Vendedores de misterios

La sábana santa: cuando tres laboratorios científicos desmontan el invento de los vendedores de misterios

Desacreditar a toda costa los resultados de la prueba del carbono 14 que estableció que el sudario de Turín data del siglo XIV, y, por consiguiente, no pudo envolver a Jesús sin viaje temporal de por medio, ha sido el objetivo de los sindonólogos desde que en 1988 se sometió a ese análisis un trozo de la presunta reliquia. La más burda de las jugadas corrió a cargo, en nuestro país, del Centro Español de Sindonología (CES): su presidente, Celestino Cano, dijo en 1989 que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”. Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que hicieron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada.

Recientemente, la periodista madrileña Carmen Porter ha recordado, en su libro La sábana santa. ¿Fotografía de Jesucristo? (Edaf, 2003), que “algunos medios de comunicación” aseguraron que Libby había hecho esas declaraciones antes de morir en 1980 y las ha presentado como prueba de que el del radiocarbono no fue el examen definitivo. La estrategia de Cano, de resucitar a un muerto -el laureado científico falleció en 1980-, puede resultar hasta divertida; la de Porter, de dar por buenas las afirmaciones del Nobel, pero por si acaso atribuirlas a la prensa, es una muestra, en el mejor de los casos, de ignorancia. Porque la autora reproduce las presuntas declaraciones de Libby, tan imposibles -¿cómo podía pronunciarse de algo que iba a ocurrir mucho después de su muerte?- como un lamento de Albert Einstein por el accidente del transbordador Columbia, sin advertir al lector de que todo es mentira, de que Libby nunca dijo eso y que se lo inventaron los mismos sindonólogos a los que ella recurre para respaldar la autenticidad de la sábana santa. El libro de Porter es, al margen de esta anécdota, una obra alejada del mínimo escepticismo recomendable en todo periodista y cargada de esas ansias de los misteriólogos más jóvenes por convertir un viaje en avión de línea o un rutinario trayecto en tren en una aventura que para sí quisiera Indiana Jones, aunque no haya pasado nada. (Si desean ahondar en lo que piensa esta autora de la sábana santa, lean “Una fotografía desenfocada (I)”, “Una fotografía desenfocada (II)” y “Una fotografía desenfocada (III)” y “Una fotografía desenfocada (IV)”, artículos publicados por José Luis Calvo.)

No esperaba sorpresas del episodio de Planeta encantado dedicado al sudario de Turín, y no las ha habido. Un as en la manga de Dios, la sexta entrega de la serie dirigida por Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE), vuelve a recordarnos que el análisis del radiocarbono es la china en el zapato de los fabricantes de enigmas cuando de la sábana santa se trata. Al igual que Celestino Cano y Carmen Porter, el autor de Caballo de Troya hace trampas a la hora de contar la historia, no ya porque se invente un pasado premedieval de la pieza -cosa que han hecho otros-, sino porque tergiversa los hechos claves más recientes. Así, presenta el test del radiocarbono no como la prueba que al final -después de los análisis de la imagen por ordenador, de los granos de polen, de las manchas de sangre…- reveló que la reliquia no es tal, sino como un análisis más al que han seguido en el tiempo otros que han superado sus resultados.

¿Cuáles son esos otros estudios que, según Benítez, contradicen lo publicado en su día en la revista Nature? Los hechos en los años 70 del siglo pasado por el Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), los mismos sobre cuya fiabilidad existen dudas desde siempre, que se hicieron al margen de toda la metodología científica, que la prueba del radiocarbono deslegitimó, que se realizaron antes que ésta -y no después, como quiere dar a entender el ufólogo- y que hemos comentado aquí somera y extensamente. Ayer, podía leerse en las páginas de Televisión del diario El País que el documental de Benítez “sostiene que los últimos experimentos sobre la autenticidad de la sábana santa cuestionan la validez de las pruebas de datación que afirman que su origen es medieval. Si el lienzo es auténtico, se abrirían posibilidades inquietantes, puesto que, en un futuro no muy lejano, la ciencia podría extraer el ADN de los restos de sangre que están depositados en él”. No merece la pena detenerse a contar cuántos disparates hay en esas dos frases. Resulta triste, no obstante, comprobar cómo, a pesar de que generaciones de niños españoles aprendieron con Barrio Sésamo que lo que ocurrió en 1978 pasó antes que lo que sucedió en 1988, algún redactor del diario madrileño no entendió esa lección y sigue la senda marcada por el novelista, quien mantiene, por ejemplo, que el trabajo de John Jackson y Eric Jumper, dos destacados miembros del STURP, fue un “nuevo mazazo al carbono 14”, aunque lo hicieron más de diez años antes de la prueba del radiocarbono.

Benítez no descubre nada nuevo en Un as en la manga de Dios. Se limita a repetir lo que ha dicho desde hace un cuarto de siglo, a hacer una morbosa descripción de las lesiones que presenta el hombre de la sában, a vincular engañosamente a la NASA con el STURP, a dar crédito a afirmaciones como las de Francis Filas -que ve monedas romanas donde nadie las encuentra- y Max Frei -que, tras autentificar los falsos diarios de Hitler, encontró polen de plantas de Oriente Próximo en el sudario-, y a prometernos, al final, la resurrección. El momento cumbre de la producción se da al inicio, cuando el novelista fecha al minuto la hora de la Resurrección -ocurrió a las 3.10 horas del 9 de abril del año 30- y asistimos a la recreación de lo que, en opinión del quinto evangelista, ocurrió en el sepulcro de Jerusalén donde se depositó el cadáver del rey de los judíos.

Colón fue el último en llegar a América

Fenicios, griegos y romanos clásicos, bereberes, árabes, mandingas, vikingos… Todos esos pueblos pisaron América antes de 1492, según Juan José Benítez. “Colón fue el último”, dice el periodista en el quinto episodio de Planeta encantado, la serie que emite Televisión Española (TVE) y que ya ha empezado a venderse por entregas en los quioscos. Metido a historiador, el ufólogo, quien ya nos descubrió que Jesús estuvo sentado en las gradas del Coliseo romano antes de que se construyese, confunde posibilidad con realidad y presenta pruebas tan convincentes de los viajes precolombinos cómo las que hay de que nos visitan seres extraterrestres en platillos volantes.

Hay restos materiales que demuestran que, antes de la llegada de Cristóbal Colón, los vikingos visitaron lo que luego se llamó América. Pudo ocurrir alrededor del año 1000, después de que Erik el Rojo se instaló en Groenlandia tras ser desterrado de Islandia por haber matado a dos hombres, y está narrado en la denominada Saga de Groenlandia y Saga de Erik el Rojo. Tras el descubrimiento accidental de nuevas tierras al oeste por parte de una barco extraviado, Leif Erikson, hijo de Erik el Rojo, llegó a un lugar que bautizó como Vinland (tierra del vino), donde hacia 1022 se estableció un asentamiento de vikingos groenlandeses, pero los colonizadores cayeron ante los indígenas. Hoy en día, no se sabe dónde estaba Vinland, pero podría tratarse de cualquier sitio entre la isla de Terranova, al norte, hasta Cape Cod, al sur. Sea cual sea el caso, los vikingos desembarcaron en América antes que Colón y, aunque el experimento les salió mal, hay algunos artefactos precolombinos y un asentamiento al norte de Terranova que lo demuestran. Sin embargo, su descubrimiento no supuso nada ni para Europa ni para América.

En El secreto de Colón, Benítez equipara los viajes de los vikingos con los de otros pueblos. ¿Pudieron fenicios, griegos y romanos clásicos, bereberes, árabes y mandingas visitar América antes de 1492, al igual que al parecer ocurrió en el caso de los descendientes de Erik el Rojo? Claro. ¿Lo hicieron? No hay pruebas. Decir que hubo expediciones trastlánticas de esos pueblos es, sin restos arqueológicos que los apoyen, simple y llanamente especular. Por supuesto que los vientos y las corrientes marinas pudieron arrastrar hasta el Nuevo Mundo alguna nave romana, griega o del pueblo que se quiera. Pero que algo sea posible no quiere decir que haya ocurrido en realidad. ¿Dónde están las mezquitas que cita Benítez, las estatuas a Júpiter y Atenea u otros restos culturales inequívocamente no americanos? El autor de Caballo de Troya sostiene, además, que en ciertos puertos andaluces se comerciaba antes del Descubrimiento con mercancía “típica americana” y cita, entre otros productos, el maíz, al que se hace “expresa mención” en textos anteriores a 1492. William Stiebing explica muy bien, en Astronautas en la Antigüedad (1984) porque éste y otros intentos de recurrir al idioma para demostrar la existencia del maíz en Europa antes de Colon “han fracasado. En su mayoría dependen del dudoso supuesto de que los nombres vernáculos para el maíz después de los tiempos de Colón también se refieren al maíz de antes de 1492. El error de dicho supuesto se puede demostrar observando la palabra inglesa corn. Este término proviene de una palabra anglosajona que se refiere a las semillas de cualquier tipo de cereal (todavía se emplea con este significado). No obstante, en el uso coloquial se aplica al cereal que más se cosecha en cada una de las diversas regiones donde se habla inglés. De este modo, en Escocia e Irlanda corn se refiere a la cebada, en Inglaterra al trigo y en Estados Unidos y Australia al maíz. De la misma manera, las palabras para el maíz en portugués, italiano y otros idiomas del Viejo Mundo no significaban necesariamente maíz en los tiempos precolombinos”.

Pero el gran secreto de Cristóbal Colón -el que da título a este episodio de Planeta encantado– es, según Benítez, que sabía que América estaba allí gracias al testimonio de un navegante al que conoció en Porto Santo, en las Azores, años antes de salir de Palos de Moguer. La idea no es nueva. Surgió poco después del Descubrimiento como rumor y quedó plasmada en algunos textos de la época. Se conoce como la leyenda del piloto anónimo y parte del hecho de que una nave que viajaba de África a Europa, a mediados del siglo XV, se habría desviado hacia el Caribe empujada por un temporal. A partir de aquí, hay distintas versiones, de las que el autor navarro se inclina por una en la que los expedicionarios accidentales navegan durante dos años de isla en isla, se mezclan con los nativos y regresan a casa sólo después de haber contraído “la temible sífilis”. En su lecho de muerte, uno de los supervivientes de esa aventura habría hablado a Colón de la existencia de lo que luego se bautizó como América.

“Esta asombrosa y secreta historia, guardada celosamente por el Almirante, me fue facilitada hace ya veinticinco años por el entonces prior de los franciscanos de La Rábida, Francisco de Asís Oterín”, afirma el periodista, como si estuviera hablando de algo nuevo, cuando desde fray Bartolomé de las Casas (1472-1566) ha habido autores que han hablado de un piloto que informó a Colón. Falso secretismo al margen, al igual que no hay pruebas irrefutables de que algunos pueblos de la Antigüedad pisaran América, tampoco las hay de la existencia real del navegante desconocido, cosa que, obviamente, Benítez oculta a sus televidentes. Se sabe que Colón conocía los trabajos de Toscanelli, geógrafo florentino que defendía que podía llegarse a Asia oriental -a las Indias- por una ruta occidental, ya que en aquella época la idea de que la Tierra era redonda ya era un lugar común entre los estudiosos. Las cartas marcadas de Colón a las que alude Benítez, en referencia a la información facilitada al Almirante por el prenauta -como llama el periodista al desconocido piloto-, no son nada más que una leyenda, mientras no se demuestre lo contrario. La Historia no se escribe sobre rumores, sino sobre hechos y rastros materiales; al igual que el periodismo. Lo que, desde hace casi tres décadas, hace el director de Planeta encantado es otra cosa.

Iker Jiménez, un frustrado escéptico de cine

¿Se imaginan a Iker Jiménez expulsado, por incrédulo, a golpes de una reunión de ufólogos? ¿A qué resulta difícil? Pues el director de cine Óscar Aibar (Barcelona, 1967) había incluido a este conocido fabricante de misterios, discípulo orgulloso de Fernando Jiménez del Oso, haciendo ese papel en una escena de su recomendable Platillos volantes, que se estrena mañana. La película cuenta la historia de los llamados suicidas de Terrassa, dos obreros textiles que escribieron una de las páginas más negras de la ufología española. Los cuerpos de José Félix Rodríguez Montero y Juan Turu Vallés, de 47 y 21 años, aparecieron decapitados por el tren en las proximidades del apeadero de Torrebonica, en Barcelona, el 20 de junio de 1972. Se habían suicidado para ir al encuentro de los alienígenas, dejaron escrito en una nota y varias cartas.

Tres décadas después, Aibar ha hecho un filme triste, amargo, en el que retrata acertadamente el ambiente en el que se movía entonces el sector más desquiciado de la ufología española, cuyo líder indiscutible era Fernando Sesma. La película, que contextualizaremos aquí mañana, está repleta de guiños a los seguidores de los extraterrestres, pero el director ha eliminado del montaje final la escena en la que Jiménez iba de escéptico, porque ha molestado a los miembros del Centro de Estudios Interplanetarios (CEI), una organización ufológica que ha evolucionado hacia el escepticismo y que en la actualidad preside el documentalista Martí Fló. No era para menos, ya que quienes en la pantalla sacudían a Iker Jiménez, vendedor de misterios con micrófono en la Cadena SER, eran miembros del CEI. Y eso no, sí que no.

El CEI era en aquella época, aun en su credulidad, una organización seria que nada tenía que ver con individuos como Rodríguez Montero y Turu. Así, sus integrantes fueron los primeros en plantar cara años después a Juan José Benítez, de quien Iker Jiménez se considera heredero intelectual y que les convirtió desde entonces en blanco de sus rastreros ataques. La aparición de Iker Jiménez como escéptico y de los integrantes del CEI como fanáticos disgustó tanto a Fló que escribió una carta de queja al director de Platillos volantes y luego contó la historia en Papers d’Ovnis. Aibar, con buen tino, ha guardado en un cajón la incursión cinematográfica del misteriólogo camuflado y, supongo, encantado con el lavado de imagen que podía proporcionarle la pantalla grande.

Mutismo escéptico: el que calla otorga

Ha pasado un mes desde el estreno, en Televisión Española (TVE), de la serie documental Planeta encantado. Hemos visto cómo hubo hombres que convivieron con los dinosaurios, la magia hizo volar los moais de Pascua desde la cantera en la que fueron tallados hasta sus altares, la tribu dogon fue visitada por extraterrestres procedentes de Sirio y Jesús asistió a espectáculos en el Coliseo romano cuando este edificio aún no se había construido. Todo ello de la mano de un Juan José Benítez aventurero, vestido de Panama Jack y Coronel Tapiocca. El escepticismo organizado se movilizó en septiembre contra un disparatado artículo publicado en Investigación y Ciencia, la versión española de Scientific American, que defendía la posibilidad de magnetizar el agua, una mentira con la que algunos estafadores han hecho mucho dinero en el universo de las teletiendas. Poco después, la peculiar visión de la Historia del autor de Caballo de Troya se empezaba a propagar desde una cadena de titularidad pública sin que nadie haya dicho, hasta el momento, esta boca es mía en los medios de comunicación de masas.

Nadie ha protestado en un país en el que hay unas cuantas universidades y museos, así como una organización que “impulsa el desarrollo de la ciencia, el pensamiento crítico, la educación científica y el uso de la razón; promueve la investigación crítica de las afirmaciones paranormales y pseudocientíficas desde un punto de vista científico y racional, y divulga la información sobre los resultados de estas investigaciones entre la comunidad científica y el público en general”. Académicos, historiadores, directores de museos y escépticos de a pie parecen haber renunciado a plantar cara al discurso pseudohistórico de Benítez. O eso o Planeta encantado es un producto veraz y los indocumentados son historiadores como José Luis Calvo y Julio Arrieta, críticos como Pedro Jorge Romero y el equipo de Microsiervos, y el autor de estas líneas, entre otros.

Jesús de Nazaret estuvo sentado en la grada del Coliseo romano antes de que se construyera

“Nadie imagina hoy a Jesús de Nazaret caminando o sentado en las gradas de este formidable Coliseo romano. Sin embargo, así fue. Durante su estancia en la Roma del emperador Tiberio, el Maestro disfrutó también de los juegos y de la belleza de la capital del Imperio”, sentencia Juan José Benítez mientras pasea por el anfiteatro Flavio. En la cuarta entrega de Planeta encantado, el periodista navarro interpreta el papel de quinto evangelista en el que tan a gusto se siente desde que publicó el primer volumen de Caballo de Troya, novela más que inspirada en el Libro de Urantia y en documentos atribuidos a los falsos extraterrestres del planeta Ummo. Mensaje enterrado -el episodio dedicado a la vida de Jesús de Nazaret- se presenta como “un puñado de pequeñas grandes historias” con las que el escritor pretende demostrar la “vergonzosa e interminable sucesión de errores y manipulaciones” de que han sido objeto la vida y el mensaje de Jesús. Estaría bien que Benítez se mirara al espejo, porque sus revelaciones oscilan entre lo conocido por cualquiera desde hace décadas y la versión delirante de la historia, con el imprescindible aliño marciano.

Los dos primeros errores que descubre, por mucho que se empeñe el novelista, son de sobra conocidos. Que, si en realidad existió, el Jesús bíblico no nació en el año 0, sino hasta siete años antes, y que no vino al mundo un 25 de diciembre, día de una festividad pagana de la que se apropió posteriormente el Cristianismo, eran secretos a voces cuando Benítez todavía estudiaba Periodismo en la Universidad de Navarra. Por eso, que diga que, “hoy, muy pocos saben” que la Iglesia asumió un festejo pagano para conmemorar el nacimiento de su Mesías, da risa. Tras ese tramposo preámbulo, aparece la estrella de Belén, para cuya explicación el director de Planeta encantado rechaza cualquier fenómeno astronómico, así como las interpretaciones teológicas que consideran todo el episodio de los Reyes Magos, éstos incluidos, un mito introducido por el evangelista Mateo para divinizar al protagonista. Para el ufólogo, “sólo pudo tratarse de un objeto brillante capaz de guiar a una caravana a lo largo de 1.300 kilómetros y, en consecuencia, tripulado inteligentemente”. A partir de aquí, el despiporre, siempre según fuentes anónimas a las que Benítez alude como “mis noticias” y “mis informaciones”, como podremos comprobar, bastante mal informadas.

El periodista se saca de la manga un Jesús de ficción que se salvó por los pelos de “la sangrienta represión de Herodes”, quien, según él, habría matado a “dieciséis niños de Belén” a la caza del futuro rey de los judíos. Un Mesías que jamás se perdió en el templo, sino que pasó esos tres días “en casa de su amigo Lázaro, en Betania”, y que, a los 27 años, recorrió de incógnito “el Mediterráneo y parte de Oriente”, en un envidiable viaje de estudios con escalas en Alejandría, Creta, Cartago, Roma, Atenas, Damasco, Babilonia… Y aquí es donde sale Benítez en el Coliseo romano, pletórico, diciéndonos que en las gradas de ese anfiteatro se sentó Jesús a ver los juegos a principios de la tercera década del siglo I. Cuando le comenté la anécdota al periodista y arqueólogo Julio Arrieta, me tomó por loco: “¿Qué dices? ¿En serio? ¡No puede ser!”. Mi memoria es bastante mala mientras que la de Arrieta funciona con precisión suiza, así que inocentemente le pregunté por qué, tras lo cual me caí del caballo, como Pablo camino de Damasco, pero de risa. “Difícilmente pudo estar Jesús -ni él ni nadie- en el Coliseo entonces porque todavía no existía el edificio. En los tiempos en que Jesús debía andar currando con su viejo en la carpintería, el lugar donde se iba a construir el anfiteatro era una laguna”, me explicó Arrieta, quien añadió que el edificio se empezó a levantar en 72 y se inauguró en 80. Estamos, una vez más, ante un jugoso fruto del periodismo de investigación que practica Benítez, a quien 8 millones de euros no dan para mirar en una enciclopedia o preguntar a un historiador.

El autor de Caballo de Troya nos cuenta después que Jesús no se retiró cuarenta días y cuarenta noches al desierto, sino que pasó ese tiempo “con sencillos beduinos”. Además, si no hizo nada por evitar la ejecución de Juan Bautista, fue porque éste le hacía sombra y le venía bien quitárselo de en medio. Todo ello según los mismos misteriosos informantes que sientan a Jesús en un Coliseo inexistente y que permiten a Benítez datar hechos bíblicos con una fiabilidad digna del arzobispo anglicano James Ussher, quien en el siglo XVII llegó a la conclusión de que Dios creó el Universo a las nueve de la mañana del 23 de octubre de 4004 antes de nuestra era. Así, el ufólogo asegura que la escena bíblica en la cual Jesús expulsa a los mercaderes del templo -otra falsificación de los hechos, dice, ya que no hubo latigazos ni nada parecido- ocurrió el 30 de abril del año 30 y data al minuto dos de “las apariciones del resucitado” que la Iglesia “ha silenciado”. Los dos episodios post mortem son, junto a la escena del Coliseo, lo mejor del episodio, ya que el creador de misterios pone en boca de Jesús palabras en las que aboga por la igualdad de mujeres y hombres entre sus mensajeros y afirma que su doctrina no es propiedad de un pueblo determinado, sino de todos los seres humanos. Benítez no sólo oculta a los espectadores quiénes son sus informantes, sino que además también les escatima el hecho de que las bonitas y políticamente correctas frases que pronuncia su Mesías televisivo, así como las fechas que él da, provienen de la saga Caballo de Troya. Vamos, que estamos ante una novela, simple y llanamente ficción.