La cara oculta del misterio

Operando sin bisturí

Filipinas es el Houston de una rama de la cirugía casi sin practicantes en el mundo desarrollado. Enfermos de Estados Unidos, Europa y Oceanía viajan al archipiélago asiático desde hace décadas con la esperanza de recuperar la salud gracias a intervenciones en las cuales no se emplean ni bisturí ni anestesia. Los cirujanos psíquicos, como se conoce a quienes las practican, tienen la habilidad de meter las manos en el cuerpo del paciente y extraerle un tumor o corregir una malformación sin más auxilio que el de algodón para empapar la sangre. Tras la operación, no quedará siquiera una minúscula cicatriz, aunque torrentes de sangre hayan manado del cuerpo del enfermo.

“La cuna donde nació y donde se sigue alimentando la cirugía psíquica es una iglesia sincrética, la Unión Espiritista Cristiana de Filipinas, fundada en 1905 por Juan Alvear en la región de Panganisán, siguiendo la doctrina espiritista de Allan Kardec”, explica el antropólogo español Ignacio Cabria. Eleuterio Terte, miembro de la confesión, empezó a realizar operaciones sin bisturí por mandato divino en los años 40 del siglo pasado. Con el tiempo, otros siguieron sus pasos. “Fue Tony Agpaoa quien popularizó la técnica de las operaciones tal como hoy se practican, con abundante despliegue de sangre y extracción de objetos, y el cierre de la herida con un simple masaje”, indica Cabria.

Milagros ante las cámaras

Más de 1,3 millones de españoles presenciaron un espectáculo de ese tipo el 12 de julio de 1993 en Telecinco. Sucedió en Otra Dimensión, programa que presentaba y dirigía Félix Gracia, fundador de la revista esotérica Más Allá. El invitado estrella de la noche era Stephen Turoff, un carpintero inglés que decía caer poseído por el espíritu de un médico alemán fallecido en 1912 y practicar en trance operaciones quirúrgicas sin bisturí, anestesia, cicatriz ni dolor. Después de explicar a Gracia sus habilidades, Turoff las demostró en el plató. Se transmutó en el doctor Kahn como Clark Kent en Superman, quitándose las gafas. Con el ceño fruncido, una visible cojera y hablando inglés con acento alemán, se puso a operar pacientes: una mujer con un glaucoma en un ojo recuperó gran parte de la visión, según la cadena, y otro hombre que había entrado al estudio con muletas salió sin ellas.

El cirujano psíquico trató durante el programa a 24 enfermos, incluida una niña con parálisis cerebral a cuyos padres consoló con que Dios les había bendecido con el mal de la pequeña y pidiéndoles que no miraran su cuerpo, sino su espíritu. “Esta noche la visitará un ángel”, dijo a la angustiada pareja tras bendecir a la niña. Los críticos de televisión lo tuvieron claro desde el principio, el doctor Kahn había hollado la cima de la telebasura, una cota que en aquel momento parecía insuperable y que años después sobrevuelan con holgura otros programas.

Telecinco explotó el filón y volvió a emitir el programa el sábado siguiente. Ante las críticas generalizadas, Gracia y su equipo alegaron en los medios que el Centro de Oftalmología Barraquer había certificado el aumento de la agudeza visual de la paciente con glaucoma después de la intervención del doctor Kahn: era del 80% en el ojo izquierdo y del 95% en el derecho, frente a los anteriores 10% y 30%, respectivamente. Los responsables de Otra Dimensión se olvidaron de contar que la enferma se había sometido a dos intervenciones quirúrgicas convencionales desde 1986, que su agudeza visual no había dejado de mejorar desde entonces, que los informes médicos presentados como inmediatamente anteriores al show televisivo correspondían a un reconocimiento oftalmológico de 1988 y que, en octubre de 1992, su agudeza visual era ya del 60%.

Sangre y vísceras de pollo

Nada diferencia a Stephen Turoff, quien en 1993 tenía consultorio en Fuengirola (Málaga), de los cirujanos psíquicos filipinos. Todos actúan del mismo modo, se presenten como intermediarios divinos o de espíritus. La intervención típica se desarrolla con el paciente tumbado en una camilla. El curandero coloca una de sus manos en vertical sobre la zona a operar y mete bruscamente sus dedos dentro del cuerpo del enfermo. Empieza a brotar sangre y, después de hurgar un rato, el curandero saca trozos de carne que presenta como el tumor o lo que sea. Seguidamente, frota la zona y la descubre al público sin cicatriz alguna. ¿Milagro? No, truco.

Cualquier ilusionista es capaz de duplicar el efecto visual logrado por un cirujano psíquico. Basta con doblar los dedos por los nudillos bruscamente, al tiempo que se oculta la maniobra a los espectadores con la otra mano, como hacen los curanderos. Así parece que hemos penetrado en el cuerpo del paciente. La indispensable sangre procede bien de un falso pulgar -un dedal de plástico que cubre el dedo a modo de capuchón- bien de globos disimulados entre el algodón que el sanador pide constantemente a su asistente. El ayudante también facilita los trozos de carne de ave o de vacuno que se presentan como extirpados. Una vez consumado el engaño, la víctima se cree curada y hace un generoso donativo o paga una factura que puede ascender a cientos de euros. Y eso por algo en lo que no creen ni sus practicantes y que puede llevarte a la muerte por la vía rápida al abandonar el tratamiento médico convencional.

Al cirujano psíquico Tony Agpaoa, que falleció en 1982, “le quitaron el apéndice en San Francisco en un hospital”, recuerda en su libro Fraudes paranormales (1982) el ilusionista James Randi, quien añade que, cuando uno de sus hijos enfermó, el curandero no dudó en confiar su salud a médicos corrientes y molientes. Es lo que tenía que haber hecho Peter Sellers, haberse sometido a un bypass urgente cuando se lo recomendó su cardiólogo. Por desgracia, el genial comediante confió más en un cirujano psíquico filipino que simuló curarle la dolencia que poco después le mataría a los 54 años.


El libro

James Randi: psychic investigator (1991): El ilusionista y experto descubridor de fraudes desenmascara engaños como la astrología, el espiritismo y la cirugía psíquica.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Víctimas del diván

El día de su 44 cumpleaños, un tío recordó a Elizabeth Loftus uno de los episodios más dramáticos de su vida: cómo a los 14 años encontró a su madre ahogada en una piscina. Ella no se acordaba de nada, pero los detalles afloraron durante los días siguientes hasta angustiarla. Loftus es psicóloga. Sabe cómo funciona la memoria: es una de las mayores expertas mundiales en la materia. Sus investigaciones han revelado que recordar algo no significa que haya sucedido, que la memoria puede manipularse hasta extremos increíbles, como ocurre en Blade runner (1982) y Desafío total (1990).

Hay quienes, entre nosotros, están convencidos de haber tenido vidas anteriores, haber sido secuestrados por extraterrestres y haber participado en rituales satánicos. ¿Qué pasa cuando no hay más prueba de un hecho traumático que el recuerdo sacado del olvido por un terapeuta? ¿Tener memoria de algo demuestra que pasó? No. Y creer lo contrario puede tener dramáticas consecuencias. “El mayor de los escándalos de la psiquiatría norteamericana del siglo XX es la creciente manía de miles de terapeutas ineptos, consejeros familiares y trabajadores sociales de provocar falsos recuerdos de abusos sexuales infantiles”, sentenciaba en 1994 el divulgador científico Martin Gardner.

Tragedias olvidadas

Cientos de familias se rompieron en Estados Unidos y Canadá, en los años 80 y 90, tras convencer terapeutas y psiquiatras a muchos pacientes de que de niños habían sufrido abusos y reprimido los recuerdos, a modo de autoprotección. No existían más pruebas que los testimonios de unas víctimas que habían empezado a revivir sus dramas bajo hipnosis, los efectos del suero de la verdad y otras cuestionables técnicas de sugestión. Hubo casos que llegaron a los tribunales y se zanjaron con largas condenas de cárcel para unos padres o educadores hasta entonces modélicos. Se convirtieron en villanos de la noche a la mañana y, aunque al principio negaron las acusaciones, al final muchos acabaron por admitir la culpa.

Científicos como Loftus han probado, sin embargo, que la recuperación de recuerdos perdidos es poco fiable, que recreamos el pasado cada vez que lo revivimos, añadiendo nuevos detalles. “Los participantes (en un experimento) vieron un accidente de automóvil en un cruce con una señal de stop. Después, se sugirió a la mitad de ellos que se trataba de un ceda el paso. Cuando más tarde les preguntamos qué señal de tráfico había en la intersección, aquéllos que habían sido sugestionados tendieron a decir que un ceda el paso. Los que no recibieron información falsa fueron mucho más precisos en su recuerdo de la señal”, explica la psicóloga.

Stephen Lindsay, de la Universidad de Victoria (Canadá), probó hace seis años que verse en una escena lleva a muchas personas a pensar que la han vivido. En un experimento, se enseñaron a veinte individuos fotos de su niñez procedentes del álbum familiar y una manipulada digitalmente con el protagonista montado en un globo aerostático, algo que nunca había pasado. Al ver la foto trucada, la mitad de los sujetos recordó la vivencia inventada. A finales del año pasado, un grupo de psicólogos liderado por Loftus demostró que fotos de sucesos históricos retocadas pueden alterar nuestro recuerdo de esos hechos: sólo con incluir un encapuchado y un antidisturbios en una imagen de una manifestación pacífica de la que tuvimos noticia en su día, se convierte en nuestra memoria en una protesta violenta y con heridos.

A gusto del hipnólogo

A diferencia de las abducciones, los abusos sexuales en la infancia son reales. El debate científico se centra en si bastan las rememoraciones obtenidas mediante hipnosis y otras técnicas de sugestión para condenar a alguien, como ha pasado en EE UU. ¿Por qué? Porque, como demuestran las pruebas de laboratorio, los recuerdos pueden tergiversarse. “La información errónea puede invadir nuestra memoria cuando hablamos con otros, somos interrogados o leemos o vemos en los medios información sobre algo que hemos experimentado”, indica Loftus. Así se explica que haya quien recuerde, en la consulta del terapeuta, haber sido víctima de abusos y sufrido abortos a pesar de que un examen médico demuestra que es virgen, y que inocentes acaben confesando crímenes que nunca cometieron.

El suceso protagonista de los recuerdos del paciente depende de las inclinaciones del hipnólogo: los ufólogos tienden a descubrir abducciones; los parapsicólogos, experiencias de vidas pasadas; los clérigos, rituales satánicos; algunos psiquiatras y terapeutas, abusos sexuales infantiles… Es lo que cada uno de ellos busca y hacia lo que dirige sus tendenciosas preguntas. “La hipnosis es una mala herramienta para averiguar la verdad porque es un estado en el que uno es especialmente sugestionable y puede dar lugar a confusiones y a la creación de falsos recuerdos”, asegura Susan Clancy, psicóloga de la Universidad de Harvard y autora del libro Abducted. How people come to believe they were kidnapped by aliens (Abducidos. Cómo llega la gente a creer que ha sido secuestrada por alienígenas. 2005).

Tras su 44 cumpleaños, Elizabeth Loftus recordó traumáticamente el hallazgo, cuando era una niña, de su madre muerta. Rememoró el descubrimiento del cuerpo flotando boca abajo en la piscina, el coche patrulla con sus luces, la camilla con el cadáver cubierto por una sábana blanca… Hasta que días después su hermano la sacó del error: su tío se había confundido; ella no había encontrado a su madre muerta. Un comentario inocente de un pariente había bastado para convencer a la psicóloga estudiosa de la memoria de que había vivido una experiencia que en realidad nunca vivió. “La idea más horripilante es que aquello que creemos con todo nuestro corazón no es necesariamente la verdad”, advierte Loftus.


El libro

The myth of repressed memory: false memories and allegations of sexual abuse (1996): Una aproximación rigurosa al escándalo de la manipulación de la memoria y sus repercusiones.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Los gigantes de Pascua

Es un pequeño triángulo de tierra en medio de una inmensidad azul. La isla de Pascua está considerada uno de los lugares más remotos de nuestro planeta: se encuentra en mitad del Pacífico, a 3.700 kilómetros -cinco horas en avión- al oeste de Chile y a 1.900 al este del archipiélago de las Pitcairn. A pesar de ese aislamiento y de sus reducidas dimensiones -tiene 163 kilómetros cuadrados, una cuarta parte que la ciudad de Madrid-, es famosa en todo el mundo gracias a los moáis, las casi 900 estatuas que la salpican desde el volcán en cuya ladera fueron talladas hasta los altares costeros desde los cuales miran al mar.

De origen volcánico, la isla debe su nombre a que fue descubierta por el holandés Jakob Roggeveen el 5 de abril de 1722, domingo de Pascua de Resurreción. Los tres barcos de la expedición habían partido de Chile y tardado diecisiete días en llegar a Pascua, donde se encontraron con un grupo humano de la Edad de Piedra. ¿Cómo habían llegado hasta allí con unas simples canoas? Y lo más llamativo: ¿cómo habían levantado las estatuas? “En un principio las imágenes de piedra nos llenaron de asombro porque no podíamos comprender cómo estas gentes, que carecían de madera fuerte y pesada para construir cualquier tipo de maquinaria, así como de sogas resistentes, habían conseguido, no obstante, erigir unas imágenes semejantes, que al menos tenían 10 metros de alto y eran proporcionalmente gruesas”, escribió el navegante en su diario.

Por arte de magia

Monumental. Cinco de los siete moáis del Ahu Akivi, construido en la isla de Pascua entre 1440 y 1600. Foto: Terry L. Hunt.El tamaño medio de los moáis es de 4 metros y el peso, de 13 toneladas, aunque hay figuras de hasta 82 toneladas. “De ninguna manera se puede admitir que tan enormes trozos de lava hayan sido despejados con primitivas y diminutas hachas de piedra”, plantea Erich von Däniken en su libro El mensaje de los dioses (1973). Para el autor suizo, “cosmonautas de otro mundo visitaron a los nativos y les suministraron herramientas perfeccionadas, que podían manejar los sacerdotes o hechiceros”. Cuando los visitantes se marcharon, explica Von Däniken, sus herramientas acabaron estropeándose y de ahí las figuras a medio esculpir que invaden la ladera del volcán Rano Raraku, la cantera de donde salieron los moáis.

Juan José Benítez sostiene, por su parte, que las estatuas son una obra humana hecha con útiles de piedra, como dicen los arqueólogos; pero añade que hay un enigma: cómo se transportaron hasta sus ubicaciones definitivas. “El gran fallo de cuantos han intentado explicar el traslado de los moáis de forma convencional aparece al echar mano de la madera”, argumenta el ufólogo, para quien dar por hecho que ésta fue alguna vez “un bien abundante en la isla” es un “grave error”. Y añade que el único árbol existente en Pascua, el toromiro, no podía ayudar en una tarea para la cual se necesitarían “cientos o miles de hombres”. “Era el poder más excepcional del rey, o de los sacerdotes, el que levantaba las estatuas en la cantera, desplazándolas por el aire”, asegura.

Tras una visita a Pascua en 1877, el etnólogo francés Alphonse Pinart describió todo el proceso de talla y traslado de los moáis en el Bulletin de la Société de Géographie de París, sin recurrir ni a los extraterrestres ni a superpoderes. Seis años después, el geógrafo Ricardo Beltrán y Rózpide se hacía eco del hallazgo de Pinart en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid: “Escogían siempre una roca en plano inclinado; en la misma roca tallaban la escultura, perforaban después la piedra por debajo de la estatua con tantos agujeros como fueran necesarios para separarla de la roca, y la hacían resbalar sobre la pendiente hasta el lugar en que debía erigirse, donde habían ahondado lo suficiente para enterrar la parte inferior de la estatua, quedando sólo el busto al exterior”.

Madera y cuerdas

Los hallazgos de esquirlas de piedra y útiles de obsidiana junto a las figuras a medio tallar del Rano Raraku confirman la hipótesis de Pinart. Porque los moáis no son tan duros como los pinta Von Däniken. No sólo es que la toba volcánica se puede trabajar con piedra, sino que, además, es extraordinariamente frágil. Tanto que en marzo pasado un turista finlandés arrancó una oreja a una de las estatuas ¡sólo con sus manos! ¿Y el transporte? Es cierto que hoy en día no hay madera en Pascua; pero sí la hubo en el pasado y, en contra de lo que mantiene Benítez, era apta para construir trineos sobre los que llevar las figuras a kilómetros de distancia.

El explorador noruego Thor Heyerdahl visitó Pascua en 1955 y puso a prueba las ideas de Pinart. Con una docena de hombres, levantó un moái de 25 toneladas en la playa de Anakena en dieciocho días. Utilizó para ello cuerdas, palancas y piedras, lo mismo que tuvieron a su alcance los antiguos pascuenses. Levantaban un poco la figura con las palancas y metían piedras bajo ella para sostenerla en esa posición; volvían a levantarla otro poco con las palancas y metían más piedras; y así sucesivamente hasta que alcanzaba la vertical. Heyerdahl calculó que una docena de indígenas podría tallar con sus herramientas de piedra una estatua mediana en un año. Luego, se transportaba hasta su emplazamiento sobre trineos de madera de los que decenas de hombres tiraban con cuerdas.

Porque en Pascua había madera en abundancia cuando llegaron a la isla los primeros humanos hacia 1200, según la datación de muestras del yacimiento más antiguo de la isla. Los análisis de pólenes han revelado que en aquella época crecían en la isla árboles de hasta 30 metros de altura; aunque duraron poco. Los recién llegados empezaron a esculpir estatuas y a talar masivamente árboles y palmeras para calentarse, construir canoas y transportar las figuras. La febril actividad les llevó a diezmar los recursos naturales de la pequeña isla y al declive cultural. Cuando desembarcó Roggeveen en 1722 sólo las gigantescas esculturas quedaban como prueba de la extraordinaria cultura de los talladores de moáis.


El libro

Colapso (2005): El geógrafo Jared Diamond, autor del magistral Armas, gérmenes y acero (1997), explora la historia de sociedades desaparecidas, como la maya, la vikinga de Groenlandia y la pascuense.

El embajador de la galaxia

El primer encuentro cara a cara entre un humano y un extraterrestre se produjo en 1952. No ocurrió en Washington, Moscú, Londres o París, sino en el desierto de California. El interlocutor terráqueo tampoco fue un alto mandatario; ni siquiera el entonces secretario general de la ONU, el noruego Trigve Lie: se llamaba George Adamski y trabajaba en las inmediaciones del observatorio astronómico de monte Palomar. Nacido en Polonia en 1891, había emigrado a Estados Unidos de niño y dedicó los últimos trece años de su vida a difundir el mensaje de los visitantes de otos mundos por América, Europa y Oceanía.

“Fue a las 12.30 horas del jueves, 20 de noviembre de 1952, cuando establecí contacto en persona con un hombre de otro mundo. Había venido a la Tierra en una nave espacial, un platillo volante”, explica Adamski en su libro Flying saucers have landed (Los platillos volantes han aterrizado, 1953). Había ido al desierto con otras seis personas, ansiosas todas de encontrarse con los extraterrestres. El grupo vio “una gigantesca nave plateada con forma de puro, sin alas ni apéndices de ningún tipo”. Se movía en silencio y, cuando salió de ella un disco volante, el elegido se separó de sus acompañantes con la esperanza de hablar con la tripulación de la pequeña nave e incluso hacer un viaje en ella.

En son de paz

El platillo que aterrizó en el desierto estaba pilotado por Orthon, un venusiano rubio y de excelente facha que impresionó al hombre. “Me sentía como un niño en presencia de alguien poseedor de una gran sabiduría y mucho amor”. Mediante gestos y telepatía, el visitante, que venía en son de paz, le informó de la creciente preocupación en el vecindario cósmico por la radiación producida por nuestras pruebas nucleares. Adamski quiso hacerle una foto; pero Orthon se negó a ello, aunque le dejó fotografiar el disco volante. Por desgracia, a pesar de llevar encima dos cámaras de fotos y durar la conversación una hora, todas las pruebas de la histórica entrevista se reducen a una imagen borrosa en la cual, tras una colina, asoma una mancha: parte de “la pequeña nave de Venus”.

El encuentro con Orthon fue sólo el primero de los que mantuvo Adamski con seres de otros planetas. Con el tiempo, el hombre hizo realidad sus sueños y viajó por el espacio a bordo de platillos volantes. En la cara oculta de la Luna, vio ríos y florecientes ciudades pobladas por paisanos de Orthon, además de por marcianos y saturnianos. El Sistema Solar en pleno estaba preocupado por el futuro de la Humanidad y, consciente de la trascendencia de su misión, Adamski se dedicó a partir de entonces a escribir libros sobre sus experiencias y viajar por el mundo dando conferencias y concediendo entrevistas. Hizo una gira por Nueva Zelanda, tuvo una audiencia privada con la reina Juliana de Holanda y decía haber mantenido otra con Juan XXIII.

Adamski murió de un ataque cardiaco en 1965. Desde entonces, las sondas automáticas han fotografiado al detalle la cara oculta de la Luna sin ver nada de lo dicho por el contactado. Tampoco han encontrado rastro de civilización alguna en Venus, Marte y Saturno, ni en ningún otro lugar del Sistema Solar. “Era hombre de exiguos logros académicos, pero compensaba tal deficiencia con una excelente imaginación, una agradable personalidad y una provisión aparentemente inagotable de desfachatez”, escribió el periodista Frank Edwards en su libro Platillos volantes… aquí y ahora (1967).

Viajando en aspiradora

Al profesor Adamski -como firmaba sus cartas- hay que reconocerle el mérito de haber sido el primero en aprovecharse de los extraterrestres para escapar de una vida gris. En su caso, un puesto de la carretera del observatorio de monte Palomar donde preparaba hamburguesas. Había intentado sin éxito dejar los fogones en 1949, con una novela de ciencia ficción titulada Pioneers of space. An imaginary trip to the Moon, Venus and Mars (Pioneros del espacio. Un viaje imaginario a la Luna, Venus y Marte), pero el fracaso se convirtió en oportunidad y Adamski el contactado nació cuando una escritora le animó a presentar la ficción como si fuera una experiencia real e ilustrarla con fotos de platillos volantes.

La nave-tapa de aspiradora de origen venusiano de George Adamski.Los dos libros posteriores en los que contó sus aventuras fueron sendos éxitos y convencieron a miles de personas de las visitas de seres de otros mundos. Pero algunos fueron más allá. Frank Edwards identificó, por ejemplo, el modelo al que correspondía el platillo en el que Adamski había hecho su primer viaje a Venus. “Tras ocho años de pacientes investigaciones -recordaba en 1967-, llegué, finalmente, a la conclusión de que su nave espacial era en realidad el extremo superior de una aspiradora fabricada en 1937. Y dudo que se pueda viajar a través del espacio montado en una aspiradora”. Además, aunque la entrevista con Juliana de Holanda sí se produjo -y le costó a la reina sus críticas-, la de Juan XXIII es tan histórica como la de Orthon.

Cuentan sus seguidores que la audiencia de Adamski con el Pontífice se celebró el 31 de mayo de 1963. Aquel día, el contactado visitaba el Vaticano con dos admiradoras cuando se separó de ellas para volver una hora después. Al regresar, les dijo que había estado con el Papa y les enseñó como prueba una medalla con la efigie de Juan XXIII, como las que podían comprarse en los alrededores de la basílica de San Pedro. Las mujeres creyeron que un Papa agonizante -murió tres días después- no tenía nada mejor que hacer que charlar con un vendedor de hamburguesas que decía viajar a otros planetas y a quien, además, el venusiano Orthon no había contado nada nuevo en 1952 en el desierto de California: un año antes, otro extraterrestre bien parecido, Klaatu, había descendido con su platillo volante en Washington en la película Ultimátum a la Tierra para convencer a las grandes potencias de que dejaran de hacer pruebas nucleares.


El libro

The gods have landed (1995): James R. Lewis coordina una obra cuyos autores examinan las características religiosas de la ufología, considerada por muchos expertos académicos una creencia religiosa de la era espacial.

Ruinas lunares

Miles de espectadores de TVE vieron el 11 de enero de 2004 a Neil Armstrong y Buzz Aldrin explorando edificios en ruinas en el Mar de la Tranquilidad, en la Luna. Imágenes inéditas, se leía sobreimpresionado. Y Juan José Benítez decía: “Ésta fue la verdad, la única y secreta verdad. Aquel 21 de julio de 1969, Armstrong y Aldrin se alejaron escasos metros del módulo, filmando esta increíble construcción. Esta película, de 14 minutos, jamás fue difundida por la NASA”. Numerosas copias del fragmento de la filmación emitido por TVE pueden verse en la actualidad en YouTube, bajo títulos como Vídeo censurado del viaje a la Luna y Construcciones en la Luna ocultadas por la NASA.

El ufólogo navarro sostiene que hace 39 años “el mundo, una vez más, fue engañado”, que nos ocultaron el hallazgo de ruinas alienígenas en el satélite terrestre. A él se lo contó “un alto militar norteamericano”, ya fallecido, cuya identidad nunca ha revelado y que consiguió hacerse con una copia de la película rodada en el Mar de la Tranquilidad, la que muchos creen todavía que se vio en TVE hace cuatro años. Un documento único porque los vestigios extraterrestres ya no existen: Washington los destruyó con bombas atómicas. Pero el militar desconocido no es el único que afirma que los astronautas encontraron construcciones en la Luna.

Un espía inexistente

Quien primero habló a Benítez de las ruinas lunares fue Carlos Paz Wells, un peruano que en los años 70 decía estar en contacto con seres de otros mundos. “Tenemos constancia de que los norteamericanos también conocen la existencia de las antiguas instalaciones de la Confederación (una unión planetaria al estilo de Star trek). Y, según los guías, los lanzamientos realizados por los distintos Apollos de pequeñas bombas nucleares contra la superficie de la Luna no tenían la única finalidad de medir los posibles movimientos telúricos del satélite. Muy al contrario. La verdadera intención de los norteamericanos era destruir dichas instalaciones, cuyas posiciones conocían de antemano”, afirmaba Paz en Ovnis: SOS a la Humanidad (1975), la obra de Benítez dedicada a las andanzas del Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias (IPRI).

Otra fuente, terrestre, confirmó poco después a Benítez la pasada presencia alienígena en la Luna. En 1979 llegó a las librerías españolas la obra Bases de ovnis en la Tierra. Su autor, Douglas O’Brien, decía ser un espía de la CIA arrepentido afincado en nuestro país. El libro era en realidad una novela firmada con pseudónimo por Javier Esteban, entonces un joven de veintiún años. “Para escribir la novela era preciso crear historias con fechas, lugares, etcétera. Para evitar la tarea de inventar miles de datos, acudí a las hemerotecas y tomé nota de miles de diversas fuentes: periódicos, revistas… De esta forma, incluía datos auténticos de sucesos ocurridos, tales como accidentes de aviones militares, expulsiones de diplomáticos, detenciones de espías, etcétera”.

Esteban salpicó su relato del espía arrepentido de accidentes de ovnis y asesinatos. Varios ufólogos contactaron con él creyendo que hablaban con un ex agente de la CIA, y el joven les siguió el juego. Algunas de sus historias acabaron publicadas en periódicos, revistas esotéricas y libros de platillos volantes como hechos reales. Revelaba en su libro, entre otras cosas, que, tras descubrirse “cinco bases o lugares de estacionamiento distintos de ovnis en la Luna”, EE UU las había destruido con bombas atómicas. “Lo gracioso del asunto es imaginar a personas en su sano juicio investigando la verosimilitud de tales disparates”, recuerda el autor de Bases de ovnis en la Tierra.

De Guipúzcoa a la Luna

Como en toda conspiración que se precie, en ésta también hay de por medio un presunto empleado de la NASA. Se llamaba Alan Davis y murió en Sevilla hace unos años. Decía ser ingeniero de telecomunicaciones y que, en la noche de la llegada del hombre a la Luna, había visto en la estación de la NASA de isla de Antigua unas imágenes que ocultó al resto del mundo. Según varios ufólogos, era el encargado en la base caribeña de cortar la señal de televisión si sucedía algo inconveniente, y es lo que hizo cuando los astronautas del Apollo 11 se dieron de bruces con los edificios extraterrestres. “Es mentira. Nadie podía cortar la señal. Todo eso de las ruinas en la Luna no son nada más que tonterías”, sentencia Luis Ruiz de Gopegui, director de la Estación de Seguimiento de Fresnedillas de la NASA en tiempos del proyecto Apollo.

La instalación madrileña era una de las tres estaciones claves en las comunicaciones con los astronautas, junto con las de California (EE UU) y Canberra (Australia). “En el momento del alunizaje, correspondió a Fresnedillas estar en contacto con la nave. Cuando Armstrong y Aldrin abandonaron el módulo lunar, era California”, indica Ruiz de Gopegui. Los conspiranoicos argumentan que la NASA ocultó -¿para qué?- la existencia de los edificios y que hay que creer a Alan Davis. “¿Por qué se va a dudar de una persona que tiene esa valentía?”, dice uno de sus amigos. Por una razón muy simple, porque ni él ni nadie ha presentado nunca una sola prueba que respalde sus extraordinarias afirmaciones, equiparables a las de quienes sostienen que ningún avión se estrelló contra el Pentágono el 11-S.

Y es que la película que mostró Benítez en la penúltima entrega de la serie Planeta encantado no es una documento grabado en la Luna, a pesar de que apareciera sobreimpresionada la leyenda Imágenes inéditas. La filmación es una recreación, un encargo del ufólogo a Dibulitoon Studio, una firma de animación radicada en Irún. Los astronautas que recorrían edificios en la Luna eran guipuzcoanos. Ésa es la verdad, la única y pública verdad.


El libro

Bad astronomy (2002): El astrónomo Phil Plait habla sobre algunas falsas ideas populares vinculadas con las astronomía y la astronáutica. Es una obra viva que se actualiza en su blog.

Publicado originalmente en el diario El Correo.