Creacionismo

En defensa de la evolución

Científicos y creacionistas luchan en Estados Unidos desde hace semanas en un campo de batalla inesperado: el Museo Nacional de Historia Natural, en Washington. ¿La razón? Que el centro de la Institución Smithsoniana acogerá el jueves de la próxima semana el estreno de un documental antievolucionista, algo que los responsables de la Unión Geofísica Americana (AGU) consideran “inaceptable”.

La película se titula El planeta privilegiado: la búsqueda de un propósito en el Universo y propugna el diseño inteligente, idea según la cual Dios -y no el azar- dirige todo el proceso evolutivo. La cinta se basa en un libro de Guillermo Gonzalez y Jay W. Richards, dos destacados miembros del Instituto Descubrimiento, el grupo creacionista que la ha producido.

A cambio del uso del auditorio del Museo Nacional de Historia Natural para el estreno del documental, el Instituto Descubrimiento se comprometió a hacer una donación de 16.000 dólares al centro. Pero la noticia saltó el 28 de mayo a las páginas de The New York Times y entonces los directivos del museo dijeron que se lo tenían que pensar.

“Es inaceptable”.

El ilusionista James Randi, que desenmascaró a Uri Geller hace treinta años y preside una fundación dedicada a la lucha contra la pseudociencia y la superstición, hizo inmediatamente una oferta. “La Fundación Educativa James Randi (JREF) está dispuesta a donar 20.000 dólares a la Institución Smithsoniana si devuelve los 16.000 del Instituto Descubrimiento y deja de patrocinar la proyección de la película. Y la JREF no pedirá a la Institución Smithsoniana que proyecte ningún filme ni haga propaganda de nuestro punto de vista…”, prometió.

La dirección del museo ha reintegrado ya el dinero a la organización creacionista; pero no se ha echado atrás en cuanto al estreno la película, lo que ha animado al director de la AGU a escribir un duro artículo en el boletín que reciben los 43.000 socios de la sociedad científica. “Asociándose con el Instituto Descubrimiento, la Institución Smithsoniana unirá ciencia con creacionismo y dañará su credibilidad”, advierte Spilhaus.

La película promueve la idea de que la ciencia debería incluir lo sobrenatural. Eso es inaceptable”, afirma el director de la AGU, antes de recordar que “el creacionismo no es ciencia”. Y destaca que el filme vende la idea de que “el Universo fue diseñado para seres inteligentes como los humanos”, alerta del riesgo de que la PBS -la televisión pública- lo emita y anima a sus colegas a permanecer vigilantes y no dejar pasar una. “Es importante que los científicos defendamos la integridad de la ciencia”.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Darwin, en el banquillo

Charles Darwin se sentará hoy en Kansas en el banquillo, en una reedición del famoso juicio del mono. En 1925, un profesor, John Scopes, fue juzgado y condenado a una multa de 100 dólares en Tennesse por enseñar la teoría de la evolución. Hollywood contó la historia en La herencia del viento, (1960), película en la que Spencer Tracy interpreta al abogado defensor de Scopes, Gene Kelly da vida al gran periodista americano Henry Louis Mencken y los creacionistas de entonces -que mantenían que Dios creó al hombre tal cual es- salen bastante malparados. Ochenta años después, los fundamentalistas quieren imponer en Kansas sus creencias religiosas como parte de la educación científica.

Un subcomité del Consejo de Educación de Kansas, un organismo formado por ciudadanos, examinará hasta el sábado de la próxima semana las pruebas a favor y en contra de Darwin, para decidir cómo tiene que enseñarse la evolución en las escuelas y si debe presentarse a los alumnos como alternativa la idea de que Dios -y no el azar- dirigió todo el proceso y así se explica la complejidad del mundo. En las audiencias, presididas por un tribunal compuesto por tres antievolucionistas, testificarán partidarios del creacionismo, pero no biólogos: las universidades y las sociedades científicas del país se han negado a enviar representantes que legitimen un debate que consideran fuera de lugar.

Mito y ciencia

“Presentar el diseño inteligente como una teoría pareja a la evolución degrada la evolución de ciencia a mito o eleva el diseño inteligente de mito a ciencia”, sentenciaba un editorial de The Daytona Beah News-Journal, diario de Florida, en marzo de 2002 cuando arreciaba un temporal creacionista. Es la tesis que ha llevado al abogado Pedro Luis Irigonegaray, un luchador por los derechos civiles, a defender la causa de Darwin sin testigos a su favor. “La ciencia no está basada en opiniones, y mucho menos en la fe. Que yo llevara a científicos a testificar sería algo absurdo. Sería dar un trato de igual a igual al diseño inteligente y a la teoría de la evolución”, explica desde Topeka el letrado.

El conflicto tiene su origen en el Consejo de Educación de Kansas, un organismo formado por diez ciudadanos que establece cuáles son los conocimientos básicos a los que deben acceder los escolares. El Consejo se renueva cada cuatro años en unas elecciones que coinciden con las presidenciales y en 1999, dominado por los fundamentalistas, sacó a Darwin de la escuela. “Fue un terrible desastre”, lamenta Irigonegaray. Un año después, en los comicios que llevaron a George W. Bush a la Casa Blanca, los representantes republicanos en el organismo dieron marcha atrás en la decisión que habían tomado sus colegas y la evolución volvió a clase. La situación ahora es diferente.

“En 2004, fueron elegidos para el Consejo de Educación de Kansas individuos cuyo objetivo final es convertir Estados Unidos en un país confesional, basado en el fundamentalismo cristiano. La estrategia incluye abrir la puerta de la escuela al diseño inteligente“, explica el abogado. Lo primero que hizo el renovado organismo fue pedir un informe a un comité de científicos y educadores. El texto final no proponía cambios en la enseñanza de la evolución, pero una minoría de los expertos, que había visto rechazadas sus pretensiones, quería que se diera luz verde a la enseñanza del diseño inteligente, una interpretación religiosa de la evolución.

Esa minoría de científicos animó a los miembros fundamentalistas del Consejo a buscar un último recurso para intentar cambiar las normas curriculares. En febrero, el organismo tomó “la inconcebible decisión de dar una nueva oportunidad a esta minoría” y convocar audiencias públicas para que un subcomité escuchara a evolucionistas y antievolucionistas. Irigonegaray, que ha renunciado a sus honorarios “porque sería un derroche de dinero para el Estado”, representa desde hoy en las vistas “a científicos del mundo entero. Tengo miles de firmas de apoyo. La comunidad científica se ha unido como una piña. Pero yo no voy a presentar ningún testigo porque sería equiparar una creencia a una verdad científica”.

Las seis universidades de Kansas y la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS) son algunas de las instituciones científicas que se han negado a participar en un espectáculo que puede acabar con el diseño inteligente en la escuela. Irigonegaray argumentará que sería inconsitucional, porque violaría la separación entre religión y Estado, uno de los pilares de la sociedad estadounidense. “Si este grupo tuviera estudios científicos y pruebas de lo que dice los presentarían en las revistas e instituciones científicas y no en el Consejo de Educación de Kansas”, concluye el abogado.


‘Nature’, contra el ‘diseño inteligente’

Los científicos tienden a desconectar cuando oyen las palabras diseño inteligente“. Así empieza el editorial principal del número de Nature de la semana pasada. Los autores del texto alertan del peligroso avance en Estados Unidos y Europa de un concepto que “se esfuerza en mostrar la mano de Dios dirigiendo el curso de la evolución”. Y animan a los biólogos a enfrentarse a una ola oscurantista que “amenaza al núcleo de la razón científica”.

El diseño inteligente está ganando popularidad en las universidades estadounidenses como vía de reconciliación entre la ciencia y la fe. Para sus partidarios -fundamentalistas cristianos, mayoritariamente-, la vida es demasiado compleja como para haber sido fruto del azar, por lo que una inteligencia ha tenido que guiar la evolución.

¡PELIGRO, EVOLUCIÓN! La paródica portada del número de la revista 'Nature' del 28 de abril.Los responsables de Nature recuerdan, sin embargo, que “los científicos saben que la selección natural puede explicar la impresionante complejidad de los organismos”. Por eso, abogan por que los biólogos enseñen en sus clases los mecanismos de la evolución y por que los científicos dejen claro que una cosa es la ciencia y otra la religión. Los estudiantes creyentes verían así que su fe no choca con la ciencia, y no tendrían que recurrir a una idea que, como la alquimia, mezcla lo sobrenatural con la ciencia.

“El ridículo en que se ha caído en EE UU se plasma en la portada de Nature, donde puede leerse a modo de nota pegada: “Esta revista contiene material sobre la evolución. La evolución por selección natural es una teoría, no un hecho. Este material debe ser leído con una mente abierta, estudiado cuidadosamente y considerado críticamente. Aprobado por el Consejo de Gobierno de las Universidades, 2006”. Advertencias como ésta aparecen en las portadas de los libros de Biología en EE UU, allí donde los fundamentalistas han impuesto sus creencias en los consejos escolares.


“Los fundamentalistas ven la ciencia como una amenaza”, dice el abogado de la evolución

Pedro Luis Irigonegaray nació en La Habana hace casi 57 años. Abandonó Cuba con 12 de la mano de su madre, y la familia acabó instalándose en Topeka (Kansas). Con el paso de los años, sus padres y hermanos se trasladaron a Florida, pero él se quedó en un Estado que ama y en el que se ha convertido en un abanderado de los derechos civiles, luchando por la igualdad de los hispanos y de los homosexuales. Desde hoy, representará a los científicos de todo el mundo ante el Consejo de Educación de Kansas.

-¿Cómo ha llegado usted a ser el abogado defensor de la evolución?

-En 1999, Jerry Farley, presidente de la Universidad de Washburn, y yo organizamos una mesa redonda sobre la polémica de la evolución en las escuelas, que fue transmitida por Internet y tuvo mucho eco. Entonces, me involucré en esta empresa por la importancia de la educación científica para el futuro de nuestros niños. Hace unos meses, hubo unas audiencias públicas para que la gente diera su opinión sobre lo que estaba pasando. Yo participé y dije que los cambios que estaban siendo considerados, primero, violaban la Constitución y, segundo, eran un abuso intelectual de nuestros hijos. Cuando se decidió celebrar estas audiencias de ahora, el Departamento de Educación de Kansas, sabiendo que tengo cierto conocimiento de ciencia, me llamó para ver si estaba interesado en representar a la mayoría.

-¿A qué se refiere como “cierto conocimiento científico”?

-Yo leo mucha ciencia. A mí me interesa la ciencia no sólo por razones profesionales, sino también por conocer lo que es el mundo y el universo en el cual vivimos. Leer ciencia es para mí un entretenimiento.

-Los fundamentalistas cristianos no tienen esa visión de la ciencia.

-Creo que ellos ven la ciencia con miedo, como una amenaza, porque quiza la ciencia les haga pensar. Y ese miedo les lleva a reaccionar de la manera en que lo están haciendo.

-¿Tienen miedo a la ciencia porque sus respuestas les obligarían a replantearse algunas cosas?

-Sí. Pero ese miedo no tiene razón de ser. Conozco muchos científicos que tienen su fe y al mismo tiempo entienden la ciencia como algo diferente, algo que no choca con sus creencias.

-Usted es consciente de que polémicas como ésta hacen que se vea a Kansas como un Estado atrasado y fundamentalista.

-Sí, y me da una pena inmensa. Éste es un gran Estado. Antes de que se formara Estados Unidos, Kansas fue el primer territorio que dijo no a la esclavitud. También fue el escenario del caso de Brown contra el Consejo de Educación, que hizo que la Corte Suprema decidiera que la separación de los blancos y a los negros en las escuelas era ilegal, y el sistema educativo cambio.

-Sin embargo, la imagen de Kansas en Europa es mala.

-Me encantaría que los europeos tuvieran otra opinión de un Estado avanzado y con magníficas universidades; pero mal representado por unas pocas personas.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

La guerra del mono

Muchos maestros estadounidenses eluden la enseñanza de la teoría de la evolución en la escuela. Sobre todo, en el sur, en el llamado Cinturón de la Biblia. “Entiendo por qué lo hacen: tienen miedo a ser perseguidos, a perder el empleo o a no ascender, temen ser blanco de ataques de los padres o sufrir presiones de otros maestros. Enseñar la evolución en algunas zonas de Estados Unidos exige valentía y hay que elogiar a aquéllos que lo hacen”, dice Michael Shermer, director de la Skeptic Magazine y columnista de Scientific American.

La teoría de la evolución enfrenta desde hace siglo y medio con la ciencia a quienes interpretan la Biblia al pie de la letra. Cuando Charles Darwin (1809-1882) publicó El origen de las especies en 1859, echó del Paraíso a Adán y Eva. Acabó con el hombre como un ser creado a imagen y semejanza de Dios, y lo convirtió en un producto más de la selección natural. La idea, pilar de la biología moderna, chocó contra la visión bíblica de nuestros orígenes y se abrió en Occidente un debate entre ciencia y religión que en EE UU no se ha cerrado.

El biólogo Richard Dawkins, de la Universidad de Oxford, cree que la razón es que “la separación constitucional entre Iglesia y Estado ha derivado en EE UU en un mercado de la religión con hábiles vendedores que compiten por el cliente como en el campo de los detergentes”, con técnicas agresivas innecesarias en los países europeos, “donde normalmente hay una religión dominante, oficial”. El autor de El gen egoísta indica, además, que “la religión es considerada en Europa algo aburrido, relegado a un segundo plano”, mientras que en EE UU es “constantemente invocada por los políticos”.

Desde California, Shermer coincide en que “los estadounidenses son mucho más religiosos que los europeos y aquéllos que perciben la evolución como una amenaza para la religión tiene mucho más peso político que el resto”. Además, añade, la separación entre Iglesia y Estado y la inexistencia de ayudas gubernamentales han forzado a los diferentes credos a “convertirse en expertos en mercadotecnia”, porque “compiten por una clientela y recursos limitados”.

El episodio más famoso de esta guerra es el juicio del mono, en el que John Scopes fue juzgado en Tennessee en 1925 por enseñar la teoría de la evolución y condenado a una multa de 100 dólares. En los años 80 del siglo pasado, los fundamentalistas consiguieron que varios Estados legislaran para que la creación bíblica se enseñara en la escuela pública como alternativa a la evolución. Sin embargo, el Tribunal Supremo de EE UU concluyó en 1987 que esas leyes eran anticonstitucionales, ya que suponían que el Estado impulsara una creencia. Desde finales de los años 90, los creacionistas se han concentrado en sacar a Darwin de la escuela y, ahora, centran sus esfuerzos en que entre en clase como alternativa el llamado diseño inteligente, que sostiene que la complejidad humana exige que haya en su origen un arquitecto.

Un día para Darwin

“La Iglesia católica nunca ha sido una entusiasta de la lectura literal de la Biblia. El literalismo es una tradición protestante”, puntualiza Dawkins a la hora de explicar por qué el antievolucionismo es tan fuerte al otro lado del Atlántico y no en países tradicionalmente católicos como España. Para él, los maestros que en EE UU no enseñan la evolución por miedo “son unos cobardes y unos traidores de la enseñanza, de la ciencia y de la verdad”. “La evolución ocurrió”, sentencia Shermer. “No hay ninguna duda sobre su veracidad. Es un hecho”, dice Dawkins.

Charles Darwin nació el 12 de febrero de 1809 y, el mismo día cincuenta años después, publicó su obra clave, El origen de las especies. En ella, estableció las bases de la teoría de la evolución por selección natural, que los biólogos del siglo XXI ven en nuestro genoma. Desde 1995, un grupo creciente de pensadores celebra el Día de Darwin el 12 de febrero. Pretenden promocionar la educación científica y el conocimiento de la obra del naturalista inglés.

“El Día de Darwin es una excusa no sólo para celebrar la grandeza del hombre, sino también la fuerza y el impacto de su idea. La teoría de la evolución es una de la media docena de ideas más importantes en la historia de la Humanidad y debería ser objeto de celebración”, apunta Shermer. Dawkins va más lejos: “La de Darwin es, sin duda, una de las mentes más grandes que han existido. Es de justicia conmemorar su nacimiento, mucho más que los natalicios de políticos, de generales e, incluso, de Jesús”.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Un feriante en la corte de Lucy

“Quisiera señalar que ninguno de los involucrados en las investigaciones sobre el Sasquatch ha creído nunca que ese muñeco fuera un Bigfoot”, escribió Jon Beckjord en The Skeptical Inquirer en 1982. Cazador de monstruos, Beckjord no sólo cree que el Sasquatch -una de las denominaciones del Bigfoot o Pies Grandes- habita los bosques norteamericanos, sino que también está convencido de que esa supuesta criatura tiene poderes paranormales. Sin embargo, hasta para él es demasiado tragarse el cuento del Hombre de Hielo de Minnesota, una atracción que recorrió Estados Unidos de feria en feria en los años 60 del siglo pasado y que consistía en un bloque de hielo en cuyo interior había un presunto hombre-mono. La criatura llamó inmediatamente la atención de los criptozoólogos -buscadores de monstruos- Bernard Heuvelmans e Ivan T. Sanderson, quienes tras verla concluyeron que se trataba de un homínido desconocido. La historia empezó a derrumbarse cuando la Institución Smithsoniana manifestó su interés en examinar el cuerpo de lo que Heuvelmans y Sanderson identificaban como un neandertal que había sobrevivido hasta el siglo XX. Entonces, Frank Hansen, el feriante, dijo que había devuelto la pieza a su propietario, un millonario, y que lo que exponía en esos momentos era una réplica. Nunca más se supo del monstruo original y, al final, los criptozoólogos tuvieron que dar marcha atrás en sus afirmaciones cuando salió a la luz que el feriante había encargado la fabricación de un figura de látex a una compañía de efectos especiales de Hollywood. Más claro, agua. Ahora, el engaño de Hansen ha resucitado de la mano de Bruno Cardeñosa en un libro, El código secreto (Grijalbo, 2001), en el que el Hombre de Hielo de Minesota es sólo una de las muchas atracciones fraudulentas, reinventadas o tergiversadas que presenta el autor.

El código secreto es una antología del disparate cuya llegada a las librerías españolas demuestra que ha fallado el mínimo control de calidad al que habría de someterse todo original en una editorial seria. Los despropósitos y falsedades se suceden línea a línea, desde la primera hasta la última página. La mentira aflora ya en la solapa: “Bruno Cardeñosa colabora en diversas revistas de divulgación científica”, dice. Lo cierto es que la carrera periodística del autor -conocido, ante todo, por su actividad como ufólogo- se ha desarrollado exclusivamente en publicaciones, como Más Allá de la Ciencia y la desaparecida Karma.7, que mantienen que es posible adivinar el futuro, comunicarse con los muertos y entrar en contacto con extraterrestres. En esa misma línea, El código secreto -subtitulado Los misterios de la evolución humana– es un libro contra la ciencia y los científicos, escrito, además, desde presupuestos antievolucionistas. Porque resulta evidente que, a la hora de redactarlo, Cardeñosa ha bebido hasta saciarse de uno de los principales adalides del creacionismo hinduista, Michael A. Cremo, coautor, junto a Richard L. Thompson, de Forbidden archeology: the hidden history of human race, publicado en 1993 por la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna.

Las similitudes entre ambas obras son tan descaradas que cabe considerar a El código secreto un remake de Forbidden archeology, una versión española en la que el autor ha incluido, como mucho, un puñado de ideas propias. Cremo y Thompson defienden en su libro que los humanos anatómicamente modernos han existido desde hace cientos de millones de años, que los arqueólogos y paleoantropólogos ocultan e ignoran las pruebas que apuntan en esa dirección, y que el Yeti, el Bigfoot y otros monstruos similares son homínidos de otras especies que han sobrevivido hasta la actualidad en zonas aisladas del planeta. En apoyo de sus dos primeras afirmaciones, recurren a supuestas evidencias fósiles y tecnológicas; para respaldar la tercera, a los testimonios y las pretendidas pruebas recopiladas por los cazadores de seres de leyenda. El libro de Cardeñosa, una peligrosa mezcla de pseudociencia y ciencia mal digerida, sigue el mismo esquema y llega a idénticas conclusiones que el de Cremo y Thompson. Lo único a favor del autor español es que no ha tenido la osadía de enviar un ejemplar a Richard Leakey, como hicieron sus colegas estadounidenses. Así que no tendrá que enfrentarse a críticas como la de Leakey, a quien bastó echar un vistazo al libro para concluir que Forbidden archeology es “una completa tontería y no merece ser tomado en serio por nadie si no es un tonto. Tristemente, hay algunos [tontos], pero eso es parte de la selección [natural] y no hay nada que se pueda hacer al respecto”.

Cuando la realidad resulta incómoda

El juicio del célebre miembro de la saga de los Leakey va como anillo al dedo a El código secreto, una obra alumbrada desde la más profunda ignorancia y con la única intención de sacar tajada, a cualquier precio, de la curiosidad del público por nuestros orígenes. Todo vale para Bruno Cardeñosa a la hora de traficar con misterios inventados y abrirse un hueco en el mercado editorial. Así, en el caso del Hombre de Hielo de Minnesota, oculta a los lectores que en su tiempo se desenmascaró el fraude y habla del hombre-mono congelado como de una prueba de que la “ciencia ortodoxa, que impone su verdad desde los púlpitos, ha ocultado, y sigue haciéndolo, sospechas, hallazgos y pruebas suficientes como para volver a escribir algunos de los episodios más trascendentes de nuestra historia como seres vivos” (p. 13). En aras de la transparencia que predica, Cardeñosa -quien se define como alguien que lleva “más de una década” enfrentándose “a realidades que los científicos prefieren soslayar” (p.16)- cuenta la primera parte de la historia de Hansen y su criatura, pero se olvida del desenlace. “No es cuestión de que la realidad estropee un buen titular”, dice la máxima del periodismo sensacionalista. Esta sentencia se hace libro en El código secreto. Porque el del Hombre de Hielo de Minnesota no es un caso aislado de falsificación de los hechos por parte del autor, sino la punta del iceberg, la primera de una larga lista de verdades a medias con las que intenta llevar a su huerto al lector, engañándole.

No es el objetivo de estas líneas -requeriría de mucho más espacio y tiempo- analizar una a una las presuntas pruebas presentadas por Cardeñosa para apoyar sus disparatadas tesis. Pero sí me voy a detener en dos ejemplos reveladores: las huellas del lecho del río Paluxy y las piedras de Ica. Para el autor, se trata de evidencias que demuestran que el hombre convivió con los dinosaurios. Nada más y nada menos.

El lecho del río Paluxy, en Glen Rose (Texas, EE UU), es punto de referencia obligado cuando se habla de una Humanidad como la plasmada en Los Picapiedra. Allí, indica Cardeñosa, hay huellas de dinosaurios junto a otras de seres humanas que habrían vivido en la época de los largartos terribles. Sin embargo, no es eso lo que sostiene Glen Kuban, un paleontólogo aficionado que demostró en 1989 que algunos de los pies del río Paluxy son en realidad parte de las huellas plantares de dinosaurios. “Algunas pretendidas huellas humanas de Glen Rose -explicaba en la obra colectiva Dinosaur tracks and traces– no se distinguen de huellas metatarsales de dinosaurios, cuyas impresiones digitales han desaparecido rellenadas por el barro, a causa de la erosión o debido a otros factores. Otras depresiones alargadas de Glen Rose incluyen figuras producto de la erosión y posibles marcas de colas, algunas de las cuales también han sido confundidas con huellas humanas”. Los trabajos de Kuban, mediante el análisis cromático y de texturas de las improntas, han demostrado sobre el terreno que las huellas pretendidamente humanas pertenecen en realidad a dinosaurios. Sin embargo, en El código secreto, se desestima esta explicación con el peregrino argumento de que no se ha “encontrado jamás una huella no humana similar” (p. 103) -¿acaso no pueden ser las primeras?- y recurriendo a otros expertos -entre ellos, el “antropólogo Carl Baugh” (p.103)- para quienes los rastros son humanos y datan de hace 140 millones de años. Baugh ni es antropólogo ni tiene ningún título superior, por mucho que Cardeñosa le atribuya falsas credenciales; es reverendo y, como su admirado Michael A. Cremo, un furibundo creacionista cuyas afirmaciones ponen en duda sus propios correligionarios. Una vez más, el fabricante de misterios español opta por la explicación extraordinaria frente a la demostrada por la ciencia, oculta información clave al público y toma partido descaradamente por los antievolucionistas.

Algo parecido ocurre con las piedras de Ica (Perú), grabadas con escenas de caza de dinosaurios, complejas operaciones quirúrgicas y viajes aéreos a bordo de aves antediluvianas. El grupo de defensores de estas piezas, cuyo propietario es el médico limeño Javier Cabrera, se reduce a un puñado de fabricantes de paradojas -como acertadamente los denominaba el fallecido Carl Sagan– liderado por Juan José Benítez, quien exprimió este filón lítico en su libro Existió otra humanidad (1975). A pesar de las confesiones de los campesinos, que han reconocido que realizan los grabados para vender las piedras al crédulo de Cabrera, y de que numerosos análisis han demostrado que las incisiones son recientes y se han utilizado lijas, sierras y ácidos, Cardeñosa rebusca entre los estudios para encontrar un par -uno ambiguo y otro escasamente fiable- de los que colgar su tesis: “Que los grabados se efectuaron en la misma era geológica en la que se formaron las piedras. Es decir, en la era de los dinosaurios” (p. 98). La navaja de Occam vuelve a funcionar al revés; curiosa forma de proceder en un autocalificado divulgador científico.

Los burdos ejemplos de Paluxy e Ica están acompañados de otros muchos, pobremente descritos, de descubrimientos paleontológicos y tecnológicos que desafiarían, según el autor, nuestra concepción actual de la evolución humana: huesos de Homo sapiens en estratos de hace 280 millones de años -el hombre habría surgido en el camino evolutivo antes que los mamíferos, pero eso no parece turbar al autor-, huellas de zapatos de hace 500 millones de años, clavos de hace 360 millones de años, herramientas de piedra de hace 5 millones de años en Portugal… Muchos son hallazgos del siglo XIX o principios el XX que, como las malas películas, no han superado el paso del tiempo. Cardeñosa, obviamente, sólo cuenta en estos casos una parte de la historia o, cuando presenta las dos, tergiversa la explicación convencional para engordar el misterio. En general, hace lo mismo que sus maestros Cremo y Thompson, quienes ignoran que tan importante o más que una pieza concreta es localizarla debidamente en su contexto y que el valor histórico de los materiales recuperados en una excavación reside en que se extraigan de forma sistemática, en que luego se pueda reconstruir el yacimiento en el laboratorio.

Por si eso fuera poco, vuelve a ocultar al lector en numerosas ocasiones que se ha demostrado hace tiempo que esos hallazgos que, en su opinión, no encajan en el escenario abocetado por los especialistas o bien no se encontraron donde se dijo en un principio o bien no corresponden a lo que se pretende. Es decir, Cardeñosa lleva a la práctica lo mismo que achaca a los científicos cuando afirma que “la historia de la evolución humana se ha borrado de acuerdo con el guión preestablecido. Si algo no encaja, se menosprecia. O se encaja a la fuerza, a riesgo de faltar a la verdad y a la razón empírica” (p. 162). Como sentencia el dicho castellano, “cree el ladrón que todos son de su condición”. Pero todo vale a la hora de trasladar la propia falta de rigor a otros, incluido culpar de la situación a esas imaginarias conspiraciones tan del gusto de los charlatanes pseudocientíficos: “Las pruebas de tan arriesgadas afirmaciones [se refiere a la existencia de Homo sapiens hace decenas de millones de años] están en esos archivos secretos que la ciencia y los científicos parecen empeñados en mantener lejos del alcance del gran público, por la sencilla razón de que no se ajustan a los patrones establecidos” (p. 147).

Todo el genoma en un cromosoma

El código secreto es un libro que ataca a la ciencia, pero que, al mismo tiempo, se sirve de ella para intentar disfrazar su mensaje hostil de inocente y bienintencionada heterodoxia. Cardeñosa mezcla indiscriminadamente información científica -muchas veces, erróneamente interpretada- con otra procedente de fuentes pseudocientíficas. A ojos del lector, coloca a la misma altura la posibilidad de que el hombre conviviera con los dinosaurios que los hallazgos de Olduvai, a Lucy que al Yeti. Otorga, a charlatanes como Erich von Däniken, Peter Kolosimo, Jacques Bergier y Zecharia Sitchin, la misma o más credibilidad que a científicos como Glen Kuban, Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell. Todos ellos, sin distinción, son investigadores. Así, abundan ejemplos de travestismo intelectual como el del ufólogo frances Aimé Michel, reconvertido en el mucho más digno de crédito “antropólogo galo Aimé Michel”, y hasta el más delirante charlatán ibérico se transmuta en investigador. A la hora de elaborar el libro, Cardeñosa ha seguido esa misma línea y se ha nutrido, a partes iguales, de literatura pseudocientífica y de auténtica divulgación. De los 67 libros que cita y recomienda en la bibliografía, más de una treintena corresponde a ufólogos y a quienes propugnan que la Tierra fue visitada en el pasado por extraterrestres que enseñaron a nuestros torpes ancestros a hacer maravillas: títulos como Astronaves en la Prehistoria, de Kolosimo, y Los extraterrestres en la historia, de Bergier, se recomiendan junto a El origen de las especies, de Charles Darwin, y La especie elegida, de Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez. Y, en lo que se refiere a las revistas, equipara, por ejemplo, las demenciales Año Cero y Enigmas con Nature, Science e Investigación y Ciencia. Es una manera como otra cualquiera de sembrar la confusión, de minar la capacidad crítica del lector poco informado, que, desorientado, concederá el mismo crédito a todas las fuentes y autores citados. Un juego sucio que no sólo practica, sino del que también se beneficia personalmente el propio Cardeñosa.

El autor se presenta reiteradamente como divulgador o periodista científico porque es indudable que, de un tiempo a esta parte, esa denominación da una especie de pátina de credibilidad. Es posible que engañe a los más incautos; pero a nadie medianamente informado, porque, sin entrar en profundidades, su ignorancia es manifiesta respecto a la evolución, a la paleoantropología, a la arqueología, y a la ciencia y a la cultura en general. Concede la misma relevancia a pruebas consistentes que a otras que no lo son, prefiere siempre las explicaciones extraordinarias a las ordinarias, pero pone la guinda a su incompetencia cuando incurre en muestras evidentes de analfabetismo científico. Algunas tan brutales que cualquiera que siga la actualidad a la través de la Prensa es capaz de detectarlas. También sin ánimo de ser exhaustivos, veamos un par de ejemplos.

Cardeñosa dedica parte de su obra a describir los conocimientos actuales sobre la evolución humana -lo que sabe la que él denomina ciencia oficial– y, evidentemente, incluye información sobre los descubrimientos realizados en los últimos años en los yacimientos de Atapuerca. Lo primero que demuestra es una clara hostilidad hacia el trabajo de Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell, los codirectores de las excavaciones burgalesas, de quienes dice que “su ansia de inmortalidad científica les ha llevado a vender más titulares que verdades” (p. 280). “Atapuerca es, sobre todo, espectáculo”, mantiene, y añade que “los habitantes del pasado de Atapuerca son un monumento nacional intocable, pero repleto de claroscuros. Tiene sus luces, y muchas. Pero Atapuerca es, a mi entender, sinónimo de misterio y también de polémica. Atapuerca está oscurecida por largas sombras y pronunciadas sospechas. Hoy por hoy, el hombre de Atapuerca, llamado científicamente Homo antecessor, no es el primer europeo. Tampoco el primer español. Y, ni mucho menos, el eslabón perdido” (p. 163).

Eludamos la referencia al eslabón perdido que el autor se saca de la manga y concedamos que los vestigios de homínidos de hace 1,8 millones de años hallados en Dmanisi (Georgia) se encuentran geográficamente en Europa, ¿cuál es el primer homínido conocido que habitó la Península? Cardeñosa afirma que el denominado hombre de Orce. Y, para respaldar su aseveración, no duda en volver a falsear la realidad. “Hay algo que, según todos lo investigadores, no admite discusión: el hombre de Orce fue Homo” (p. 63), dice en apoyo a un fósil que, sin embargo, rechaza la mayoría de los especialistas. Porque el autor de El código secreto vuelve aquí a mentir: Josep Gibert se ha quedado prácticamente solo en la defensa de la humanidad de los restos de Orce, lo que no significa que los yacimientos de la vega granadina no vayan a deparar en los próximos años sorpresas deseadas por todos los paleoantropólogos españoles. Si Cardeñosa hubiera hablado alguna vez con Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell -cosa que no ha hecho-, les habría oído decir repetidamente que la carrera por el más antiguo de es estúpida y anticientífica, que esa imagen que él presenta de la investigación paleoantropológica como una competición en la que los protagonistas poco menos que se apuñalan por defender sus fósiles y someten la evidencia al orgullo no tiene nada que ver con la realidad. Reducir Atapuerca al primer europeo es un despropósito: estamos hablando de unos yacimientos que resumen el último millón de años de historia humana en Europa, en los que se ha encontrado una nueva especie, con una riqueza de fósiles humanos inigualable, con abundancia de restos de cultura material, etcétera. Pero, aún siendo una muestra de frivolidad supina, no es esto lo más grave. Se puede entender que, en su ánimo de reescribir la historia a su gusto, Cardeñosa tergiverse una vez más la realidad. Lo difícilmente comprensible es que alguien que firma una obra sobre la evolución humana se haga un lío de proporciones mayúsculas con lo hallado en Atapuerca, un lío que, en esta ocasión, no creo malintencionado, sino simplemente consecuencia de la ignorancia.

Como casi todo el mundo sabe, hay dos zonas particularmente famosas en las excavaciones de Atapuerca: la Sima de los Huesos y la Gran Dolina. La primera es una cavidad situada al fondo de una caída vertical de trece metros en las profundidades de Cueva Mayor. La segunda es una cueva que se excava al aire libre porque salió a la luz cuando se abrió la Trinchera del Ferrocarril a finales del siglo XIX. En la Sima de los Huesos, se han encontrado restos de una treintena de Homo heidelbergensis, que datan de hace 300.000 años y cuya disposición lleva a sospechar a Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell que nos encontramos ante el primer enterramiento conocido. En aquella época, la sima estaba conectada con el exterior por una boca después cegada, y los investigadores creen que por allí tiraban los Homo heidelbergensis a los cadáveres para que quedaran depositados al fondo de la cavidad. Los restos de la Gran Dolina son muy diferentes y mucho más antiguos. Datan de hace unos 800.000 años y corresponden a individuos de Homo antecessor que, a partir de las huellas de descarnación que presentan los huesos, fueron víctimas de un banquete caníbal. De un fenómeno cultural que, en opinión de Arsuaga, no era habitual. Pues bien, este simple puzzle es de imposible comprensión para Cardeñosa, que, gracias a la publicación de su libro, transmitirá su ignorancia a los lectores que se acerquen por primera vez a los hallazgos de Atapuerca.

El autor de El código secreto dice que “aquellos supuestos antecesores no vivían en el interior de la Gran Dolina, sino que fueron arrojados, es de suponer que ya sin vida, por otros homínidos de la época. En realidad, la cueva vendría a ser el primer cementerio del que tendríamos constancia” (p. 175). Los adjetivos sobran ante esta muestra de ignorancia. Cardeñosa confunde la Sima de los Huesos con la Gran Dolina, y Homo antecessor con Homo heidelbergensis, juntando de un plumazo medio millón de años de historia y mezclando episodios que no tienen que ver entre sí. Por ello, provoca la risa que alguien capaz de plasmar con tanta desvergüenza su ignorancia para que quede memoria histórica de ella en forma de libro -la existente en forma de artículos y programas de radio es apabullante- afirme que “todos podemos” elaborar nuestros propios árboles genealógicos sobre el origen del hombre, “no olvidemos la figura del más conocido experto del mundo, Richard Leakey, que decididó abandonar la universidad para investigar” (p. 44). Una desfachatez que se entiende mejor cuando Cardeñosa tampoco duda en adentrarse como elefante en cacharrería en el campo de la genética y nos descubre que “cada cromosoma [humano] puede tener más de 30.000 genes” (p. 202). ¡Impresionante! El número de nuestros genes oscila entre 30.000 y 40.000, según las estimaciones de los especialistas, frente a los alrededor de 100.000 que se creía hace unos años. Sin embargo, Cardeñosa habla de “más de 30.000 genes” en ¡cada cromosoma!, lo que -multiplicado por los veintitrés cromosomas- supondría que el genoma humano tendría unos 700.000 genes. Este error demuestra su categoría profesional y pone en su justo término la credibilidad que merece.

Una evolución teledirigida

Podría extenderme mucho más en esta crítica, pero voy, en este último tramo, a presentar en pocas pinceladas las disparatadas conclusiones del autor, deteniéndome, eso sí, en la idea que da origen al título. Cardeñosa se carga lo que sabemos de la evolución humana, basándose en pruebas que ningún científico considera como tales y apoyándose en material recopilado por antievolucionistas confesos como Michael A. Cremo y Richard L. Thompson. Así, concluye que ya había seres humanos en la época de los dinosaurios y que existieron Homo sapiens en Europa, África y América hace decenas de millones de años. Todas esas Humanidades, sin embargo, se extinguieron y nosotros somos los descendientes de otra que surgió hace unos 150.000, lo que dice la ciencia oficial. Mantiene Cardeñosa también que tenemos algo de neandertales, por mucho que hasta el momento lo que se ha demostrado es que no es así, y que de hecho homínidos que se creen extintos siguen habitando entre nosotros: neandertales serían los abominables hombres de Rusia y Asia Central, pero también algunas poblaciones de Marruecos; Homo erectus serían “los hombres salvajes de algunas islas asiáticas”; Australopithecus, los monstruos humanoides africanos; y Gigantopithecus, el Yeti y otros. “En definitiva, los eslabones de la cadena humana permanecen aún vivos sobre la faz de la Tierra, esperando el momento en que la ciencia se ocupe de ellos” (p. 378), sentencia el autor.

Bruno Cardeñosa titula su libro El código secreto por la sencilla razón de que cree en una evolución teledirigida o, lo que es lo mismo, en una evolución que no es otra cosa que un creacionismo disfrazado. Para él, la vida no sólo llegó del espacio -abraza la tesis de la panespermia-, sino que además “los mecanismos primigenios que dieron origen a la vida estuvieron regidos por unas leyes ajenas a la evolución” y “aquellas primitivas formas de vida tenían en su soporte interno algo parecido a una orden: evolucionar hacia formas más complejas. Disponían, en suma, de un código secreto que señala que el objetivo último de la evolución es el Homo sapiens” (p. 397). Ésta es la conclusión de una obra que pretende ser “un libro de denuncia que quiere poner sobre la mesa cientos de pequeñas pruebas e indicios que deberían obligar a los científicos a reescribir la historia”, y que se desinfla como un globo en cuanto se leen las primeras líneas.

Bruno Cardeñosa [2001]: El código secreto. Los misterios de la evolución humana. Editorial Grijalbo (Col. “Huellas Perdidas”). Barcelona. 418 páginas.


Agradecimientos

A José María Bello por haberme guiado en algunos tramos oscuros, haber colaborado desinteresadamente en la búsqueda de información y haber aportado mejoras sustanciales al original. A Julio Arrieta, Pedro Luis Gómez Barrondo, Borja Marcos y Víctor R. Ruiz por haber leído el original con minuciosidad y haber detectado errores que, gracias a ellos, han sido subsanados. Cualquier error en este texto es responsabilidad exclusiva del autor.

Publicado originalmente en El Escéptico Digital.

Del Paraíso a la Prehistoria

Adán y Eva no fueron expulsados del Paraíso por un ángel espada de fuego en ristre, sino por los científicos. Sucedió en 1847, cuando el francés Jacques Boucher de Perthes (1788-1868), considerado el padre de la Prehistoria, publicó Antigüedades célticas y antediluvianas, un libro en el que demostraba la coexistencia del hombre primitivo con animales extinguidos. “Hasta entonces, nadie se planteaba que hubiera un pasado más allá de la Biblia. Quien dijera algo de eso era un osado”, explica Carmen de las Heras, comisaria de la exposición Venus y Caín, nacimiento y tribulaciones de la Prehistoria en el siglo XIX, que se inaugura hoy en Santillana del Mar.

Imperaba en la cultura decimonónica la visión del arzobispo anglicano James Ussher, quien en el siglo XVII había calculado a partir del Génesis que Dios creó el Universo a las nueve de la mañana del 23 de octubre de 4004 antes de nuestra era. “Éramos descendientes de Adán y Eva. Nadie lo discutía, nadie lo ponía en duda, porque la propia ciencia parecía dar la razón a la Biblia”, indica De las Heras. En 1859, Charles Darwin publicó El origen de las especies y, a la historia prediluviana de Boucher de Perthes -con el tiempo, el Diluvio universal pasó de hecho a mito-, se sumó la evolución: Dios no había modelado al hombre tal cual, sino que éste era fruto de la evolución.

El descubrimiento de que “nuestro origen está en el reino animal y no en el Paraíso” provocó una gran convulsión social, y el hombre prehistórico fascinó a la gente de la época, incluidos pintores y escultores para los cuales “constituyó una inapreciable fuente de inspiración”. Ante la escasez de datos científicos, los artistas del siglo XIX “desarrollan una iconografía tomada del neoclásico, con un héroe musculoso al que visten con pieles y colocan en la Prehistoria”.

Superhombres

Nuestros antepasados del Paleolítico Superior -entre hace 40.000 y 13.000 años- aparecen como “hombres físicamente perfectos, con extraordinarias musculaturas y expresiones de fiereza”, en permanente lucha por la supervivencia. Las mujeres tienen, a su vez, el aspecto de Venus griegas. “Se reproduce el modelo social de la familia nuclear, con el hombre como cabeza de familia y protagonista, y la mujer representando el papel de ama de casa que le recibe complaciente cuando llega agotado de la caza. Los roles sociales se transmiten del siglo XIX a la Prehistoria”, dice la investigadora del Museo de Altamira.

Paul Jamin, Léon Maxime Faivre, Louis Mascré y otros retratan escenas de asesinatos, de caza, de lucha, de amor…, en las que la falta de datos se suple con imaginación. “La escasez de restos, el estudio de pueblos primitivos contemporáneos, la creatividad artística y las condiciones sociales, culturales y religiosas de la época -explica De las Heras- hacen que las imágenes transmitan una excesiva bestialidad y, al mismo tiempo, una notable idealización romántica”.

Pintores y escultores asumen, en las obras que pueden verse en el palacio de Caja Cantabria en Santillana del Mar, los avances en el conocimiento de nuestro pasado; pero no plasman en sus obras el choque entre ciencia y religión. Al contrario. “Suprimen los elementos de conflicto e incluso dotan a veces a sus personajes de actitudes religiosas, de un sentimiento de piedad”, afirma la prehistoriadora. Siglo y medio después de la desaparición de Adán y Eva de nuestro árbol genealógico, ciertas sectas protestantes luchan en Estados Unidos por imponer una visión de los orígenes basada en la literalidad de la Biblia, en la idea de que Dios creó el mundo en seis días y, el séptimo, descansó.

Ciencia recién nacida

Las 170 piezas que se exponen desde hoy en Santillana del Mar son objetos arqueológicos, pinturas, esculturas y documentos que proceden de museos y colecciones privadas de Europa y Estados Unidos. “Resumen la evolución humana tal como se veía en el siglo XIX”. La Prehistoria era entonces una ciencia recién nacida, “básicamente francesa” y cultivada por aficionados, que poco tenía que ver con una disciplina que en la actualidad emplea las técnicas más avanzadas: los métodos de datación basados en la desintegración de isótopos radiactivos, la genética, el estudio de los pólenes, los análisis geológicos…

>Aunque antediluvianos, nuestros orígenes no se suponían en el siglo XIX tan remotos como ahora se sabe: los homínidos aparecieron en África hace más de 6 millones de años y los primeros representantes de nuestra especie caminaban por lo que hoy es Etiopía hace más de 160.000 años. La Prehistoria -la época sin escritura- ha sido el periodo más largo de la historia humana. Se prolongó desde la aparición de los homínidos hasta hace menos de 5.000 años, pero sólo se estudia desde hace unos 150, desde que el hombre abandonó definitivamente el Paraíso.


El arte más antiguo del mundo

La más valiosa de las piezas de la muestra -“la joya”, en palabras de Carmen de las Heras- es la Venus de Laussel, un bajorrelieve descubierto en 1911 en un abrigo al aire libre de la Dordoña francesa. Con la fisionomía típica de las esculturas femeninas paleolíticas -formas abultadas que se han relacionado tradicionalmente con la fecundidad-, la figura mide 46 centímetros, fue tallada en un bloque de piedra caliza hace unos 20.000 años y porta en la mano derecha un cuerno de bisonte. Es una obra de arte de un periodo sin arte hasta que Marcelino Sanz de Sautuola descubrió Altamira en 1879.

El hallazgo de las pinturas de Santillana del Mar marca mucho más que el inicio de la ciencia prehistórica en España. “Altamira fue la primera cueva con arte rupestre descubierta en el mundo”, recuerda la comisaria de la exposición ‘Venus y Caín, nacimiento y tribulaciones de la Prehistoria en el siglo XIX’, la cual dedica una atención especial a la gruta cántabra y sus pinturas de hace 14.000 años. El descubrimiento de Sanz de Sautuola fue recibido con incredulidad por una comunidad científica dominada por los franceses, quienes no dieron hasta 1902 el visto bueno a unos dibujos de bisontes, ciervos y caballos de espectacular belleza.

Cerrada la cueva a las visitas masivas desde 1977 y completamente desde septiembre de 2002 para frenar su deterioro, quienes quieran hacerse una idea de la magnificencia de los frescos pueden hacerlo en la llamada neocueva. La reproducción de la gruta y de sus frescos resulta de una fidelidad impactante y es la estrella de un Museo de Altamira que tiene una atractiva y didáctica exposición permanente sobre la vida de los artistas de hace 140 siglos.


De Adán y Eva a Venus y Caín

Destronados Adán y Eva, los responsables de la muestra del Museo de Altamira apuestan por una nueva pareja, Venus y Caín, que “encarna principios antagónicos y complementarios” de cuyo equilibrio o desequilibrio “dependerá la civilización y la barbarie”.

Venus -diosa romana del amor- es el nombre que reciben las figuras femeninas paleolíticas, representaciones de la fertilidad. Caín, el primogénito de Adán y Eva, es el primer humano, “el primer ser nacido de una mujer y un hombre, pero también el primer criminal, el primer cultivador, el primer errante y el primer constructor de ciudades. Encarna la responsabilidad humana”.


La exposición

Título: Venus y Caín, nacimiento y tribulaciones de la Prehistoria en el siglo XIX.

Lugar: Palacio de Caja Cantabria, Santillana del Mar (Cantabria).

Horario: De 10.30 a 14 horas y de 16 a 20 horas. Cerrado los lunes.

Precio: 2,5 euros (1,5 euros para los clientes de Caja Cantabria).

Calendario: Del 10 de julio al 7 de septiembre.

Organizadores: Museo de Altamira, Museo de Aquitania y Museo de Quebec.

Publicado originalmente en el diario El Correo.