Juan José Benítez

Juan José Benítez desentierra piedras grabadas en Ica, treinta años después

Vestido de Panama Jack y Coronel Tapiocca, a la moda marcada por quienes se dicen sus discípulos, Juan José Benítez ha grabado Planeta encantado, una carísima serie de televisión -ha costado más de 8 millones de euros- producida por DeAPlaneta, que hace gala de una realización y estética anticuadas. El dinero no luce en lo que parece un remake de los documentales que hizo Fernando Jiménez del Oso a principios de los años 80. Planeta encantado, cuyo primer episodio estrena hoy Televisión Española (TVE), ha sido rodada en 600 localizaciones de 17 países, y su protagonista asegura haber recorrido más de 110.000 kilómetros para abrirnos una puerta “hacia lo más noble de la condición humana: la capacidad de soñar”.

La confusión de kilometraje con rigor le viene al escritor navarro de antiguo: su tercer libro sobre platillos volantes se tituló 100.000 kilómetros tras los ovnis (1978). Su debut ufológico, Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), lo dedicó a los miembros del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI), quienes afirmaban estar en contacto con extrarrestres que nos iban a venir a salvar de un inmediato holocausto y de cuya historia se tragó el novelista hasta los posos. Benítez aún recuerda orgulloso, al comienzo de La huella de los dioses -el primer capítulo de su nueva serie de televisión-, que hace treinta años tuvo “la fortuna de ver naves no humanas” en Perú en compañía de los contactados del IPRI. Lástima que ni Fernando Múgica, fotógrafo con el que compartió ésa y otras aventuras, ni sus cámaras vieran nada, a pesar de estar en todo momento junto a él.

El episodio inaugural de la serie con la que TVE vuelve a demostrar la credibilidad que merece presta especial atención a las piedras de Ica, en las que se ven hombres y dinosaurios como contemporáneos, cuando lo cierto es que los lagartos terribles desaparecieron hace 65 millones de años mientras que los primeros homínidos surgieron en África hace poco más de 6 millones de años. El fallecido médico peruano Javier Cabrera Darquea llegó a montar un museo con esos fraudulentos pedruscos, que empezó a coleccionar en 1966 y en los que se ven operaciones cardiacas, cacerías de dinosaurios y seres humanos volando montados en pájaros. Para él y Benítez, los grabados prueban la existencia de una Humanidad que convivió con los grandes saurios. En los años 70, cuando aún se hablaba de Nazca como un espaciopuerto -ahora Erich von Däniken jura que él nunca insinuó nada por el estilo, mientras que Benítez mantiene que los extraterrestres dibujaron las primeras líneas y luego los lugareños hicieron más para que los alienígenas las vieran desde el aire y regresaran-, la historia de las piedras de Ica fue popularizada por el periodista español en La Gaceta del Norte y, posteriormente, en el libro Existió otra Humanidad (1975), en el cual recogió los reportajes que había publicado en el rotativo bilbaíno.

Aunque muchos han comprobado desde entonces que las piedras son grabadas por los lugareños por encargo a cambio de dinero, Benítez opta en Planeta encantado por seguir engordando el falso misterio; para él, “otro de los grandes enigmas que siguen sin respuesta”. El momento cumbre del episodio llega cuando el campesino Basilio Uchuya -el principal proveedor de piedras de Cabrera Darquea- anuncia al escritor que va a enseñarle uno de los yacimientos secretos. Sólo Benítez es capaz de intentar hacer creer al espectador que el campesino va en serio y no ha preparado un montaje para él y su cámara. “Es un momento histórico”, dice mientras Uchuya le lleva hasta un montículo del que, pico en mano, unos jóvenes desentierran varias piedras grabadas. Que el autor de Caballo de Troya no dude en grabar la escena demuestra que sabe que todo es un engaño. Si no, estaría ofreciendo en bandeja a las autoridades peruanas las pruebas para acusarle de un delito contra el patrimonio arqueológico del país.

Benítez, el 11-S y los pseudoescépticos argentinos

Ahora que va a regresar a Televisión Española con su serie Planeta encantado -cuya producción ha costado 8 millones de euros y que contiene algunas de las escenas más ridículas que hemos visto en espacios de este tipo-, alguien debería recordar a nuestros políticos y a la sociedad en general quién es Juan José Benítez, autor cuyo currículo de disparates e insensateces es tan amplio como miles los kilómetros dice haber recorrido tras el misterio. ¿La penúltima? Que el ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono fue organizado por altas instancias del Gobierno de Estados Unidos. Lo dijo en septiembre de 2002, durante la presentación de su libro Mi Dios favorito, que por prudencia sólo me he atrevido a hojear. “Todo estuvo diseñado por los propios norteamericanos”, afirma el novelista navarro sobre los atentados terroristas.

Otros dos hispanos, Christian Sanz y Norberto Maraschi, tampoco creen que un avión se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001. Lo sorprendente es que hasta hace poco ocupaban la presidencia y vicepresidencia, respectivamente, de la Asociación Argentina de Lucha contra las Pseudociencias (ASALUP), que por cierto carece de personalidad legal. Sanz dimitió después de descubrirse que plagió un artículo y que un fax que presentó como prueba en un debate televisivo era una burda falsificación. El descubrimiento del fraude del fax corrió a cargo de auténticos escépticos a quienes los responsables de ASALUP y Héctor Walter Navarro, un pseudoescéptico encarnación de la telebasura en Argentina, intentaron desacreditar. Sanz, Maraschi y Navarro respondieron con insultos a los críticos hasta que tuvieron que callar aplastados por las pruebas del plagio y de la falsificación.

La historia es apasionante e inquietante: los auténticos escépticos argentinos -Alejandro Agostinelli, Alejandro Borgo y Max Seifert, entre otros- han defendido a capa y espada la racionalidad frente a aquéllos que únicamente buscan el beneficio personal y que, si no están en las filas de Benítez y compañía, es porque hay demasiada competencia. Lean “¿Está el escepticismo organizado argentino en manos de conspiracionistas?” -les aseguro que se preguntarán el porqué de los signos de interrogación- y el artículo que publicó sobre el asunto Alejandro Borgo en Skeptical Briefs, el boletín del Comité para Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), cuya versión española ha aparecido en El Escéptico Digital.