Steve Jobs

Terapias peligrosas

Una mujer, en una sesión de reiki.“Papá, me he equivocado”, dijo Mario Rodríguez a su padre una semana antes de morir. “No, hijo mío, tú no te has equivocado. Te han mareado la cabeza”, le respondió su padre. Mario murió el 3 de julio de 2013. Tenía 21 años y estudiaba Físicas en la Universidad de Valencia. El 7 de enero había ido al médico “por unas manchas en la piel y otros síntomas. Le diagnosticaron leucemia y le dijeron que tenía que someterse a quimioterapia y un trasplante de médula”, recuerda Julián Rodríguez. Empezó con la quimioterapia y, en la cama del hospital, recibió en paralelo el tratamiento indicado por un individuo que había convencido a su madre, “una mujer muy crédula y enemiga de la medicina científica”, de que podía curarle con “medicina ortomolecular y naturista”.

Según la medicina ortomolecular, toda enfermedad puede superarse proporcionando a nuestro organismo vitaminas, minerales y otras sustancias en altas dosis. Los dietistas y nutricionistas españoles alertaron en 2012 de que esa práctica carece de base científica, no es efectiva y, además, “el consumo de vitaminas y sustancias en la cantidad que habitualmente se promueve por parte de la ‘nutrición molecular’ no está exento de riesgos”. Mario salió victorioso del primer ciclo de quimioterapia; el cáncer había remitido. “Pero, al abandonar el hospital, lo primero que hicimos él, mi exmujer y yo fue ir a la consulta del pseudomédico. Todavía quedaba un segundo ciclo de quimioterapia, previo al trasplante de médula, pero mi hijo, influido por su madre y porque el tratamiento había sido muy duro, renunció a ella y optó por la medicina ortomolecular”.

Meses después, la leucemia reapareció. “A Mario le metieron quimioterapia por un tubo, pero ya no se podía hacer nada. Fue víctima de la falta de cultura de su madre, que creía en las bondades de lo mal llamado natural o alternativo“, dice Rodríguez, que ha llevado el caso a los tribunales. Tras la muerte de su hijo, fundó la Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP), que quiere que se tipifique como delito cualquier actividad que se presente como curativa sin serlo y que no haya demostrado científicamente su efectividad. “El caso de Mario me hizo ver que cualquiera puede abrir un garito para ofrecer una pseudoterapia, que la gente no tiene criterio a la hora de diferenciar lo que es medicina y lo que no lo es, y que las autoridades no hacen nada por frenar ese tipo de prácticas”.

Bloqueo a la energía vital

“¿Sabes cómo se llama la medicina alternativa que ha demostrado que funciona? Medicina”, dice el cómico australiano Tim Minchin en su poema Storm (Tormenta). El comentario va dirigido a Storm, una chica que cree en el aura, la vida de ultratumba, los poderes paranormales y, por supuesto, las terapias alternativas. Como Storm, uno de cada cuatro españoles (24,6%) está convencido de que la homeopatía es ciencia y uno de cada cinco (18,6%), de que lo es la acupuntura, según la Séptima encuesta de percepción social de la ciencia y la tecnología, hecha por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt). Sin embargo, ambas son medicinas alternativas.

Daniel David Palmer (1845–1913), inventor de la quiropráctica.“La gente quiere creer. Está sometida a un bombardeo constante de propaganda desde millones de webs. Muchos están frustrados por las carencias de la medicina convencional y muchos están tan desesperados que creen cualquier tontería”, dice el médico Edzard Ernst, principal experto europeo en terapias alternativas y autor del libro A scientist in Wonderland (Un científico en el País de las Maravillas, 2015). Como en el caso de Mario, tanta fe conduce a veces a la muerte. “Algunos tratamientos alternativos son francamente peligrosos. Otros muchos parecen casi totalmente seguros, pero esa impresión es falsa. Hasta un tratamiento inofensivo es peligroso si sustituye a uno eficaz contra una enfermedad grave”, explica Ernst.

Una de las medicinas alternativas peligrosa en sí misma es la quiropráctica. La inventó en la década de 1890 el tendero canadiense Daniel D. Palmer. Creía que las enfermedades las causan bloqueos en la columna al flujo de una energía vital indetectable, excepto por los quiroprácticos, y que pueden curarse mediante manipulaciones vertebrales que acaban con esos atascos. A un quiropráctico fue a finales de enero la modelo Katie May por un dolor de cuello tras una caída durante una sesión fotográfica. El dolor no desapareció. La joven de 34 años, que había sido modelo de Playboy, volvió al quiropráctico el 1 de febrero. Ese mismo día, sufrió un derrame cerebral en el Centro Médico Cedars-Sinaí de Los Ángeles, adonde había ido cuando ya casi no podía moverse. Horas después, los médicos certificaban su muerte cerebral. ¿La mató la quiropráctica?

“Es posible, pero no podemos estar  seguros -admite Ernst-. La manipulación quiropráctica del cuello está asociada con cientos de casos de complicaciones muy graves, y sospechamos que no se informa de muchos”. En el caso de May, la familia y una amiga han lamentado públicamente que no fuera al médico hasta el final. “Si lo hubiera hecho, parece razonable concluir que los hechos se hubieran desarrollado de otra manera”, aventuró su hemano Stephen en People. Su amiga Christina Passanissi cree que la mató la quiropráctica. “Y lo que da miedo es que la enfermera me dijo  que pasa todo el tiempo”, dijo a The New York Daily News. En la literatura científica hay constancia de más de 500 casos de derrames cerebrales y 30 muertes tras manipulaciones quiroprácticas, pero, según Ernst, es sólo “la punta del iceberg”. Bajo la superficie, estaría más del 90%.

Una gota en el océano

Homeopatía, acupuntura, reiki, osteopatía, magnetoterapia, reflexología, aromaterapia, drenaje linfático, flores de Bach, medicina ortomolecular, quiropráctica, sonoterapia, hidroterapia de colon, musicoterapia, macrobiótica… Un informe del Ministerio de Sanidad de 2011 contabiliza 139 técnicas dentro del grupo de las terapias alternativas y advierte de que ninguna ha demostrado ser más efectiva que el placebo, la fe del paciente en el terapeuta y lo que le receta. La más popular es la homeopatía, de la que varias universidades españolas ofrecen másteres, aunque “las críticas en internet y las movilizaciones de alumnos y profesores han hecho en los últimos años que algunas los hayan eliminado”, indica el abogado Fernando Frías, miembro del Círculo Escéptico, asociación que lucha contra las pseudociencias.

La Universidad de Barcelona acaba de suprimir el suyo porque “no hay una evidencia científica clara” sobre la efectividad de la homeopatía. Se impartía desde 2004 a través de su Instituto de Formación Continua, costaba 6.940 euros y ya ha desaparecido de su web. Sin embargo, mantiene uno en acupuntura y otro en medicina naturista -un cóctel de prácticas como la reflexología, las flores de Bach, las constelaciones familiares, la homeopatía y otras- cuya pervivencia, según un portavoz del centro, se va a estudiar porque la institución quiere “ser consecuente con la decisión tomada” sobre la homeopatía. “Es una cuestión de dinero. Muchas universidades se escudan en que hay demanda para estos títulos. Y el precio de la matrícula muchas veces lo cubren con becas las firmas de homeopatía”, destaca Frías. El más importante laboratorio homeopático, Boiron, está detrás de un curso que ofrece desde este año la Universidad Católica de Murcia.

Másteres en acupuntura y medicina naturista que mantiene la Universidad de Barcelona.La homeopatía la inventó el médico alemán Samuel Hahnemann en 1796. Sus principios son que una sustancia que provoca un síntoma puede curarlo si se diluye mucho y que, cuanto más diluida esté, mayores serán sus efectos sanadores. Así, la cafeína muy diluida sería, según Hahnemann y sus discípulos, un potente somnífero. La preparación de un producto homeopático empieza disolviendo una parte del principio activo -nuestra cafeína- en 99 de agua, alcohol o lactosa: el resultado es una dilución 1 CH o centesimal hahnemaniano. Luego, se toma una parte de esa dilución y se mezcla con otras 99 del disolvente (2 CH); seguidamente se toma una parte de esa segunda dilución y se mezcla con otras 99 del disolvente (3 CH); y así sucesivamente. En la primera dilución, tenemos una centésima parte de principio activo; en la segunda, una diezmilésima; en la tercera, una millonésima; y en la sexta, una billonésima.

Una dilución 13 CH equivale a un tercio de una gota de agua en todos los océanos de la Tierra, y en las farmacias las hay hasta de 200 CH. Pruebas de laboratorio hechas en la Universidad del País Vasco han demostrado que en preparados de 6 CH no hay más que azúcar. El Consejo Nacional de Salud e Investigación Médica de Australia concluyó en marzo de 2015 que la homeopatía no sirve para tratar ninguna enfermedad y que quienes confían en ella “pueden poner en riesgo su salud si rechazan o retrasan tratamientos sobre cuya seguridad y eficacia hay evidencias sólidas”. En el mismo sentido se han pronunciado en los últimos años la revista The Lancet, la Asociación Médica Británica -para cuyos miembros “es brujería”-, el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes británica y numerosos científicos. En 2005, Penelope Dingle, una australiana de 45 años, murió de cáncer con un sufrimiento atroz porque rechazó la cirugía y la quimioterapia, y puso su vida en manos de un homeópata. Y una infección bacteriana que se supera con antibióticos mató en 2013 a un niño canadiense de 7 años porque su madre le trató con homeopatía en vez de llevarle al médico. Son dos casos, pero los expertos creen que hay miles.

“Que te planteen expectativas de curación con algo que nunca puede curarte es dañino en sí mismo. Es crear falsas esperanzas”, sentencia Vicente Baos, médico y promotor de la plataforma No Sin Evidencia, contraria a las terapias sin base científica. ¿Cómo es posible que médicos y farmacéuticos recomienden la homeopatía? “No es por ignorancia. Hay quienes lo hacen por dinero, pero la mayoría son creyentes en la homeopatía. Tampoco se trata de una cuestión de formación. Es el pensamiento mágico. Pasa lo mismo con la religión, en la que cree gente con una formación excelente”, indica Baos, quien destaca que los profesionales de la salud partidarios de esta práctica “son una minoría”.

Sólo placebo

Los Institutos Nacionales de Salud de EE UU empezaron en 1992 a examinar sistemáticamente las medicinas alternativas. Cuentan con dos centros de investigación que cuestan al contribuyente más de 240 millones de dólares anuales y tienen como objetivo el desarrollo de nuevos tratamientos. En más de 20 años, no han desarrollado ninguna terapia. De hecho, en la literatura científica, no hay constancia de ningún tratamiento alternativo que funcione, que haya demostrado más efectividad que el placebo.

Hasta la llegada de la medicina científica, en los países de donde proceden algunas prácticas -como la acupuntura- que se comercializan como milenarias, la esperanza de vida era mucho menor que en Occidente. “Los chinos no quieren saber nada de las tonterías de antes y aquí se las compramos acríticamente”, dice Baos, quien, como otros expertos, advierte de que quien recurre a estas terapias no es porque sea tonto, sino porque, en muchas ocasiones, está desesperado.

Víctimas famosas

Steve JobsKevin Sorbo, en la portada de la revista 'Neurology' como víctima de la quiropráctica.
El cofundador de Apple retrasó meses la intervención quirúrgica que le habían recomendado los médicos para superar una cáncer de páncreas y se entregó durante ese tiempo a inútiles terapias alternativas. “Intentó tratarse con dietas. Fue a espiritistas. Probó con la macrobiótica y no se operó”, según Walter Isaacson, su biógrafo.

Kevin Sorbo
Popular por dar vida a Hércules en la televisión en la serie del mismo nombre, sufrió en 1997 un aneurisma y tres trombos que sus médicos achacaron a las manipulaciones vertebrales de su quiropráctico. Pasó “dos años de infierno” antes de volver a sentirse él mismo. Ha perdido visión, sufre dolores en un brazo y migrañas.

Peter Sellers
Tenía ya un largo historial de problemas cardiacos cuando su médico le recomendó someterse a un bypass urgentemente. Se negó y puso su vida en manos de un practicante de la cirugía psíquica que simuló una intervención quirúrgica sin sangre, anestesia ni incisión. Murió de un ataque al corazón poco después, a los 54 años.

Kim Ribble-Orr
Yudoca olímpica canadiense, sufrió en 2006 un colapso pulmonar después de que su acupuntor le perforó la pleura. Uno de sus pulmones funciona a sólo el 55% y se agota subiendo unos escalones. Tuvo que despedirse del deporte y de sus pretensiones de entrar en la Policía. Una enorme cicatriz le cruza el costado izquierdo hasta media espalda.

Publicado originalmente en el diario El Correo.

Los ricos también ‘supersticionean’

Ni estar al frente de una compañía de éxito planetario ni tener todo el dinero del mundo protegen de la superstición. Las recientes experiencias de Ana Patricia Botín y Steve Jobs lo han vuelto a dejar claro, por si alguien tenía alguna duda. Ella es española y banquera; él era estadounidense y un genio de la informática. Ella, consejera delegada de la filial británica de Banco Santander y una de las mujeres más poderosas del mundo, cree, al parecer, que las ondas de radiofrecuencia son dañinas para la salud. Él creía que podía combatir el cáncer con terapias y dietas mágicas en vez de con la medicina. Ella ha perdido un juicio contra la instalación de una antena de telefonía cerca de su casa madrileña. Él ha muerto.

Ana Patricia Botin, en el Foro Económico Mundial de Davos en 2009. Foto: WEF.La desestimación, por parte la Audiencia Nacional, de la petición de la banquera de que se retirara la antena se conoció el miércoles y casi ha coincidido en el tiempo con la publicación de los resultados del mayor estudio sobre los posibles efectos dañinos de las ondas de telefonía. La investigación ha durado 18 años y han participado en ella 358.403 usuarios de teléfono móvil. Según indican los autores en The British medical Journal, el estudio no ha encontrado ninguna prueba de que el uso de celulares provoque un aumento en los tumores cerebrales o del sistema nervioso central. Nada nuevo. Es lo que llevan diciendo los estudios científicos desde hace años. Hace tres meses, el Journal of the National Cancer Institute, la revista de investigación contra el cáncer más importante del mundo, publicó un estudio que demostraba que los niños y adolescentes que usan el teléfono móvil habitualmente no corren un mayor riesgo de sufrir un cáncer cerebral que los que no lo hacen. Y no es un trabajo aislado, sino todo lo contrario: no hay ni un estudio que demuestre que los móviles provocan cáncer.

La postura de Ana Patricia Botín es supersticiosa, anticientífica, y quizá se deba a la proliferación, desde hace unos años, de informaciones alarmistas como la entrevista a un abogado ambientalista publicada hace dos semanas en La Vanguardia y reportajes como “¿Radiaciones peligrosas?”, en el último número de la revista femenina Mujer Hoy. En ambos casos, lo publicado merece tanto crédito como el cuento de Caperucita, ya que la única fuente de información es un entramado de entidades que se dedican a asesorar en materia de contaminación electromagnética y a la venta de todo tipo de artilugios y presuntos protectores contra las ondas del mal. Entiendo la postura de los promotores de esta histeria, porque el negocio es el negocio; pero no la de los periodistas que ceban al monstruo en vez de consultar con científicos. No, hasta ahora nadie ha encontrado ninguna prueba de que las ondas de radiofrecuencia provoquen cáncer, ni hipersensibilidad elecromagnética, ni dolores de cabeza, ni nada parecido. Quien diga lo contrario, miente por ignorancia o por interés.

Malos ejemplos

Sobre la muerte de Steve Jobs ya he escrito varias veces, así que no abundaré en el asunto. Sólo voy a repetir una idea: si un enfermo de cáncer confía en la medicina, puede que supere la enfermedad; si confía en las mal llamadas terapias alternativas, lo único que le espera es la muerte. Llamar complementarias, como hacen los colegios de médicos, a unas pseudoterapias que han demostrado la misma efectividad que las bendiciones religiosas es una irresponsabilidad. No caben medias tintas. Mientras llamemos complementarias a cosas que no lo son -como la homeopatía, el reiki, las flores de Bach, la quiropráctica…-, habrá quien crea que sirven para algo, que complementan los tratamientos convencionales de algún modo y habrá alguien tentado, como Jobs, de sustituir algo que funciona por algo que no. Las sociedades médicas y las autoridades sanitarias deben dejar de hacer la vista gorda ante unas terapias que no son tales, que no curan, que se cobran vidas y que, sin embargo, se publicitan como si fueran medicina.

Casos como los de Botín y Jobs no son algo nuevo. Los ricos han supersticioneado siempre. Guardo en mi archivo entrevistas en las que videntes incapaces de adivinar que les iban a robar en casa y dejarles en calzoncillos alardean de su acaudalada clientela. Hasta dan nombres. No sé de ningún ricachón que se haya avergonzado al ser citado por un brujo. Y, claro, luego hay gente que cree que algo habrá cuando quien tiene montañas de dinero confía en la astrología, la homeopatía, dietas milagrosas, el zahorismo, la iridología o cualquier otra chorrada. “Ser capaz de entender y desarrollar la tecnología, de entender el mercado e innovarlo, de tener grandes sueños y la capacidad de hacerlos realidad como hizo Jobs no está reñido con mantener un pensamiento mágico, irracional y secuestrado por quienes afirman disponer de conocimientos que se deben de creer sin dudarlo, y sin que se les pueda exigir probarlo o se exhibirán como víctimas, incomprendidos y perseguidos por los malvados racionalistas”, ha escrito Mauricio-Jose Schwarz sobre el fundador de Apple. Tiene razón y hay que repetirlo bien alto sustituyendo a Jobs por quien sea menester y recordando que alguien no es un ejemplo a seguir en todo porque sea rico, famoso, tenga éxito sexual o sea escéptico respecto a lo paranormal.

Steve Jobs probó durante meses terapias alternativas y retrasó la cirugía que podía salvarle, dice su biógrafo

Walter Isaacson, autor de la biografía de Steve Jobs que saldrá a la venta en unos días, ha confirmado, en una entrevista al programa 60 Minutes de la CBS, que el fundador de Apple murió porque retrasó meses la intervención quirúrgica que le habían recomendado los médicos para curarle el cáncer y se entregó durante ese tiempo a inútiles terapias alternativas. “Intentó tratarse con dietas. Fue a espiritistas. Probó con la macrobiótica y no se operó”. Según Isaacson, una biopsia que le practicaron poco después de la detección del cáncer de páncreas, en octubre de 2003, reveló que el tumor estaba muy localizado, era de lento crecimiento y susceptible de ser operado. Sin embargo, Jobs prefirió esperar y confiar su sanación a terapias alternativas. “No quise que abrieran mi cuerpo. No quise ser violado de ese modo”, contó después a su biógrafo. Cuando por fin el genio de la informática se sometió a cirugía tras el fracaso de los curanderos, la enfermedad se había extendido más allá del páncreas.