‘Magonia’ y el Círculo Escéptico les deseamos felices fiestas

Feliz Navidad 2011.

Aprovechando estas fechas, desde Magonia y el Círculo Escéptico (CE) les deseamos que disfruten de las fiestas navideñas y que 2012 les depare lo mejor. Y, ya de paso, yo les invito a unirse al CE, asociación que promueve el pensamiento crítico en España organizando y colaborando en actos públicos como el Día de Darwin y los Coloquios Escépticos, además de los encuentros Enigmas y Birras y numerosas charlas. Del CE formamos parte un creciente grupo de personas -científicos, divulgadores, pensadores y profesionales de todos los ramos- que consideramos que «una posición intelectual crítica es la mejor herramienta para desenvolvernos en las realidades natural y social».
La felicitación la ha dibujado Matt Bors para el Comité para la Investigación Escéptica (CSI), entidad con la que el CE colabora estrechamente y que nos la ha cedido para nuestro uso.

9 comentarios

  1. Muy bueno el dibujo. Todavía hay periodistas especializados en ciencia que inculcan a sus hijos la creencia en los Reyes Magos o en Santa Claus, unos seres superiores e inmortales, con poderes sobrenaturales, que supuestamente nos observan y nos juzgan todo el tiempo. Y a ello contribuyen los telediarios. La educación científica a nivel social está en pañales.

  2. «que consideramos que “una posición intelectual crítica es la mejor herramienta para desenvolvernos en las realidades natural y social”.»
    ¿De verdad te crees esto, pequeño fundamentalista? Tú no eres ningún intelectual, ni te le acercas, a ver si te enteras.
    Oye, una duda, ¿qué es la «realidad natural»?
    Qué dibujo espantoso. Y encima no tiene la menor gracia. ¿Así de ingeniosos son todos los pseudoescépticos? Dáis pena.
    Feliz Navidad para todos: Dios.
    XDDDDDD

  3. Uri Geller,
    Deberías aprender a diferenciar cuándo una palabra, como «intelectual», se usa como sustantivo y cuándo se usa como adjetivo. Tienen significados distintos.
    ¡Felices fiestas del solsticio de invierno!

  4. Si un escéptico «me» felicita la navidad pueden ocurrir estas dos cosas:
    .-O me toma el pelo, riéndose de mis creencias
    .-O no es un escéptico
    ¿Gámez donde te situo?
    Salud 😉

  5. CAPITULO I
    Como mi apellido es Pirrip y mi nombre de pila Felipe, mi lengua infantil, al querer pronunciar ambos nombres, no fue capaz de decir nada más largo ni más explícito que Pip. Por consiguiente, yo mismo me llamaba Pip, y por Pip fui conocido en adelante.
    Digo que Pirrip era el apellido de mi familia fundándome en la autoridad de la losa sepulcral de mi padre y de la de mi hermana, la señora Joe Gargery, que se casó con un herrero. Como yo nunca conocí a mi padre ni a mi madre, ni jamás vi un retrato de ninguno de los dos, porque aquellos tiempos eran muy anteriores a los de la fotografía, mis primeras suposiciones acerca de cómo serían mis padres se derivaban, de un modo muy poco razonable, del aspecto de su losa sepulcral. La forma de las letras esculpidas en la de mi padre me hacía imaginar que fue un hombre cuadrado, macizo, moreno y con el cabello negro y rizado. A juzgar por el carácter y el aspecto de la inscripción «También Georgiana, esposa del anterior» deduje la infantil conclusión de que mi madre fue pecosa y enfermiza. A cinco pequeñas piedras de forma romboidal, cada una de ellas de un pie y medio de largo, dispuestas en simétrica fila al lado de la tumba de mis padres y consagradas a la memoria de cinco hermanitos míos que abandonaron demasiado pronto el deseo de vivir en esta lucha universal, a estas piedras debo una creencia, que conservaba religiosamente, de que todos nacieron con las manos en los bolsillos de sus pantalones y que no las sacaron mientras existieron.
    Éramos naturales de un país pantanoso, situado en la parte baja del río y comprendido en las revueltas de éste, a veinte millas del mar. Mi impresión primera y más vívida de la identidad de las cosas me parece haberla obtenido a una hora avanzada de una memorable tarde. En aquella ocasión di por seguro que aquel lugar desierto y lleno de ortigas era el cementerio; que Felipe Pirrip, último que llevó tal nombre en la parroquia, y también Georgiana, esposa del anterior, estaban muertos y enterrados; que Alejandro, Bartolomé, Abraham, Tobias y Roger, niños e hijos de los antes citados, estaban también muertos y enterrados; que la oscura y plana extensión de terreno que había más allá del cementerio, en la que abundaban las represas, los terraplenes y las puertas y en la cual se dispersaba el ganado para pacer, eran los marjales; que la línea de color plomizo que había mucho mas allá era el río; que el distante y salvaje cubil del que salía soplando el viento era el mar, y que el pequeño manojo de nervios que se asustaba de todo y que empezaba a llorar era Pip.
    ¡Estáte quieto! gritó una voz espantosa, en el momento en que un hombre salía de entre las tumbas por el lado del pórtico de la iglesia . ¡Estáte quieto, demonio, o te corto el cuello!
    Era un hombre terrible, vestido de basta tela gris, que arrastraba un hierro en una pierna. Un hombre que no tenía sombrero, que calzaba unos zapatos rotos y que en torno a la cabeza llevaba un trapo viejo. Un hombre que estaba empapado de agua y cubierto de lodo, que cojeaba a causa de las piedras, que tenía los pies heridos por los cantos agudos de los pedernales; que había recibido numerosos pinchazos de las ortigas y muchos arañazos de los rosales silvestres; que temblaba, que miraba irritado, que gruñía, y cuyos dientes castañeteaban en su boca cuando me cogió por la barbilla.
    ¡Oh, no me corte el cuello, señor! rogué, atemorizado . ¡Por Dios, no me haga, señor!
    ¿Cómo te llamas? exclamó el hombre . ¡Aprisa!
    Pip, señor.
    Repítelo dijo el hombre, mirándome . Vuelve a decírmelo.
    Pip, Pip, señor.
    Ahora indícame dónde vives. Señálalo desde aquí.
    Yo indiqué la dirección en que se hallaba nuestra aldea, en la llanura contigua a la orilla del río, entre los alisos y los árboles desmochados, a cosa de una milla o algo más desde la iglesia.
    Aquel hombre, después de mirarme por un momento, me cogió y, poniéndome boca abajo, me vació los bolsillos. No había en ellos nada más que un pedazo de pan. Cuando la iglesia volvió a tener su forma porque fue aquello tan repentino y fuerte, el ponerme cabeza abajo, que a mí me pareció ver el campanario a mis pies , cuando la iglesia volvió a tener su forma, repito, me vi sentado sobre una alta losa sepulcral, temblando de pies a cabeza, en tanto que él se comía el pedazo de pan con hambre de lobo.
    ¡Sinvergüenza! exclamó aquel hombre lamiéndose los labios . ¡Vaya unas mejillas que has echado!
    Creo que, en efecto, las tenía redondas, aunque en aquella época mi estatura era menor de la que correspondía a mis años y no se me podía calificar de niño robusto.
    ¡Así me muera, si no fuese capaz de comérmelas! dijo el hombre, moviendo la cabeza de un modo amenazador . Y hasta me siento tentado de hacerlo.
    Yo, muy serio, le expresé mi esperanza de que no lo haría y me agarré con mayor fuerza a la losa en que me había dejado, en parte, para sostenerme y también para contener el deseo de llorar.
    Oye me preguntó el hombre . ¿Dónde está tu madre?
    Aquí, señor contesté.
    Él se sobresaltó, corrió dos pasos y por fin se detuvo para mirar a su espalda.
    Aquí, señor expliqué tímidamente . «También Georgiana.» Ésta es mi madre.
    ¡Oh! dijo volviendo a mi lado . ¿Y tu padre está con tu madre?
    Sí, señor contesté . Él también. Fue el último de su nombre en la parroquia.
    ¡Ya! murmuró, reflexivo . Ahora dime con quién vives, en el supuesto de que te dejen vivir con alguien, cosa que todavía no creo.
    Con mi hermana, señor… Con la señora Joe Gargery, esposa de Joe Gargery, el herrero.
    E1 herrero, ¿eh? dijo mirándose la pierna.
    Después de contemplarla un rato y de mirarme varias veces, se acercó a la losa en que yo estaba sentado, me cogió con ambos brazos y me echó hacia atrás tanto como pudo, sin soltarme: de manera que sus ojos miraban con la mayor tenacidad y energía en los míos, que a su vez le contemplaban con el mayor susto.
    Escúchame ahora dijo . Se trata de saber si se te permitiré seguir viviendo. ¿Sabes lo que es una lima?
    Sí, señor.
    ¿Y sabes lo que es comida?
    Sí, señor.
    Al terminar cada pregunta me inclinaba un poco más hacia atrás, a fin de darme a entender mi estado de indefensión y el peligro que corría.
    Me traerás una lima dijo echándome hacia atrás Y también víveres. Y volvió a inclinarme . Me traerás las dos cosas añadió repitiendo la operación . Si no lo haces, te arrancaré el corazón y el hígado. Y para terminar me dio una nueva sacudida.
    Yo estaba mortalmente asustado y tan aturdido que me agarré a él con ambas manos y le dije:
    Si quiere usted hacerme el favor de permitir que me ponga en pie, señor, tal vez no me sentiría enfermo y podría prestarle mayor atención.
    Me hizo dar una tremenda voltereta, de modo que otra vez la iglesia pareció saltar por encima de la veleta. Luego me sostuvo por los brazos en posición natural en lo alto de la piedra y continuó con las espantosas palabras siguientes:
    Mañana por la mañana, temprano, me traerás esa lima y víveres. Me lo entregarás todo a mí, junto a la vieja Batería que se ve allá. Harás eso y no te atreverás a decir una palabra ni a hacer la menor señal que dé a entender que has visto a una persona como yo o parecida a mí; si lo haces así, te permitiré seguir viviendo. Si no haces lo que te mando o hablas con alguien de lo que ha ocurrido aquí, por poco que sea, te aseguro que te arrancaré el corazón y el hígado, los asaré y me los comeré. He de advertirte que no estoy solo, como tal vez te has figurado. Hay un joven oculto conmigo, en comparación con el cual yo soy un ángel. Este joven está oyendo ahora lo que te digo, y tiene un modo secreto y peculiar de apoderarse de los muchachos y de arrancarles el corazón y el hígado. Es en vano que un muchacho trate de esconderse o de rehuir a ese joven. Por mucho que cierre su puerta y se meta en la cama o se tape la cabeza, creyéndose que está seguro y cómodo, el joven en cuestión se introduce suavemente en la casa, se acerca a él y lo destroza en un abrir y cerrár de ojos. En estos momentos, y con grandes dificultades, estoy conteniendo a ese joven para que no te haga daño. Créeme que me cuesta mucho evitar que te destroce. Y ahora, ¿qué dices?
    Contesté que le proporcionaría la lima y los restos de comida que pudiera alcanzar y que todo se lo llevaría a la mañana siguiente, muy temprano, para entregárselo en la Batería.
    ¡Dios te mate si no lo haces! exclamó el hombre.
    Yo dije lo mismo y él me puso en el suelo.
    Ahora prosiguió recuerda lo que has prometido; recuerda también al joven del que te he hablado, y vete a casa.
    Bue… buenas noches, señor tartamudeé.
    ¡Ojalá las tenga buenas! dijo mirando alrededor y hacia el marjal . ¡Ojalá fuese una rana o una anguila!
    A1 mismo tiempo se abrazó a sí mismo con ambos brazos, como si quisiera impedir la dispersión de su propio cuerpo, y se dirigió cojeando hacia la cerca de poca elevación de la iglesia. Cuando se marchaba, pasando por entre las ortigas y por entre las zarzas que rodeaban los verdes montículos, iba mirando, según pareció a mis infantiles ojos, como si quisiera eludir las manos de los muertos que asomaran cautelosamente de las tumbas para agarrarlo por el tobillo y meterlo en las sepulturas.
    Cuando llegó a la cerca de la iglesia, la saltó como hombre cuyas piernas están envaradas y adormecidas, y luego se volvió para observarme. A1 ver que me contemplaba, volví el rostro hacia mi casa a hice el mejor uso posible de mis piernas. Pero luego miré por encima de mi hombro, y le vi que se dirigía nuevamente hacia el río, abrazándose todavía con los dos brazos y eligiendo el camino con sus doloridos pies, entre las grandes piedras que fueron colocadas en el marjal a fin de poder pasar por allí en la época de las lluvias o en la pleamar.
    Ahora los marjales parecían una larga y negra línea horizontal. En el cielo había fajas rojizas, separadas por otras muy negras. A orillas del río pude distinguir débilmente las dos únicas cosas oscuras que parecían estar erguidas; una de ellas era la baliza, gracias a la cual se orientaban los marinos, parecida a un barril sin tapa sobre una pértiga, cosa muy fea y desagradable cuando se estaba cerca: era una horca, de la que colgaban algunas cadenas que un día tuvieron suspendido el cuerpo de un pirata. Aquel hombre se acercaba cojeando a esta última, como si fuese el pirata resucitado y quisiera ahorcarse otra vez. Cuando pensé en eso, me asusté de un modo terrible y, al ver que las ovejas levantaban sus cabezas para mirar a aquel hombre, me pregunté si también creerían lo mismo que yo. Volví los ojos alrededor de mí en busca de aquel terrible joven, mas no pude descubrir la menor huella de él. Y como me había asustado otra vez, eché a correr hacia casa sin detenerme.
    CAPÍTULO II
    Mi hermana, la señora Joe Gargery, tenía veinte años más que yo y había logrado gran reputación consigo misma y con los vecinos por haberme criado «a mano». Como en aquel tiempo tenía que averiguar yo solo el significado de esta expresión, y por otra parte me constaba que ella tenía una mano dura y pesada, así como la costumbre de dejarla caer sobre su marido y sobre mí, supuse que tanto Joe Gargery como yo habíamos sido criados «a mano».
    Mi hermana no hubiera podido decirse hermosa, y yo tenía la vaga impresión de que, muy probablemente, debió de obligar a Joe Gargery a casarse con ella, también «a mano». Joe era guapo; a ambos lados de su suave rostro se veían algunos rizos de cabello dorado, y sus ojos tenían un tono azul tan indeciso, que parecían haberse mezclado, en parte, con el blanco de los mismos. Era hombre suave, bondadoso, de buen genio, simpático, atolondrado y muy buena persona; una especie de Hércules, tanto por lo que respecta a su fuerza como a su debilidad.
    Mi hermana, la señora Joe, tenía el cabello y los ojos negros y el cutis tan rojizo, que muchas veces yo mismo me preguntaba si se lavaría con un rallador en vez de con jabón. Era alta y casi siempre llevaba un delantal basto, atado por detrás con dos cintas y provisto por delante de un peto inexpugnable, pues estaba lleno de alfileres y de agujas. Se envanecía mucho de llevar tal delantal, y ello constituía uno de los reproches que dirigía a Joe. A pesar de cuyo envanecimiento, yo no veía la razón de que lo llevara.
    La forja de Joe estaba inmediata a nuestra casa, que era de madera, así como la mayoría de las viviendas de aquella región en aquel tiempo. Cuando iba a casa desde el cementerio, la forja estaba cerrada, y Joe, sentado y solo en la cocina. Como él y yo éramos compañeros de sufrimientos y nos hacíamos las confidencias propias de nuestro caso, Joe se dispuso a hacerme una en el momento en que levanté el picaporte de la puerta y me asomé, viéndole frente a ella y junto al rincón de la chimenea.
    Te advierto, Pip, que la señora Joe ha salido una docena de veces en tu busca. Y ahora acaba de salir otra vez para completar la docena de fraile.
    ¿Está fuera?
    Sí, Pip replicó Joe . Y lo peor es que ha salido llevándose a «Thickler».
    A1 oír este detalle desagradabilísimo empecé a retorcer el único botón de mi chaleco y, muy deprimido, miré al fuego; « Thickler » era un bastón, ya pulimentado por los choques sufridos contra mi armazón.
    Se ha emborrachado dijo Joe . Y levantándose, agarró a « Thickler » y salió. Esto es lo que ha hecho añadió removiendo con un hierro el fuego por entre la reja y mirando a las brasas . Y así salió, Pip.
    ¿Hace mucho rato, Joe?
    Yo le trataba siempre como si fuese un niño muy crecido; desde luego, no como a un igual.
    Pues mira dijo Joe consultando el reloj holandés . Hace cosa de veinte minutos, Pip. Pero ahora vuelve. Escóndete detrás de la puerta, muchacho, y cúbrete con la toalla.
    Seguí el consejo. Mi hermana, la señora Joe, abriendo por completo la puerta de un empujón, encontró un obstáculo tras ella, lo cual le hizo adivinar en seguida la causa, y por eso se valió de «Thickler» para realizar una investigación. Terminó arrojándome a Joe es de advertir que yo muchas veces servía de proyectil matrimonial , y el herrero, satisfecho de apoderarse de mí, fuese como fuese, me escondió en la chimenea y me protegió con su enorme pierna.
    ¿Dónde has estado, mico asqueroso? preguntó la señora Joe dando una patada . Dime inmediatamente qué has estado haciendo. No sabes el susto y las molestias que me has ocasionado. Si no hablas en seguida, lo voy a sacar de ese rincón y de nada te valdría que, en vez de uno, hubiese ahí cincuenta Pips y los protegieran quinientos Gargerys.
    He estado en el cementerio dije, desde mi refugio, llorando y frotándome el cuerpo.
    ¿En el cementerio? repitió mi hermana . ¡Como si no te hubiera avisado, desde hace mucho tiempo, de que no vayas allí a pasar el rato! ¿Sabes quién te ha criado as mano»?
    Tú dije.
    ¿Y por qué lo hice? Me gustaría saberlo exclamó mi hermana.
    Lo ignoro gemí.
    ¿Lo ignoras? Te aseguro que no volvería a hacerlo.
    – Estoy persuadida de ello. Sin mentir, puedo decir que desde que naciste, nunca me he quitado este delantal. Ya es bastante desgracia la mía el ser mujer de un herrero, y de un herrero como Gargery, sin ser tampoco tu madre.
    Mis pensamientos tomaron otra dirección mientras miraba desconsolado el fuego. En aquel momento me pareció ver ante los vengadores carbones que no tenía más remedio que cometer un robo en aquella casa para llevar al fugitivo de los marjales, al que tenía un hierro en la pierna, y por temor a aquel joven misterioso, una lima y algunos alimentos.
    ¡Ah! exclamó la señora Joe dejando a «Thickler» en su rincón . ¿De modo que en el cementerio? Podéis hablar de él, vosotros dos uno de nosotros, por lo menos, no había pronunciado tal palabra . Cualquier día me llevaréis al cementerio entre los dos, y, cuando esto ocurra, bonita pareja haréis.
    Y se dedicó a preparar los cachivaches del té, en tanto que Joe me miraba por encima de su pierna, como si, mentalmente, se imaginara y calculara la pareja que haríamos los dos en las dolorosas circunstancias previstas por mi hermana. Después de eso se acarició la patilla y los rubios rizos del lado derecho de su cara, en tanto que observaba a la señora Joe con sus azules ojos, como solía hacer en los momentos tempestuosos.
    Mi hermana tenía un modo agresivo e invariable de cortar nuestro pan con manteca. Primero, con su mano izquierda, agarraba con fuerza el pan y lo apoyaba en su peto, por lo que algunas veces se clavaba en aquél un alfiler o una aguja que más tarde iban a parar a nuestras bocas. Luego tomaba un poco de manteca, nunca mucha, por medio de un cuchillo, y la extendía en la rebanada de pan con movimientos propios de un farmacéutico, como si hiciera un emplasto, usando ambos lados del cuchillo con la mayor destreza y arreglando y moldeando la manteca junto a la corteza. Hecho esto, daba con el cuchillo un golpe final en el extremo del emplasto y cortaba la rebanada muy gruesa, pero antes de separarla por completo del pan la partía por la mitad, dando una parte a Joe y la otra a mí.
    En aquella ocasión, a pesar de que yo tenía mucha hambre, no me atrevía a comer mi parte de pan con manteca. Comprendí que debía reservar algo para mi terrible desconocido y para su aliado, aquel .joven aún más terrible que él. Me constaba la buena administración casera de la señora Joe y de antemano sabía que mis pesquisas rateriles no encontrarían en la despensa nada que valiera la pena. Por consiguiente, resolví guardarme aquel pedazo de pan con manteca en una de las perneras de mi pantalón.
    Advertí que era horroroso el esfuerzo de resolución necesario para realizar mi cometido. Era como si me hubiese propuesto saltar desde lo alto de una casa elevada o hundirme en una gran masa de agua. Y Joe, que, naturalmente, no sabía una palabra de mis propósitos, contribuyó a dificultarlos más todavía. En nuestra franca masonería ya mencionada, de compañeros de penas y fatigas, y en su bondadosa amistad hacia mí, había la costumbre, seguida todas las noches, de comparar nuestro modo respectivo de comernos el pan con manteca, exhibiéndolos de vez en cuando y en silencio a la admiración mutua, lo cual nos estimulaba para realizar nuevos esfuerzos. Aquella noche, Joe me invitó varias veces, mostrándome repetidamente su pedazo de pan, que disminuía con la mayor rapidez, a que tomase parte en nuestra acostumbrada y amistosa competencia; pero cada vez me encontró con mi amarilla taza de té sobre la rodilla y el pan con manteca, entero, en la otra. Por fin, ya desesperado, comprendí que debía realizar lo que me proponía y que tenía que hacerlo del modo más difícil, atendidas las circunstancias. Me aproveché del momento en que Joe acababa de mirarme y deslicé el pedazo de pan con manteca por la pernera de mi pantalón.
    Sin duda, Joe estaba intranquilo por lo que se figuró ser mi falta de apetito y mordió pensativo su pedazo de pan, que en apariencia no se comía a gusto. Lo revolvió en la boca mucho más de lo que tenía por costumbre, entreteniéndose largo rato, y por fin se lo tragó como si fuese una píldora. Se disponía a morder nuevamente el pan y acababa de ladear la cabeza para hacerlo, cuando me sorprendió su mirada y vio que había desaparecido mi pan con manteca.
    La extrañeza y la consternación que obligaron a Joe a detenerse, y la mirada que me dirigió, eran demasiado axtraordinarias para que escaparan a la observación de mi hermana.
    ¿Qué ocurre? preguntó con cierta elegancia, mientras dejaba su taza.
    Oye murmuró Joe mirándome y meneando la cabeza con aire de censura . Oye, Pip. Te va a hacer daño. No es posible que hayas mascado el pan.
    ¿Qué ocurre ahora? repitió mi hermana, con voz más seca que antes.
    Si puedes devolverlo, Pip, hazlo dijo Joe, asustado . La limpieza y la buena educación valen mucho, pero, en resumidas cuentas, vale más la salud.
    Mientras tanto, mi hermana, que se había encolerizado ya, se dirigió a Joe y, agarrándole por las dos patillas, le golpeó la cabeza contra la pared varias veces, en tanto que yo, sentado en un rincón, miraba muy asustado.
    Tal vez ahora me harás el favor de decirme qué sucede exclamó mi hermana, jadeante . Con esos ojos pareces un cerdo asombrado.
    Joe la miró atemorizado; luego dio un mordisco al pan y volvió a mirarla.
    Ya sabes, Pip dijo Joe con solemnidad y con el bocado de pan en la mejilla, hablándome con voz confidencial, como si estuviéramos solos , ya sabes que tú y yo somos amigos y que no me gusta reprenderte. Pero… y movió su silla, miró el espacio que nos separaba y luego otra vez a mí , pero este modo de tragar…
    ¿Se ha tragado el pan sin mascar? exclamó mi hermana.
    Mira, Pip dijo Joe con los ojos fijos en mí, sin hacer caso de la señora Joe y sin tragar el pan que tenía en la mejilla . Cuando yo tenía tu edad, muchas veces tragaba sin mascar y he hecho como otros muchos niños suelen hacer; pero jamás vi tragar un bocado tan grande como tú, Pip, hasta el punto de que me asombra que no te hayas ahogado.
    Mi hermana se arrojó hacia mí y me cogió por el cabello, limitándose a pronunciar estas espantosas palabras:

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