Juan Manuel de Prada rechaza la teoría de la evolución

Juan Manuel de Prada dice, en su última columna del XLSemanal, que siempre le ha «llamado la atención la rotundidad con que se suele negar la intervención del misterio cuando se trata de explicar el origen del hombre; pero lo cierto es que, si existe un momento en la historia del universo en que parece más que probable la intervención del misterio, es precisamente el momento en que el hombre irrumpe en el mundo». Si, a usted, que alguien hable de «la intervención del misterio» en la evolución humana -además de sonarle a un guión de baratillo escrito por Iker Jiménez y sus chicos-, le huele a que intenta darnos Dios por selección natural, ¡felicidades, ha acertado! El escritor fundamenta su ataque a la teoría de la evolución en El hombre eterno, un ensayo de Gilbert K. Chesterton, autor que mudó en su tiempo del agnosticismo al cristianismo militante. Una elección lógica en un Prada que en los últimos años ha demostrado ser más papista que el Papa. El novelista baracaldés recuerda que, para entender a nuestros antepasados, Chesterton nos invitaba a entrar en una cueva prehistórica. Y entonces empieza el desvarío, el sinsentido ignorante sobre lo que son el arte prehistórico, la evolución humana y la teoría de la evolución.

Juan Manuel de Prada. Foto: Efe.«Lo que encontramos en dichas cavernas -unas pinturas rupestres realizadas no sólo por la mano del hombre, sino por la mano de un verdadero artista- rebate esas hipótesis evolucionistas que lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad. Aunque hubiésemos sido adoctrinados en las más ortodoxas teorías evolutivas, llegaríamos a la conclusión de que esas mismas pinturas nunca las habría podido concebir ni realizar un animal», sostiene. Estas dos frases son tergiversadoras de principio a fin. Afirmar que la existencia de las pinturas prehistóricas «rebate» el escenario de la evolución humana es no tener ni idea de lo que se habla. Las primeras pinturas rupestres son de anteayer, de hace sólo unos 40.000 años, y obra de nosotros mismos, aunque entonces no tuviérmos ni ordenadores ni santuarios marianos a los que peregrinar. Pero el arte -una obra específicamente humana- es mucho más antiguo. Las primeras muestras que se conocen datan de hace unos 100.000 años y son unas conchas de molusco perforadas halladas en Israel y Argelia. También son obra de nuestra especie, porque el Homo sapiens apareció hace unos 200.000 años. Antes, hubo otros Homo que empezaron a fabricar herramientas hace 2 millones de años y, antes de éstos, otros homínidos más primitivos cuanto más atrás vamos en el tiempo. Nuestros orígenes se sitúan en África hace entre 6 y 7 millones de años, cuando nuestro linaje -el de los homínidos- y el del chimpancé se separaron. Así que la aparición del arte es un paso más; importante, pero un paso más en una larga historia.

La siguiente argumentación de De Prada es tan burda que da vergüenza ajena. Dice que las hipótesis evolucionistas «lo enmarañan y complican todo para que no podamos comprender la verdad, la sencilla y escueta verdad». ¿Dónde lo enmarañan?. ¿cómo?, ¿cuál es esa verdad «sencilla y escueta»? La teoría de la evolución da, contrariamente a lo que mantiene el novelista, una magnífica explicación a la biodiversidad y a la historia de la vida en la Tierra, incluida la de nuestra especie. Claro que si la verdad de Prada es un remedo de soplo divino, apaga y vámonos. No hay más que hablar. Bueno, sí: ¿quién creó a ese dios que insufló la inteligencia a los homínidos?, ¿cuándo nació?, ¿dónde?, ¿qué había antes?, ¿fue creado por otro dios?, ¿por qué dejo pasar más de 10.000 millones años desde el nacimiento del Universo hasta la aparición de la vida en la Tierra?, ¿por qué permitió que se extinguieran creaciones suyas como el inteligente hombre de Neandertal y otros?, ¿por qué nos hizo tan frágiles y vulnerables a las enfermedades?, ¿por qué mira para otro lado cuando tantos niños nacen con deformidades o enfermedades incapacitantes?, ¿dónde está?…

No sé lo que se considera el escritor, pero yo sé que soy un animal. Y también sé que estoy emparentado, en mayor o menor grado, con el resto de los animales porque llevo en mi ADN escrita mi historia evolutiva. Así que, cuando dice que «esas mismas pinturas (las rupestres) nunca las habría podido concebir ni realizar un animal», De Prada está confundiendo conceptos: no las pudo hacer otro animal; pero sí las hizo un animal, el humano. En su artículo ‘La firma del hombre’, el escritor intenta una y otra vez confundir al lector y venderle su creacionismo camuflado: ¿por qué no se atreve a hablar de una divinidad creadora abiertamente?, ¿acaso con eso de «misterio» no se refiere al dios cristiano?

La creación de Adán, vista por Miguel ángel en la Capilla Sixtina.«Tampoco me sirve -sostiene- esa hipótesis que afirma que el hombre llegó a dibujar al final de un proceso evolutivo: las pinturas rupestres no fueron comenzadas por monos y terminadas por hombres. Los animales no dibujan mejor a medida que se produce su evolución: el rudo chimpancé prehistórico no pintaba de forma más rudimentaria que el refinado chimpancé contemporáneo. El hombre no puede ser considerado sino como una criatura absolutamente independiente y singular respecto a las demás criaturas». Bonito intento de engañar al personal para llevarle al huerto. Las pinturas rupestres fueron hechas por hombres -es cierto-, pero hubo muchas generaciones de hombres con anterioridad que no pintaron en las paredes de las cuevas. Y los hubo antes que no tuvieron arte. Hoy, un número creciente de paleontólogos cree que el comportamiento humano moderno -que se caracteriza por el pensamiento abstracto y el simbolismo, la talla de huesos por razones religiosas, las herramientas del tipo de arpones…- emergió gradualmente en nuestra especie durante decenas de miles de años. No, Altamira no la empezó un mono y la acabó un hombre. La acabó el mismo primate que la empezó a pintar, un hombre descendiente de otros homínidos que habían vivido en África hace millones de años y que nos costaría identificar como algo más que chimpancés bípedos. Somos diferentes a las demás criaturas, pero no somos el fin de un camino. Si hoy cayera un asteroide de gran tamaño -¿por qué fue la divinidad tan cruel de crear a los dinosaurios y luego exterminarlos en masa?-, con el tiempo la vida resurgiría y la historia del hombre no habría sido nada más que un pequeño intermedio en la de la Tierra.

De Prada es antievolucionista y lo deja claro, sobre todo, al final del artículo. «Sostener que una criatura se convierte repentinamente en creador mediante un puro proceso de agregaciones y síntesis químicas se me antoja reduccionista. Lo cierto es que la inteligencia humana no existía; y que comenzó a existir. No sabemos en qué momento o en qué infinidad de años. Algo misterioso sucedió, y tiene toda la apariencia de una acción que trasciende los límites del tiempo, quizá también los límites de nuestra comprensión. Explicarlo como un mero continuo no me parece, sinceramente, una hipótesis satisfactoria», afirma. ¿Decir que un ser superior tocó con su omnipotente dedo a un homínido para insuflarle la inteligencia es un hipótesis satisfactoria? No, ni siquiera es una hipótesis; es un cuento como el de Caperucita Roja. No hay pruebas de algo así -una especie de código secreto escondido en el ADN y que podamos traducir por un made in God– y sí de que, durante miles de millones de años, la vida ha evolucionado en la Tierra condicionada por mutaciones aleatorias y la selección natural. Prada cierra los ojos a las toneladas de pruebas que paleontólogos y biólogos han acumulado en los últimos 150 años y presenta como alternativa su creencia; es decir, nada. ¿Querrá convertirse en el intelectual de cabecera del movimiento creacionista español?

Publicado por Luis Alfonso Gámez

Luis Alfonso Gámez es periodista.

Una respuesta a «Juan Manuel de Prada rechaza la teoría de la evolución»

  1. Le escribo al mono que ha estado bailando sobre el teclado (por si me entiende, por aquello de los milagros): Comparar Internet con la naturaleza es algo bastante burdo, empezando por que los seres vivos son algo bastante más complejo que unos y ceros. Pero es que además en solo 23 años pocos textos gramaticalmente consistentes pueden salir por azar (ni siquiera uno de don Juan Manuel, léase el relato de Asimov al respecto y abandone la demagogia socarrona) Sé que a los monos creacionistas (no digamos ya a los humanos creacionistas) les humilla mucho la idea de la selección natural (que no tiene nada que ver con el llamado darwinismo social), le recomiendo que se busque una buena mona y transmitan sus genes, lo mismo cualquier día tras millones de años sale un creacionista con corbata con un discurso menos chirigotero y con más sustancia. Salud.

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