Javier Sierra

El viaje trasatlántico del chupacabras

El chupacabras no figura todavía en ningún diccionario; pero ya se codea con el monstruo del lago Ness, el Bigfoot y el Yeti. Debutó en Orocovis, en pleno corazón de Puerto Rico, en marzo de 1995. Sus primeras víctimas fueron ocho ovejas, una vaca y un toro. Y, aunque la Policía y las autoridades concluyeron que las bajas en la cabaña local habían sido causadas por perros realengos, ya que así lo demostraban las mordeduras que presentaba el ganado en cuello y patas [Matos, 1995], hubo lugareños que las atribuyeron a seres extraterrestres.

Los reporteros de lo paranormal relacionan todavía hoy el episodio de Orocovis con el monstruo que en agosto del mismo año volvió a las andadas en la localidad portorriqueña de Canovanas, donde murieron 150 animales de granja. Una matanza cuyas peculiaridades y dimensiones traspasaron pronto los límites de la pequeña isla caribeña. No era para menos. Los cuerpos estaban, según sus propietarios, totalmente secos: no tenían ni una gota de sangre. Aparentemente, se había escapado por unos pequeños orificios practicados, a juicio de los campesinos, por un animal desconocido de comportamiento vampírico. Un ser esquivo que eludió el ojo humano hasta septiembre de 1995, cuando los lugareños lo bautizaron como chupacabras, vista su predilección por estos mamíferos, y empezaron a dar las primeras descripciones del predador que supuestamente diezmaba sus rebaños.

Retrato robot del chupacabras.¿Cuál es la apariencia del chupacabras? A pesar de lo mucho que se ha escrito, de decenas de artículos en revistas esotéricas y miles de referencias en Internet, no existe un consenso sobre la fisonomía del monstruo: ha sido descrito como un ser de alrededor de un metro de altura, bípedo, “con la piel como de un dinosaurio”, los ojos “del tamaño de huevos de gallina” y crestas espinosas en el cráneo y la espalda; como un monstruo “de apariencia extraterrestre” -ignoro qué apariencia tienen los extraterrestres, si es que existen- y canguroide, con poderosas patas traseras y que despide un “fuerte olor sulfuroso”; como una criatura con “cráneo de mono”, grandes ojos rojos, boca sin labios, lengua de serpiente, manos palmeadas y terminadas en tres garras curvas, y con espinas dorsales iridiscentes; como un “murciélago gigante, peludo y de ojos muy brillantes”; como un humanoide de 60 centímetros de altura, sin un solo pelo en el cuerpo y de tacto gelatinoso. En fin, que, si hay algo claro, es que es un monstruo.

Pero la fisonomía del supuesto predadorera algo secundario, y así lo entendió el alcalde de Canovanas, José Soto Rivera, que organizó varias batidas en busca del animal, infructuosas, aunque en algunas llegaron a participar hasta doscientos cazadores. Todo hay que decirlo: al alcalde los ataques del chupacabras y la histeria latente le fueron de perlas para, a pocos meses de las elecciones locales, desviar la atención de la opinión pública de los graves problemas del municipio, con varias zonas sin agua desde semanas antes. Al igual que en Orocovis, los científicos achacaron los ataques de Canovanas a perros asilvestrados o animales exóticos, como panteras, introducidos ilegalmente en la isla. Y es que los exámenes de los cuerpos revelaron que las muertes de ganado no seguían un único patrón, sino que se debían a mordeduras, traumatismos, infecciones… Héctor García, director de la división de Veterinaria del Departamento de Agricultura de Puerto Rico, consideraba que no había nada extraordinario tras las muertes de los animales de granja [Carroll, fecha desconocida]; pero, una vez más, la realidad quedó relegada por la ficción gracias a Jorge Martín, hasta noviembre de 1995 un oscuro ufólogo portorriqueño y desde entonces el principal abanderado del chupacabras, la autoridad mundial sobre el misterioso ser.

Martín fue el primero en hablar del chupacabras como una mascota de los tripulantes de los ovnis o un producto de experimentos genéticos terrestres o extraterrestres. Sus exóticas teorías -mantiene que los alienígenas visitan Puerto Rico atraídos por el radiotelescopio de Arecibo- incluyen, ¡cómo no!, una conspiración gubernamental, la captura de varios ejemplares de chupacabras y las consiguientes autopsias. Unos exámenes post mortem cuyos resultados serían secretos, pero, curiosamente, conoce Martín, que mantiene que los análisis de la sangre del misterioso animal arrojan unos resultados incompatibles con todo lo conocido. ¡Lástima que nadie más tenga constancia de lo que sostiene el ufólogo!

De monstruo a negocio

La entrada en escena de este imaginativo autor marcó un punto de inflexión en la historia del chupacabras: pasó de producto más del pensamiento supersticioso campesino a negocio para fabricantes de misterios, prensa, vendedores de camisetas y llaveros, y organizadores de visitas a los lugares donde la mascota de ET -como la llamaron en Miami- había perpetrado sus más sangrientos ataques. El chupacabras multiplicó su actividad a partir de noviembre de 1995, y sus fechorías ocuparon páginas enteras en los diarios portorriqueños y decenas de horas de radio y televisión. Un camino hacia el estrellato para el que la isla caribeña se quedó pronto pequeña, y así, a principios de 1996, el fenómeno saltó a México, Miami y Costa Rica. Y en agosto de ese año, tras entrar a España por el País Vasco, llegó hasta Yocavén, una pequeña localidad situada a 140 kilómetros al sudoeste de Santiago de Chile.

El alcalde de Canovanas había justificado sus batidas diciendo del chupacabras: “Hoy ataca animales, pero mañana podría atacar a la gente”. Una vez en México, la fama del monstruo se disparó tras cumplirse el vaticinio de Soto Rivera. Teodora Ayala Reyes aseguró haber sido víctima de la criatura en el estado de Sinaloa y mostró a todo el país a través de la televisión unas marcas en la piel que parecían, más que mordiscos de un misterioso ser, desgarrones de la piel o quemaduras. Como otros campesinos de la región, la mujer creía que, tras las muertes de ganado que habían comenzado a registrarse, se ocultaba el chupacabras. Y la histeria se adueñó de México hasta tal punto que algunos autores han comparado las escenas vividas en el país con las de las masas enfervorecidas en busca del monstruo de películas como Frankenstein y Drácula. A pesar de que también en México el Departamento de Agricultura achacó los ataques a coyotes o felinos, la psicosis llegó a límites preocupantes y la Universidad Autónoma Metropolitana reunió a veterinarios, biólogos y antropólogos para que estudiaran el asunto. Los científicos, en un extenso informe de 113 páginas, quitaron todo el misterio a los ataques a ganado, al recordar que en las zonas rurales afectadas había muchos perros abandonados.

Portada de 'Año Cero' en la que se da la noticia de la llegada del chupacabras a España.

Veraneo en Euskadi

Pero eso no impidió la expansión del chupacabras, que llegó a España en el verano de 1996, según Bruno Cardeñosa y Javier Sierra, que escribieron sendos artículos sobre ataques del extraño ser registrados en el País Vasco en Año Cero y Más Allá, dos revistas que dan pábulo a todo tipo de disparates. Para que se hagan una idea, la segunda de ellas tuvo durante más de un año como colaborador a un presunto extraterrestre llamado Geenom, que, cual señorita Francis intergaláctica, respondía a las más delirantes consultas de los lectores. Cardeñosa publicó en Año Cero un artículo titulado ‘El chupacabras ataca en el País Vasco’. Tres páginas dedicadas a la odisea vasca de un extraño ser que, según el autor, había acabado con “cien ovejas, desangradas a través de un orificio en el cuello”. “Las primeras noticias sobre el caso llegaron a la redacción de Año Cero el 21 de agosto”, explicaba el ufólogo antes de preguntarse si estábamos ante “un nuevo ataque” del monstruo surgido en lo más profundo de Puerto Rico a principios de 1995 [Cardeñosa, 1996].

Los periodistas esotéricos basaban sus reportajes en dos pilares: la información facilitada por la Policía autónoma vasca y los, para ellos, mucho más fiables testimonios de los afectados. “La Ertzaintza -escribía Cardeñosa- aseguró que, desde el pasado 13 de junio, se habían formalizado cinco denuncias en sus dependencias, confirmando oficialmente la muerte de 16 ovejas y la desaparición de otras 22. Sin embargo, las cifras reales rondan el centenar de reses”. Seguidamente, advertía de que “éste no ha sido el único punto oscuro en las investigaciones orquestadas por el Departamento de Interior del Gobierno vasco. El informe que la Ertzaintza ha facilitado a esta revista está plagado de errores y, en algunos aspectos, falta a la verdad”. ¿Qué llevaba a Cardeñosa a hacer tan graves acusaciones?

Reportaje de Bruno Cardeñosa en la revista 'Año cero' en 1996, en el que atribuye las muertes de ovejas en Vizcaya a ataques del chupacabras.El propio autor desvelaba las causas de su despecho. El parte de la Ertzaintza no sólo hablaba de un número de ovejas muertas muy inferior al centenar, sino que apuntaba la presencia de “cánidos asilvestrados o no controlados”, y de dos tipos de heridas en las ovejas, “mordeduras de cánidos en cuello y patas, y heridas punzantes en cuello, según las manifestaciones de los propietarios, ya que al presentar las denuncias los animales ya habían sido comidos por los buitres”. El informe oficial añadía, asimismo, que un ganadero había visto “un perro grande y oscuro”, y que los veterinarios que habían examinado algunos cuerpos no habían podido precisar las causas de las heridas.

Inquieto y desconfiado, Cardeñosa había viajado hasta Las Encartaciones para hablar con Ricardo Bárcena, uno de los ganaderos afectados. “Desde junio -apuntaba- ya ha perdido a una veintena de ovejas y a una yegua. Una mañana encontró a algunas de sus ovejas muertas y a otras heridas. Según las declaraciones del ganadero, las ovejas «tenían un pinchazo en el cuello, limpio y de unos cinco centímetros de profundidad, sin sangre apenas, pero las había destrozado por dentro»”. Y, lo que es particularmente grave, “al contrario de lo que asegura la Ertzaintza, en ninguna de estas muertes se han detectado mordeduras de cánidos. Ni las heridas del cuello -siempre un orificio perfecto y profundo- ni las de las piernas -cortes limpios y superficiales- responden a las características de las producidas por ningún animal”. Es decir, que de perros, nada.

Por si fuera poco, el misterioso escenario se completaba con la muerte de una yegua, hecho que el reportero esotérico calificaba de “inquietante”. “En su vientre -señalaba- se distinguía un corte limpio, meticuloso y profundo, cuya trayectoria de entrada tenía forma triangular”. Que la Policía autónoma hubiera considerado la muerte del caballo “un hecho aislado”, un posible accidente, poco importaba al colaborador de Año Cero, que dedicaba la parte final de su reportaje a señalar que el análisis veterinario de uno de los cuerpos no había servido para precisar la causa de las heridas. Sin embargo, él había conseguido hablar con el veterinario que había examinado el cuerpo y descartaba el origen animal de la lesión, que, en su opinión, “tampoco tenía las características de un arma blanca”.

“Estas declaraciones eliminaban cualquier atisbo de duda: las autoridades policiales habían mentido”, concluía Cardeñosa, que anunciaba que el misterio continuaba. “El 5 de septiembre -decía-, una veintena de ovejas era atacada en la aldea portuguesa de Touloes, cerca de la frontera española por la zona de Beira Baja”. Y hasta allí fue, ¡cómo no!, Javier Sierra por encargo de Más Allá, que también le costeó unos días en Las Encartaciones para que escribiera el reportaje de rigor.

Portada de 'Más Allá' que da cuenta de la llegada del chupacabras a España.

La conspiración

Sierra habló con las mismas personas que Cardeñosa y llegó a diferentes conclusiones; aunque también misteriosas. “Según pude comprobar durante mi rastreo a lo largo de la sierra de Las Encartaciones -escenario natural entre Burgos y Vizcaya donde se ha concentrado el mayor número de agresiones-, durante estos meses se han mezclado al menos dos clases bien diferentes de agresiones: las ya tradicionales atribuibles a perros asilvestrados y las muertes con agujeros. En estas últimas -reconocía el enviado especial de la revista dirigida entonces por José Antonio Campoy-, y a diferencia de lo que sucede con el chupacabras caribeño, el agresor no desangra totalmente a sus víctimas” [Sierra, 1996]. Es decir, que la variante vasca del chupacabras no chupaba la sangre. Sierra añadía que un portavoz de la Ertzaintza le había informado que la mayoría de los casos se referían a “mordeduras de perros”, que sólo uno de los animales había fallecido por un pinchazo en el cuello y que, en ningún caso, había aparecido el cuerpo seco, sin sangre. Lo más curioso no era esto, sino que este autor asumiera como propias las tesis policiales, las mismas que Cardeñosa tildaba de falsas. ¿A qué se debía?

No dudaba Sierra en su reportaje de que cien ovejas hubieran aparecido muertas en Las Encartaciones, pero llegaba a diferente puerto que su colega. “A diferencia del chupacabras americano no hay testigos que describan ningún ser bípedo con características extrañas -concluía-, ni sus víctimas han sido desangradas por completo. El único nexo de unión sólido entre el chupacabras americano y el pretendido espécimen ibérico es el método empleado en sus agresiones… que, más que hacernos sospechar de alguna extraña clase de animal, nos obliga a pensar en actividades humanas que se desarrollan al margen de la ley y de la ciencia”. Como siempre, este periodista -para quien el invento del transistor se basa en tecnología alienígena de un ovni estrellado en Roswell en 1947- rechazaba una fantasiosa hipótesis para asirse con sensacionalista desesperación a otra aún más rocambolesca.

Nada más leer ambos artículos, recordé haber visto en agosto una noticia acerca de muertes de ovejas en la zona de la que hablaban Cardeñosa y Sierra, así que llamé al delegado del periódico El Correo en Las Encartaciones para preguntarle por los hechos. “Me parece recordar que se dijo que las muertes podían deberse a rencillas entre ganaderos”, me advirtió. Tras pedirle una copia de la información publicada en la edición de la comarca, telefoneé al gabinete de prensa del Departamento de Interior para que me dieran su versión de los hechos. El agente de la Ertzaintza que me atendió me prometió que tendría la información solicitada en unos días; pero mis sospechas se empezaron a hacer realidad en cuanto llegó a mis manos una copia de la noticia publicada en el periódico en el que trabajo el 25 de agosto.

Javier Sierra, persiguiendo al chupacabras en Portugal.El título hablaba de “medio centenar de ataques al ganado”, la mitad que los censados por Sierra y Cardeñosa; el subtítulo llamaba la atención sobre un importante detalle: “Los afectados atribuyen las muertes a rencillas con ganaderos de otras provincias” [Domínguez, 1996]. José Antonio Bárcena, hermano del ganadero citado por Cardeñosa en Año Cero, decía haber perdido de mayo a agosto “más de 50 ejemplares”, a los que sumaba 30 de su hermano y otras 12 de los demás vecinos. El autor de la información, José Domínguez, no tomaba el testimonio del campesino como palabra de Dios, sino que lo ponía en cuarentena y prefería llevar al titular no las especulaciones numéricas de uno de los afectados, sino los casos denunciados ante la Policía vasca. El afectado, por su parte, estaba convencido de que las muertes de ovejas tenían su origen en “rencillas con los ganaderos de Burgos”. “El problema -apuntaba el periodista- radica en la ausencia de límites claros que marquen la frontera entre los pastizales de Burgos, Álava y Vizcaya”.

Cosas de perros

Cada vez más seguro de que estaba persiguiendo fantasmas, aproveché un rato libre para rebuscar en la biblioteca, entre los periódicos de la segunda quincena de agosto, la noticia que había alertado a Cardeñosa y Sierra. Cuando di con la información de El Mundo que les había atraído hasta Vizcaya, lo entendí todo: “Cien ovejas aparecen muertas en Vizcaya con un pinchazo en el cuello”. Allí estaba la mágica cifra, el número que ambos ufólogos habían dado por bueno, a pesar de que la Ertzaintza tenía constancia de menos de la mitad de casos, entre fallecimientos y desapariciones. “La gran parte de los pinchazos parecen ser de un animal con un solo colmillo, pero lo que está claro es que tiene que estar mandado por alguna persona que actúa por la noche”, indicaba Ricardo Bárcena al rotativo madrileño [Zaballa, 1996]. En la información, los afectados achacaban los hechos a un psicópata acompañado de un animal, y se hablaba de que medio centenar de ovejas de José Antonio Bárcena habían “resultado muertas de un pinchazo en el cuello y una de ellas degollada con un cuchillo”, y la yegua de su hermano -cuya muerte tanto había inquietado a Cardeñosa- “había aparecido muerta de un hachazo en el vientre”.

Lo que parecía evidente, según iba completando el rompecabezas, es que las misteriosas muertes -que no eran cien- estaban causadas tanto por mordeduras de cánidos como por pinchazos en el cuello. ¿En qué proporción? Tuve que esperar al informe policial para saber si los ensacionalistas titulares de Más Allá y Año Cero se correspondían a la realidad. Y ocurrió lo previsible: toda la historia de Cardeñosa y Sierra se fue abajo. No había misterio por ningún lado. Las muertes se debían, en su mayoría, a la acción de perros incontrolados -algunos de los dueños de los canes habían reconocido su responsabilidad-; sólo una había sido causada por un pinchazo en el cuello, y los periodistas esotéricos la habían multiplicado por cien.

Ni Cardeñosa ni Sierra destacaban en sus reportajes el carácter eminentemente rural de la comarca de Las Encartaciones, que linda con Burgos, Cantabria y Alava, y el problema que suponen el lobo y los canes asilvestrados para los ganaderos de la zona. De hecho, a principios de octubre de 1996, el entonces diputado de Agricultura de Vizcaya, Patxi Sierra-Sesumaga anunció un plan especial para acabar con los ataques del lobo a los rebaños en la zona occidental de la provincia y, en el año y medio siguiente, los ataques del lobo en la comarca se cobraron más de una veintena de ovejas, tres carneros y varios potros. De todo esto, obviamente, no se dijo nada ni en Año Cero ni en Más Allá, revistas para las que el único problema de Las Encartaciones era el chupacabras, un ser del que los ganaderos no sabían nada hasta que los expertos de turno llegaron a la zona dispuestos a convertir la muerte de una oveja en un ataque con cien lanudas víctimas y del que nunca después han vuelto a hablar. ¡Pura filfa, vamos!

Sierra iba más allá en su artículo y, basándose en las especulaciones de un tal Ramón Oroz, a quien presenta como investigador -en realidad, se trata de un aficionado a lo paranormal-, extendía los supuestos ataques del chupacabras hasta la localidad navarra de Falces, aunque advertía de que “los casos de muertes por agujero no se han prodigado demasiado en Navarra, donde incluso han surgido testigos que creen haber visto merodear a lobos por sus tierras”. Fíjense en la sutileza de la construcción sintáctica: el fenómeno extraordinario en Navarra es el lobo. Una tergiversación más, como puede comprobar cualquiera que esté al corriente de la realidad de la comunidad foral, donde el lobo dista de ser un desconocido. Pero es que, además, en abril de 1997 se constató la existencia de esporádicos ataques de buitres leonados a ganado vivo; un oso diezmó algunos rebaños en el Valle de Roncal durante la primavera de 1998; y los lobos multiplicaron meses después sus ataques a ovejas en la zona de Lerín. Algo que, cuando ocurrió en el Valle de Arán en 1997, se atribuyó a la osa Giva, reintroducida en el Pirineo por la Generalitat de Cataluña.

Un ‘asesino’ hispano

Lo que está claro, tras este somero recorrido por la vida y milagros del chupacabras, es que este ser existe en la imaginación popular y en las revistas pseudocientíficas, pero no en la realidad. “El chupacabras -según el veterinario Ramiro Ramírez, director del estudio realizado por la Universidad Autónoma Metropolitana de México- no es más que otro digno producto del pensamiento populachero [Bazán, 1996]. “Desde que apareció la fiebre del chupacabras -apuntó en 1996 el sociólogo Roger Bartra-, los sufridos mexicanos tuvieron otro tema de plática diaria, y luego, cuando se le restó gravedad, lo transformaron en un factor x, un recurso para el albur facilón y el chiste bobo, como representar a Carlos Salinas, que absorbe mucho del descontento popular”. En la actualidad, el mito ha remitido en México hasta tal extremo que la mayor parte de la ciudadanía cree que el vampiro extraterrestre es un invento del Gobierno o de Televisa para desviar la atención de los graves problemas del país. Todo esto, obviamente, ha sido sistemáticamente silenciado por las revistas esotéricas españolas, que, sin embargo, importaron el chupacabras en cuanto tuvieron la mínima oportunidad.

Recreación de un ataque del chupacabras.Que el salto trasatlántico del chupacabras haya sido uno de tantos engaños urdidos por los espabilados de turno, a partir de hechos más o menos ciertos y más o menos tergiversados, es totalmente compatible con la corta historia de este ser indudablemente hispano. Porque el chupacabras es un monstruo muy singular: actúe en Puerto Rico, México, Estados Unidos o España, sólo ataca a animales de ganaderos hispanos. Curioso, ¿no? Marvette Pérez, conservadora del Museo de Historia Americana de la Institución Smithsoniana, y de origen portorriqueño, no duda de que el chupacabras “parece ser un fenómeno caribeño, especialmente de las islas hispanas. Es parte de nuestro folclore. Es interesante que el chupacabras no se encuentre en las islas angloparlantes, y que sólo migre a lugares donde la población hable español” [Friedman, 1996].

Sus preferencias idiomáticas. Ése es el verdadero atractivo de este ser de leyenda nacido en Puerto Rico y cuya expansión hay que atribuir a la superstición campesina, los intereses políticos por desviar la atención de asuntos realmente graves, los lucrativos de los negociantes de lo oculto e Internet. Por primera vez, nos encontramos con un monstruo hispanoparlante, aunque, paradójicamente, no haya entrado todavía en el diccionario de la Real Academia Española.

El chupacabras, no obstante, no es el primer ser que surge en lo más profundo de Puerto Rico, sino que es el último -y el más famoso gracias a Internet- eslabón de una ya larga dinastía, que comenzó con el vampiro de Moca, que en los años 70 hizo de las suyas en el extremo oriental de la isla. Años después, el abuelo del chupacabras -al que el pueblo bautizó como comecogollos– se dedicó a devorar y dejar totalmente agostados los plataneros, mientras que su hijo –comepanties, lo llamaron- fue conocido como un insaciable consumidor de las medias que las mujeres ponían a secar en los colgadores. Con el chupacabras ya en la España de la posmodernidad, sólo nos queda una esperanza, que la especie continúe su evolución hasta el chupacaraduras y se extienda rápidamente por todo el mundo hispano.


Referencias

Bazán, Mercedes G. [1996]: ‘La fiebre del chupacabras’. El Correo (Bilbao), 8 de septiembre.

Cardeñosa, Bruno [1996]: ‘El chupacabras ataca en el País Vasco’. Año Cero (Madrid), Nº 75 (octubre), 40-42.

Carroll, Robert Todd [Fecha desconocida]: ‘Chupacabra’. En Carroll, Robert Todd: The skeptic’s dictionary.

Domínguez, José [1996]: ‘La Ertzaintza investiga medio centenar de ataques al ganado en Las Encartaciones’. El Correo (Bilbao), 25 de agosto.

Friedman, Robert [1996]: ‘The chupacabra becomes a recurring legend’. The San Juan Star (San Juan), 6 de mayo.

Matos, Claudio [1995]: ‘Descartan seres extraños sean autores muerte de ganado’. Efe (Puerto Rico), 31 de marzo.

Sierra, Javier [1996]: ‘¿Ha llegado el chupacabras a la Península Ibérica?’. Más Allá (Madrid), Nº 92 (octubre), 50-56.

Zaballa, Carlos [1996]: ‘Cien ovejas aparecen muertas en Vizcaya con un pinchazo en el cuello’. El Mundo (Madrid), 21 de agosto.

Texto de la charla ofrecida en noviembre de 1998 en el Instituto de América de Santa Fe (Granada), dentro del ciclo La America irracional.

Sierra se inspira en Chatelain para recontar el hallazgo de la máquina de Antiquitera, con errores incluidos

Cuenta Javier Sierra en el editorial del último número de la revista Más Allá -de la que fue director y es consejero editorial- cómo fue el hallazgo de la máquina de Antiquitera, cuán importante es para él lo que han averiguado los científicos recientemente y -en una nota aparte- cómo “le sorprende la certeza con la que (Maurice Chatelain) resolvió en 1978 el enigma”, en su libro Nuestros ascendientes llegados del cosmos.

El fragmento más grande de la máquina de Antiquitera.“No me es difícil imaginarme la situación”, comienza diciendo respecto a las circunstancias que rodearon el descubrimiento del aparato en un pecio en el Egeo en 1900. Y, seguidamente, narra dos inmersiones a cargo de pescadores de esponjas, el saqueo del barco naufragado, el traslado de las piezas supervivientes al Museo Arqueológico Nacional de Atenas y cómo, en esa institución, “en 1902, entre aquel batiburrillo de restos fechados en el siglo I aC, un estudiante de arqueología, Valerio Stais, se fijó en lo que parecía un mecanismo de relojería del tamaño de una caja de zapatos”. El autor de Roswell, secreto de Estado explica que Stais concluyó que se encontraba ante “una calculadora astronómica” y que “la ciencia se burló del joven. Y sonrió cuando en las décadas siguientes otros pusieron sus ojos en aquellos restos. Sencillamente, era imposible que alguien hubiera creado un reloj tan perfecto antes del siglo XVII. Pero lo cierto es que allí estaba”.

“A finales del pasado mes de noviembre el misterio comenzó a desvelarse -escribe Sierra-. Las revistas Science y Nature publicaron sendos informes confirmando lo que Valerio Stais supuso: que aquella caja de zapatos era una especie de PC del mundo antiguo. Con esas publicaciones se ha dado un paso de gigante a favor de algo que venimos sosteniendo desde hace lustros en estas páginas: que en la Antigüedad hubo tecnología. Incluso alta tecnología”. En un pequeño recuadro, el consejero editorial de Más Allá recuerda que Maurice Chatelain, “uno de los ingenieros del programa Apollo“, escribió en 1978 respecto a la máquina en Nuestros ascendientes llegados del cosmos: “Era un calculador, probablemente fabricado en Rodas por una astrónomo y matemático célebre llamado Geminos, alumno de Posidonio, que vivió entre los años 135 y 51 antes de nuestra era”.

Editorial de Javier Sierra en 'Más Allá' sobre la máquina de Antiquitera.No me extraña que a Sierra le sea fácil imaginarse cómo fue el hallazgo que narra, ya que lo que hace es un resumen de lo que cuenta Chatelain en su libro, incluido algún revelador error. Porque, aunque quede muy bonito de cara a la galería, Valerios -no Valerio, como le llama el novelista español- Stais no era, a principios del siglo XX, un estudiante de Arqueología, ni tampoco joven, como apunta Sierra y escribió hace casi treinta años Chatelain, quien también se confundió en el nombre del protagonista de la historia. En 1902, Valerios Stais tenía 45 años y llevaba ya 15 como director del Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Vamos, que no se trataba de ningún jovenzuelo intrépido que se enfrentara al establishment, como pudiera pensar cualquiera que leyera a Chatelain en 1978 y a Sierra ahora.

Tampoco “la ciencia se burló del joven” (que no lo era), como sostiene el editorialista de Más Allá, ni pasó del estudio de los restos del pecio. Como ya contamos aquí, los primeros resultados científicos que apuntan a la máquina de Antiquitera como una calculadora astronómica datan de los años 50 del siglo pasado, fueron obra de el físico e historiador de la ciencia Derek J. de Solla Price, se publicaron en la revista Scientific American y a ellos se refiere Chatelain en el libro del que bebe Sierra. Por tanto, no puede sorprender a nadie que, en 1978, el autor de Nuestros ascendientes llegados del cosmos se refiriera al aparato como a un “calculador astronómico”: lo había dicho De Solla Price veinte años antes. Por cierto, Chatelain se presentaba como ex ingeniero de la NASA -Sierra le cita como ingeniero del programa Apollo– y figura en numerosos sitios de Internet como “jefe de comunicaciones” de la agencia espacial estadounidense durante el primer alunizaje, cuando en realidad fue un ingeniero de bajo nivel de una empresa de Los Ángeles subcontratada por la NASA y su historial como jefe de comunicaciones es tan cierto como que Valerios Stais era un estudiante cuando descubrió la máquina de Antiquitera. Tampoco es verdad que los recientes avances en el conocimiento de la máquina se hayan publicado en Science y Nature; sólo han aparecido en la segunda, lo que no es poco, pero demuestra cuán fiable es la información que maneja el novelista español.

Javier Sierra fue el principal 'padrino' de la falsa autopsia de Roswell en España. Foto: Fernando Gómez.Sierra cuenta la misma historia que Chatelain a finales de los años 70 -qué hay de cierto y de ficción en el relato original es difícil de saber- y la presenta como fruto de su imaginación, habla de un veterano arqueólogo como si fuera un pobre aprendiz y atribuye a un vendedor de misterios la resolución de un enigma que, en realidad, nunca solucionó y sobre el que se limitó a repetir lo que decían los científicos respecto a su finalidad y añadió luego tonterías de su propia cosecha. Porque Chatelain no veía en la máquina de Antiquitera un producto del ingenio griego, tal como sostenía De Solla Price y mantienen los científicos del Proyecto de Investigación del Mecanismo de Antiquitera (AMRP). Para el autor de Nuestros ascendientes llegados del cosmos -libro en el que se defiende que somos producto de experimentos genéticos de extraterrestres que nos civilizaron-, “el aparato de Rodas -como llamaba Chatelain a la máquina- y aquél que sirvió de modelo para el mismo son vestigios salvados por milagro de la destrucción de una civilización muy antigua”, que vivió hace decenas de miles de años. Una de esas civilizaciones que los mercaderes de lo oculto se sacan de la manga para aderezar sus falsos misterios y llenar páginas de revistas como Más Allá.

Leonardo y la sábana santa: una historia de moda

Autorretrato de Leonardo da Vinci.Galileo Galilei (1564-1642) es “el santo patrón (¡pobre hombre!) de todos los chiflados autocompasivos”, dejó escrito Isaac Asimov en 1977 en su corolario. El padre de la astronomía es un fetiche para los vendedores de misterios, quienes argumentan que, como ellos, Galileo también fue un incomprendido por decir aquello de que la Tierra gira alrededor del Sol. Lo que siempre se les olvida a ufólogos, parapsicólogos e historiadores alternativos es que el sabio de Pisa no fue condenado por parte de la ciencia, sino de la religión; que las inquisiciones son promovidas por quienes creen, no por quienes no creen.

Los tiempos cambian y los comodines de los mercaderes de lo oculto también. De un tiempo a esta parte, y sobre todo tras el sorprendente -¡porque la novela es mala de narices!- éxito de El código Da Vinci, le ha tocado el turno a Leonardo da Vinci (1452-1519), el genio del Renacimiento al que debemos obras de arte como La Última Cena y La Gioconda, estudios de anatomía y un gran número de inventos que sólo lo fueron sobre el papel. Los charlatanes de este comienzo de siglo siguen proclamándose galileos, pero es Leonardo el personaje que ahora reina en las portadas de las revistas esotéricas y de los ensayos y novelas dedicados a explotar conspiraciones que nunca existieron, como la del Priorato de Sión y la descendencia secreta de Jesús y María Magdalena.

Portada del número 212 de 'ForteanTimes'.Para muestra, el último número de la revista británica Fortean Times, publicación que debe su nombre a Charles Fort (1874-1932). Periodista estadounidense, Fort dedicó treinta años a recopilar noticias de hechos extraños -desde lluvias de ranas hasta apariciones fantasmales- que reunió en 40.000 fichas guardadas en cajas de zapatos. Fortean Times se presenta este mes en su portada con una recreación de La Última Cena presidida por un Jesús al que acompañan a la mesa Pablo Picasso, Charles de Gaulle, Rudolf Hess, Orson Welles, Pierre Plantard de Saint-Clair -el inventor del Priorato de Sión- y un Leonardo que estrangula -y no me extraña- a Dan Brown. Además de defender a estas alturas la historicidad del Priorato de Sión, el reportaje de portada, obra de Lynn Picknett y Clive Prince, reivindica una de esas historias con la que el moderno esoterismo ha vinculado al genio de Vinci y que, de ser cierta, supondría un duro revés para la Iglesia católica y buena parte de la comunidad creyente.

Las fuentes de una ‘teoría’

Picknett y Prince son dos escritores de libros esotéricos que están haciendo su agosto gracias al éxito de El Código da Vinci y que han protagonizado un cameo en la película homónima. De uno de sus libros –La revelación de los templarios (1997)-, Brown bebió hasta reventar, y eso les ha devuelto a la actualidad y ha hecho que se reediten sus obras. Una de las que aún no ha reaparecido en las librerías españolas es El enigma de la sábana santa. La revelación de una verdad escandalosa (1994), que acaba de reeditarse en el Reino Unido bajo el más comercial título de Turin Shroud: how Leonardo da Vinci fooled History. Como ya habrán adivinado, en este libro, los autores vinculan a Leonardo con la falsa reliquia más famosa de la cristiandad: sostienen no sólo que la fabricó, sino también que él es el retratado. Cómo surgió esta tesis -con perdón-, tiene su miga.

Los autores de El enigma de la sábana santa asumieron, a principios de los años 90, que todo lo contado en El enigma sagrado (1982) es cierto. Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln decían en su libro, un bestseller esotérico de la época que ha sido la principal fuente de Brown, que Leonardo fue uno de los grandes maestres del Priorato de Sión, guardianes del secreto de la estirpe de Jesús y María Magdalena. Picknett y Prince se apoyaron sobre esos cimientos para levantar su edificio argumental, que cobró vuelo gracias a un comunicante misterioso, un tal Giovanni que seguramente nunca ha existido y que en una serie de cartas les habría informado de la participación del genio en el montaje del sudario de Turín.

'El enigma sagrado', de Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, es la obra que está detrás de la 'fiebre da Vinci'.Pero la auténtica revelación no fue la de Giovanni, sino que se produjo de una manera mucho más acorde con los tiempos actuales, en los que una modelo o un futbolista pueden ser líderes de opinión y un país paralizarse por la agonía y muerte de una folclórica. Picknett se sorprendió en una tienda de Londres al darse de bruces con una postal con un retrato de Leonardo que al final no era tal, sino una reproducción del rostro del hombre de la sábana santa. ¡Y se hizo la luz! La escritora corrió a ver a su socio, quien inmediatamente comprendió la trascendencia del hallazgo. Ambos fueron conscientes de que precisaban de una confirmación independiente y autorizada. “Necesitábamos alguna corroboración por parte de alguna persona desconectada por completo y sin ninguna preocupación por el mundo del sudario”, dicen en el libro.

La fortuna quiso que, por aquella época, Picknett colaborara en una revista femenina. No, no sean mal pensados: no fue a la redacción a preguntar a las periodistas quién era el hombre de la postal. Lo que hizo fue mucho más inteligente. ¿Que por qué digo que fue más inteligente? Porque muy posiblemente ninguna redactora -ni redactor, que en la ineptitud tampoco somos distintos un sexo de otro- de una revista femenina hubiera identificado a principios de los años 90 a Leonardo da Vinci en uno de sus autorretratos. Picknett cogió la postal del hombre de la sábana y un retrato de Leonardo, y se metió ¡en el vestuario de las modelos que preparaban una sesión fotográfica! “La respuesta fue instantánea y gratificante en extremo”, recuerda en El enigma de la sábana santa. De las quince interrogadas, trece respondieron que las dos imágenes correspondían al mismo hombre, una pasaba del tema y otra reconocía al personaje de la sábana porque era católica.

Picknett y Prince ya tenían la prueba definitiva: ¡el dictamen de un grupo de modelos confirmaba que el hombre de la sábana santa es en realidad Leonardo da Vinci! Coincidirán con ellos y conmigo en que, si algún gremio sabe de trapos, es el de las modelos. A partir de ese momento, intentaron explicar cómo y por qué fabricó Leonardo la reliquia. Y demostraron, a su manera, que el artista pudo hacerla recurriendo a algo que hoy nos es muy familiar y en lo que es un maestro Mauricio-José Schwarz, coordinador de esta mesa redonda. Sí; me refiero a la fotografía. Leonardo, argumentan, describió algo muy parecido a la cámara oscura en uno de sus escritos reunidos en el Codex Atlanticus y pudo identificar y aprender a usar las sustancias químicas sensibles a la luz necesarias para fijar imágenes en un soporte. Pudo o no pudo.

Los motivos del genio

El rostro de la sábana santa.¿Y por qué hizo la sábana? “Puede haber una razón sencilla: Giovanni dijo que Leonardo había sido encargado por el propio papa para que preparase otro santo sudario mejor, con el que atraer a las multitudes. También dijo, sin embargo, que no fue Leonardo el primer elegido para ello y que otros, como Miguel Ángel (1575-1564), habían declinado el encargo. No sabemos si esa historia es o no cierta; pero por aquel tiempo las historias de corrupción de la Iglesia eran un lugar común”, argumentan los autores. Falazmente, porque la existencia de corrupción en el Vaticano no confirma en sí misma la historia del santo sudario. De todo esto, concluyen que Leonardo hizo la sábana y que, encima, al autorretratarse consiguió que millones de personas -incluido el papa Juan Pablo II- acabaran venerando su imagen como la de un dios durante siglos. Picknett y Prince presentan en su libro una réplica de la sábana santa hecha a partir de material de la época de Leonardo y mediante la impresión fotográfica, pero eso no demuestra nada. También podían haber construido un planeador de madera, hacerlo volar y decir que Leonado consiguió tal logro, cuando los primeros que lo hicieron fueron los hermanos Wilbur y Orville Wright hace poco más de cien años.

El descubrimiento de Picknett y Prince se basa en pruebas circunstanciales, tal como ellos mismos admiten en el último número de Fortean Times, donde, sin embargo, se mantienen en sus trece. Siguen sosteniendo que Leonardo fabricó la sábana santa y, para ello, presentan una nueva prueba: se trata de la comparación del rostro del hombre de la sábana con el del Salvator Mundi, un Jesús pintado por el artista en 1513. Casan perfectamente, sostienen. Y añaden que eso, unido a que el Jesús de Leonardo también encaja con otro pintado en 1935 por Ariel Aggemian inspirándose en el rostro de la sábana, confirma que el genio del Renacimiento está detrás del sudario de Turín. Ustedes seguro que sospechan ya otra cosa, que es posible que Leonardo -como Aggemian- se inspirara en la falsa reliquia, ya famosa en su época, a la hora de pintar un retrato de Jesús. Nuestros agudos investigadores dan carpetazo a esa posibilidad diciendo que, si Leonardo hubiera visitado la sábana, habría constancia de ello. ¿Desde cuándo la ausencia de prueba es prueba de ausencia?

Comparación entre el rostro de la sábana y el 'Salvator Mundi' de Leonardo.El análisis del carbono 14 dejó claro, hace dieciocho años, que la sábana de Turín data en del siglo XIV, así que no pudo envolver el cuerpo de Jesús. Las pruebas hechas en tres laboratorios de Estados Unidos, Reino Unido y Suiza dataron “el lino del sudario de Turín entre 1260 y 1390 (±10 años), con una fiabilidad del 95%”. Ese resultado se publicó en la revista Nature, en febrero de 1989 y hasta hoy nadie ha demostrado que sea erróneo. Pero eso da igual a los sindonólogos y a los vendedores de misterios. Los primeros han llegado a inventarse declaraciones de un premio Nobel para desacreditar las pruebas de 1988; las afirmaciones de los segundos se cuentan por mentiras. Celestino Cano, presidente del Centro Español de Sindonología (CES) en 1989, dijo entonces que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”.

Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que realizaron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada. El problema, ay, es que Libby había muerto nueve años antes, cuando nadie contemplaba la posibilidad de que la Iglesia permitiera ese tipo de prueba destructiva. A no ser, claro, que los miembros del CES supieran de la opinión del científico en una sesión de espiritismo.

Picknett y Prince admiten que no hay ninguna prueba histórica de la existencia de la sábana santa antes de 1350, cuando aparece en la localidad francesa de Lirey, y que el veredicto del carbono 14 deja claro que la reliquia fue fabricada en la Edad Media. Que Leonardo no naciera hasta 1452 es un problema menor para su tesis porque los tres laboratorios implicados en el análisis del radiocarbono apuntaron que, con un 99,9% de fiabilidad, la sábana fue confeccionada entre 1000 y 1500. Esa ampliación del paraguas temporal cubre la hipótesis Leonardo, aunque de forma insuficiente, ya que se trata sólo de una posibilidad, apunta a un posible cambiazo de la tela no documentado y a un complot vaticano del que tampoco hay ninguna prueba. Así pues, ¿qué tenemos para defender la idea de que Leonardo es el artífice del sudario de Turín? Un montón de pruebas circunstanciales; nada.

La tontería cátara

No quiero acabar sin dedicar atención a otro reciente gran éxito editorial basado en la tergiversación de la figura de Leonardo: La cena secreta, obra del ufólogo -ahora metido a novelista- Javier Sierra. No les voy a reventar la novela. Allá ustedes si quieren leerla. Les voy a demostrar sólo cómo Sierra es tan fiable cuando habla de Leonardo como cuando defiende que en Roswell se estrelló un platillo volante en 1947, cuando da crédito a una fraudulenta autopsia a un extraterrestre y cuando sostiene que el transistor es un invento basado en tecnología alienígena.

'La Última Cena', de Leonardo da Vinci.

Afirma el novelista que nuestro protagonista fue el último cátaro. Los cátaros creían el universo estaba compuesto por dos mundos en conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material obra del Diablo, y no creían en Jesús como la divinidad encarnada. “Los cátaros, por ejemplo, pensaban que Jesús era un hombre, no un Dios y aquí aparece como hombre -dice Sierra refiriéndose a La Última Cena-; los cátaros no comían carne y en el cuadro no aparece el típico cordero; ellos no tenían sacramentos y por eso no aparece el Cáliz; a Leonardo en tres cuartas partes de su vida nunca se le conoció pareja y los cátaros rechazaban las relaciones sexuales; los cátaros, al igual que Da Vinci, siempre vestían de blanco; los cátaros rechazaban la cruz como símbolo del cristianismo y el artista nunca pintó una cruz, una cosa muy rara en la época. Hay muchas pistas de que Leonardo perteneció a esta herejía y de que la obra que pintó en la sede de los dominicos en Milán fue la burla pictórica más gigantesca de todos los tiempos”.

Vayamos por partes. Cuando Sierra dice que, en La Última Cena, Jesús aparece como hombre y no como Dios da como principal argumento la carencia de halo, elemento que está ausente en muchas obras de Leonardo. ¡A ver si va a tener razón y va a ser el de Vinci un hereje…! “¿Es sorprendente que en el cuadro no existan los típicos halos de santidad? Pues, si es así, hay un montón de misterios en el mundo de la pintura porque, por ejemplo, en La Última Cena de Lovaina, obra de Bouts -anterior en algunos años a la pintura de Leonardo-, ya no aparecen. Sencillamente, en este momento se asiste a un intento de aproximar las representaciones de escenas religiosas al espectador y Leonardo se suma a esta corriente”, explica José Luis Calvo. El historiador palentino indica en un interesantísimo texto que hay halos en la segunda versión de La Virgen de las rocas porque en este cuadro intervino otra mano; pero que, para encontrarlos en Leonardo, “tendríamos que retrotraernos a las obras juveniles”.

El famoso San Juan Bautista, de Leonardo, con rasgos andróginos y el cayado en forma de cruz.No es éste el único detalle que pasa por alto Sierra, quien rivaliza en rigor con Dan Brown. Que no aparezca carne en La Última Cena es algo circunstancial; pero que no se vean restos del sacramento de la eucaristía no. No hay cáliz, no hay Santo Grial, porque el cuadro pretende captar no el momento de la instauración de la eucaristía, sino el del Evangelio de Juan en el que Jesús anuncia a los apóstoles que uno de ellos le va a traicionar. En ese evangelio, no hay ninguna referencia a la eucaristía, a diferencia de los otros tres canónicos. Que a Leonardo no se le conociera pareja y vistiera de blanco significa bien poco, y es mentira que nunca en su vida pintó una cruz. Sin ir más lejos, en una de sus últimas obras, el San Juan Bautista, el profeta lleva una cruz.

Cuando son reales, las pruebas de Sierra son tan circunstanciales como las de Picknett y Prince. Si éstos olvidan cuando les conviene que la sábana santa era ya famosa a mediados del siglo XIV, cien años antes del nacimiento de Leonardo, aquél pasa por alto que el último prefecto cátaro, Guillaume Bélibaste, murió a principios del siglo XIV, dos siglos y medio antes del natalicio del autor de La Última Cena. Son detalles que podrían fastidiar un negocio que precisa de montones de pruebas circunstanciales para ocultar que no hay ninguna que realmente merezca ser considerada como tal.

Leonardo fue un genio con sus luces y sus sombras, como todo ser humano. Y su personalidad y obra tuvieron tan poco que ver con lo que venden los traficantes de misterios como Nostradamus con la caída de las Torres Gemelas y con una profetizada victoria de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania.

Intervención en la mesa redonda Recuperando a Da Vinci, una perspectiva escéptica, celebrada el 12 de julio de 2006 dentro de la XIX Semana Negra de Gijón.

La autopsia de Roswell: Javier Sierra y la conspiración

Adelantaba hace un par de semanas aquí que, a raíz de la confesión de uno de los autores de la falsa película de la autopsia de Roswell, su principal promotor en España, Javier Sierra, seguramente reescribiría de algún modo el pasado para camuflar su papel en el montaje. ¡Ya lo ha hecho! En el editorial del número de junio de Más Allá, que escribe en calidad de consejero editorial de la revista, advierte a los lectores de que “nos quieren distraer” y de que, detrás de la coincidencia temporal entre la confesión del fraude de la película de 1996 y las conclusiones del último estudio oficial del Gobierno británico, hay una conspiración.”Fue la divulgación de una filmación que supuestamente mostraba la autopsia a un extraterrestre accidentado en Roswell en 1947 la que casi enterróel misterio, desacreditándolo mortalmente”, argumenta el novelista y ufólogo, quien añade que, “ahora, las viejas excusas militares (se refiere a la conclusión de que nada extraterrestre se oculta tras los ovnis) y la película de las autopsias vuelven. Lo hacen a la vez y en un mismo escenario, el Reino Unido. Y ni qué decir tiene que tan extraña sincronicidad ha desatado ya algunas alarmas”. No especifica qué alarmas son las que se han disparado ni entre quiénes, porque lo único que persigue es echar balones fuera.

Javier Sierra defendió en 1995 la autenticidad de la película de la autopsia, que, según él, suponía un reto para los científicos.Que el consejero editorial de Más Allá se lamente del flaco favor que hizo a la ufología la publicidad dada a la película de la autopsia de 1995 demuestra que tiene una cara más dura que la de los moais de la isla de Pascua. Quien hace once años se dedicó en cuerpo y alma a publicitar la falsa filmación fue él. Tanto en los artículos de la revista en la que entonces trabajaba, Año Cero, como en el libro Roswell: secreto de Estado, Sierra defendió que la cinta era auténtica, que los extraterrestres estaban vivos cuando los rescataron de entre los restos del platillo accidentado y que el caso Roswell suponía un auténtico “jaque a la ciencia”. Ahora, cuando ha quedado claro lo que algunos decíamos entonces -que todo fue un fraude perpetrado por Ray Santilli con premeditación y alevosía-, el ufólogo alicantino se saca conspiraciones de la manga para desviar la atención de sus lectores sobre la realidad: él fue uno de los promotores del montaje, él fue uno de los beneficiados del engaño, él fue uno de los que vendieron al público gato por liebre.

La ufología no necesita nadie de fuera que la desacredite. Se bastan y se sobran para la tarea ufólogos de feria como Sierra, proclives a convertir en marciano un muñeco y a agarrarse luego a conspiraciones inventadas para esconder lo que está en las hemerotecas. Qué paradoja que el novelista titule su editorial “Nos quieren distraer”, que culpe a terceros de lo que él trata de hacer respecto a su verdadero papel en el negocio de la película de la autopsia de Roswell.

Un cirujano psíquico en Telecinco

El traslado a formato digital de la videoteca me ha permitido recuperar algunas joyas, de las que hoy traigo aquí parte de uno de los episodios más vergonzosos de la televisión paranormal española. Ocurrió el 22 julio de 1993 en Otra Dimensión, programa que dirigía Félix Gracia en Telecinco. El protagonista fue un carpintero inglés, de nombre Stephen Turoff, que decía caer poseído por un médico alemán fallecido en 1912, el doctor Kahn, y practicar en trance operaciones de cirugía psíquica; es decir, sin bisturí, sin anestesia y sin dolor, sin dejar cicatriz y extrayendo del cuerpo lo que haga falta. Sobra decir que la cirugía psíquica es uno de esos repugnantes montajes para sacar dinero a gente desahuciada o víctima de enfermedades crónicas incurables. Pues bien, hace trece años, Gracia, fundador y entonces editor de la revista Más Allá, puso su programa de televisión al servicio del estafador de Turoff y el resultado fue lo que en aquella época -¡no sabían lo que vendría después y ahora sufrimos!- la crítica consideró la cota más alta de telebasura.

¿Qué fue lo que hizo el carpintero? Se transformó ante las cámaras den el médico fallecido, para lo cual, se quitó las gafas, frunció el ceño y se puso a cojear. A partir de ese momento, comenzó a curar pacientes en directo. El caso más llamativo fue el de una mujer, Isabel González Durán, que dijo haber recuperado la vista tras la intervención del charlatán y que la cadena de televisión vendió como un milagro, diciendo que la agudeza visual de la enferma había pasado del 10% anterior al programa al 80% posterior en el ojo izquierdo y del 30% al 95% en el derecho. Un detalle tonto, del que se olvidó el equipo de Otra Dimensión –incluido el hoy novelista Javier Sierra, que era uno de los guionistas-, es que la mujer había sido intervenida de un glaucoma en el hospital Gregorio Marañón en 1986 y que su agudeza visual no había dejado de mejorar desde ese momento, tal como constaba en informes médicos que la cifraban ya en el 60% en octubre de 1992.

Los dos momentos más repulsivos del programa -que pueden ver aquí– tuvieron como víctimas a dos niños paralíticos cerebrales, cuya desgracia los responsables de Otra Dimensión y Turoff convirtieron en espectáculo. Vean, escuchen a la traductora y al propio Gracia, y comprueben hasta qué punto pueden llegar algunos desaprensivos. Curiosamente, los responsables de la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE), entidad que era en 1993 uno de los principales accionistas de Telecinco, no se pusieron en manos de Stephen Turoff para recuperar la vista. El carpintero cobraba hace trece años 4.000 pesetas por consulta -unos 24 euros- y en la hora que duró el espectáculo televisivo atendió a veinticuatro personas, con lo que es fácil suponer que lo suyo es un gran negocio. Sus víctimas son personas que se encuentran en situaciones límite o deseperadas a las que engaña y estafa, como hizo en 1993 con los padres de los dos niños paralíticos cerebrales a los que pasó consulta ante las cámaras de televisión.