Vendedores de misterios

Obsesión marciana

Millones de españoles vieron, el 13 de febrero de 1983, cómo algo se movía bajo las arenas de Marte junto a una nave espacial humana que había aterrizado en el planeta rojo en 1962. Eran los tiempos de la televisión única y, en el segundo canal de Televisión Española (TVE), Fernando Jiménez del Oso emitía aquel domingo un extraño documental dentro de La Puerta del Misterio. Se titulaba Alternativa 3. Con formato de reportaje de investigación, contaba una historia inquietante, salpimentada con declaraciones de científicos y astronautas. Ante una inminente catástrofe medioambiental, Estados Unidos y la Unión Soviética planeaban evacuar a un grupo de elegidos a Marte, mundo que el hombre había pisado en 1962 y en el cual se había encontrado vida. Los miles de personas que desaparecían cada año en la Tierra eran secuestradas para trabajar como esclavas en la cara oculta de la Luna.

Alternativa 3 ha sido uno de los últimos síntomas de una pasión marciana que se desató cuando Percival Lowell creyó ver en el mundo vecino una red de canales. De una acomodada familia de Nueva Inglaterra (EE UU), el astrónomo aficionado levantó en 1894 un observatorio en Flagstaff (Arizona) y dedicó quince años a cartografiar el planeta. Creía que sus habitantes luchaban por la supervivencia en un Marte que agonizaba -como la Tierra de Alternativa 3– y habían construido las acequias para transportar el agua de los polos al resto de su mundo. Lowell popularizó la idea de la moribunda civilización alienígena en tres libros: Mars (1895), Mars and its canals (1906) y Mars as the abode of life (1908).

La civilización

Percival Lowell, en 1900, mirando por su telescopio de 24 pulgadas.“La obsesión por Marte nace con las primeras observaciones telescópicas del siglo XIX, cuando se ven nubes amarillas, casquetes polares y manchas que sufren cambios estacionales”, explica Agustín Sánchez Lavega, planetólogo de la Universidad del País Vasco. Las manchas cambiantes se interpretaron como vegetación -“en realidad, se trataba de movimientos de arena”- y el planeta rojo fue tomando la apariencia de un hermano pequeño de la Tierra, con un periodo rotacional similar -el día tiene 37 minutos más que el terrestre- y una inclinación del eje muy parecida. “Ahí se empezó a cimentar la mitología marciana”, indica el astrofísico vasco.

El público de finales del siglo XIX sabía de las maravillas de la ingeniería. El canal de Suez se había inaugurado en 1869, el de Corinto en 1893 y las obras del de Panamá habían empezado en 1880, y le resultaba verosímil que una cultura más avanzada acometiera un proyecto de dimensiones planetarias. Sin embargo, la mayoría de los astrónomos rechazaba la existencia de los canales marcianos. No los veía. Ahora, sabemos que nacieron de la búsqueda, por parte del cerebro humano, de patrones donde no los hay. En este caso, en las manchas estacionales de Marte.

Lowell estaba convencido de que había gigantescas conducciones de agua a cielo abierto y, por eso, las veía. Como apunta Carl Sagan en Cosmos (1980), las acequias marcianas fueron obra de una inteligencia, pero estaba a este lado del telescopio de 24 pulgadas. “De la historia de los canales -imposibles de fotografiar con el instrumental de entonces-, lo que parece que se llegó a ver es Valles Marineris, una fractura geológica de 4.000 kilómetros de longitud y hasta 7 de profundidad”, puntualiza Sánchez Lavega. Valles Marineris es un accidente geográfico del tamaño de Estados Unidos.

La invasión

Los marcianos llegaron a la Tierra en La guerra de los mundos (1897), de Herbert G. Wells. Los trípodes alienígenas del novelista inglés no tenían nada que ver con los pacíficos ingenieros de Percival Lowell: protagonizaron la primera invasión extraterrestre de la Historia, que Hollywood recientemente ha recreado en Independence day (1996) y Señales (2002). “Wells estaba al día de las noticias sobre Marte y los canales”, señala el crítico y escritor de ciencia ficción Miquel Barceló. Cuarenta años más tarde, millones de norteamericanos sobrevivieron a la invasión cuando Orson Welles y el Mercury Theatre radiaron, el 30 de octubre de 1938, una dramatización de La guerra de los mundos.

Orson Welles, durante la emisión de 'La guerra de los mundos'.Marte era, a principios del siglo pasado, el hogar de una civilización con la que se intentaba establecer contacto. El físico serbio Nikola Tesla anunció en 1901 que su detector de Colorado Springs había captado señales de radio cuyo origen podía estar en Venus o Marte y, en los años 20, el italiano Guglielmo Marconi, inventor de la radio, dijo haber recibido emisiones del planeta rojo. El convencimiento era tal que el Ejército de EE UU montó una operación de escucha durante el verano de 1924 en coincidencia con el momento de mayor proximidad de Marte desde 1804. No se pretendía mandar un mensaje -los emisores de la época no eran lo suficientemente potentes-, sino captarlo. No hubo éxito.

La primera sonda que sobrevoló el planeta, la Mariner 4 de la NASA, descubrió en 1965 un mundo muerto. Las veintiún fotografías que transmitió a la Tierra retrataban un Marte desértico, repleto de cráteres y de lo que parecían cauces secos. No fluía el agua, ni parecía que hubiera canales ni vida inteligente, y los seguidores de los platillos volantes -que habían irrumpido en escena en 1947 y a los que algunos atribuían origen marciano- tuvieron que llevar la base de los visitantes más lejos. “Es la Mariner 9, en 1971, la que manda por fin imágenes que borran los canales de Lowell”, recuerda Sánchez Lavega. La información enviada por las naves robot acaba con unos mitos, pero surgen otros.

Las ruinas

La cara de Marte fotografiada por la 'Viking 1' en 1976 y por la 'Mars Global Surveyor' en 2001. Fotos: NASA.Una fotografía hecha por el orbitador de la Viking 1 ha sido, durante más de un cuarto de siglo, esgrimida como la mejor prueba de la existencia de una antigua civilización marciana. Tomada desde 1.873 kilómetros de altura el 25 de julio de 1976, en la imagen se ve lo que parece un rostro humano en Cydonia. Está en una región en la que parece que también hay pirámides y otras ruinas. La esfinge fue fotografiada el 8 de abril de 2001 por la Mars Global Surveyor’, cuya cámara es más potente que la del Viking 1, y el misterio se esfumó: allí no hay más que una meseta. “Lo de la cara y las pirámides es lo mismo que lo de los canales”, concluye Sánchez Lavega.

Hay quienes hoy en día identifican, en las imágenes tomadas en 1997 por la Mars Pathfinder en Ares Vallis, animales, columnas, grabados, máscaras… La NASA estaría ocultando información. El principal promotor de esta idea es el escritor Richard Hoagland, quien considera la cara de Cydonia parte de un gran complejo arquitectónico. Curiosamente, la agencia espacial estadounidense ha puesto todas esas fotos en Internet -nunca las ha escondido- y únicamente Hoagland y sus seguidores ven en ellas cosas raras.

“Por supuesto, Alternativa 3 -el documental de televisión y el libro- fue una broma, una farsa”, admitió Nick Austin, responsable de Sphere Books que contrató en 1977 la edición del libro, en la revista Fortean Times hace cuatro años. En un extenso reportaje, desvelaba cómo el espacio iba a emitirse el 1 de abril de 1977 -Día de los Inocentes en el mundo anglosajón-, pero tuvo que posponerse, identificaba a los actores y se sorprendía de que haya quien crea que en la historia hay algo cierto, como mantienen algunos ufólogos. “La idea de una conspiración podía haberme atraído a los 15 años, pero no ahora. ¿Cómo se consigue que tanta gente guarde silencio? Las conspiraciones de ese tipo se deben a las visiones de cuatro iluminados y de cuatro aprovechados”, sentencia Barceló.


Ufólogos en el planeta rojo

Kenneth Arnold, un hombre de negocios estadounidense, vio en junio de 1947 nueve objetos que no supo identificar cuando volaba en su avioneta en el estado de Washington. Habían aparecido los platillos volantes y Marte fue pronto señalado como su origen. El primer humano que aseguró haber hablado con un tripulante de esas naves fue George Adamski, un cocinero de un puesto de hamburguesas de monte Palomar. Ocurrió en 1952 y su interlocutor se llamaba Orthon. Las fotos de tapas de aspiradora hechas por Adamski todavía se incluyen en los libros sobre ovnis como correspondientes a naves alienígenas.

El ufólogo gallego Óscar Rey Brea dijo en 1954 que había descubierto una correlación entre las apariciones de platillos volantes y las épocas de mayor proximidad de Marte y la Tierra. Esta teoría fue asumida por el catalán Antonio Ribera y otros aficionados a los ovnis para los cuales los marcianos viajaban a nuestro planeta cuando ambos mundos se encontraban cercanos, una vez cada veintiséis meses. Tras la llegada a Marte de las primeras sondas, los extraterrestres se trasladaron hasta donde nadie ha llegado jamás.

LOS MÁS GAMBERROS. Los marcianos de Tim Burton no dejaron títere con cabeza.


Pequeños hombres verdes

Los violentos invasores de Herbert. G. Wells se transmutaron a mediados del siglo XX en las víctimas de las Crónicas marcianas (1950), de Ray Bradbury, en las cuales los habitantes del planeta rojo sucumben ante la llegada del hombre. “La de Bradbury es una obra poética sobre el trato con el diferente”, indica Miquel Barceló, experto en ciencia ficción y catedrático de Informática de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC).

Edgar Rice Burroughs, el padre de Tarzán, escribió varias novelas ambientadas en el planeta rojo. En Una princesa de Marte (1911), habla de “los hombres verdes de Marte”. Se asume habitualmente que ése es el origen de los pequeños hombres verdes que, en la cultura popular, se identifican con los extraterrestres por excelencia y, en la ciencia ficción, con los más molestos alienígenas.

En Marciano, vete a casa (1955), una novela de Fredric Brown, mil millones de chismosos y gamberros visitantes aparecen de repente en nuestro planeta para hacer judiadas a todo aquél que se cruza en su camino. Son pequeños hombres verdes, como los protagonistas de Mars attacks (1996), película que sirve a Tim Burton para hacer una despiadada crítica de la sociedad estadounidense, ridiculizando como pocas veces a los inquilinos de la Casa Blanca.


Marte humano

El hombre se ha adaptado a Marte con diferentes estrategias: en Homo plus (1977), de Frederik Pohl, transforma su cuerpo para sobrevivir; en la trilogía Marte rojo (1993), Marte verde (1994) y Marte azul (1996), Kim Stanley Robinson cambia el planeta; y, en Marte se mueve (1993), máquinas moleculares ayudan al ser humano a sobrevivir en un entorno hostil. “Mucha gente ha puesto historias en Marte en estos últimos años”, dice Barceló, para quien Misión a Marte (2000), de Brian de Palma, es una película “muy digna”.

El planetólogo Agustín Sánchez Lavega cree que la exploración intensiva de Marte llevará décadas. Sin embargo, algunos de los enigmas científicos puede que empiecen a resolverse pronto gracias a misiones como la europea Mars Express, que llega al mundo vecino mañana. “La ciencia ficción tendrá que llevarse la frontera a otra parte”, advierte Barceló. Habrá otros planetas, pero no serán Marte.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

A ‘Planeta encantado’ se le funden los plomos

La travesía del desierto de Juan José Benítez acaba como empezó: con una burda trampa. Si en El anillo de plata el ufólogo se inventa una historia según la cual, el 16 de julio de 1996, encontró una joya en el fondo del mar Rojo grabada con los mismos signos –IOI o “palo-cero-palo”, en palabras de Benítez- que aparecían en un ovni que aterrizó aquel día en Los Villares (Jaén), el ciclo se cierra en Sahara rojo con una imagen de esos signos en un monumento funerario etrusco. Bueno, eso es lo que quiere hacer creer el director de Planeta encantado al espectador, porque en realidad se ve lo que parece un cero y poco más, ya que, de repente, la piedra bien iluminada deja de estarlo. ¿La razón?

Evidente, que no hay “palo-cero-palo” en la tumba etrusca y sólo oscureciendo la escena se puede engañar al público. Si han grabado el documental en vídeo, podrán comprobar que la inscripción de la pieza del museo italiano no es lo que el autor de Caballo de Troya vende. Ésa es la clave de que, en una serie cuya producción ha costado 8 millones de euros, se fundan los plomos en el momento cumbre. El final de Sahara rojo, la tercera de las entregas dedicadas al inventado misterio de IOI, está precedido, además, por otro de esos momentos ridículos a los que nos ha acostumbrado la serie que emite Televisión Española (TVE). Me refiero a cuando Benítez, quien debería recibir clases de actuación, pone cara de ido para simular una irresistible atracción por la obra en la que luego encontrará el grabado. “Al penetrar en el museo etrusco de la ciudad de Tarquinia, algo extraño y superior a mí me empujó con fuerza hacia uno de los sepulcros”. Sinceramente, da risa.

La conclusión que saca el escritor navarro de su aventura africana es tan espectacular como falsa. Pasan cerca de veinte minutos del último tedioso documental de la trilogía sahariana antes de que el novelador se meta en faena. Tras contarnos que a los bereberes los sacaron del salvajismo seres extraterrestres, ahora pretende convencernos de que el éxodo de ese pueblo, cuando el Sahara se desertizó, está en el origen de los guanches, los vascos, los iberos y los etruscos. Para ello juega con las fechas y los datos a su antojo, ningunea la opinión de los historiadores -¿se han fijado en que la única voz en toda la serie es la del fabricante de misterios?- y da a meras coincidencias valor probatorio. Así, fecha el éxodo de los “desahuciados” del Sahara hace unos 4.000 años y nos muestra en un mapa cuáles fueron los caminos que, según él, siguieron. ¿Qué ocurrió en los más de 1.000 años que pasan desde que salen de África hasta que aparecen los etruscos? ¿Dónde estuvieron los iberos durante 1.500 años? ¿Y los guanches durante casi 2.000? Poco le importa a Benítez que los primeros vestigios de esas culturas daten del siglo IX, V y I antes de nuestra era, respectivamente.

La visión que tiene el ufólogo de la cultura guanche es de una ingenuidad de parvulario. Los indígenas canarios -protagonistas de la mayor parte de este episodio- son los perfectos buenos salvajes. Parecen salidos de un cuento infantil: se trata de “gentes alegres y festivas, amantes de toda suerte de deportes y desafíos”; con una capacidad craneal media de 1.557 centímetros cúbicos, lo que “presupone un importante desarrollo mental”; “una magnífica cultura”; “una raza espléndida y singular diezmada por los españoles” que traslada a las islas “los secretos y costumbres heredados de aquellos encuentros con los cabezas redondas -se refiere a los extraterrestres- en el corazón del paraíso sahariano”… Una admiración que el novelista extiende a los iberos, quienes se asentaron en territorios “ocupados por primitivos y toscos cazadores”, a los etruscos y a los vascos. El objetivo último es presentar a estos pueblos -de origen desconocido, en alguno de los casos- como herederos de alienígenas y portadores de una cultura superior.

Admite Benítez que los historiadores no comparten sus ideas. Si bien nadie niega un origen sahariano a los guanches, la imagen idílica que da de ellos el ufólogo es tan falsa como la historia del hallazgo del anillo y como casi todo lo sorprendente de Planeta encantado. Que dos pueblos distantes tengan entre sus tradiciones la adivinación del futuro, no puede extrañar a nadie, como que entierren a sus muertos acompañados de ajuar o símbolos tan comunes como el palo y el cero se den en tipos de escritura distantes geográficamente. El periodista no es capaz de citar a un historiador de prestigio que apoye sus dislates: lo que dice es producto de su investigación, la misma que le lleva a asegurar que Jesús estuvo en el Coliseo romano en una época en la que, en realidad, el edificio no existía. Para el fabricante de misterios, el mensaje del anillo, la piedra de Los Villares y la inscripción etrusca es el siguiente: “Escribamos de nuevo la Historia”. Para mí, es otro distinto: programas como éste demuestran lo fácil que es engañar a la población, y la necesidad de una comunidad científica comprometida, que no se recluya en su torre de marfil. Doctores tiene la Historia y que casi todos permanezcan en silencio ante tanto disparate sufragado con dinero público dice bien poco a su favor. Se quejan cuando los políticos tergiversan el pasado por votos, pero callan cuando centenares de miles de personas se ven expuestos semanalmente al cáncer de la pseudociencia en TVE.

Seres del espacio “dieron el primer aliento civilizador” a los bereberes

Casi dos horas de documental le ha llevado a Juan José Benítez llegar a la conclusión que muchos intuíamos desde las primeras escenas de El anillo de plata: que los atrasados bereberes le deben todo a los extraterrestres, quienes, “sin duda, les dieron el primer aliento civilizador”. Otra vez recurre a los marcianos el autor de Caballo de Troya para explicar los, para él, inexplicables avances de nuestros antepasados. Antes, el ufólogo intenta maquillar su carcajeante propuesta, hablándonos de un pasado en el cual el Sahara fue un vergel, algo que no ha sabido Benítez gracias a las revelaciones de los marcianos ni a las confidencias que dice que le hace el mismo Dios, sino a la ciencia oficial que habitualmente desprecia. En el noveno episodio de Planeta encantado, nada de lo que afirma el fabricante de misterios sobre el Sahara azul es nuevo; lo único de su cosecha son los alienígenas y su intervención en la historia humana.

Hay tanta ilógica en el razonar del director de la serie que emite Televisión Española (TVE) que resulta difícil entender cómo alguien puede tomarle en serio. Sahara azul es continuación de la anterior entrega y arranca con Benítez enseñando a sus guías de Tassili la piedra que, según Dionisio Ávila, le tiraron unos extraterrestres que estaban a pie de su nave en Los Villares (Jaén), el 16 de julio de 1996. Entre los signos del pedrusco, hay un IOI -“palo-cero-palo”- que coincide con el grabado de un anillo de plata -con nueve palos y otros tantos ceros: IOIOIOIOIOIOIOIOIO– que Benítez asegura haber encontrado en aguas del mar Rojo el mismo día de la aparición del ovni en Andalucía. A partir de ahí, unos expertos cuya identidad no se facilita leen en el anillo las coordenadas de Tassili, a donde monta el periodista navarro una expedición acompañado de su esposa y su hijo fotógrafo, quienes forman parte del equipo de la producción. Y ahí empieza la segunda parte de este viaje previsible, con los guías argelinos diciéndole al ufólogo que en el IOI de la piedra reconocen signos del bereben antiguo. Dada la vulgaridad de los signos –palo y cero aparecen en casi todas las lenguas-, el testimonio de los tuareg sólo demuestra la ingenuidad de Benítez.

Decepcionado por la incapacidad de sus guías para descifrar el mensaje de la piedra -“Una cosa es hablar bereber y otra muy distinta, traducirlo”-, el escritor especula sobre el origen de la lengua tamazight, como se llama en realidad. Los lingüistas no lo tienen del todo claro y aprovecha eso para doblar la Historia a la medida de sus extraterrestres. Cita por el apellido a unos expertos que mantienen que el bereber -oral y escrito- surgió hace entre 8.000 y 10.000 años, y, sin mostrar ninguna de las pruebas “abrumadoras” que asegura tener, sentencia que hay que reescribir la Historia: el bereber es la lengua escrita más antigua, más de 4.000 años antes que la primera escritura cuneiforme de Mesopotamia. Estamos ante un bombazo similar al de las visitas de extraterrestres en platillos volantes, de las cuales Benítez también dice poseer pruebas desde hace casi treinta años. No pierdan el tiempo buscando por ahí algo que corrobore la sorprendente afirmación sobre la escritura bereber porque los primeros textos en ese idioma datan del siglo II antes de nuestra era, aunque eso poco importe al novelista.

Benítez mantiene que la aparición del bereber coincide con la de la ganadería y la agricultura en los pueblos del norte de África y ello le da pie para predicar su buena nueva, una realidad ante la que “es posible que la ciencia sonría burlona”. “Ésta es mi teoría. Hace unos 9.000 años, una o varias civilizaciones no humanas tomaron el centro del jardín del corazón del Sahara como base de operaciones y prendieron la mecha de una nueva Humanidad”, sentencia el ufólogo. Saca a relucir su “instinto” y “larga experiencia como investigador” -los mismos que le llevaron a tomar en Bilbao el canto de un sapo por el sonido de una nave de otro mundo- para argumentar que los marcianos retratados en las pinturas de Tassili hicieron experimentos genéticos para mejorar las razas. A eso se deberían, según él, los animales fantásticos del arte prehistórico de la región, que reflejarían intentos fallidos de crear animales domésticos en el laboratorio. En su delirio, el novelista compara el perfil de un túmulo funerario con el platillo volante fotografiado el 7 de mayo de 1952 en Barra da Tijuca, Brasil. Para el director de Planeta encantado, la escritura bereber antigua, la de la piedra de Los Villares y la del anillo que sólo se cree él que encontró en aguas del mar Rojo “tienen un mismo origen: los gigantes de Tassili”. Lo que no nos cuenta es el final de toda esa historia ya excesivamente alargada en la que los hermanos mayores cósmicos sacan de su ignorancia a los habitantes del norte de África. Se lo reserva para una próxima entrega, ya que ésta acaba con un frustrante “Continuará…”.

“Mis detractores son agentes de los servicios de inteligencia”, dice Benítez

No sé si nos está tomando el pelo a todos o si su reino no es de este mundo. Juan José Benítez se descuelga hoy en El Semanal, el colorín con más difusión de la prensa española, con un puñado de afirmaciones cada cual más disparatada. Al margen de una desafortunada comparación del ufólogo con Félix Rodríguez de la Fuente -“¿Planeta encantado, de Juan José Benítez, vendría a ser algo así como lo que fue El hombre y la tierra para Félix Rodríguez de la Fuente?”, pregunta David Benedicte-, el entrevistador deja que el ufólogo se ponga el solito la soga y se cuelgue del árbol de la insensatez. “Mis detractores suelen hacer más ruido que mis lectores, porque son fanáticos. No están bien informados. Se trata de intoxicadores profesionales, gente pagada por los servicios de inteligencia o tontos útiles. Y lo puedo demostrar”, asegura el novelador. Benítez lleva con esta cantinela años y, cada vez que algunos le hemos retado a que demuestre lo que mantiene y se deje de tonterías, ha escurrido el bulto.

¿Cuánto se apuestan a que ahora tampoco saca esas pruebas que presume tener? Y es que, como su colega Manuel Carballal -popular en las librerías como Antonio Salas, pseudónimo con el que ha firmado Diario de un skin, y que dirige la web Mundo Misterioso-, el periodista navarro sólo sabe defenderse de las críticas mediante la mentira. En la breve entrevista de El Semanal, sostiene, entre otras tonterías, que Jesús era extraterrestre –quizá por eso pudo estar en el Coliseo romano antes de que el edificio existiera-, que hay no humanos entre nosotros y que una civilización alienígena dejó edificaciones en la cara oculta de la Luna. Aunque parezca increíble, el autor de Caballo de Troya dice una cosa sensata: “Sólo espero que la gente sepa leer entre líneas. Mi mensaje es: ‘No crea usted nada de lo que está viendo en televisión'”. Únicamente falta que los directivos de Televisión Española (TVE) hagan caso al delegado de ET en la Tierra y adviertan, antes de cada episodio de Planeta encantado, de que se trata de un programa ficción y que todas las afirmaciones extraordinarias carecen de fundamento científico. Es lo que han reclamado ya casi trescientos escépticos en una Carta abierta a RTVE.

El regreso del hombre polilla

EL PADRE DE LA CRIATURA. John A. Keel, el reportero de lo paranormal que hizo famoso al hombre polilla. Foto: AP.

Pasaban cuatro minutos de las cinco de la tarde. Era viernes y faltaban diez días para Navidad. En Point Pleasant, un pueblo de Virginia Occidental fronterizo con Ohio, los coches hacían cola en un puente a la espera de que se pusiera en verde un semáforo a la entrada del casco urbano. De repente, el Silver Bridge, llamado así por ser el único puente de la región pintado de color aluminio brillante, se fue abajo. Una treintena de vehículos cayó a las heladas aguas del río Ohio. Murieron 46 personas. El desastre marcó el final de las misteriosas apariciones que se registraban en la localidad desde hacía trece meses y el principio de una leyenda.

“Si ve un monstruo de ojos rojos, normalmente significa que va a morir en seis meses”, advierte John A. Keel en el número 156 de la revista sobre fenómenos extraños Fortean Times. El ominoso ser al que se refiere es el hombre polilla, una entidad alada con la que se topó en Point Pleasant en 1966 cuando preparaba el reportaje “definitivo” sobre platillos volantes para Playboy. Un cuarto de siglo después de la publicación de su libro dedicado a la criatura, el reportero de lo paranormal vio cómo ésta traspasaba las fronteras estadounidenses gracias a una película de Richard Gere.

Brillantes ojos rojos

El hombre polilla debutó en la noche del 15 de noviembre de 1966. Dos jóvenes matrimonios pasaban en un coche por el área TNT, situada a unos 11 kilómetros de Point Pleasant y denominada así por haber albergado una fábrica de munición durante la Segunda Guerra Mundial, cuando vislumbraron, entre las sombras, una “figura de apariencia humana, pero más grande”, alada y con brillantes ojos rojos. El conductor puso tierra de por medio y, camino del pueblo, vieron otro ser similar que, a su paso, levantó el vuelo y siguió por el aire a su Chevrolet de 1957 a más de 160 kilómetros por hora, sin batir las alas.

“¿Qué mide seis pies de alto, tiene alas, dos grandes ojos rojos distantes entre sí seis pulgadas y planea tras un automóvil a 100 millas por hora?”, se preguntaba Mary Hyre, corresponsal en Point Pleasant de un diario de Ohio, al inicio de la crónica que difundió la agencia AP el 16 de noviembre. Era la época en la que Adam West daba vida a un Batman que se enfrentaba a villanos encarnados por Burgess Meredith, César Romero, Anne Baxter y Vincent Price, entre otros. Inspirado por las andanzas televisivas del hombre murciélago, un periodista bautizó al nuevo habitante del área TNT como el hombre polilla, y el nombre hizo fortuna.

Keel llegó a Point Pleasant el 7 de diciembre. Pronto descubrió, tras la “pequeña tranquila ciudad de 6.300 habitantes, docenas de iglesias y ningún bar”, una Disneylandia de lo paranormal. A las apariciones del monstruo de color gris, se sumaban observaciones de ovnis, mutilaciones de ganado, casas encantadas, llamadas telefónicas de personas que hablaban idiomas desconocidos y la siempre inquietante presencia de los hombres de negro, los individuos enlutados que, según el folclore ufológico, amenazan a quienes saben demasiado sobre los platillos volantes. El escritor tenía ante sí un filón. Así que acabó haciendo varios viajes desde Nueva York hasta Point Pleasant para entrevistar a todo aquél que asegurara haber vivido una experiencia extraña.

Durante el año que siguió a la primera observación, decenas de habitantes de Virginia Occidental dijeron haber visto al humanoide alado de dos metros de altura y ojos rojos deambular entre los edificios en ruinas y los búnkeres del área TNT, un entorno antes reservado a encuentros nocturnos de enamorados. Hasta el 15 de diciembre de 1967, día en el que la tragedia del Silver Bridge, que la investigación oficial achacó a fatiga de materiales, hizo que todas las miradas de EE UU se giraran hacia Point Pleasant, y el hombre polilla, con sus más de tres metros de envergadura, desapareció para siempre.

Profecías a posteriori

LA FICCIÓN: Richard Gere, en una escena de la película.Hollywood ha magnificado la catástrofe con una escena rodada “a lo Titanic, con aparentemente cientos de conductores precipitándose hacia la muerte”, señala Joe Baltake, crítico de The Nando Times. Sin embargo, en la película, las víctimas mortales se reducen a 36, diez menos que en la realidad. El estudio “no quería matar a tanta gente”, se ha justificado el director del filme, Mark Pellington. Cuando, en su apartamento de Manhattan, Keel supo del desastre por la televisión -en la cinta, Gere asiste a él en vivo y en directo-, los hechos de Point Pleasant ganaron en trascendencia.

Tras la tragedia, el reportero publicó en 1975 The mothman prophecies, libro que ahora ha vuelto a la lista de superventas. Para él, Point Pleasant había sido entre 1966 y 1967 una ventana a otra realidad y todos los fenómenos acaecidos, presagios de la catástrofe. Todavía en la actualidad, Keel sostiene que su correo fue controlado y que, además de tener el teléfono intervenido, recibió en Nueva York llamadas en las que extraterrestres y personas que decían estar en contacto con ellos anunciaban tanto la tragedia del río Ohio como el asesinato de Martin Luther King. Lástima que, al igual que los augures que posteriormente ‘vieron’ la muerte de Lady Di o el ataque a las Torres Gemelas, Keel no dijera nada antes del desastre.

¿Pero existió el hombre polilla? Tres días después del debut de la criatura, dos bomberos vieron en el área TNT un ser de gran tamaño y ojos rojos. “Era, clarísimamente, un ave”, sentenciaron. De hecho, Keel recopiló observaciones de “pájaros gigantescos” a unos 100 kilómetros al norte. Ornitólogos de las universidades de Ohio y Virginia Occidental mantienen hoy en día que el monstruo fue en realidad una grulla arenera, ave de color gris, que puede alcanzar el metro y medio de altura y dos de envergadura. Para Joe Nickell, experto en desenmascarar fraudes, se trató de un búho. El resto de las atracciones sobrenaturales de Point Pleasant hay que atribuirlas a la histeria de masas, y a la inventiva de Keel y de su colega local Mary Hyre, quienes metieron en el ajo hasta a los hombres de negro, unos siniestros individuos creados en 1953 por el ufólogo Albert K. Bender para vender revistas.

The mothman prophecies se estrenó en marzo de 2002 en los cines españoles como Mothman, la última profecía. Cuestión de mercadotecnia. El original en inglés y la traducción a medias suenan inquietantes si se desconoce la lengua de Shakespeare. El literal Las profecías del hombre polilla tiene ecos, por el contrario, de amenaza de guardarropa, solventable con insecticida e indigna de inquietar a una megaestrella como Gere. Plantarle cara al mothman -así, en inglés- parece, sin embargo, algo serio y más si la historia reúne los ingredientes típicos de Expediente X y se presenta como “basada en hechos reales”, aunque no lo sean tanto.


Realidad y ficción

Periodista: John A. Keel trabajaba en un reportaje para Playboy cuando se topó con el monstruo, mientras que John Klein, encarnado por Richard Gere, es un redactor del respetado The Washington Post.

Tragedia: 46 personas murieron en el derrumbamiento del puente de Point Pleasant. En la película, la cifra se reduce a 36 porque, según el director, el estudio “no quería matar a tanta gente”.

Testigo (in)directo: Keel estaba en su apartamento de Manhattan cuando ocurrió la tragedia. En la película, Klein (Richard Gere) asiste al desastre en vivo.

Publicado originalmente en el diario El Correo.