Juan Soler, el buen escéptico infatigable

Juan Soler dobla una cuchara con el poder de la mente. Foto: L.A. Gámez.No hay otro como Juan Soler. Es, con diferencia, el más entregado de los escépticos españoles. Trabajador incansable, ferroviario de profesión, bromista y querido amigo, nos vendría muy bien que hubiera unos cuantos juansoleres, porque con un puñado de ellos el movimiento escéptico sería algo a tener en cuenta en nuestro país. Desde hace unos días, Juan está luchando por su vida. No es que no lo haya hecho otras veces, es que ésta la batalla es más dura y sus amigos queremos decirle lo mucho que nos importa.

«Con Juan, se da una curiosa paradoja. No tiene blog, no suele aparecer en los medios y, aparte de sus estupendas charlas y demostraciones de ilusionismo, resulta poco conocido fuera del mundillo; pero pocas personas habrá tan apreciadas y queridas entre los escépticos españoles», dice Fernando L. Frías, vicepresidente del Círculo Escéptico (CE). «Es alguien totalmente entregado a sus principios, un altruista de gran corazón. Más que un amigo, un hermano o un padre, según se vea», indica Alberto Fernández Sierra, quien trabaja codo con codo con Juan en Cataluña en la difusión del escepticismo.
Salud y escepticismo
Juan siempre ha estado ahí. Por lo menos, que yo me acuerde. «No recuerdo donde conocí a Juan Soler. Es posible que fuera en alguna asamblea de socios de ARIFO«, rememora Gabriel Naranjo, otro de los históricos del escepticismo español. Yo tampoco sé cuando nos conocimos; sólo que por aquel entonces los dos fumábamos y teníamos pelo. Fernández Sierra sí se acuerda del día que recibió la primera llamada de Juan. «Nos pasamos cerca de dos horas hablando por teléfono. Estaba emocionadísimo. Era la primera persona que conocía con la compartía inquietudes. A partir de ahí se ha forjado una amistad de hierro».
«Para muchos de nosotros fue uno de nuestros primeros contactos con el escepticismo activo, y sigue siendo quien recopila incansablemente datos, el compañero que te llama para darte ánimos y el amigo que telefonea simplemente para saber cómo estás. Juan se incorporó al CE desde su fundación y ha compartido con nosotros asambleas, cenas y conversaciones de sobremesa, siempre con su buen humor y su espíritu de compañerismo. Y, sí, también doblando cucharas, para pasmo de los clientes de las mesas vecinas y terror de los camareros, hasta que el bueno de Juan se apresura a demostrarles que las ha traído de casa», cuenta Frías.
Naranjo destaca lo mucho que debemos los defensores del pensamiento crítico al trabajo de este buen amigo catalán, siempre dispuesto a asumir esas tareas de gestión ingratas que el resto del mundo da por hechas. Él y Juan son compadres desde que se conocieron porque, ante todo, comparten el gusto por las largas veladas con amigos hablando de lo humano y lo divino hasta que el cuerpo aguante. En los encuentros escépticos, Juan es quien anima al resto cuando estamos más cansados, nos hace reír con sus bromas, no nos deja irnos a casa o al hotel porque hay muchas cosas de las que hablar, te hace esa pregunta en la que nunca habías pensado y para la que no tienes respuesta, y nunca tiene un mal gesto.
Por eso, porque le necesitamos, porque somos unos egoístas, sus amigos -los aquí citados y muchos otros que desde hace días están pendientes de su salud- le deseamos a Juan lo mejor: salud y escepticismo, como suele poner al pie de sus mensajes de correo. Y a ver si pronto ameniza una de nuestras cenas bilbaínas con sus juegos de manos. Juan, gracias por estar ahí.