Oriana Fallaci disparata en ‘El Mundo’ sobre la investigación con embriones humanos

El referéndum celebrado en Italia para modificar la ley de reproducción asistida ha llevado a la periodista Oriana Fallaci a escribir un alegato en contra de la investigación con embriones y de la ciencia en general. “Nosotros los caníbales” (I y II), subtitulado “Un manifiesto contra la investigación con células madre”, es un texto en el que la escritora hace gala de un profundo y preocupante analfabetismo científico. Que el artículo lo haya publicado el diario El Mundo en su sección de Ciencia, “por la actualidad que posee el tema en nuestra sociedad y la necesidad de un debate entre ciudadanos debidamente informados”, suena a tomadura de pelo. Porque Fallaci disfrutará de prestigio dentro de la profesión periodística, pero en este caso no tiene ni idea de lo que habla. Ni la más remota.

La autora lamenta, al principio, que mucha gente vaya a votar en Italia ayer y hoy “sin razonar con su propia cabeza, sin escuchar a la propia conciencia e, incluso, sin conocer el significado de las palabras células madre-ovocito-blastocisto-heterólogo-clonación”. Y advierte, seguidamente, de que ella no participará en el referéndum; pero que desea, “con todo el corazón”, que la propuesta de permitir la investigación con embriones sea rechazada. Tras leer el texto -cuatro páginas enteras de periódico publicadas en España entre el jueves y el viernes pasados-, queda claro que Fallaci no va a votar porque ignora casi todo sobre lo que se vota. Por eso resulta sorprendente que haya tenido la desfachatez de redactar un alegato como éste.

Dice la periodista que el propósito que persiguen los promotores de la modificación legal -a quienes compara repetidamente con el doctor Frankenstein y Adolf Hitler- es masacrar “a nuestros hijos jamás nacidos, a nuestros futuros nosotros mismos, a los embriones humanos que duermen en los congeladores de los bancos o de los institutos de investigación. Masacrarlos, reduciéndolos a fármacos para inyectarse o tragar o, incluso, haciéndolos crecer lo suficiente para matarlos como se mata un ternero o un cordero y extraerles los tejidos y órganos para venderlos como se venden las piezas de recambio de un coche”. Y añade más adelante que quienes abogan por este tipo de experimentación “aceptan que los embriones sean descuartizados como terneros en las carnicerías para poder distrutar de órganos para vender como se venden las piezas de recambio de un coche”, y que, “cuando el embrión crece, se secciona (vivisección)”. Han leído bien: disparates de este estilo son el núcleo duro del manifiesto, escrito quizá durante una indigestión de alguna mala novela de ciencia ficción. Porque, para empezar, un embrión congelado no duerme, ya que está compuesto sólo por decenas de células no diferenciadas y nada en él recuerda, ni vagamente, a un ser humano o a un proyecto de ser humano. A partir de ahí, cuando la autora habla de una especie de granjas de bebés que sirvan de fuentes de órganos y de descuartizar a los embriones congelados como terneros o practicarles la vivisección, sólo cabe pensar que delira o que simplemente miente, sabedora de lo impactante que pueden resultar esas truculentas descripciones en personas desinformadas.

Ella, que se proclama una y otra vez atea, ataca a quienes “con bufonesca seguridad proclaman que [un embrión congelado] no tiene alma”, cuando el alma es un concepto religioso impropio de alguien que asegura no creer en dioses. Y tergiversa lo que suelen esgrimir pensadores cristianos ante la postura de la Iglesia católica en contra de estas prácticas: que santo Tomás de Aquino consideraba que hasta los cuarenta días de embarazo -ella habla de cuatro meses- no hay en el embrión nada humano. Los científicos que emplean este argumento no están necesariamente de acuerdo con santo Tomás de Aquino y recurren a él para llamar la atención sobre las contradicciones internas de la Iglesia. “Es inútil objetar -argumenta Fallaci- que santo Tomás de Aquino vivió en 1200 y que de genética entendía lo mismo que yo de ciclismo”. Lo cierto, como comprueba el lector de “Nosotros los caníbales”, es que el santo medieval sabía tanto de genética como la periodista del siglo XXI.

Fallaci se presenta, en todo momento, como portadora de la llama de la libertad frente a quienes piensan lo contrario que ella. “Y todavía me importa menos el hecho de que los Frankenstein y sus mecenados [así se refiere a los partidarios de la experimentación con células madre embrionarias] me expongan al escarnio público con sus acusaciones de retrógrada-oscurantista-reaccionaria-estúpida-meapilas-sierva-del-Vaticano. Y es que a ellos no vale la pensa explicarles por qué una atea (a pesar de ser cristiana) no puede ser estúpida, no puede ser meapilas. O por qué una laica que siempre se batió por la justicia y la libertad no puede ser retrógrada, oscurantista o reaccionaria”, escribe. Y se vuelve a confundir. Porque el que uno sea ateo no impide que sea estúpido y el que alguien luchara en el pasado por la justicia y la libertad no garantiza que lo vaya a hacer siempre.

La fobia de la autora contra la medicina llega hasta la fecundación asistida. “Una mujer que sufre la extracción de un óvulo es ciertamente una cobaya. Una que, para quedarse encinta, se lo hace implantar, lo mismo”. Fallaci sacraliza lo natural y arremete contra el hombre que quiere “manipular la Naturaleza”, pero no duda en recurrir a la moderna medicina para luchar contra el cáncer que padece. “Y si por el momento sigo con vida -admite-, se lo debo a la medicina que, aún cuando, a veces me hace sentir un embrión en el congelador o una cobaya a merced del investigador, me curó y me cura. Pero.. Pero la Ciencia es como el fuego. Puede hacer un gran bien o un gran mal”. Curarla a ella alterando el curso natural de un cáncer es un bien, pero proporcionar a una pareja a la posibilidad de tener hijos, también alterando el orden natural, no lo es. ¿Y qué pasa con los miles de personas que viven gracias a órganos trasplantados, hay que dejarlas morir?

Dice la escritora, entre otras lindezas, que permitir usar para la investigación tejidos de fetos abortados, como ha concluido el Comité Nacional de Bioética italiano, “es un incentivo al aborto”. Y lamenta lo que denomina turismo procreativo, el de las parejas italianas que buscan la solución a su deseo de tener hijos en otros países. Caso especial merece una cita de Barcelona, ciudad en la viene a decir que el esperma congelado abunda porque procede en su mayor parte de europeos del Este, de inmigrantes. Más adelante, denuncia que “florece vergonzosamente” en Europa un mercado de óvulos congelados vendidos por rumanas. “En su mayoría, óvulos vendidos a mil o dos mil euros por las gitanas”, sentencia en un parrafo para mí racista.

Su ignorancia sobre lo que es la clonación queda clara cuando dice que “el premio Nobel Kary Mullis propone clonarnos con el ADN de famosos atletas y estrellas del rock…”, antes de lamentar que la gente normal crea “en la historia de las enfermedades que se van a poder curar”. De paso, indica que ella no se sometería a una terapia de este tipo aun si hubiera una efectiva contra su cáncer. Es fácil renunciar a lo que no hay, pero viajara Estados Unidos beneficiarse de tratamientos que ya existen contra el desarrollo natural de la enfermedad. Estas afirmaciones son el preámbulo a una llamada de Fallaci a oponerse a la clonación terapéutica, a la investigación con embriones y a la fecundación asistida con material genético de terceros, en una parte final en la que expresa su acuerdo -como ha hecho varias veces a lo largo del texto- con la postura del papa Ratzinger frente a estas prácticas.

Quien, alejado del fanatismo de la periodista italiana, quiera hacerse una idea real del estado de la cuestión en la investigación com embriones puede leer un extenso dossier de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). ¿Cómo puede Oriana Fallaci opinar tan alegremente sobre algo de lo que no tiene la menor idea? ¿Cómo puede un periódico como El Mundo hacer de amplificador de tanto disparate? ¿Es la publicación de un alegato como el comentado una manera de responder “a la necesidad de un debate entre ciudadanos debidamente informados”? Yo creo que no, que es una muestra de irresponsabilidad periodística.