La cara oculta del misterio

América vikinga

Cristóbal Colón no descubrió América. Ni siquiera fue el primer europeo en pisarla. El continente fue descubierto por los cazadores recolectores siberianos que cruzaron el estrecho de Bering hace 22.000 años. Por eso había indios en América en 1492. Y un grupo de vikingos fueron los primeros en llegar desde Europa cinco siglos antes que el Almirante, aunque su logro no tuvo ninguna repercusión histórica. Al contrario de lo que ocurrió con la llegada de Colón y sus naves, a partir de la cual se vivió un choque de culturas, España creó un imperio en el cual no se ponía el Sol y las potencias europeas se lanzaron a la conquista del Nuevo Mundo.

La presencia vikinga en América desde el siglo X está documentada por la arqueología y por la Saga de Groenlandia y la Saga de Erik el Rojo. Cuentan estas obras literarias que Erik Thorvaldson, llamado El Rojo, fue desterrado de Islandia en 982 por el asesinato de dos hombres, la misma razón por la que su padre había sido expulsado años antes de Noruega. Erik el Rojo navegó entonces hacia el oeste y llegó a un territorio que, para atraer a sus compatriotas, bautizó como Groenlandia (tierra verde). Una exageración, ya que la isla estaba helada y sólo había un par de valles verdes al sur. “Constituye el primer caso de propaganda engañosa”, ironiza el arqueólogo Kenneth Feder, de la Universidad Central del Estado de Connecticut, en su libro Fraudes, mitos y misterios (1990).

La tierra del vino

Los vikingos desembarcaron en Groenlandia en una época de temperaturas superiores a las actuales, conocida como Óptimo Climático Medieval. La colonia prosperó hasta contar con 5.000 habitantes repartidos en 250 granjas. “La de la Groenlandia noruega era una población con un marcado carácter comunitario en la que una persona no podía marcharse y vivir apartado con esperanza de sobrevivir”, indica el geógrafo Jared Diamond en su libro Colapso (2005). La aventura acabó cuando, hacia 1300, un cambio climático marcó el inicio de la Pequeña Edad del Hielo, un periodo frío que duró hasta el siglo XIX. Los vikingos groenlandeses fueron incapaces de adaptarse a las nuevas y duras condiciones ambientales y se extinguieron. Pero antes pisaron más territorios desconocidos.

Poco después de llegar a Groenlandia, Leif Erikson, hijo de Erik el Rojo , se perdió cuando navegaba hacia el oeste. Fue así a parar a un lugar que llamó Vinlandia (tierra del vino), donde los vikingos establecieron un asentamiento hacia 1022. Vinlandia era rica en recursos inexistentes en Groenlandia; pero los indígenas hicieron que nórdicos duraran poco allí. “La expedición descubrió entonces que, a pesar de todo lo que aquella tierra podía ofrecerles, sufrirían la constante amenaza de los ataques de sus antiguos habitantes”, cuenta la Saga de Erik el Rojo. Y los colonos volvieron a Groenlandia desde una Vinlandia que debía de encontrarse entre la isla de Terranova, al norte, y Cape Cod, al sur. Siglos después, los arqueólogos han excavado restos de un campamento vikingo de la época en la costa septentrional de Terranova, demasiado al norte para el vino y las nueces de Vinlandia, cuya búsqueda continúa.

¿ANTERIOR A COLÓN? El mapa de Vinlandia, con parte de la costa atlántica norteamericana en su extremo izquierdo. Foto: Universidad de Yale.

La Universidad de Yale anunció el 12 de octubre de 1965, aniversario del Descubrimiento, la existencia de un mapa fechado en 1440 en el que aparecía una isla llamada Vinlandia al oeste de Groenlandia. Se presentó como la primera cartografía del Nuevo Mundo, un documento al que habría tenido acceso Colón. Era una donación del magnate Paul Mellon, quien lo había comprado en Génova en 1957. El mapa incluía una leyenda según la cual, hacia el año 1000, Leif Erikson había descubierto “una nueva tierra”, Vinlandia. Encajaba con las sagas nórdicas, y el documento pasó a formar parte de la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de Yale a pesar de que muchos expertos dudaban de su autenticidad.

Venganza de un jesuita

El carbono 14 dictaminó en 2002 que el pergamino sobre el que está dibujado el mapa de Yale data de 1434 ±11 años. La prueba no zanjó, sin embargo, la polémica sobre la antigüedad del manuscrito por una razón obvia: el soporte puede ser anterior a Colón, pero la inscripción no tiene por qué. Es lo que indica otro estudio publicado el mismo año por los químicos Robin Clark y Katherine Brown, de la Universidad de Londres, que confirma lo que el microanalista forense Walter McCrone ya dijo en 1973. Según sus análisis, la tinta contiene anatasa, sustancia que no se sintetizó hasta 1917 y que no se da en tintas anteriores a 1923. “Es la prueba definitiva de que el mapa se dibujó después de 1923”, sentencia Clark, y coinciden la mayoría de los expertos.

Una hipótesis plausible es la de la historiadora noruega Kirsten A. Seaver, para quien el autor de la falsificación fue el jesuita y cartógrafo alemán Josef Fischer. El clérigo era un estudioso convencido de que los vikingos habían llegado a América antes que Colón -publicó un libro sobre el tema en 1902- y llegó a escribir un artículo sobre mapas falsos del Renacimiento. Seaver mantiene que el mapa de Vinlandia se debe a que Fischer no pudo aguantar el uso propagandístico que hacían los nazis de la historia vikinga y decidió vengarse de ellos.

Para ello, explica la historiadora, el jesuita compró en una subasta a principios de la década de 1930 dos libros del siglo XV y desmontó parte de uno. Así consiguió el lienzo, el pergamino antiguo sobre el que dibujar un mapa que dejaría claro que el descubrimiento de América había sido, en última instancia, una empresa cristiana. Porque en el texto del mapa de Vinlandia se lee: “Eric, legado del Observador Apostólico y obispo de Groenlandia y las regiones vecinas, llegó a esta verdaderamente inmensa y muy fértil tierra, en el nombre de Dios Omnipotente…”. “Parece muy plausible. Pudo ser arrogancia intelectual o simplemente un juego, pero él (Fischer) estaba en el lugar idóneo, en el momento idóneo y disponía de la información necesaria. Todo cuadra”, piensa Robert W. Karrow, conservador de colecciones especiales y mapas de la Biblioteca Newberry, de Chicago.


El libro

Maps, myths, and men: the story of the Vinland map (2004): La historiadora Kirsten A. Seaver examina las pruebas existentes a favor de la autenticidad del mapa de Vinlandia y, tras concluir que es un fraude, apunta a un posible autor y a las motivaciones que le pudieron llevar a hacerlo.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Los dogones y el enigma de Sirio

Sirio es la estrella más brillante del cielo y era muy importante para los antiguos egipcios: después de meses bajo el horizonte, su reaparición en el cielo vespertino marcaba el inicio de la crecida anual del Nilo. Tiene una compañera, Sirio B, invisible a simple vista y que no se descubrió hasta mediados del siglo XIX. Sin embargo, forma parte, algunos dicen que desde tiempo inmemorial, del sistema de creencias de los dogones, un primitivo pueblo de Mali (África occidental) cuya cosmogonía se presenta como una de las mejores pruebas de contactos con extraterrestres en la Antigüedad.

Los conocimientos astronómicos de los dogones asombraron en la primera mitad del siglo pasado a los antropólogos franceses Marcel Griaule y Germaine Dieterlen. El primero había establecido contacto con la tribu en 1931, y los dos publicaron en 1950, en el Journal de la Société des Africanistes, un artículo en el cual sostenían que los mitos dogones de la creación del mundo giraban alrededor de Sirio y de su estrella compañera. No aventuraban cómo podía haber llegado una cultura precientífica, sin telescopio, a conocer esa estrella; pero el enigma estaba ahí: ¿cómo sabían los dogones que Sirio tiene una pareja?

Superhombres

Poblado dogon. Foto: Dario Menasce.Griaule y Dieterlen explicaban que, vinculada al periodo orbital de Sirio B, los dogones celebran la ceremonia Sigui, “cuyo propósito es la renovación del mundo”. A partir de sus hallazgos, Robert K.G. Temple propuso en 1976, en El misterio de Sirio, que hombres-peces procedentes de ese sistema estelar no sólo habían trasmitido a los dogones sus conocimientos astronómicos, sino que además habían fundado su civilización. Para el escritor estadounidense, los visitantes “se parecerían un poco a las sirenas y los tritones, y podrían asemejarse, de alguna manera, a nuestros inteligentes amigos los delfines”. La idea fue acogida con júbilo por Erich von Däniken y otros, y todavía hoy es defendida por ufólogos como Juan José Benítez, para quien hace mil años los extraterrestres seleccionaron a los dogones más capacitados, los secuestraron y los adiestraron “como superhombres, como hombres santos”.

La tribu africana sabía, según Griaule y Dieterlen, que Sirio tiene una compañera y también que esa estrella invisible es muy densa y completa una órbita alrededor de su hermana cada 50 años. La astronomía ha confirmado ambos extremos. Sirio B fue, de hecho, la primera enana blanca identificada como tal. Una enana blanca es una estrella tan densa que un centímetro cúbico de su materia pesa una tonelada. “A primera vista, la leyenda de Sirio elaborada por los dogones parece ser la prueba más seria en favor de un antiguo contacto con alguna civilización extraterrestre avanzada”, escribió Carl Sagan en su libro El cerebro de Broca (1974).

Suelen citar esta frase quienes abogan por un origen alienígena de la cosmogonía dogon, olvidando que va seguida de una puntualización que hace que cambie de significado: “No obstante -continúa el astrofísico-, si examinamos con más atención el tema, no debemos pasar por alto que la tradición astronómica de los dogones es puramente oral, que con absoluta certeza no podemos remontarla más allá de los años 30 y que sus diagramas no son otra cosa que dibujos trazados con un palo en la arena”. La clave es que no hay constancia de la cosmogonía siriaca de los dogones con anterioridad al artículo de Griaule y Dieterlen en 1950.

Antropología chapucera

A principios del siglo pasado, Sirio B era ya una vieja conocida de los astrónomos. Su existencia había sido propuesta en 1844 por el alemán Friedrich Bessel. Creía que los bamboleos que sufría Sirio en su movimiento se debían a la presencia de una estrella compañera y calculó que el dúo tardaba unos 50 años en completar una órbita alrededor de su centro de masas. Dieciocho años después, el astro invisible fue visto por el estadounidense Alvan G. Clark mientras probaba un nuevo telescopio. Quedaba claro que Sirio era un sistema binario, compuesto por dos estrellas. Y también parece claro ahora que los dogones no sabían nada de Sirio B hasta la llegada de los antropólogos franceses.

Los visionarios más entusiastas suelen olvidar que la cosmogonía de esta tribu africana está llena de errores. Los dogones creen, según Griaule y Dieterlen, que Sirio B es la estrella más pequeña y pesada del Universo, algo que era cierto en los años 30 del siglo pasado; pero no ahora. Desde entonces se han descubierto centenares de enanas blancas más pesadas y las estrellas de neutrones, objetos todavía más densos. En el Universo de los dogones, Júpiter tiene cuatro satélites y Saturno, con sus anillos, es el planeta más lejano; pero el primero tiene más de 60 lunas y el segundo no es el planeta más lejano: más allá están Urano y Neptuno.

Resulta poco creíble atribuir todos esos errores y omisiones a unos avanzados visitantes interplanetarios cuando hay a mano una explicación más lógica: que la historia de Sirio B y los dogones es un ejemplo de contaminación cultural, de transmisión por parte de los investigadores de conocimientos que los investigados acaban incorporando a su acervo como propios. El antropólogo Walter Van Beek descubrió hace casi veinte años, cuando habló con los informantes dogones de Griaule, que el conocimiento que tenían de la estrella compañera de Sirio se lo había transmitido el antropólogo francés, quien era aficionado a la astrononomía. “Todos los interrogados coincidían en que todo lo que sabían de la estrella procedía de Griaule”, concluyó Van Beek. Y el resultado de una investigación antropológica chapucera se convirtió con los años en la mejor prueba de visitas alienígenas en el pasado.


El libro

El cerebro de Broca (1974): Carl Sagan no sólo fue un gran divulgador científico, sino también un desenmascarador de falsos enigmas. Este libro tiene una sección dedicada a ellos y un capítulo, al misterio de Sirio.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El hombre mono norteamericano

La existencia de un hombre salvaje en los bosques de Norteamérica occidental era una leyenda hasta hace medio siglo. Fue en 1958 cuando la criatura conocida hasta entonces por los indios como sasquatch se hizo carne. Ocurrió en California. Jerry Crew, operario de excavadoras en las obras de una carretera del condado de Humboldt, encontró una mañana de agosto unas huellas de grandes pies desnudos cerca de sus útiles de trabajo. Semanas después, la noticia estaba en la primera página del diario The Humboldt Times, que bautizó a la criatura que había dejado las huellas como bigfoot (pie grande).

El monstruo se ha ganado desde entonces un lugar destacado en el panteón de la criptozoología -literalmente, el estudio de los animales ocultos- junto al inquilino del lago Ness y al Yeti. Esquivo como ellos, mide entre 2 y 3 metros, es cuellicorto y tiene el pelo oscuro, grandes ojos y una cresta en lo alto del cráneo. Rara vez ha agredido al hombre y, aunque tímido, ha sido capturado en fotos y hasta en alguna película, si bien no con la suficiente claridad como para que su existencia haya quedado demostrada fuera de toda duda. Ha tenido su serie de televisión –Bigfoot y los Henderson, con una película del mismo título-, y un joven ejemplar, Quatchi, es una de las mascotas de los Juegos Olímpicos de Invierno de Vancouver 2010.

Grande y escurridizo

El bigfoot es la variante norteamericana de una familia compuesta por el Yeti del Himalaya, el Orang Pendek indonesio, el Basajaun vasco y otros hombres salvajes. Estos seres serían, según algunos criptozoólogos, ancestros nuestros con los cuales todavía compartiríamos la Tierra. Una posibilidad apasionante. En ese escenario, el peludo habitante de los bosques americanos ha sido identificado como un posible Paranthropus -homínido que vivió en África entre hace 2,7 y 1,2 millones de años-, un Gigantopithecus -simio de 3 metros y 400 kilos que vivió en el Sudeste Asiático hasta hace 500.000 años- e incluso un Homo erectus, antepasado nuestro que se extinguió hace unos 400.000 años.

Las especulaciones de los criptozoólogos chocan, no obstante, con la ausencia de pruebas concluyentes de la existencia del bigfoot. “Para que una población de estos animales resultara viable, debería haber un mínimo de de 500 individuos”, explica Eduardo Angulo, biólogo de la Universidad del País Vasco y miembro del Círculo Escéptico. Mientras que una docena de grandes antropoides podría pasar desapercibida en el gran Oeste americano, una comunidad de medio millar dejaría tras de sí numerosos restos biológicos, desde heces hasta cadáveres, que delatarían su presencia. Es algo que no ocurre ni con el bigfoot ni con sus criptoparientes.

Los cazadores de monstruos atesoran multitud de pruebas, pero con eso no basta. “Lo importante no es la cantidad, sino su calidad”, destacaba recientemente Benjamin Radford, coautor del libro Hoaxes, myths, and manias: why we need critical thinking (Fraudes, mitos y manías: por qué necesitamos el pensamiento crítico. 2003). Los testimonios, las fotografías, los moldes de las huellas y las muestras de pelo y sangre del bigfoot recogidas en los últimos cincuenta años son de una fragilidad tal que, paradójicamente, han servido a los críticos para poner al hombre mono americano contra las cuerdas.

Pies de barro

Fotograma de la famosa película de Patterson y Gimlin.La mejor filmación de la bestia es la película de Patterson-Gimlin. Fue rodada el 20 de octubre de 1967 en Bluff Creek (California) por los vaqueros Roger Patterson y Bob Gimlin. Se ve en ella un homínido que, sorprendido en un claro, huye hacia el bosque a paso ligero al tiempo que vuelve la cabeza hacia la cámara. En su día, algunos criptozoólogos dedujeron de las imágenes que se trataba de una hembra; pero otros muchos sospecharon desde el principio que había hombre encerrado. La confirmación llegó en 2004 de la mano de Greg Long. Periodista y colaborador de Discovery Channel, averiguó que dentro del disfraz de bigfoot estaba metido un tal Bob Heironimus, trabajador de Pepsi a quien Patterson había prometido por su interpretación mil dólares que nunca pagó a pesar del dinero que ganó con la película.

Ninguna de las muestras de pelo y fluidos atribuidas al misterioso morador de los bosques norteamericanos ha superado, por su parte, la prueba del laboratorio. Hace tres años, por ejemplo, David Coltman, genetista de la universidad canadiense de Alberta, analizó un mechón de pelo recogido en Yukon por testigos de una aparición de un bigfoot que había dejado huellas dos veces más grandes que las de un ser humano. “El perfil de ADN de la muestra de pelo que recibimos de Yukon encaja con el de referencia del bisonte norteamericano”, concluyó el biólogo. Cómo dejó un bóvido pisadas de apariencia humana es un misterio que, seguramente, podrían aclarar los testigos de la aparición.

El bigfoot tiene los pies de barro. Sus primeras huellas, las de 1958 que le dieron el nombre, fueron hechas en realidad con unas plantillas de madera por el constructor Ray Wallace, responsable de las obras junto a cuya maquinaria se descubrieron. Lo reveló la familia del empresario después de su muerte hace seis años y lo confirmó John Auman, uno de sus empleados. Según el trabajador, Wallace creó al homínido americano por razones prácticas: como los vándalos se cebaban por las noches con las herramientas, se sacó de la manga un monstruo que les metiera el miedo en el cuerpo. Luego, durante años, bromista, se dedicó a fabricar grabaciones de vídeo y fotografías del monstruo con las que deleitar a los criptozoólogos. “La realidad es que el bigfoot ha muerto”, dijo Michael Wallace, su hijo, cuando el corazón del constructor dejó de latir el 26 de noviembre de 2002.


El libro

Monstruos. Una visión científica de la criptozoología (2007): El biólogo Eduardo Angulo ahonda en los orígenes de la creencia en Nessie, el yeti, el bigfoot y otros seres fantásticos, y examina las pruebas presentadas a favor de su existencia.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

La tumba del faraón

Vista de la Gran Pirámide. Foto: Alex lbh.La Gran Pirámide es la más antigua de las Siete Maravillas del Mundo y la única que ha llegado hasta nuestros días. Se levanta en la meseta de Giza, a las afueras de El Cairo, dentro de un complejo funerario vigilado por una gigantesca esfinge. No es única -hay decenas de pirámides en Egipto y sólo en Giza existen once-, pero sí la más grande: de base cuadrada, con 230 metros de lado, fue durante 3.800 años el edificio más alto del mundo. Sus 146,6 metros originales -ahora mide 138,8- fueron el techo de la arquitectura hasta que en el siglo XIV los superó la catedral de Lincoln (Reino Unido).

Considerada por los historiadores la tumba del faraón Keops, que reinó entre 2551 y 2528 antes de Cristo (aC), hay autores que sostienen, sin embargo, que no fue obra de los antiguos egipcios. “Se hallaban todavía en la Edad de Piedra, con un precario desarrollo agrícola y un incipiente pastoreo. Sus herramientas eran groseras, basadas fundamentalmente en la industria lítica”, argumenta Juan José Benítez en su serie Planeta encantado. Resulta ciertamente difícil de creer que “gentes primitivas que ni siquiera conocían la escritura” construyeran un edificio tan complejo, con pocos centímetros de diferencia entre sus lados, milímetros de desviación respecto a la horizontal y sus caras orientadas casi perfectamente hacia los puntos cardinales.

Ayuda atlante

“La pirámide de Keops tiene esta particularidad, entre otras muchas: su altura en metros multiplicada por mil millones equivale a la distancia Tierra-Sol, es decir, 149,5 millones de kilómetros”, destaca Erich von Däniken en Recuerdos del futuro (1968). Quienes como el autor suizo mantienen que no la hicieron por sus medios los súbditos del faraón de la IV Dinastía, apuntan a la ayuda de seres de otros mundos y atlantes que les habrían transmitido los conocimientos para acometer la empresa. Una de esas técnicas sería la del ablandamiento de la piedra, que habría ahorrado la extracción y posterior transporte de los más de 2 millones de bloques de unas 2,5 toneladas que se calculan para la Gran Pirámide.

Los piramidólogos dicen que, sin naves extraterrestres, máquinas atlantes o técnicas como la del ablandamiento de la piedra, los antiguos egipcios no podían levantar el edificio. “La tecnología aplicada en esa construcción es tan increíble que sería imposible realizarla con la que utilizamos en la actualidad, y mucho menos con las herramientas de madera y de cobre que existen en el Museo de El Cairo provenientes de la IV Dinastía”, sentencia Manuel José Delgado, un habitual de las revistas esotéricas españolas para quien la Gran Pirámide “ni fue una tumba ni fue construida por Keops”. ¿Qué fue entonces?

Hubo en los años 70 del siglo pasado una fiebre piramidológica, como consecuencia de la publicación de El poder mágico de las pirámides (1974), de Max Toth y Greg Nielsen. El libro incluía una pequeña pirámide roja de cartón -a escala de la Keops- para ponerla debajo de la cama y descansar mejor, meter cuchillas de afeitar en su interior y que duraran más tiempo afiladas o usarla para incrementar la potencia sexual. “Sin duda alguna, los próximos años han de aportar un gran avance en la recuperación de la sabiduría extensiva e intensiva de las pirámides”, auguraban Toth y Nielsen a mediados de los años 70. El tiempo ha pasado y ahora se venden casas piramidales con el mismo fundamento con que se quitan méritos a los humanos de otras épocas.

Una gran potencia

El Egipto de Keops no era el país atrasado que describe Benítez. Era un Estado con una compleja organización política, económica y social, que conocía la escritura desde hacía siglos. Los habitantes del valle del Nilo disfrutaban hace 4.600 años de grandes obras de canalización y riego, y habían redactado el primer tratado de cirugía. La Gran Pirámide fue la obra cumbre de un largo proceso que había empezado siglos antes con los enterramientos bajo un montón de tierra, arena o piedras; continuado con la construcción en adobe de mastabas -edificios funerarios de techo plano-; ascendido hacia el cielo con la superposición de mastabas de piedra en la Pirámide Escalonada de Saqqarah; y culminado con la de Keops.

El egiptólogo Mark Lehner calcula que los trabajadores -no esclavos- que construyeron la Gran Pirámide tuvieron que poner “un bloque mediano cada dos o tres minutos en una jornada de diez horas”. Herodoto (484-425 aC) escribió que se levantó en 20 años con 100.000 hombres. Lehner piensa que “es posible -y más creíble- que (el geógrafo e historiador griego) se refiera a un total anual, con equipos de 25.000 trabajando en turnos de tres meses, más que al número total en Giza en un momento dado”. Los arqueólogos saben de qué canteras salían los bloques, cómo se trabajaban y cómo se transportaban. Bastaba con el ingenio humano y la tecnología de la época, aunque sí había algo extraordinario: la planificación de todo, desde las cuadrillas en Giza y las canteras hasta el transporte de las piedras, pasando por el suministro de alimentos para los trabajadores, la organización de los almacenes… Un esfuerzo gigantesco para garantizar la vida eterna al faraón.

Ningún estudio ha demostrado, por el contrario, que las piedras de la pirámide de Keops sean artificiales, que platillos volantes las colocaran en su sitio o que echaran una mano a los antiguos egipcios los supervivientes de una civilización desaparecida que pasaban por allí. El poder mágico de las pirámides de Toth y Nielsen sigue siendo, treinta años después, tan esquivo para la ciencia como el monstruo del lago Ness. Y, para encontrar una relación entre cualquier dimensión de un objeto y la distancia de la Tierra al Sol, sólo hay que elegir el dato apropiado: un bolígrafo Bic mide 15 centímetros, la billonésima parte de los 150 millones de kilómetros que nos separan de nuestra estrella. ¿Significa esa mágica relación que es un artilugio extraterrestre?


El libro

Todo sobre las pirámides (2007): Magnífica obra de divulgación del egiptólogo Mark Lehner. Puede complementarse con el documental Así se hizo la Gran Pirámide (2002), de la BBC, que recrea cómo los egipcios levantaron el monumento.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

El efecto Geller

Cientos de españoles se despertaron el primer domingo de septiembre de 1975 con habilidades paranormales. Horas antes, habían doblado cucharas y arreglado relojes con el poder de la mente siguiendo las indicaciones de Uri Geller. “Estábamos viendo la televisión cuando mis hijos decidieron participar en el número de los cubiertos. Todos lo intentamos, pero sólo yo logré el propósito. Mis hijos se reían; yo también. He tratado otra vez de conseguir los mismos efectos y siempre con resultados positivos”, explicaba días después una mujer. Otros espectadores pusieron en marcha viejos relojes que hacía tiempo habían dejado de funcionar.

Más de 10 millones de españoles siguieron en la única cadena de entonces (TVE) la entrevista que José María Íñigo hizo a Geller en el magacín sabatino Directísimo el 6 de septiembre de 1975. El joven decía tener poderes sobrenaturales que le permitían romper cubiertos y reparar relojes mágicamente. Por si a alguien le cupiera duda, demostró ambas habilidades en vivo ante un asombrado Íñigo. El lunes siguiente, 10.000 personas hicieron cola en unos grandes almacenes de Madrid para conseguir una copia firmada de la autobiografía del dotado.

Habilidades esquivas

Geller es hoy multimillonario. Vive en Reino Unido, publica libros y kits de autoayuda sobre cómo desarrollar el poder mental, y de vez en cuando aparece en programas de televisión. A los 62 años continúa alardeando de su capacidad de doblar cucharas, de arreglar relojes frotándolos entre las manos, de adivinar lo que alguien ha dibujado y guardado en un sobre opaco, mover la aguja de una brújula con el pensamiento… Su biografía incluye, además, contactos con extraterrestres –que son quienes le otorgaron sus superpoderes cuando tenía 3 años–, el haber trabajado como psíquico para la CIA y el haber usado sus poderes para descubrir, por encargo de multinacionales, importantes reservas minerales. Y sigue teniendo un éxito desigual a la hora de demostrar sus habilidades: le funcionan con los parapsicólogos, pero se esfuman delante de los magos.

El más famoso doblador de cucharas evita a los ilusionistas desde que en 1973 hizo una demostración de sus dotes en la redacción de Time sin saber que actuaba ante James Randi, un mago azote de todo tipo de charlatanes que reprodujo sus poderes, “demostrando –según el periodista científico Leon Jaroff– que sólo eran necesarias unas manos rápidas y psicología”. Pero ni eso, ni que Geller empezara su carrera como prestidigitador en salas de fiesta israelíes, ni que en 1974 confesara que recurría al ilusionismo a veces “con objeto de aumentar la fama y el dinero”, ni que su agente reconociera en 1978 que empleaba trucos y cómplices en sus actuaciones, mina la fe de sus fieles, quienes sostienen que recurre a trucos sólo cuando le fallan sus poderes extraordinarios.

Dos años antes de su primera aparición en TVE, su debut en la estadounidense fue un fiasco, como puede comprobar cualquiera en YouTube para desgracia del dotado. “Fallé delante de 40 millones de personas”, admite. Lo hizo en el Tonight Show de Johnny Carson, por una razón muy simple: el presentador le sometió a un estricto control para evitar trampas. Ayudado por Randi, dio el cambiazo a las cucharas y los otros objetos que Geller había llevado al estudio, y éste no pudo ejecutar ninguno de sus prodigios. Lo mismo le pasó en España en ETB en 1986 cuando se dejó su cubertería en el hotel de San Sebastián donde se alojaba. Tampoco arreglará nunca un reloj digital. Tiene que ser mecánico y no estar averiado, sólo parado. El calor de las manos hace que se licúe el aceite solidificado y la maquinaria vuelva a funcionar, aunque sólo durante unos minutos. Por eso el dotado puso en Directísimo los relojes boca abajo poco después de que echaron a andar.

Poder de autopromoción

“Puedo repetir todos los efectos de Uri Geller”, asegura el mago Jorge Blass. Hace treinta años, su colega José Luis Ballesteros viajó por toda España demostrando que simular habilidades paranormales está al alcance de cualquier mago y se dedicó durante un tiempo a la caza de ilusionistas camuflados de tipos con superpoderes, como asesor de la Sociedad Española de Parapsicología. El presidente de la entidad, Ramos Perera, publicó en 1975 un libro, Uri Geller al descubierto, en el que prueba que el psíquico no es tal. Pese a ello, ninguno de quienes desde entonces han compartido en nuestro país plató con él ha tomado las mínimas precauciones para evitar ser engañado, así que han seguido produciéndose milagros.

La carrera de Geller como asesor de gobiernos y empresas es tan real como sus poderes. “Recuerdo que hizo algún tipo de maniobra mental que dio como resultado una cuchara doblada. Sin embargo, que me leyera la mente y otras cosas que él dice que tuvieron lugar, simplemente, no es verdad”, sentenciaba hace años Henry Kissinger. Al igual que el ex secretario de Estado norteamericano, la CIA y directivos de Pemex y de la sudafricana Anglovaal Corporation han negado cualquier relación con el psíquico. “Nadie puede dudar de los poderes sobrenaturales de Geller para la autopromoción”, admite el periodista Matti Friedman.

El efecto Geller, sin duda, existe, aunque no consiste en la habilidad de doblar cucharas mediante poderes sobrenaturales –algo nunca demostrado ante quien mejor está preparado para detectar trampas, un prestidigitador–, sino en otra mucho más sorprendente destacada por Arthur C. Clarke. Para el recientemente fallecido autor de ciencia ficción, “la habilidad de un ilusionista capaz, pero quizá no excepcional (aunque sólo sus colegas pueden juzgarlo), de tener un impacto mundial tan extraordinario y de convencer a miles de personas inteligentes de su autenticidad merece una seria consideración”.


El libro

Uri Geller al descubierto (1975): El parapsicólogo Ramos Perera desenmascara al psíquico poco después de su presentación en España.