Enigmas de la Tierra

En busca de la Atlántida, el viernes en Bilbao

Recreación de la capital de la Atlántida, según el canal de televisión National Geographic. Ilustración: National Geographic Channel.

“La Atlántida, ¿un continente perdido?” es el título de la charla que daré el viernes a las 19.00 horas en la carpa colocada por la FNAC y la agrupación de comerciantes BilbaoCentro en la calle Ercilla de la capital vizcaína. En mi intervención, que se enmarca dentro del ciclo “La ciencia duda”, hablaré de los orígenes del mito, de geología, de historia, de guerras y ciudades que desaparecieron de la noche a la mañana, de hechos que pudieron -o no- servir de inspiración a Platón para un relato que nos sigue cautivando 2.400 años después de que el filósofo griego lo contara por primera vez. Si usted cree que en el siglo XXI merece la pena seguir buscando la Atlántida en el mundo real –como ha hecho recientemente la Sociedad Geográfica Nacional de Estados Unidos-, acérquese a la carpa de la calle Ercilla el viernes y hablamos del asunto.

Muere Geoffrey Crawley, el fotógrafo que demostró la falsedad de las fotos de las hadas de Cottingley

Geoffrey Crawley, el fotógrafo que probó científicamente la falsedad de las fotos de las hadas de Cottingley, murió el viernes tras una larga enfermedad, según informa el British Journal of Photography (BJP). La investigación de este experto sobre las imágenes tomadas por las niñas Elsie Wright y Frances Griffiths en una zona boscosa del norte de Inglaterra, entre 1917 y 1920, reveló que las fotos eran un fraude realizado a partir de siluetas de papel de hadas recortadas y sujetadas con alfileres.

Frances, con las pequeñas hadas.Crawley reventó así definitivamente, en una serie de artículos publicados en BJP entre 1982 y 1983, una historia fantástica en la que creyó fervientemente en su día Arthur Conan Doyle. El creador de Sherlock Holmes escribió un libro, El misterio de las hadas (1921), en el que defendió la autenticidad de las imágenes, aunque, como había dicho desde el principio Arthur Wright, padre de una de las niñas, “para explicar estas fotografías de hadas lo que se requiere no es un conocimiento de los fenómenos ocultos, sino de los niños”. Cuando Crawley comunicó sus conclusiones a una ya adulta Elsie, ésta le contó cómo, una vez que Conan Doyle y otros empezaron a proclamar a los cuatro vientos la autenticidad de las fotos, ellas se sintieron incapaces de contar la verdad. El misterio de las hadas había sido fruto de una broma infantil que se les había ido de las manos a sus autoras.

“Por supuesto que existen las hadas, así como Papá Noel. El problema llega cuando se intenta hacerlas corpóreas. Son bellos conceptos poéticos que nos llevan fuera de este mundo real, a veces demasiado feo. Conan Doyle, después de los horrores de la Primera Guerra Mundial, en la que perdió a su hijo, quería proponer la existencia de una realidad donde pueden existir los espíritus”, escribió Crawley hace diez años en el BJP, que ayer recordaba estas frases en la necrológica de quien fue su director.

Los escapes submarinos de metano hunden al mal periodismo en el triángulo de las Bermudas

La historia que circula por Internet desde hace días según la cual dos científicos habrían descubierto recientemente que escapes submarinos de metano serían la causa de las desapariciones de barcos en el triángulo de las Bermudas es una demostración más de falta de rigor periodístico. La exclusiva la dio hace casi una semana un tal Terrence Aym. En un artículo titulado “How brilliant computer scientists solved the Bermuda Triangle mystery” (Cómo brillantes informáticos resolvieron el misterio del triángulo de las Bermudas), contaba cómo Joseph Monaghan y David May, de la universidad australiana de Monash, han comprobado mediante sencillos experimentos y simulaciones numéricas que una gran burbuja de gas es capaz de hundir un barco y han publicado el consiguiente artículo en el American Journal of Physics. Poco después, la información cruzó el Atlántico y ya ha sido recogida por numerosos sitios.

“Dos científicos australianos acaban de dar al mundo la solución del inquietante enigma que azota al imaginario colectivo desde los años 60”, se leía ayer en referencia al triángulo de las Bermudas en NeoTeo, donde se citaba como fuente de la información el texto de Aym, que llegó a portada de menéame el domingoy, a estas alturas, cuenta con casi 1.200 votos. Ninguno de los que se ha hecho eco del hallazgo hasta ahora ha consultado las fuentes porque, si no, habría descartado publicar la información tal cual ¡por vieja!

El trabajo de Monaghan y May, titulado Can a single bubble sink a ship? (¿Puede una burbuja hundir un barco?), fue publicado en el American Journal of Physics ¡en septiembre de 2003! y entonces se hicieron eco de ello multitud de medios. ¿A qué viene presentar ahora las conclusiones de ese estudio como una novedad? ¿Será que nadie ha comprobado que lo que sostiene el autor sea cierto? ¿Será que nadie se ha molestado de hacer una búsqueda en la web del American Journal of Physics para ver si el artículo de marras existe y ha sido publicado hace poco? Porque la investigación de Monaghan y May no sólo tiene siete años, sino que, además, ya entonces la hipótesis que relacionaba el metano con accidentes marítimos era de sobra conocida.

30 años de retraso

Oí hablar por primera vez de los escapes submarinos de gas como explicación a la desaparición de barcos a mediados de los años 90, cuando Canal + emitió un documental de John Simmons titulado The Bermuda triangle (1992). Versaba, casi en su totalidad, sobre el riesgo que suponen los hidratos gaseosos -el gas congelado- para la navegación y, sobre todo, para las perforaciones en busca de petróleo y gas. La idea de conectar este fenómeno con el falso enigma del triángulo de las Bermudas había sido de Richard McIver, un geoquímico de la industria petrolífera que en el documental ponía a prueba su hipótesis en un tanque del Instituto de Ciencias Oceanográficas de Reino Unido. Como pueden comprobar en el vídeo, la embarcación a escala navega en una mezcla de gas y agua, la piscina permanece tranquila hasta que se produce el simulacro de escape gaseoso y, entonces, el agua se convierte en un infierno blanco, la turbulencia atrapa al barco y éste se hunde.

En el mismo documental, Larry Kuhlman, de Neal Adams Firefighter Inc, recordaba haber presenciado gran número de accidentes de este tipo. “Las plataformas se hunden por dos razones: una es la reducción del peso específico del agua debido a la presencia de gas, y la otra es que el agua sube de nivel, llega hasta la cubierta y se introduce en los sistemas de conducción interna. El gas asciende hasta la superficie muy deprisa y, en algunos casos, las plataformas se hunden en cuestión de minutos”, advertía. Los trabajadores que se lanzan al agua gasificada intentando salvarse descubren que se hunden, que ni con chaleco salvavidas flotan. “Es como saltar desde un avión en vuelo sin paracaídas”, indicaba un superviviente. Quienes han presenciado en las aguas del Caspio escapes de gas aseguran que, en ocasiones, la erupción es tan violenta que puede llegar a haber “una columna de gas rodeada de agua, lo que da la impresión de que el mar está hirviendo”. La descripción, desde luego, se asemeja mucho a la última visión que la leyenda atribuye a algunas de las víctimas del triángulo de las Bermudas.

McIver propuso su hipótesis en 1981 y ya entonces existían numerosos documentos gráficos que la avalaban. Se calculaba por aquellas fechas que más de 40 plataformas y barcos perforadores se habían hundido en todo el mundo por escapes de metano. En 2003, Monaghan y May concluyeron que bastaba una gran burbuja de gas para hundir un barco, y ahora algunos nos venden ese estudio como algo nuevo. No sólo no es algo nuevo, sino que, además, no puede decirse que resuelva el misterio del triángulo de las Bermudas, como también han anunciado muchos titulares.

El metano no resuelve el misterio

Cuando a mediados de los 90 escribí sobre el asunto de los escapes de metano y las desapariciones de barcos -en un texto titulado “El hombre que volvió del limbo de lo perdido”, publicado aquí el 15 de mayo de 2004 y del que he tomado parte del material para esta entrada-, ya dije que “considerar esta teoría como la explicación a todas las desapariciones acaecidas en el triángulo de las Bermudas es casi tan grotesco como decir que todos platillos volantes son producto de confusiones con el planeta Venus. Cabe la posibilidad de que algunos siniestros tengan su origen en escapes masivos de gas metano, pero no hay que olvidar que la mayoría de los casos que sustentan el misterio tiene una explicación bastante más prosaica”. Lo sigo manteniendo. El enigma del triángulo de las Bermudas es consecuencia de investigaciones descuidadas -que sitúan en la región sucesos ocurridos a miles de kilómetros y barcos inexistentes-, cambios en las condiciones meteorológicas y la inventiva de los vendedores de misterios. “Es un camelo”, como decía Jacques Cousteau en 1979.

La evolución de los círculos de las cosechas, en la revista ‘Nature’

Medusa gigante que apareció de la noche a la mañana el verano pasado en Oxfordshire.Richard Taylor, profesor de Física, Psicología y Arte de la Universidad de Oregon, ha resumido en la revista Nature la evolución de los círculos del cereal desde los primeros hechos por Douglas Bower y David Chorley a finales de los años 70 del siglo pasado, sencillos y consistentes como mucho en círculos conectados por rectas, hasta los últimos, representaciones enormemente complejas que alcanzan centenares de metros e incluyen centenares de elementos.

El autor parte, como no podía ser de otro modo, de la premisa de que esas formaciones son de origen humano porque, en contra de lo que sostienen todavía algunos expertos en lo paranormal, no hay dibujos de las cosechas de artistas y dibujos de origen desconocido, lo mismo que no hay brujos fraudulentos y brujos auténticos. Absolutamente todas las formaciones que aparecen de la noche a la mañana desde hace décadas en los campos de cereal, con preferencia en Reino Unido, son obra humana y sólo el deseo de creer o la desvergüenza llevan a algunos a rodearlos de un halo de misterio.

A los cereálogos -como se llaman los estudiosos de los círculos de las cosechas– les pasa como a los sindonólogos -los estudiosos de la sábana santa-: son incapaces de admitir que el objeto de su pasión es una obra de arte. Ni más ni menos. Tanto unos como otros buscan algo extraordinario donde sólo hay ingenio humano (el de otros; no el de ellos). Quien mejor ha contado la historia de las formaciones de las cosechas es Jim Schnabel, en Round in circles (Dando vueltas en círculos, 1994), obra por momentos tronchante que demuestra que la fe puede llevar a personas aparentemente sensatas a conclusiones delirantes.

Gatos y ratones

“La naturaleza encubierta del movimiento de los círculos del cereal alimenta un juego del gato y el ratón entre los artistas y los investigadores”, escribe Taylor en la sección de “Libros y Arte” de Nature. Cuenta Schnabel en su libro cómo, cuando los ceréalogos especulaban en los pubs sobre qué resultaría en el fenómeno sorprendente y definitivo de cara a su origen no natural, Bowen y Chorley -que solían frecuentar los mismos locales- tomaban nota y, en cuanto podían, hacían realidad los sueños de los expertos.

'The field guide', de Rob Irving y John Lundberg.Taylor recuerda en Nature cómo los inventores del fenómeno empezaron realizando simples círculos con la idea de que los ufólogos los consideraran obra de extraterrestres y, cuando el meteorólogo Terence Meaden especuló con la posibilidad de que fueran consecuencia de tornados, añadieron líneas rectas y rectángulos para frustrar al experto. Tras la confesión de los dos jubilados en 1991, una segunda generación de artistas invadió los campos británicos con diseños matemáticos cada vez más complejos. Según Taylor, la nueva ola de artistas también ha modernizado las técnicas: ahora usan diseños por ordenador, punteros láser, GPS y es posible que en algunos casos empleen dispositivos generadores de microondas para doblar los tallos de las plantas.

Bower y Chorley hacían sus dibujos con brújulas, cuerdas y tablones; sus discípulos, que han publicado hasta manuales sobre la práctica de este arte efímero, utilizan tecnología más avanzada. Pero, en el fondo, pocas cosas han cambiado en más de 30 años: a un lado, está el ingenio humano; al otro, la ingenuidad; y, en medio, un estilo de arte que en 2009 se plasmó en gigantescos y bellos trilobites, medusas, orugas… con patrones matemáticos en sus estructuras. El cambio más relevante ha sido el de los agricultores: al principio, les enfurecía que alguien machacara de noche sus cultivos; desde hace tiempo, el cobro por la realización o el acceso a las formaciones les reporta un dinero extra y están encantados con la actividad de estos artistas.

Taylor, Richard [2010]: “The crop circle evolves”. Nature, Vol. 465, Nº 7.299 (10 de junio), 693.