La extinción de los rinogrados

Algunos narigudos.

Supe de la existencia de los narigudos o rinogrados a finales de los años 90 a través de los paleontólogos Xabier Pereda Suberbiola y Nathalie Bardet. Les había pedido un artículo sobre criptozoología para El Escéptico, revista cuya dirección llevaba entonces, y ellos me enviaron algo mucho más interesante: una reflexión sobre «las manifestaciónes excéntricas de las ciencias naturales» titulada ‘El arca de Noé de los seres extraordinarios’, en la que hablaban de esos curiosos animales.
Los narigudos fueron descubiertos en las islas Ayayay, en los Mares del Sur, en 1941. Pocos años después, una prueba atómica destruyó el archipiélago y provocó la masiva extinción de estos animales, endémicos de las Ayayay, según el biólogo alemán Harald Stümpke, quien publicó en 1958 Bau un leben der rhinogradentia. La obra estaba dedicada a la descripción de 138 especies de rinogrados o narigudos, animales que «se caracterizan, como su nombre indica, por un desarrollo particular de la nariz. Ésta puede ser simple o múltiple y desempeña diversas funciones. El nasario es el órgano de locomoción de los rinogrados, de tal modo que las otras extremidades han perdido esta función», escribían Pereda Suberbiola y Bardet hace unos diez años. Pequeños y peludos, estos mamíferos se habían adaptado a los diferentes hábitats del aislado archipiélago: los había voladores y saltadores, que se hacían pasar por plantas para capturar a sus presas… Demasiado bonito para ser cierto.
'Bau un leben der rhinograentia', de Harald Stümpke.Los simpáticos y estrafalarios animalitos habían sido en realidad inventados por el biólogo alemán Gërolf Steiner, quien fue catedrático de Zoología de la Universidad de Karlsruhe entre 1962 y 1973, y que habría sido el auténtico autor del libro, para «ayudar a sus alumnos a comprender los mecanismos de la evolución biológica». Para ello, había ideado un ecosistema apropiado para el desarrollo de los rinogrados, un archipiélago aislado del estilo de las Hawai y las Galápagos. Lo advertía en el prólogo de la edición francesa de 1962 el biólogo Pierre-Paul Grassé: «El libro de Harald Stümpke no sólo aporta hechos nuevos, insospechados, sino que invita al hombre de ciencia a reflexionar sobre las causas de la diversificación de los seres vivos sobre nuestro planeta, el motor de la evolución. La parabiología se muestra con todo su esplendor. En conclusión, amigo biólogo, acuérdate de que los hechos mejor descritos no son siempre los más ciertos». En algunas webs atribuyen, de hecho, la autoría de la broma a Grasse, en detrimento de Steiner, extremo que no ha sido demostrado. Mi edición alemana del libro de Stümpke está fechada en 1962, el mismo año que se publicó la versión francesa, e incluye entre los artículos de investigación citados varios publicados entre 1948 y 1954 por J. Bromeante de Burlas y Tonterías en el Boletín del Intituto Darwin de Ayayay.
Las palabras del prólogo francés de Grasse fueron lamentablemente reproducidas hace un año en un interesante reportaje sobre fraudes científicos publicado en El País Semanal, donde se dice que el científico francés expresó en el prólogo a la obra de Stümpke «su admiración por el trabajo al presentar «hechos nuevos, insospechados», que además «invitaban al hombre de ciencia a reflexionar sobre las causas de la diversificación de los seres vivos sobre nuestro planeta…»». El escamoteado final del juicio de Grasse hace que parezca que éste se tragó la historia de los rinogrados, cuando no fue así. Además, el de los narigudos no fue un fraude científico, aunque algunos lo hayan querido hacer pasar como tal, sino de un bonito ejercicio de biología fantástica. Me acordé de él durante la conferencia de Francisco J. Ayala en Bilbao, con motivo del 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin, y he creído que en un año tan especial los seres imaginados por Gërolf Steiner merecían un poco de atención en esta web.