Religión

Vade retro, Satanás

Walter H. Halloran, en 1972.El último sacerdote vivo implicado en los hechos en los que se basó William Peter Blatty para su novela El exorcista murió el 1 de marzo de 2005 en Wisconsin, Estados Unidos. Se llamaba Walter H. Halloran, tenía 83 años y era jesuita. En 1949, cuando estaba en el seminario, auxilió al padre William Bowdern en lo que años después, gracias al cine, se convirtió en el más famoso combate de un hombre con el Maligno.

El exorcista es un fenómeno cultural contemporáneo”, sostiene el escritor estadounidense Mark Opsasnick, que a finales de los años 90 se sumergió en la historia para desentrañar lo que había de realidad en ella. La novela llegó a las librerías en 1971 y fue un éxito de ventas. Dos años después, William Friedkin trasladó el duelo entre los padres Merrin y Karras y Satanás a la pantalla grande. La truculencia de varias escenas -la cabeza de la joven poseída girando locamente, su rostro plagado de llagas, los vómitos…- echó a algunos espectadores de las salas de proyección, donde hubo más de un ataque de histeria. Lo más sobrecogedor, no obstante, era que la historia de la pequeña Regan estaba basada en hechos reales.

El comienzo

Blatty aseguraba que El exorcista se había inspirado en una noticia que había leído en 1949, cuando estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad de Georgetown. La había publicado The Washington Post y estaba protagonizada por un adolescente de 14 años de un barrio humilde de Mount Rainier (Maryland), al que unos sacerdotes católicos habían liberado de Satanás. Uno de los religiosos había llevado un diario de los hechos, al que el novelista tuvo acceso.

Escena de la película 'El exorcista'.El poseído -identificado como Roland Doe (Rolando Nadie) para respetar su intimidad- fue objeto de un exorcismo oficiado por el padre Albert Hughes en el Hospital Universitario de Georgetown. Pero este primer ritual no dio el resultado deseado. Cuando el cura recitaba plegarias para expulsar al Diablo, el joven le hirió en un brazo con un muelle del colchón. El sacerdote sufrió una crisis nerviosa y, poco después, murió. El exorcismo definitivo corrió a cargo del padre Bowdern y se celebró en el Hospital de los Hermanos Alexianos, en San Luis. Los sacerdotes Raymond Bishop, autor del diario, y Walter H. Halloran asistieron al exorcista mientras el adolescente, muy violento, gritaba, maldecía y blasfemaba.

Entre octubre de 1997 y octubre de 1998, Mark Opsasnick se propuso averiguar si la historia real difería de la popular en aspectos claves, además del sexo y la edad del protagonista: el chico de 14 años que en El exorcista era una chica de 12. Pasó “cientos de horas charlando con los vecinos más viejos de Mount Rainier”, y llegó a hablar con Halloran y con el menor, aunque no reveló su identidad. Los resultados de la investigación vieron la luz en Strange Magazine, una revista estadounidense, y una versión resumida se publicó en la británica Fortean Times.

La realidad

Lo primero que constató Opsasnick es que la historia había ocurrido en Maryland, pero no en Mount Rainier, sino en Garden City, en el seno de una familia luterana de origen alemán que tenía un hijo de 14 años, al que él llama Rob Doe. Los fenómenos extraños comenzaron pocos días después de que en la casa empezaran a jugar con la güija, la tabla con el alfabeto usada por los espiritistas parta contactar con el Más Allá.

El 18 de enero de 1949 se empezó a oír ruido de arañazos en el cuarto del joven, donde la cama se movía y los objetos salían disparados por los aires. El adolescente creía estar poseído. Nueve días después, moría de esclerosis múltiple a los 54 años tía Tilly, la mujer que había iniciado a la familia en el espiritismo. A partir de ese momento, la madre de Rob no tuvo muy claro si detrás de la posesión de su hijo estaba el Diablo o la pariente fallecida. Preocupados, los padres mandaron al niño a pasar una noche con un pastor evangelista, que acabó llamando a un médico que recetó fenobarbital -un sedante- a toda la familia.

A finales de febrero y principios de marzo, Rob permaneció ingresado tres días en el Hospital Universitario de Georgetown, pero allí nadie le exorcizó. El, según la leyenda, infortunado padre Hughes intentó bautizarle, aunque no tuvo éxito. Y no hubo una agresión ni el cura murió poco después: falleció en octubre de 1980 después de una larga vida en activo. El padre Bowdern y sus ayudantes entraron en escena el 9 de marzo y el exorcismo se practicó en abril. Nada en él se pareció a lo contado por Blatty.

Aparecieron estigmas sin significado en el cuerpo del poseído; pero no puede descartarse que se autolesionara. Ni el joven habló otras lenguas que el inglés, ni cambió su tono de voz, ni hizo gala de una fuerza extraordinaria, según reconoció el padre Halloran en 1997 a Opsasnick, quien está convencido de que Rob no estaba endemoniado, sino que sufría “de algo que la moderna psiquiatría podía haber diagnosticado correctamente”. “La creencia en las posesiones florece en épocas y lugares donde impera la ignorancia sobre las enfermedades mentales”, indica el investigador Joe Nickell, para quien Satanás ha ido retrocediendo según ha avanzado la psiquiatría. De hecho, el Maligno sólo posee a quienes creen en él.


El tirón del “basado en hechos reales”

William Peter Blatty fue uno de los pioneros en aprovechar la leyenda “basado en hechos reales” para atraer la atención del público. Nadie duda de que parte del éxito del El exorcista radicó en lo sobrecogedor que resultaba para el público que en lo plasmado en el libro y en lo vivido en la pantalla por Linda Blair hubiera algo de realidad. El gancho funcionó y pronto fue aprovechado por otros escritores y productores cinematográficos. Así, un año después del estreno de El exorcista, los productores de La matanza de Texas utilizaron el mismo reclamo. Falso, claro.

El código Da Vinci, de Dan Brown, es un ejemplo de novela de éxito inspirada en una realidad inventada o tergiversada. Y Juan José Benítez publicitó durante años su saga Caballo de Troya, en la que unos astronautas viajan en el tiempo hasta la época de Jesús, como basada en unos documentos secretos del Ejército de Estados Unidos. Inexistentes, por supuesto.


La película

El exorcista (EE UU, 1973).

Director: William Friedkin.

Guionista: William Peter Blatty, que adaptó su novela de 1971 del mismo título.

Protagonistas: Ellen Burstyn (Chris MacNeil), Max von Sydow (padre Merrin), Jason Miller (padre Damien Karras) y Linda Blair (Regan MacNeil).

Estreno: 26 de diciembre de 1973.

Premios: Oscar al mejor guión adaptado y al mejor sonido (estuvo nominada en diez categorías).

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Los cascotes de la Biblia

Las murallas de Jericó no se desplomaron a los sones de trompetas y Juan Bautista no vivió en la cueva de Israel que se ha presentado como el sitio en el que inició a muchos seguidores. Lo primero no ocurrió y lo segundo, de pasar, no hay pruebas de que sucediera en la gruta que se ha dicho. Historiadores como Israel Finkelstein y Neil A. Silberman, autores de La Biblia desenterrada (2001), achacan el derrumbamiento de las defensas de Jericó a la propaganda política del siglo VII antes de Cristo (aC), cuando el reino de Judá reescribió el pasado para legitimar sus afanes expansionistas. Y no hay que ser un experto para intuir que ha sido una conjunción del ansia de titulares de unos arqueólogos y la sequía de noticias agosteña la que ha dado en 2004 un hogar al profeta.

“Juan Bautista, que era apenas una figura de los Evangelios, cobra vida nuevamente”, decía el 21 de agosto Simon Gibson, director de la excavación de la cueva de Ein Kerem, situada a las afueras de Jerusalén. El arqueólogo británico y su equipo han dedicado tres años al vaciado de la cavidad, rellena casi totalmente de tierra y rocas. Han recuperado 250.000 fragmentos de cerámica y descubierto en las paredes grabados de época bizantina -del siglo IV o V- que, en su opinión, contarían la historia de Juan Bautista. Al fondo de la gruta, hay una piscina en la cual Gibson cree que el profeta del Nuevo Testamento bautizó a algunos seguidores.

Reliquias en Tierra Santa

El patriarca de Jerusalén, Diodorus I, bendiciendo en 1997 una piedra en la que se dice que se sentó la Virgen camino de Belén.La idea de que en esa cueva celebró el Bautista ritos iniciáticos tiene, para los expertos consultados por este periódico, tanta solidez como la de que Jesús de Nazaret navegó en una barca cuyos restos se descubrieron en el mar de Galilea en 1986. No hay prueba alguna que ligue la gruta de Jerusalén a las actividades bíblicas del Bautista como tampoco la hay de que en la embarcación de Galilea montara el fundador del cristianismo o de que en una piedra, desenterrada en 1997, se sentara a descansar la Virgen María cuando iba a Belén a dar a luz, a pesar de lo cual la roca fue bendecida hace siete años por el patriarca de Jerusalén, Diodorus I. “La información que se ha publicado dice, hacia el final, que la cueva se usaba en el periodo bizantino y que la imagen fue supuestamente grabada por un monje. ¡Esto significa que la figura se hizo unos 500 años después de los días de Juan Bautista! Puede ser o no una imagen de ese personaje, pero, en cualquier caso, no estamos ante restos ligados a él, como han sostenido los engañosos titulares de prensa”, ha indicado Ze’ev Herzog, arqueólogo de la Universidad de Tel Aviv, al autor de estas líneas.

El historiador Neil A. Silberman destaca que “en Tierra Santa existe una auténtica industria de las reliquias -tanto muebles como inmuebles- que recuerda más al culto medieval de reliquias que a la arqueología. Cada vez que oigo hablar de descubrimientos espectaculares vinculados a personajes bíblicos, se me dispara la tensión”. “Estamos ante otro ejemplo de cómo la arqueología bíblica tergiversa las pruebas”, sentencia Herzog. No hay que descartar, además, que la vinculación de la gruta israelí con el predicador pariente de Jesús tenga que ver con que Gibson ha escrito un libro sobre la cueva del Bautista que está a punto de salir a la venta.

El penúltimo hallazgo de este tipo fue el de una urna presentada en la prestigiosa Biblical Archaeology Review en noviembre de 2002 como el osario de Santiago el Menor, hermano de Jesús de Nazaret. La inscripción de la caja -“Jacobo, hijo de José, hermano de Jesús”- sería la primera prueba arqueológica de la existencia de Jesús. La pieza apareció en manos de un anticuario que decía haberla encontrado en una cueva en las inmediaciones de Jerusalén y que meses después fue detenido por tráfico ilegal de piezas arqueológicas. La Dirección de Antigüedades de Israel concluyó en junio de 2003 que la inscripción de la urna es moderna.

Al margen de los Evangelios, la única mención a Jesús es la del historiador Flavio Josefo (37-94) en su obra Antigüedades judías. Dice que el sanedrín juzgó “a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados”. Hay filólogos que consideran el pasaje una inserción posterior de un autor cristiano. “Históricamente hablando, no hay suficientes pruebas de la existencia de Jesús. No digo que no existiera. El Jesús bíblico es un personaje marginal, hijo de un carpintero, en una zona marginal del Imperio romano y las evidencias históricas se centran normalmente en los grandes hombres, en los poderosos”, explica Josep A. Borrell, director de la revista de divulgación histórica Clío.

Hablan las piedras

El juicio de Salomón. Autor: Gustave Doré.La arqueología y la Biblia no casan bien. Las excavaciones de las últimas décadas han minado los cimientos históricos del Antiguo Testamento, los 39 libros que constituyen la base del cristianismo y del judaísmo, y que además son, para muchos israelíes, una crónica de los orígenes del pueblo hebreo y justificación de sus aspiraciones territoriales. Arqueólogos como Israel Finkelstein y Ze’ev Herzog, ambos de la Universidad de Tel Aviv, son tildados por los más fundamentalistas de enemigos de Israel porque mantienen que los Patriarcas -Abraham, Isaac y Jacob- son personajes de leyenda, que no hubo un periodo de esclavitud en Egipto ni un éxodo, que los israelitas no conquistaron Canaán por las armas, que no existió una monarquía unificada -que abarcara todo Israel- en tiempos de David (1005-970 aC) y Salomón (970-931 aC), que el culto a Yahvé como único dios se impuso muy tardíamente…

“La mayoría de las personas que formaron el primitivo Israel eran gentes del lugar -las mismas a las que vemos en las tierras altas a lo largo de las edades del Bronce y del Hierro-. En origen, los primeros israelitas fueron también -ironía de ironías- ¡cananeos!”, explican en su libro Finkelstein y Silberman. Hasta hace unos años, los hallazgos arqueológicos se acomodaban a los hechos bíblicos: si se desenterraban restos de grandes construcciones, se atribuían a Salomón. Ahora, hablan las piedras y los documentos. Los archivos egipcios y mesopotámicos han servido para establecer una cronología, pero no incluyen ni palabra del supuesto esplendor de las cortes de David y Salomón, ni de ninguno de los episodios más famosos de la Biblia. Las piedras han demostrado, por ejemplo, que el Jerusalén de David y Salomón no fue la gran capital bíblica, sino un pequeño pueblo.

El hallazgo de la cueva del Bautista ha sido una serpiente más en un verano en el que se han encontrado la Atlántida en Cádiz y una nave extraterrestre en Siberia, ha partido la enésima expedición en busca del Arca de Noé y se ha detectado la primera señal de radio de una civilización alienígena. “En verano no hay noticias y hay que llenar las páginas de los diarios”, argumenta Borrell. Silberman lamenta “el entusiasmo de los medios de comunicación, los editores y algunos arqueólogos por aunar esfuerzos para promocionar lo que sólo puede calificarse de arqueología bíblica sensacionalista”.


Dos reinos para un único pueblo elegido

“Hacia el final siglo VII aC, durante unas pocas décadas extraordinarias de ebullición espiritual y agitación política, un grupo inverosímil de funcionarios de la corte, escribas y sacerdotes, campesinos y profetas judaítas se unió para crear un movimiento nuevo cuyo núcleo fueron unos escritos sagrados dotados de un genio literario y espiritual sin parangón, un relato épico entretejido a partir de un conjunto asombrosamente rico de escritos históricos, memorias, leyendas, cuentos populares, anécdotas, propaganda monárquica, profecía y poesía antigua”, dicen los autores de La Biblia desenterrada.

Ocurrió en tiempos de Josías (639-609 aC), rey del sureño Judá, cuya capital era Jerusalén. Durante la mayor parte de su historia, Judá había vivido a la sombra del reino del norte, el más rico y poblado Israel. Eso cambió cuando los asirios conquistaron Israel en el siglo VIII aC y Judá recibió gran cantidad de refugiados. Cien años después, los asirios se retiraron del norte y los judaítas vieron el camino libre para su expansión. Para justificar sus pretensiones -unir a los israelitas en un reino gobernado desde Jerusalén-, crearon un pasado común glorioso para todos los hebreos, hicieron de su antiguo rival -Israel- el reino del pecado, borraron de la memoria a otros dioses que habían adorado y convirtieron a Yahvé en el único.


Un pasado de leyenda

El Diluvio. Dios castiga al hombre con un diluvio; pero de la catástrofe se libra un hombre santo, Noé. “Entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todo ser viviente meterás en el arca una pareja para que sobrevivan contigo. Serán macho y hembra” (Génesis 6, 18-19). Después de cuarenta días y cuarenta noches de lluvia, el arca encalla y los refugiados repueblan el planeta. No hay barco en el que quepan dos miembros de cada especie, ni agua en la Tierra para inundarla hasta la cima de la montaña más alta, ni restos de una catástrofe así. El relato bíblico es una adaptación de otros mesopotámicos anteriores.

Los Patriarcas. La Biblia es la historia de los descendientes de Abraham, con quien Yahvé suscribe un pacto: “Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré” (Génesis 12, 1-2). No hay pruebas arqueológicas de la existencia de Abraham, Isaac y Jacob hacia 2100 aC. La ambientación apunta a los siglos VIII y VII aC, después de David y Salomón, sucesores de Abraham. “La gran genialidad de los creadores de esta epopeya nacional en el siglo VII consistió en entretejer los relatos antiguos sin despojarlos de su humanidad o su peculiaridad individual. Abraham, Isaac y Jacob siguen siendo al mismo tiempo retratos espirituales vívidos y antepasados metafóricos del pueblo de Israel”, concluyen Finkelstein y Silberman en La Biblia desenterrada.

Esclavitud y éxodo. “Preséntate al faraón por la mañana, cuando vaya hacia el Río… Y le dirás: ‘Yahvé, el Dios de los hebreos, me ha enviado a ti para decirte: ‘Deja partir de mi pueblo, para que me den culto en el desierto’; pero hasta ahora no has hecho caso'” (Éxodo 7, 15-16). Moisés se enfrenta al faraón, libera a su pueblo, recibe las Tablas de la Ley y los hijos de Israel vagan durante cuarenta años por el desierto hasta llegar a la Tierra Prometida. Ningún texto egipcio, de los muchos que hay, menciona nada de esto. La acción se sitúa en tiempos de Ramsés II (1304-1237 aC). Sin embargo, “los detalles más evocadores y geográficamente más coherentes del relato del éxodo proceden del siglo VII aC”, destacan Finkelstein y Silberman. Huir del ejército del faraón hubiera sido imposible para un grupo de desheredados que, de conseguirlo, se habría enfrentado después a las guarniciones egipcias del Sinaí y Canaán. Por si eso fuera poco, los israelitas no dejaron rastro de su larga estancia en el desierto.

La caída de las murallas de Jericó. Autor: Gustave Doré.La conquista de Canaán. El pueblo de Israel, dirigido por Josué, conquista Canaán, donde hay “ciudades grandes, con murallas que llegan hasta el cielo” (Deuteronomio 9, 1). “La famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico”, indican Finkelstein y Silberman, tras explicar que el Jericó del siglo XIII “era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado”. Muchos enclaves que se citan en el texto no estaban habitados en aquella época. La conquista de Canaán no sucedió en el mundo real.

David y Salomón. Hubo una época en la que Israel, bajo David y Salomón, se extendió desde el río Eúfrates hasta Gaza, según la Biblia. Durante el siglo X aC, Jerusalén llegó a ser una gran ciudad en la que Salomón construyó un palacio y un templo donde adorar a Yahvé. Esa monarquía gloriosa no encaja con lo descubierto por los arqueólogos. “Está claro que el Jerusalén de la época de David y Salomón fue una ciudad pequeña, quizá con una ciudadela para el rey, pero en ningún caso la capital de un imperio como dice la Biblia”, asegura Ze’ev Herzog. “Desde un punto de vista político, David y Salomón fueron poco más que caudillos tribales de la serranía cuyo alcance administrativo no superó un ámbito bastante local, limitado al territorio montañés”, coinciden Finkelstein y Silberman.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

La segunda cara de la sábana santa: creer para ver

Una joven toca, en febrero de 2003, la valla de una playa de Sydney que, vista a distancia y desde un ángulo determinado, semejaba una figura de la Virgen.“Sí, y si miras desde un poco más cerca, en la esquina superior derecha, puedes ver al Pato Donald… y ahí, a la izquierda, a Mickey Mouse”. Esto decía David Sox, ex secretario de la Sociedad Británica del Sudario de Turín, que comentó un sindonólogo cuando, hace años, el padre Francis Filas presentó una foto de la sábana santa en la que decía ver una moneda romana sobre uno de los ojos de la figura. Lo recuerda Joe Nickell en Inquest on the shroud of Turin (1983), un libro imprescindible para quien quiera profundizar en la historia de la falsa reliquia. En septiembre de 2001, hubo muchos que vieron al diablo en la humareda que salía de una de las Torres Gemelas heridas de muerte por el fanatismo religioso y, en febrero de 2003, muchos católicos australianos hincaron las rodillas en una playa de Sydney ante una valla que, vista desde un ángulo determinado, parecía la silueta de una figura de la Virgen.

Giulio Fanti y Roberto Maggiolo, del Departamento de Ingeniería Mecánica de la Universidad de Padua, han anunciado en el Journal of Optics A: Pure and Applied Optics -revista del Instituto de Física de Londres– que han identificado un rostro y unas manos cruzadas débilmente impresionados en el reverso de la sábana santa. El artículo se titula “La doble superficialidad de la imagen frontal del sudario de Turín” y de él se ha hecho eco en sus páginas de Ciencia el diario El Mundo, que recientemente nos descubrió que una niña saudí llora piedras -una primicia de la agencia Efe- y otra rusa tiene visión de rayos X. Comparado con esas proezas infantiles, lo de los científicos italianos apenas tiene un pase. Es más de lo mismo que vienen contando los sindonólogos desde hace más de treinta años, una mezcla de mentiras -¿se acuerdan de cuando Juan José Benítez decía cada dos por tres que la NASA había estudiado la tela, algo que nunca ocurrió?- e investigaciones como las de Filas. En este caso, todo indica que Fanti y Maggiolo han caído en la misma ilusión del niño que ve animales en las nubes.

La parte trasera del lienzo de Turín permaneció oculta por una tela desde el incendio de Chambéry (Francia) de 1532 hasta 2002, cuando el parche cosido originalmente por unas monjas fue sustituido y se sacaron las fotografías que ahora se han tratado digitalmente. Los autores recuerdan que “muchos” consideran la pieza de lino “el sudario en el que fue envuelto Jesús de Nazareth antes de ser depositado en una tumba en Palestina hace unos 2.000 años”, pero en el artículo se pasa por alto que el análisis del carbono 14 fechó en 1988 su confección entre 1260 y 1390. Lo cierto es que Fanti y Maggiolo niegan la validez de esa prueba y lo decían en la versión original del texto, según me ha contado el primero de ellos. “Un gran número de científicos -argumentaban en un párrafo suprimido por orden de los revisores- cree que la toma de muestras y la fiabilidad de la datación por radiocarbono no son satisfactorias, porque la tela sufrió muchas vicisitudes (incendios, reparaciones, agua, exposición al humo de las velas, a la respiración de los visitantes)”. Y añadían que “algunos investigadores han revelado que la muestra de 1988 no es representativa del sudario de Turín”, sino que “tiene características físicas y químicas diferentes de la parte principal de la tela”. Al artículo de Nature en el que se dieron a conocer los resultados del carbono 14, contraponían un texto publicado por Ray Rogers en Internet en 2002.

Fanti me ha explicado, en comunicación personal, que “hay muchos signos que indican que la tela es muy antigua”: la textura del lino, la presencia de almidón en el hilo y un tipo de cosido muy parecido a uno existente en Massada (Israel) hace 2.000 años, entre otros. El sindonólogo italiano considera posible que se sometiera al carbono 14 parte de un parche medieval, hecho que -recuerda- apuntó en su día Rogers, químico del Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP). “Antes de hacer un nuevo análisis del radiocarbono, deberíamos saber si posibles factores ambientales pueden causar efectos no despreciables en la muestra a examinar”, puntualiza el profesor de la Universidad de Padua, quien se sintió interesado por la sábana a los doce años, está involucrado en su estudio desde mediados de los 90 y defiende su autenticidad. “En una buena investigación, los aspectos religiosos deben separarse de los científicos y yo intento seguir esa directriz. Desde el punto de vista religioso, aunque el sudario no sea considerado una reliquia por la Iglesia católica, estoy convencido de que es la mortaja de Jesucristo. Puedo decirlo después de la experiencia trascendente que tuve al observar directamente el sudario durante un total de diez minutos. En algunas ocasiones que vi directamente la sábana santa, percibí un particular sentido del silencio y del infinito muy diferente a lo que siento cuando miro una buena fotografía del sudario”.

La cara conocida de la sábana de Turín y la nueva 'encontrada' en el reverso. Foto: 'Journal of Optics A: Pure an Applied Optics'.

El investigador asegura haber encontrado en el reverso de la síndone un rostro “y quizás unas manos”. “No se trata de la estampa de otro hombre; es el mismo Hombre -en mayúscula en el original- el que ha causado las dos impresiones”. Después de, por comparación, intentar dar en la parte trasera con detalles anatómicos presentes en la figura conocida, los científicos identifican “en el reverso la nariz, los ojos, el pelo, la barba y el bigote en el lugar, la forma, la posición y la escala correspondientes a esos detalles en el frente”, a pesar de lo cual niegan que su origen sea que la pintura traspasó la tela. En su apoyo, esgrimen estudios de sindonólogos que han defendido desde 1980 que la impresión no penetra en el lienzo. “No hay ninguna imagen en medio de la tela”, mantiene Fanti, quien no puede explicar científicamente cómo se habría formado la figura y abraza la posibilidad de un “estallido de energía” durante la Resurrección como el defendido por su colega John Jackson. “¿Por qué no suponer que un fenómeno particular, descrito en los Evangelios durante la mañana de Pascua, pudo ser el responsable de la formación de la imagen?”. Ni aún así consigue, no obstante, explicar cómo se habría impreso la imagen sólo superficialmente en el anverso y el reverso, y mucho menos las anomalías que presenta la figura y que apuntan al fraude.

“Las conclusiones van más allá de la técnica. Parten de que tiene que haber una cara como la conocida y la encuentran. ¿Por qué sólo algunas partes de la cara y no todas? ¿Por qué la cara y no los hombros? ¿Por qué las manos se ven peor?”, se pregunta un experto español en procesado de imágenes que prefiere permanecer en el anonimato. Todo apunta a que los autores han descubierto en la sábana santa lo que quieren ver. Han comparado la parte posterior de la sábana con la anterior, buscando en esta última formas que recordasen el rostro de la primera, hasta que las manchas, en su opinión, han casado. “Está claro desde el principio que quieren encontrar algo. Y, si quieres, siempre lo encuentras. Si yo quisiera encontrar en esa foto el rostro de un mandril o de un león, lo encontraría”, apunta el profesor universitario español. Este especialista admite que las herramientas informáticas empleadas por Fanti y Maggiolo para limpiar la imagen son apropiadas -“Se pueden emplear esas técnicas u otras para conseguir un mejor nivel señal-ruido”-, pero discrepa de la metodología seguida a la hora de identificar un rostro en la parte posterior de la sábana santa. “Un coeficiente de correlación mayor que 0,6 hace la correspondencia entre las dos imágenes aceptable”, escriben los sindonólogos en el artículo. “¿Por qué 0,6? ¿Por qué no 0,7 ó 0,8?”. Quizá porque exigir un mayor coeficiente de correlación -1 sería la correspondencia total y 0 la disparidad absoluta- haría desaparecer algunos de los rasgos del nuevo rostro. ¿Qué ve el lego? Pues, nada. Ni forzando la imaginación al máximo. Hace falta que los investigadores contorneen los presuntos rasgos de la segunda cara de la sábana santa para verla. Hasta Giusepe Ghiberti, de la comisión diocesana de Turín que custodia la tela, ha restado importancia al trabajo de Fanti y Maggiolo: “Es el ojo humano, por un efecto fisiológico de la visión, el que tiende a ver esa imagen que en realidad no existe”.

La nueva cara con líneas dibujadas por los autores que ayudan a verla. Foto: 'Journal of Optics A: Pure an Applied Optics'.La mayoría de las citas bibliográficas -dieciséis de veinticinco- corresponden, además, a publicaciones sindonológicas o de la Iglesia, así como a comunicaciones personales, y los escasos artículos aparecidos en revistas científicas están firmados por partidarios de la autentiticidad de la reliquia. “Todas las referencias son sobre la sábana santa. Echo en falta artículos sobre el procesado de imágenes. La argumentación científica del artículo se centra en el empleo de técnicas de procesado digital de imágenes, aplicadas al reconocimiento biométrico de personas. Por ello, resulta un poco extraño que no se hagan referencias a artículos publicados en revistas de prestigio en este campo, que permitirían una adecuada validación y justificación de los métodos de procesado utilizados”, destaca el experto consultado. Tampoco hay ni un artículo crítico entre los consultados por Fanti y Maggiolo, el primero de los cuales afirma que “existen muchas pruebas a favor de la autenticidad del sudario, pero ninguna incuestionable quizás porque Dios quiere que todo el mundo piense y actúe según su libre voluntad”. Entonces, ¿para qué buscar la prueba definitiva? Porque siempre cabe la posibilidad de que el artífice del sudario de Turín fuera el genial Leonardo da Vinci, extremo al que han apuntado como una “curiosa teoría” algunos periodistas para los cuales el autor de La Gioconda pudo pintar la sábana santa que apareció en Lirey en 1350. ¡Qué importa que Leonardo naciera en 1452!

Eusebia Palomino, la santa patrona de los adivinos

La beata salmantina Eusebia Palomino.Ya tienen los adivinos patrona. Juan Pablo II elevó a los altares el domingo a Eusebia Palomino (1899-1935), religiosa salmantina para cuya beatificación se ha valorado que predijo la Guerra Civil española. “Va a haber una guerra civil muy grande y se va a derramar mucha sangre inocente porque España no se pone de acuerdo”. La Iglesia mantiene que algo parecido a esto dijo la monja durante una conversación con Josefa García Mariscal en 1931, en la que fue una de las muchas demostraciones de las dotes proféticas de la nueva beata.

“El 4 de octubre de 1934, mientras algunas hermanas rezaban con ella en el lugar del sacrificio, interrumpe y empalidece diciendo: “Rezad mucho por Cataluña”. Es el principio de la sublevación operaria de Asturias y de la catalana en Barcelona (4-15 octubre 1934) que se llamarán anticipo revelador. Visión de sangre también para su querida directora sor Carmen Moreno Benítez, que será fusilada con otra hermana el 6 de septiembre de 1936: actualmente ha sido declarada beata, después del reconocimiento del martirio”. El mismo Papa que repetidamente ha criticado a los videntes y ha pedido a sus fieles que no caigan en sus garras convierte en objeto de culto a una adivina que, cuando vislumbró la contienda española, no hizo nada sorprendente para su época.

Tampoco estaría de más saber cuántas cosas auguró la religiosa y nunca se hicieron realidad, como ocurre con brujos seglares como Rappel, Octavio Aceves, Aramís Fuster y Paco Porras. Eusebia Palomino es una de las muchas caras paranormales de una religión monoteísta cuyo plantel divino ha enriquecido Juan Pablo II en 477 santos y 1.337 beatos, de incompetencia manifiesta. ¿Cómo se explica si no tanto santo suelto y que el mundo siga hecho unos zorros?, ¿dónde están los hacedores de milagros cuando se necesitan, como en el 11-M madrileño, cuando un niño se pierde o cuando un abuelo sufre una caída fatal? El reino de los santos nunca ha sido de este mundo.

Dos milenios de conspiraciones inventadas en torno a la sábana santa de Turín

“Hay otros mundos, pero están en éste”. La cita de Paul Éluard (1895-1952) abre La hermandad de la sábana santa (Plaza & Janés, 2004), novela con la que la periodista Julia Navarro (Madrid, 1953) ha debutado en la ficción. Cuando leí la frase hace unos días, se me pusieron los pelos de punta. La autora, una conocida tertuliana y analista política, ¡atribuye la famosa cita a H.G. Wells! Ahí queda eso. Le hubiera bastado con buscar en Google para evitar el sonrojo. Claro que también tienen pecado los responsables de la editorial y más siendo Plaza & Janés, ya que la frase de Éluard abría en los años 60, 70 y 80 del siglo pasado todos los títulos de su famosa colección Otros Mundos, dedicada a lo paranormal y en la que se dieron a conocer en España autores como Juan José Benítez, Erich von Däniken y Peter Kolosimo, entre otros. La metedura de pata de Navarro tuvo hace una semana su continuación en un conocido periodista que la entrevistó para un diario madrileño y también atribuyó la cita al autor de La guerra de los mundos.

'La hermandad de la sábana santa', de Julia Navarro.La hermandad de la sábana santa parece, por lo demás, escrita a rebufo del éxito de El código Da Vinci, la obra de Dan Brown de la que hasta ahora se han vendido más de 6 millones de ejemplares en todo el mundo y que figuró 45 semanas en lo más alto de la lista de libros de The New York Times. Es una novela fácil de leer -como se supone que tiene que ser un best seller-, en la que todo parece demasiado evidente desde el principio. Se echan en falta sorpresas y tanto los malos -los integrantes de una secta cristiana y los modernos templarios- como los buenos -los policías y una periodista española- son por sus hechos torpes aprendices, más que los profesionales expertos que pretende Navarro. Así, la joven y brillante reportera del siglo XXI tarda más de media novela en dar con una curiosa coincidencia: que el nombre del primer propietario de la sábana, Geoffroy de Charny en 1350, sólo se diferencia en una letra del de Geoffroy de Charney, preceptor templario de Normandía que fue ejecutado en París en 1314 junto a Jacques de Molay, el gran maestre de la orden. Esta coincidencia -históricamente no se ha demostrado el parentesco entre ambos personajes- es conocida desde hace décadas y objeto de especulaciones hoy en día en muchísimas webs, a pesar de lo cual la periodista de la novela es la primera que informa de ello a unos especialistas en enigmas históricos. En otra ocasión, la reportera telefonea “al jefe de informática de su periódico” para que le diga a nombre de quién está registrado un dominio de Internet, cuando hubiera podido averiguarlo ella misma en un sitio como Register.com. Lo triste es que el resto de los personajes principales están a la altura de la sagaz reportera.

Un incendio en la catedral de Turín, en el que muere un hombre con la lengua cortada, es el detonante de la acción. La novela es un viaje por dos milenios de historia y conspiraciones en torno a la tela de lino que se venera en Turín desde 1578 como la mortaja de Jesucristo y que la ciencia ha datado entre 1260 y 1390. Dos tramas paralelas -una abarca desde la Pasión bíblica hasta el Medievo y la otra se sitúa en el presente- confluyen en un desenlace que da por bueno el dictamen del carbono 14 y, al mismo tiempo, la autenticidad de la reliquia. Dado que no hay pruebas de que el lienzo existiera antes de su aparición en Francia a mediados del siglo XIV, la autora rellena catorce siglos de vacío con total libertad, hasta el punto de que el lector que se acerque por primera vez a la historia del sudario de Turín lo tendrá difícil para separar la ficción de la realidad. Donde Navarro no se inventa los hechos, da por buenos los imaginados por defensores de la autenticidad de la reliquia. El resultado son veinte siglos de lucha entre sociedades secretas, de conspiración. “Yo juego en la novela con lo auténtico y lo falso, con la verdad y la mentira”, ha dicho la autora. El problema es que no aclara al lector en el epílogo de rigor dónde está el límite entre la ficción y la realidad en los hechos históricos que narra, algo habitual en muchos autores de best sellers, con lo que seguro que en el futuro veremos algunas de sus fantasías presentadas por los sindonólogos como hechos comprobados. Tiempo al tiempo.