El terrible caso de Rom Houben: la explotación de un enfermo en coma jaleada por los medios

Rom Houben, con su facilitadora y su madre. Foto: AP.

Rom Houben “está escribiendo un libro”, contaba el neurólogo belga Steven Laureys hace siete días en las páginas de XLSemanal. Houben tiene 46 años y hace 23 sufrió un accidente de tráfico que le dejó en coma. Desde noviembre y a raíz del análisis de su caso por parte de Laureys, los medios de todo el mundo se han hecho eco de la aterradora noticia de que, a pesar de parecer en estado vegetativo, el hombre ha sido consciente todos esos años de lo que pasaba a su alrededor, sólo que no podía comunicarse. El reportaje del colorín de Vocento, firmado por Gianmaria Padovani, abunda en esa idea y empieza con la estremecedora sentencia atribuida al enfermo desde que saltó a la pista del circo mediático: “Gritaba, pero nadie me podía escuchar”. Es la misma frase a la que hace mes y medio recurrió Andreu Missé para titular un reportaje parecido en El País. Algo que, por lo visto, también cree el neurólogo: “Me consta que Rom puede expresar su opinión”, declara en XLSemanal.

Todo el mundo está entusiasmado con el caso: la madre del hombre, lógicamente, porque cree haber recuperado a su hijo; el médico, porque cree haber sacado adelante a un paciente y de paso se está haciendo famoso; los periodistas, porque es una historia de ésas que a todos nos gustaría hincar el diente; y el público, porque lleva a pensar que hasta para los que no tienen esperanza queda alguna. El problema es que para contar la historia de Houben como está haciéndose en la mayoría de los medios bastarían loros, animales que repitieran sin más lo que les cuentan. ¿Hay algo más alejado del verdadero periodismo? “Los periodistas no pueden ser meramente reporteros. De lo contrario, se hacen cómplices de las estructuras de poder en vez de sus guardianes. No basta con relatar lo que ocurre. No basta con entrevistar a celebridades que poco saben de ciencia, medicina, economía o historia (en ocasiones no saben nada) y tratarlos como si fueran expertos. Se necesita el periodismo investigativo serio para que desvele lo que ocurre en el circo del desgobierno, en el absurdo mundo de lo paranormal, en el burdel cotidiano de los cultos. De lo contrario, el cuarto poder abdica (algunos pensamos que esto ya ha ocurrido)”, advierte el astrofísico Daniel R. Altschuler en su libro Extraterrestres, humanos, dioses y estrellas (2009). Es lo que ha pasado en el caso de Rom Houben.

Escribe Gianmaria Padovani en XLSemanal que el vídeo en el que una asistenta ayuda a Houben a comunicarse mediante un teclado de ordenador “ha levantado una fuerte polémica. Su mano parece demasiado guiada por la de Linda [Wouters], y acerca de su renacimiento no faltan las voces escépticas”. Y el periodista abdica, no va más allá, elude presentar a sus lectores los indicios que apuntan a que estamos ante un vergonzoso montaje cuyos principales damnificados son el enfermo y su familia. ¿Tan difícil era dar voz a expertos como Steven Novella, neurólogo de la Universidad de Yale, Arthur Caplan, director del Centro de Bioética de la Universidad de Pensilvania, y otros para que explicaran por qué estamos ante un fraude, y el pobre Rom Houben en realidad no ha dicho ni pío y es muy posible que nunca haya despertado del coma? No, no lo era. Lo que pasa es que, si se hubiera consultado con expertos independientes, la historia se habría ido al garete.

Habrían bastado sencillas pruebas -tan simples que podrían hacerlas escolares- para dejar claro que la comunicación facilitada es una farsa, que Houben no habla a través del ordenador y que quien lo hace es la logopeda, la mujer que mueve su mano sobre las teclas y las pulsa, dice ella, al detectar ligeros movimientos que nadie más ha detectado en 23 años. Es tanto el descaro de Linda Wouters, la desaprensiva asistenta, que guía la mano del hombre hasta cuando éste no está mirando el teclado o está dormido. Michael Shermer, director de la revista Skeptic, propuso en noviembre un experimento que nadie ha hecho porque se descubriría el pastel: “Se enseña una imagen de un objeto (por ejemplo, un gato) al facilitador y otra diferente de un objeto (por ejemplo, un perro) a Houben. ¡No se deja que uno vea las fotos del otro! Y se ve lo que se teclea: ¿gato o perro? Como control, se enseña a los dos la misma y se ve lo que se teclea. Predicción: se tecleará siempre lo que vea el facilitador. ¿Alguien puede, por favor, hacer este sencillo test?”. Nadie va a hacerlo porque hasta ahora siempre que se han realizado pruebas sobre la fiabilidad de la comunicación facilitada han dado resultados negativos.

Y los mismos medios que denuncian la explotación de otros seres humanos jalean la de un hombre gravemente enfermo por parte de su médico y su logopeda, quien supongo que se llevará una sustanciosa tajada de las ganancias del libro que está escribiendo en nombre del enfermo. De verdad, ¡qué asco!