en la vida y que su única virtud fue que quizá era «capaz de afirmar sus falsedades en treinta idiomas» [Randi, 1982].
«La leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado -dice tajante Lawrence David Kusche-. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad» [Kusche, 1975]. A mediados de los años 70, Kusche, bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto de aviación, se propuso averiguar qué había de cierto en los grandes titulares de las revistas paranormales y los éxitos de ventas editoriales de Berlitz y compañía. Lo que descubrió fue sorprendente: «No existe ninguna teoría que resuelva el misterio».
El elástico triángulo de las Bermudas
El capitán Marino Barberán y el teniente Joaquín Collar hicieron historia en junio de 1933. Cruzaron el Atlántico entre Sevilla y Cuba en un sesquiplano, el Cuatro Vientos, y batieron la marca de vuelo directo sobre el mar, al cubrir 7.320 kilómetros en poco más de 40 horas. Por desgracia, pocos días después desaparecieron cuando viajaban entre La Habana y Ciudad de México. «La meteorología era normal y los vientos favorables; no obstante, al pasar por Villahermosa apareció una abundante nubosidad, ante lo cual decidieron emprender vuelo directo de México. Pero jamás llegaron a su destino». Los amantes del misterio no sólo descartan que la tormenta fuera la causa directa del siniestro, ya que se trataba de «dos expertos aviadores», sino que dicen sentir escalofríos «al comprobar que la zona de la desaparición se halla junto al vértice suroccidental del triángulo de las Bermudas» [Pérez, 1989].
Aunque el autor de tal advertencia reconoce que «puede pensarse» que el sesquiplano de Barberán y Collar fue afectado por la tormenta y se estrelló, opta por achacar la desaparición de los aviadores a un lugar próximo a los límites del limbo de lo perdido. El problema es que miente. Basta acudir a un atlas para comprobar que la localidad mexicana de Villahermosa no «se halla junto al vértice suroccidental del triángulo de las Bermudas», sino ¡a cerca de 1.600 kilómetros de la costa de Florida, donde se encuentra el pretendido vértice! El avión seguía la ruta La Habana-Yucatán-Villahermosa-Veracruz-Ciudad de México y, cuando se esfumó, se encontraba a la misma distancia de la zona crepuscular que París de Cádiz. No cabe pensar, por lo tanto, en influencias triangulares ni cosas por el estilo.
El caso del Cuatro Vientos tiene tanta consistencia como el del carguero alemán Freya, que, cuando «se dirigía desde Manzanillo, Cuba, hacia varios puertos de Chile en octubre de 1902, apareció a la deriva y sin tripulación navegando fuertemente inclinado hacia un costado. Las páginas de su calendario de viaje habían sido arrancadas hasta el 4 de octubre» [Berlitz, 1974]. Charles Berlitz reconoce que en aquella época se registró en México un violento terremoto, que pudo provocar el accidente, pero incluye en Sin rastro (1977) el incidente del Freya como uno de los misterios del triángulo de las Bermudas. El problema es que el imaginativo autor confunde la localidad mexicana de Manzanillo, situada en la costa del Pacífico, con otra cubana del mismo nombre. En realidad, el Freya partió el 3 de octubre de un puerto del Pacífico y no de uno del Caribe -¡suspenso en geografía para Berlitz!-; al día siguiente, se vio sacudido por un maremoto ocasionado por los «fuertes terremotos que azotaron el área de Acapulco y Chilpanzingo» [Kusche, 1975], y fue hallado cerca de Mazatlán, también en el Pacífico, según consta en los registros de la compañía Lloyd’s. ¿Dónde está el misterio?
El Freya no desapareció en aguas del triángulo de las Bermudas, como tampoco lo hizo un avión Globemaster de las Fuerza Aérea estadounidense medio siglo después. Según la leyenda, la aeronave se perdió en marzo de 1950 «en el extremo norte del triángulo de las Bermudas durante un vuelo hacia Irlanda» [Berlitz, 1974]. La verdad es que ningún Globemaster se esfumó en esa fecha, aunque sí hubo uno que sufrió un accidente justo un año después, cuando volaba entre Gander, en Terranova, y Gran Bretaña. Es posible que Berlitz se confundiera de fechas; pero, aún así, el accidente tuvo lugar a unos 900 kilómetros al suroeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido, y restos encontrados en el mar revelaron que el avión había explotado en vuelo.
Las desapariciones del Cuatro Vientos, el Freya y el Globemaster son sólo algunas de las muchas que se localizan en el triángulo de las Bermudas, aunque no ocurrieron en tal región. Tras estudiar 33 incidentes registrados entre 1840 y 1973, Kusche llegó en 1975 a la conclusión de que la mayoría de los siniestros había sucedido en realidad fuera de la misteriosa zona. «Ya es difícil -dice- considerar una zona imaginaria en plena mar, pero esto no pasa de ser una nadería cuando descubrimos que en esa zona se pretenden situar naufragios que pudieron producirse ¡a cientos de kilómetros al Este o al Oeste de la localización adelantada por Charles Berlitz!» [Lleget y Kusche, 1979]. Y eso cuando los barcos y aviones no han sido fruto exclusivo de la imaginación de los fabricantes de paradojas.
El barco que nunca existió
No siempre es posible seguir la pista a los protagonistas de los incidentes a los que Berlitz y otros recurren para dar solidez a su tesis de que la zona delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas es una especie de agujero espacio-temporal que desafía al ser humano. Hay ocasiones en las que no hay manera de dar con la fuente en la que han bebido los autores o de identificar el barco o avión siniestrado. Kusche se encontró entre la espada y la pared cuando abrió una investigación para determinar las causas de la desaparición del Stavenger, un carguero noruego que, con una tripulación de 43 personas, se esfumó en octubre de 1931 cuando navegaba en las inmediaciones de la isla del Gato, en Bahamas. Hasta aquí, la leyenda.
Kusche advierte que «la pérdida de un buque, con 43 hombres a bordo, no puede pasarse por alto fácilmente» [Kusche, 1975]. Sin embargo, ni The New York Times ni The Times ni la Lloyd’s tienen información alguna sobre la desaparición del Stavenger. Un portavoz del Museo Marítimo de Oslo aseguró que no existía ningún barco noruego con tal nombre que hubiese naufragado en 1931 y que tampoco se había borrado de la lista oficial aquel año ni los dos siguientes ningún navío llamado Stavanger, con a, como la ciudad noruega. Posteriormente, el bibliotecario fue informado de que un barco denominado Stavanger, construido en 1925, había sido destruido en 1955, por lo que no podía tratarse del desaparecido. Kusche sospecha que, como en octubre de 1931 hubo varias tormentas en la zona de Bahamas, «pudiera ser que un buque llamado Stavanger se encontrara en dificultades en una de estas perturbaciones y que informes incompletos o una investigación incompleta llevaran a la conclusión de que se hubiera hundido».
Tampoco sería de extrañar, sin embargo, que todo el relato fuera una mera invención de los partidarios del triángulo de las Bermudas, que con el paso del tiempo, como ocurre habitualmente en la parapsicología o la ufología, habría cobrado carta de autenticidad. Si un investigador confunde el Atlántico con el Pacífico y sitúa en el triángulo de las Bermudas naufragios que han ocurrido a miles de kilómetros de distancia, por qué va a molestarse en comprobar un rumor antes de incorporarlo a la lista de misterios sin resolver. Como indica Kusche, la credibilidad de Berlitz «es tan baja que virtualmente es inexistente. Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían casi una certeza. Dice cosas que simplemente no son ciertas. Deja de lado el material que contradice su misterio. Un vendedor de bienes raíces que operara de esa manera terminaría en la cárcel» [Randi, 1982].
Pero el autor de El triángulo de las Bermudas no es el único espabilado que se ha aprovechado durante años de la ingenuidad del público. La lista es muy larga, aunque merece especial mención John Wallace Spencer, que está convencido de que los responsables de las desapariciones «tienen que ser seres extraterrestres, a bordo de ovnis» y afirma «que las historias verdaderas son de por sí suficientemente misteriosas como para no tener que recurrir a sensacionalismos» [Spencer, 1975]. Sin embargo, no duda en echar mano del amarillismo más descarado a la hora de rodear de misterio la desaparición de un avión cisterna KB-50, con nueve hombres a bordo, el 8 de enero de 1962. El aparato, de la Fuerza Aérea estadounidense, se esfumó cuando viajaba entre Virginia (EE UU) y las Azores. Había despegado del aeródromo de Langley a las 11.17 horas y la última comunicación desde el avión se registró después del mediodía, cuando el aparato se encontraba a unos 400 kilómetros al este de cabo Charles, en pleno océano Atlántico. El piloto «no insinuó tener ningún problema» [Kusche, 1975]. Sin embargo, según Spencer, la voz de alarma se dio cuando no se estableció el contacto por radio hacia las 14.00 horas, lo que es sencillamente falso.
Los equipos de búsqueda no se pusieron en marcha hasta pasadas las 19.00 horas, cuando estaba prevista la llegada del KB-50 a las Azores. Los aviones de rescate vieron una mancha de aceite en el mar a unos 480 kilómetros al este de Norfolk; pero, como no se halló ningún otro resto, no se puede saber si procedía del aparato siniestrado. Lo único que se puede asegurar es que estaba a unos 80 kilómetros más allá de la última posición dada. Dos aviones participaron en la búsqueda nocturna hasta primeras horas del día siguiente, cuando empezó la operación de rastreo a gran escala. El retraso en el inicio de las tareas de búsqueda -comenzaron casi dieciocho horas después de que se perdió la pista al KB-50- fue lo que impidió en su día explicar el accidente. El aparato cayó al mar; pero fuera del triángulo de las Bermudas, a más de 700 kilómetros del límite norte de la misteriosa región.
El misterio de la ‘patrulla perdida’
Seis aviones y veintisiete hombres -los integrantes del famoso Vuelo 19 y la tripulación de uno de los aparatos de rescate- desaparecieron en las inmediaciones de la península de Florida el 5 de diciembre de 1945. El incidente, uno de los pilares de la leyenda, estuvo a punto de perder todo misterio en mayo de 1991, cuando Robert Cervoni, director de la firma Scientific Search Project, anunció que el barco de exploración Deep See había hallado los restos de cinco TBM Avenger a unos 18 kilómetros al noroeste de Fort Lauderdale. «Nos pareció increíble. De pronto, nos invadió un grado de excitación elevadísimo», recordaba Cervoni [Fermoselle, 1991]. A pesar de que todo parecía indicar que se trataba de los aviones torpederos desaparecidos en 1945, posteriores investigaciones permitieron precisar que los aparatos no pertenecían al Vuelo 19. Los modelos no coincidían y los números de matrícula no correspondían a los del escuadrón perdido.
Cinco aviones torpederos TBM Avenger partieron a las 14.10 horas del 5 de diciembre de 1945 de la base aeronaval de Fort Lauderdale, en Florida. Los aviones, con una tripulación total de catorce hombres, iban a participar en un vuelo de entrenamiento sobre el mar para el adiestramiento de los pilotos en orientación sin instrumental y sin puntos de referencia. Debían volar 198 kilómetros al este, 117 kilómetros al norte y otros 193 kilómetros hacia el sudoeste, hasta Fort Lauderdale. Los problemas surgieron una hora y media después del despegue, cuando el comandante de la escuadrilla, el teniente Charles Taylor, creyó que se habían perdido «después del último giro» y que su brújula no funcionaba debidamente [Errigo, 1975]. La conversación entre el jefe de la escuadrilla y sus pilotos fue detectada por el teniente Robert Cox, un instructor de vuelo que poco después perdió comunicación con Taylor. El Vuelo 19 «debía hallarse sobre las islas Bimini o las Bahamas» mientras que Cox estaba a unos 65 kilómetros al sur de Fort Lauderdale [Kusche, 1975].
El reloj es un instrumento imprescindible en un vuelo de entrenamiento a ciegas. Sin embargo, ninguno de los cinco TBM Avenger estaba equipado con reloj y existe la duda de si el propio Taylor llevaba uno de pulsera, ya que su familia recibió después uno entre sus efectos personales. Si el comandante ignoraba cuánto tiempo llevaba volando en un rumbo determinado, es comprensible que en un algún momento se sintiera perdido. Su desorientación llegó a tal punto que, en la segunda mitad del primer tramo -cuando la brújula, según él, comenzó a fallar-, pensó que se estaban equivocando, tomó el mando, volvió a lo que creía que era la posición correcta y acabó por no saber si se hallaba al este o al oeste de Florida. A las 16.45 horas, Port Everglades conectó con Taylor y le pidió que cambiara la radio a la frecuencia de emergencia. El líder del Vuelo 19 no lo hizo y, poco a poco, perdieron las comunicaciones con las estaciones de tierra en un canal, por otra parte, plagado de interferencias de emisoras cubanas y ruidos parásitos.
El informe oficial, que ocupa más de 400 páginas, revela que pasaron más de cuatro horas desde la primera llamada de socorro hasta que los aviones cayeron al mar. «La parte más trágica del incidente -señala Kusche- es que, cuando el teniente Taylor dio el primer parte de su situación, se encontraba, según su declaración posterior, sobrevolando los arrecifes del norte de las Bahamas. ¡El Vuelo 19 se hallaba casi en rumbo correcto cuando los pilotos decidieron que se habían perdido!». Horas más tarde, los operadores de tierra escucharon por radio como alguno de los pilotos decía: «¡Maldición, si al menos pudiéramos volar hacia el oeste, llegaríamos a casa!». Ninguno llegó a casa porque ninguno abandonó la formación por disciplina. Se perdieron definitivamente pasadas las 19.00 horas, cuando se les acabó el combustible, al caer «en algún lugar entre el este de Estados Unidos y el norte de las Bahamas». Los TBM Avenger, recuerda el sagaz Berlitz, «estaban en condiciones de posarse suavemente sobre las aguas y, en todo caso, podían mantenerse noventa segundos a flote» [Berlitz, 1974]. Pero es que las condiciones meteorológicas no eran idílicas, como el autor de El triángulo de las Bermudas quiere hacer ver, sino bastante malas, «con vientos fuertes y un mar muy alborotado», lo que tampoco favorecía la supervivencia en caso de amerizaje de emergencia.
Fue entonces cuando partió en su búsqueda un hidroavión Martin Mariner con trece tripulantes. Y también se esfumó, aunque no sin dejar rastro. La leyenda une ambos incidentes -la desaparición de los cinco aviones y la del aparato de rescate- y dice que los seis aparatos desaparecieron sin más ni más. La realidad es muy diferente. El Martin Mariner despegó de la base aeronaval de Banana River hacia las 19.27 horas, media hora después de la última conexión con el Vuelo 19. Veintitrés minutos más tarde, según el informe oficial, «el capitán del SS Gained Mills declaró que un avión se incendió en el aire e inmediatamente cayó al agua y explotó, y que manchas de aceite y escombros habían sido vistos por miembros de la tripulación» [Kusche, 1975]. Curiosamente, la explosión tuvo lugar en el punto en el que tenía que encontrarse en aquel momento el Martin Mariner, un aparato al que los pilotos llamaban tanque de gasolina volante. Sin embargo, Alejandro Vignati, un explotador del misterio, califica de «sorprendente» la desaparición del Martin Mariner [Vignati, 1975].
Más asombroso resulta que el lamentable cúmulo de coincidencias que convirtió el 5 de diciembre de 1945 en una jornada aciaga para la aviación haya sido tergiversado hasta tal punto que mucha gente crea que fueron los extraterrestres los que secuestraron a los veintisiete tripulantes de los seis aviones militares. Parte de culpa tiene Steven Spielberg. Al comienzo de Encuentros en la tercera fase (1977), el ufólogo encarnado por François Truffaut encuentra en el desierto mexicano de Sonora los cinco TBM Avenger del Vuelo 19 en perfecto estado de conservación; al final de la película, Charles Taylor y sus compañeros salen de un multicolor platillo volante estacionado en la torre del Diablo. Así soluciona el Rey Midas de Hollywood uno de los mayores misterios del siglo XX, recurriendo a otro misterio inexplicado, los platillos volantes.
En el fondo del mar…
Los partidarios del triángulo de las Bermudas recurren siempre a otros supuestos enigmas para explicar el misterio. Muestran especial preferencia por visitantes extraterrestres y restos de la desaparecida Atlántida; aunque también salen habitualmente al escenario vórtices magnéticos, civilizaciones intraterrestres, agujeros espacio-temporales… John Wallace Spencer aboga por los secuestros alienígenas; Charles Berlitz, por una explicación atlante, y Jean Prachan une los ovnis y el continente desaparecido en una sola teoría. ¿Qué hay de verdad en tan sorprendentes afirmaciones? Nada.
Spencer, miembro del crédulo Comité Nacional para la Investigación de los Fenómenos Aéreos (NICAP), afirma que «los extraterrestres no pueden ser clasificados como amigos ni como enemigos, sino como algo muy distinto: como científicos que llevan a cabo un experimento» [Spencer, 1975]. En su opinión, los visitantes han elegido el triángulo de las Bermudas como zona de operaciones «por ser la más frecuentada del mundo tanto por tierra como por mar. Si mi teoría es correcta, lo científicos extraterrestres están llevando a cabo continuos experimentos con los seres humanos y sus máquinas». La idea es llamativa; pero tan carente de fundamento como la que dice que los extraterrestres vienen a la Tierra de caza para llenar de comida las despensas de los platillos volantes.
¿Qué necesidad tienen los alienígenas de exponerse en continuas expediciones de caza? ¿No resultaría más fácil crear granjas de seres humanos para satisfacer las supuestas necesidades gastronómicas o de animales de laboratorio? El hecho de que los visitantes estelares hayan tenido que convertir el triángulo de las Bermudas en coto de caza es una muestra más de la escasa imaginación y la falta de lógica que imperan entre ciertos escritores sin escrúpulos, que hacen cualquier cosa con tal de rentabilizar la credulidad del público.
Berlitz no recurre a los marcianos. Prefiere resucitar un viejo mito de la humanidad, la Atlántida. Según él, la existencia de un gran complejo de energía submarino es la causa de las misteriosas desapariciones que se registran en la región desde siempre. Obviamente, la idea -como todas las de Berlitz- no es original de él, sino de Edgar Cayce, un pretendido dotado que entre 1924 y 1944 maravilló a todos los ingenuos de la época. Maestro de escuela, diagnosticaba enfermedades a distancia, recetaba curas por carta, realizaba descripciones de vidas anteriores y se atrevía hasta a dárselas de profeta. «Las curas de Cayce -escribe James Randi– eran muy graciosas», consistían casi siempre en conocidos remedios caseros como el caldo de carne, y sus fracasos como vidente fueron «notables» [Randi, 1982].
La Atlántida, según Cayce, desapareció debido al empleo indebido de las fuerzas de la naturaleza, que se tomó la revancha y borró el continente del mapa. «El hombre produjo las fuerzas destructivas… que, combinadas con las propiedades naturales de los gases, de fuerzas existentes en la naturaleza y en su forma natural, causaron la peor de las erupciones en las profundidades de la Tierra en lento proceso de enfriamiento, y esa porción [de la Atlántida] que ahora se halla cercana a lo que podríamos llamar el mar de los Sargazos desapareció bajo el océano…» [Berlitz, 1974]. El vidente describió lo que sus admiradores identifican con el láser, el máser y la energía nuclear, y habló de la existencia de un «gran cristal» atlante productor de energía en el lecho marino cerca de las Bahamas.
Charles Berlitz, que da crédito a todo tipo de sandeces, cree que es posible que en la región haya «grandes complejos de energía, antiguas máquinas o fuentes energéticas de una civilización anterior, que yacen en el fondo del océano» y que «incluso ahora podrían ser ocasionalmente accionadas por aviones que, al sobrevolarlas, crean torbellinos magnéticos y provocan perturbaciones magnéticas y electrónicas» [Berlitz, 1974]. Por si fuera poco, mantiene además que se ha cumplido una de las últimas profecías de Edgar Cayce, que anunció que parte de la Atlántida resurgiría de las aguas a finales de los años 60.
Una apuesta de 10.000 dólares
«Poseidia -dijo Cayce en 1940- estará entre las primeras porciones de la Atlántida que vuelvan a resurgir…, según espero, en 1968, 1969… pero no más lejos» [Berlitz, 1977]. Nada de eso pasó; pero Berlitz se basta y se sobra para tergiversar la realidad y adaptarla a la profecía. Y así se refiere al descubrimiento en 1968 de una calzada submarina cerca de las islas Bimini como si fuera evidencia de algo más que de su ignorancia. La prueba, situada a unos 8 metros bajo la superficie, es «un par de filas semirregulares paralelas a la costa, separadas por unos 20 metros y consistentes en unos bloques casi rectangulares de dimensiones muy variadas, que miden de 2 a 6 metros» [Randi, 1982]. En realidad, se trata de un ejemplo de lo que los geólogos conocen como rocas de playa, una estructura formada por granos de arena que han sufrido un proceso natural de cementación. La prueba del carbono 14 a la que se han sometido restos orgánicos incrustados en la roca ha revelado que la carretera tiene sólo unos 2.200 años, cuando la Atlántida, según los creyentes, se hundió en el mar hace más de diez milenios. Al ser de origen natural, se han encontrado otras calzadas submarinas en lugares como Australia, demasiado lejos del triángulo de las Bermudas.
Los fabricantes de enigmas no se conformaron con encontrar una carretera y en 1977 realizaron otro «sensacional descubrimiento», hallaron una pirámide de 143 metros de altura sumergida en el triángulo de las Bermudas. ¡Ya no faltaba nada! En la región había bases extraterrestres, misteriosas fuentes de energía, ruinas atlantes y hasta una gigantesca pirámide. El problema es que el espectacular monumento siguió el mismo camino que las calzadas submarinas. Aunque Berlitz disponía de un registro de sonar en el que se observaba una estructura piramidal de gran altura, cuando en 1978 Kusche apostó 10.000 dólares a que no existía ninguna evidencia de la existencia de la pirámide, el investigador dio la callada por respuesta.
Y es que la gráfica de sonar también tenía truco. La pirámide descubierta por el capitán Don Henry es de las «siluetas que pueden encontrarse a menudo en los registros de sonar», según Bob Heinmiller, del Instituto Tecnológico de Massachussetts. «La forma de una pirámide -explica Randi- puede obtenerse simplemente al encontrar una pequeña pendiente en el sonar», ya que la componente vertical de la gráfica es muy exagerada porque lo que se pretende es hacerse a la idea de la profundidad a la que está el lecho marino. «En el diagrama mostrado por Berlitz, la supuesta pirámide puede representar un terreno sumergido con una suave pendiente de 2 ó 3 grados. Para tener una idea de la verdadera inclinación representada, imagínese una regla de 30 centímetros sobre la parte superior de una mesa con ocho monedas apiladas debajo de un extremo. Don Henry pasó con su barco por encima de eso, en miniatura, para obtener el registro que vendió a Berlitz» [Randi, 1982].
Escapes de gas submarinos
Richard McIver comenzó a interesarse por el triángulo de las Bermudas en 1963, tras leer un artículo en la revista Argosy. Treinta años después, cree que la clave del misterio se encuentra en el fondo del mar, más concretamente, en el subsuelo oceánico. Geoquímico vinculado a la industria petrolífera, conoce los problemas que ocasionaban los hidratos gaseosos -el gas congelado- en perforaciones y oleoductos. Sólo las reservas mundiales de metano en estado de hidrato se estiman actualmente en unos 1016 metros cúbicos, muchos de los cuales se encuentran bajo el subsuelo marino.
El origen del metano submarino está vinculado a la descomposición de animales y plantas. El gas se cristaliza, debido a la presión y a la baja temperatura, y queda atrapado entre los estratos. Hay depósitos de hidratos en todos los océanos del planeta, incluida la región del triángulo de las Bermudas, y bajo ellos se encuentra metano en estado gaseoso. Los escapes de gas a alta presión han provocado numerosos accidentes en barcos perforadores y plataformas petrolíferas. «Cuando el gas entra en contacto con el agua que hay bajo la plataforma, puede tener consecuencias funestas» [Simmons, 1992]. Las estructuras pierden gran parte de su capacidad de mantenerse a flote y pueden llegar hasta a volcar.
Larry Kuhlman, de Neal Adams Firefighter Inc., ha presenciado gran número de accidentes de este tipo. «Las plataformas se hunden por dos razones: una es la reducción del peso específico del agua debido a la presencia de gas, y la otra es que el agua sube de nivel, llega hasta la cubierta y se introduce en los sistemas de conducción interna. El gas asciende hasta la superficie muy deprisa y, en algunos casos, las plataformas se hunden en cuestión de minutos», advierte. Los trabajadores que se lanzan al agua gasificada intentando salvarse descubren que se hunden, que ni con chaleco salvavidas flotan. «Es como saltar desde un avión en vuelo sin paracaídas», indica un superviviente.
La perforación del subsuelo es la manera más habitual de liberar este enorme poder destructivo de la naturaleza; pero no la única. Los corrimientos de tierra submarinos pueden sacar a la luz depósitos de gas, que, liberado en grandes cantidades, desencadenará una catástrofe localizada. Si no hay tráfico marítimo, todo quedará en una mera anécdota; si un barco navega por las inmediaciones, casi con toda seguridad acabará en el fondo del mar. Experimentos llevados a cabo en el Instituto de Ciencias Oceanográficas de Gran Bretaña han revelado qué ocurre a una embarcación que navega en una mezcla de gas y agua. La piscina permanece tranquila hasta que se produce el escape gaseoso. Entonces, el agua se convierte en un auténtico infierno blanco, la turbulencia atrapa al navío y éste se hunde. Esto es lo que, según Richard McIver, ocurre en el triángulo de las Bermudas: los sedimentos se rompen, el gas queda libre y, en su camino hacia la superficie, se traga los barcos.
Quienes han presenciado bajo las aguas del mar Caspio escapes de gas aseguran que, en ocasiones, la erupción es tan violenta que puede llegar a haber «una columna de gas rodeada de agua, lo que da la impresión de que el mar está hirviendo» [Simmons, 1992]. La descripción, desde luego, se asemeja mucho a la última visión que la leyenda atribuye a algunas de las víctimas del triángulo de las Bermudas. Sin embargo, ¿cómo puede afectar un escape de gas a un avión? McIver se atreve a dar una respuesta. Mantiene que bastaría una chispa del motor para provocar una explosión en un avión que se adentrara en una nube de metano provocada por un escape submarino.
La hipótesis del geoquímico es atractiva y está basada en hechos reales: más de 40 plataformas y barcos perforadores se han hundido en todo el mundo debido a escapes de gas. Sin embargo, considerar esta teoría como la explicación a todas las desapariciones acaecidas en el triángulo de las Bermudas es casi tan grotesco como decir que todos platillos volantes son producto de confusiones con el planeta Venus. Cabe la posibilidad de que algunos siniestros tengan su origen en escapes masivos de gas metano, pero no hay que olvidar que la mayoría de los casos que sustentan el misterio tiene una explicación bastante más prosaica.
La opinión de los hombres del mar
«Podemos afirmar categóricamente que las desapariciones [del triángulo de las Bermudas] se deben normalmente a condiciones meteorológicas severas» afirma Norman Hooke, de la compañía de seguros Lloyd’s, que añade que «si se comprueba con detalle» cada uno de los misteriosos incidentes que han conformado la leyenda, se verá que no han ocurrido como dicen Berlitz y compañía. La experiencia ya la hizo Lawrence David Kusche, que llegó a la conclusión de que los estudiosos de lo paranormal no investigan los casos en las fuentes, aderezan los incidentes con imaginativos detalles, localizan las desapariciones donde les viene en gana y hasta ocultan información que podría explicar el accidente.
Los guardacostas, los hombres que más tiempo pasan en aguas del triángulo maldito, no han visto hombrecillos verdes en la zona. Respecto a las víctimas de la región, el comandante James Howe cree que «se trata de gente que se mete en problemas debido a las condiciones meteorológicas o por no estar preparados» [Simmons, 1992]. Los expertos en lo paranormal ignoran las manifestaciones de la Lloyd’s y de la Guardia Costera de Estados Unidos. Ya en su primer libro sobre la misteriosa zona, el propio Berlitz recogía la opinión de los guardacostas. «Según nuestra experiencia -aseguraba en 1974 un portavoz del servicio de vigilancia- las fuerzas combinadas de la naturaleza y el carácter impredecible del ser humano pueden superar, muchas veces al año, las más ambiciosas narraciones de ciencia ficción…» [Berlitz, 1974]. Veinte años después, todavía hay quien cree que puede navegar entre Miami y Bahamas con «un mapa de carreteras o un mapa dibujado en una servilleta», indica Howe.
Bajo el agua, la opinión es aún más contundente. El comandante Jacques Cousteau no tenía ninguna duda. «El tan comentado triángulo de las Bermudas no es tal punto de desapariciones misteriosas -decía-, sino un simple montaje publicitario que radica en el interés de ciertas empresas editoriales por vender libros. Un camelo» [Semana, 1979]. El explorador submarino no vacilaba en calificar el misterio de «leyenda prefabricada». No le faltaba razón.

Notas

Benítez, Juan José [1985]: «Platón -sin saberlo- describió América». El Correo Español-El Pueblo Vasco (Bilbao), 14 de Enero.
Berlitz, Charles [1974]: El triángulo de las Bermudas [The Bermuda triangle]. Trad. de José Cayuela. Editorial Plaza & Janés (Col. «Los Jet», Nº 7). Barcelona 1982. 254 páginas.
Berlitz, Charles [1977]: Sin rastro [Without trace]. Con la colaboración de J. Manson Valentine. Trad. de Traductores Diorki. Mundo Actual de Ediciones. Barcelona 1978. 243 páginas.
Errigo, Angela [1979]: «El triángulo de las Bermudas». En Pick, Christopher (Ed.): Misterios del mundo [Mysteries of the world]. Prologado por Ian Wilson. Trad. de Carmen López Velasco. Editorial Eléxpuru. Bilbao 1980. 146-157.
Fermoselle, Ángel F. [1991]: «Otra vez el triángulo de las Bermudas». El Mundo (Madrid), 18 de Mayo.
Kusche, Lawrence David [1975]: El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado [The Bermuda triangle mystery – solved]. Trad. de Carme Collell. Ediciones Sagitario. Barcelona 1977. 320 páginas.
Lleget, Màrius; y Kusche, Lawrence David [1979]: «El triángulo de las Bermudas desmontado punto por punto». Algo (Barcelona), Nº 338 (Febrero), 90-102.
López, Jesús [1994]: «Luis Roldán desapareció en el triángulo de las Bermudas». Noticias del Mundo (Madrid), Nº 7 (7 de Noviembre), 3.
Pérez, Alberto [1989]: «Llevados por el viento». Más Allá (Madrid), Nº 8 (Octubre), 30-41.
Randi, James [1982]: Fraudes paranormales. Fenómenos ocultos, percepción extrasensorial y otros engaños [Flim-flam! Psychics, Esp, unicorns and other delusions]. Prologado por Isaac Asimov. Trad. de Alejandro G. Tiscornia. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona 1994. XVI + 347.
Semana [1979]: «El comandante Cousteau tira con bala: «¡El pretendido misterio del triángulo de las Bermudas es un camelo!»». Semana (Madrid), Nº (9 de Junio).
Simmons, John [1992]: The Bermuda triangle. Geofilms. Producido por Martine Benoit y John Simmons. Guión de John Simmons. Música de Tony Royden. Narradora: Juliet Stevenson. Duración: 50 minutos.
Spencer, John Wallace [1975]: El limbo de lo perdido. Casos actuales de misterios marinos [Limbo of the lost today]. Trad. de Consuelo González Castresana. Editorial Plaza & Janés (Col. «Realismo Fantástico», Nº 81). Barcelona 1980. 240 páginas.
Vignati, Alejandro [1975]: El triángulo mortal de las Bermudas. Editorial ATE. Barcelona. 303 páginas.

Muere a los 90 años Charles Berlitz, autor de ‘El triángulo de las Bermudas’

Charles Berlitz (Nueva York, 1913) murió el 18 de diciembre en Tamarac (Florida, EE UU) a los 90 años. Lingüista -era nieto del fundador de las academias de idiomas Berlitz-, entró en el mundo del misterio a finales de los años 60 del siglo pasado y alcanzó renombre mundial en 1974 con la publicación de El triángulo de las Bermudas. Escribió libros sobre el arca de Noé y la Atlántida, y firmó con William Moore dos obras: El experimento Filadelfia (1979) y El incidente (1980), que resucitó el misterio de Roswell y marcó el inicio de la fiebre de los platillos volantes estrellados, fenómeno en el que hasta entonces nadie había creído ni siquiera dentro del mundo ufológico. Hábil relaciones públicas, sus trabajos están repletos de afirmaciones asombrosas sin la menor base, como demuestra su obra más popular.
Charles Berlitz.El triángulo de las Bermudas debe su nombre a Vincent Gaddis, un divulgador de lo paranormal que bautizó así a la región del Atlántico delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas en la revista Argosy en 1964. Pero si hay un autor al que la opinión pública vincula con esa zona, ése es Charles Berlitz, cuyas obras El triángulo de las Bermudas y Sin rastro han vendido decenas de millones de ejemplares en todo el mundo desde 1974. Berlitz sostenía que las desapariciones en la región se deben bien a que los extraterrestres han estado «secuestrando aviones y barcos durante varias generaciones», bien a una «antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona». Otros autores hablan de civilizaciones intraterrestres, vórtices magnéticos o agujeros espaciotemporales. Pero lo importante es que todos parten de una misma base: la facilidad con que se esfuman barcos y aviones en esa parte del Atlántico.
La realidad es mucho más misteriosa que todo eso, como descubrió Lawrence Kusche hace más de veinte años. Bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto de aviación, Kusche se propuso averiguar qué había de cierto en los llamativos titulares de las revistas esotéricas y en los éxitos de ventas de Berlitz y compañía. Su conclusión fue sorprendente: «No existe ninguna teoría que resuelva el misterio». Cuando examinó el caso del Freya, un carguero cuya desaparición en 1902 Berlitz situaba en el triángulo de Bermudas, descubrió que el barco había naufragado en el Pacífico y durante un maremoto. Averiguó también que ningún Globemaster estadounidense se accidentó en la región en 1950, como afirmaba el autor de El triángulo de las Bermudas, aunque un aparato de ese tipo sí explotó en vuelo, pero en 1951 y a 900 kilómetros al sudeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido. Y así un caso tras otro.
«Podemos afirmar categóricamente que las desapariciones se deben normalmente a condiciones meteorológicas severas», ha mantenido siempre la Lloyd’s. Del medio centenar largo de casos enigmáticos que Kusche desmontaba en 1975 en su libro El misterio de triángulo de las Bermudas solucionado, se deduce que no hay ninguna explicación para todos los sucesos y sí una para cada uno, y que Berlitz no merece ningún crédito. «Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían caí una certeza», ironiza Kusche, quien comprobó en su día que, por ejemplo, el Stavenger, un barco con 43 tripulantes que habría desaparecido en 1931 en Bahamas, nunca existió. Así es muy fácil que se esfumara.
En su libro Flim-flam! Psychic, ESP, unicorns and other delusions (1982), el ilusionista James Randi acusa a Berlitz de falsear datos conscientemente. «Tengo entendido que Berlitz habla unos treinta idiomas, once de ellos con fluidez. Quizá sea capaz de afirmar sus falsedades en los treinta idiomas», dice el prestigioso escéptico. Por escrito, las mentiras del autor estadounidense se han divulgado en muchos más idiomas y siempre con el marchamo de no ficción.

Diez libros para la mente abierta

Charpak, Georges; y Broch, Henri [2002]: Conviértase en brujo, conviértase en sabio. La desmitificación científica de las supersticiones y los fenómenos paranormales [Devenez sorciers, devenez savants]. Trad. de Núria Viver Barri. Ediciones B (Col. «Sine Qua Non»). Barcelona 2003. 229 páginas.
Dawkins, Richard [1998]: Destejiendo el arco iris. Ciencia, ilusión y el deseo de asombro [Unweaving the rainbow]. Trad. de Joandomènec Ros. Ediciones Tusquets (Col. «Metatemas», Nº 61). Barcelona 2000. 352 páginas.
Feder, Kenneth L. [1990]: Fraudes, mitos y misterios [Frauds, myths and mysteries. Science and pseudoscience in archaeology]. Trad. de… Editorial Atlántida. Buenos Aires 1991. 309 páginas.
Finkelstein, Israel; y Silberman, Neil Asher [2001]: La Biblia desenterrada. Una nueva visión arqueológica del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados [The Bible unearthed. Archaeology’s new vision of ancient Israel and the origin of its sacred texts]. Prologado por Gonzalo Puente Ojea. Trad. de José Luis Gil Aristu. Siglo Veintiuno de España Editores. Madrid 2003. 414 páginas.
Gardner, Martin [1988]: La nueva era. Notas de un observador de lo marginal [The New Age. Notes of a fringe watcher]. Trad. de Juan Pedro Campos Gómez. Alianza Editorial (Col. «El Libro de Bolsillo», Nº 1.463). Madrid 1990. 396 páginas.
Park, Robert L. [2000]: Ciencia o vudú. De la ingenuidad al fraude científico [Voodoo science. The road from foolishness to fraud]. Trad. de Francisco Ramos. Ediciones Grijalbo (Col. «Arena Abierta»). Barcelona 2001. 326 páginas.
Randi, James [1982]: Fraudes paranormales. Fenómenos ocultos, percepción extransensorial y otros engaños [Flim-flam! Psychic, esp, unicorns and other delusions]. Prologado por Isaac Asimov. Trad. de Alejandro G. Tiscornia. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona 1994. xv + 348 páginas.
Sagan, Carl [1995]: El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad [The demon-haunted world]. Trad. de Dolors Udina. Editorial Planeta (Col. «La Línea del Horizonte»). Barcelona 1997. 493 páginas.
Stoczkowski, Wiktor [1999]: Para entender a los extraterrestres. Estudio etnológico de una creencia contemporánea [Des hommes, des dieux et des extraterrestres]. Trad. de Anne-Marie Ledoux. Acento Editorial (Col. «Acento Agudo»). Madrid 2001. 383 páginas.
Sheaffer, Robert [1981]: Veredicto ovni. Examen de la evidencia [The ufo verdict: examining the evidence]. Prologado por James Oberg. Trad. de Alberto Coscarelli. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona 1994. 343 páginas.

… y algunos más

Alonso del Real, Carlos [1971]: Superstición y supersticiones. Editorial Espasa-Calpe (Col. «Austral», Nº 1.487). Madrid. 230 páginas.
Asimov, Isaac [1989]: Objetos voladores no identificados [Unidentified flying objects]. Trad. de María Córdoba. Ediciones SM (Col. «Biblioteca Isaac Asimov del Universo»). Madrid. 32 páginas.
Booth, John [1984]: Paradojas psíquicas []. Prologado por John Robert Clarke. Trad. de Dafne Sabanes Plou. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona 1994. xiv + 265 páginas.
Borgo, Alejandro; y Márquez, Enrique [1998]: Puede fallar. Predicciones fallidas de astrólogos, videntes y mentalistas en la Argentina. Editorial Planeta (Col. «Planeta Singular»). Buenos Aires 1998. 197 páginas.
Bunge, Mario [1985]: Seudociencia e ideología. Alianza Editorial (Col. «Alianza Universidad», Nº 440). Madrid. 253 páginas.
Broch, Henri [1976]: La misteriosa pirámide de Falicón [La mysterieuse pyramide de Falicón]. Editorial ATE. Barcelona 1978. 183 páginas.
Broch, Henri [1985]: Los fenómenos paranormales. Una reflexión crítica [Le paranormal]. Trad. de Juana Bignozzi. Editorial Crítica (Serie «General» (Col. «Estudios y Ensayos»), Nº 107). Barcelona 1987. 206 páginas.
Brookesmith, Peter [1995]: Documentos Ufo. Catálogo completo [Ufo: the complete sighting catalogue]. Trad. de… Editorial Libsa. Madrid 1996. 176 páginas.
Brookesmith, Peter [1998]: Alien abducciones [Alien abductions]. Libsa. Madrid 1999. 176 páginas.
Cabria, Ignacio [1993]: Entre ufólogos, creyentes y contactados. Una historia social de los ovnis en España. Edita Cuadernos de Ufología. Santander 1993. 306 páginas.
Cabria, Ignacio [2002]: Ovnis y ciencias humanas. Un estudio temático de 50 años de bibliografía (1947-2000). Edita Fundación Anomalía (Col. «Biblioteca Camille Flammarion», Nº 4). Santander. 307 páginas.
Cantril, Hadley [1940]: La invasión desde Marte. Estudio de la psicología del pánico [The invasion from Mars. A study in the psychology of panic with the complete script of the famous Orson Welles broadcast]. Trad. de Carlos Reyles. Revista de Occidente (Col. «Cosas que Importan»). Madrid 1942. 237 páginas.
Culver, Roger B.; y Ianna, Philip A. [1988]: El secreto de las estrellas. Astrología: ¿mito o realidad? [The Gemini syndrome]. Trad. de Dafne Sabanes Plou. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona 1994. 252 páginas.
Ellis, Richard [1998]: En busca de la Atlántida. Mitos y realidad del continente perdido [Imagining Atlantis]. Trad. de Jordi Beltran. Editorial Grijalbo (Col. «Huellas Perdidas»). Barcelona 2000. 393 páginas.
Erben, Heinrich K. [1984]: Estamos solos en el cosmos [Intelligenzen im Kosmos? Die Antwort der Evolutionsbiologie]. Trad. de Juan Antonio Gutiérrez Larraya. Editorial Planeta (Col. «Al Filo del Tiempo», Nº ). Barcelona 1985. 211 páginas.
Eslava Galán, Juan [1997]: El fraude de la sábana santa y las reliquias de Cristo. Editorial Planeta (Col. «Documento»). Barcelona. 352 páginas.
Fernández Peris, Juan Antonio [2000]: El expediente Manises. Prologado por Vicente-Juan Ballester Olmos. Edita Fundación Anomalía (Col. «Biblioteca Camille Flammarion», Nº 1). Santander. 220 páginas.
Galifret, Yves (Ed.) [1965]: El fracaso de los brujos. El realismo fantástico contra la cultura [Le crepuscule des magiciens]. Prologado por Yves Galifret. Trad. de Susana Lugones. Editorial Jorge Alvarez. Buenos Aires 1966. 279 páginas.
Gardner, Martin [1981]: La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso [Science. Good, bad and bogus]. Trad. de Natividad Sánchez Sáinz de Trapaga. Alianza Editorial (Col. «El Libro de Bolsillo», Nº 1.365). Madrid 1988. 636 páginas.
Gardner, Martin [1983]: Orden y sorpresa [Order and surprise]. Trad. de Néstor Míguez. Alianza Editorial (Col. «El Libro de Bolsillo», Nº 1.255). Madrid 1987. 272 páginas.
Gardner, Martin [1992]: Extravagancias y tonterías [On the wild side]. Prologado por Vladimir de Semir. Trad. de Jordi Fibla. Ediciones Alcor (Col. «Campo de Agramante»). Barcelona 1993. 284 páginas.
Gardner, Martin [1995]: Urantia. ¿Revelación divina o negocio editorial? [Urantia: the great cult mystery]. Trad. de Pilar Tutor. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona. xv + 348 páginas.
Gardner, Martin [2000]: ¿Tenían ombligo Adán y Eva? La falsedad de la seudociencia al descubierto [Did Adam and Eve have navels?]. Trad. de Juan Manuel Bas. Editorial Debate (Col. «Temas de Debate»). Madrid 2001. 395 páginas.
Gómez Pérez, Rafael [1990]: La invasión del ocultismo. Ediciones del Drac (Col. «Contrastes», Nº 15). Barcelona 1990. 178 páginas.
Hernández Franch, Luis [1984]: Los ovnis desmitificados. Informes I y II. Edición del Autor. Bilbao. 172 páginas.
Heredia, Carlos M. [1930]: Fraudes espiritistas y fenómenos metapsíquicos. Prologado por Andrés Aberasturi. Editorial Acervo. Barcelona 1993. iii + 381 páginas.
Kaminer, Wendy [1999]: Durmiendo con extraterrestres. El auge del irracionalismo y los peligros de la devoción. [Sleeping with extra-terrestrials: the rise of irrationalism and perils of piety]. Trad. de Elena Llorens Pujol. Alba Editorial (Col. «Trayectos», Nº 25). Barcelona 2001. 322 páginas.
Kusche, Lawrence David [1975]: El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado [The Bermuda triangle mystery – solved]. Trad. de Carme Collell. Ediciones Sagitario. Barcelona 1977. 320 páginas.
Lizondo, Joaquín [1984]: El fin del mundo para el 85. La amenaza del Halley. Editorial Planeta (Col. «Documento», Nº 152). Barcelona. 235 páginas.
Lizondo, Joaquín [1995]: El lado oscuro de las sectas (El retorno del Becerro de Oro). Ultramar Editores. Barcelona. 447 páginas.
Martínez-Pereda, José Manuel [1991]: ‘Magia y delito en España’. Prologado por Julio Caro Baroja. Laida edición e Imagen (Col. «Almadia»). Bilbao. 275 páginas.
Molina, Eustoquio; Carreras, Alberto; y Puertas, Jesús (Eds.) [1997]: Conferencia Internacional sobre Evolucionismo y Racionalismo. Edita Universidad de Zaragoza. Zaragoza. 80 páginas.
Molina, Eustoquio; Carreras, Alberto; y Puertas, Jesús (Eds.) [1998]: Evolucionismo y racionalismo. Institución Fernando el Católico. Zaragoza. 408 páginas.
Molina, Eustoquio; y Sabadell, Miguel Ángel (Eds.) [1993]: Actas del I Congreso Nacional sobre Pseudociencia. Edita ARP y Universidad de Zaragoza. Zaragoza. 141 páginas.
Montfaucon de Villars, Nicolás [1670]: Coloquios sobre las ciencias ocultas [Le Comte de Gabalis ou entretiens sur les sciences secrètes]. Prologado por Horacio Vázquez Rial. Trad. de Ernesto Posse. Editorial Bruguera (Col. «Biblioteca de El Sol», nº 259). Madrid 1992. 95 páginas.
Morin, Edgar; Petrossian, Lena; Fischler, Claude; y Defrance, Philippe [1971]: El retorno de los astrólogos. Diagnóstico sociológico [Le retour des astrologues. Una enquete-diagnostic]. Prologado por Edgar Morin. Trad. de Carlos Gerhard. Editorial Extemporáneos (Col. «El Viento Cambia», Nº 8). México 1972. 271 páginas.
Muñoz Goulin, Julián [2002]: Las brujas. Acento Editorial (Col. «Flash Cultura», Nº 188). Madrid. 91 páginas.
Olimón, Manuel [2002]: La búsqueda de Juan Diego. Editorial Plaza & Janés. México. 207 páginas.
Perera, Ramos [1975]: Uri Geller al descubierto. Prologado por Vintila Horia. Sedmay Ediciones. Madrid. 228 páginas.
Polidoro, Massimo [2002]: Los grandes misterios de la Historia [Grandi misteri della Storia]. Trad. de Mario Lamberti. Ediciones Robinbook (Col. «Grandes Enigmas». Barcelona 2003. 267 páginas.
Romero, Aurelio; y Martín, José Luis [1984]: Ovnis a mogollón. Editorial Planeta (Col. «Fábula», Nº 141). Barcelona. 213 páginas.
Ruiz de Gopegui, Luis [1992]: Extraterrestres. ¿Mito o realidad? Edita Equipo Sirius. Madrid 1992. 123 páginas.
Ruffat, A. [1962]: La superstición a través de los tiempos [La superstition a travers les ages]. Trad. de M. Rossell Pesant. Editorial Mateu (Col. «Todo Para Muchos», Nº 60). Barcelona. 318 páginas.
Sabadell, Miguel Ángel [1997]: La tentación espiritista. La ciencia ante el Más Allá‘. Edición del Autor. Zaragoza. xvii + 356 páginas.
Sabadell, Miguel Ángel [1998]: Hablando con fantasmas. Historia crítica del espiritismo y los fenómenos paranormales. Ediciones Temas de Hoy. Madrid. 277 páginas.
Sagan, Carl [1974]: El cerebro de Broca. El apasionante mundo de la ciencia [Broca’s brain]. Trad. de Domenec Bergadá y José Chabas. Ediciones Grijalbo (Col. «Biología y Psicología de Hoy» (Serie «Mayor»), Nº 4). Buenos Aires 1982. 428 páginas.
Sanz Larrínaga, Víctor-Javier [2000]: La medicina, su naturaleza y sus fraudes. Edición del Autor. Aranda de Duero. 332 páginas.
Schmitt, Jean-Claude [1988]: Historia de la superstición [Les superstitions]. Trad. de Teresa Clavel. Editorial Crítica (Col. «Drakontos»). Barcelona 1992. 185 páginas.
Stiebing, William H. [1984]: Astronautas de la Antigüedad. Colisiones cósmicas y otras teorías populares sobre el pasado del hombre [Ancient astronauts, cosmic collisions and other popular theories about man’s past]. Trad. de Alberto Coscarelli. Tikal Ediciones (Col. «Eleusis»). Gerona 1994. 198 páginas.
Stierlin, Henri [1983]: Nazca. La solución de un enigma arqueológico [Nazca. La cle du mystere]. Trad. de Joaquín Adsuar. Editorial Planeta (Col. «Al Filo del Tiempo», Nº 45). Barcelona 1985. 187 páginas.
Tellería, Carlos; Sabadell, Miguel Ángel; y Armentia, Javier [1996]: Actas del II Congreso Nacional sobre Pseudociencias. Ciencia y pseudociencia ante el III milenio. Edita Alternativa Racional a las Pseudociencias. Zaragoza. 136 páginas.
Tellería, Carlos; Sanz, Víctor Javier; y Sabadell, Miguel Ángel [1996]: La homeopatía. Historia, descripción y análisis crítico. Edita Alternativa Racional a las Pseudociencias. Zaragoza. 80 páginas.
Toharia, Manuel [1992]: Astrología. ¿Ciencia o creencia? Editorial McGraw-Hill (Serie «Divulgación Científica»). Madrid. xii + 204 páginas.
Torbado, Jesús [2000]: ¡Milagro, milagro! Editorial Plaza & Janés. Barcelona. 495 páginas.
Vazeilles, Daniele [1991]: Los chamanes, señores del universo. Persistencia y exportaciones del chamanismo [Les chamanes, maîtres de l’univers. Persistance et exportations du chamanisme] Trad. de Ramón Alfonso Díez Aragón. Editorial Desclée de Brouwer (Col. «Breve»). Bilbao 1995. 118 páginas.
Vidal Manzanares, César [1995]: Historias curiosas del ocultismo. Editorial Espasa-calpe (Col. «Grandes de Bolsillo», Nº 22). Madrid. 227 páginas.
Villanueva Hering, Peter [1998]: Errores, falacias y mentiras. Ediciones del Prado (Col. «Palabras Mayores»). Madrid. 397 páginas.
Washington, Peter [1993]: El mandril de madame Blavatsky. Historia de la teosofía y del gurú occidental [Madame Blavatsky’s Baboon. Theosophy and the emergence of the western guru]. Trad. de José Luis Fernández-Villanueva. Ediciones Destino (Col. «Oráculo Manual»). Barcelona 1995. 449 páginas.

‘Historia 16’ derriba las pirámides de Güímar

Las pirámides tal como se presentan en los folletos del parque temático de Güímar.

Mientras Nacho Ares, director de Revista de Arqueología, plantea en serio en su último libro, La historia perdida II, que en la estela de Naramsin puede aparecer un platillo volante, la veterana Historia 16 (Nº 332, diciembre 2003) da el golpe de gracia a las denominadas pirámides de Güímar. Cornel M.A. van Strijp desmonta el cuento elaborado por los fabricantes de misterios desde 1989 alrededor de unas construcciones, levantadas en Tenerife, que no son más que amontonamientos de piedras hechos por los lugareños en los siglos XVIII y XIX para liberar suelo cultivable.
El fraude de Güímar contó en su época con el apoyo del fallecido explorador noruego Thor Heyerdahl (1914-2002), quien, animado por el naviero Fred Olsen, apadrinó un parque temático en el que se defiende que las pirámides canarias son el eslabón geográfico entre las egipcias y las centroamericanas.Hace unos años, visité el Parque Etnográfico de las Pirámides de Güímar -abrió sus puertas en 1998- y comprobé in situ hasta qué punto se tergiversa la Historia en ese centro. Sus impulsores mantienen, por ejemplo, que las construcciones pirámidales surgieron hace 10.000 años, de la noche a la mañana y simultáneamente en Egipto y América Central, entre otros lugares. La realidad es que las más antiguas piramides americanas tienen poco más de 2.000 años y las egipcias unos 4.500. Pero ésa es la realidad, como lo es que Güímar se ha convertido en punto de reunión habitual de charlatanes y que desde las instituciones locales se ha animado a los centros escolares a organizar excursiones al parque.
Van Strijp deja todo claro en «La verdad sobre las pirámides canarias», un texto ordenado y sólidamente cimentado en documentos y hechos perfectamente datados. Otros autores llevan años denunciando el engaño, pero nunca se había hecho en las páginas de una revista de historia. Y eso es algo que celebrar en una época en la que reputados especialistas siguen integrando el comité científico de Revista de Arqueología -da igual que en sus páginas se incluya un elogioso reportaje sobre las pirámides de Güímar y se busquen la Atlántida y el Arca de Noé- y los historiadores mantienen un vergonzoso silencio sobre la emisión en Televisión Española (TVE) de la serie Planeta encantado, en la que Juan José Benítez tergiversa el pasado una semana tras otra.

El legado de los Picapiedra

Javier Cabrera Darquea fue el heredero de los Picapiedra, el guardián del «más revolucionario y antiquísimo mensaje de que tenemos noticia» [Benítez, 1975]. El texto está grabado en más de 15.000 piedras de diversos tamaños que el médico peruano tenía apiladas en tres habitaciones del centro-museo de Ica, como pomposamente llamaba a su casa. Los cantos rodados de Cabrera son el único vestigio de un pasado remoto en el que el hombre cazaba dinosaurios, realizaba complejas operaciones quirúrgicas, surcaba los cielos a bordo de aves antediluvianas y escrutaba el firmamento a través de telescopios. Las piedras de Ica son, para algunos, el «más importante descubrimiento de esta humanidad». Su propietario estaba convencido de que demuestran que la Tierra albergó una avanzada civilización en el Mesozoico.
Todo empezó en 1966, cuando el médico recibió de un amigo «una pequeña piedra de color, en la que aparecía un extraño pájaro». El pisapapeles atrajo la atención de Cabrera, quien llegó a la conclusión de que el ave era un pterosaurio, representante de un grupo de reptiles voladores extinguido hace 65 millones de años. Preguntó a su amigo dónde había conseguido el pedrusco y éste le dijo que los grababan los campesinos de Ocucaje, un poblado próximo a Ica. Intrigado, consiguió dar poco después con los indígenas que vendían los cantos grabados y empezó a comprar todas las piedras que ponían ante sus ojos. Descubrió que los guijarros que le proporcionaba masivamente Basilio Uchuya podían ordenarse en series.
Una civilización tecnológica en el Mesozoico
Nueve años después, la biblioteca lítica estaba compuesta por cerca de 11.000 ejemplares, que constituían «la más estremecedora, rotunda y completa prueba de la existencia de otra civilización que pobló el planeta» en la época de los dinosaurios [Benítez, 1975]. Entonces, apareció en escena Juan José Benítez, reportero del rotativo bilbaíno La Gaceta del Norte. El periodista se sintió cautivado por Cabrera y por unas piedras que demostraban unos conocimientos «que han hecho palidecer nuestra soberbia civilización». Así, aprendió que de los huevos de dinosaurio salían larvas, que luego sufrían una metamorfosis -cual gusano de seda- y se convertían en tiranosaurios, brontosaurios o triceratops. Así, se sintió maravillado por los conocimientos médicos de los terrestres antediluvianos, capaces de realizar trasplantes de corazón, riñón, pulmón, hígado… y hasta cerebro. Así, supo que la desaparición de los lagartos terribles había sido causada por los hombres gliptolíticos -como llamaba Cabrera a los productores de piedras- y el choque contra nuestro planeta de dos de sus tres satélites, que provocó a su vez el hundimiento de Atlántida. Así, se enteró de que aquella civilización no sólo conocía la aviación, sino también de que había abandonado la Tierra en dirección a las Pléyades poco antes del cataclismo. Y el intrépido reportero volvió a España dispuesto a difundir a los cuatro vientos lo que con el tiempo se convertiría en uno de sus misterios favoritos.
Los hombres gliptolíticos eran, según los grabados, pequeños seres cabezones de largas narices, que sólo vestían taparrabos y cubrían sus cráneos con tocados de plumas. A pesar de ser capaces de realizar complicadas intervenciones quirúrgicas, los cirujanos mesozoicos ni usaban guantes ni cubrían sus rostros con mascarillas. Exploraban el cielo con telescopios, volaban a bordo de pájaros mecánicos y viajaban a otros planetas; pero, cuando declararon la guerra a los dinosaurios, lo hicieron sólo armados con primitivas lanzas y cuchillos. Su civilización fue planetaria y construyó las pirámides de Egipto «para captar la energía electromagnética», explicaba Cabrera. Los egipcios, aseguraba el médico, «carecían de los necesarios medios técnicos para mover y levantar una gran obra como la pirámide de Keops» [Benítez, 1975]. Sin embargo, ni en las pirámides aparecen enanos con tocados de plumas ni se han encontrado piedras similares a las de Ica en ningún otro rincón del planeta.
Fernando Jiménez del Oso cree que «hasta lo aparentemente absurdo puede ser realidad, y las piedras de Ica son una buena prueba de ello» [Jiménez del Oso, 1989a]. El visionario psiquiatra es capaz de justificar lo injustificable, hasta el uso de hachas y puñales en la caza de dinosaurios. «Tal aparente incongruencia -dice- puede explicarse de varias formas; entre otras, la muy simple de que una cultura que evoluciona en lo técnico no ha de recorrer forzosamente el mismo camino que otra, en tanto que los descubrimientos más significativos suelen deberse a la casualidad. De igual manera, también podría estarse aludiendo a un deporte o a un rito, tan discrónico como pueda ser hoy matar toros con un estoque cuando se dispone de ametralladoras» [Jiménez del Oso, 1989b; 23]. El fabricante de misterios pasa por alto que Cabrera describe la masiva matanza de dinosaurios como una guerra a muerte entre humanos y reptiles, en la que lo lógico hubiera sido que el hombre gliptolítico hubiera utilizado potentes armas y no cuchillos, hachas y lanzas.
La Tierra mesozoica del médico peruano no tiene nada que ver con la de la geología. El mundo de Javier Cabrera incluye Atlántida y Lemuria, y la consiguiente catástrofe planetaria. En el caso de las piedras de Ica, el cataclismo se produce al chocar contra el planeta dos de sus tres lunas. Benítez ha reivindicado la figura de Cabrera como precursor de la teoría científica según la cual la caída de un meteorito provocó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años [Benítez, 1994]. El escritor afirma que el coleccionista de piedras se anticipó en años a Luis y Walter Álvarez, pero eso es mentira (1). El novelista mezcla churras con merinas para confundir a sus lectores y dar credibilidad a los disparates de Cabrera, quien dice que la caída de dos lunas –nunca de un meteorito- «contribuyó a la anulación del mecanismo reproductor de los reptiles». En lo único en lo que es precursor el médico es en llevarse la leyenda de Atlántida hasta la época de los dinosaurios y en poblar la Tierra de enanos narigudos, cuya avanzada civilización tampoco lo debía de ser tanto cuando dejó su mensaje toscamente plasmado en piedras.
Curiosamente, los guijarros con grabados más realistas son los que hacen referencia a los logros médicos de la civilización mesozoica. «Tal realismo en el dibujo de órganos como el corazón -dice Javier Sierra, director de la revista Más Allá-, no volveremos a encontrarlo en ninguna de las demás piedras, lo que ha hecho que no pocos sospechen que, puesto que Cabrera es médico, fuera él mismo quien mandara tallar esa serie desconcertante volcando en ella sus propias ideas» [Sierra, 1994]. Según comprobó el ufólogo turolense en marzo de 1994, hace unos diez años comenzaron a aparecer cantos rodados en los que se advierte de la promiscuidad homosexual como factor de riesgo a la hora de contraer enfermedades, como el sida, que debilitan el sistema inmunológico.
Grabados por encargo
«Entre los huaqueros de los alrededores de Lima (2), se dice que si le informas de tu profesión al médico de Ica, se excusará durante quince minutos y podrás escuchar el ruido de su torno de dentista en una habitación trasera antes de que regrese de las profundidades de su museo con una piedra tallada, que, por una extraña y en cierto modo artificial coincidencia, presenta un dibujo de alguien de un distante pasado ejerciendo tu profesión» [Randi, 1982]. La ironía de James Randi refleja lo que los arqueólogos saben desde hace años, que los indígenas del poblado de Ocucaje se sacan un dinero vendiendo a Cabrera y a los turistas piedras grabadas por ellos mismos.
Basilio Uchuya, Pedro Huamán, Aparicio Aparcana e Irma Gutiérrez, entre otros, han reconocido en repetidas ocasiones ser los fabricantes de los guijarros. Uchuya confesó en 1975 que llevaba diez años grabando piedras para Cabrera y aseguró que copiaba los motivos de revistas ilustradas. En aquel entonces, ni siquiera suscitó suspicacias en Benítez el hecho de que el campesino tuviera en su choza más de una veintena de pedruscos «idénticos a muchos de los que había visto pocas horas antes en el museo de Javier Cabrera». Lo único que le sorprendió es que no hubiera ninguna piedra de gran volumen. El reportero estaba convencido de que los habitantes de Ocucaje no podían haber hecho las piedras y, una vez más, estaba equivocado.
Varios españoles viajaron hasta el desierto peruano a finales de los años 70 para estudiar las piedras de Ica. Uno de los que regresaron de Perú con guijarros entre su equipaje fue Félix Ares, informático y actual presidente de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico. A cambio de unas cuantas monedas, Uchuya graba desde hace años en pedruscos los motivos -dinosaurios, incluidos- que le piden los turistas, como pudo comprobar el propio Erich von Däniken. Sin embargo, el imaginativo hostelero suizo prefirió creer a Cabrera porque «las revistas publican fotografías de cosas reales, que existen. Pero los complicados motivos que presentan las piedras auténticas de Cabrera no responden a ninguna realidad fotografiable de este mundo» [Däniken, 1977]. Lo que no explica Däniken es por qué el ciclo biológico de los dinosaurios del médico peruano no tiene nada que ver con la realidad, cuál es la razón de que la ausencia de reptiles «no repertoriados por la ciencia o típicamente sudamericanos» [Pereda, 1995], y por qué los mapas del mundo son aberrantes y no se ha encontrado ningún otro vestigio de la civilización mesozoica. Ares, por su parte, conoció en Perú a uno de los principales suministradores de piedras de Cabrera, quien le dijo que los motivos los copiaba de revistas y que el médico limeño lo sabía.
Los falsificadores del pasado cifran entre 25.000 y 50.000 el número de piedras grabadas, aunque las únicas que se conocen son las que forman parte de la colección de Cabrera. «Lo cierto -dice Javier Sierra- es que al visitante ocasional apenas se le muestran unos pocos cientos» de piezas y la mayoría es, «contrariamente a lo que muchos todavía creen, de pequeño tamaño, fácilmente manejable y con un labrado que apenas supone problema alguno para cualquiera de los artistas locales» [Sierra, 1994]. De hecho, la industria lítica de Ocucaje proporciona a los modestos campesinos un sobresueldo desde hace casi 40 años. Javier Cabrera y su ilusoria civilización mesozoica son una sustanciosa fuente de ingresos.
Piedras auténticas y piedras falsas
«Sólo conozco una piedra grabada que puede ser auténtica. El resto, todos esos miles y miles, son falsas», apuntaba en 1974 Roger Ravínez, portavoz entonces del Instituto Nacional de Cultura de Perú [Benítez, 1975]. Seguro de que la historia de los cantos rodados mesozoicos era un cuento chino y de que «Cabrera deliraba», el arqueólogo basaba su veredicto en un estudio del estilo de los grabados y en «microfotografías de las incisiones». Juan José Benítez achacaba la actitud del experto al dogmatismo de la ciencia oficial, ya que Santiago Agurto, ex-rector de la Universidad de Ingeniería de Lima, había encontrado en 1962 dos guijarros grabados en sendas tumbas precolombinas de Ocucaje. El sensacionalista autor presentaba estos hallazgos como revolucionarios -«un punto clave en pro de la autenticidad de las piedras de Ica»- y censuraba la «funesta costumbre» de la arqueología de asociar los útiles encontrados en una tumba a los restos humanos de la misma. Volvía a meter la pata.
Para el periodista navarro, los guijarros labrados de Agurto eran la prueba definitiva de la autenticidad de la biblioteca lítica. Nada más lejos de la verdad. Estos dos cantos rodados se encontraron en tumbas, no provienen de los campesinos de Ocucaje, y muy posiblemente son auténticos, pero eso no quiere decir nada. Los motivos reflejados en estas dos rocas se corresponden con los típicos de culturas prehispánicas. No hay dinosaurios ni intervenciones quirúrgicas ni viajes espaciales; hay una flor estilizada y un pájaro. Así pues, en Ica existen guijarros grabados auténticos, con motivos característicos de las culturas locales, y otros falsos, plagados de seres antediluvianos.
Cabrera asienta su espectacular colección sobre una primera piedra, la que le regaló Félix Llosa en 1966. El guijarro pudo haber sido obra de Basilio Uchuya o un auténtico resto arqueológico. En este último caso, la desbordante imaginación del médico se habría encargado de convertir al ave en pterosaurio. Convencido de un hallazgo histórico, Cabrera habría acudido a los campesinos de Ocucaje para dar con nuevas piedras que confirmaran sus sospechas. A cambio de dinero, Uchuya y compañía las habrían grabado y habrían hecho realidad los sueños del médico. La evidencia a favor del fraude es tal que la posibilidad de engaño ha sido apuntada hasta por los representantes de la ufología más crédula [Sierra, 1994]. Así se explica, además, que Cabrera nunca dijera dónde está el yacimiento en el que hay más de un millón de cantos labrados. La razón es muy simple, tal depósito no existe.
En la segunda mitad de los años 70, las piedras de Ica dieron fama a Javier Cabrera dentro del submundo de lo paranormal, pero acabaron con su credibilidad profesional y arruinaron su vida familiar. Sus disparates le hicieron objeto del desprecio de los científicos y de las chanzas de la prensa, lo que le acarreó «desprestigio, burlas y soledad. Ica -explica Fernando Jiménez del Oso- es una pequeña ciudad provinciana y no podía quedar sin castigo el que uno de sus hasta entonces más eminentes ciudadanos fuera tema de portada en los diarios nacionales por motivos tan poco dignos de encomio. [En 1978,] su esposa le había abandonado, sus pacientes buscaron otro médico menos famoso y los hijos habían iniciado su particular diáspora. Me habló de ello con los ojos húmedos de la impotencia, tan indignado por aquel trato injusto como pudiera estarlo en su día Galileo» [Jiménez del Oso, 1989b]. No podía faltar la referencia al físico y astrónomo italiano, «ya que -como decía el difunto Isaac Asimov- es el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos» [Asimov, 1979].
Incisiones de hace dos días
El médico peruano repitió hasta la saciedad hasta su muerte, en diciembre de 2001, que tenía un informe científico de la Universidad de Bonn, que ratifica la autenticidad de las piedras. Sin embargo, el único que lo ha visto es Juan José Benítez porque Cabrera «nunca lo enseña» [Sierra, 1994]. Según recoge el periodista en Existió otra humanidad (1975), los expertos alemanes descubrieron una pátina de oxidación natural que cubría «la totalidad de la piedra» y que los grabados no eran recientes. Naturalmente, no sólo se ignora si Cabrera envió a Bonn guijarros con dinosaurios o auténticos restos arqueológicos prehispánicos, sino que tampoco existe ninguna prueba de que tal análisis se haya efectuado alguna vez. Por si fuera poco, todos los exámenes científicos realizados a espaldas de Javier Cabrera han dado resultados negativos.
Cuando un equipo de la BBC visitó Ica con la intención de filmar algunas escenas para el documental The case of the ancient astronauts, el médico no les permitió rodar en el centro-museo ni quiso hablar sobre los controvertidos cantos rodados. Sin embargo, les regaló lo que él calificó de genuino guijarro de millones de años de antigüedad. Poco después, la roca era analizada en el Instituto de Ciencias Geológicas de Londres, cuyos técnicos llegaron a la conclusión de que «los aguzados y relativamente limpios bordes de las incisiones son notables, una característica que no puede preservarse durante mucho tiempo de la erosión en condiciones normales». Los expertos británicos añadieron que el labrado de la imagen se había realizado «con posterioridad» al proceso de oxidación que había vuelto la roca de color marrón [Story, 1980]. El pedrusco podía ser mesozoico; pero los grabados eran recientes. El equipo de televisión no se sorprendió ante el fiasco, ya que sabía de la actividad artística de Basilio Uchuya. En Ocucaje, el campesino había enseñado a los periodistas británicos una foto del almacén de piedras de Cabrera con una dedicatoria, en la que el médico le agradecía su condición de proveedor de piedras.
Más recientemente, «dos exámenes realizados en España en 1993 y 1994 sobre algunas muestras importadas desde Perú han dado resultados negativos, mostrando que [las piedras] fueron elaboradas con lijas, sierras y ácidos. Pero ¿por quién y para qué?», se preguntan todavía algunos [Sierra, 1994]. El propio Cabrera reconocía en 1974 que los campesinos de Ocucaje habían comenzado «a fabricar algunas de esas grabaciones. Pero puedo asegurarte -decía a Benítez- que no pasarán de 20 ó 40. Y todas ellas están en manos de personas conocidas. En todas, además, se adivina inmediatamente que el grabado es falso» [Benítez, 1975]. El método del médico para detectar las piedras auténticas era tan sencillo como destructivo: tiraba el guijarro al aire y, si se rompía en mil y un pedazos, es que era auténtico. Cómo había llegado a esa conclusión, nadie lo sabe.
No importa que los textos de la biblioteca lítica de Ica sean inconsistentes y disparatados, que no se hayan encontrado restos similares en ningún otro lugar del planeta, que los campesinos de Ocucaje fabriquen guijarros grabados a cambio de dinero, que los análisis científicos hayan sacado a la luz las falsificaciones… Para los vendedores de misterios, las piedras de Ica siguen siendo uno de sus enigmas favoritos; para los arqueólogos y paleontólogos, son «falsificaciones bastante evidentes», cuya errónea interpretación da lugar a «auténticas barbaridades», como convertir al hombre en coetáneo de los dinosaurios, cuando nos separan 60 millones de años.
El misterio de Acámbaro
Treinta años antes que Cabrera, un comerciante alemán cayó en las garras de los espabilados campesinos de la localidad mexicana de Acámbaro. Waldemar Julsrud reunió entre 1945 y 1952 más de 30.000 misteriosas figuras de arcilla. Aunque algunas correspondían a culturas prehispánicas, había otras con fantásticos y grotescos animales: cuadrúpedos con cuello y cabeza de pájaro, bípedos con cráneo de lagarto y cresta dorsal, serpientes con patas y cuernos, y un largo etcétera de seres imposibles.
No se sabe a ciencia cierta cómo llegaron las primeras figuras a manos del coleccionista. En uno de los escasos reportajes escritos sobre el tema, Jiménez del Oso advierte que existen dos versiones acerca del descubrimiento de las piezas de arcilla, ocurrido en 1945. Según una de ellas, Julsrud encontró varias figuras que habían quedado al descubierto por la lluvia en el cerro del Toro; según la otra, las halló cuando excavaba en las proximidades de su casa. Entonces -y aquí concuerdan las diferentes versiones-, pidió al albañil Odilón Tinajero y a otros vecinos de Acámbaro que, a cambio de uno o dos pesos por ejemplar, le facilitasen todas las piezas arqueológicas que encontraran. Y el comerciante se hizo con más de 30.000 estatuillas de barro, «amén de otro tipo de objetos, como puntas de flecha, figuras de la cultura chupicuaro, máscaras, piedras de jade, pipas de barro y algún que otro resto fósil» [Jiménez del Oso, 1993].
El arqueólogo Antonio Pompa sospecha que los campesinos «tomaron el pelo» a Julsrud, un ignorante en historia precolombina. Cree que las primeras figuras sí eran auténticas, pero «las demás las hicieron los alfareros». Jiménez del Oso, sin embargo, no es capaz de ver la diferencia entre los grotescos seres salidos de la imaginación de los campesinos y las obras de la cultura local; pero ¿qué rigor se le puede exigir a alguien que cree que un cuadrúpedo con cabeza de pájaro y un ser de largas patas que repta sobre su panza «parecen sacados de un libro de paleontología»? [Jiménez del Oso, 1993]. Cuando se mete a historiador, el psiquiatra se hace eco de todo tipo de disparates, desde las teorías del propietario de las figuras hasta las de un supuesto experto ruso. Para Julsrud, los autores de las imágenes fueron los atlantes; para el historiador ruso, «cabe la posibilidad de que en aquella parte de América los saurios del Mesozoico hubieran pervivido hasta el punto de que el hombre llegara a reconocerlos». Sólo hay dos inconvenientes: ni la mítica Atlántida existió, ni los primeros hombres americanos compartieron hace 13.000 años su espacio vital con dinosaurios.
Aunque es evidente que en Acámbaro no hay nada que pueda turbar a los historiadores, Jiménez del Oso y sus seguidores se han dedicado a dar crédito a «figuras de las más altas cotas de aberración paleontológica, monstruos de apariencia quimérica, construcciones irrealizables, referencias de visitas extraterrestres a nuestro planeta y hasta aparentes informes cósmicos» [Delgado, 1994]. Haciendo gala de una aparente seriedad, se presentan como honrados investigadores que no se explican quién moldeó las figuras, por qué y cuándo. El móvil del engaño perpetrado por los indígenas fue el mismo que en Ica, el dinero que también anima a los autores sin escrúpulos a dar crédito a todo tipo de disparates.
¿Paseó el hombre con los dinosaurios?
Tanto Benítez como Jiménez del Oso -los dos vendedores de fantasía más representativos del mundillo pseudocientífico español- apuntan en sus trabajos la existencia de vestigios paleontológicos que confirman que una Raquel Welch prehistórica, vestida con biquini de piel, pudo despertar el apetito de los dinosaurios hace 65 millones de años. El psiquiatra decía en 1989 haber encontrado restos humanos en estratos mesozoicos del desierto de Ocucaje. A pesar de que él mismo advertía que habían «pasado mucho años» desde su época universitaria como para ser tajante, no dudaba en anunciar a bombo y platillo que, «hombre o prehomínido, aquella criatura, situada en ese lugar y en ese tiempo, es tan desestabilizadora para la paleontología actual que obliga a escribir de nuevo la historia del pasado remoto del planeta» [Jiménez del Oso; 1989]. Tal alarde de inmodestia obliga a preguntarse cómo es que, años después, el barbudo estudioso sigue sin recibir el premio Nobel o pasar a los libros de paleontología. ¿No será que estamos ante otra mentira económicamente rentable?
Erich von Däniken afirma que la teoría de Darwin «ha cegado a generaciones enteras de paleontólogos y antropólogos» [Däniken, 1977]. El autor suizo coincide con Benítez en que existen huellas de pies humanos junto a rastros de dinosaurios en estratos de más de 70 millones de años de antigüedad. Así, el novelista navarro calificaba en 1975 de «trascendental» el descubrimiento, en la localidad soriana de Navalsaz, de una pisada humana petrificada junto a otras de lagartos terribles, «otro testimonio de la convivencia entre el hombre y los dinosaurios» [Benítez, 1975]. La ciencia, sin embargo, ha prestado poca atención a este tipo de aseveraciones. Los especialistas las consideran simples estupideces, confiesa Eustoquio Molina, paleontólogo de la Universidad de Zaragoza preocupado por el auge de la pseudociencia [Molina, 1995].
El lecho del río Paluxy, en Texas (EE UU), es punto de referencia obligado cuando se habla de una humanidad como la plasmada en los dibujos animados de Hanna y Barbera. Allí, «hay cientos de pisadas de saurios de diversas especies. Entre ellas y junto a ellas, aparecen siempre numerosas pisadas de pies humanos de gran tamaño» [Däniken, 1977]. El autor de Recuerdos del futuro (1968) asegura que para hallar la totalidad de las huellas sólo hubo que guiarse «por el sentido de la marcha del dinosaurio, así como la del hombre en seguimiento del mismo». Las pisadas humanas se corresponden, según el astroarqueólogo (3), con las huellas de seres gigantescos y echan por tierra la teoría de la evolución. Däniken añade, además, que existen vestigios similares en Kentucky, donde en monte Vernon las huellas reproducen «a la perfección unos pies humanos», y en Utah, donde la suela de un zapato aplasta un trilobites en un estrato de hace 500 millones de años.
Zapatillas de tenis precámbricas
Los hallazgos de Däniken son, sin embargo, bastante menos revolucionarios que los de la ciencia oficial. William F. Tanner, geólogo de la Universidad de Florida, anunció en un congreso de paleontología en 1984 que se habían encontrado dos huellas de zapatillas de tenis en estratos precámbricos, correspondientes a hace 2.700 millones de años, situados en la bahía del Hudson, en Canadá. El científico, lejos de proclamar a gritos el derribo de la teoría de la evolución, se molestó en estudiar las pruebas sobre el terreno. Se trata de dos huellas paralelas de apariencia humana, que distan 20 centímetros. En los alrededores, no existe ningún otro rastro y las punteras de los zapatos, curiosamente, apuntan en sentidos opuestos. Además, las imágenes son planas, están muy claramente delimitadas y sobresalen del suelo, igual que otras circulares, ovales y de diferentes formas que Tanner había encontrado en rocas del Pérmico de Nevada y Nuevo México. «Algunas son lo suficientemente grandes y tienen la forma precisa para parecer suelas de zapatos. Pero basta una inspección informal para ver que tienen que tener otro origen» [Tanner, 1984].
Estas siluetas son de un material más resistente que el circundante, lo que explica la menor erosión, que se adentra en la roca hasta una profundidad equivalente a la de su diámetro superficial. «Una explicación razonable -apunta Tanner- es que hayan sido hechas por una fuga de agua durante la compactación y cementación temprana». El experto estadounidense aboga por un origen geológico para los zapatos de tenis antediluvianos, así que no es nada extraño que pueda haber incrustado un trilobites en uno de ellos. Claro que siempre cabe la posibilidad de que el hombre de aquella época fuera descalzo por la vida y eso es lo que sostiene Däniken en el caso del lecho del Paluxy, un terreno cretácico de hace 100 millones de años.
El astroarqueólogo ve en el río seco de Texas -«estuve allí y tuve ocasión de contemplar ese extraordinario descubrimiento paleontológico» [Däniken, 1977]- un hombre tras un dinosaurio; pero es mentira. No hay un rastro humano, sino unas supuestas pisadas que no son tales ni responden a ningún orden, cosa que sí hacen las de los dinosaurios. Tanner las llama siluetas con forma de pie. Tienen entre 12 y 44 centímetros de largo y en algunos casos son consecuencia de la erosión en un terreno compuesto por materiales de diversa dureza. En el lecho del Paluxy, hay centenares de agujeros producto de la erosión, pero los buscadores de misterios sólo se quedan con los que parecen un pie humano. Aún así, explica el geólogo, entre las seleccionadas, hay huellas humanas de todos los tamaños y formas, pero no hay dedos ni empeines dibujados en la roca. Las pisadas que no se deben a procesos erosivos «fueron producidas por dinosaurios carnívoros que dejaron una gran impresión metatarsal» [Lockley, 1993]. El paleontólogo aficionado Glen Kuban demostró en 1989, cuando era un estudiante de biología de fe creacionista (4), que algunos de los pies del río Paluxy son en realidad parte de la planta de tres dedos de un dinosaurio. «Algunas pretendidas huellas humanas de Glen Rose -explica- no se distinguen de huellas metatarsales de dinosaurios, cuyas impresiones digitales han desaparecido rellenadas por el barro, a causa de la erosión o debido a otros factores. Otras depresiones alargadas de Glen Rose incluyen figuras producto de la erosión y posibles marcas de colas, algunas de las cuales también han sido confundidas con huellas humanas» [Kuban, 1989].
La paleontología y la arqueología han prestado escasa atención a los supuestos vestigios y pisadas humanas de hace más de 65 millones de años. No en vano, los primeros homínidos aparecieron en Africa oriental hace unos 3 millones de años. A pesar de eso, algunos científicos se han molestado en bucear en el proceloso mar de la charlatanería para poner las cosas en su sitio. Lamentablemente, también hay quien predica la estupidez en la propia universidad cuando intenta sentar cátedra en materias que no propias son de su especialidad. En 1981, el autor tuvo oportunidad de conocer a uno de estos últimos. Cuando estudiaba en la Universidad de Deusto, un profesor de Historia del Arte zanjó un debate sobre las piedras de Ica apelando a su amistad con Javier Cabrera. El educador, un jesuita de avanzada edad, hizo oídos sordos a los argumentos contrarios a la existencia del hombre gliptolítico y no se atrevió a desautorizar al médico peruano ante los alumnos, muchos de los cuales se dedican ahora a la enseñanza y puede que crean que el hombre convivió con los dinosaurios.
 

Notas

(1) En 1956, M.W. de Laubenfels propuso en el Journal of Paleontology la posibilidad de un impacto meteorítico como causa de la extinción de los dinosaurios. Como no hay extraterrestres de por medio, Benítez ignora al paleontólogo de la Universidad de Oregon y hace un encendido elogio del sacamuelas peruano.
(2) En Perú y Ecuador, se llama huaquero al individuo que excava en los cementerios precolombinos para extraer el contenido de las tumbas y venderlo a turistas o coleccionistas.
(3) La astroarqueología es la pseudociencia que propugna la existencia de visitas extraterrestres en la antigüedad. Las pruebas del encuentro entre alienígenas y seres humanos se hallarían diseminadas por todo el planeta en forma de libros sagrados, objetos enigmáticos y monumentos grandiosos. El más famoso de los astroarqueólogos es Erich von Däniken.
(4) Los creacionistas consideran que la historia del hombre está escrita en la Biblia y rechazan la teoría de la evolución. Durante más de 40 años, las huellas impresas en el lecho del río Paluxy a su paso por Glen Rose fueron uno de los argumentos favoritos de los fundamentalistas evangélicos estadounidenses hasta que Glen Kuban, también creacionista, investigó el fenómeno sin dejar que sus creencias influyeran en el trabajo científico.

Bibliografía

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Publicado originalmente en La Alternativa Racional, revista editada por ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico.