Juan José Benítez

La tumba del faraón

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.La Gran Pirámide es la más antigua de las Siete Maravillas del Mundo y la única que ha llegado hasta nuestros días. Se levanta en la meseta de Giza, a las afueras de El Cairo, dentro de un complejo funerario vigilado por una gigantesca esfinge. No es única -hay decenas de pirámides en Egipto y sólo en Giza existen once-, pero sí la más grande: de base cuadrada, con 230 metros de lado, fue durante 3.800 años el edificio más alto del mundo. Sus 146,6 metros originales -ahora mide 138,8- fueron el techo de la arquitectura hasta que en el siglo XIV los superó la catedral de Lincoln (Reino Unido).

Considerada por los historiadores la tumba del faraón Keops, que reinó entre 2551 y 2528 antes de Cristo (aC), hay autores que sostienen, sin embargo, que no fue obra de los antiguos egipcios. “Se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”, argumenta Juan José Benítez en su serie Planeta encantado. Resulta ciertamente difícil de creer que “gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura” construyeran un edificio tan complejo, con pocos centímetros de diferencia entre sus lados, milímetros de desviación respecto a la horizontal y sus caras orientadas casi perfectamente hacia los puntos cardinales.

Ayuda atlante

“La pirámide de Keops tiene esta particularidad, entre otras muchas: su altura en metros multiplicada por mil millones equivale a la distancia Tierra-Sol, es decir, 149,5 millones de kilómetros”, destaca Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). Quienes como el autor suizo mantienen que no la hicieron por sus medios los súbditos del faraón de la IV Dinastía, apuntan a la ayuda de seres de otros mundos y atlantes que les habrían transmitido los conocimientos para acometer la empresa. Una de esas técnicas sería la del ablandamiento de la piedra, que habría ahorrado la extracción y posterior transporte de los más de 2 millones de bloques de unas 2,5 toneladas que se calculan para la Gran Pirámide.

Los piramidólogos dicen que, sin naves extraterrestres, máquinas atlantes o técnicas como la del ablandamiento de la piedra, los antiguos egipcios no podían levantar el edificio. “La tecnología aplicada en esa construcción es tan increíble que sería imposible realizarla con la que utilizamos en la actualidad, y mucho menos con las herramientas de madera y de cobre que existen en el Museo de El Cairo provenientes de la IV Dinastía”, sentencia Manuel José Delgado, un habitual de las revistas esotéricas españolas para quien la Gran Pirámide “ni fue una tumba ni fue construida por Keops”. ¿Qué fue entonces?

Hubo en los años 70 del siglo pasado una fiebre piramidológica, como consecuencia de la publicación de El poder mágico de las pirámides (1974), de Max Toth y Greg Nielsen. El libro incluía una pequeña pirámide roja de cartón -a escala de la Keops- para ponerla debajo de la cama y descansar mejor, meter cuchillas de afeitar en su interior y que duraran más tiempo afiladas o usarla para incrementar la potencia sexual. “Sin duda alguna, los próximos años han de aportar un gran avance en la recuperación de la sabiduría extensiva e intensiva de las pirámides”, auguraban Toth y Nielsen a mediados de los años 70. El tiempo ha pasado y ahora se venden casas piramidales con el mismo fundamento con que se quitan méritos a los humanos de otras épocas.

Una gran potencia

El Egipto de Keops no era el país atrasado que describe Benítez. Era un Estado con una compleja organización política, económica y social, que conocía la escritura desde hacía siglos. Los habitantes del valle del Nilo disfrutaban hace 4.600 años de grandes obras de canalización y riego, y habían redactado el primer tratado de cirugía. La Gran Pirámide fue la obra cumbre de un largo proceso que había empezado siglos antes con los enterramientos bajo un montón de tierra, arena o piedras; continuado con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; ascendido hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra en la Pirámide Escalonada de Saqqarah; y culminado con la de Keops.

El egiptólogo Mark Lehner calcula que los trabajadores -no esclavos- que construyeron la Gran Pirámide tuvieron que poner “un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Herodoto (484-425 aC) escribió que se levantó en 20 años con 100.000 hombres. Lehner piensa que “es posible -y más creíble- que (el geógrafo e historiador griego) se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando en turnos de tres meses, más que al número total en Giza en un momento dado”. Los arqueólogos saben de qué canteras salían los bloques, cómo se trabajaban y cómo se transportaban. Bastaba con el ingenio humano y la tecnología de la época, aunque sí había algo extraordinario: la planificación de todo, desde las cuadrillas en Giza y las canteras hasta el transporte de las piedras, pasando por el suministro de alimentos para los trabajadores, la organización de los almacenes… Un esfuerzo gigantesco para garantizar la vida eterna al faraón.

Ningún estudio ha demostrado, por el contrario, que las piedras de la pirámide de Keops sean artificiales, que platillos volantes las colocaran en su sitio o que echaran una mano a los antiguos egipcios los supervivientes de una civilización desaparecida que pasaban por allí. El poder mágico de las pirámides de Toth y Nielsen sigue siendo, treinta años después, tan esquivo para la ciencia como el monstruo del lago Ness. Y, para encontrar una relación entre cualquier dimensión de un objeto y la distancia de la Tierra al Sol, sólo hay que elegir el dato apropiado: un bolígrafo Bic mide 15 centímetros, la billonésima parte de los 150 millones de kilómetros que nos separan de nuestra estrella. ¿Significa esa mágica relación que es un artilugio extraterrestre?


El libro

Todo sobre las pirámides (2007): Magnífica obra de divulgación del egiptólogo Mark Lehner. Puede complementarse con el documental Así se hizo la Gran Pirámide (2002), de la BBC, que recrea cómo los egipcios levantaron el monumento.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Raquel Welch contra los dinosaurios

El terremoto de Perú de agosto de 2007 no sólo mató a casi 600 personas, sino que también puso en peligro la conservación de los únicos vestigios que han llegado hasta nosotros de una Humanidad que convivió con los dinosaurios, según algunos aficionados a lo paranormal. Se conocen popularmente como las piedras de Ica. Son una colección de rocas grabadas con escenas de operaciones quirúrgicas, partidas de caza de dinosaurios y mapas de la Tierra con Atlántida y Lemuria, que atesoró hasta su muerte, en diciembre de 2001, el médico Javier Cabrera en su casa de Ica, ciudad situada al sur de Lima en medio del desierto.

La primera piedra se la dio a Cabrera como regalo de cumpleaños un amigo en 1966. Se veía en ella un animal alado que el médico identificó como un pterosaurio, reptil volador que se extinguió con los dinosaurios hace 65 millones de años. Se interesó por la procedencia de la roca y su amigo le respondió que las tallaban los campesinos del cercano pueblo de Ocucaje. Cabrera empezó entonces a comprar masivamente piedras grabadas a los lugareños. Uno de ellos, Basilio Uchuya, se convirtió en su principal proveedor y, cuando falleció, el médico contaba con unas 15.000 piezas ordenadas según sus motivos temáticos.

Una biblioteca lítica

Un humano montado sobre un triceratops, en una de las piedras de Ica.Robert Charroux, que con el tiempo se convertiría en uno de los principales impulsores de la idea de que nos visitaron extraterrestres en la Antigüedad, fue quien descubrió al mundo los grabados de Ica en su libro El enigma de los Andes (1974). “Mis piedras provienen de las civilizaciones de los primeros hombres cultos de nuestra Tierra -sostenía Cabrera-. Por razón desconocida, quizá un cataclismo natural, esa civilización desapareció, pero los hombres de la antigua Ica quisieron dejarnos un testimonio indestructible, o al menos susceptible de superar los peligros del tiempo. Esos archivos pertenecen a un pueblo culturalmente próximo a nosotros, pero heredero por línea directa de los conocimientos de nuestros grandes antepasados”.

El ufólogo Juan José Benítez abundaba un año después en la idea en su libro Existió otra Humanidad. La biblioteca lítica, como llamaba Cabrera a su colección de rocas, era el legado de una civilización de hombrecillos cabezones, narigudos, que vestían sólo con taparrabos y se cubrían con tocados de plumas, hacían trasplantes hasta de cerebro, volaban en pájaros mecánicos, viajaban a otros mundos, habían declarado la guerra a los dinosaurios, construyeron las pirámides de Egipto… Aquellos humanos habían huido hacia las Pléyades en cuanto vieron la que se les venía encima: dos de las tres lunas que, según los grabados peruanos, la Tierra tenía entonces iban a chocar contra el planeta, lo que provocaría la extinción de los dinosaurios y el hundimiento de la Atlántida. Benítez consideraba que las piedras de Ica contenían unos conocimientos “que han hecho palidecer nuestra soberbia civilización”.

El hallazgo chocó, sin embargo, desde el principio con el escepticismo de los historiadores. Frente al entusiasmo de los partidarios de lo paranormal, los académicos dudaban de la historia del médico peruano. Para Roger Ravínez, portavoz en 1974 del Instituto Nacional de Cultura de Perú, todo era un cuento chino y “Cabrera deliraba”. El arqueólogo basaba su veredicto en un estudio del estilo de los grabados y en “microfotografías de las incisiones”. Tres décadas después, el dictamen de la ciencia sigue siendo el mismo: las piedras de Ica son un fraude porque, aunque las rocas son antiguas, los grabados son recientes y se han hecho con lijas, sierras y ácidos, según han demostrado diversos análisis.

Talla indígena

Nunca hizo en realidad falta llegar hasta el laboratorio. El engaño estaba claro desde el principio para todo el que quisiera verlo. No sólo es que los humanos no convivieron con los dinosaurios -la extinción de los lagartos terribles y la aparición de los homínidos están separadas por unos 60 millones de años-, sino que además el ciclo de desarrollo de aquellos animales no tenía nada que ver con el descrito en las piedras -según éstas, los dinosaurios nacían como larvas para luego sufrir una metamorfosis-. Ni la Atlántida y Lemuria existieron ni hubo alguna vez tres lunas, y resulta ridículo que una civilización avanzada emprendiera una guerra contra los dinosaurios armada con hachas y puñales. Y, lo más importante, nunca un arqueólogo ha desenterrado una piedra de Ica en ningún lugar del mundo; todas han llegado de manos de los indígenas de Ocucaje.

“Entre los huaqueros (saqueadores de yacimientos) de los alrededores de Lima se dice que, si le informas de tu profesión al médico de Ica, se excusará durante quince minutos y podrás escuchar el ruido de su torno de dentista en una habitación trasera antes de que regrese de las profundidades de su museo con una piedra tallada, que, por una extraña y en cierto modo artificial coincidencia, presenta un dibujo de alguien de un distante pasado ejerciendo tu profesión”, ironizaba en 1982 el experto en desenmascarar fraudes científicos James Randi. Quienes durante cuarenta años han tallado las piedras han sido algunos vecinos de Ocucaje que se han sacado un dinero extra vendiéndolas a Cabrera y a los turistas.

Basilio Uchuya confesó en 1975 que copiaba en los grabados que hacía para el médico los motivos decorativos de revistas ilustradas y posteriormente ha dicho en repetidas ocasiones que es el autor de la mayoría de las piezas de su colección. Quienes han seguido la estela de Charroux prefieren, no obstante, ignorar los testimonios del campesino y creer que en 1966 Cabrera descubrió las pruebas de la existencia de una remota Humanidad, de que ocurrió en la realidad algo parecido a lo que pasa en la película Hace un millón de años, estrenada aquel mismo año y en la cual Raquel Welch corre en biquini de piel delante de los dinosaurios.


El libro

Fraudes paranormales (1982): El ilusionista y especialista en fraudes científicos James Randi desmonta mil y un enigmas -incluido el de las piedras de Ica- en un libro ideal para quien quiera una aproximación general al mundo de lo paranormal.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

‘Magonia’, sexto año

Parece que fue ayer y han pasado ya cinco años desde que nació Magonia. Así que es día de recapitulación. Hay en esta web a su disposición 678 anotaciones: en 2003 (sólo seis meses), publiqué 70 entradas; en 2004, 83; en 2005, 92; en 2006, 131; en 2007, 197; y en lo que llevamos de 2008, he colgado ya 105. Hay vídeos y archivos sonoros; pero, sobre todo, texto. Y les advierto de que este verano el ritmo de artículos se intensificará desde mediados de julio, cuando publicaré un mínimo de uno diario como aperitivos al nuevo curso. El que termina el 30 de junio, con la celebración en Bilbao de la jornada Impactos extraterrestres: Tunguska, 100 años después, no ha sido un mal curso, como tampoco lo ha sido el año de Magonia que acaba hoy. Porque no ha habido quinto malo.

Aunque en un primer momento me incomodó durante diez minutos cuando recibí la noticia, he de reconocer que ser condenado por una Justicia tan paranormal como los temas aquí tratados por injurias a Juan José Benítez no ha sido perjudicial ni para este blog ni para mí. Al contrario. Estoy seguro de que jamás 6.000 euros dieron para tanta publicidad. Gracias a Benítez, quién lo iba a decir, esta bitácora ha alcanzado una relevancia que antes no tenía y son cada vez más las personas que leen aquí lo que hay de verdad tras lo que sostienen los vendedores de misterios. La publicación de la primera información sobre la sentencia en El País resultó inesperada y dio una trascendencia al caso que de otro modo nunca habría tenido. Miles de personas han sabido así que lo que en el fondo perseguía el autor de Caballo de Troya era silenciar a un crítico de su trabajo, y que ese crítico no estaba dispuesto a callarse. Fueron tantas las muestras de solidaridad que sólo ude hacerme eco de una mínima parte y aún estoy impresionado. Pero el caso Benítez contra Gámez es historia, tan antigua que me parece mentira que sólo haya pasado un año desde el fallo judicial.

Este curso ha sido duro, sobre todo por el cambio en la herramienta de las bitácoras de El Correo Digital. Todavía arrastra Magonia más de dos años de anotaciones sin arreglar, con formatos que antes eran buenos y ahora no, por esas cosas que tienen algunos diseñadores. No les voy a atormentar con cuántas veces me he quejado de la chapuza, ni cuántos errores aún no se han solucionado, ni el desánimo que me invadió al ser consciente del calibre del desaguisado a finales de 2007. Nunca he estado tan cerca en estos cinco años de cerrar el chiringuito y tomarme un descanso. La fortuna es que apenas dispuse de tiempo para pararme a pensar en ello, entre los ciclos de charlas organizados y por organizar -lo del curso próximo va a ser de aúpa, que decimos por el Norte-, el libro Misterios a la luz de la ciencia y algunos otros ambiciosos proyectos ya en marcha. Si exceptuamos el incidente informático, el curso ha sido muy bueno y se cierra de la mejor manera posible: con un libro recién publicado, un inminente ciclo de conferencias, nuevos proyectos dentro del Círculo Escéptico -¡a qué esperan para sumarse al club de la razón?- y ustedes ahí.

Benítez contra Gámez: carta al director en ‘El País’

Información de 'El País' sobre la sentencia que condena a Luis Alfonso Gámez por calificar de Tras la publicación en el diario El País de la noticia titulada ‘Un juez ampara el honor de J.J. Benítez, que había sido calificado de “estafador”‘, envié ayer la siguiente carta al director al rotativo madrileño para aclarar algunas imprecisiones de la información basada en la sentencia, como que El Correo había retirado de su web los artículos objeto de la polémica, y rellenar lagunas, como el olvido de que el ufólogo llegó a pedir 80.000 euros de indemnización y solicitó al juez la retirada de todos los textos críticos con su trabajo. Si quieren leer la información publicada por El País, pueden pinchar en la imagen y se les abrirá en una ventana a un tamaño más apropiado. Éste es el texto de mi carta:

Una demanda de J.J. Benítez

Creía que decir en un documental de televisión que hay pruebas de que el hombre convivió con los dinosaurios, afirmar que un poder mágico permitió transportar las estatuas de la isla de Pascua hasta su ubicación definitiva, sentar a Jesús en el Coliseo romano años antes de que el edificio existiera, asegurar que seres de Orión levantaron las pirámides de Egipto y sostener que los astronautas del Apollo 11 encontraron ruinas extraterrestres en la Luna era tergiversar la Historia, mentir e intentar engañar al público. Parece que estaba confundido.

Como recoge El País en su página 61 de hoy, jueves, 2 de agosto, he sido condenado a indemnizar con 6.000 euros a Juan José Benítez por sostener, entre otras cosas, que si alguien se gana la vida con afirmaciones como las hechas por él en la serie Planeta encantado, puede deducirse de ello que “su negocio se basa en la mentira, el engaño y la tergiversación”. La información publicada en este diario, además de pasar por alto las afirmaciones hechas por el ufólogo y novelista en esa serie, emitida por TVE en dos ocasiones, contiene algunas imprecisiones que quiero aclarar:

1. La demanda no fue interpuesta contra mí por dos artículos, sino por el conjunto de los textos -más de trece- en los que examiné la verosimilitud de lo afirmado por J.J. Benítez en cada entrega de la serie.

2. Nada más ser informado el 5 de junio de 2006 del requerimiento legal, retiré las expresiones consideradas injuriosas por J.J. Benítez e indicadas en un burofax enviado por su abogada no porque ni mi abogado ni yo las consideráramos injuriosas, sino con el ánimo de zanjar el asunto amistosamente.

3. Ninguno de mis artículos ha sido retirado de la web de El Correo Digital, tal como puede comprobarse en Magonia, donde publiqué el 27 de julio una larga explicación del caso. La abogada del demandante pidió al juez “la retirada de los textos referidos a Juan José Benítez de la página web de El Correo Digital“, pero el juez rechazó tal pretensión.

4. El demandante pidió en el juicio, además de la retirada de los textos, 80.000 euros de indemnización, la publicación de la sentencia en El Correo Digital y la condena al pago de las costas, extremos que el juez descartó, reduciendo la indemnización a 6.000 euros.

Creo que no he vulnerado en ningún momento el honor de J.J. Benítez, sino ejercido mi derecho a crítica ante un producto, la serie Planeta encantado, cuya falta de rigor histórico está fuera de toda duda. Otra cosa es que los designios de un juez sean inescrutables.

Luis Alfonso Gámez
blogs.elcorreodigital.com/magonia
Diario El Correo
Bilbao