La necesaria ética laica frente a los desmanes de los clérigos

'Una ética para laicos', de Richard Rorty.«Los hombres necesitan que se los haga más felices, no que se los redima, porque no son seres degradados, almas inmateriales apresadas en cuerpos materiales, almas inocentes corrompidas por el pecado original», sostenía Richard Rorty, cuyos principios de Una ética para laicos acaban de publicarse en España. El breve texto toma como punto de partida un lamento del papa Ratzinger porque la opinión pública pueda llevar en un futuro próximo a la Iglesia católica a tener que dejar de tratar a los homosexuales como monstruos, ante lo cual el filósofo estadounidense reivindica una ética liberada de los dioses. La guía de esa ética laica, explica, es una espiritualidad desvinculada de todo afán de trascendencia, que persigue hacer de este mundo uno «donde los seres humanos lleven vidas largamente más felices que aquéllas que viven en la actualidad».
Es posible que algún día confluyan la ética laica y la católica -entendida ésta como la vaticana-, pero en la actualidad la búsqueda de la máxima felicidad y el máximo bienestar humanos choca frontalmente con los principios de la jerarquía, que no con los de muchos católicos. Ocurrió en el pasado cuando la Iglesia hizo la vista gorda ante la esclavitud, estigmatizó a las madres solteras, jaleó a dictadores como Franco y Pinochet… y sucede ahora cuando condena la homosexualidad, la manipulación genética para evitar o curar enfermedades y a millones de africanos a contraer el sida por mentir sobre la utilidad del condón para impedir el contagio de la enfermedad, como hizo Benedicto XVI recientemente. Hace unos días, se ha solicitado en el Parlamento español la reprobación del Papa por tan peligroso disparate. Sería un buen primer paso de la sociedad civil española ante los desmanes de los clérigos, que deberían asumir de una vez que las directrices que ellos marcan sólo tienen validez para sus adeptos, que pueden exigir a los suyos que cumplan con la indisolubilidad matrimonial, por ejemplo, pero no les atañe lo que hagamos quienes no comulgamos con sus creencias porque carecen de toda autoridad moral sobre nosotros. Y sobra decir que esa limitación a intentar imponer al conjunto de la sociedad sus principios es extensible a cualquier religión.
Al igual que hacia los esclavos, las madres solteras y, esperemos que pronto, los homosexuales, la opinión de la Iglesia sobre el condón y el uso del sida cambiará en el futuro . Es sólo cuestión de tiempo, pero el reloj vaticano es muy lento -que se lo pregunten al pobre Galileo, perdonado cuatro siglos después de ser perseguido por la Iglesia-, y la intolerancia clerical respecto al uso del preservativo puede cobrarse hasta entonces millones de vidas y hacer infelices a muchos otros millones de personas, al perder padres, hijos, hermanos, amigos… por creer esa falsedad de que la distribución masiva de condones no sólo no ayuda a luchar contra el sida, sino que además “aumenta el problema». Por acabar con Rorty, tengan presente frente a la caverna ideológica cuál es el objetivo de la ética laica, que no es inmutable: «En épocas pasadas teníamos otras ideas de que podría habr llevado a la máxima felicidad humana. Hoy sabemos que es la democracia; mañana podría ser algún otro medio. El único absoluto en circulación sigue siendo la felicidad humana».
Richard Rorty [2008]: Una ética para laicos [Un’etica per i laici]. Traducido por Luciano Padilla López. Prologado por Gianni Vattimo. Katz Editores. Madrid 2009. 41 páginas.