Enigmas del espacio

Descubren en la luz que refleja la Luna pruebas de que en la Tierra hay vida

La Luna refleja la luz solar reflejada por la Tierra. Ilustración: ESO-L. Calçada.

No es una perogrullada. Un equipo dirigido por el astrónomo Michael Sterzik, del Observatorio Europeo Austral (ESO), ha detectado en la luz que refleja la Luna pruebas de la existencia de vida en la Tierra, usando el Telescopio Muy Grande (VLT). El avance, del que los autores dan cuenta hoy en la revista Nature, abre la puerta a que en un futuro esa técnica pueda emplearse para la búsqueda de vida en otros mundos que giran alrededor de otras estrellas.

“Utilizamos un truco llamado observación del brillo de la Tierra para mirar nuestro mundo como si fuera un exoplaneta. El Sol ilumina la Tierra y esa luz se refleja de nuevo sobre la superficie de la Luna. La superficie lunar actúa como un enorme espejo y refleja la luz de la Tierra de vuelta hacia nosotros, y eso es lo que hemos observado con el VLT”, explica Sterzik. En el análisis de esa luz terrestre reflejada en el satélite, él y sus colegas han encontrado biomarcadores, combinaciones de gases que se deben a la existencia de vida. Lo que constituye un biomarcador es la presencia simultánea de gases como el oxígeno, el ozono, el metano y el dióxido de carbono en cantidades que sólo son compatibles con la vida. Si súbitamente desapareciera la vida y no se siguiesen creando esos gases, éstos reaccionarían y se recombinarían. Algunos desaparecerían rápidamente, y los biomarcadores característicos con ellos, indican los investigadores.

Las huellas de la vida son difíciles de encontrar por métodos convencionales, y estos astrónomos han recurrido para conseguirlo a una técnica llamada espectropolarimetría, que ve lo brillante que es la luz y observa también su polarización. “La luz de un exoplaneta distante es difícil de ver debido al brillo de la estrella anfitriona, con lo cual es muy difícil analizarla: casi tan complicado como intentar estudiar un grano de polvo junto una potente bombilla. Pero la luz reflejada por un planeta se polariza, mientras que la de la estrella no. Por lo tanto, las técnicas polarimétricas nos ayudan a capturar la débil luz reflejada de un exoplaneta procedente de su deslumbrante estrella”, dice Stefano Bagnulo, del observatorio irlandés de Armagh y otro de los autores del trabajo.

Reto tecnológico

A partir del color y la polarización de la luz de la Tierra que devuelve la Luna, los astrónomos dedujeron, entre otras cosas, que parte de la superficie de nuestro planeta está cubierta por vegetación y parte por océanos. “Encontrar vida fuera del Sistema Solar depende de dos cosas: en primer lugar, de que esa vida exista y, en segundo, de que contemos con el capacidad técnica para detectarla. Este trabajo es un paso adelante en el camino para alcanzar esas capacidades”, dice Enric Palle, del Instituto de Astrofísica de Canarias y otro de los investigadores.

El futuro Telescopio Europeo Extremadamente Grande (E-ELT), que será realidad en unos diez años, captará 23 veces más luz que el VLT y será capaz de ver planetas rocosos que tengan agua líquida y atmósferas aptas para la vida, recuerda Cristoph U. Keller, del observatorio Leiden, en un comentario en Nature. Ni aún así, indica este astrónomo, podrá obtener datos de otros mundos como los obtenidos por Sterzik y su equipo, “no porque el telescopio sea pequeño, sino porque la atmósfera terrestre dificulta que puede verse un pequeño planeta muy cercano a una estrella muy brillante. Para obtener esas medidas, se necesita un telescopio espacial sofisticado como el observatorio New Worlds“. “La espectropolarimetría puede, en última instancia, decirnos si la vida vegetal más simple -basada en procesos de fotosíntesis- ha emergido en algún otro lugar al Universo. Pero, por supuesto, no estamos buscando pequeños seres verdes ni evidencias de vida inteligente”, advierte Sterzik.

“Medir la polarización de la luz en el espectro proveniente de un planeta extrasolar es, hoy en día, imposible, ya que, con los telescopios disponibles, ni siquiera es posible separar la luz que viene del planeta y de su estrella. Es más factible pensar que en un futuro, si se desarrollan baterias de telescopios en el espacio volando en formación, sea posible mediante técnicas interferométricas -combinando la luz de cada telescopio adecuadamente- cancelar la luz de la estrella y, entonces, ver los planetas y obtener sus espectros. Si ahí se detectan, por ejemplo, oxígeno molecular y metano, compuestos que pueden estar asociados a los seres vivos, tendremos una buena pista para la búsqueda de vida en esos mundos. Medir la polarización de la luz reflejada por el planeta sería el siguiente paso en ese caso”, explica Agustín Sánchez Lavega, director del Grupo de Ciencias Planetarias de la Universidad del País Vasco y del Aula EspaZio Gela de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Bilbao.

La Luna, sobre el complejo europeo de telescopios de cerro Paranal, en Chile. Foto: ESO-B. Tafreshi-TWAN.

Las ruinas mayas de EE UU, la bola que cayó del cielo en Namibia y un ‘burdel alienígena’, en Punto Radio Bizkaia

Patxi Herranz y yo hablamos el 10 de enero en Bizkaia y Punto, en Punto Radio Bizkaia, de las ruinas mayas de Estados Unidos, la bola metálica que cayó del cielo en Namibia, la sábana santa en la Universidad de Valencia y el burdel alienígena del Área 51, en la decimoquinta entrega del curso 2011-2012 de Magonia, mi espacio semanal dedicado al pensamiento crítico en la emisora de Vocento.

El telescopio Allen vuelve a buscar señales de radio de extraterrestres

Hibernación. Es la palabra que eligió en abril Tom Pierson, director del Instituto SETI, para describir el estado en el que entraba el telescopio Allen (ATA), el más importante del mundo dedicado a la búsqueda de inteligencias extraterrestres. El mantenimiento de la instalación, un conjunto de 42 antenas parabólicas situado a 450 kilómetros al norte de San Francisco, cuesta 2,5 millones de dólares anuales y no había dinero para que siguiera funcionando después de los últimos recortes de fondos federales y estatales. Pierson confiaba en que la medida fuera temporal y en 2013 las antenas de este radiotelescopio volvieran a intentar escuchar a ET. Por fortuna, no ha habido que esperar tanto.

“¡Gracias a todos los que nos han ayudado a alcanzar el objetivo de volver a conectar el ATA! Estén atentos a las actualizaciones. Estamos descubriendo más planetas como la Tierra cada día, por lo que ahora es más importante que nunca buscar vida extraterrestre. Una contribución suya, hoy, financiará los rastreos del telescopio en busca de signos de inteligencia más allá de nuestro Sistema Solar”, puede leerse en la página abierta para donaciones por el Instituto SETI.

La reconexión del ATA ha sido posible gracias a los 200.000 dólares donados en las últimas semanas por más de 2.200 personas, incluidos Jodie Foster, protagonista de la película Contact, y el autor de ciencia ficción Larry Niven. “Soy una SETIStar porque, al igual que Ellie Arroway (el personaje que interpretaba en el filme), creo que el ATA debe seguir funcionando y tenemos que volver a rastrear los nuevos mundos descubiertos en busca de  signos de inteligencia extraterrestre.  En Contact, el libro y la película de Carl Sagan, uns señal de radio procedente de un lejano sistema estelar termina con aislamiento cósmico de la Humanidad y cambia nuestro mundo. El telescopio Allen podría convertir la ciencia ficción en realidad científica, pero sólo si busca en los cielos. Apoyo el esfuerzo de sacarlo de la hibernación”, afirma la actriz.

50 años de búsqueda

El telescopio Allen. Foto: Colby Gutierrez-Kraybill.El telescopio Allen se llama así en honor a Paul Allen, cofundador de Microsoft, quien ha donado más de 25 millones de dólares al proyecto. Entró en funcionamiento en 2005 y está gestionado por el Instituto SETI y la Universidad de California. Se dedica a la exploración astronómica clásica, pero también a la búsqueda de emisiones de radio inteligentes. Y es esta segunda área la que más afectada por su letargo, ya que es la principal -aunque no la única- fuente de datos para SETI. El rastreo del cielo a la caza de emisiones de radio de otras civilizaciones empezó en 1960 y nunca ha sido una empresa popular entre la clase política, aunque sí entre la ciudadanía. No sólo la estadounidense. Más de 3 millones de internautas de todo el mundo participan en la actualidad en el proyecto SETI@home, cediendo gratuitamente tiempo muerto de sus ordenadores personales para el análisis de datos procedentes del radiotelescopio de Arecibo a la búsqueda de señales alienígenas.

El observatorio espacial Kepler ha identificado recientemente 1.235 candidatos a mundos extrasolares -que giran alrededor de otra estrella-, algunos de los cuales podrían ser similares a la Tierra. “Aquí estamos, justo en el momento en el que los planetas habitables pueden ser algo tan común como los moteles baratos, y suspendemos la actividad del instrumento que puede investigar si hay vida. Es como si te dijeran dónde está la isla del tesoro y luego no te dieran una pala”, lamentaba en abril  Seth Shostak, astrónomo del Instituto SETI, en la prensa estadounidense. Para él, desenchufar el telescopio Allen era como si “la Niña, la Pinta y Santa María se hubieran puesto en el dique seco”.

La falsa base secreta marciana: así la creó la informática y se tragaron el cuento algunos medios

El astronauta de sillón, como se califica a sí mismo, David Martines anunció hace diez días con un vídeo en YouTube que había encontrado “por accidente” gracias a Google Mars, la versión de Google Earth para el planeta rojo, una misteriosa estructura rectangular de origen artificial en Marte. “La llamo Estación Biológica Alfa porque asumo que algo vive, ha vivido o va a vivir en ella”, decía. La anomalía, localizada a 71 49′ 19,73″ N y 29 33′ 06.53″ O, tenía más de 200 metros de longitud y 50 de anchura, que parecía estar compuesta por módulos cilíndricos y que podía pertenecer a viajeros de otros mundos en camino a la Tierra o a la NASA. “Está claro que no es una roca”, sentenciaba.

La verdad sobre la estación biológica marciana.Con la velocidad propia de Internet y el nulo escepticismo habitual, algunos medios se hicieron eco el sábado del hallazgo de Martines, recordando cómo desde mediados de los años 70 se especula en círculos paranormales sobre la existencia de ruinas alienígenas en el planeta rojo. Prácticamente todo el mundo conoce la famosa cara de Marte, fotografiada por el orbitador de la Viking 1 en julio de 1976. Lo que no hicieron hace cuatro días algunos de mis colegas, no vaya a ser que fastidiara la historia, es recordar que imágenes de la región marciana de Cydonia captadas por la Mars Global Surveyor, en 1998 y 2001, y por el Mars Reconnaissance Orbiter, en 2007, demostraron que la esfinge tenía su origen en la baja resolución de la foto original. Y lo mismo pasa con las pirámides y otros edificios descubiertos en Marte: que están ahí porque nuestro cerebro los ha puesto ahí a partir de imágenes en las que no hay nada artificial.

La existencia de la Estación Biológica Alfa había sido explicada racionalmente cinco días antes de que ciertos medios españoles empezaran a decir bobadas. “Parece un artefacto producido por un rayo cósmico”, adelantó el 5 de junio Alfred McEwen, geólogo planetario de la Universidad de Arizona e investigador principal de la Cámara de Imágenes de Alta Resolución (HiRISE) de la Mars Global Surveyor. “En las fotos que se toman fuera de nuestra atmósfera, tal como sucede con las imágenes de los telescopios orbitales, es muy habitual este tipo de impactos de rayos cósmicos”, añadió el experto, quien lamentaba no saber cuál era la imagen original. Explicó, además, que los rayos cósmicos son partículas subatómicas de cuyo bombardeo nos protege la magnetosfera terrestre y, cuando uno impacta en el sensor de una cámara de un ingenio espacial, puede dejar una raya brillante en la foto resultante. Luego, el software de compresión digial que convierte la imagen en un archivo JEPG da a esa raya un aspecto pixelado y ya tenemos base alienígena.

Las pruebas

La explicación de McEwen no ha sido del agrado de los amantes del misterio. Así, el investigador paranormal Stephen Wagener, miembro de los Cazafantasmas del Centro de Nueva York, decía el 5 de junio que el objeto parecía algo raro, pero añadía que hay que tener en cuenta que ya Google Earth “es propenso a las anomalías aquí y allá, mostrando artefactos que realmente no existen”. Sin embargo, anteayer reiteraba que lo que se ve en la imagen “parece artificial” y se mostraba molesto porque McEwen dijera que se trata del efecto del impacto de un rayo cósmico en la cámara que tomó la imagen. “El científico no ofrece más pruebas que Martines”, sentenciaba.

No. El astronauta de sillón David Martines, y quienes le respaldan, son los que tendrían que demostrar que en Marte hay algo tan fuera de lugar como una estructura artificial. Lo que McEwen dijo, a partir de la foto de Google Earth, es que le parecía que se trataba de algo habitual: el impacto de un rayo cósmico en el sensor de una cámara. Y, además, hay pruebas concluyentes en ese sentido, en contra de lo que sostiene el mal informado Wagener. La foto original fue tomada por la Mars Express, según descubrió y publicó hace diez días -¡seis antes de que algunos medios españoles se tragaran el falso misterio!- un participante en un foro de abovetopsecret.com. Ese mismo comentario, que pueden leer pinchando en la imagen de la derecha, contiene una detallada e ilustrada explicación de cómo, a partir de la raya del rayo, la informática acabó generando la Estación Biológica Alfa.

No, no existen edificios en Marte. Quienes dicen lo contrario son chiflados y charlatanes, y, cuando un periodista les hace eco es porque no ha hecho su trabajo y se ha limitado al arte de copiar y pegar, adjetivar aquí y allá, y firmar. Y así nos va, claro.

Astrónomos de la Universidad de Hawai fotografían Apofis, el asteroide del falso fin del mundo de 2029

Apofis, marcado con un círculo verde, fotografiado por el otelescopio de Mauna Kea. Foto: D. Tholen, M. Micheli, G. Elliott.

Astrónomos de la Universidad de Hawai tomaron el 31 de enero, con el telescopio de 2,2 metros de Mauna Kea, las primeras fotos en tres años del asteroide Apofis, descubierto en 2004 y famoso porque entonces se dijo que había 1 probabilidad entre 37 de que chocara contra nuestro planeta en 2029. Dados sus cerca de 270 metros de diámetro, el impacto provocaría una catástrofe. Al final, ese riesgo se vio considerablemente rebajado. Ahora, la posibilidad de que Apofis choque con la Tierra el 13 de abril de 2029 es nula, aunque pasará a menos de 36.000 kilómetros, lo que permitirá observarlo a simple vista cruzando el cielo.

Los astrónomos hawaianos apuntan a la posibilidad de que ese paso haga que varíe su órbita hasta el punto de que pueda chocar con la Tierra a finales de siglo. Por el momento, no obstante, no hay por qué preocuparse. Según el Programa de Objetos Cercanos a la Tierra de la NASA, si su trayectoria no varía, las probabilidades de que Apofis impacte contra nuestro planeta a cien años vista son prácticamente nulas: 1 entre 233.000 (0,00043%) en abril de 2036; 1 entre 10.000.000 (0,00001%) en abril de 2056; 1 entre 400.000 (0,00025%) en abril de 2068; 1 entre 4.545.000 (0,000022%) en abril de 2076; y 1 entre 7.692.000 (0,000013%) en abril de 2103.

En contra de lo que algunos autores sensacionalistas han dicho en ocasiones, Apofis no representa, de momento, ningún riesgo para la Humanidad, si bien los astrónomos siguen vigilándolo por si alguna vez llega a serlo. ¿Se les ocurre una excusa mejor para invertir en investigación astronómica y en la industria espacial que garantizar la superviviencia de nuestra especie mediante un programa de seguimiento y defensa de objetos cercanos a la Tierra como Apofis?