Enigmas de la Tierra

El hombre que volvió del limbo de lo perdido

Luis Roldán fue el primer afortunado en regresar del limbo de lo perdido. El ex director de la Guardia Civil se esfumó en aguas del Caribe a mediados de agosto de 1994, pero reapareció en Laos a comienzos de 1995. “Sólo cometió un fallo en su fuga: intentar alcanzar la costa de Florida surcando el triángulo de las Bermudas”. Así se explicaba en otoño de 1994 el hombre que hizo saltar la liebre, Bartholomew Forbes, un ilustre desconocido al que Noticias del Mundo presentaba como colaborador del Pentágono y experto estudioso del misterio del triángulo de las Bermudas [López, 1994]. Forbes, un individuo cuya inexistencia está fuera de toda duda, aseguraba en el semanario sensacionalista que Roldán podía “haber dado un salto temporal” y que el Ministerio de Interior español, una vez informado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), había ordenado abandonar la búsqueda del fugado.Toda la historia era, obviamente, una gran mentira urdida por los responsables de Noticias del Mundo -un periódico plagado de niñas que resucitan animales, hombres que viven con hachas clavadas en el cráneo, mujeres que comen por la nariz y otras lindezas- para llamar la atención de los lectores; una gran mentira similar a las que han convertido el triángulo de las Bermudas en un jugoso negocio para escritores sin escrúpulos y editores sin vergüenza.

Las desapariciones misteriosas han sido uno de los más rentables enigmas de las últimas décadas, como bien sabía el fallecido Charles Berlitz, que vendió más de 18 millones de ejemplares de El triángulo de las Bermudas (1974), desembarcó en España a mediados de los años 70 de la mano del periodista José María Iñigo, al igual que el ilusionista israelí Uri Geller, y fue el mayor publicista de la zona.”Ante la falta de una explicación lógica y aceptable” para las desapariciones que se suceden en tan enigmática región, Berlitz proponía dos teorías: que los ovnis hayan estado “secuestrando aviones y barcos durante varias generaciones” o que todo se deba a una “antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona” [Berlitz, 1974 y 1977]. El único misterio inexplicable del triángulo de las Bermudas es que Berlitz fuera considerado por algunos un “veterano y prestigioso investigador de lo insólito” [Benítez, 1985], cuando en realidad no era más que un avispado embaucador. Sus obras, llenas de burdos errores y provechosas mentiras, demuestran que no ha hecho un estudio serio en la vida y que su única virtud fue que quizá era “capaz de afirmar sus falsedades en treinta idiomas” [Randi, 1982].

“La leyenda del triángulo de las Bermudas es un misterio manufacturado -dice tajante Lawrence David Kusche-. Empezó a causa de una investigación descuidada y fue elaborada y perpetuada por escritores que, consciente o inconscientemente, se sirvieron de errores, razonamientos incorrectos o simple sensacionalismo. Y tantas veces se repitió el relato que éste empezó a ser envuelto por un aura de verdad” [Kusche, 1975]. A mediados de los años 70, Kusche, bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto de aviación, se propuso averiguar qué había de cierto en los grandes titulares de las revistas paranormales y los éxitos de ventas editoriales de Berlitz y compañía. Lo que descubrió fue sorprendente: “No existe ninguna teoría que resuelva el misterio”.

El elástico triángulo de las Bermudas

El capitán Marino Barberán y el teniente Joaquín Collar hicieron historia en junio de 1933. Cruzaron el Atlántico entre Sevilla y Cuba en un sesquiplano, el Cuatro Vientos, y batieron la marca de vuelo directo sobre el mar, al cubrir 7.320 kilómetros en poco más de 40 horas. Por desgracia, pocos días después desaparecieron cuando viajaban entre La Habana y Ciudad de México. “La meteorología era normal y los vientos favorables; no obstante, al pasar por Villahermosa apareció una abundante nubosidad, ante lo cual decidieron emprender vuelo directo de México. Pero jamás llegaron a su destino”. Los amantes del misterio no sólo descartan que la tormenta fuera la causa directa del siniestro, ya que se trataba de “dos expertos aviadores”, sino que dicen sentir escalofríos “al comprobar que la zona de la desaparición se halla junto al vértice suroccidental del triángulo de las Bermudas” [Pérez, 1989].

Aunque el autor de tal advertencia reconoce que “puede pensarse” que el sesquiplano de Barberán y Collar fue afectado por la tormenta y se estrelló, opta por achacar la desaparición de los aviadores a un lugar próximo a los límites del limbo de lo perdido. El problema es que miente. Basta acudir a un atlas para comprobar que la localidad mexicana de Villahermosa no “se halla junto al vértice suroccidental del triángulo de las Bermudas”, sino ¡a cerca de 1.600 kilómetros de la costa de Florida, donde se encuentra el pretendido vértice! El avión seguía la ruta La Habana-Yucatán-Villahermosa-Veracruz-Ciudad de México y, cuando se esfumó, se encontraba a la misma distancia de la zona crepuscular que París de Cádiz. No cabe pensar, por lo tanto, en influencias triangulares ni cosas por el estilo.

El caso del Cuatro Vientos tiene tanta consistencia como el del carguero alemán Freya, que, cuando “se dirigía desde Manzanillo, Cuba, hacia varios puertos de Chile en octubre de 1902, apareció a la deriva y sin tripulación navegando fuertemente inclinado hacia un costado. Las páginas de su calendario de viaje habían sido arrancadas hasta el 4 de octubre” [Berlitz, 1974]. Charles Berlitz reconoce que en aquella época se registró en México un violento terremoto, que pudo provocar el accidente, pero incluye en Sin rastro (1977) el incidente del Freya como uno de los misterios del triángulo de las Bermudas. El problema es que el imaginativo autor confunde la localidad mexicana de Manzanillo, situada en la costa del Pacífico, con otra cubana del mismo nombre. En realidad, el Freya partió el 3 de octubre de un puerto del Pacífico y no de uno del Caribe -¡suspenso en geografía para Berlitz!-; al día siguiente, se vio sacudido por un maremoto ocasionado por los “fuertes terremotos que azotaron el área de Acapulco y Chilpanzingo” [Kusche, 1975], y fue hallado cerca de Mazatlán, también en el Pacífico, según consta en los registros de la compañía Lloyd’s. ¿Dónde está el misterio?

El Freya no desapareció en aguas del triángulo de las Bermudas, como tampoco lo hizo un avión Globemaster de las Fuerza Aérea estadounidense medio siglo después. Según la leyenda, la aeronave se perdió en marzo de 1950 “en el extremo norte del triángulo de las Bermudas durante un vuelo hacia Irlanda” [Berlitz, 1974]. La verdad es que ningún Globemaster se esfumó en esa fecha, aunque sí hubo uno que sufrió un accidente justo un año después, cuando volaba entre Gander, en Terranova, y Gran Bretaña. Es posible que Berlitz se confundiera de fechas; pero, aún así, el accidente tuvo lugar a unos 900 kilómetros al suroeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido, y restos encontrados en el mar revelaron que el avión había explotado en vuelo.

Las desapariciones del Cuatro Vientos, el Freya y el Globemaster son sólo algunas de las muchas que se localizan en el triángulo de las Bermudas, aunque no ocurrieron en tal región. Tras estudiar 33 incidentes registrados entre 1840 y 1973, Kusche llegó en 1975 a la conclusión de que la mayoría de los siniestros había sucedido en realidad fuera de la misteriosa zona. “Ya es difícil -dice- considerar una zona imaginaria en plena mar, pero esto no pasa de ser una nadería cuando descubrimos que en esa zona se pretenden situar naufragios que pudieron producirse ¡a cientos de kilómetros al Este o al Oeste de la localización adelantada por Charles Berlitz!” [Lleget y Kusche, 1979]. Y eso cuando los barcos y aviones no han sido fruto exclusivo de la imaginación de los fabricantes de paradojas.

El barco que nunca existió

No siempre es posible seguir la pista a los protagonistas de los incidentes a los que Berlitz y otros recurren para dar solidez a su tesis de que la zona delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas es una especie de agujero espacio-temporal que desafía al ser humano. Hay ocasiones en las que no hay manera de dar con la fuente en la que han bebido los autores o de identificar el barco o avión siniestrado. Kusche se encontró entre la espada y la pared cuando abrió una investigación para determinar las causas de la desaparición del Stavenger, un carguero noruego que, con una tripulación de 43 personas, se esfumó en octubre de 1931 cuando navegaba en las inmediaciones de la isla del Gato, en Bahamas. Hasta aquí, la leyenda.

Kusche advierte que “la pérdida de un buque, con 43 hombres a bordo, no puede pasarse por alto fácilmente” [Kusche, 1975]. Sin embargo, ni The New York Times ni The Times ni la Lloyd’s tienen información alguna sobre la desaparición del Stavenger. Un portavoz del Museo Marítimo de Oslo aseguró que no existía ningún barco noruego con tal nombre que hubiese naufragado en 1931 y que tampoco se había borrado de la lista oficial aquel año ni los dos siguientes ningún navío llamado Stavanger, con a, como la ciudad noruega. Posteriormente, el bibliotecario fue informado de que un barco denominado Stavanger, construido en 1925, había sido destruido en 1955, por lo que no podía tratarse del desaparecido. Kusche sospecha que, como en octubre de 1931 hubo varias tormentas en la zona de Bahamas, “pudiera ser que un buque llamado Stavanger se encontrara en dificultades en una de estas perturbaciones y que informes incompletos o una investigación incompleta llevaran a la conclusión de que se hubiera hundido”.

Tampoco sería de extrañar, sin embargo, que todo el relato fuera una mera invención de los partidarios del triángulo de las Bermudas, que con el paso del tiempo, como ocurre habitualmente en la parapsicología o la ufología, habría cobrado carta de autenticidad. Si un investigador confunde el Atlántico con el Pacífico y sitúa en el triángulo de las Bermudas naufragios que han ocurrido a miles de kilómetros de distancia, por qué va a molestarse en comprobar un rumor antes de incorporarlo a la lista de misterios sin resolver. Como indica Kusche, la credibilidad de Berlitz “es tan baja que virtualmente es inexistente. Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían casi una certeza. Dice cosas que simplemente no son ciertas. Deja de lado el material que contradice su misterio. Un vendedor de bienes raíces que operara de esa manera terminaría en la cárcel” [Randi, 1982].

Pero el autor de El triángulo de las Bermudas no es el único espabilado que se ha aprovechado durante años de la ingenuidad del público. La lista es muy larga, aunque merece especial mención John Wallace Spencer, que está convencido de que los responsables de las desapariciones “tienen que ser seres extraterrestres, a bordo de ovnis” y afirma “que las historias verdaderas son de por sí suficientemente misteriosas como para no tener que recurrir a sensacionalismos” [Spencer, 1975]. Sin embargo, no duda en echar mano del amarillismo más descarado a la hora de rodear de misterio la desaparición de un avión cisterna KB-50, con nueve hombres a bordo, el 8 de enero de 1962. El aparato, de la Fuerza Aérea estadounidense, se esfumó cuando viajaba entre Virginia (EE UU) y las Azores. Había despegado del aeródromo de Langley a las 11.17 horas y la última comunicación desde el avión se registró después del mediodía, cuando el aparato se encontraba a unos 400 kilómetros al este de cabo Charles, en pleno océano Atlántico. El piloto “no insinuó tener ningún problema” [Kusche, 1975]. Sin embargo, según Spencer, la voz de alarma se dio cuando no se estableció el contacto por radio hacia las 14.00 horas, lo que es sencillamente falso.

Los equipos de búsqueda no se pusieron en marcha hasta pasadas las 19.00 horas, cuando estaba prevista la llegada del KB-50 a las Azores. Los aviones de rescate vieron una mancha de aceite en el mar a unos 480 kilómetros al este de Norfolk; pero, como no se halló ningún otro resto, no se puede saber si procedía del aparato siniestrado. Lo único que se puede asegurar es que estaba a unos 80 kilómetros más allá de la última posición dada. Dos aviones participaron en la búsqueda nocturna hasta primeras horas del día siguiente, cuando empezó la operación de rastreo a gran escala. El retraso en el inicio de las tareas de búsqueda -comenzaron casi dieciocho horas después de que se perdió la pista al KB-50- fue lo que impidió en su día explicar el accidente. El aparato cayó al mar; pero fuera del triángulo de las Bermudas, a más de 700 kilómetros del límite norte de la misteriosa región.

El misterio de la ‘patrulla perdida’

Seis aviones y veintisiete hombres -los integrantes del famoso Vuelo 19 y la tripulación de uno de los aparatos de rescate- desaparecieron en las inmediaciones de la península de Florida el 5 de diciembre de 1945. El incidente, uno de los pilares de la leyenda, estuvo a punto de perder todo misterio en mayo de 1991, cuando Robert Cervoni, director de la firma Scientific Search Project, anunció que el barco de exploración Deep See había hallado los restos de cinco TBM Avenger a unos 18 kilómetros al noroeste de Fort Lauderdale. “Nos pareció increíble. De pronto, nos invadió un grado de excitación elevadísimo”, recordaba Cervoni [Fermoselle, 1991]. A pesar de que todo parecía indicar que se trataba de los aviones torpederos desaparecidos en 1945, posteriores investigaciones permitieron precisar que los aparatos no pertenecían al Vuelo 19. Los modelos no coincidían y los números de matrícula no correspondían a los del escuadrón perdido.

Cinco aviones torpederos TBM Avenger partieron a las 14.10 horas del 5 de diciembre de 1945 de la base aeronaval de Fort Lauderdale, en Florida. Los aviones, con una tripulación total de catorce hombres, iban a participar en un vuelo de entrenamiento sobre el mar para el adiestramiento de los pilotos en orientación sin instrumental y sin puntos de referencia. Debían volar 198 kilómetros al este, 117 kilómetros al norte y otros 193 kilómetros hacia el sudoeste, hasta Fort Lauderdale. Los problemas surgieron una hora y media después del despegue, cuando el comandante de la escuadrilla, el teniente Charles Taylor, creyó que se habían perdido “después del último giro” y que su brújula no funcionaba debidamente [Errigo, 1975]. La conversación entre el jefe de la escuadrilla y sus pilotos fue detectada por el teniente Robert Cox, un instructor de vuelo que poco después perdió comunicación con Taylor. El Vuelo 19 “debía hallarse sobre las islas Bimini o las Bahamas” mientras que Cox estaba a unos 65 kilómetros al sur de Fort Lauderdale [Kusche, 1975].

El reloj es un instrumento imprescindible en un vuelo de entrenamiento a ciegas. Sin embargo, ninguno de los cinco TBM Avenger estaba equipado con reloj y existe la duda de si el propio Taylor llevaba uno de pulsera, ya que su familia recibió después uno entre sus efectos personales. Si el comandante ignoraba cuánto tiempo llevaba volando en un rumbo determinado, es comprensible que en un algún momento se sintiera perdido. Su desorientación llegó a tal punto que, en la segunda mitad del primer tramo -cuando la brújula, según él, comenzó a fallar-, pensó que se estaban equivocando, tomó el mando, volvió a lo que creía que era la posición correcta y acabó por no saber si se hallaba al este o al oeste de Florida. A las 16.45 horas, Port Everglades conectó con Taylor y le pidió que cambiara la radio a la frecuencia de emergencia. El líder del Vuelo 19 no lo hizo y, poco a poco, perdieron las comunicaciones con las estaciones de tierra en un canal, por otra parte, plagado de interferencias de emisoras cubanas y ruidos parásitos.

El informe oficial, que ocupa más de 400 páginas, revela que pasaron más de cuatro horas desde la primera llamada de socorro hasta que los aviones cayeron al mar. “La parte más trágica del incidente -señala Kusche- es que, cuando el teniente Taylor dio el primer parte de su situación, se encontraba, según su declaración posterior, sobrevolando los arrecifes del norte de las Bahamas. ¡El Vuelo 19 se hallaba casi en rumbo correcto cuando los pilotos decidieron que se habían perdido!”. Horas más tarde, los operadores de tierra escucharon por radio como alguno de los pilotos decía: “¡Maldición, si al menos pudiéramos volar hacia el oeste, llegaríamos a casa!”. Ninguno llegó a casa porque ninguno abandonó la formación por disciplina. Se perdieron definitivamente pasadas las 19.00 horas, cuando se les acabó el combustible, al caer “en algún lugar entre el este de Estados Unidos y el norte de las Bahamas”. Los TBM Avenger, recuerda el sagaz Berlitz, “estaban en condiciones de posarse suavemente sobre las aguas y, en todo caso, podían mantenerse noventa segundos a flote” [Berlitz, 1974]. Pero es que las condiciones meteorológicas no eran idílicas, como el autor de El triángulo de las Bermudas quiere hacer ver, sino bastante malas, “con vientos fuertes y un mar muy alborotado”, lo que tampoco favorecía la supervivencia en caso de amerizaje de emergencia.

Fue entonces cuando partió en su búsqueda un hidroavión Martin Mariner con trece tripulantes. Y también se esfumó, aunque no sin dejar rastro. La leyenda une ambos incidentes -la desaparición de los cinco aviones y la del aparato de rescate- y dice que los seis aparatos desaparecieron sin más ni más. La realidad es muy diferente. El Martin Mariner despegó de la base aeronaval de Banana River hacia las 19.27 horas, media hora después de la última conexión con el Vuelo 19. Veintitrés minutos más tarde, según el informe oficial, “el capitán del SS Gained Mills declaró que un avión se incendió en el aire e inmediatamente cayó al agua y explotó, y que manchas de aceite y escombros habían sido vistos por miembros de la tripulación” [Kusche, 1975]. Curiosamente, la explosión tuvo lugar en el punto en el que tenía que encontrarse en aquel momento el Martin Mariner, un aparato al que los pilotos llamaban tanque de gasolina volante. Sin embargo, Alejandro Vignati, un explotador del misterio, califica de “sorprendente” la desaparición del Martin Mariner [Vignati, 1975].

Más asombroso resulta que el lamentable cúmulo de coincidencias que convirtió el 5 de diciembre de 1945 en una jornada aciaga para la aviación haya sido tergiversado hasta tal punto que mucha gente crea que fueron los extraterrestres los que secuestraron a los veintisiete tripulantes de los seis aviones militares. Parte de culpa tiene Steven Spielberg. Al comienzo de Encuentros en la tercera fase (1977), el ufólogo encarnado por François Truffaut encuentra en el desierto mexicano de Sonora los cinco TBM Avenger del Vuelo 19 en perfecto estado de conservación; al final de la película, Charles Taylor y sus compañeros salen de un multicolor platillo volante estacionado en la torre del Diablo. Así soluciona el Rey Midas de Hollywood uno de los mayores misterios del siglo XX, recurriendo a otro misterio inexplicado, los platillos volantes.

En el fondo del mar…

Los partidarios del triángulo de las Bermudas recurren siempre a otros supuestos enigmas para explicar el misterio. Muestran especial preferencia por visitantes extraterrestres y restos de la desaparecida Atlántida; aunque también salen habitualmente al escenario vórtices magnéticos, civilizaciones intraterrestres, agujeros espacio-temporales… John Wallace Spencer aboga por los secuestros alienígenas; Charles Berlitz, por una explicación atlante, y Jean Prachan une los ovnis y el continente desaparecido en una sola teoría. ¿Qué hay de verdad en tan sorprendentes afirmaciones? Nada.

Spencer, miembro del crédulo Comité Nacional para la Investigación de los Fenómenos Aéreos (NICAP), afirma que “los extraterrestres no pueden ser clasificados como amigos ni como enemigos, sino como algo muy distinto: como científicos que llevan a cabo un experimento” [Spencer, 1975]. En su opinión, los visitantes han elegido el triángulo de las Bermudas como zona de operaciones “por ser la más frecuentada del mundo tanto por tierra como por mar. Si mi teoría es correcta, lo científicos extraterrestres están llevando a cabo continuos experimentos con los seres humanos y sus máquinas”. La idea es llamativa; pero tan carente de fundamento como la que dice que los extraterrestres vienen a la Tierra de caza para llenar de comida las despensas de los platillos volantes.

¿Qué necesidad tienen los alienígenas de exponerse en continuas expediciones de caza? ¿No resultaría más fácil crear granjas de seres humanos para satisfacer las supuestas necesidades gastronómicas o de animales de laboratorio? El hecho de que los visitantes estelares hayan tenido que convertir el triángulo de las Bermudas en coto de caza es una muestra más de la escasa imaginación y la falta de lógica que imperan entre ciertos escritores sin escrúpulos, que hacen cualquier cosa con tal de rentabilizar la credulidad del público.

Berlitz no recurre a los marcianos. Prefiere resucitar un viejo mito de la humanidad, la Atlántida. Según él, la existencia de un gran complejo de energía submarino es la causa de las misteriosas desapariciones que se registran en la región desde siempre. Obviamente, la idea -como todas las de Berlitz- no es original de él, sino de Edgar Cayce, un pretendido dotado que entre 1924 y 1944 maravilló a todos los ingenuos de la época. Maestro de escuela, diagnosticaba enfermedades a distancia, recetaba curas por carta, realizaba descripciones de vidas anteriores y se atrevía hasta a dárselas de profeta. “Las curas de Cayce -escribe James Randi– eran muy graciosas”, consistían casi siempre en conocidos remedios caseros como el caldo de carne, y sus fracasos como vidente fueron “notables” [Randi, 1982].

La Atlántida, según Cayce, desapareció debido al empleo indebido de las fuerzas de la naturaleza, que se tomó la revancha y borró el continente del mapa. “El hombre produjo las fuerzas destructivas… que, combinadas con las propiedades naturales de los gases, de fuerzas existentes en la naturaleza y en su forma natural, causaron la peor de las erupciones en las profundidades de la Tierra en lento proceso de enfriamiento, y esa porción [de la Atlántida] que ahora se halla cercana a lo que podríamos llamar el mar de los Sargazos desapareció bajo el océano…” [Berlitz, 1974]. El vidente describió lo que sus admiradores identifican con el láser, el máser y la energía nuclear, y habló de la existencia de un “gran cristal” atlante productor de energía en el lecho marino cerca de las Bahamas.

Charles Berlitz, que da crédito a todo tipo de sandeces, cree que es posible que en la región haya “grandes complejos de energía, antiguas máquinas o fuentes energéticas de una civilización anterior, que yacen en el fondo del océano” y que “incluso ahora podrían ser ocasionalmente accionadas por aviones que, al sobrevolarlas, crean torbellinos magnéticos y provocan perturbaciones magnéticas y electrónicas” [Berlitz, 1974]. Por si fuera poco, mantiene además que se ha cumplido una de las últimas profecías de Edgar Cayce, que anunció que parte de la Atlántida resurgiría de las aguas a finales de los años 60.

Una apuesta de 10.000 dólares

“Poseidia -dijo Cayce en 1940- estará entre las primeras porciones de la Atlántida que vuelvan a resurgir…, según espero, en 1968, 1969… pero no más lejos” [Berlitz, 1977]. Nada de eso pasó; pero Berlitz se basta y se sobra para tergiversar la realidad y adaptarla a la profecía. Y así se refiere al descubrimiento en 1968 de una calzada submarina cerca de las islas Bimini como si fuera evidencia de algo más que de su ignorancia. La prueba, situada a unos 8 metros bajo la superficie, es “un par de filas semirregulares paralelas a la costa, separadas por unos 20 metros y consistentes en unos bloques casi rectangulares de dimensiones muy variadas, que miden de 2 a 6 metros” [Randi, 1982]. En realidad, se trata de un ejemplo de lo que los geólogos conocen como rocas de playa, una estructura formada por granos de arena que han sufrido un proceso natural de cementación. La prueba del carbono 14 a la que se han sometido restos orgánicos incrustados en la roca ha revelado que la carretera tiene sólo unos 2.200 años, cuando la Atlántida, según los creyentes, se hundió en el mar hace más de diez milenios. Al ser de origen natural, se han encontrado otras calzadas submarinas en lugares como Australia, demasiado lejos del triángulo de las Bermudas.

Los fabricantes de enigmas no se conformaron con encontrar una carretera y en 1977 realizaron otro “sensacional descubrimiento”, hallaron una pirámide de 143 metros de altura sumergida en el triángulo de las Bermudas. ¡Ya no faltaba nada! En la región había bases extraterrestres, misteriosas fuentes de energía, ruinas atlantes y hasta una gigantesca pirámide. El problema es que el espectacular monumento siguió el mismo camino que las calzadas submarinas. Aunque Berlitz disponía de un registro de sonar en el que se observaba una estructura piramidal de gran altura, cuando en 1978 Kusche apostó 10.000 dólares a que no existía ninguna evidencia de la existencia de la pirámide, el investigador dio la callada por respuesta.

Y es que la gráfica de sonar también tenía truco. La pirámide descubierta por el capitán Don Henry es de las “siluetas que pueden encontrarse a menudo en los registros de sonar”, según Bob Heinmiller, del Instituto Tecnológico de Massachussetts. “La forma de una pirámide -explica Randi- puede obtenerse simplemente al encontrar una pequeña pendiente en el sonar”, ya que la componente vertical de la gráfica es muy exagerada porque lo que se pretende es hacerse a la idea de la profundidad a la que está el lecho marino. “En el diagrama mostrado por Berlitz, la supuesta pirámide puede representar un terreno sumergido con una suave pendiente de 2 ó 3 grados. Para tener una idea de la verdadera inclinación representada, imagínese una regla de 30 centímetros sobre la parte superior de una mesa con ocho monedas apiladas debajo de un extremo. Don Henry pasó con su barco por encima de eso, en miniatura, para obtener el registro que vendió a Berlitz” [Randi, 1982].

Escapes de gas submarinos

Richard McIver comenzó a interesarse por el triángulo de las Bermudas en 1963, tras leer un artículo en la revista Argosy. Treinta años después, cree que la clave del misterio se encuentra en el fondo del mar, más concretamente, en el subsuelo oceánico. Geoquímico vinculado a la industria petrolífera, conoce los problemas que ocasionaban los hidratos gaseosos -el gas congelado- en perforaciones y oleoductos. Sólo las reservas mundiales de metano en estado de hidrato se estiman actualmente en unos 1016 metros cúbicos, muchos de los cuales se encuentran bajo el subsuelo marino.

El origen del metano submarino está vinculado a la descomposición de animales y plantas. El gas se cristaliza, debido a la presión y a la baja temperatura, y queda atrapado entre los estratos. Hay depósitos de hidratos en todos los océanos del planeta, incluida la región del triángulo de las Bermudas, y bajo ellos se encuentra metano en estado gaseoso. Los escapes de gas a alta presión han provocado numerosos accidentes en barcos perforadores y plataformas petrolíferas. “Cuando el gas entra en contacto con el agua que hay bajo la plataforma, puede tener consecuencias funestas” [Simmons, 1992]. Las estructuras pierden gran parte de su capacidad de mantenerse a flote y pueden llegar hasta a volcar.

Larry Kuhlman, de Neal Adams Firefighter Inc., ha presenciado gran número de accidentes de este tipo. “Las plataformas se hunden por dos razones: una es la reducción del peso específico del agua debido a la presencia de gas, y la otra es que el agua sube de nivel, llega hasta la cubierta y se introduce en los sistemas de conducción interna. El gas asciende hasta la superficie muy deprisa y, en algunos casos, las plataformas se hunden en cuestión de minutos”, advierte. Los trabajadores que se lanzan al agua gasificada intentando salvarse descubren que se hunden, que ni con chaleco salvavidas flotan. “Es como saltar desde un avión en vuelo sin paracaídas”, indica un superviviente.

La perforación del subsuelo es la manera más habitual de liberar este enorme poder destructivo de la naturaleza; pero no la única. Los corrimientos de tierra submarinos pueden sacar a la luz depósitos de gas, que, liberado en grandes cantidades, desencadenará una catástrofe localizada. Si no hay tráfico marítimo, todo quedará en una mera anécdota; si un barco navega por las inmediaciones, casi con toda seguridad acabará en el fondo del mar. Experimentos llevados a cabo en el Instituto de Ciencias Oceanográficas de Gran Bretaña han revelado qué ocurre a una embarcación que navega en una mezcla de gas y agua. La piscina permanece tranquila hasta que se produce el escape gaseoso. Entonces, el agua se convierte en un auténtico infierno blanco, la turbulencia atrapa al navío y éste se hunde. Esto es lo que, según Richard McIver, ocurre en el triángulo de las Bermudas: los sedimentos se rompen, el gas queda libre y, en su camino hacia la superficie, se traga los barcos.

Quienes han presenciado bajo las aguas del mar Caspio escapes de gas aseguran que, en ocasiones, la erupción es tan violenta que puede llegar a haber “una columna de gas rodeada de agua, lo que da la impresión de que el mar está hirviendo” [Simmons, 1992]. La descripción, desde luego, se asemeja mucho a la última visión que la leyenda atribuye a algunas de las víctimas del triángulo de las Bermudas. Sin embargo, ¿cómo puede afectar un escape de gas a un avión? McIver se atreve a dar una respuesta. Mantiene que bastaría una chispa del motor para provocar una explosión en un avión que se adentrara en una nube de metano provocada por un escape submarino.

La hipótesis del geoquímico es atractiva y está basada en hechos reales: más de 40 plataformas y barcos perforadores se han hundido en todo el mundo debido a escapes de gas. Sin embargo, considerar esta teoría como la explicación a todas las desapariciones acaecidas en el triángulo de las Bermudas es casi tan grotesco como decir que todos platillos volantes son producto de confusiones con el planeta Venus. Cabe la posibilidad de que algunos siniestros tengan su origen en escapes masivos de gas metano, pero no hay que olvidar que la mayoría de los casos que sustentan el misterio tiene una explicación bastante más prosaica.

La opinión de los hombres del mar

“Podemos afirmar categóricamente que las desapariciones [del triángulo de las Bermudas] se deben normalmente a condiciones meteorológicas severas” afirma Norman Hooke, de la compañía de seguros Lloyd’s, que añade que “si se comprueba con detalle” cada uno de los misteriosos incidentes que han conformado la leyenda, se verá que no han ocurrido como dicen Berlitz y compañía. La experiencia ya la hizo Lawrence David Kusche, que llegó a la conclusión de que los estudiosos de lo paranormal no investigan los casos en las fuentes, aderezan los incidentes con imaginativos detalles, localizan las desapariciones donde les viene en gana y hasta ocultan información que podría explicar el accidente.

Los guardacostas, los hombres que más tiempo pasan en aguas del triángulo maldito, no han visto hombrecillos verdes en la zona. Respecto a las víctimas de la región, el comandante James Howe cree que “se trata de gente que se mete en problemas debido a las condiciones meteorológicas o por no estar preparados” [Simmons, 1992]. Los expertos en lo paranormal ignoran las manifestaciones de la Lloyd’s y de la Guardia Costera de Estados Unidos. Ya en su primer libro sobre la misteriosa zona, el propio Berlitz recogía la opinión de los guardacostas. “Según nuestra experiencia -aseguraba en 1974 un portavoz del servicio de vigilancia- las fuerzas combinadas de la naturaleza y el carácter impredecible del ser humano pueden superar, muchas veces al año, las más ambiciosas narraciones de ciencia ficción…” [Berlitz, 1974]. Veinte años después, todavía hay quien cree que puede navegar entre Miami y Bahamas con “un mapa de carreteras o un mapa dibujado en una servilleta”, indica Howe.

Bajo el agua, la opinión es aún más contundente. El comandante Jacques Cousteau no tenía ninguna duda. “El tan comentado triángulo de las Bermudas no es tal punto de desapariciones misteriosas -decía-, sino un simple montaje publicitario que radica en el interés de ciertas empresas editoriales por vender libros. Un camelo” [Semana, 1979]. El explorador submarino no vacilaba en calificar el misterio de “leyenda prefabricada”. No le faltaba razón.


Notas

Benítez, Juan José [1985]: “Platón -sin saberlo- describió América”. El Correo Español-El Pueblo Vasco (Bilbao), 14 de Enero.

Berlitz, Charles [1974]: El triángulo de las Bermudas [The Bermuda triangle]. Trad. de José Cayuela. Editorial Plaza & Janés (Col. “Los Jet”, Nº 7). Barcelona 1982. 254 páginas.

Berlitz, Charles [1977]: Sin rastro [Without trace]. Con la colaboración de J. Manson Valentine. Trad. de Traductores Diorki. Mundo Actual de Ediciones. Barcelona 1978. 243 páginas.

Errigo, Angela [1979]: “El triángulo de las Bermudas”. En Pick, Christopher (Ed.): Misterios del mundo [Mysteries of the world]. Prologado por Ian Wilson. Trad. de Carmen López Velasco. Editorial Eléxpuru. Bilbao 1980. 146-157.

Fermoselle, Ángel F. [1991]: “Otra vez el triángulo de las Bermudas”. El Mundo (Madrid), 18 de Mayo.

Kusche, Lawrence David [1975]: El misterio del triángulo de las Bermudas solucionado [The Bermuda triangle mystery – solved]. Trad. de Carme Collell. Ediciones Sagitario. Barcelona 1977. 320 páginas.

Lleget, Màrius; y Kusche, Lawrence David [1979]: “El triángulo de las Bermudas desmontado punto por punto”. Algo (Barcelona), Nº 338 (Febrero), 90-102.

López, Jesús [1994]: “Luis Roldán desapareció en el triángulo de las Bermudas”. Noticias del Mundo (Madrid), Nº 7 (7 de Noviembre), 3.

Pérez, Alberto [1989]: “Llevados por el viento”. Más Allá (Madrid), Nº 8 (Octubre), 30-41.

Randi, James [1982]: Fraudes paranormales. Fenómenos ocultos, percepción extrasensorial y otros engaños [Flim-flam! Psychics, Esp, unicorns and other delusions]. Prologado por Isaac Asimov. Trad. de Alejandro G. Tiscornia. Tikal Ediciones (Col. “Eleusis”). Gerona 1994. XVI + 347.

Semana [1979]: “El comandante Cousteau tira con bala: “¡El pretendido misterio del triángulo de las Bermudas es un camelo!””. Semana (Madrid), Nº (9 de Junio).

Simmons, John [1992]: The Bermuda triangle. Geofilms. Producido por Martine Benoit y John Simmons. Guión de John Simmons. Música de Tony Royden. Narradora: Juliet Stevenson. Duración: 50 minutos.

Spencer, John Wallace [1975]: El limbo de lo perdido. Casos actuales de misterios marinos [Limbo of the lost today]. Trad. de Consuelo González Castresana. Editorial Plaza & Janés (Col. “Realismo Fantástico”, Nº 81). Barcelona 1980. 240 páginas.

Vignati, Alejandro [1975]: El triángulo mortal de las Bermudas. Editorial ATE. Barcelona. 303 páginas.

Muere a los 90 años Charles Berlitz, autor de ‘El triángulo de las Bermudas’

Charles Berlitz (Nueva York, 1913) murió el 18 de diciembre en Tamarac (Florida, EE UU) a los 90 años. Lingüista -era nieto del fundador de las academias de idiomas Berlitz-, entró en el mundo del misterio a finales de los años 60 del siglo pasado y alcanzó renombre mundial en 1974 con la publicación de El triángulo de las Bermudas. Escribió libros sobre el arca de Noé y la Atlántida, y firmó con William Moore dos obras: El experimento Filadelfia (1979) y El incidente (1980), que resucitó el misterio de Roswell y marcó el inicio de la fiebre de los platillos volantes estrellados, fenómeno en el que hasta entonces nadie había creído ni siquiera dentro del mundo ufológico. Hábil relaciones públicas, sus trabajos están repletos de afirmaciones asombrosas sin la menor base, como demuestra su obra más popular.

Charles Berlitz.El triángulo de las Bermudas debe su nombre a Vincent Gaddis, un divulgador de lo paranormal que bautizó así a la región del Atlántico delimitada por Florida, Puerto Rico y Bermudas en la revista Argosy en 1964. Pero si hay un autor al que la opinión pública vincula con esa zona, ése es Charles Berlitz, cuyas obras El triángulo de las Bermudas y Sin rastro han vendido decenas de millones de ejemplares en todo el mundo desde 1974. Berlitz sostenía que las desapariciones en la región se deben bien a que los extraterrestres han estado “secuestrando aviones y barcos durante varias generaciones”, bien a una “antigua, e incluso actual, actividad atlante en la zona”. Otros autores hablan de civilizaciones intraterrestres, vórtices magnéticos o agujeros espaciotemporales. Pero lo importante es que todos parten de una misma base: la facilidad con que se esfuman barcos y aviones en esa parte del Atlántico.

La realidad es mucho más misteriosa que todo eso, como descubrió Lawrence Kusche hace más de veinte años. Bibliotecario de la Universidad de Arizona y piloto de aviación, Kusche se propuso averiguar qué había de cierto en los llamativos titulares de las revistas esotéricas y en los éxitos de ventas de Berlitz y compañía. Su conclusión fue sorprendente: “No existe ninguna teoría que resuelva el misterio”. Cuando examinó el caso del Freya, un carguero cuya desaparición en 1902 Berlitz situaba en el triángulo de Bermudas, descubrió que el barco había naufragado en el Pacífico y durante un maremoto. Averiguó también que ningún Globemaster estadounidense se accidentó en la región en 1950, como afirmaba el autor de El triángulo de las Bermudas, aunque un aparato de ese tipo sí explotó en vuelo, pero en 1951 y a 900 kilómetros al sudeste de Irlanda, muy lejos del limbo de lo perdido. Y así un caso tras otro.

“Podemos afirmar categóricamente que las desapariciones se deben normalmente a condiciones meteorológicas severas”, ha mantenido siempre la Lloyd’s. Del medio centenar largo de casos enigmáticos que Kusche desmontaba en 1975 en su libro El misterio de triángulo de las Bermudas solucionado, se deduce que no hay ninguna explicación para todos los sucesos y sí una para cada uno, y que Berlitz no merece ningún crédito. “Si Berlitz informase de que un barco es rojo, las posibilidades de que fuera de otro color constituirían caí una certeza”, ironiza Kusche, quien comprobó en su día que, por ejemplo, el Stavenger, un barco con 43 tripulantes que habría desaparecido en 1931 en Bahamas, nunca existió. Así es muy fácil que se esfumara.

En su libro Flim-flam! Psychic, ESP, unicorns and other delusions (1982), el ilusionista James Randi acusa a Berlitz de falsear datos conscientemente. “Tengo entendido que Berlitz habla unos treinta idiomas, once de ellos con fluidez. Quizá sea capaz de afirmar sus falsedades en los treinta idiomas”, dice el prestigioso escéptico. Por escrito, las mentiras del autor estadounidense se han divulgado en muchos más idiomas y siempre con el marchamo de no ficción.

Círculos de misterio

Imagen del típico extraterrestre junto a un mensaje codificado, en un círculo de los cultivos de 2002.2001 fue el año del contacto. El primer mensaje alienígena se hizo cereal el 21 de agosto. Ocurrió en el Reino Unido, cerca de la estación meteorológica de Chibolton. En un sembrado colindante con el observatorio, aparecieron un rostro y una especie de réplica de la señal que en 1974 se emitió desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) hacia M13, un cúmulo de estrellas situado a 25.000 años luz. “Creo que es una respuesta al mensaje de Arecibo”, dijo Palden Jenkins, un estudioso de los círculos. Era el broche de oro de una temporada que había empezado con bastante retraso sobre el calendario habitual.

“Los extraterrestres parecen estar al tanto de las leyes británicas, porque ningún ovni ni ningún orbitrón de plasma se ha dejado caer por la campiña inglesa durante el brote de fiebre aftosa”, ironizaba Michael Wright el 17 de junio de 2001, en The Sunday Times. Una vez levantada la prohibición de acceso a carreteras y caminos rurales impuesta para evitar la difusión del mal, los pictogramas florecieron. A mediados de agosto, Tim Carson, un granjero de Wiltshire, descubrió una figura en su propiedad y tuvo claro, desde el primer momento, que no era cosa de marcianos. “Recibí una llamada en la que me preguntaron si los caminos estaban ya abiertos al público. Dije que sí y aquella noche apareció un círculo de los sembrados”, declaró a la BBC.

Los artistas del cereal

El condado de Wiltshire -en el que se levantan los monumentos megalíticos de Stonehenge y Avebury- es la Disneylandia de la cerealogía, que debe su nombre a Ceres, la diosa romana de la agricultura. Allí comenzó todo a mediados de la década de 1970 y allí se encontró la otra formación que, junto a las de Chibolton, causó sensación el año pasado: una espiral de seis brazos, compuesta por 409 círculos y que ocupaba 45.000 metros cuadrados de un trigal de Milk Hill. John Lundberg, un diseñador gráfico londinense de 33 años, calcula que el complejo pictograma pudo exigir de sus creadores unas tres horas de intenso trabajo nocturno. Lo dice con conocimiento de causa: forma parte de uno de los grupos que, desde hace años, reivindican la paternidad de los círculos.

Frente a los ufólogos que atribuyen los dibujos a platillos volantes, los meteorólogos excéntricos que hablan de nuevos fenómenos atmosféricos y los místicos de la Nueva Era que argumentan que es la propia Tierra la que quiere así llamar la atención sobre la degradación medioambiental, Lundberg y sus colegas dicen que se trata de obras de arte. Efímero, porque la siega destruye los pictogramas; pero arte, al fin y al cabo. Su equipo responde al nombre de Circlemakers (fabricantes de círculos). Son tres, empezaron a actuar en Wiltshire hace más de diez años y, desde 1995, disponen de una web en la que informan de sus proyectos y mantienen al día un censo de este tipo de creaciones.

“Cuando, en 1991, Doug Bower y Dave Chorley confesaron que habían estado haciendo círculos durante quince años, el interés popular cayó en picado. Entonces -recuerda Lundberg-, nos propusimos elevarlo otra vez haciendo formaciones tan grandes y complejas que la gente volviera a preguntarse: ‘¿Es posible que estas cosas sean obra humana?'”. El trío hace entre veinticinco y treinta dibujos cada temporada, entre abril y septiembre. No son los únicos. Hay, en el Reino Unido, otros tres o cuatro grupos igual de activos, además de muchos que realizan una o dos obras al año.

Desde que el diario The Wiltshire Times se hizo eco del primer pictograma hace veintidós años, la complejidad de las formaciones ha ido en aumento. Las primeras llevaban a Bower y Chorley pocos minutos. Eran fáciles de hacer: uno de ellos se plantaba sobre el terreno, a modo de poste, con una cuerda o cinta de agrimensor a cuyo otro extremo estaba su cómplice. Este último caminaba entonces alrededor de su compañero, cual brazo móvil de un compás humano, dibujando un círculo de plantas tumbadas. Aplastaba el cereal con los pies, apoyándolos en un tablón que sujetaba con las manos, gracias a sendas cuerdas. Los dibujos de ahora son bastante más complicados, pero la técnica es la misma.

Bromistas impenitentes

Los dos vecinos de Southampton se lo pasaron en grande durante tres lustros. Diseñaban figuras cada vez más llamativas no sólo para superarse en su arte, sino también para entusiasmar o crear dolores de cabeza a los cereálogos, una peculiar tribu que recorría la campiña a la caza de dibujos. Bower llegó a acompañar a los expertos en sus visitas a los pictogramas y tomar nota de sus teorías para hacerlas realidad o ponerlas en entredicho. Así, cuando un cereálogo achacaba que las plantas aparecieran tumbadas siempre en un mismo sentido a la acción de tornados o vórtices de plasma, la pareja creaba una figura con el cereal aplastado en sentido contrario o con círculos satélites.

Dentro de la comunidad cerealógica destacaron pronto tres personajes por su capacidad de rentabilizar el fenómeno: los ingenieros Colin Andrews y Pat Delgado, y el meteorólogo Terence Meaden. Las continuas bromas de Bower y Chorley les volvieron locos. Al final, en septiembre de 1991, todo se fue abajo. Unos periodistas del diario Today enseñaron a Delgado una figura y éste se deshizo en elogios. “¡Es fantástico!”, dijo, antes de añadir que no podía ser obra humana. Cuando los reporteros le presentaron a los dos artistas, dos sesentones, la tierra se abrió bajo los pies del cereálogo. “La gran broma ha terminado. Dos espabilados nos han engañado”, concluyó. Pero la broma no había hecho nada más que comenzar.

Bower y Chorley se habían dado cuenta años antes de que había otros artistas del cereal. We are not alone (No estamos solos), escribieron en letras de doce metros en un sembrado en 1986, en reconocimiento a sus colegas. A partir de ese momento, firmaron sus trabajos con dos des mayúsculas. “Incluso eso se atribuyó a un misterioso propósito extraterrestre”, recuerda el fallecido astrofísico Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios (1996). Fueron los herederos intelectuales de los artistas de Southampton los que revitalizaron el fenómeno con increíbles dibujos, como el de un gris -un alienígena típico de Expediente X– con un disco que apareció el pasado 15 de agosto en Hampshire. Para los cereálogos, el disco contiene un mensaje de otro mundo.

“Lo que me fascina son los mitos y el folclore que han surgido alrededor de los círculos”, afirma John Lundberg, quien no se considera un bromista, sino un artista. Los sucesores de Bower y Chorley utilizan ordenadores para sus diseños, pero los trasladan al campo con los mismos útiles que sus maestros: cinta de agrimensor, tablones, cuerdas, brújulas, linternas… En el verano de 2002, siguiendo la estela de Señales, la última película de M. Night Shyamalan, miles de turistas invadieron los campos de Wiltshire y Hampshire para admirar sus obras de arte. El taquillazo de Hollywood llenó los bolsillos de los agricultores -cobran por entrar a sus propiedades-, las agencias de viajes y los cereálogos que tan mal lo pasaron hace diez años. El negocio de los círculos volvió a ser redondo.


Un arte y un negocio típicamente británicos

Son tan ingleses como los estrafalarios sombreros de Isabel II y el té de las cinco. De hecho, nacieron en una noche de verano de 1975 ó 1976 después de que cayeran varias pintas en un pub, el Percy Hobbs de Winchester. Doug Bower y Dave Chorley paseaban por un camino hablando de ovnis cuando el primero, que había vivido en Australia, recordó que en 1966 se había atribuido un círculo de hierba aplastada descubierto cerca de Queensland al aterrizaje de un platillo volante. “¿Qué crees que ocurriría si hiciéramos un círculo por aquí?”, preguntó a su compañero señalando un trigal. Así comenzó todo.

Al principio, la pareja empleó para aplastar el cereal la barra metálica con la que Bower atrancaba la puerta trasera de su tienda de marcos. Con el tiempo, se fabricaron las herramientas que aún siguen utilizando los hacedores de círculos del siglo XXI. Y tuvieron que dar explicaciones a Ilene, la esposa de Bower. En 1984, la mujer se encaró a su marido. Creía que tenía una aventura. Sólo así podían explicarse sus repetidas salidas nocturnas. El hombre le dijo a qué dedicaba las escapadas, pero ella no le creyó hasta que acompañó a él y a su cómplice en una de sus expediciones.

Los autores, perplejos

Bower y Chorley nunca pudieron imaginar que los cereálogos iban a detectar en sus obras y en las de otros colegas rastros de radiactividad o alteraciones en la composición química de las plantas. Jim Schnabel, ex artista del cereal y periodista, recuerda en su libro Round in circles (1993) cómo los expertos convertían “mágicamente” sus errores en “logros que ningún ser humano podía duplicar”. Por obra y gracia del misteriólogo de turno, un pictograma hecho con unas pintas de más acababa siendo radiactivo, rememora Schnabel. Mike J., otro ex fabricante de figuras, descubrió en 1991 que una formación que había creado un año antes “había sido fotografiada, investigada, sondeada por zahoríes, analizada y reproducida en libros y camisetas”. Era auténtica y fue “imposible” para él convencer a los cereálogos de lo contrario.