Mahmud Ahmadineyad contra el pulpo Paul

Mahmud Ahmadineyad y el pulpo Paul. Foto: Reuters.

Mahmud Ahmadineyad considera al pulpo Paul un símbolo de “todo lo que está mal en Occidente”, informaba hace un par de días The Daily Telegraph, haciéndose eco de lo que el presidente iraní había dicho en un discurso. “Aquéllos que creen en este tipo de cosas [que se toman en serio el poder vidente del cefalópodo] no pueden ser los líderes de las naciones mundiales que aspiran, como Irán, a la perfección humana, basándose en el amor de todos los valores sagrados”, sentenció. Y acusó al pulpo del acuario de Oberhausende “difundir la superstición y la propaganda occidental”, cuando precisamente el que no tiene ninguna culpa aquí de nada es el animal, usado tramposamente por sus cuidadores para conseguir publicidad gratuita con motivo del Mundial de Fútbol.

La comedia mediática sobre el pulpo Paul ya no es una pantomima protagonizada por periodistas frívolos y políticos mediocres, los primeros ansiosos por echar mano de cualquier cosa con tal de llenar páginas y minutos de radio y televisión, y los segundos por sacarse la foto con un invertebrado que, el pobre, no puede escaparse de ellos. Ahora, es el líder de un país que puede tener en cualquier momento la bomba atómica quien ocupa el centro de la pista con tonterías como que el cefalópodo alemán simboliza la decadencia de Occidente. Seamos serios: los políticos que han hecho el ridículo en esta historia han sido principalmente -si no, únicamente- los españoles, destacando sobre todos el alcade de O Carballiño, Carlos Montes, cuya relevancia en el panorama internacional es…

¡Manda narices, además, que un fanático religioso como Ahmadineyad intente desacreditar a sus enemigos políticos por sus creencias irracionales! Porque no hay ninguna diferencia entre tener fe en un pulpo vidente o en un dios todopoderoso. En esencia, estamos hablando de lo mismo, de creencias irracionales, si bien está socialmente mejor vista la segunda que la primera cuando debería ser al contrario. ¿Por qué? Pues porque, por lo menos, los pulpos existen y, además, no se les pueden achacar los millones de muertos que cuentan en su haber todas las divinidades que en el mundo han sido. Incluida, por supuesto, la que está en el origen de “los valores sagrados” que invoca Ahmadineyad, inspiradores de matanzas como las del 11-S y el 11-M, entre otros crímenes contra la Humanidad.