Lorenzo Fernández Bueno

Bélmez, 36 años de caras

Uno de los hijos de María Gómez Cámara, junto a 'La Pava'. Foto: Ramón L. Pérez.

Una mancha de grasa fue el origen de todo. Apareció en el suelo de una cocina, y una mujer vio en ella un rostro. Así nacieron las caras de Bélmez en agosto de 1971. Medio año después, convertido el pueblo en el Roswell de la parapsicología española -con voces de ultratumba y todo-, la Prensa dictaminó que aquello era un fraude. Y el fenómeno cayó en el olvido hasta que Iker Jiménez se fijó en él. “¡Las caras de Bélmez son auténticas!”, sentenciaba en un artículo que firmaba con su colega Lorenzo Fernández en la revista Enigmas en septiembre de 1997. El fallecido Fernando Jiménez del Oso, director de la publicación, aseguraba en el editorial que los dos periodistas aportaban “pruebas definitivas del carácter paranormal de las caras de Bélmez”.

María Gómez Cámara, la descubridora de las caras, murió el 3 de febrero de 2004. El Ayuntamiento de Bélmez de la Moraleda quiso entonces hacer de su casa un museo para aprovechar el tirón turístico, pero los descendientes de la mujer pidieron por ella una millonada. Los parapsicólogos invadieron el pueblo y, a su paso, los rostros se multiplicaron convenientemente por inmuebles más asequibles. Un libro que relacionaba las teleplastias -así las llaman los parapsicólogos- originales con muertos de la Guerra Civil se convirtió en un bestseller y se extendió la idea, defendida por Jiménez y Fernández en su reportaje, de que el régimen franquista había montado una operación para echar tierra sobre el asunto. ¡Las caras de Bélmez habían resucitado!

“Una trola de colegio”

El reportaje de ‘Ideal’ con el que empezó todo.¿Pero qué hay de cierto en toda la historia del que ha sido considerado el mayor misterio de la parapsicología española? Casi nada, según el periodista Javier Cavanilles y el parapsicólogo Francisco Máñez, autores de Los caras de Bélmez (Ediciones Redactors i Editors), que la próxima semana llega a las librerías. “Es un misterio ridículo, divertido, curioso, cutre… Es todo muy loco. Son 36 años de tonterías“, dice Cavanilles. “Es una típica trola de colegio”, remacha Máñez. Ellos lo tienen claro: “Si se hubiera descartado la explicación sobrenatural (milagrosa o parapsicológica) desde el primer momento, todo hubiera quedado en una broma. Por eso hay que preguntarse cómo es que una anécdota tan absurda ha durado tanto”.

Al principio, fue una pareidolia. El 23 de agosto de 1971, María Gómez Cámara creyó ver una cara en una mancha del suelo de su cocina, como se ven formas en las nubes, en las mesas de mármol y en tantos otros sitios. Aquello montó tal revuelo en el pueblo que uno de sus hijos destruyó la imagen con una piqueta. De nada sirvió. A principios de septiembre, apareció en el mismo lugar otra -la conocida como La Pava-, que fue recortada y protegida tras un cristal. Y, en enero de 1972, surgió en el mismo sitio una tercera cara, más tosca, que fue recortada y tirada a la basura. El fenómeno era ya imparable.

Una información periodística, publicada en el diario granadino Ideal el 16 de septiembre, hizo que el fenómeno sobrepasara los límites de Bélmez. “Un rostro que aparece y desaparece en un fogón”, decía el título. Habían pasado tres semanas desde el descubrimiento de la primera cara en la casa de Juan Pereira y María Gómez Cámara y ya florecían varios negocios en torno al misterio: la familia cobraba la voluntad por entrar en la casa, se montaban viajes organizados y la mujer vendía fotos de La Pava a 10 pesetas la unidad (el periódico costaba 5 pesetas entre semana y 6 los domingos). “Nadie ha sacado mucha pasta con las caras de Bélmez. Nadie se ha llevado todo lo que esperaba”, dice Cavanilles.

‘Pueblo’ llega al pueblo

“Este caso lo monta realmente Emilio Romero (director de Pueblo). Sin Emilio Romero, ahora no estaríamos hablando de este asunto”, mantiene Ramos Perera, en la época presidente de la Sociedad Española de Parapsicología, en una entrevista reciente concedida a Cavanilles y Máñez. Tras dedicar a las caras tres informaciones a finales de enero y principios de febrero de 1972, Pueblo envió a Bélmez a Antonio Casado. Su serie de reportajes ‘Las caras hablan’, publicados entre el 14 y el 24 de febrero, elevó las caras a la categoría de misterio nacional. “Yo no me inventé nada, pero sí puede decirse que todo el revuelo que acabó montándose fue por mis reportajes”, recuerda el comentarista político, entonces un reportero de 24 años, “lo que hoy llamamos un becario”.

El parapsicólogo Germán de Argumosa recorre las calles de Bélmez. Foto: Antonio Casado.Casi al mismo tiempo que él, hizo su entrada triunfal en el pueblo Germán de Argumosa, un parapsicólogo al que siempre ha gustado que le llamen profesor, aunque carece de estudios superiores y nunca ha dado clase en una universidad. Argumosa creía que las caras eran un fenómeno originado en el Más Allá y se puso a grabar voces de ultratumba, psicofonías. Dijo que lo había conseguido y Pueblo se hizo eco de ello. Sin embargo, casi nadie creía en Bélmez en las voces de los espíritus porque Argumosa las grababa en habitaciones llenas de gente que no paraba de hablar. Otro parapsicólogo, Joaquín Grau, achacaba el fenómeno de las caras a una concentración de energía que canalizaría la dueña de la casa. “Cualquier afirmación, por estrafalaria que pareciera, merecía ser publicada”, escriben Cavanilles y Máñez.

La tirada de Pueblo creció en 50.000 ejemplares gracias a las caras, y pronto acudieron a Bélmez otros diarios a hacerse con su parte del botín. Sin embargo, el 21 de febrero, la historia dio un giro radical: un artículo de Julio Camarero apuntó al fraude en el diario de Emilio Romero y El Alcázar publicó un reportaje en la misma línea. A partir de ahí, el misterio se fue abajo. “Me llamó Emilio Romero al despacho y me dijo: «Antonio, me ha llamado el ministro y esto hay que pararlo»”, recuerda Casado, quien cree que la creciente histeria puso nerviosos a algunos dirigentes.

La Operación Tridente

Javier Cavanilles y Francisco Máñez.El joven periodista desempolvó entonces las teorías del químico que le asesoraba, se hicieron análisis y se concluyó que las caras habían sido pintadas con sales de plata. Otros diarios siguieron defendiendo la autenticidad del fenómeno, pero el declive fue imparable. Las caras de Bélmez acabaron arrinconadas en las revistas esotéricas. Cuando Iker Jiménez y Lorenzo Fernández resucitaron el enigma en 1997 argumentaron que su final se debió a “una operación oculta que tuvo como único objetivo aniquilar el misterio”, que ellos bautizaron como Operación Tridente. Cavanilles y Máñez afirman que esa conspiración, de la que no hay ninguna prueba documental, es un invento de Jiménez del Oso, director de la revista Enigmas, y Casado tampoco cree en ella: “Lo de la Operación Tridente es una chorrada”.

Todos los análisis químicos hechos a restos de las caras de Bélmez a lo largo de los años han confirmado el fraude. “Son manchas retocadas”, explica Máñez, quien añade que al principio lo fueron con sales de plata y luego con carbón, lápiz y otros medios. Los actores también variaron con el paso del tiempo. Casado señaló en Pueblo a dos culpables: Miguel Rodríguez, el fotógrafo que tenía a medias con los Pereira el negocio de venta de fotos, y su hijo Jesús Miguel, pintor. Después, vendrían otros. ¿Y María Gómez Cámara?

“Ella tuvo que saber en todo momento lo que estaba pasando”, coinciden los autores de Los caras de Bélmez. Están convencidos de que su libro no pondrá el punto final a esta historia. “Dentro de unos años, una nueva generación caerá en la trampa, como pasa con el monstruo del lago Ness, Roswell…”, augura Mañez.

Miguel Chamorro, en una foto familiar, el guardia civil con el bigote retocado en 'Tumbas sin nombre' y 'La Pava', la más famosa de las caras de Bélmez.


¿Muertos de la Guerra Civil?

El libro sobre las caras de Bélmez que mejor ha funcionado es Tumbas sin nombre (2003). Obra de Iker Jiménez y Luis Mariano Fernández, vincula el fenómeno con la Guerra Civil. Los autores defienden que algunos rostros corresponden a familiares de María Gómez Cámara muertos durante el asedio al santuario de la Virgen de la Cabeza.

Los periodistas admiten en el libro que, para dar con el parecido, en unos casos manipularon las dimensiones de la cara de cemento de turno, en otros la invirtieron horizontalmente y en algunos hicieron ambas cosas. Es decir, jugaron con un programa tratamiento de imágenes hasta conseguir que los rostros encajaran con lo que querían. Gerardo García-Trío, miembro del Círculo Escéptico, organización que ha colaborado con Cavanilles y Máñez, recabó la opinión de un forense que quitó cualquier valor al estudio: “Esto es muy fácil de hacer. Sólo hay que tener caradura y muy poca vergüenza. Es gente sin escrúpulos que se inventa un cuento y lo adorna con un poco de pseudociencia”. “Esas caras no son mi familia. ¡No pueden ser! Es como si mi cara la ponen comparándola con otra. Con esto de los ordenadores igual todo es posible”, dijo María Gómez Cámara cuando Jiménez y Fernández le presentaron la comparativa.

El dictador Francisco Franco, uno de los protagonistas del fenómeno de Bélmez.El episodio más grotesco del estudio es el que se refiere a la semejanza entre la más famosa de las caras, La Pava, y el guardia civil Miguel Chamorro, cuñado de la mujer. Se basa en una foto del militar que fue manipulada para ponerle un bigote y una boca que no eran los del original. Las pruebas están en Tumbas sin nombre, donde en una foto familiar aparece el guardia con el bigote engominado con las puntas hacia arriba. Para la comparativa con La Pava, se cogió esa imagen y se le puso un bigote con las puntas hacia abajo. Así, los dos rostros tenían un aire

Cavanilles y Máñez afirman que ese trabajo se basa en un programa de televisión protagonizado en febrero de 2003 por el Ricard Bru, en el que el showman relacionó las caras con la Guerra Civil. Los analistas de Bru hicieron lo mismo que los de Tumbas sin nombre, incluido el cambio del bigote. “Bru aclaró arbitrariamente que aquello era para imitar cómo tendría los bigotes en el momento de la muerte (…). Por lo que se ve, no le había crecido la barba, ni las patillas, ni el pelo en general, sólo un bigote bien cuidado, aunque sin gomina”, escriben los autores de Los caras de Bélmez. Jiménez -con quien este periódico ha intentado hablar sin éxito- y Fernández no advirtieron de la jugada a sus lectores.

Tampoco suele ser habitual recordar que en la cocina de Bélmez han aparecido los rostros de Francisco Franco e Isabel Preysler, entre otros personajes cuya presencia resulta difícil de justificar para los partidarios de lo sobrenatural.


Método casero para fabricar ‘teleplastias’

'Gnomo de Bélmez', creado por Francisco Máñez con su método de fabricación de 'teleplastias'. Foto: Francisco Máñez.Cualquiera puede hacer caras de Bélmez. “Sólo hacen falta un suelo de cemento y agua, aceite y vinagre. Así, en los posibles análisis no saldrá ni rastro de pintura, como pasa en algunas caras de Bélmez de los años 90”, explica Francisco Máñez.

Se moja el suelo y, antes de que se seque, se buscan caras en las manchas de agua y se remarcan sus rasgos con agua, aceite y vinagre. Si se hace con agua, la imagen tendrá menos fuerza. Si se hace con otra sustancia, resaltará más. “En el fondo, de lo que estamos hablando en Bélmez es de un intento de aprovechar unas manchas en el suelo para hacer caja”, dicen Cavanilles y Máñez.

Los periodistas esotéricos han defendido que la existencia de un nexo sobrenatural entre María Gómez Cámara, que haría aparecer las caras, y los rostros se demostraba en que, cuando ella estaba enferma, las imágenes se debilitaban. Los autores de Los caras de Bélmez creen que existe conexión, pero mundana: cuando la mujer estaba mala, no podía cuidar -remarcar y repintar- las figuras y, por eso, éstas se iban desvaneciendo.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Los buitres desactivan al chupacabras en España

El periodista Luis Gómez destapó anteayer, en El Correo, que un centenar de buitres había atacado y matado una vaca y su ternero recién nacido en el Valle de Mena (Burgos), y que los cuerpos de las reses presentaban mutilaciones en zonas muy concretas. “Juan Antúnez, jefe del Servicio de Guardería Forestal de Espinosa de los Monteros, explicó que los buitres «la comieron primero la región anal» y luego siguieron con los «tejidos blandos: las ubres, la lengua y los ojos. La abrieron en canal y ya no pararon hasta comerla entera», remarcó. Antúnez mostró, en cambio, su extrañeza por cómo dejaron al ternero: «Le quitaron los ojos, pero es curioso que no se comiesen el cordón umbilical»”, escribía Gómez. Muchos españoles se enteraron de la noticia a través de Informativos Telecinco, que se hizo eco de la primicia dada por El Correo.

La vaca a la que los buitres mataron y de la que comieron ojos, lengua, región anal y ubres. Foto: El Correo.No es la primera vez que se habla en la prensa de los ataques de buitres en comarcas ganaderas -también se suele hablar de los de lobos, perros asilvestrados y osos-, pero anteayer lo que llamaba la atención de algunos en la redacción del periódico era la similitud de los detalles de la noticia con los sucesos que algunos vendedores de misterios habían atribuido en el pasado a un monstruo de cuyo nombre mis colegas no se acordaban. “Estáis hablando del chupacabras”, les dije, y añadí que entre quienes habían explotado el misterio en nuestro país había personajes hoy tan populares como Javier Sierra e Iker Jiménez. Creía haber contado ya la historia del chupacabras aquí, pero anteayer comprobé que no lo había hecho. Por eso, he recuperado y revisado el texto que preparé para una charla que di en noviembre de 1998 en el Instituto de América de Santa Fe (Granada) y lo he publicado hace unas horas para quienes quieran conocer los orígenes del mito.

Iker Jiménez y Lorenzo Fernández, en plan de intrépidos investigadores en Segovia en 1998, entre ovejas muertas.Sierra y Bruno Cardeñosa fueron los primeros en atribuir, en 1996, el hallazgo en Vizcaya de ovejas muertas a la actividad del chupacabras en España -tal como explico en El viaje trasatlántico del chupacabras-, mientras que Jiménez se subió al carro en las páginas de Enigmas, la revista dirigida por Fernando Jiménez del Oso, dos años después. El ahora director de Cuarto Milenio dio primero con el chupacabras, en compañía de su entonces inseparable Lorenzo Fernández Bueno y con la teatralidad marca de la casa en forma de mascarillas, en Segovia a principios de 1998 y volvió a explotar el tema, ya en solitario, en la Ribera Navarra en el verano de 1999. Los ataques de alimañas al ganado vinieron hace unos años como anillo al dedo a los periodistas esotéricos ávidos de historias sensacionales con las que ganarse unos cuartos. Ahora, como los buitres del Valle de Mena han sido grabados en el acto, no hablarán del chupacabras. Si no, seguro que lo harían.

Indiana Jones de pacotilla

ker Jiménez y Lorenzo Fernández, Manuel Carballal y Javier Sierra, haciendo de las suyas.Una de las aficiones favoritas de los comerciantes de misterios es sacarse fotos que luego incluyen en sus reportajes y libros. Hubo una época en la que la pose típica consistía en retratarse junto a la indicación de carretera del lugar de turno (solía tratarse de pueblecitos en los que alguien había visto platillos volantes o algo parecido). Tan repetida fue la escenografía que acabó quemada y entonces los periodistas esotéricos empezaron a hacerse visibles junto a los entrevistados o como intrépidos investigadores con mascarilla examinando los cuerpos de unas ovejas víctimas del chupacabras (Iker Jiménez y Lorenzo Fernández), sumergiéndose en aguas de Canarias en busca de la Atlántida (Manuel Carballal) y delante de un hangar en Roswell (Javier Sierra), entre otras escenas memorables. Querían dejar claro que habían estado en el lugar de los hechos y que eso les imbuía de una autoridad especial frente a quien no había hecho el viaje. Sin embargo, a las ovejas de Jiménez y Fernández las habían matado en realidad perros asilvestrados o lobos, las Canarias atlantes de Carballal habían emergido de las aguas y no eran los testigos de un continente hundido, y en el Roswell de Sierra se había estrellado un globo espía, y no una nave de otro mundo.

Ahora, vemos en Cuarto milenio a equipos de televisión que van de noche a rodar a pueblos malditos y cementerios, cuando podían hacerlo de día. Se trata de una puesta en escena similar a la de los forenses de CSI cuando entran con sus linternas en una habitación que ya han inspeccionado antes porque las persianas siguen echadas y las luces apagadas. ¿Por qué no encienden las luces? Porque el misterio no sería el mismo, como no lo sería si se visita el camposanto en un día luminoso. Lo que se persigue con las fotos de los periodistas esotéricos ataviados con el chaleco de fotógrafo y, a veces, hasta el sombrero estilo Indiana Jones es que la credibilidad entre por los ojos irracionalmente y la gente no se pare a pensar en lo absurdo de la pose. Retratarse dentro de la Gran Pirámide, tras haber pagado la correspondiente entrada, no convierte a nadie en egiptólogo, algo que sólo se consigue después de años de estudio y para lo que no es necesario visitar el país de los faraones, aunque siempre sea recomendable. Tampoco es necesario ver en directo la sábana santa para hacerse a la idea de que es tan auténtica como el mantel de Coria -supuestamente, el de la Última Cena-, las gotas de leche de la Virgen y otras reliquias que pueblan las iglesias de la cristiandad.

Ricard Bru se encuentra con una 'teleplastia' en la Gran Pirámide.Ir de turismo es ir de turismo, se vaya a Teotihuacán o a Tassili. Investigar es algo más serio, que nunca ha hecho ninguno de los citados y que exige horas de estudio sin garantía de resultados. Por eso, si alguien dice que hay que ir a Egipto, Pascua, Nazca, Malta, Stonehenge, el lago Ness o donde sea para saber la verdad de los presuntos misterios, desconfíen de él. Visitar cualquiera de esos sitios es una gozada, pero no otorga una sabiduría especial. Si no, que se lo pregunten al parapsicólogo Ricard Bru, que visitó la Gran Pirámide y descubrió en su interior teleplastias, es decir, algo similar a las caras de Bélmez, según nos contó en la revista Más Allá. Y se quedó tan ancho.

‘Los guardianes del secreto’, el perfecto manual de la escritura disparatada

Compré Los guardianes del secreto por recomendación del arqueólogo y periodista Julio Arrieta. Me dijo que no había leído nada igual, que se trataba de algo impresionante. Y uno, que siempre sigue ese tipo de recomendaciones, no pudo evitarlo. Al principio, pensé que Arrieta exageraba, que su juicio se limitaba únicamente a que el autor había hecho el típico cóctel pseudohistórico a base de Jesucristo, los templarios, el Grial, Rénnes le Chateau, Colón, la mesa de Salomón… Pura basura; pero algo que se repite desde hace años en las revistas esotéricas y que El código Da Vinci ha convertido en norma. Me confundí. Lo que cuenta Lorenzo Fernández Bueno en su libro son tonterías, sí, pero tan llamativo como eso es cómo las cuenta. El subdirector de la revista Enigmas ha hecho de la lengua española una víctima colateral de su calenturienta imaginación, que le da hasta para conversar con un muerto, algo que ya hizo Juan José Benítez en Al fin libre.

'Los guardianes del secreto', de Lorenzo Fernández Bueno.El mundillo esotérico español carece prácticamente de ejemplos de literatura digerible. Los autores más vendidos y famosos -con la excepción de un Antonio Ribera que sobrepasaba la media de calidad, aunque sin hacer alharacas- resultan mediocres y aburridos, cuando no ágrafos. Fernández Bueno es uno de los últimos. La retórica barata que inunda sus páginas -una de las marcas de la generación de misteriólogos de la que forma parte- pide a gritos un redactor-jefe que le enseñe a escribir, que le explique que hablar de un “zagal adolescente” (p. 148) es como decir persona humana. Un disparate. Empecé a leer Los guardianes del secreto como un libro esotérico, buscando las insensateces, los disparates, las contradicciones. Me topé con el pretendido mentor del autor, un personaje que está como un cencerro y cuyos consejos Fernández Bueno sigue al pie de la letra, y me estuvo a punto de dar algo cuando el investigador habla en el cementerio de Rénnes le Chateau con el cura François Bérenger Saunière, muerto nada menos que en 1917. Pero nada es equiparable a las grotescas adjetivaciones o expresiones con que el fabulador decora su relato.

“Fría y misteriosa era la historia del abad Saunière, como gélida e inhóspita se estaba levantando la madrugada” (p. 105), nos cuenta, antes de ver un crucifijo “a la vera de un triste haz de luz”. Luego, en el cementerio de Rénnes le Chateau, observa “decenas de tumbas maltratadas por los años, pedazos de piedra que se precipitaban a los cielos en un intento piadoso por acallar la agonía del difunto” (p. 108) y se adentra en el camposanto mientras, “en lo alto, un claro se abría entre las amenazantes nubes mostrando la magnificencia de una luna llena misteriosa, irónica, con un inolvidable tono rojizo”. Ignoro muchas cosas: cómo se levanta la madrugada, qué hace que un haz de luz sea triste o no, cómo puede agonizar alguien que ya está muerto, qué es una luna llena irónica. Ya sé que es lo de menos, lo importante es que parezca que se dice algo cuando no se hace más que meter en el texto efectos especiales de baratillo, quincalla que sólo demuestra que el autor debería volver a la escuela para aprender a escribir.

Según uno avanza en la lectura del libro, se hace más patente que Fernández Bueno no sabe para qué existe el diccionario ni que hay una cosa que se llama sentido común. Él junta las palabras al tuntún, como mejor le suenan, como cree que dan una mayor grandilocuencia a su relato. Geofroy, su mentor, le explica algo y, humildemente, él confiesa su ignorancia; a su manera, claro: “Me sonaba a chino. En el transcurso de la conversación siempre intentaba despejar mis imberbes malentendidos” (p.123). Marie, una amiga francesa tan crédula como él, le muestra un presunto hallazgo “con los ojos chirriando vida” (138) y luego los dos avanzan por un “escuálido trozo de tierra”. En Rénnes le Chateau, en un momento épico, nos dice que “el silencio era doloroso; la tensión esculpía el bello (sic) en forma de escarpias” (p.145). “A lo lejos, encaramado en un alto inexpugnable se encontraba aquel templo a la sabiduría, a la magia y al conocimiento oculto” (149), explica cuando visita una comuna de trasnochados hippies pasados de vueltas.

Los guardianes del secreto tiene, sin embargo, su utilidad: yo leo algunos fragmentos escogidos a jóvenes periodistas para dejarles claro cómo ser un redicho puede llevarle a uno al ridículo y cómo se puede llenar de adjetivos y adverbios sin sentido un texto para enmascarar que no se dice nada. Que Lorenzo Fernández Bueno sea subdirector de una revista merece una investigación. Ése sí que es “el mayor enigma de Occidente” para cualquiera que lea Los Guardianes del secreto.

Fernández, Lorenzo [2003]: Los guardianes del secreto. La revelación del mayor enigma de Occidente. Editorial EDAF (Col. “Mundo Mágico y Heterodoxo”, Nº 24). Madrid. 333 págs.

“La caras de Bélmez son auténticas”, sentenciaba Iker Jiménez en una ‘exclusiva mundial’ en 1997

Portada de 'Enigmas' y primera página del reportaje firmado por Lorenzo Fernández e Iker Jiménez.Iker Jiménez, el mismo que ahora pide pruebas sobre la autenticidad o la falsedad de las caras de Bélmez, publicó en septiembre de 1997 en la revista Enigmas (Año III, Nº 6) un reportaje que, bajo los sellos de ¡Exclusiva Mundial! y Pruebas definitivas, llevaba el clarificador título de “Las caras de Bélmez son auténticas”. El texto lo firmaba con Lorenzo Fernández Bueno.

“Transcurrido un cuarto de siglo, demostramos con documentos oficiales y en rigurosa exclusiva la autenticidad de esas caras sobrenaturales, un misterio que aún espera una explicación en el rincón más apartado de Andalucía”, escribían los periodistas en la entradilla. Y concluían el artículo, triunfales: “Hoy, en estas páginas ustedes pueden contemplar el acta notarial que ha permanecido oculta durante casi veinticinco años, la prueba definitiva de que los rostros de Bélmez de la Moraleda no son un fraude”.

En el editorial de la revista, Fernando Jiménez del Oso coincidía con ellos: “Puestos a dejar las cosas en su sitio, Iker J. y Lorenzo F., en una exclusiva que dará que hablar, aportan pruebas definitivas del carácter paranormal de las caras de Bélmez”. Sólo siete años después, dado que a Jiménez le falla la memoria, no tenemos ningún inconveniente en recordarle esta prueba de su rigor. Eso sí, lo hacemos sin notario porque creemos que para demostrar ciertas cosas no hace falta un fedatario.