Iruña-Veleia

Iruña-Veleia: una lección para los medios

Supe de los hallazgos de Iruña-Veleia una tarde a mi llegada a la redacción de El Correo. Y pregunté: “¿Dónde se han publicado?, ¿en qué revista aparecen?”. Me respondieron que en ninguna, que de los descubrimientos -que iban “a cambiar los libros de Historia”, en palabras de Eliseo Gil, director de las excavaciones- se había informado a la prensa. Mi reacción inmediata fue de escepticismo. Hice algunas llamadas a expertos y comprobé que no estaba sólo en mi incredulidad, suscitada en aquellos momentos más por la forma en que se habían dado a conocer los hallazgos que por el fondo. Porque en ciencia los avances se comunican en las revistas con revisión por pares, y no como las exclusivas de la prensa del corazón. Las revistas científicas únicamente aceptan un artículo después de que ha sido examinado con lupa por expertos en la materia (los pares del autor).Ese principio básico se incumplió respecto a los descubrimientos de Iruña-Veleia, lo que ya era suficiente para poner los espectaculares hallazgos en cuarentena.

Una de las piezas con inscripciones de Iruña-Veleia.Los mismos medios que siempre acogen con cautela descubrimientos médicos no contrastados, se lanzaron, sin embargo, desde el primer momento a especular sobre los orígenes del euskera, cómo en Álava se había desenterrado el primer Calvario, la presencia en el lugar de un preceptor egipcio… Que no se hubiera hecho eco de ello ninguna revista científica era lo de menos: los periodistas validábamos los hallazgos. Yo siempre decía lo mismo a quien me hablaba del asunto: que me olía mal por el modo en que se había anunciado y la ausencia de publicaciones. Así se lo comenté a los historiadores con quienes hablé del tema antes de que salieran en los medios los primeros expertos pidiendo cautela.

Dos años y medio después, queda claro que los medios metimos la pata hasta el fondo al dar por bueno algo que no lo era. Lo hicimos llevados seguramente por el entusiasmo de los titulares extraordinarios, una montaña rusa de la que es muy difícil bajarse una vez en marcha. Ahora, todos -yo, el primero- pedimos responsabilidades a las instituciones implicadas en este vergonzoso episodio, y nos olvidamos de que también nosotros tenemos nuestra parte de culpa. Porque lo que hicimos fue comprar mercancía defectuosa –un descarado fraude– y venderla como buena; porque lo que hicimos fue ignorar los principios que aplicamos a otras afirmaciones extraordinarias no fuera a ser que tuviéramos que rebajar el tono de los titulares. Podíamos haber hecho muchas cosas y muy fáciles, desde recordar al público que las cosas en ciencia no se hacen así hasta pedir a Gil y sus colaboradores los informes de unos presuntos análisis científicos de los que siempre han hablado, pero que nunca han mostrado. Preferimos callar y seguir el juego a quien ahora ha quedado en evidencia.

Iruña-Veleia: Eliseo Gil huye hacia adelante

Eliseo Gil, ayer, en la rueda de prensa. Foto: Rafa Gutiérrez.

Tras el dictamen de los expertos según el cual los hallazgos más espectaculares de Iruña-Veleia -el primer Calvario y los más antiguos grabados en euskera- son falsos, Eliseo Gil, director de las excavaciones, no tenía una salida digna: o bien estaba al tanto del engaño o bien había sido engañado. El mal menor era el segundo, presentarse como víctima de un montaje urdido por otros, como un ingenuo, aunque en cualquier caso su reputación científica quedara hecha trizas. Pues no, en la rueda de prensa que ha dado hoy y de la que Efe ya ha difundido el pertinente despacho, el arqueólogo se ha enrocado y ha descalificado el informe científico diciendo que está únicamente basado en “opiniones” y presentándose como víctima de un “linchamiento mediático”.Hubiera estado bien que hubiera explicado cómo puede aparecer una referencia a Descartes en una inscripción de los siglos III, IV ó V, cuando ese filósofo vivió en el XVII; cómo explica la referencia a Nefertiti, nombre que responde a una convención de hace un siglo; y los resultados de análisis químicos que demuestran que las inscripciones son recientes, entre otras cosas. Pero Gil no estaba ayer dispuesto a defenderse, sino a huir hacia adelante, y optó por un estilo peculiar de rueda de prensa, la que no admite preguntas, la que tanto gusta a todo aquél que no quiere dar explicaciones.

“Los hallazgos de Iruña-Veleia son una broma o una estafa”, sentenciaba Martín Almagro Gorbea, catedrático de Prehistoria de la Universidad Complutense y miembro de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, hace unos días en una magnífica entrevista firmada por María José Carrero. Era lo que opinaban muchos expertos desde el mismo momento en que se hicieron públicos los hallazgos. Pero a los entonces disidentes -autores como los filólogos Joaquín Gorrochategui y Joseba Lakarra e historiadores como Juan José Larrea- se les vio como traidores, como violadores de una ley del silencio con regustos mafiosos, como indicaba hace unos días Óscar B. Otalora.

El escándalo del que tan bien han informado María José Carrero, Francisco Góngora y Rosa Cancho hoy en las páginas de El Correo tiene indudablemente como primer responsable a Gil, pero no es el único culpable de que la arqueología vasca vuelva a hacer el ridículo dieciséis años después del caso Zubialde. Los responsables políticos de la Diputación alavesa cuando se anunció el hallazgo a bombo y platillo, y los dirigentes de Euskal Trenbide Sarea y Eusko Trenbideak -compañías dependientes del Departamento de Transportes y Obras Públicas del Gobierno vasco que han subvencionado las excavaciones desde 2001- tienen también su parte de culpa al no haber exigido las oportunas pruebas que han de acompañar a todo descubrimiento científico y caer seducidos ante los focos. El escándalo de Iruña-Veleia es una consecuencia de haber convertido la ciencia en espectáculo, del descontrol institucional, del todo vale con tal de salir en los medios, de saltarse los mecanismos de control y comprobación y llegar a extraordinarias conclusiones a partir de datos no confirmados. Es una vergüenza.

El fraude de Iruña-Veleia

Iruña-Veleia ha entrado por fin hoy en la historia de la ciencia. Pero lo ha hecho por la puerta de atrás. Un equipo de arqueólogos dirigido por Eliseo Gil presentó a la prensa en junio de 2006 las más antiguas inscripciones en euskera y el primer Calvario de la Historia, grabados en fragmentos de cerámica de los siglos III y IV desenterrados en ese lugar. Decían tener las pruebas que confirmaban tan extraordinarias afirmaciones. Ahora, el comité de expertos que ha estudiado durante meses las piezas del yacimiento alavés ha dictaminado que no hay pruebas que avalen lo sostenido por Gil y sus colaboradores. Aunque el informe no se ha hecho todavía público, he conseguido alguna información sobre su contenido.

Los arqueólogos trabajan en el yacimiento alavés de Iruña-Veleia. Foto: Iosu Onandia.

Especialistas de diferentes disciplinas científicas han presentado hoy durante cinco horas a la diputada de Cultura de Álava, Lorena López de Lacalle, las conclusiones de su trabajo sobre los restos de Iruña-Veleia. Uno a uno, los expertos se han pronunciado en la misma línea: los grabados en euskera y religiosos no son del siglo III o IV. “El dictamen ha sido unánime”, me ha explicado un asistente a la reunión. Los estudiosos deducen, a partir de los resultados de análisis químicos y otras pruebas, que los grabados en lengua vasca y con motivos religiosos son recientes, posiblemente tanto que no puede descartarse que fueran hechos poco antes de su hallazgo. El euskera no es posible que sea el de la época -“es imposible”- y la iconografía cristiana tampoco, según los estudiosos, ninguno de los cuales ha admitido la mínima posibilidad de autenticidad.

“Los descubrimientos del yacimiento alavés parecen demasiado buenos para ser ciertos, pero eso no quiere decir que no lo sean”, escribía aquí mismo hace dos años. Comparaba entonces el proceder de los investigadores alaveses, corriendo a la prensa a informar del hallazgo en vez de darlo a conocer antes en las publicaciones especializadas, con el de los químicos Martin Fleischmann y Stanley Pons, los descubridores en 1989 de la fusión fría que nunca fue. El tiempo y los expertos han demostrado ahora que los extraordinarios Calvario y grabados en euskera de Iruña-Veleia merecen tanto crédito como la fusión fría.

Fotografía del fragmento de cerámica con el supuesto primer Calvario.Quedan muchas incógnitas. Entre otras, la autoría del engaño. Igual nunca se conoce, pero lo que sí sabe todo el mundo ya es que la arqueología alavesa podía haber evitado su segundo sonrojo en menos de veinte años si los excavadores de Iruña-Veleia hubieran procedido correctamente y no hubieran acudido a los medios de comunicación con afirmaciones extraordinarias y sin pruebas. El informe que ha recibido hoy la Diputación alavesa -firmado por químicos, físicos, filólogos, historiadores del arte…- tenían que haberlo encargado Gil y su equipo hace dos años, antes de dar a conocer al mundo un hallazgo tan espectacular. Estamos ante una demostración palmaria de ciencia patológica y, como tal, pasará Iruña-Veleia a los libros de historia de la ciencia.

Este fraude es, además, el segundo de la arqueología alavesa en menos de veinte años. El anterior fueron las pinturas rupestres de la cueva de Zubialde, bendecidas por la plana mayor de la antropología vasca a instancias del poder político a principios de los años 90 y cuyo carácter fraudulento fue descubierto poco después. Esperemos que en el caso de la arqueología alavesa haya dos sin tres.

Científicos tramposos

Ciencia y verdad no siempre caminan juntas. Los espectaculares hallazgos de Iruña-Veleia, donde se anunció en junio de 2006 el descubrimiento de las primeras inscripciones en euskera y el primer calvario de la Historia, son una muestra de lo que, en su libro Las mentiras de la ciencia (1993), Federico di Trocchio denomina engañología, “la ciencia que enseña a los científicos cómo engañar a otros científicos. Éstos, a su vez, convencen a los periodistas, quienes finalmente se encargan de seducir a las masas”.

Los fraudes en ciencia acaban siempre saliendo a la luz por la propia naturaleza del método científico, que, para validar un avance, exige que otros investigadores lleguen de forma independiente a las mismas conclusiones que el autor del descubrimiento. Pero el engaño causa siempre daños colaterales: el proceder del biólogo Hwang Woo-Suk, quien falsificó datos en sus experimentos, salpicó en 2005 a toda la investigación honrada en el campo de la clonación terapéutica y el de Iruña-Veleia -que aquí ya predijimos hace dos años– vuelve a poner en la cuerda floja a la arqueología alavesa tras el fraude de las pinturas rupestres de Zubialde, que a principios de los años 90 recibieron el visto bueno de lo más granado de la antropología vasca. No es algo nuevo en la historia de la ciencia, pero el rigor la arqueología vasca queda en evidencia por segunda vez en menos de veinte años.

EL HOMBRE DE PILTDOWN
La falsificación más sonada

El fraude científico por antonomasia es el del hombre del Piltdown, que sobrevivió durante cuarenta años con el nombre científico de Eoanthropus dawsoni. El fósil, encontrado en Sussex, fue presentado en 1912 por el paleontólogo aficionado Charles Dawson a Arthur Smith Woodward, paleontólogo del Museo Británico, quien le otorgó carta de autenticidad. Los restos tenían unos 500.000 años y proporcionaban a los prehistoriadores ingleses un homínido propio y, además, no uno cualquiera. Porque el hombre de Piltdown era el deseado eslabón perdido: su bóveda craneal era humana, pero su mandíbula tenía aspecto simiesco.

El nuevo homínido -orgullo del nacionalismo inglés- sobrevivió cuatro décadas como antepasado del hombre moderno, hasta que en 1953 un grupo de investigadores del Museo Británico reveló que se trataba de una falsificación. La bóveda craneal era humana, aunque no tenía más de 50.000 años, y la mandíbula correspondía a un orangután y había sido teñida para que pareciera antigua y los colores encajaran. Lo que todavía no se sabe es quién perpetró un fraude alrededor del cual hubo personajes tan ilustres como el novelista Arthur Conan Doyle y el jesuita Pierre Teilhard de Chardin. Uno de los principales sospechosos es Martin A.C. Hinton, conservador del departamento de Zoología del Museo Británico, que odiaba a Woodward, quien acabó siendo la víctima científica del engaño.

LA PRIMERA AVE
Un dinosaurio con alas

La búsqueda de la conexión definitiva entre dinosaurios y aves dio lugar hace seis años a un fraude parecido al de Piltdown. En las últimas décadas, la paleontología ha reunido un número creciente de pruebas que demuestran que por nuestros cielos vuelan descendientes de los dinosaurios. Así que un fósil de un dinosaurio con alas sería un hallazgo impresionante. Fue la imagen de portada de la National Geographic Magazine en noviembre de 1999, “un auténtico eslabón perdido en la compleja cadena que conecta dinosaurios y aves”. Se llamaba Archaeoraptor liaoningensis y había sido encontrado en China en los años 90.

El nuevo fósil duró poco en el cielo paleontológico. A finales de enero de 2000, la National Geographic Society admitió que el bicho con alas emplumadas y cola de dinosaurio era un engaño, una pieza fraudulenta. El escáner demostró que el dinosaurio original era un pequeño carnívoro, Microraptor zhaoianus, al que se habían trasplantado partes de un ave, Yanornis martini. ¿Lo bueno? Que ambas especies eran desconocidas antes del falso Archaeoraptor.

LA MEMORIA DEL AGUA
La homeopatía, demostrada

Un poder mágico del agua es la base de la homeopatía, práctica para la que se encontró en 1988 un fundamento científico. Hace diecisiete años, el biólogo francés Jacques Benveniste publicó en la revista Nature un trabajo en el que probaba aparentemente la capacidad del agua para recordar cualquier elemento que hubiera estado disuelto en ella. La homeopatía se basa en la disolución de una pequeña cantidad de una sustancia en agua, alcohol o lactosa hasta que no queda ni una molécula, ya que, para sus practicantes, el medicamento es “energéticamente más potente” cuanto más diluido esté el principio activo.

Esta idea, que choca contra la lógica y contra la química, tenía en el trabajo de Benveniste un soporte científico que se derrumbó en cuanto un grupo de expertos elegido por Nature viajó hasta el laboratorio del investigador y detectó graves fallos metodológicos que invalidaban los sorprendentes resultados. Por si eso fuera poco, varios colaboradores de Benveniste estaban a sueldo de los laboratorios Boiron, la multinacional francesa de la homeopatía. Nadie ha vuelto a conseguir los resultados de Benveniste, que se disolvieron ante investigadores imparciales sin dejar rastro.

LA FUSIÓN FRÍA
Energía barata y abundante

Dos químicos, Martin Fleischmann y Stanley Pons, anunciaron el 23 de marzo de 1989 en la Universidad de Utah, en Salt Lake City, el final de las penurias energéticas de la Humanidad. La panacea respondía al nombre de fusión fría y replicaba la fusión atómica que tiene lugar en el interior del Sol, en donde al unirse los núcleos de dos átomos se libera una gran cantidad de energía. “Teníamos una oportunidad sobre un millón de conseguirlo. Pero lo hicimos: hemos logrado aprisionar el Sol en una probeta”, dijeron Pons y Fleischmann hace dieciséis años.

Iba a ser un momento histórico. Los científicos habían dado con la fuente de la energía eterna a temperatura ambiente, con un desembolso mínimo y con un instrumental que está al alcance de cualquier laboratorio. El combustible (hidrógeno) era barato y abundante y el proceso no generaba residuos radiactivos. ¿Demasiado bonito para ser cierto? Sí. El tiempo y otros científicos demostraron que la fusión fría de Pons y Fleischmann era un bluff. Ahora, un consorcio internacional persigue la fusión a altas temperaturas con el proyecto ITER, que exigirá inversiones de 4.500 millones de euros durante los próximos veinte años.

El físico Jan Hendrik Schön fue despedido de los laboratorios Bell en 2002, después de que un comité científico descubriera que quien era una estrella naciente de la física -con cinco artículos sobre nanotecnología en Nature y siete en Science entre 1998 y 2001- había amañado los resultados de sus trabajos. Lo mismo le ha ocurrido a Hwang Woo-Suk, cuya producción fue toda puesta en duda tras detectar sus trampas. Habrá más episodios de fraudes en ciencia, y serán destapados por colegas de los tramposos porque el avance del conocimiento científico exige poner siempre en duda los hallazgos, no hacer caso de lo que digan las celebridades y guiarse por lo que dicen las pruebas. Como en CSI.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Iruña-Veleia y la fusión fría: sospechosos parecidos

Los químicos Martin Fleischmann y Stanley Pons, de la Universidad de Utah, anunciaron el 23 de marzo de 1989, en una rueda de prensa, que habían conseguido energía mediante la fusión de átomos de deuterio a temperatura ambiente, algo parecido a lo que pasa dentro del Sol a 15 millones de grados centígrados y bajo una enorme presión. Era una promesa de energía barata, infinita y limpia, y todos los medios de comunicación recogieron el avance como una extraordinaria noticia. Sin embargo, no tardó mucho en demostrarse que todo era mentira. Los intentos de otros científicos por replicar el experimento de Fleischmann y Pons -algo básico en la ciencia- fracasaron, y la fusión fría pasó a la Historia como ejemplo de lo que ocurre cuando unos investigadores se olvidan del rigor y la cautela por conseguir titulares. Porque lo que Fleischmann y Pons tenían que haber hecho, antes de echar las campanas al vuelo, era enviar los resultados de su trabajo a una publicación científica y someterlos al análisis de sus colegas. Prefirieron, sin embargo, acudir a los medios de comunicación y acabaron haciendo el ridículo. ¿Pasará lo mismo con los extraordinarios grafitos hallados en la ciudad romana de Iruña-Veleia, en Álava?

Los arqueólogos trabajan en el yacimiento alavés de Iruña-Veleia. Foto: Iosu Onandia.

El arqueólogo Eliseo Gil y su equipo anunciaron en junio que habían encontrado, en el yacimiento de Iruña-Veleia, el primer Calvario y las primeros textos en euskera conocidos. Grabados sobre fragmentos de cerámica, databan de los siglos III y IV, e iban a obligar a reescribir los libros de texto. Cinco meses después, Joaquín Gorrochategui, catedrático de Lingüística Indoeuropea de la Universidad del País Vasco (UPV) y uno de los expertos que han estudiado las inscripciones en euskera, ha pedido a arqueólogos y lingüistas precaución. “Porque hay mucho en juego, tenemos que extremar todas las cautelas, cada uno en la disciplina cuyos métodos y contenidos mejor conoce, a fin de poder llegar, al final del proceso, a un convencimiento pleno sobre la autenticidad de los hallazgos y su aceptación por la comunidad científica. Pero aún estamos lejos de ello. Estas palabras quizá supongan un jarro de agua fría para el ardor de algunos y la ilusión de muchos, pero estimo que es lo correcto en estos momentos, en los que aún no tenemos todos los datos necesarios para llegar a la conclusión que se nos pide. Dicen que la fe es conveniente en la investigación científica, pero el método es imprescindible”, escribía el sábado en El Correo.

Una de las piezas con inscripciones de Iruña-Veleia.Gorrochategui hace hincapié en su artículo en la abundancia de inscripciones en euskera en el yacimiento alavés. “El primer fenómeno sorprendente es la misma atestiguación de tantos textos escritos en lengua vasca, no porque ello fuera imposible en este territorio y en esa época -como algunos estudiosos piensan con argumentos no carentes de peso-, sino porque constituiría un fenómeno aislado sin paralelos en otras ciudades de habla vasca segura -como St-Bertrand-de-Comminges, capital aquitana donde el hábito de la escritura estaba mucho más arraigado que aquí- y, algo importante, sin continuidad histórica en los siglos sucesivos. Una cantidad tan abundante de textos en el ámbito privado sugiere que el hábito de la escritura, un fenómeno nada natural en sí mismo, sino eminentemente cultural, estaba ampliamente difundido entre los habitantes vascófonos de la zona, cuya pérdida total en los siglos altomedievales sería difícil de explicar”, dice.

“Yo aún no estoy seguro de que eso sea auténtico. Pero, ojo, de la misma manera que reclamo que no se puede decir ahora que todo va a misa, por la recíproca no podemos decir que esto es falso. No creo que esto se vaya a dilatar, parece que de aquí al verano ya estará el informe definitivo”, afirma Gorrochategui en una entrevista concedida a la periodista Rosa Cancho, que se publicó ayer. Y manifiesta su extrañeza por el hecho de que algunas palabras de esa lengua vasca de hace dos milenios sean comprensibles hoy en día hasta para el lego. “Le pongo un ejemplo -indica a la entrevistadora-. Digamos que eso es vasco del siglo IV. Esos textos, si se los damos a un estudiante de euskera, alguien que no lo sabe como legua materna, los entiende. No es complicado. La prueba es, si a un polaco que aprende español le diéramos un texto español del siglo IV, que es el latín, ¿lo entendería tan rápidamente?”. A diferencia de otras lenguas, la vasca no habría prácticamente cambiado en 2.000 años.

Inseguridades

Fotografía del fragmento de cerámica con el supuesto primer Calvario.Las dudas de Gorrochategui son compartidas por Joseba Lakarra, catedrático de Filología Vasca de la UPV, y Juan José Larrea, profesor de Historia Medieval de la UPV, quienes firman hoy en El Correo un artículo en el que piden a los investigadores del yacimiento alavés que se atengan a las reglas de juego de la ciencia. “Sólo cuando el equipo de Veleia exponga en publicaciones especializadas y reuniones científicas los elementos de datación de que ha ido disponiendo para los graffiti; cuando publiquen el primer estudio y el primer corpus de inscripciones y de imágenes; cuando esto se someta a discusión por los especialista; entonces empezaremos a tener algunas seguridades”, advierten. Los autores destacan que, si realmente, estamos ante un Calvario del siglo III, se trataría “de la primera representación conocida de la crucifixión de Cristo hecha por un cristiano”, lo que situaría al País Vasco “en el corazón de la historia y de la investigación sobre la cultura, las ideas y las creencias de Occidente y del Mundo Antiguo”. “El equipo de Veleia -escriben Lakarra y Larrea- sabe que la iconografía cristiana que han presentado produce perplejidades en cadena, cuando no estupefacción”. Y añaden: “Si efectivamente hay escritas numerosas palabras, sintagmas y aun frases en la lengua que dará lugar al euskera -o en euskera-, y datan del Bajo Imperio (siglos III-V), de pronto se ha encendido una batería de focos en el campo de fútbol justo donde la oscuridad era absoluta”.

Joaquín Gorrochategui.Cabe esperar que, como apunta Gorrochategui, el asunto se aclare en unos meses. Antes, sería deseable que todos los expertos que quieran tengan acceso a las piezas para examinarlas directamente y eliminar cualquier género de duda sobre la conclusión final. Desde el primero momento, me sonó muy raro todo lo referente a los descubrimientos de junio y me recordó lo ocurrido hace diecisiete años con la fusión fría y, más aún, lo sucedido en 1990 con las pinturas rupestres de la cueva alavesa de Zubialde, presentadas como un extraordinario conjunto rupestre de hace 15.000 años y en las que el falsificador dejó restos de estropajo. En aquel entonces, la arqueología vasca salió malparada de la precipitación de algunos políticos por aparecer en los medios de comunicación; ahora, expertos como Gorrochategui, Lakarra y Larrea han roto el silencio académico para advertir de las irregularidades metodológicas e intrínsecas que han detectado en los extraordinarios hallazgos de Iruña-Veleia. Si las pruebas respaldan lo sostenido por Eliseo Gil y sus colaboradores, todo habrá quedado en un episodio de mala práctica científica por llevar a la prensa algo antes de haberlo presentado en las publicaciones especializadas. Si todo o parte es falso, Iruña-Veleia merecerá capítulo propio en la literatura sobre fraudes científicos, junto a la fusión fría, la memoria del agua, los rayos N y el hombre de Piltdown. Los descubrimientos del yacimiento alavés parecen demasiado buenos para ser ciertos, pero eso no quiere decir que no lo sean. Así pues, toca esperar.