Respeto tu religión lo mismo que tu teoría de que tus hijos son inteligentes

'Elogio de la irreligión', de John Allen Paulos.«Debemos respetar la religión de los demás, pero sólo en el sentido y la medida en que respetamos su teoría de que su esposa es hermosa y sus hijos inteligentes», escribió Henry Louis Mencken (1880-1956), colocándonos en una situación respecto a lo sagrado equiparable a ésas por las cuales casi todos hemos pasado ante amigos enamorados y padres devotos. En el peor de los casos, hemos emprendido una huida cortés cuando, dada la falta de belleza o de inteligencia de los admirados, nos ha resultado imposible secundar a nuestro interlocutor. Con la religión, quienes no creemos nos vemos obligados siempre a esto último, aunque, por tradición cultural, aguantemos mejor que alguien nos diga que cree en la divinidad de Jesús a que confiese que sigue las enseñanzas de L. Ron Hubbard, cuando la verdad es que, en el fondo, los principios doctrinales de cualquier religión son tan irracionales como los de la más disparatada de ellas.

El matemático John Allen Paulos sigue la máxima del gran periodista estadounidense de la primera mitad del siglo XX en su libro Elogio de la irreligión (2008), en el cual desmonta lógicamente los argumentos a favor de la existencia de Dios con un punto de irreverencia, pero sin cebarse en los creyentes. «Me repele que los ateos o agnósticos dirijan ataques personales y agresivos contra la fe de otros o la tilden de bobada propia de ignorantes o algo peor. Los que así actúan merecen la etiqueta de arrogantes y déspotas», advierte Paulos. Coincido con él. Los creyentes sinceros no fanáticos tienen todo mi respeto; entiendo que haya gente que necesite creer en algo para consolarse ante la finitud de la vida, aunque me sea imposible compartir esa necesidad. Lo que resulta intolerable es que haya quienes intenten imponernos a los demás sus credos o principios, como trata de hacer la Iglesia católica española cada dos por tres y ante lo cual mi propuesta es no darle un céntimo en la declaración de Hacienda, con la esperanza de que alguna vez haya un Gobierno en Madrid que ponga fin a la injusticia que supone que los católicos detraigan dinero del fondo común de todos para pagar su credo, en vez de abonar un suplemento

Me parece sano discutir abiertamente la veracidad de las afirmaciones religiosas, desde la existencia de Dios, Alá, Zeus y Odín hasta la divinidad de Jesucristo, pasando por el Diluvio Universal y la sucesión de milagros que a casi todos los que crecimos en la España franquista nos inculcaron como verdades históricas incuestionables. Paulos se centra en este magnífico libro en demostrar, entre otras cosas, que poner a Dios al principio de todo no soluciona nada -¿quién creó a la divinidad?, ¿qué había antes?- y que los principios morales que parecen universales no lo son porque emanen de un ser supremo, del mismo modo que a nadie se le pasa por la cabeza atribuir la universalidad de las matemáticas a un origen divino. Y hace un llamamiento al activismo irreligioso que sirva para romper el matrimonio entre Iglesia y Estado en su país, algo que tambén sería de desear por estos lares.

John Allen Paulos [2008]: Elogio de la irreligión. Un matemático explica por qué los argumentos a favor de la existencia de Dios, sencillamente, no se sostienen [Irreligion. A mathematician explains why the arguments for God just don’t add up]. Traducción de Ambrosio García Leal. Tusquets Editores (Col. «Metatemas», Nº 106). Barcelona 2009. 165 páginas.

Publicado por Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez es periodista.