El avispado tercer ojo de Lobsang Rampa

Millones de occidentales se han adentrado en el budismo tibetano guiados por El tercer ojo, de Tuesday Lobsang Rampa, que se puso a la venta en las librerías británicas en 1956. Fue éste el primero de veinte títulos en los que el autor narra su vida y milagros como lama nacido y educado en Tibet a principios de siglo, estudiante de Medicina en China y prisionero en campos de concentración rusos y japoneses. Una peripecia vital que, en su debut editorial, alcanzaba el clímax cuando, a los ocho años, uno de sus educadores perforaba el centro de la frente del pequeño Rampa, hasta atravesar el hueso, con “una especie de lezna, pero hueca y con la punta en forma de diminuta sierra”. Así le abría el tercer ojo y Rampa pasaba a ser uno de los elegidos, capaz de ver auras, levitar, hacer viajes astrales y otros prodigios. El tercer ojo fue un éxito de ventas que se tradujo a numerosos idiomas y nunca ha dejado de reeditarse.

El lama defiende en sus escritos la existencia del abominable hombre de las nieves, hace predicciones -anunció que la Tercera Guerra Mundial estallaría en 1985-… y demuestra una y otra vez su supina ignorancia sobre las realidades tibetana y budista. Porque Rampa personifica una de las mayores estafas editoriales de la historia reciente. Antes de que saltara al estrellato, la editorial Secker & Warburg envió el manuscrito de El tercer ojo a expertos orientalistas como Agehananda Bharati, Marco Pallis, Heinrich Harrer, autor de Siete años en el Tibet, y Hugh Richardson, representante del Gobierno británico en Lhasa. Todos llegaron a la misma conclusión: Rampa y su libro eran un fraude. “Las primeras dos páginas me convencieron de que el escritor no era tibetano; las diez siguientes, de que nunca había estado en Tibet o India y de que no sabía absolutamente nada del budismo en cualquiera de sus variantes, tibetana u otras”, recordaba Bharati en un artículo de 1974 en el Tibet Society Bulletin.

Tuesday Lobsang Rampa no era ni monje ni tibetano. Pallis descubrió en 1958 que bajo ese nombre se ocultaba Cyril Henry Hoskin, el hijo de un fontanero de Devon. Hoskin nunca estuvo en el Tibet, ni supo una palabra de tibetano, ejerció de astrólogo a la manera de Rappel antes de hacerse famoso y murió en 1981 en Canadá, adonde había emigrado para pagar menos impuestos. Fue un farsante cuya obra todavía presenta una editorial española como la de “un auténtico lama huido del Tibet ante la invasión comunista”. Y es que el negocio es el negocio.

Publicado originalmente en Muy Especial.