Dossier ‘Planeta encantado’

Los escépticos españoles se movilizan contra el ‘Planeta encantado’ de Benítez

Dos meses después del estreno en Televisión Española (TVE) de Planeta encantado, serie dirigida y presentada por Juan José Benítez, los escépticos españoles se han movilizado y redactado un manifiesto que, en forma de Carta abierta a RTVE, puede firmar quien lo desee. El texto, iniciativa del abogado tinerfeño Luis Javier Capote Pérez, profesor de la Universidad de La Laguna y miembro de ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, denuncia como la serie documental del novelista navarro “intenta presentar como hipótesis válidas o como realidades lo que desde un punto de vista histórico y científico son únicamente leyendas, cuando no burdas falsedades”, y pone algunos ejemplos. Los escépticos reclaman la “retirada inmediata” del programa o, en su defecto, “la emisión de una previa advertencia en la que se haga constar a la audiencia que buena parte -por no decir todo- lo que van a escuchar ha sido refutado válidamente por la ciencia”. El texto completo puede leerse en la web que ha habilitado Capote Pérez para recoger las firmas, que cuando escribo estas líneas ya superan el centenar.

Juan José Benítez, en busca del Arca perdida

El Arca de la Alianza -en la que Yahvé ordenó a Moisés que guardara las Tablas de la Ley- trae de cabeza a los aficionados a lo paranormal desde hace cuarenta años. Fue Robert Charroux quien, en el libro Cien mil años de historia desconocida (1963), habló de ella por primera vez como de “un condensador eléctrico”, citando una obra de 1948 en la que Maurice Denis-Papin decía que se trataba de “una especie de cofre eléctrico capaz de producir poderosas descargas, del orden de los 500 a 700 voltios”. Sin embargo, suele atribuirse el descubrimiento del misterio de este objeto sagrado a Erich von Däniken, el hostelero suizo metido a perseguidor de extraterrestres en el pasado. “Estaba cargada eléctricamente. Hoy, al reconstruir y aplicar las instrucciones transmitidas a Moisés, resulta una tensión eléctrica con varios centenares de voltios”, escribió en Recuerdos del futuro (1968), sin citar ni a Charroux ni a Denis-Papin. En esa línea, Juan José Benítez se apropia del presunto enigma del Arca de la Alianza en el séptimo episodio de Planeta encantado, titulado Una caja de madera y oro.

“Hace 3.200 años aproximadamente, este gesto habría sido fatal. Al tocar el Arca de la Alianza, habría caído fulminado”, dice el novelista al inicio del documental mientras toca una reconstrucción digital del contenedor de la Tablas de la Ley. El autor de Caballo de Troya se refiere al episodio bíblico en el que un hombre muere al tocar el cofre para evitar que caiga al suelo cuando es transportado en un carro. “Al llegar a la era de Nacón, tendió Oza la mano hacia el Arca de Dios y la agarró, porque los bueyes recalcitraban. Encendiose de pronto contra Oza la cólera de Yahvé, y cayó allí muerto, junto al Arca de Dios” (Samuel II 6, 6-7). Esta historia ha sido utilizada durante décadas como prueba de que la caja era el condensador eléctrico defendido por Charroux y Von Däniken, quienes añadían de su cosecha en sus libros que Oza cayó “fulminado” y que el Arca estaba “envuelta a menudo en chisporroteos”, cosas que no se dicen en el Éxodo.

¿Cómo llegaron estos autores a la conclusión de que el Arca de la Alianza es un artilugio eléctrico? No lo sabemos, pero es imposible, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Yahvé (Éxodo, 10-23), construir algo parecido a un condensador. El cofre bíblico es una caja de madera recubierta de oro “por dentro y por fuera”, con cuatro anillos de oro en los que encajan dos barras de madera, también cubiertas de oro, y coronada por dos querubines, igualmente dorados. Von Däniken no sabe de lo que habla. Lo demostró hace más de treinta años Clifford Wilson en Crash go the chariots (1972), ensayo en el que un técnico en electrónica explica que, para que haya un condensador, tiene que haber un polo positivo y otro negativo separados por un aislante, algo que en el Arca de la Alianza no existe. Además, un cajón electrificado, si estaba todo recubierto de oro, tenía que haber dejado fritos a todos los que lo tocaran -sin excepción-, pero en la Biblia tampoco se dice que los portadores del Arca deban llevar vestimentas especiales, y eso que Yahvé es muy meticuloso en sus instrucciones. Igual de ridícula es la afirmación de Von Däniken de que el objeto es una especie de transmisor de radio entre Yahvé y Moisés. ¿Para qué lo necesitaban si habían hablado varias veces antes de que existiera el Arca? La ilógica lógica del autor de Recuerdos del futuro no conoce límites.

Benítez coge los fragmentos de la Biblia en los que se cita el Arca de la Alianza y también los reinterpreta a su gusto. Así, convierte el cofre en un arma “mortífera” al servicio del pueblo elegido y cifra las víctimas de las acciones del “objeto santo” en más de un millón de muertos. Da por hecho, por ejemplo, que el ejército de Josué conquistó Jericó después de que sus murallas se derrumbaran por arte de magia gracias al cajón de madera y oro. La opinión de los historiadores es otra. “La famosa escena de las fuerzas israelitas marchando con el Arca de la Alianza en torno a la ciudad amurallada y provocando el derrumbamiento de los poderosos muros de Jericó al son de las trompetas de guerra era, por decirlo sencillamente, un espejismo romántico”, indican, en La Biblia desenterrada (2001), los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman tras explicar que el Jericó de entonces “era pequeño y pobre, casi insignificante, y, además, no había sido fortificado”.

El periodista navarro nos narra también cómo, en tiempos de Salomón, se construyó en Jerusalén un templo para el Arca y, después, ésta desapareció misteriosamente. Antes, visitó Jerusalén la reina de Saba, que volvió a su tierra -para el novelista, la actual Etiopía- embarazada de Salomón. El hijo de ambos, Menelik, fue enviado a Jerusalén años después para conocer a su padre y ser educado, y, cuando regresó a Etiopía, se llevó consigo el Arca de la Alianza. La robó. Esta historia da pie a Benítez para jugar a Indiana Jones, en busca del Arca perdida por Etiopía y decirnos al final que no hay ninguna pista fiable de que el cofre esté en el país, ya que toda la historia del hijo de la reina de Saba y el rey Salomón es un mito creado por los cristianos etíopes, hacia el siglo XII, para dar un origen sagrado a la dinastía real. “La presencia del Arca en Etiopía no resiste el menor análisis histórico”, concluye con buen tino Benítez, quien podía haber recordado a sus espectadores que la Constitución vigente en el país africano hasta 1974 establecía que el emperador descendia de Menelik I y que, en Etiopía, hay tantas reproducciones del Arca de la Alianza como iglesias.

El novelista, sin embargo, no se ha parado a pensar en que los libros de la Biblia que mencionan el Arca de la Alianza persiguen exactamente lo mismo que la leyenda etíope de Menelik: otorgar al pueblo protagonista el rango de elegido de Dios. Si algo saben los historiadores, es que no hay pruebas de que el pueblo de Israel fuera esclavizado en Egipto, de la existencia de Moisés, de los cuarenta años de exilio en el desierto, de la conquista de Canaán ni de nada parecido. Son hechos tan históricos como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Por eso, carece de sentido perder un minuto en intentar averiguar qué era el Arca de la Alianza: no se trata nada más que de un objeto mítico dentro de una historia mítica, el sagrario ideal en el que guardar las leyes dadas por la divinidad a sus elegidos. De ahí que Benítez yerre cuando, tras reconocer que su búsqueda ha sido infructuosa, apunta que el Arca de la Alianza se encuentra en “las grutas o laberintos que hay bajo la roca que hoy protege la cúpula de la mezquita de Omar” y que ésa es “la razón más importante y secreta por la que Jerusalén jamás será devuelta a los palestinos”. Eso es, simplemente, una tontería.

La sábana santa: cuando tres laboratorios científicos desmontan el invento de los vendedores de misterios

Desacreditar a toda costa los resultados de la prueba del carbono 14 que estableció que el sudario de Turín data del siglo XIV, y, por consiguiente, no pudo envolver a Jesús sin viaje temporal de por medio, ha sido el objetivo de los sindonólogos desde que en 1988 se sometió a ese análisis un trozo de la presunta reliquia. La más burda de las jugadas corrió a cargo, en nuestro país, del Centro Español de Sindonología (CES): su presidente, Celestino Cano, dijo en 1989 que la prueba del radiocarbono no se había hecho bien, “como más tarde ratificó el propio inventor del sistema”. Willard F. Libby, Nobel de Química en 1960 por el descubrimiento de este sistema de fechación, quería -según Cano y sus colegas- comprobar la metodología seguida por los laboratorios que hicieron la medición, lamentaba que toda la tela a analizar procediera de un mismo lugar y sospechaba que la muestra podía estar contaminada.

Recientemente, la periodista madrileña Carmen Porter ha recordado, en su libro La sábana santa. ¿Fotografía de Jesucristo? (Edaf, 2003), que “algunos medios de comunicación” aseguraron que Libby había hecho esas declaraciones antes de morir en 1980 y las ha presentado como prueba de que el del radiocarbono no fue el examen definitivo. La estrategia de Cano, de resucitar a un muerto -el laureado científico falleció en 1980-, puede resultar hasta divertida; la de Porter, de dar por buenas las afirmaciones del Nobel, pero por si acaso atribuirlas a la prensa, es una muestra, en el mejor de los casos, de ignorancia. Porque la autora reproduce las presuntas declaraciones de Libby, tan imposibles -¿cómo podía pronunciarse de algo que iba a ocurrir mucho después de su muerte?- como un lamento de Albert Einstein por el accidente del transbordador Columbia, sin advertir al lector de que todo es mentira, de que Libby nunca dijo eso y que se lo inventaron los mismos sindonólogos a los que ella recurre para respaldar la autenticidad de la sábana santa. El libro de Porter es, al margen de esta anécdota, una obra alejada del mínimo escepticismo recomendable en todo periodista y cargada de esas ansias de los misteriólogos más jóvenes por convertir un viaje en avión de línea o un rutinario trayecto en tren en una aventura que para sí quisiera Indiana Jones, aunque no haya pasado nada. (Si desean ahondar en lo que piensa esta autora de la sábana santa, lean “Una fotografía desenfocada (I)”, “Una fotografía desenfocada (II)” y “Una fotografía desenfocada (III)” y “Una fotografía desenfocada (IV)”, artículos publicados por José Luis Calvo.)

No esperaba sorpresas del episodio de Planeta encantado dedicado al sudario de Turín, y no las ha habido. Un as en la manga de Dios, la sexta entrega de la serie dirigida por Juan José Benítez que emite Televisión Española (TVE), vuelve a recordarnos que el análisis del radiocarbono es la china en el zapato de los fabricantes de enigmas cuando de la sábana santa se trata. Al igual que Celestino Cano y Carmen Porter, el autor de Caballo de Troya hace trampas a la hora de contar la historia, no ya porque se invente un pasado premedieval de la pieza -cosa que han hecho otros-, sino porque tergiversa los hechos claves más recientes. Así, presenta el test del radiocarbono no como la prueba que al final -después de los análisis de la imagen por ordenador, de los granos de polen, de las manchas de sangre…- reveló que la reliquia no es tal, sino como un análisis más al que han seguido en el tiempo otros que han superado sus resultados.

¿Cuáles son esos otros estudios que, según Benítez, contradicen lo publicado en su día en la revista Nature? Los hechos en los años 70 del siglo pasado por el Proyecto para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), los mismos sobre cuya fiabilidad existen dudas desde siempre, que se hicieron al margen de toda la metodología científica, que la prueba del radiocarbono deslegitimó, que se realizaron antes que ésta -y no después, como quiere dar a entender el ufólogo- y que hemos comentado aquí somera y extensamente. Ayer, podía leerse en las páginas de Televisión del diario El País que el documental de Benítez “sostiene que los últimos experimentos sobre la autenticidad de la sábana santa cuestionan la validez de las pruebas de datación que afirman que su origen es medieval. Si el lienzo es auténtico, se abrirían posibilidades inquietantes, puesto que, en un futuro no muy lejano, la ciencia podría extraer el ADN de los restos de sangre que están depositados en él”. No merece la pena detenerse a contar cuántos disparates hay en esas dos frases. Resulta triste, no obstante, comprobar cómo, a pesar de que generaciones de niños españoles aprendieron con Barrio Sésamo que lo que ocurrió en 1978 pasó antes que lo que sucedió en 1988, algún redactor del diario madrileño no entendió esa lección y sigue la senda marcada por el novelista, quien mantiene, por ejemplo, que el trabajo de John Jackson y Eric Jumper, dos destacados miembros del STURP, fue un “nuevo mazazo al carbono 14”, aunque lo hicieron más de diez años antes de la prueba del radiocarbono.

Benítez no descubre nada nuevo en Un as en la manga de Dios. Se limita a repetir lo que ha dicho desde hace un cuarto de siglo, a hacer una morbosa descripción de las lesiones que presenta el hombre de la sában, a vincular engañosamente a la NASA con el STURP, a dar crédito a afirmaciones como las de Francis Filas -que ve monedas romanas donde nadie las encuentra- y Max Frei -que, tras autentificar los falsos diarios de Hitler, encontró polen de plantas de Oriente Próximo en el sudario-, y a prometernos, al final, la resurrección. El momento cumbre de la producción se da al inicio, cuando el novelista fecha al minuto la hora de la Resurrección -ocurrió a las 3.10 horas del 9 de abril del año 30- y asistimos a la recreación de lo que, en opinión del quinto evangelista, ocurrió en el sepulcro de Jerusalén donde se depositó el cadáver del rey de los judíos.

Colón fue el último en llegar a América

Fenicios, griegos y romanos clásicos, bereberes, árabes, mandingas, vikingos… Todos esos pueblos pisaron América antes de 1492, según Juan José Benítez. “Colón fue el último”, dice el periodista en el quinto episodio de Planeta encantado, la serie que emite Televisión Española (TVE) y que ya ha empezado a venderse por entregas en los quioscos. Metido a historiador, el ufólogo, quien ya nos descubrió que Jesús estuvo sentado en las gradas del Coliseo romano antes de que se construyese, confunde posibilidad con realidad y presenta pruebas tan convincentes de los viajes precolombinos cómo las que hay de que nos visitan seres extraterrestres en platillos volantes.

Hay restos materiales que demuestran que, antes de la llegada de Cristóbal Colón, los vikingos visitaron lo que luego se llamó América. Pudo ocurrir alrededor del año 1000, después de que Erik el Rojo se instaló en Groenlandia tras ser desterrado de Islandia por haber matado a dos hombres, y está narrado en la denominada Saga de Groenlandia y Saga de Erik el Rojo. Tras el descubrimiento accidental de nuevas tierras al oeste por parte de una barco extraviado, Leif Erikson, hijo de Erik el Rojo, llegó a un lugar que bautizó como Vinland (tierra del vino), donde hacia 1022 se estableció un asentamiento de vikingos groenlandeses, pero los colonizadores cayeron ante los indígenas. Hoy en día, no se sabe dónde estaba Vinland, pero podría tratarse de cualquier sitio entre la isla de Terranova, al norte, hasta Cape Cod, al sur. Sea cual sea el caso, los vikingos desembarcaron en América antes que Colón y, aunque el experimento les salió mal, hay algunos artefactos precolombinos y un asentamiento al norte de Terranova que lo demuestran. Sin embargo, su descubrimiento no supuso nada ni para Europa ni para América.

En El secreto de Colón, Benítez equipara los viajes de los vikingos con los de otros pueblos. ¿Pudieron fenicios, griegos y romanos clásicos, bereberes, árabes y mandingas visitar América antes de 1492, al igual que al parecer ocurrió en el caso de los descendientes de Erik el Rojo? Claro. ¿Lo hicieron? No hay pruebas. Decir que hubo expediciones trastlánticas de esos pueblos es, sin restos arqueológicos que los apoyen, simple y llanamente especular. Por supuesto que los vientos y las corrientes marinas pudieron arrastrar hasta el Nuevo Mundo alguna nave romana, griega o del pueblo que se quiera. Pero que algo sea posible no quiere decir que haya ocurrido en realidad. ¿Dónde están las mezquitas que cita Benítez, las estatuas a Júpiter y Atenea u otros restos culturales inequívocamente no americanos? El autor de Caballo de Troya sostiene, además, que en ciertos puertos andaluces se comerciaba antes del Descubrimiento con mercancía “típica americana” y cita, entre otros productos, el maíz, al que se hace “expresa mención” en textos anteriores a 1492. William Stiebing explica muy bien, en Astronautas en la Antigüedad (1984) porque éste y otros intentos de recurrir al idioma para demostrar la existencia del maíz en Europa antes de Colon “han fracasado. En su mayoría dependen del dudoso supuesto de que los nombres vernáculos para el maíz después de los tiempos de Colón también se refieren al maíz de antes de 1492. El error de dicho supuesto se puede demostrar observando la palabra inglesa corn. Este término proviene de una palabra anglosajona que se refiere a las semillas de cualquier tipo de cereal (todavía se emplea con este significado). No obstante, en el uso coloquial se aplica al cereal que más se cosecha en cada una de las diversas regiones donde se habla inglés. De este modo, en Escocia e Irlanda corn se refiere a la cebada, en Inglaterra al trigo y en Estados Unidos y Australia al maíz. De la misma manera, las palabras para el maíz en portugués, italiano y otros idiomas del Viejo Mundo no significaban necesariamente maíz en los tiempos precolombinos”.

Pero el gran secreto de Cristóbal Colón -el que da título a este episodio de Planeta encantado– es, según Benítez, que sabía que América estaba allí gracias al testimonio de un navegante al que conoció en Porto Santo, en las Azores, años antes de salir de Palos de Moguer. La idea no es nueva. Surgió poco después del Descubrimiento como rumor y quedó plasmada en algunos textos de la época. Se conoce como la leyenda del piloto anónimo y parte del hecho de que una nave que viajaba de África a Europa, a mediados del siglo XV, se habría desviado hacia el Caribe empujada por un temporal. A partir de aquí, hay distintas versiones, de las que el autor navarro se inclina por una en la que los expedicionarios accidentales navegan durante dos años de isla en isla, se mezclan con los nativos y regresan a casa sólo después de haber contraído “la temible sífilis”. En su lecho de muerte, uno de los supervivientes de esa aventura habría hablado a Colón de la existencia de lo que luego se bautizó como América.

“Esta asombrosa y secreta historia, guardada celosamente por el Almirante, me fue facilitada hace ya veinticinco años por el entonces prior de los franciscanos de La Rábida, Francisco de Asís Oterín”, afirma el periodista, como si estuviera hablando de algo nuevo, cuando desde fray Bartolomé de las Casas (1472-1566) ha habido autores que han hablado de un piloto que informó a Colón. Falso secretismo al margen, al igual que no hay pruebas irrefutables de que algunos pueblos de la Antigüedad pisaran América, tampoco las hay de la existencia real del navegante desconocido, cosa que, obviamente, Benítez oculta a sus televidentes. Se sabe que Colón conocía los trabajos de Toscanelli, geógrafo florentino que defendía que podía llegarse a Asia oriental -a las Indias- por una ruta occidental, ya que en aquella época la idea de que la Tierra era redonda ya era un lugar común entre los estudiosos. Las cartas marcadas de Colón a las que alude Benítez, en referencia a la información facilitada al Almirante por el prenauta -como llama el periodista al desconocido piloto-, no son nada más que una leyenda, mientras no se demuestre lo contrario. La Historia no se escribe sobre rumores, sino sobre hechos y rastros materiales; al igual que el periodismo. Lo que, desde hace casi tres décadas, hace el director de Planeta encantado es otra cosa.

Mutismo escéptico: el que calla otorga

Ha pasado un mes desde el estreno, en Televisión Española (TVE), de la serie documental Planeta encantado. Hemos visto cómo hubo hombres que convivieron con los dinosaurios, la magia hizo volar los moais de Pascua desde la cantera en la que fueron tallados hasta sus altares, la tribu dogon fue visitada por extraterrestres procedentes de Sirio y Jesús asistió a espectáculos en el Coliseo romano cuando este edificio aún no se había construido. Todo ello de la mano de un Juan José Benítez aventurero, vestido de Panama Jack y Coronel Tapiocca. El escepticismo organizado se movilizó en septiembre contra un disparatado artículo publicado en Investigación y Ciencia, la versión española de Scientific American, que defendía la posibilidad de magnetizar el agua, una mentira con la que algunos estafadores han hecho mucho dinero en el universo de las teletiendas. Poco después, la peculiar visión de la Historia del autor de Caballo de Troya se empezaba a propagar desde una cadena de titularidad pública sin que nadie haya dicho, hasta el momento, esta boca es mía en los medios de comunicación de masas.

Nadie ha protestado en un país en el que hay unas cuantas universidades y museos, así como una organización que “impulsa el desarrollo de la ciencia, el pensamiento crítico, la educación científica y el uso de la razón; promueve la investigación crítica de las afirmaciones paranormales y pseudocientíficas desde un punto de vista científico y racional, y divulga la información sobre los resultados de estas investigaciones entre la comunidad científica y el público en general”. Académicos, historiadores, directores de museos y escépticos de a pie parecen haber renunciado a plantar cara al discurso pseudohistórico de Benítez. O eso o Planeta encantado es un producto veraz y los indocumentados son historiadores como José Luis Calvo y Julio Arrieta, críticos como Pedro Jorge Romero y el equipo de Microsiervos, y el autor de estas líneas, entre otros.